viernes, 8 de agosto de 2008

Pasión furgolera VI: el Anuario Dinámico


Google, Wikipedia... qué sencillo resulta hoy acudir a estos “inventos del maligno” para, a base de un par de teclazos mínimamente bien orientados, acceder a toneladas de información sobre el tema más diverso y peregrino. Por ejemplo, y entre otros, sobre furgol. Millones de páginas cargadas de datos estadísticos de la más variada índole relativos al mundo del furgol ponen al alcance del aficionado, el curioso y/o el interesado un acceso fácil a dicha información.

Pero no siempre fueron así las cosas, ni muchísimo menos. Años ha, en esos tiempos en que Internet era aún una entelequia más cercana a los desvaríos novelísticos de un Julio Verne que a una realidad tangible, acceder a esa información era una cuestión muchísimo más complicada, que requería un tiempo, un esfuerzo, una dedicación que no estaban al alcance de cualquiera. Archivos, hemerotecas y poco más: extensiones kilométricas de papel impreso sobre el que desplegar una tarea ímproba de búsqueda, selección, recopilación. Y sólo una lucecita, humilde, de potencia limitada, pero con una voluntad indómita de acercar al amante furgolero aquello que más podía ansiar: un volumen importante de información en un formato accesible. Esa lucecita era la del Anuario Dinámico.

Un auténtico rito anual el de, días antes del comienzo de la temporada liguera, acercarse al quiosco habitual para adquirir ese par de librillos -uno, con la información completa de la temporada precedente; el otro, con el calendario previsto para la temporada en ciernes-, que, a base de una tipografía diabólicamente minúscula y un ingenioso juego de símbolos y abreviaturas (ríanse ustedes, amigos lectores, de Mulder, Scully y toda su caterva de seguidores: a esta familia zaragozana, ni los del C.S.I. le hubieran podido seguir la pista), conseguía recopilar, en esa especie de misales (en los que el color y cualquier otra virguería de maquetación brillaban por su más absoluta ausencia), toda la información relevante del mundo furgolístico de nuestro país. No resultaban baratos -los tiempos y las circunstancias no daban para demasiadas efusiones, con lo cual la compra del Dinámico solía requerir una cierta planificación de ahorro previo-, pero la satisfacción que proporcionaba su brutal densidad informativa hacía que el esfuerzo mereciera, sobradamente, la pena.

Año tras año, fueron varias las decenas de Dinámicos que llegué a recopilar y que aún conservo (eso sí, no me pregunten dónde andan, que me resultaría complicado localizarlos: ojalá los desórdenes fueran sólo emocionales...), pero, de manera inconsciente y a consecuencia de mi progresivo alejamiento del mundo del furgol (en esos años en que la música y las faldas me alteraron, ladina y traicioneramente, el orden natural de prioridades de la vida: primero, el furgol; después, el furgol; y, si sobra algo de tiempo, un poquito más de furgol....), llegó un momento, en mi primera juventud, en que dejé de comprarlo, y, además, le perdí completamente la pista. Desconozco si, a día de hoy, se sigue publicando, aunque lo dudo mucho: las circunstancias actuales no son las más propicias para la viabilidad comercial de un producto de este tipo. Pero siento, más allá de nostalgias juveniles, auténtica curiosidad por saber qué fue de aquel invento. Les prometo, amigos lectores, averiguar y contarles.

martes, 5 de agosto de 2008

Grageas de cine LII: a propósito de... King-Kong (U.S.A., 1933)


YO SOY EL DOCTOR AMOR....-

Si asumimos –y todos, supongo, podemos convenir en ello- que el cine es, en esencia (y entre otras cosas), magia, también podremos convenir que hay algunas películas que son más películas que otras (porque tienen más magia, lógicamente). Y hay un elemento indicativo que he llegado a descubrir como infalible a la hora de explorar ese grado de magia que se puede albergar en un film: la mirada de un niño (para ser más concreto, y ya que es el caso que me ocupa, la mirada de mi hijo). Nada de apelar a ejercicios (bastante complicados, en ocasiones) de recuperación de esa mirada desde nuestra adultez, o a esfuerzos imaginativos importantes: un niño de verdad, de carne y hueso, con poquitos años (en este caso, seis aún no cumplidos). Desde tal perspectiva, les puedo asegurar con toda rotundidad, amigos lectores, que si hay una película que derrocha magia a espuertas, es la primera versión de King-Kong, la de 1933: mi pequeño no se cansa de verla… y yo, tampoco.

Una historia sencilla, elemental, que juega con dos sentimientos tan básicos como son el miedo (el que genera el animal desde su dimensión monstruosa y su aparente fiereza) y el amor (el que termina sintiendo por su hermosa y rubia rehén), y que, adobada con unos efectos especiales que, vistos en su contexto (es decir, el de las posibilidades técnicas disponibles para desarrollarlos), resultan maravillosa y entrañablemente increíbles, termina deviniendo en una auténtica lección de cine, por la redondez con que se despliega la trama, su equilibrio estructural y su concisión narrativa (más encomiable aún, si cabe, si la comparamos con los usos y maneras con que se suele desenvolver, en cuanto a metrajes, el cine de aventuras actual). Todo un lujo en homenaje al rey Kong, ese ser que se hace querer a base de querer tanto y tan ciegamente, y que nos entrega, como moraleja, un mensaje la mar de elemental: no hay fuerza más irracionalmente intensa (o intensamente irracional, que tanto da) que la del amor. Setenta y cinco años después, ¿duda alguien de su actual vigencia…?
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