sábado, 28 de junio de 2008

ESPANTAPÁJAROS (SCARECROW; U.S.A., 1973)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Mark, un presidiario recién salido de la cárcel, maduro, camorrista y pendenciero, encuentra en la carretera, mientras hace “dedo”, a Lionel, un vagabundo sin destino, mucho más joven que él y de una candidez supina, al que ofrece la posibilidad de unirse a él como socio en el negocio de lavado de automóviles que pretende montar en Pittsburgh, y con el que aspira a poner fin a su carrera de habitante perpetuo de todo tipo de prisiones. Lionel acepta y, a partir de ese momento, ambos inician su particular periplo –viajes como autostopistas o como “polizones” en furgones de carga de los trenes: el dinero escasea...-, jalonado por la visita de Mark a su hermana Coley –allí conocerá a una fresca y atractiva amiga de ésta, Frenchy, con la que compartirá risas y algo más-, una breve “visita” de ambos a la prisión (tras una pelea en la que Mark se enfrasca en un bar de carretera: genio y figura...) y, como punto culminante previo a la llegada al destino final, el intento de Lionel de contactar con Annie -su antigua novia, que vive en Detroit, y de la que “huyó” tras dejarla embarazada (abrumado por la responsabilidad)-, con la ilusión de conocer a un hijo del que no conoce nombre ni sexo...

RESEÑA CRÍTICA.-

Vista en perspectiva –comparativa-, y con el tiempo transcurrido –bastante-, hoy podemos afirmar –e incluso un beatlemano convicto y confeso, como es el que emborrona estas líneas, así lo reconoce...- que la carrera musical de los Beatles no fue muy extensa ni muy prolífica. Pero su nivel de éxito fue tan descomunal que es tremendamente lógico que, desde su finalización –con la separación del grupo-, la edición de discos recopilatorios –incluso si sólo hacemos cómputo de los “oficiales”- haya sido constante y cuantiosa. Entre los tropecientos existentes en el mercado, hay uno que, en su momento (se editó allá por el año 80), me llamó poderosísimamente la atención, tanto por su contenido (una compilación de temas “escondidos” y fuertemente estrambóticos, en su mayoría, de los chicos de Liverpool) como por su título, de una sonoridad rotunda y una extrema fidelidad a su contenido: Rarities.

Bien, una auténtica “raritie” viene a ser esta película, Espantapájaros, de la que incluso el cinéfago más aventajado es probable que tenga escasas referencias, pese a contar en su reparto con dos monstruos del calibre de Gene Hackman y Al Pacino. Y es, precisamente, el deslumbrante trabajo interpretativo de ambos el pilar sobre el que este film, que arranca con un inicio un tanto flojo, va creciendo paulatinamente hasta llegar a convertirse, si no en una gran película, sí al menos en una obra bastante apreciable –pese a ello, fue, curiosamente, su dirección, a cargo de un prestigioso profesional de la fotografía, Jerry Schatzberg, de carrera cinematográfica bastante corta, la que obtuvo el reconocimiento formal, con una Palma de Oro en la edición de Cannes de 1974-.

En una “buddy-movie” que respeta escrupulosamente las convenciones del género –progresión narrativa jalonada por episodios puntuales, que van marcando la profundización en la relación de los dos protagonistas, con caracteres claramente opuestos (y, por tanto, complementarios), cuyo contraste da, precisamente, su “salsa” a la historia-, tanto Hackman, un actor un plena madurez interpretativa, a sus 43 años, con su creación de un típico producto carcelario sempiterno (que auna, sorprendentemente, una mentalidad metódica, casi cartesiana, con una propensión a la bronca y la camorra siempre latente), como Pacino -aún reciente el tremendo bombazo de El padrino, empezaba a despuntar como enorme promesa en el panorama hollywoodiense-, que le da la réplica con un carácter un tanto ingenuo y “pajaritero”, van tejiendo una historia pequeña y cercana, en la que el espectador se va enredando sutil y sigilosamente, y en la que hay cabida, cómo no, para momentos de gran lucimiento, con los que ambos rubrican un trabajo de gran nivel (en el caso de Hackman, la secuencia de su strip-tease en un bar de carretera –lo que se inicia como el preludio de su enésima pelea termina en una escena espectacularmente hilarante-; y en el de Pacino, la secuencia previa al final, en una fuente, rodeado de niños, enloqueciendo presa del dolor que le causa la (falsa) noticia de la muerte de su hijo).

De esta manera, esta obrita menor se inscribe de lleno en una línea que, por aquel entonces, se hallaba en todo su esplendor (aún estaba reciente el enorme éxito de peículas como Cowboy de medianoche o El golpe, films con los que, salvando las distancias, éste se emparenta claramente en su componente de duelo interpretativo de pareja de estrellas): una veta abierta que nunca ha dejado rendir excelentes frutos en la tradición cinematográfica de Hollywood, y es que, cuando dos grandes astros brillan con tanta fuerza, todo parece emplidecer a su alrededor...

jueves, 26 de junio de 2008

Pasión furgolera V: ¿opio del pueblo? Sí, pero qué rico que está...


No estoy siguiendo la Eurocopa de Austria y Suiza con la continuidad y frecuencia que hubiera deseado —más allá de los partidos de la selección española, y alguna rafaga puntual de algún que otro partido suelto—, sobre todo si me atengo a los parabienes generalizados con que la prensa especializada viene glosando el magnífico nivel de juego que se está exhibiendo —en contra de la que suele ser pauta habitual en este tipo de torneos, donde la racanería y la especulación resultadista son moneda común (demasiados intereses en juego como para pretender jugar al fútbol...)—. Bien está que así sea, para disfrute del aficionado, y ojalá que se constituya en precedente de cara a futuros torneos (aunque en estas cuestiones dicta la experiencia que es mejor no entusiasmarse demasiado...).

De todos modos, no era mi intención hoy, amigo lector, la de hablarles de disquisiciones técnicas o apreciaciones tácticas estrictamente furgoleras (suponiendo que lo haya hecho alguna vez; creo que no, o, al menos, no lo recuerdo claramente...), sino del tremendo hartazgo que me causa el encontrarme, de manera permanente, con comentarios generalizados (sobre todo, en medios no especializados; en los que sí lo son, tiene su lógica que funcione el viejo axioma aquel que reza que nadie muerde la mano que le da de comer; comprensible...), acerca de la utilización del furgol como opio del pueblo, como pantalla tras la que ocultar (políticamente) la pavorosa crisis (económica) que estamos viviendo, y otras arengas de igual o similar tenor. Es decir, aquello que se decía del “panes et circenses”. Que, ojo, no niego que tenga su buena parte de razón y fundamento, pero... Vayamos con el pero.

Puedo admitir que alguien tenga reparos hacia el furgol en base a criterios de índole estética: paso de furgol porque no me gusta, no me atrae; las evoluciones de veintidós tíos en calzones cortos sobre un rectángulo verde alrededor de una pelotita no me causan ningún tipo de emoción basada en la belleza, la plástica o cualquier otra cosa similar. Pero no admito que alguien le ponga al furgol reparos de índole ética desde la más tremebunda de las incoherencias, y me explico: achacar al deporte rey todas las miserias morales que, ciertamente, lleva a sus espaldas (el escándalo de las monstruosas cantidades de dinero que mueve -y cómo las mueve y reparte, claro...-, su descarada utilización política y comercial por los póderes fácticos y no fácticos, y añadan aquí cualquier otra cosa que se les ocurra), sin apreciar que son las mismas, exactamente las mismas, que aquejan a tantos otros fenómenos culturales de masas respecto a los cuales se suele guardar bastante más devoción y bastantes menos reparos. ¿O es que la última adaptación al cine de cualquier tebeo de superhéroes no mueve escandalosas cantidades de dinero; o es que el político de turno no se arrima estratégicamente al último cantante o literato de moda -y viceversa, que esto opera en los dos sentidos del tráfico...- para sacar tajada en términos de imagen? Pues a eso me quería yo a referir, a eso...

¿Opio de pueblo? Pues sí, pues vale. Pero no el único, que conste. Que también debe ser opio del pueblo la última novela de Ruiz Zafón (ya quisiera el equipo de mi ciudad meter a tanta gente en su estadio a lo largo de veinte temporadas como ejemplares de la misma ha vendido este buen hombre....), o las andanzas cantarinas (y no tan cantarinas) de Amy Winehouse. Por ejemplo...

viernes, 20 de junio de 2008

Mi Buenos Aires querido IX: nuevo ciclo


Aunque oficialmente no lo hará hasta el próximo lunes, mi pequeño finaliza hoy, en la práctica, el curso escolar: recoge y trae a casa sus carpetas de actividades, hace sus últimos ejercicios de lectura y escritura, y, sobre todo, cierra un ciclo. Un ciclo formal, programático (el que constituyen los tres años de educación infantil, de los 3 a los 5 años), pero también un ciclo vital: ese periodo en el que sólo hay cabida para el juego, la diversión, el descubrimiento gozoso, espontáneo y siempre vivaz de todo lo que le rodea. El próximo curso (con sus continuidades –mismo colegio, mismos compañeros- y sus diferencias –nuevo profesorado-) ya vilumbrará un atisbo de responsabilidades, obligaciones y exigencias que, aun siendo tremendamente suaves –desde la perspectiva de lo que habrá de venir más adelante-, suponen un cambio tremendo en relación con la situación actual. Y aunque él, desde su mirada pura e ingenua, lo afronta con una ilusión enorme, y con muchas ganas, yo no puedo evitar que se me haga un nudo en la garganta, y que una pequeña bola en el estómago (que me viene creciendo desde hace días, ante la incertidumbre de lo que la vida, en ese inminente próximo curso, y en todos aquellos que aún han de llegar, le pueda deparar) no me deje unas digestiones demasiado placenteras. Pero éstas son las reglas del juego, no hay otra alternativa (ni juego más hermoso): juguemos, pues...

jueves, 19 de junio de 2008

Los buenos buenosos IV: Ghislain Lambert (La bicicleta de Ghislain Lambert; Francia-Bélgica, 2001)


Esta sección, como el nombre de su título indica, está dedicada, en principio, a los buenos, no a los pánfilos. Y, aun teniendo claro que, en muchas ocasiones, la frontera entre la bondad y la “panfilez” –como tantas y tantas fronteras- es difícil de precisar, no quisiera que eso fuera una excusa para dedicar, en mayor medida de lo deseable, reseñas a los pánfilos –que no tengo nada contra ellos, más bien al contrario (yo mismo, al fin y al cabo, tengo –sospecho- una vena pánfila considerable...)-. Aún así, hoy quería hablarles de Ghislain Lambert.

Ghislain Lambert es un hombre sencillo –o, más bien, simple- que vive prendido de un sueño: el de convertirse en un campeón ciclista, a la altura del más grande campeón ciclista de su tiempo (y, por aquel entonces, de todos los tiempos), el simpar Caníbal, Eddy Merckx. No es un empeño fácil, sobre todo si se tiene cuenta que a nuestro héroe, todo corazón, una masa ingente de voluntad, y una determinación a prueba de los más sangrantes golpes (y esto no es ninguna metáfora...), la madre naturaleza no le otorgó los dones suficientes para tan altos logros. De modo que, pese a todos sus desvelos, su denuedo en el entrenamiento y una capacidad de sufrimiento al alcance de pocos mortales, nuestro amigo Lambert da de sí lo que da, y con eso no le alcanza más que para la noble y abnegada condición de gregario.

Ghislain Lambert, en un intento desesperado por alcanzar su sueño, coquetea con el “lado oscuro” –coqueteos de los que la gente lista suele salir impune, pero que al ínclito Lambert terminan costándole un serio disgusto-; buscando un hueco entre pedalada y pedalada (lo cual no es fácil para él...) también se enamora, y se casa, y funda una familia, relativamente tranquila y feliz; y, finalmente, acaba por convertirse en una celebridad, una estrella mediática en tiempos en que esa condición aún tenía poco que ver con lo que actualmente es una figura de ese tipo. No lo será por sus triunfos, obviamente, sino por sus fracasos; pero esa es la triste y dura condición del que no fue elegido para ese pedestal al que tantos son llamados.

Es difícil no cogerle cariño a Ghislain Lambert. ¿Se imaginan a Forrest Gump subiendo el Mont Ventoux con el rostro demudado, las piernas convertidas en piedras rígidas, y a pesar de todo pedal, pedal, y pedal —sin pausa, sin mesura—? Pues eso...

lunes, 16 de junio de 2008

MEMORIAS DE ÁFRICA (OUT OF AFRICA; U.S.A., 1985)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Basada en los relatos autobiográficos de la propia autora, un recorrido por la intensa peripecia vital en África de la escritora danesa Karen Blixen –más conocida por su seudónimo, Isak Dinesen-: en esa tierra encontrará una fuente de inspiración –la que otorga el inmenso contraste con su bagaje precedente- y, lo que es más importante, el gran amor de su vida (Denys Finch, un espíritu libre, que acabará siendo la trágica víctima de sus ansias de vuelo, y no sólo en sentido figurado). Una experiencia tan intensa como breve: no pudo ser abatida por la enfermedad (la propia) ni por la muerte (la de su amado), pero los imponderables económicos terminarían por hacerla claudicar, y hubo de retornar a su país, para, desde allí, soñar durante el resto de su vida con aquella tierra a la que ya no habría de volver jamás.

RESEÑA CRÍTICA.-

Como casi todo en esta vida, el destino de una película es, fundamentalmente, una cuestión de vocación: qué se quiere, qué se pretende. Es complicado imaginarse que cualquiera de las personas implicadas, de una u otra manera, en un proyecto como Memorias de África no tuviera muy claro, desde un principio, que aquello estaba encaminado a ser un clásico: ése era su aliento y ése era su destino. Y, fiel al mismo, en ello se ha convertido, sin necesidad de que la pátina de los años la haya revestido de tal condición, y utilizando unos ingredientes bien elementales: una historia de amor, dos intérpretes de gran calibre para encarnarla y un escenario fastuoso para desarrollarlo. ¿Se precisa algo más...?

Vayamos, pues, por partes. La historia de amor es ineludible, se atisba desde el primer momento en que ellos se encuentran, los acontecimientos van empujando a ella de forma inexorable y se desarrolla (y se trunca) conforme a los cánones más estrictos del género. Poco que objetar en este capítulo: pese a lo pretendidamente “rebelde” de la situación –más por las circunstancias de los enamorados (dos auténticos espíritus libres, muy lejos de los corsés morales de su tiempo y su espacio) que por la relación en sí-, no se vislumbran muchas alternativas a la misma.

Los intérpretes son dos auténticos “transatlánticos”, quizá las dos luminarias más rutilantes del Hollywood del momento, en plena madurez física y profesional. La divina Streep está más Meryl Streep que nunca (o tan Meryl Streep como siempre, según se mire: esta actriz se suele traicionar poco a sí misma...) y dota a su personaje de una mezcla de fortaleza y etereidad francamente brillantes. En cuanto al divino Redford, también se acopla bien a su personaje (una suerte de gentleman irreverente: formas exquisitas sobre un ansia de libertad irreductible), cual guante a la mano. Además, la química entre ambos funciona extraordinariamente, cuestión a la que colabora, en grado sumo, lo adecuado de la probeta en que se cuece la pócima. Sólo un pequeño pero (ay, siempre hay algún pero...): los actores se sobreponen a los personajes, y la historia de amor se nos termina apareciendo como un romance (tan sereno como tórrido, o viceversa, que tanto da) entre Redford y Streep, y no entre Denis Lynch y Karen Blixen. Algo muy difícil de arreglar, se tome por donde se tome, y una gotera por la que el film empieza a hacer aguas...

Y nos queda lo del escenario fastuoso: la sabana africana ofrecida en todo su salvaje esplendor a base de un despliegue fotográfico impresionante, tanto geológico como vegetal y animal. No mucho mayor fundamento se le encuentran a los desplazamientos en avión de los protagonistas que el de ofrecernos unas tomas aéreas tan amplias y prolongadas como espectaculares.

Añádanse al cóctel expuesto un metraje generoso (con un ritmo algo cansino, pero que no llega a resultar adormecedor) y una partitura, meliflua y languideciente, de John Barry convertida, con el paso de los años y por derecho propio, en el “top 1” del hit-parade de las B.S.V.B. (para los no iniciados, Bandas Sonoras de Vídeos de Boda), y ya tenemos el objetivo deseado: la gran película de amor de la decada de los ochenta, apta para su consumo universal –de Alaska a la Patagonia, de Moscú a Nueva York-, digna sucesora de Doctor Zhivago y excelente predecesora de El paciente inglés o Titanic (por citar rererentes con los que el parentesco resulta más obvio).

En cualquier caso, y aun con todo lo expuesto (o, quizás, posiblemente por ello), Memorias de África, aun siendo una película grandiosa, no es una gran película, si nos atenemos a una valoración de sus elementos estrictamente cinematográficos: su realización es solamente pasable y demuestra, como tantas y tantas veces, que la acumulación de elementos brillantes no basta para que un film brille. Pero, claro, ¿quién se resiste al estremecimiento que te producen esos abrazos? ¿quién no se deja fascinar por esas manadas de gacelas en movimiento? El cine también es eso, y, por esa vía, Memorias de África se ha ganado su sitio en el firmamente de los clásicos, donde habrá de perdurar per secula seculorum. Amén.

viernes, 6 de junio de 2008

Mi Buenos Aires querido VIII: escrituras "creativas"


Con más habitualidad de la que me gustaría (pero no tanta como para que me afecte a la salud), me entrego al autocomplaciente y ególatra ejercicio de releer mis críticas de cine; ejercicio que no sólo me sirve para reafirmarme en el absoluto convencimiento de que jamás llegaré a escribir como esos señores y señoras a los que admiro y envidio (algo que, aun ya sabido sin necesidad de estas relecturas, nunca está de más recordar, para no llamarse uno mismo a engaño), sino también para detectar un sinfín de fallos, errores y otras burradas varias que, quién sabe, igual en próximas entregas sí que pueden ser corregidas, o, al menos, atemperadas. No obstante, lo que más me viene preocupando últimamente, y que da pie y fundamento al emborronado de estas líneas, es una circunstancia que, aunque pueda parecer lógica por una causa meramente acumulativa, o cuantitativa (a medida que el número de reseñas críticas va aumentando, es más difícil no repetirse), no me termina de convencer, y es la de la cada vez mayor “jergarización” (si se me permite el palabro) a que las mismas se ven sometidas. Coletillas, tópicos, lugares comunes, frases hechas, expresiones convencionales: el veneno que emponzoña cualquier atisbo de escritura más o menos creativa está ahí, y, además (y ahí radica la gravedad del caso), en dosis más que suficientes para tumbar no a un caballo, sino a una cuadra completa.

He hablado antes, ahí, pocas líneas más arriba, de “escritura creativa”. Y, claro, habrá quién, no sin fundamento, me podrá reprochar que mi problema no es ese de la jergarización también antes apuntada, sino el del exceso, o desenfoque, de pretensiones. ¿Tú qué quieres hacer, chavalote, escritura creativa? Pues escribe ficción narrativa, o poesía lírico-épica en el registro que más te plazca, o ensayo más o menos formal. Pero la crítica cinematográfica no está para hacer literatura, sino para proporcionar a su lector una orientación más o menos técnica acerca de un producto creativo concreto, como es una película. Y, si a tales fines, los medios más adecuados conllevan la utilización reiterada (para una mayor claridad) de todos esos mecanismos a las que se aludía en el párrafo anterior, pues se utilizan, y aquí paz, y allá gloria, ¿no...?

Pues no: los cofrades de la palabra, todos aquellos que, aun conscientes de sus limitaciones para hacer cosas hermosas con ellas, también tienen la clara consciencia de que, si hay tantos y tantos que a lo largo de la historia, han sabido utilizarla para algo más, mucho más, que la mera comunicación utilitaria, es porque ella así lo permite, nunca perdemos la ilusión de, al menos intentarlo. Y aunque las circunstancias, sin llegar a ser tan negras como para hundir nuestra flota, sí que nos ponen siempre en profundas complicaciones para llegar a buen puerto (que si la falta de talento; que si la poca disponibilidad de tiempo; que si las prisas en el afán de querer tener siempre material disponible para publicar....), la cuestión es que no cejamos en el empeño de echar la barca la agua. Hay días en que apenas somos capaces de despegarnos de la orilla, pero hay otros en que uno, aun sin llegar ni siquiera a acercarse, sí que,al menos, vislumbra allá, a lo lejos, que existe la orilla de enfrente, ésa a la que, con tan aparente facilidad (sólo aparente; ya sabemos que hay ingentes cantidades de trabajo detrás de esos resultados), parecen llegar esos a los que admiramos y envidiamos.

Nada, que toca seguir trabajando. Pero merece la pena. Feliz fin de semana, amigos lectores.

jueves, 5 de junio de 2008

Grageas de cine XLVIII: a propósito de.... Scorsese-Sinatra, dúo de ases



Leo en el blog de noticias de La Butaca que se está empezando a barajar la posibilidad de que Martin Scorsese aborde próximamente la realización de una biografía de ficción basada en la vida de Frank Sinatra. Vaya par de nombrecitos: si la expresión “figura legendaria” puede aplicarse con la mayor propiedad a ciertos artistas relevantes, no cabe ninguna duda de que éstos son dos de los que dejarían poco lugar a especulaciones al respecto. Teniendo en cuenta que no es la primera vez que el gran Marty se acerca tanto al género, el del biopic (ahí están Toro salvaje y El aviador para acreditarlo) como al mundo del biografiado, el de la música (desde su ya lejana El último vals hasta sus más recientes No direction home o Shine a light), y partiendo de la premisa de que la biografía de Sinatra ofrece material más que jugoso (y no solamente en lo artístico, que también, sino, muy especialmente, en lo personal), cabe esperar que el resultado de tal maridaje pueda constituir, si se dan las condiciones idóneas para ello (¿gozarán los encargados de la confección del guión de total libertad para tratar el “material sensible”, o se verán constreñidos por los herederos del inmortal crooner…?), simplemente espectaculares.





Por otro lado, el mero avance de la posibilidad, aun cuando la idea no llegara a cuajar en algo concreto, viene a confirmar la pujanza de un género –el de la biografía de ficción-, que sigue dando muestras de una enorme vitalidad de unos años a esta parte, incidiendo también, probablemente, en algo que sí que puede ofrecernos algún motivo de preocupación: tanta recurrencia a las biografías de personajes reales (al igual que a los cómics, o a los videojuegos; en suma, a material preexistente; a historias, situaciones y personajes que no hay que crear, sino sólo adaptar, trasladar), ¿no denotan un cierto agotamento creativo? Es evidente que una biografía que se pretenda llevar a la pantalla requiere un trabajo técnico de guionización nada sencillo y con una componente artística importante; pero también resulta innegable que, en lo que se refiere al esfuerzo imaginativo de invención de un material dramático ex novo, el trabajo ya está hecho, obviamente. Y no es que biografías, y relatos históricos, no se hubieran hecho antes (que sí que se han hecho, y muchos), pero la proliferación actual quizá no tenga parangón con otros periodos. ¿Moda pasajera, o el signo de los tiempos? Ya veremos…

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