martes, 30 de septiembre de 2008

Raúl (Pasión furgolera VIII)


Nunca he sido rauliano, o raulista, o cómo leches se diga; jamás fui ferviente seguidor del capitán madridista, porque su furgol -aun sin dejar de reconocerle sus méritos y sus logros: ahí están, en las estadísticas y en las hemerotecas- no llegó a entusiasmarme en ningún momento. Entiendo que éste es un carro al que, a lo largo de estos últimos años, se han subido muchos de los que fueron sus fervientes seguidores en su etapa más brillante y laureada -algo muy habitual en este mundillo del furgol, en el que el pelotero suele valer lo que vale su última racha de partidos, o su última competición; su última temporada,en el mejor y más benevolamente tratado de los casos-, pero no es ésa mi circunstancia. ¿Por qué, entonces, dedicar un artículo de esta sección -honor al que, como bien saben mis lectores más pertinaces (ya lo dice el viejo dicho: ha de haber gente “pa tó”....), no todo furgolero tiene fácil acceder- a un jugador como el 7 madridista? Pues por una razón muy sencilla: pocas figuras tan paradigmáticas de su mundo, pocos jugadores que conciten en su perfil buena parte de las miserias y grandezas de esto de la pelotita, como Raúl González Blanco.

Para sus defensores, un triunfador integral, un hombre con un palmarés dificilmente igualable, al que ha contribuido con un aporte de juego y goles francamente sustancial, y, más allá de tal condición, una figura con carisma y peso en el vestuario, un líder natural capaz de abanderar e impulsar a su equipo en pos de logros del máximo nivel, y aglutinante de un sentimiento por unos -valga la contradicción- colores (algo en lo que resulta avalado por una circunstancia objetiva de tanto peso como es la de lo prolongado de su estancia en el club blanco) que ya no es moneda muy común en el superprofesionalizado furgol actual. Hay buenas dosis de certeza en tales apreciaciones (en algunos casos, muy poco rebatibles), pero tampoco se puede negar que los argumentos de sus contrarios gozan de soporte más que estimable.

Para sus detractores, un jugador acabado, un hombre que, cobijado a la lucrativa sombra de un contrato que le concede un tratamiento económico totalmente desproporcionado en relación con su actual estatus de juego y rendimiento, arrastra apenas un pálido fulgor de lo que un día fue -y, además, sólo en el ámbito de su club, dado que, en la selección (a la que jamás, y bajo ningún concepto, debería volver), Raúl jamás consiguió llevarla a la conquista de logro importante alguno, pese a su notable producción goleadora (eso sí, también muy matizable, en función de la repercusión y alcance de esos goles)-. Eso, en lo que respecta a su perfil técnico furgolero; en el plano personal, y a mayor abundamiento, aún hay cabida para numerosos puntos oscuros: desde su excesivo apego y simpatía por ciertos grupos ultras de aficionados de la órbita madridista, hasta sus poco veladas pretensiones de proyectar presiones e influencias sobre el entorno técnico y directivo, tanto en el Real Madrid como en la selección española, basado en su predicamento y liderazgo en la plantilla (algo en lo que, por cierto, no se le puede considerar, ni muchísimo menos, un pionero: siempre ha habido grandes estrellas -Cruyff, quizá, como ejemplo señero- a las que su “vena mafiosilla” hacía que les costara horrores circunscribir su primacía e impronta a los estrictos límites del terreno de juego). Cuánto hay de infundio y leyenda maliciosa en todo lo anterior, y cuánto hay de cierto, es algo bastante dificil de saber y calibrar; pero no cabe duda de que, más allá de lo confesable y confesado, algo hay de todo ello.

Luces y sombras, en suma. Una antítesis a la que raramente es ajena ninguna figura de relieve y dimensión pública desorbitadas. Que ése, y no otro (porque poco lugar a dudas cabe al respecto), es el caso de Raúl. Santo y seña del madridismo, un icono del triunfo y el éxito, para aquellos que lo veneran; un idolo caído, un fáctotum venido a menos que se arroga atribuciones y galones a los que ya no puede aspirar por sus logros sobre el césped, para ésos entre quienes levanta cualquier cosa menos entusiasmo. ¿En qué bando militan ustedes, amigos lectores...?

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Grageas de cine LIII: a propósito de... Sin tí (España, 2006)


Más allá de dimes y diretes acerca de su estado de salud (hay quienes lo sitúan en “estado UCI” permanente, mientras que otros pensamos que no es para tanto —o que, en último extremo, y si así fuera, tampoco está mucho peor que el resto de pacientes de la planta…—), sí hay algo que nadie, o casi nadie, podrá negarle al cine español, y es su feracidad, al menos en términos cuantitativos: con independencia de sus estratosféricos números de la pasada temporada (las estadísticas del Ministerio de Cultura nos sitúan en una cifra muy cercana a los 200 títulos), no es infrecuente que en las últimas cosechas nos hallemos con volúmenes situados en los alrededores (por arriba y/o por abajo) de los 100. ¿Muchos, pocos, suficientes? No lo sé; evidentemente, cantidad no siempre es sinónimo de calidad (aunque es evidente que, de entre lo mucho, siempre es más fácil que salga un buen producto, aunque sea por una cuestión meramente estadística), pero se trata de cifras que, comparadas con las de los países de nuestro entorno más cercano, generan auténtico vértigo. En ese contexto, no es difícil encontrarse —aun cuando sea confinado en un pase televisivo de cadena temática, y, además, a horario francamente intempestivo, incluso para búhos irredentos…— con algún que otro film ciertamente curioso, y que, más allá de sus bondades técnicas, o de su calidad global, nos permite disfrutar con algún detalle que ya justifica su visionado.

Es el caso de Sin tí, uno de esos títulos en cuyos créditos se hace más extensa la relación de cadenas televisivas que participan en su producción que el propio reparto, y que, aun cuando no se trate de nada del otro jueves, cinematográficamente hablando, nos ofrece, a nivel interpretativo, un más que digno trabajo a cargo de su protagonista, Ana Fernández, que, en su papel de feliz y acomodada trabajadora, esposa y madre de familia que ve trastocados todos sus parámetros vitales, cuando, por culpa de un desgraciado y estúpido accidente doméstico, pierde la vista, sabe transmitir, con matices ricos y variados, un arco evolutivo de estados de ánimo y de asimilación de circunstancias vitales bastante bien trazado, y, en lo tocante a elementos dramáticos, bosqueja algún que otro apunte también de cierto interés (aunque, desgraciadamente, no llega a alcanzar mayor vuelo, en parte por obvias limitaciones de metraje y, también, por qué no, por una cierta inconsistencia del guión: las inclinaciones lésbicas de la protagonista terminan quedando en un mero amago, que no adquiere mayor desarrollo, y la evolución del entorno familiar, que también podía haber dado muchísimo más juego, no termina de despegarse de trazos demasiado previsibles). ¿Méritos suficientes para que demos por bien invertidos los poco más de noventa minutos pasados ante el televisor? Cada cual podría sacar sus conclusiones al respecto, pero a mí, viendo lo que se ve a diario, sí me los parecieron.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Pasión furgolera VII: petrofurgol


En un mundo complejo, global y cuajado de interrelaciones (ya sé que la expresión correcta es “relaciones”, pero a uno, de vez en cuando, le gusta tirarse algún “farolete palabrero”, y alejarse de su habitual -y deseada- ortodoxia lingüística), es difícil encontrarse con historias o temas “puros”; para entendernos, hechos noticiosos que, desde un punto de vista informativo, pudieran ser estricta y exclusivamente incluibles en una única sección de un periódico. El mundo del furgol no podía ser ajeno a tales vicisitudes, y, de hecho, no lo es; es más, quizá sea uno de esos mundos que más intensa y frecuentemente se ve imbricado con otros planetas y territorios, y, especialmente, con los de corte económico. Y, de un tiempo a esta parte, cada vez más, hasta un punto en que empieza a hacerse difícil no dar primacía a hechos furgolísticos relacionados con aspectos económicos sobre los pura y duramente deportivos.

La última en la frente: el desembarco de los petrojeques de los Emiratos Árabes Unidos, vía fondo bancario interpuesto (como es de rigor y hábito en estos casos), en el Manchester City inglés. Y no invirtiendo una cifra respetable, y marcando, con ella, una línea de intenciones seria y estable, sino inyectando unas cantidades cuyas dimensiones alcanzan auténtico vértigo, y que apuntan, en un horizonte más que próximo, inmediato, a una auténtica subversión del orden furgolístico establecido hasta la fecha, no sólo en las islas situadas por encima del Canal de la Mancha, sino en todo el mundo mundial. De hecho, estoy empezando a plantearme seriamente la posibilidad de que mi peque abandone el colegio para dedicarlo, full time y en las mejores escuelas de Brasil, si fuere preciso, al noble cultivo de sus habilidades (hasta la fecha, no buenas ni malas, sino sencillamente inexistentes) con la pelotita de cuero: en el caso de que, exhibiendo tales habilidades, el City llegara a interesarse por él, su humilde y preclaro progenitor tiene muy claro que no volvería a dar golpe en todos los restantes días de su vida, por mucho que éstos pudieran llegar a prolongarse..

Lo de Robinho, y los cuarenta y dos millones de euros pagados por él, parece ser una mera bagatela, comparada con aquello que está por venir. Ciento cincuenta millones por Cristiano Ronaldo; y cantidades moviéndose en esa órbita por el resto de las (contadísimas) megaestrellas con proyección de futuro que áun andan sueltas por otros clubes; o sea, gente como David Villa, Torres, Cesc Fábregas o Leo Messi (afortunadamente, de Forlán y del Kun nada se ha hablado hasta ahora; y casi me atrevería a recomendar al presi Cerezo que les ponga las pilas para que no se exhiban en sus comparecencias europeas tanto como lo hicieran hace un par de días en Holanda, que no está el horno para bollos...). A priori, mimbres para confeccionar un cesto que garantice la imposibilidad de escapatoria de un solo huevo.

¿Seguro? En fin, amigos lectores, aquellos de ustedes que sean amantes de esto del furgol, ya saben que las cosas no son tan sencillas, y que no siempre funcionan así. Que no siempre con los mejores peloteros se hacen los mejores equipos; y que furgol es furgol, y gol es gol (y, para que no me pase como a Bunbury con la familia del poeta Casariego, yo sí citaré la fuente: el ínclito Vujadin Boskov...); y que igual con ese pastuzo indecente que se van a fundir los jeques de los Emiratos de marras para convertir al Manchester City en una luminaria universal es posible que consigan que ciertas marcas de hamburguesas o refrescos inviertan otra tanta en publicitar el invento, pero no por ello, necesariamente, llegarán siquiera a rascar una sola Premier. Tiempo al tiempo. Y, mientras tanto, veremos y reiremos (para una vez que la moda otoño-invierno pinta en rojiblanco, habrá que disfrutarlo, ¿no...?).

martes, 16 de septiembre de 2008

MOGAMBO (U.S.A., 1953)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Victor Marswell vive su particular exilio como cazador y guía de safaris en las sabanas africanas, listo para prestar sus servicios –más o menos confesables- al mejor postor. Hombre de vuelta de todo, y con una profunda misoginia, se habrá de enfrentar, repentinamente, a dos mujeres que aparecen en su plácida existencia de forma inopinada e inesperada, y que son como la noche y el día: Eloise "Honey Bear" Kelly, casi tan de vuelta de todo como Marswell, y, con su toque sardónico, la auténtica horma de su zapato, pese a lo cual se enamorará de él perdidamente; y Linda Nordley, una tierna y cándida muchacha, que acompaña a su marido en la búsqueda de chimpancés para un reportaje fotográfico, y terminará encontrando algo bien distinto: una caída fatal y completa en las redes del guía, a cuyos pies se rendirá totalmente encendida de amor; un amor al que, sorprendentemente, éste corresponde de una forma que ni él mismo podía prever. Entre la espada y la pared, habrá de optar entre dejarse atrapar por los brazos de un sentimiento que creía ya extinguido para siempre –y arruinar el feliz matrimonio de la cándida Linda- o tomar –convenientemente ayudado por la solícita (y nada altruista: ella juega sus cartas...) Eloise-, medidas drásticas antes de que la situación pase a mayores...

RESEÑA CRÍTICA.-

Lejos de sus escenarios habituales –los grandes espacios abiertos del western más clásico o los campos de batalla del cine bélico-, John Ford se marcó esta excursión exótica, nada menos que a las remotas selvas centroafricanas, para manufacturar esta sencilla película, centrada en unos amores tan intensos y tórridos como el clima del territorio en el que transcurre su acción.

Mogambo, de todos modos, huye, a lo largo de todo su metraje, de la condición de drama desbocado, y, pese a cuán bien se presta a ello su premisa argumental –ese triángulo atípico, en el que el vértice es ocupado por el protagonista masculino, objeto de la querencia y el deseo de dos encarnizadas (y completamente antitéticas) competidoras-, no entra en esa dinámica gracias al contrapunto de fina ironía y humor ligero (casi valseado, diríase, si no nos halláramos tan lejos de los ampulosos salones vieneses...) con que se tiñen tanto su trama como la caracterización de sus personajes (sobre todo, los dos que encarnan Clark Gable y Ava Gardner).

Es en esa línea en la que inciden tanto la intencionalidad del director (aunque Mogambo no es, propiamente, una película de autor, sino de estudio –y de sus estrellas-, la mano, sabia mano, de Ford se deja notar, y mucho) como, muy especialmente, las interpretaciones de los dos arriba citados, Gable y Gardner. El primero compone, con su personaje de Marswell, un excelente retrato del cazador (magnífica metáfora: resulta evidente que entre las piezas que gusta de cobrar destacan, muy particularmente, los ejemplares femeninos de su misma especie...) poco escrupuloso en todos los aspectos morales (o no), muy de vuelta de todo (o casi), y con un sentido del humor socarrón y bastante negro en más de una ocasión que le sirve para acotar su territorio, ése en el que no hay cabida para nada ni nadie que no sea su propio interés. En cuanto a la segunda, su trabajo como Eloise también raya a gran altura, y ofrece a Gable una réplica de nivel más que estimable (y, aún así, su belleza sigue resplandeciendo por encima de su talento: demasiada belleza, claro...). Algunos de los diálogos que se entablan entre los dos personajes gozan de una chispa y un ingenio que ya quisieran exhibir muchas y buenas comedias de la época dorada del género.

No podemos olvidar, tampoco, a la tercera pata del trípode, al que da vida Grace Kelly –también belleza deslumbrante, aun en unos parámetros radicalmente diferentes a los de Ava-, y que nos ofrece una versión completamente distinta de la vivencia amorosa, más apasionada, ésa que corresponde a la mujer que aún está de ida, mientras que su partenaire ya hace tiempo que volvió... Una historia con muy mal cariz, y que sólo puede terminar como malamente acaba: así lo mandan los cánones, y así se respetan en esta historia.

En este colorín simpático que es Mogambo (no hay mayores pretensiones en la película, y bien que se agradece) no hay ni trampa ni cartón, y sí que tenemos, en cambio, un divertimento agradable, bien filmado y manufacturado, con sabio manejo (dentro de la más cruda sencillez) de los recursos técnicos imprescindibles. Su regusto a ese cine de sesión vespertina de sábado (o matiné de domingo) es su mayor valor, y, como tal, merece la pena disfrutarla, entre el rugir de los leones y el tam-tam de los tambores....

jueves, 11 de septiembre de 2008

Mi Buenos Aires querido X: vacaciones en Valderredible


Diez días. No sé si es mucho o poco tiempo (pocos conceptos tan relativos, dentro de lo relativo que todos terminan resultando con su paso, como el del propio tiempo), pero son ésos los días transcurridos desde que acabaron mis vacaciones. En cualquier caso, para mí ha sido un tiempo más que suficiente para dejar reposar sensaciones y apreciaciones; atemperar estados de ánimo; calibrar la percepción de algunas experiencias y vivencias, sin que ello signifique que todo ello deje de desplegarse a lo largo de aún más tiempo. Y descubrir, una vez más, que, en última instancia, ningún territorio como el humano es capaz de ofrecernos aquello que más nos reconforta y nos reconcilia con nuestra condición de tales. Otras gentes, otras personas que nos devuelven la confianza en la especie, que nos ayudan a pensar que no todo está perdido, que aún es posible compatibilizar aspectos que, sobre el papel, pueden parecer contradictorios, o difícilmente compatibles -tan poco habitual resulta encontrarlos simultáneamente-.

Tere y David, David y Tere; que tanto monta, y monta tanto. En un punto perdido de un lugar tan recóndito como el valle de Valderredible, en Cantabria -un lugar cuya mera existencia desconocía hasta hace poco más de tres meses, y que, posiblemente, jamás hubiera conocido si no hubiera sido por una de esas raras casualidades que sólo este prodigio de Internet puede llegar a propiciar-; y, para ser más precisos geográficamente, en el enclave de Revelillas (uno de los cincuenta y tres núcleos de población que integran el municipio de Valderredible, cuya “capital” -por llamarla de alguna manera- se ubica en Polientes), David y Tere regentan un negocio de turismo rural, en una casa de su propiedad, El Pozo de los Lobos. Una casona rústica y recia, primorosa y amorosamente decorada, cálida y confortable, cómoda y tranquila. Eso que cualquier guía o folleto publicitario podría definir, sin temor a equivocarse, como un lugar ideal para perderse (dificíl que te encuentren en lugar tan alejado del mundanal ruido) y descansar (el único ruido audible en millas a la redonda es el del canto del gallo en la alborada -y sospecho que el de la lluvia y el viento en días más inclementes meteorológicamente que los que mi familia y yo tuvimos la suerte de disfrutar, con un sol radiante y un cielo deslumbrantemente azul, más propio de nuestras sureñas latitudes originarias que del habitualmente umbrío norte cántabro-).

Pero lo mejor de El Pozo de los Lobos, no es la casa en sí -con ser una preciosidad, tremendamente disfrutable-, ni el enclave en el que se ubica -paradisíaco, sin ningún género de dudas-, sino el talante y el cariño de David y Tere; dos personas atentas, amables y afectuosas, que hacen del slogan con que promocionan su casa en su página web (No tenemos clientes, tenemos amigos), algo más, mucho más, que una declaración de intenciones: una forma de manejarse y comportarse con todo aquel que tiene la fortuna de recalar por esos pagos. Y me consta que habrá quien pueda entender que esas cosas van incluidas, de forma implícita, en la naturaleza y el perfil de un negocio de este tipo; que, en última instancia, El Pozo de los Lobos no deja de ser un alojamiento turístico más, un establecimiento mercantil. ¿Y....? Hay, más allá de tales elementos, conceptos no cuantificables, ni fácilmente medibles; elementos que ninguna factura ni presupuesto puede recoger. Y, de ésos, les puedo asegurar, amigos lectores, que Tere y David no escatiman lo más mínimo. Y eso, tan poco contable, es lo que, para algunos -entre los que me incluyo-, realmente, y en último extremo, cuenta.

Por eso, y porque soy consciente de mis torpezas y carencias expresivas para manifestar mi gratitud de manera presencial y de viva voz, no se me ocurría otra manera más propia de hacerla patente que a través de estas (por otro lado, no mucho menos torpes) líneas escritas. David y Tere, Tere y David: muchas gracias, y hasta pronto.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Los buenos buenosos V: Fay Grim (Fay Grim; U.S.A., 2006)


Fay Grim es una chica atractiva, y ella se sabe tal por los requerimientos ajenos: el editor de los poemas de su hermano o el policía que investiga la desaparición de su espos aspiran a que les otorgue una cita. Ella ni concede ni deniega. Un poco despistada, esta Fay Grim.

Fay Grim es una chica honesta, y se horroriza contemplando cómo, a su alrededor, todo un batiburrillo de espías y agentes (¿dobles, triples, cuádruples...?) del más variado origen y pelaje, se mueve compulsivamente en busca de unos curiosos cuadernos que, en teoría, su marido escribió años atrás, y que contendrían información muy sensible en materia terrorista. Ella se limita a echarles una mano cuando la ocasión lo requiere, sin llegar a entender muy bien sus motivaciones e impulsos —los afanes de mundos de poder subterráneos le resultan bastante ajenos—. Un poco ingenua, esta Fay Grim.

Fay Grim es una chica fiel —a los suyos—, y está dispuesta a pactar con el diablo (disfrazado de agente de la CIA...) para conseguir la salida de prisión de su hermano, y recorrer medio mundo (desde un pueblo perdido de la América profunda hasta Estambul, con una escala la mar de movidita en ese París que tanto adoran los estadounidenses —al menos, en las películas...—) para encontrar a su esposo e intentar rescatar a ese padre que su hijo, en una edad muy difícil, tanto necesita. Un poco abnegada, esta Fay Grim.

Después de todo esto, ¿alguien se atrevería a negar que Fay Grim es una buena chica...? Pues eso... Gracias, señor Hartley, por hacernos partícipes de sus cuitas y desvelos. Todo un detalle.

viernes, 5 de septiembre de 2008

TERESA RAQUIN (THÉRÈSE RAQUIN; FRANCIA, 1953)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Sepultada bajo la losa de dieciséis años de un matrimonio con su pusilánime primo Camille, carente de la más mínima pasión, y siempre bajo la ominosa presencia de la madre de éste, Teresa Raquin conoce a Laurent, un camionero afable y atractivo que se enamora perdidamente de ella, amor al que ella corresponde con idéntica intensidad. Pero esta relación no tendrá un camino fácil: al principio, serán las reticencias de Camille para dejar marchar libremente a su esposa; y, una vez que éste desaparece, será Riton, un buscavidas chantajista, el que complique los planes de vida en común de una pareja perseguida constantemente por el aliento de la tragedia.


RESEÑA CRÍTICA.-

Basándose en la novela homónima de Emile Zola (sobre la cual construye un guión actualizado temporalmente y con algunos ligeros retoques en lo que respecta al desarrollo sustancial de la trama), el veterano cineasta francés Marcel Carné edifica un drama tan sobrio como intenso, marcado por las soberbias interpretaciones de sus protagonistas y el sostenimiento de un ritmo pausado y perfectamente cadenciado.

Sin grandes alardes visuales (película en un blanco y negro bastante discreto, y con movimientos de cámara carentes de cualquier pretensión espectacular –medidos, concisos y precisos-), Carné desarrolla una historia que, bajo su fondo dramático, oculta corrientes subterráneas de miseria moral y fatalismo trágico, que se ponen de relieve tanto en su ambientación (esa casa-tienda de la familia Raquin, con un halo de tosquedad y ranciedumbre perfectamente logrados: diríase que incluso llega a olerse...) como en los giros que va dando la historia, que la hacen entroncar con grandes clásicos del género negro (hacia el que deriva lenta pero inexorablemente), de los cuales se aprecian reminiscencias más que evidentes (es inevitable recordar títulos de la década anterior, como Perdición, de Billy Wilder, o El cartero siempre llama dos veces, de Tay Garnett: también aquí aparecerá la muerte como el instrumento que, utilizado para eliminar las barreras interpuestas ante una pasión irrefrenable, termina erigiendo muros sutiles e invisibles más infranqueables que aquellos que pretendía derribar), hasta llegar a un final que, con un cierto punto de truculencia (juega a un encadenamiento de casualidades trágicas que terminan por abortar la posibilidad de un deseado final feliz), bien hubiera podido firmar el mismísimo Hitch en su momento de máximo apogeo creativo.

Fatalismo, represión, pasiones contenidas... difícilmente hubieran podido hallar mejor encarnadura tales sentimientos que los que le brinda una espléndida Simone Signoret: hierática y triste, la intensidad de su mirada y la rigidez de su porte (impasible el ademán, salvo en contadísimos casos, y no es por falta de ocasiones: la profusión de primeros planos es muy, muy amplia) dotan a su Teresa Raquin de un halo de verismo a la altura de las más grandes. A su trabajo da réplica más que digna un no menos acertado (aunque quizá no raye a tanta altura) Raf Vallone: más sonriente y efusivo en su traza externa, su mayor mérito radica en saber dar a su personaje los matices que corresponden a su evolución conforme a los avatares de la trama, que lo van haciendo más gris, más sombrío a medida que la misma avanza. Y tampoco se puede dejar de mencionar, en el capítulo de los intérpretes –aun cuando la presencia de su personaje sea mucho menor-, el excelente trabajo de Louise Sylvie, en el papel de Madame Raquin, la suegra y tía de Teresa: esa mirada mezcla de pánico y odio ciego, tras quedar paralítica, perfectamente plasmada en unos grandes primeros planos sobrecogedores, es de las que hielan la sangre.

Poco antes de que los jóvenes bárbaros de la nouvelle vague empezaran a “darle la vuelta al calcetín” del cine francés, este (tan denostado) por ellos Marcel Carné nos regaló esta excelente película, un auténtico lujo pleno de aciertos tanto en su plantemiento como en su ejecución, que compensa plenamente, con sus magníficas hechuras, el poso de amargura que lo triste de su historia deposita en el fondo del espectador mínimanente sensible. Se ruega, en consecuencia, a degustadores habituales de comedietas palomiteras y descerebradas se abstengan de la ingesta de este producto: les puede producir una muy molesta urticaria...
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