martes, 29 de julio de 2008

A salto de mata XXXIII: Karadzic

La prensa generalista se ha hecho eco, en días pasados, y de manera profusa, de una de las noticias más esperadas de los últimos años: la detención del que, a tenor de todas las referencias disponibles, parece ser uno de los criminales de guerra más sanguinarios de la historia europea reciente, Radovan Karadzic. Más allá de la lógica alegría que a cualquier ciudadano de a pie -persona común, con su cuota de maldad en límites admisibles (es decir, sin grandes cadáveres, reales ni metafóricos, en el armario...)- le ha podido causar tal noticia, resultan tremendamente llamativos muchos de los detalles que han rodeado al suceso, sus peculiaridades. Karadzic no ha sido hallado en una montaña perdida o ignota, rodeado de una guardia pretoriana encargada de su custodia y protección, sino en una vivienda corriente y moliente de un no menos moliente y corriente barrio de la capital serbia, Belgrado, desde la cual llevaba una auténtica vida “camuflada”, refugiado bajo una nueva identidad y un aspecto físico bajo el cual resultaba, ciertamente, irreconocible; identidad y físico que, según todos los indicios, han constituido su particular “escolta” a lo largo de estos últimos años. Y, como también suele resultar habitual en estos casos, todas las personas con las que se relacionaba en los distintos entornos en que desenvolvía su existencia (profesional, vecinal), han manifestado su estupefacción ante el evento; jamás hubieran podido imaginar que ese viejecito de aspecto afable, jovial y simpático (Papá Noel; madre mía...) cubría la identidad del inspirador e ideólogo de matanzas cuyo solo recuerdo pone los pelos de punta al más insensible de los mortales.

No creo que se pueda hablar de algo sorprendente. No sólo porque se trata de una circunstancia bastante habitual cuando se produce un crimen de impacto -¿cuántas veces no habremos oído, en boca de alguno de sus vecinos, aquello de “parecía un chico muy simpático, muy educado, jamás dio un problema...”, refiriéndose al recién detenido por el asesinato de sus familiares cercanos?-, sino porque, más allá de las tremendas dotes de enmarascamiento y ocultación demostradas en este caso por Karadzic (algo que tampoco debería extrañar de alguien a quien siempre se atribuyeron carisma e histrionismo casi ilimitados), no resulta fácil conocer a tu vecino. O a tu marido. O a tu jefe. O a cualquiera.

¿Impotencia? Sí, quizá. Sólo disponemos de elementos externos y muy superficiales para juzgar y valorar a las personas con las que compartimos un determinado ámbito vital, más o menos importante, y es lógico que ese ejercicio resulte complicado, y ofrezca un margen de error tremendamente amplio. ¿Soberbia? Quizá también. Sólo difícil y vagamente llegamos a conocernos a nosotros mismos, ¿cómo pretendemos llegar a conocer a los otros? En suma, limitaciones de la condición humana. Ni somos tan perspicaces (los observantes) ni tan transparentes (los observados). O quizá más bien se trate de que en este gran teatro del mundo, todos tenemos tan interiorizado nuestro papel de desarrolladores de nuestro papel (y, a estas alturas, ya me da igual si la redundancia vale o no...), que ya nada es verdad ni es mentira, sino aquello de más allá. Asumámoslo, amigo lector, y que no baje el telón...

N. del A.: Blogger no me deja -espero que momentáneamente...- publicar una imagen. Se incluirá cuando buenamente sea posible


lunes, 28 de julio de 2008

LA PANTERA ROSA (THE PINK PANTHER; U.S.A., 1964)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

En la glamourosa estación invernal italiana de Cortina d’Ampezzo se da cita, alrededor de la enorme expectación que despierta la presencia de la deslumbrante princesa Dala (y su no menos enorme joya, el diamante “Pantera rosa”, el más grande y caro del mundo), toda una fauna de personajes del más variado pelaje: desde nobles de medio pelo o pelo entero (tanto da...) hasta ladrones de toda condición, a cuya cabeza se sitúa el mítico “Fantasma”, toda una institución en el ramo tanto por la audacia y calibre de sus golpes como por su inagotable capacidad de seducción –condiciones ambas que habrá de poner en juego, junto a la inestimable colaboración de su cualificadísima banda, para conseguir su gran objetivo-. Ante tal amenaza, las fuerzas de la ley sólo pueden oponer a alguien de similar nivel, y ahí aparece, en el centro de tal marabunta, nuestro particular héroe: el ínclito inspector Clouseau, que habrá de desplegar todas sus artes y habilidades (¿?) para desmantelar la operación...

RESEÑA CRÍTICA.-

Hay ciertos directores a los que cuesta un tanto “colgarles la etiqueta” de autores, pese a que su cine tiene unas señas de identidad bien definidas, una suerte de “marca de la casa” que hace sus películas perfectamente reconocibles, sin dificultad alguna; debe ser por la falta de un pedigrí de suficiente nivel o por una cierta confabulación de la crítica para no otorgarles tal condición en base a no se sabe muy bien qué extraños criterios (al fin y al cabo, calificar a un cineasta como autor no equivale a considerarlo buen cineasta, al menos necesariamente). Ése parece ser el caso de Blake Edwards, continuador de una línea de alta comedia americana en la que siempre se desenvolvió como pez en el agua.

Buena muestra de esa soltura es la que exhibe en La pantera rosa: comedia de altos vuelos y pretensiones, urdida con mimbres de la mejor calidad, y un auténtico muestrario de golpes de efecto en la mejor tradición del slapstick clásico, adobado con un despliegue formal de auténtico lujo. Profusión de escenarios para el desarrollo de la acción (París, Roma, Los Ángeles, Cortina d’Ampezzo...), a cual más sofisticado, tanto en la vertiente de exteriores como de interiores; banda sonora, firmada por Henry Mancini, cuyo tema central, además de un auténtico bombazo en su momento, aún hoy constituye todo un clásico de la música cinematográfica, mil veces interpretado y versioneado; abundancia de escenas con presencia masiva de personajes, filmadas con notable efectividad y corrección, y en clara demostración de la mucha querencia del autor por exhibir sus dotes en ese terreno; y un repertorio de intérpretes constituido por cómicos de primerísimo nivel, entre los cuales sobresale de manera impresionante (y sin por ello desmerecer lo innegablemente acertado de los trabajos de David Niven –contenido y sarcástico: todo un gentleman mefistofélico...- o Capucine –a su tremenda belleza añade una actuación más que discreta...-) un tal Peter Sellers, genio y figura... Su creación (fantástica) de ese dechado de torpeza y apajolamiento que es el inspecto Clouseau forma parte, por derecho propio, de la antología de personajes cómicos de la historia del cine, y dio inicio a una carrera tan prolífica como plena de éxitos.

Aun con tales credenciales, La pantera rosa no llega a alcanzar el rango de gran comedia. Más allá del golpe de efecto y de la eficacia del gag visual –la risa inmediata, la carcajada-, la comedia ha de cuajar su consistencia, su fundamento, en una solidez de guión auténticamente pétrea (cada cabo suelto es un “agujero negro” que engulle su resultante final); y en ésta se echa en falta tal solidez: la trama, con una base de intriga que, no por lo convencional, tendría que carecer de interés a priori, no llega a atrapar en su desarrollo, y uno no deja de tener la sensación, minuto a minuto, de cierta dispersión, de que entras y sales una y otra vez (como ciertos personajes en algunas secuencias...), sin llegar a quedarte nunca. Mal asunto, ése...

Con ello, y en definitiva, nos queda una comedia resultona, pero un tanto deslavazada y un pelín frustrante: te deja unas risas fugaces, te deslumbra con sus fuegos de artificio (artillería de grueso calibre...), pero también te deja con la sensación de que había materia prima y premisas para algo más, quizá para mucho más. ¿Será por eso por lo que a Blake Edwards no le le cuelga la etiqueta de “autor”? Quién sabe, quién sabe...



miércoles, 23 de julio de 2008

Grageas de cine LI: a propósito de.... nuevas tendencias cinematográficas


APOCALIPSIS AHORA: MALOS TIEMPOS PARA LA LÍRICA.-

El inminente —y, todo hay que decirlo, ansiado— próximo estreno de la factoría Píxar, WALL-E, además de la magnífica factura visual que ya constituye un santo y seña característico de la “casa”, y de ciertas innovaciones narrativas y ambientales que imprimen un giro a la tendencia marcada por producciones anteriores del mismo sello, también genera gran expectación por su fondo temático: una historia que tiene su arranque en un suceso apocalíptico. ¿El signo de los tiempos? Al fin y al cabo, parece bastante claro que no se trata de un episodio aislado, sino, más bien, de la confirmación de una corriente por la que han transitado, en fecha más o menos reciente, y con un peso variable de esa componente argumental, un buen número de estrenos: 3 días; La niebla, de Stephen King; o El incidente. Un cine que nos pone a cavilar (y nos da miedo) para unos tiempos de incertidumbre, temores, crisis. ¿Casual o intencionado? Suele haber pocas casualidades en los fenómenos y corrientes comerciales; y aunque la cartelera sea un “ente” que, aunque suponga una realidad objetiva, no se forma como el fruto de una voluntad consciente y estructurada, sino más bien como el mero agregado, relativamente fortuito, de una serie de decisiones particulares, algo debe subyacer en este cúmulo de coincidencias.

Llegados a este punto, no estaría mal hacer un poco de historia, y remontarnos al precedente quizá más asimilable, en cuanto a connotaciones ambientales, que fue el de la guerra fría entre la U.R.S.S. y los EE.UU. de los años 50 del pasado siglo: un momento, también, de miedo e incertidumbre, sobre el que se cernían los negros nubarrones de un pasado aún demasiado reciente (el de la segunda gran guerra) y los no muy claros presagios de lo que podría llegar si se consumaban los vaticinios de los apóstoles de la MDM (Mutua Destrucción Masiva). Esa concurrencia de hitos e influjos generó una corriente cinematográfica de títulos de terror fantacientífico, cuyos títulos señeros aún son recordados y revisados con cierta frecuencia (desde La guerra de los mundos hasta La invasión de los ladrones de cuerpos, pasando por un larguisimo etcétera, en el que se incluyen diversas variantes temáticas de más o menos calibre apocalíptico). Y, ahora, como entonces, es muy probable que los comerciantes que trafican con este género del celuloide no estén haciendo más que vendernos el mismo producto: un conjuro de fe y magia contra una realidad complicada. Si lo que veo es una ficción cinematográfica, no existe, es falso; la amenaza no llegará a materializarse. Quizá no sea el de Fierabrás, pero, ¿a qué se trata de un buen bálsamo…?

miércoles, 16 de julio de 2008

THE ROCKY HORROR PICTURE SHOW (GRAN BRETAÑA, 1975)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Brad Majors y Janet Weiss son una ñoña y almibarada parejita de novios que, tras asistir a la boda unos amigos, sufre un percance con su automóvil, en medio de una fuerte tormenta, que les obliga a dirigirse, en busca de ayuda, al único lugar habitado cercano al punto donde se encuentran: el castillo donde el doctor Frankie N. Furter, un alienígena transexual proveniente del planeta Transilvania, despliega un fastuoso espectáculo festivo, rodeado de su corte de freakies, y se dedica en cuerpo y alma a insuflar vida a su magna creación: Rocky, una especie de remedo frankensteiniano de cuerpo soberbiamente perfecto y capacidad cerebral inversamente proporcional a su belleza física. La impactante experiencia les hará descubrir algunas facetas ocultas de su personalidad, de cuyo hallazgo serán ellos los primeros sorprendidos...

RESEÑA CRÍTICA.-

Hay fenómenos que, observados desde una realidad cultural algo distante (y distinta), tanto en lo geográfico como en lo temporal, y aun haciendo un enorme esfuerzo de asimilación para intentar comprenderlos, me resultan, sencillamente, inexplicables. Por ejemplo, la fascinación que, aun hoy día, y entre una inmensa legión de seguidores, continúa despertando este The rocky horror picture show, espectáculo teatral y película de culto, merecedora de un sinfín de webs y objeto de frecuentes reposiciones en los escenarios (en cambio, y curiosamente, no ha vuelto a ser revisada cinematográficamente después de esta ya añeja adaptación de 1975).

Y es que podría ser bastante explicable que este musical, surgido en una época en que, tras una larga travesía del desierto (después de sus años de apogeo, coincidentes con la época dorada de los grandes estudios hollywoodienses), el género parecía revitalizarse, mediante la trasposición al celuloide de diversos espectáculos nacidos en Broadway y sus aledaños al calor de las corrientes contraculturales de las postrimerías de los 60 (con Hair o Jesuschrist Superstar como hitos señeros: hippismo, pacifismo y protesta edulcorada a base de besos y flores para unos tiempos convulsos...), sorprendiera a un público entusiasta ante su carga iconoclasta y rompedora, con sus buenas raciones de imagen escandalosa vía sexo, terror y estética agresiva (glam hasta el paroxismo) y su mensaje anticonvencional y de una cierta espiritualidad (¿) esotérica y rebuscada.

Pero visto hoy, con los ojos primisecurales de quien, bien entradito el nuevo milenio, ya ha tenido ocasión de verlas “de todos los colores”, habría que convenir que el producto no ha envejecido demasiado bien, y, tras sus cueros y travestidos, que le siguen dotando de un envoltorio de espectacular colorín, asoma un punto de cutrez de grueso calado, además de otros muchos “agujeros negros”: números musicales poco más que discretos, muy deudores de los vientos de la moda de su tiempo; un guión de texto totalmente descabalado y en el que, tras un pretendido mensaje espiritualista y trascendentaloide, hay una vacuidad y (lo que es peor) un grado de incoherencia impresionante (la historia no tiene pies ni cabeza; y los personajes entran y salen, aparecen y desaparecen, sin ton ni son); y unas interpretaciones, que en ninguna de sus vertientes (ni en la “dramática” ni en la más estrictamente “musical” –canto y danza-), alcanzan un nivel de excesiva altura -si acaso, se agredece, y más a título de curiosidad que en otro aspecto, el ver a una jovencísima y casi primeriza Susan Sarandon exhibir con cierta generosidad su agreste belleza facial y corporal (los talentos interpretativos aún estaban muy por pulir...); del resto, mejor no entrar en calificaciones detalladas-.

Concluyendo, mucho ruido y pocas nueces... Uno se acerca al mito, con la curiosidad expectante del que pretende descubrir qué puede haber en algo que llega a teñirse más con las connotaciones de objeto de adoración que con las de obra menor (nacido en las afueras del West End londinense) venida a más –que es de lo que realmente, y en esencia, se trata-, y se topa cruelmente con la cruda realidad: ¿Esto era The rocky horror picture show? Pues, apaga y vamonos...

lunes, 14 de julio de 2008

A salto de mata XXXII: uno, dos, uno, dos...


Siempre me llaman la atención las fotografías –relativamente frecuentes- de los grandes líderes políticos mundiales haciendo (o, como decía muy graciosamente una amiga que no era muy dada a su práctica habitual, “cometiendo”...) deporte. Montados en aerodinámicas y espídicas bicicletas, o enfundados en su chandal y calzando zapatillas ergonómicas de suela gruesa –llega a haber incluso algún que otro osado que se atreve con las paletas esas de agujeritos, cuyo nombre no quisiera ni mencionar (ni el de la paleta, ni el de su manijero...)-, y, eso sí (como no podía ser de otra manera), rodeados de un buen pelotón de guardaespaldas (de consideración variable, normalmente proporcional al rango de la figura de turno). Y uno, que con el paso de los años se ha hecho no sólo escéptico, sino, dando un pasito más, totalmente incrédulo (en lo que se refiere a la posibilidad de que tras el acto cualquiera de cualquier político haya algo que no sea mera cuestión de cálculo de obtención, mantenimiento o recuperación del poder), se pregunta: ¿qué objeto último y fundamental tiene ese ejercicio exhibicionista?

¿Un acercamiento al pueblo llano y soberano, entre cuyos integrantes es práctica generalizada la del ejercicio deportivo tranquilo y sano? Pudiera ser, pudiera ser, ¿por qué no...?¿La transmisión de una imagen saludable y poderosa, que genere confianza en las potencialidades del sujeto en cuestión? Pudiera ser, pudiera ser; ¿quién dudaría de que un señor capaz de despachar una buena pila de kilómetros sin que se le descomponga el bigote, el tupé o la costura de la malla, está en perfectas condiciones para merendarse el primer Iraq o Afganistán que se le ponga a tiro...? En fin, suposiciones. Y acudir al que podría parecer, a priori, el mecanismo más sencillo para desvelar tales dudas –o sea, preguntar directamente a los implicados sobre la cuestión- se me antoja, en principio, bastante ineficaz: lo normal será que, como ante cualquiera otra cuestión, nos cuenten alguna milonga de veracidad bastante discutible –cuando no, lisa y llanamente, inexistente-.

También habrá quien pueda argüir, sin que le falte una buena dosis de fundamento, que la cuestión tampoco tiene mayor relevancia; que no pasa de tratarse de un elemento anecdótico, cuasi folclórico, y que lo realmente importante son sus talentos y capacidades, y no los kilómetros de footing que el gobernante de marras se mete entre pecho y espalda con la misma regularidad y constancia con que un beato se traga sus misas. Ya me gustaría a mí que fuera así, ya. Pero en este mundo de peso desorbitado y omnipresencia absoluta de la imagen, como factor que determina y condiciona adhesiones, simpatías, seguimientos y, en última instancia, votos y apoyos (con sus correspondientes reversos, claro está), mucho me temo que estos ejercicios floripondiosos terminan teniendo muchísima más trascendencia de la que debieran. ¿O no....?

jueves, 10 de julio de 2008

Grageas de cine L: a propósito de... El señor Ibrahim y las flores del Corán (Mr. Ibrahim et les fleurs du Coran; Francia, 2003)


Aunque resulta harto complicado no rendirse ante la fascinación que puede ejercer un trabajo interpretativo de la hondura y humanidad del que exhibe un Omar Sharif en estado de gracia (y que le valió tan numerosos como merecidos reconocimientos), sería un craso error no deleitarse con los múltiples detalles de calidad que ofrece un film como El señor Ibrahim y las flores del Corán, un retrato amable y tranquilo del viaje vital iniciático que emprende su protagonista, el adolescente Momo, a cuyo zarandeo emocional —en el que se ve inmerso como fruto de la concurrencia de un potente vapuleo testosterónico (bastante propio de la edad, desde luego) y una situación familiar muy desestructurada, plagada de ausencias y carencias—, sólo conseguirá poner algo de quietud, orden y un cierto horizonte de futuro la seráfica influencia de un hombre que, sin pretensiones explícitamente proselitistas, irá insuflando en nuestro hombrecito pautas y principios con los que ir desenvolviéndose en la vida de manera más o menos solvente. No es que se trate de un planteamiento argumental excesivamente original, admitámoslo, pero hay que reconocer que, conducido sin mayores alardes pretenciosos por François Dupeyron, su resultado final es más que satisfactorio.

Tampoco le faltará su buena dosis de razón a quien pueda achacar a este film otras carencias, aunque sean de calibre menor: la previsibilidad de sus giros argumentales (no todos, no siempre, pero sí en la mayoría de los casos); lo precipitado que puede resultar su final, un tanto abrupto, como si hubiera una cierta prisa por cerrar una historia que, hasta ese momento, se ha manejado con un tempo bastante más moroso -sin por ello incurrir en ningún pecado de lentitud-; o cierto envaramiento que cabe apreciar -y que encaja dentro de la lógica que deriva de que nos encontramos ante un joven actor debutante- en la actuación de su novel protagonista, Pierre Boulanger. No obstante, no son consideraciones que deban empañar una apreciación global positiva ante esta propuesta tan demostrativa de la capacidad del cine francés para elaborar producciones bajo parámetros de diversidad, con un indudable gancho comercial, sin que ello signifique una rebaja significativa de las exigencias artísticas. A ambos aspectos atiende con suficiencia El señor Ibrahim..., un renglón más de hermosa caligrafía que, sin mayores alardes ni grandilocuencias, nos regala la cinematografía de nuestros país vecino. Disfrutémosla...

martes, 8 de julio de 2008

Cartas de amor a Carmela Soprano III


Querida Carmela:

Aunque tú, en tu placentera y ordenada vida, volcada en el desvelo hacia los tuyos, mantengas una línea de estabilidad que te mantiene a resguardo de avatares y discontinuidades, no me cabe ninguna duda de que sabes ser comprensiva con las circunstancias de aquellos que bien te queremos y que, en ocasiones, nos vemos sometidos a episodios e historias que nos hacen abandonar por un tiempo prolongado nuestras dedicaciones más placenteras y deseadas. En este caso, amiga Carm, largos son los días pasados desde mi última misiva, y bien que lo lamento.

En cualquier caso, lo importante es que aquí estoy de nuevo, y vuelvo, una vez más, a postrarme extasiado ante tu saber estar , tu bondad, tu elegancia y tu belleza. Cuánta generosidad, amiga mía, la que demuestras con tu total disposición hacia aquellos que, como Artie y su esposa, Charmaine, víctimas de la desgracia, se ven necesitados de vuestra ayuda –la tuya y la de Tony- para poder salir del apuro, y con qué excelente diligencia y cuidado les organizas una fiesta del más alto postín y copete, digna de tu prosapia y alcurnia. Y cuán mayor aún tu entereza, cuando a esa víbora ingrata de Charmaine, lejos de agradecer tu desinteresada ayuda, no se le ocurre inquina más odiosa que la de hacerte sabedora de sus aventuras pasadas con Tony, tu Tony. Cría cuervos... Eso sí, tu mirada altiva y despreocupada fue toda una lección de clase y sabiduría hacia esa morena palurda y resentida. Dudo que le sea de alguna utilidad, pero tú estuviste en tu sitio.

Tampoco puedo dejar de expresarte mi admiraciòn, Carmela, ante tu porte vistiendo un modelo de fiesta. Ya sé, ya sé que no es tu estilo habitual, y no puedo dejar, tampoco, de confesarte (aunque a ti, en lo profundo, bien te consta que así es, sin necesidad de que te lo diga expresamente) que me gustas mucho más luciendo esas mallas y esas camisetas sin mangas que realzan el poderío torneado y tostado de tus brazos y tus piernas (ésos y ésas entre los que bien dispuesto estaría dispuesto a alcanzar, a la vez, mi salvación y mi condena, aunque sólo fuera por un instante de la brevedad de un suspiro). Pero como la belleza de lo uno no entorpece la hermosura de lo otro, bien está que te diga cuán lujuriosamente atractiva estabas luciendo traje de vuelo y joyas para la ocasión.

Ah, y no te enfades con Tony por esos devaneos del pasado con esa espagueti pelandusca: no merece la pena; francamente, y bien lo sabes, no hay color ni competencia. Además, él es así, y, a estas alturas, ya no lo vamos a cambiar, ¿no crees...?

Tu siempre amantísimo siervo,

jueves, 3 de julio de 2008

EL AMIGO AMERICANO (DER AMERIKANISCHE FREUND; ALEMANIA Y OTROS, 1977)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Jonathan Zimmermann es un restaurador de arte que se dedica a la fabricación de marcos en su pequeño taller junto al puerto de Hamburgo. Casado y con un hijo pequeño, sufre una grave afección hematológica en fase terminal, lo cual le hace padecer una profunda amargura existencial, presa de la angustia del que siente la presencia de la muerte como una posibilidad cercana. Un día aparece, de forma inesperada, un misterioso personaje, R. Milaud, que, sabedor de sus circunstancias, le hace una proposición sorprendente: le ofrece doscientos cincuenta mil marcos –una suma con la que asegurar el futuro económico de sus seres queridos- por acabar con la vida de dos personas, a las que no conoce, y para lo cual habrá de trasladarse a París. Inicialmente reticente, poco a poco se irá convenciendo a sí mismo de las ventajas de la propuesta, y terminará aceptando el encargo, en cuya ejecución, que topará con ciertos imprevistos, contará con la inestimable colaboración de Tom Ripley, un “amigo americano” que aparece en el momento más complicado para ayudarle a superar esas dificultades “operativas”...

RESEÑA CRÍTICA.-

Pocos años antes de que Wim Wenders nos ofreciera la que, sin duda alguna, es su mejor película, Paris Texas (una oda desoladora a la soledad y la desesperanza de una fuerza lírica avasalladora: auténtica obra maestra), este director alemán llevaba a la pantalla una adaptación de la novela de Patricia Highsmith del mismo título, una más de la serie de relatos que contaba con Ripley como personaje central. Y, aunque lejos tanto en temática como en calidades de la película antes mencionada, El amigo americano ya ofrecía bastantes de las claves definitorias y más características del cine de su autor.

La incorporación del paisaje urbano como un elemento clave e la construcción fílmica. En este caso, no es el Berlín al que tantas y tan bellas imágenes ha dedicado en películas posteriores, sino que son Hamburgo y París las ciudades que aparecen profusamente retratadas, hsta el punto de llegar a convertirse casi en dos personajes más del relato. Fotografiadas en grandes (y grandiosos) planos generales, con movimientos de cámara bien acompasados y siempre bañadas por una luz mortecina, la de un sol tibio y poco consistente, se convierten en el escenario ideal para dar a la narración su torno sentimental más adecuado, el de un cierto poso de tristeza y desencanto.

Como contraste a lo anterior, el importante papel que juegan los espacios interiores, con una decoración muy del gusto del momento (el look setentero es, prácticamente, de manual de interiorismo) y con una presencia muy determinante en la generación de un clima ambiental muy particular: frialdad, desarraigo, impersonalidad, son ideas que nos golpean a la vista de esos entornos en que los personajes deambulan, con sus neuras y sus pesares.

Y un aspecto básico, una componente que sobrevuela sobre la trama del film y condiciona todo su desarrollo: la soledad, algo intangible e inasible que atrapa a todos los personajes, en cualquier situación y contexto, ya estén solos o acompañados, pensando o actuando. Una soledad radical, que lo tiñe todo y que dota a la película de un inconfundible sello de autor, más allá de las circunstancias de la historia (que, al fin y al cabo, no deja de ser, en su esencia, un policiaco convencional, aunque su escenario europeo y su iluminación turbia le doten de un cierto punto de “exotismo”).

Es la soledad atormentada de Zimmermann, enfermo terminal y desesperado, al que Bruno Ganz, su intérprete (actor serio y solvente donde los haya), encarna con precisión y un punto de desazón perfectamente medida, que le hace rayar a gran altura. Es la soledad desesperanzada de su esposa, Marianne (la actriz Lisa Kreuzer hace un magnífico trabajo, en un papel secundario pero de enorme peso –o contrapeso, para ser más precisos-). Y es la soledad esencial de Ripley (un Ripley, por cierto, muy lejano de otras encarnaciones, tanto anteriores –Delon- como posteriores –Damon-), un “outsider” sin pasado ni futuro, y casi sin presente, ese “amigo americano” que aparece inopinadamente y que, con el rostro y las poses de un Dennis Hopper convertido por aquel entonces –por obra y gracia de ese mito motero que fue Easy Rider- en símbolo de rebeldía y anti-star system, se pasea por la historia como el alma en pena que encierra y condensa todas las soledades.

Película compacta, densa (casi espesa, si nos atenemos a su textura tanto dramática como visual), El amigo americano es una buena muestra de cine de autor (de un buen autor, por cierto) y de cine europeo que explora sus propios caminos, sus propias formas, aun cuando lo haga aprovechando materiales temáticos tan caros al cine U.S.A. “de toda la vida”. Al fin y a la postre, buen cine, que es lo que cuenta.

martes, 1 de julio de 2008

Grageas de cine XLIX: a propósito de.... la Ley del Cine (de nunca acabar)


La prensa diaria se hacía eco en días pasados de la carta remitida al Ministerio de Cultura por la FAPAE -entidad que aglutina a los productores audiovisuales de nuestro país-, expresando sus motivos de agravio y preocupación en relación con el proyecto de norma de desarrollo de la Ley del Cine -que, recordemos, se aprobaba hace apenas seis meses-, basándose en que, al parecer, dicha norma de desarrollo no recoge de manera suficiente los términos fundamentales en base a los cuales el colectivo, tras sus reticencias iniciales, había terminado dando su plácet a la ley de referencia. Más allá de otros elementos más bien circunstanciales, o secundarios, dos parecen ser los motivos básicos de dicho malestar: la “desaparición” de los incentivos fiscales que la ley contemplaba -y que daban pie a una perspectiva de franco estímulo a la inversión en el sector por parte de entidades físicas y jurídicas ajenas al mismo- y la falta de referencias a la creación -prevista en la ley- de una agencia estatal que habría de sustituir al actual ICAA.

Mal asunto para nuestro cine (aunque sus datos de taquilla en lo que va de año no sean especialmente malos, más bien al contrario) que vuelvan a sonar tambores de guerra en un momento social y económico que, precisamente, no invita al optimismo. Porque, en tiempos de apreturas, no cabe ninguna duda de que es éste es uno de esos sectores a los que la crisis económica puede golpear con mayor virulencia (por más que se insista en lo del “panes et circenses”, todo el mundo tiene muy claro que lo primero son los “panes”, y lo segundo, los “circenses” -más aún, si cabe, cuando el abanico de “ofertas circenses gratuitas” es, por lo demás, tremendamente amplia-), lo cual vendría a suponer un llover sobre mojado nada halagüeño para nuestra, ya de por sí, exigua industria cinematográfica. Toca, pues -no hay alternativa-, volver a sentarse y volver a afrontar la situación con un esfuerzo imaginativo y la cintura y flexibilidad necesarias, por ambas partes, para alcanzar acuerdos viables y -ahora que está tan de moda el palabro en cuestión- sostenibles. Nuestro cine, y su público, bien que lo agradecerán…

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