lunes, 31 de marzo de 2008

Pasión furgolera III: unión europea


El bochornoso espectáculo del reconocimiento de Kosovo ha supuesto el enésimo (pero, con total seguridad, me temo que no el último) episodio demostrativo de la absoluta incapacidad de la (presunta o supuesta; en cualquier caso, mal llamada) Unión Europea para adoptar una posición común (es decir, coherente con el enunciado teórico de su naturaleza) acerca de una cuestión de calado amplio. Visto lo cual, y ante la evidencia de que hay diferencias insoslayables (culturales, idiomáticas) que operan en contra de la profundización de esa deseada unidad, he de volver a insistir en la que se me antoja única vía a través de la cual algún día podríamos alcanzar algo que, al menos, se pareciera a una Unión. Una liga. De furgol, naturalmente.

No se atropellen, por favor, ni tengan tanta prisa, amigos lectores, por lanzarme tomates o reprocharme la caradura de pretender hacer pasar como propia o novedosa una propuesta que debe remontarse, aproximadamente, a los tiempos de la invención de la rueda, y que ha sido ya formulada y reformulada hasta la saciedad, además de contar con apoyos de un poderío incontestable (si partimos de la base –yo, al menos, sí que tengo ese convencimiento- de que cualquier presidente de cualquiera de los clubes que integran el tan traído y llevado G-14 tiene muchísimo más poder que los veintisiete jefes de Estado y/o de Gobierno de la U.E. juntos).

Lo que yo vengo a plantear, humildemente, pero con convicción (y omitiré lo de “con un par....”, porque este blog ya resulta suficientemente grotesco y patético sin necesidad de acudir a ello), es la solución a ese que hasta ahora se ha venido esgrimiendo como principal impedimento para que una idea de ese tipo cuaje, y es el de la pretendida imposibilidad de supervivencia de las competiciones nacionales de las potencias furgolísticas en el caso de verse privadas del concurso de sus clubes más potentes. Y se trataría de algo tan simple como de establecer una fórmula que permitiera a dichos clubes participar, simultáneamente en las dos competiciones.

¿Cómo? Muy sencillo. Los clubes integrados en la liga europea podrían mantener a su equipo B, o filial, o como se le quiera llamar, en la máxima categoría de la liga nacional de su país, con una plantilla integrada por un 50 % de jugadores propios y adscritos de manera fija a ese filial, y otro 50 % de jugadores que podrían participar, indistintamente, con el equipo “europeo” o con el “nacional”. Traducido a números concretos, supondría que, por ejemplo, con una plantilla total de 33 jugadores (número que, para clubes de tal capacidad económica, no supone ningún disparate), el equipo X tendría a sus 11 megaestrellas adscritas a la plantilla de la liga europea; otros 11 jugadores de nivel medio-alto, los cuales irían rotando, en lotes de 6-7, para inscribir puntualmente en cada partido; y otros 11 jugadores, preferentemente en formación o con proyección de futuro, que se verían reforzados, y completados, cada semana, con los “descartes” del equipo europeo (en definitiva, un equipo con potencial más que suficiente para moverse en la liga nacional con las máximas aspiraciones).

Y todos contentos. Y el Madrid, el Chelsea, el Milan, el Ajax y el Olympique de Lyon, jugando todos los domingos partidos de primerísimo nivel. Y el Zaragoza, el Nantes, el Livorno, el Herenveen y el Panionios, también. Y Durâo Barroso, feliz como una perdiz. Y Zapatero, Sarkozy y Gordon Brown, también. Y con los escaños de la cámara de Estrasburgo, montamos un graderío. Verán cómo así hacemos rapidito una Europa de verdad. ¿Ven qué fácil? Si todo es ponerse....

jueves, 27 de marzo de 2008

BALAS SOBRE BROADWAY (BULLETS OVER BROADWAY; U.S.A., 1994)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

David Shayne, joven e imaginativo autor teatral de “provincias” que pretende triunfar en la meca de Broadway, se encuentra desesperado ante la imposibilidad de poner en marcha su última obra, debido a la falta de recursos económicos. La solución a ese problema vendrá de la mano de las pretensiones artísticas de una corista ambiciosa, Olive Neal, cuyo amante, el capo mafioso Nick Valenti, está dispuesto a satisfacer los anhelos de su amada mediante una sustanciosa aportación financiera al montaje de su obra, con la única condición, eso sí, de que su chica disponga de un papel relevante. De esa manera, la obra se pone en marcha, pero los problemas no han hecho más que comenzar, y se encarnan, además de en la desastrosas dotes interpretativas de Olive, en las cada vez más sustanciosas aportaciones que a la trama de la obra no deja de aportar el “vigilante” que el capo Valenti “asigna” a la representación, un frío e implacable matón, Cheech, que cada vez cobra mayor presencia en los entresijos de la compañía. Los acontecimientos se precipitarán cuando Cheech, desesperado ante el lastre que, para el éxito de la que él ya casi considera “su” obra, supone la nefasta interpretación de Olive, decide zanjar la cuestión a su muy peculiar manera....

RESEÑA CRÍTICA.-

Películas que giran alrededor del mundo del teatro hay muchas y de muy diversos enfoques, niveles y calidades (a título de ejemplo, y sin ir más lejos, en esta misma sección, pueden encontrar la reseña crítica de Doble vida, de George Cukor, un intensísimo drama que explota sabiamente el paralelismo realidad/ficción como leit-motiv de su trama).

Pero Balas sobre Broadway no es, básicamente y en su esencia, una película sobre teatro, aunque ése sea el territorio en el que se desenvuelve la historia que, en tono de comedia paródica, y con las habituales gracilidad y ligereza que son “marca de la casa”, nos cuenta Woody Allen. Se trata, fundamentalmente, de una peli del autor, en la qué este nos ofrece una nueva reflexión (la enésima) sobre lo absurdo de las convenciones, sobre cómo no siempre las cosas son lo que parecen y sobre cómo deberíamos huir de prejuicios que tanto nos lastran y nos confunden.

Y lo hace enfrentando dos mundos tan antitéticos, a priori, como el del arte (en su vertiente escénico-teatral) y el del hampa (representado por esa banda de matones que encabeza Nick Valenti, un Joe Viterelli en su salsa propia), en el Broadway fronterizo entre los años 20 y 30. Un enfrentamiento que se produce por una casual coincidencia (la falta de recursos financieros de la compañía para poner en pie su obra y las veleidades artísticas de la novia del hampón), gracias a la cual ambos grupos confluyen y, oh, sorpresa, terminamos descubriendo cómo, poco a poco, aquellos que habían de aportar la sensibilidad, el talento y el arte se terminan disipando en una bruma envuelta de las más nimias mezquindades (ya sea gastronómicas, económicas o amorosas), mientras que, por el contrario, el más burdo exponente de la zafiedad y la brutalidad (bien se encarga Allen de mostrárnoslo en todo su “esplendor”, llenando de plomo a la víctima de turno con la misma naturalidad con la que se toma una cerveza bien fría), ese matón al que su jefe encarga el seguimiento y control de su inversión y de su chica (un genial Chazz Palminteri, que borda su interpretación con ese nihilismo que hemos podido ver posteriormente, quintaesenciado, en el Ed Crane que interpreta Billy Bob Thornton de The man who wasn’t there, de los Coen), es el único elemento capaz de aportar aspectos artísticamente enriquecedores –aquellos que terminan convirtiendo una obrita mediocre en un auténtico bombazo sobre las tablas-.

Ésa es la paradoja sobre la que Allen construye su enorme parodia, su irreverente desmitificación de ese mundo de la creación artística del que él tanto reniega y abomina, aun asumiendo su ineludible pertenencia al mismo; una parodia envuelta, eso sí, en los ropajes preferidos del maestro: ambientación en sus amados años 20; música, vestuario, decorados y fotografía a tono con esas refererencias temporales; y un elenco de actores para configurar un reparto coral de un nivel interpretativo colosal.

Ya destacaba en líneas anteriores el trabajo de Chazz Palminteri, el que fue gran revelación de este film; tampoco se puede olvidar el majestuoso despliegue de glamour trasnochado y delirante que derrocha una Dianne Wiest en estado de gracia. Pero si hay un intérprete que, asumiendo el reto más difícil, como es el de abarcar dos papeles en uno (el de su propio personaje en la película, y, además, el de alter ego del director, supliendo a Woody Allen en esos menesteres protagónicos que tan caros le resultan –hasta el punto de hacer muy poco habituales estas “delegaciones”-), lo supera con una suficiencia increíble, ése es aquel que, en mi modesta opinión, se trata del actor más talentoso y carismático de su generación: el prota, John Cusack. De auténtico sombrerazo su trabajo: toda la pasión, toda la ignorancia, toda la estulticia, toda la ingenuidad que su personaje amalgama, emanan con tal naturalidad, que se hace difícil calibrar si el mismísimo Woody hubiese sido capaz de cuajarlos con tan extraordinario resultado; muy probablemente, no.

Es inevitable que en autor tan prolífico como Allen, las diferencias de calidad entre sus películas (y eso es algo que se ha venido agudizando en estos últimos años, dando pie a dimes y diretes tan sonados como suele ser habitual en estos casos), sean, en ocasiones, considerables (él, que es muy tramposillo, ya cuenta con que sus fieles le perdonamos las regulares por el inmenso placer que nos proporcionan las buenas...); por ese motivo, se hace importante resaltar que Balas sobre Broadway es de las buenas, muy buenas. De las mejores. Disfrútenla sin prejuicios, y, en cualquier caso, diviértanse pensando si, a lo mejor, esos golpes tan geniales de guión no son invención del cineasta, sino de su quiosquero... Quién sabe...

miércoles, 26 de marzo de 2008

Varietés artísticas y culturales XII: Radio 3


Aunque soy un oyente radiofónico de los irreductibles (es decir, de aquellos que, más allá de los avatares y progresos que, en materia de medios de comunicación, se han experimentado en los últimos treinta años, sigue escuchándola a casi todas las horas del día y, además, casi siempre, en su soporte convencional: el viejo aparato a pilas o con enchufe, pero de prestaciones básicas –las virguerías estereofónicas las reservo para otros experimentos-), he de reconocer que mi fidelidad a alguna emisora determinada, dista mucho de ser ejemplar: suelo cambiar cada cierto tiempo de dial de referencia –eso sí, una vez elegido uno, ése se queda fijo en mi aparato durante un cierto periodo, más o menos extenso-. Y, dejando aparte algún caso extremo de emisoras cuyos contenidos se me hacen particularmente insoportables –y que ni siquiera citaré, porque tampoco es cosa de hacerles, con la tirria que les tengo, publicidad gratuita-, y que, por tanto, no entran en eso que un entrenador “moelno” de “furgol” llamaría “rotaciones”, estoy abierto a todo tipo de contenidos y líneas, sin que ello sea óbice, naturalmente, para que en esto, como en todo, uno tenga sus querencias.

Y, entre esas querencias, si hay una que se mantiene, impertérrita y firme a lo largo de los años, es la que siento por esa rara avis que atiende al nombre de Radio 3. Un fenómeno increíble. No sé si resultará algo rayano en la paranoia, o no, pero creanme, amigos lectores, cuando les cuento que cada mañana, cuando, al llegar al despacho, enciendo mi radio (una vieja Philips con un solo altavoz, que compré en unas vacaciones en Santander, allá por el año 93, y que aún sigue sonando maravillosamente bien), siempre lo hago con el secreto temor de que, al otro lado de los ondas, sólo me responda ese característico zumbido (ruido, creo, le dicen los técnicos en la materia) de los aparatos que no tienen ninguna emisora sintonizada. Porque, ¿cómo se puede mantener, en estos tiempos que corren, una emisora tan minoritaria, tan a contracorriente, tan necesaria, permanentemente amenazada de muerte mortal –al lado del de Radio 3, el peligro de extinción del lince ibérico es (y que me perdonen los ecologistas) pura filfa...- siempre temblando ante cualquier anuncio de reestructuración del Ente –y van....? En fin, un milagro, que, afortunadamente, se sigue repitiendo, mañana tras mañana, y ojalá que aún por mucho tiempo.

Una emisora permanentemente en vanguardia; atenta a todo lo que se mueve en los terrenos sociales y culturales más alejados de las modas imperantes; y transmisora de unos contenidos y unos valores que poco tienen que ver con los que se pueden encontrar en el espectro radiofónico más convencional y/o comercial de nuestro país. Una iniciativa que, naturalmente, y con tales condicionantes (que derivan en ausencia de soportes publicitarios y audiencias exiguas), sólo puede ser sustentada desde el ámbito de lo público. Pero que constituye un ejemplo palmario de lo que tal iniciativa pública debería ser (y no es, generalmente) en el terreno de la comunicación y la cultura. También es lógico, desde tales premisas, que siempre que se habla de cuestionamientos económicos y financieros en relación con los medios públicos de comunicación (con su manipulación política, sus deficits gigantescos, sus gigantismos tan poco dinámicos...), el futuro de Radio 3 aparece tan sombrío como el nublado de una tormenta pirenaica: de un negro que asusta. Pero está claro que, si llegara esa situación en que amenazas de ese tipo tuvieran visos de materializarse de manera inmediata, no cabría otro remedio que arremangarse y echarse a las barricadas -pacíficas, pero inquebrantables-. Las dimensiones del “agujero negro” que tal pérdida constituiría se hacen difíciles de calibrar, pero, a ojo de buen cubero, bien se puede afirmar que serían bastante grandes.

Me consta que hay más de un lector, y más de dos (y paro ahí el cómputo, dado que dudo mucho que el número total vaya mucho más allá de ése...), de los que frecuentan este blog, que también son seguidores de Radio 3, y que, también, en cierta manera, al igual que me pasa a mí, se sienten moralmente en deuda con ese lugar, ese reducto, que los ha (nos ha) conformado sentimental e intelectualmente durante una buena parte de nuestro trayecto vital. Supongo que no les costará, dado que a ellos van igualmente dedicadas, suscribir estas líneas de admiración y reconocimiento y, desde ellas, adherirse a mi deseo de que ese trayecto lo podamos seguir recorriendo juntos durante muchísimos años más. Amén....

martes, 25 de marzo de 2008

Mi Buenos Aires querido IV: una especie de síndrome de Diógenes


Mi mujer suele decirme, no sin una dosis considerable de razón, que esa tendencia compulsiva que, aun atemperada con el paso de los años (los niveles de hoy poco tienen que ver con los que llegué a alcanzar antaño) y limitada a una clase de objetos muy concreta (eso que podríamos calificar como, por llamarlos de alguna manera, “objetos culturales”: papeles, revistas, libros, discos, películas...), experimento por guardar y guardar, empieza a acercarme peligrosamente a ese que es conocido como síndrome de Diógenes.

Acogiéndome al derecho que todo reo tiene a su defensa, sobre el que algún apunte he esbozado ya en el párrafo precedente, he de alegar que, a día de hoy, digitalizo prácticamene todo lo que es digitalizable: el ahorro de espacio, ciertamente, es muy significativo, y supone un avance importante. También se escapa a mi alcance el determinar qué otros objetos podrían llenar el espacio que, hipotéticamente, los trastos que acumulo, dejarían libre en el supuesto de que decidiera desprenderme de ellos –y supongo que este es otro argumento que juega a mi favor-. Pero, aún así, la tendencia es la que es, y el hecho de que esos objetos que guardo tengan para mí un valor importante, en términos del interés que me despiertan –que hace que, por supuesto, no los pueda calificar en modo alguno de basura-, no impide que, honestamente, haya de reconocer que sí que ocupan un espacio considerable.

En todo caso, y en previsión de futuros cambios en la materia, me dedico a experimentar con otras opciones; por ejemplo, si decido no guardar una agenda antigua, al menos le hago una fotografía y la guardo –o, incluso, como en este caso, la publico en mi blog-. Claro que me temo que tampoco es descartable –ojo, aviso para socio-tecnó-logos de barra de bar, ese gremio en el que tantos gustamos de militar...- que, por esta vía, llegue a desarrollar una especie de síndrome de Diógenes digital. O sea, el síndrome de Digitalógenes –o la acumulación de soportes digitales de todo tipo, capacidad y pelaje, llenos de no se sabe muy bien qué...-. O algo así. Amigos lectores, ya les contaré....

lunes, 24 de marzo de 2008

A salto de mata XXX: el AVE marroquí


No hace muchos días que mi buen compañero de lides blogueras Andrés Martínez, glosaba en una reseña de su página –no se lo pierdan: un magnífico “ciber-rincón” en el que disfrutar de una lectura juiciosa, amena y reposada- la reciente inauguración del AVE entre Madrid y Barcelona –un tren que, por cierto, también he tenido ocasión de probar en fecha muy reciente-. Y, al hilo de tales glosa y experiencia personal, recordaba cómo hace sólo unos meses, los medios de comunicación de nuestro país se hacían eco de diversas informaciones relacionadas con la perspectiva de construcción de varias líneas de alta velocidad ferroviaria en Marruecos. ¿Un AVE en Marruecos? ¿En serio...?

Pues sí, la cosa parece que va en serio. ¿Y que qué me parece? Pues ni bien, ni mal, sino todo lo contrario.

En cierto sentido, que un país con las gravísimas carencias en todos los aspectos económicos y el ínfimo nivel de desarrollo que presenta Marruecos, aspire a contar con unos sistemas de comunicación terrestre de primerísimo nivel, no deja de tener su punto de incongruencia; estaríamos ante el supuesto típico de casa que se empieza por el tejado, si entendemos que habría un enorme cúmulo de cuestiones prioritarias a las que, desde el punto de vista del bienestar material de su población, habría que atender, probablemente, antes de abordar un empeño constructivo de este calado. ¿Cómo cabe compatibilizar la existencia de un medio de transporte del siglo XXI con las tremendas deficiencias en sistemas de suministros básicos –luz, agua- en amplísimas zonas de la geografía magrebí? ¿Al alcance de qué bolsillos estará acceder a un producto de ese nivel, cuando las expectativas de prosperidad más inmediatas las sigue marcando la estela de una patera?

Pero tampoco cabe obviar el carácter dinamizador, e inductor de desarrollo, que una iniciativa de tales tenor y calibre puede tener sobre un territorio tan depauperado como el marroquí. ¿Podría convertirse ese tren de alta velocidad, en la gallina de los huevos de oro, el elemento que consiguiera hacer despegar, por fin, las enormes potencialidades de un país con la extensión, y con las riquezas naturales, de que goza nuestro vecino allende el Estrecho? Pudiera ser, quién sabe. Creo más en la capacidad como motor de cambio de las voluntades políticas, que en la posible efectividad de las soluciones técnicas –si es que cabe establecer líneas de separación claras entre ambas componentes, que no es fácil-; y cuando hablo, en este contexto, de voluntades políticas, es posible que esa necesidad de cambios se extienda a modos y pautas muy arraigados en la idiosincrasia de gobierno de los marroquíes. Pero no cabe desdeñar, de antemano, que una iniciativa de este corte pudiera tener, a medio y largo plazo, unas repercusiones muy positivas en el desarrollo (especialmente, turístico y comercial) de Marruecos.

Bajo una perspectiva u otra, creo que el experimento, en cualquier caso, puede resultar interesante. Y, si ha de hacerse finalmente, ojalá que se haga con talento, perspectiva de futuro y contemplación de los intereses del pueblo marroquí. No es que los precedentes inviten a hacerse excesivas ilusiones al respecto, pero si es verdad que la ilusión es lo último que se pierde, no la perdamos aún. Al menos, no sin haber intentado antes conseguir el billete...

martes, 18 de marzo de 2008

LA COSA MÁS DULCE (THE SWEETEST THING; U.S.A., 2002)


Cuando a lo procaz, lo irreverente y lo escatológico se le añade algo (siquiera sea una pizca) de talento, ingenio o sentido de la ocurrencia, podemos encontrarnos ante una muestra más o menos afortunada de esa línea de comedia, la de trazo grueso, en la que tan pródiga ha sido siempre el cine hollywoodiense –desde el slapstick de sus orígenes hasta los mucho más recientes episodios paródicos que han cultivado gente como Zucker y Abrahams, o protagonizado el ínclito Leslie Nielsen-; una línea cómica a la que, guste más, guste menos (en el caso del que suscribe, más bien poco), no se le puede negar su capacidad para arrancar con facilidad la carcajada de un público mayoritario.

Pero cuando a procacidad, irreverencia y escatología no se le añade nada más que el más absoluto de los vacíos, ¿qué es lo que nos encontramos? Respuesta sencilla: películas como La cosa más dulce, enésimo ejemplo de comedieta teen que, acudiendo a expedientes cómodos y ventajistas – desde el que pasa por situar a Cameron Diaz al frente de su reparto o, más groseramente aún, el de acumular sin el más mínimo empacho situaciones que pretenden ser sexualmente escandalosas (eso sí, tirando la piedra y escondiendo no la mano, sino todo lo demás...)-, pretende transitar por las sendas farrellyanas, aunque éstas, sin ser un delirio de exquisitez, aún le quedan lejos, muy, muy lejos (los Farrelly vendrían a ser respecto a Roger Kumble, director, y Nancy Pimental, guionista, algo así como lo que podría suponer un tal Cervantes respecto a un tal Marcial Lafuente Estefanía, dicho sea esto con todos mis respetos por don Marcial...).

Esta antología del caca-pedo-culo-pis, línea bizarre, carece de la más mínima gracia, y se hace tremendamente complicado encontrar un solo aspecto salvable por el cual merezca la pena recomendar su visionado. Ni siquiera el recurso a una banda sonora contundente, pero de estructura ya totalmente agotada (la de la colección de cancioncillas alegres y pegadizas), o su ambientación en ciudad tan agradecida cinematográficamente como San Francisco (tampoco en este terreno es capaz su director de abandonar las perspectivas más trilladas), consiguen salvar a este subproducto de las profundidades abisales a que su nula calidad lo arrojan sin remedio alguno.

Supongo que, llegados a este punto, a más de un lector ya le habrá asaltado la misma razonable duda que a mí me corroía poco más allá de los diez minutos de proyección: ¿qué pinta una actriz talentosa y con carisma, como Cameron Diaz, en bodrio de tamaño calibre? Dejando aparte su caché –es previsible que no habrá trabajado por amor al arte-, y amén de cierto grado de exhibición corporal (muy liviana, por cierto: nadie salga corriendo en busca del DVD de este producto en busca de recrear la vista con grandes efusiones carnales) o el ya apuntado anteriormente intento descarado de explotar los rescoldos de esa alucinante Mary a la que los hermanos Farrelly brindaron una historieta tan disparatada como ingeniosa, aún no consigo dar con la respuesta, por más vueltas que le dé a la cuestión.

En fin, cualquiera podrá pensar que, a estas alturas, la película ya está suficientemente vapuleada, por más que tal vapuleo lo tenga, en honor a la verdad, ganado a pulso. Pero eso supondría dejarse en el tintero lo que quizá termina siendo, por encima de cualquier otra consideración, lo más lamentable de este engendro, y que radica en cómo, tras envoltorio tan pretendidamente transgresor e iconoclasta, se esconde un mensaje de fondo intensamente conservador, si no lisa y llanamente reaccionario: el sexo libre y salvaje es fuente de segura y absoluta frustración, y sólo el amor puro y con fines serios redime de los pecados, procura la estabilidad emocional, y –permitáseme un chiste tan burdo como los de la película- nos hace felices comiendo, en vez de nabos, perdices... Y ahí queda la cosa, y se quedan tan anchos...

Lejos mi intención de cualquier resabio de rancio antiamericanismo, no quiero cerrar esta reseña con un alegato de recio y fervoroso nacionalismo cinematográfico, que tampoco viene al caso. Pero no me resisto a dejar de plantear, con toda claridad, cuán lamentable resultaba, una vez más, comprobar, por enesima vez (y las que han venido después, y las me temo que nos quedan), con cuánta facilidad llegan a mil y una pantallas cintas de tan pobrísima calidad como ésta, mientras decenas de títulos estimables de autores europeos (y no de cine experimental, o "rarito", sino de películas con una potencialidad comercial digna de mayores empeños) quedan sepultados, durmiendo el más triste e injusto de los sueños, en los cajones de productoras y distribuidoras, tan poco dadas al riesgo como celosas guardianas de sus abultadas cuentas de resultados. Una pena, una putada; o quizá, más bien (mejor, más mal), la cosa más amarga...

jueves, 13 de marzo de 2008

EL ESPÍRITU DE LA COLMENA (ESPAÑA, 1973)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Un pueblo de la meseta castellana, finales de los años cuarenta. Tras la guerra, la vida se desenvuelve, morosa y sujeta a sus rutinas cotidianas, en un entorno duro e inhóspito, en el que sólo el cine aporta algún elemento ilusionante. Al menos, para el común de los lugareños, dado que Don Fernando, absorto en el peculiar mundo de las abejas –tanto en el plano práctico como en el teórico-, parece ajeno a cualquier elemento de los que le rodean: desde su mujer, que poco a poco va perdiendo las esperanzas de reavivar un viejo amor perdido, hasta sus dos hijas, dos pequeñas inmersas también en un mundo muy propio que, inesperadamente, se verá poblado por pesadillas nacidas del celuloide.


RESEÑA CRÍTICA.-

Conseguir con una primera película –y más si, como ésta, es bastante críptica y muy poco convencional- el reconocimiento unánime de los entendidos en la materia el ingreso irrestricto en el panteón de los maestros, no es logro sencillo. Érice lo consigue con El espíritu de la colmena, un debut que, hasta la fecha, no ha tenido más continuidad que la de dos títulos posteriores, tan aclamados como éste, y que han ahondado en la misma línea formal y estilística, alcanzando también un nivel muy parejo en cuanto a su calidad.

El espíritu de la colmena no es una película de visión fácil para los que, afortunada o desgraciadamente, tenemos una educación cinematográfica labrada o amasada mayoritariamente en terrenos más trillados. Sorprende su morosidad, que le permite recrearse todo el tiempo del mundo en el plano deseado, en esa tonalidad luminosa capturada, en esa mirada fija; sorprende lo tenue de su trama, entendida ésta como hilo argumental de desarrollo ordinario (planteamiento, nudo y desenlace), dado que el que despliega es tan liviano que no es extraño verlo disiparse entre excursos y subterfugios; y sorprende su tratamiento de la luz, casi un personaje más, tal es su importancia y el mimo con que es tratada en todos y cada uno de los planos.

Es un cine de una fuerza visual impresionante, y con un grado de impregnación poética que llega a resultar abrumador, pero no deja de desprender, en ciertos momentos, la sensación de que bajo alardes formales de tan tremendo calibre, no corren con idéntica fuerza ni intensidad dramática ni capacidad para enganchar al espectador en lo que se cuenta. Y el cine también es esto, naturalmente que sí.

En cualquier caso, películas como El espíritu de la colmena son, si no necesarias -cosas de uno, que no cree en la necesidad de ninguna pieza artística-, sí, al menos, bastante convenientes. Para el que las hace, porque dar rienda suelta a una determinada concepción de la creación fílmica, alejada de las convenciones formales y de contenido (y, sobre todo, de las exigencias de mercado), es un derecho personal inalienable de todo creador artístico. Y para los que las vemos, porque constituyen un maravilloso ejercicio de desintoxicación visual, una especie de bálsamo tras cuya aplicación uno está preparado para una nueva andanada de productos más usuales sin riesgo de empacho; además de, todo hay que decirlo, una magnífica ocasión de dejarse magnetizar por unos ojos que ríase usted de los de Bette Davis, y que no pertenecen a ninguna vampiresa ni Mata-Hari autóctona, sino a una niña, Ana Torrent que, tanto en esas charlas en susurros con su hermana (una también excelente Isabel Tellería) como en sus ensoñaciones frankensteinianas, ofrece todo un recital que desmiente cualquier tópico al uso sobre niños y cine que tan habituados estamos a escuchar y demuestra la enorme intuición de Érice para captar y extraer el talento infantil, algo que años después volvería a acreditar con las dos excelentes niñas –Sonsoles Aranguren e Iciar Bollaín- de El sur.

Casi cuarenta años después de su realización, lo que sí resulta evidente es que El espíritu de la colmena, con todas sus virtudes (tan ampliamente glosadas y loadas) y todos sus defectos (que también los tiene, como obra humana que es), no ha envejecido lo más mínimo y es, posiblemente, ahí donde demuestra a las claras, por encima de cualquier otra consideración, y más allá de querencias personales, su enorme calidad.

martes, 11 de marzo de 2008

Pasión furgolera II: de otros bipartidismos


Un comentario reciente de mi buen compañero Marcbranches (no dejen de pasar, amigos lectores, por su blog –La linterna mágica-, aun cuando no sean especialmente amantes del cine: la mordacidad y malevolencia de su pluma les compensará sobradamente del disgusto...) en la reseña anterior de esta sección, la que dedicaba al portero del Athletic, Armando Ribeiro, me hacía reflexionar acerca de si ese fenómeno que se vive en el mundo del fútbol, el de la polarización de la atención en la rivalidad Madrid-Barça (sobre todo,a nivel de los medios especializados, que son los que, en último extremo, terminan marcando la pauta del interés masivo del público) era algo específico del fútbol. Y me da a mí la impresión de que, como decía aquel chico del anuncio, va a ser que no; que más bien va a resultar que se trata sólo de un reflejo de una tendencia más amplia y generalizada, y que se extiende a todos los órdenes y aspectos de la realidad social.

Como, por ejemplo –y lo digo sólo por ejemplo, que conste: yo no tenía la más mínima intención de hablar de las pasadas elecciones, pero, como decía aquel chico del anuncio, va a ser que sí....-, a la política. ¿Existe, si atiende uno al contenido, en los dos últimos meses, día arriba, día abajo, de los periódicos, radios y televisiones patrios de todo tipo y pelaje, el más mínimo pálpito de vida que no provenga de los espasmos cardiacos de los señores Zapatero y Rajoy? Si había alguien que soñaba (como es el caso de este humilde escribiente: pero ya se sabe, los sueños, sueños son...) con que había la más remota posibilidad de conjurar el fantasma del bipartidismo más salvaje y excluyente de toda la historia de nuestra democracia, estas elecciones han terminado de dar al traste definitivamente con la misma; los resultados finales resultan absolutamente demoledores.

¿Por qué? ¿Por qué, si el mundo, obviamente, no es blanco y/o negro –aunque, bien lo saben, adoro el cine clásico...-, ese empeño en pintárnoslo así, sin grises, verdes, rosas o amarillos; sin matices; sin discrepancias; sin perspectivas –diferentes-? ¿Porque así, más sencillo, más acotado, se entiende mejor? ¿Porque así resultamos más manejables? No lo sé, me limito a apuntar las preguntas e imaginarme (algunas, sólo algunas, claro...) de las respuestas. Pero me las imagino, sólo me las imagino...

No soy antimadridista ni antibarcelonista. En absoluto, más bien al contrario, me siento en deuda de gratitud eterna con dos equipos que me han proporcionado momentos inmensos de goce futbolístico (ese Madrid de las remontadas épicas de finales de los 80 del pasado siglo –cuando, Juanito dixit, noventa minuti en el Bernabeu eran molto longo, molto longo...-; o ese Barça de Cruyff, el añorado y venerado Dream Team de principios de los 90 del mismo siglo, que encandilaba con un fútbol diábolicamente vertical –y, a la vez, hermoso-). Y espero que sigan haciéndolo en muchas ocasiones y etapas más, aunque también tengo claro que no son los enfrentamientos directos entre ellos el “territorio” más propicio para el disfrute –salvo algún episodio muy puntual, en que a algún genio le pueda dar por hacer genialidades: ¿recuerdan ustedes a ese chaval de los dientes grandes que anunciaba natillas...? Pues ése, pues ése, por ejemplo...-. Pero a mí tampoco me gusta ese excesiva atención a su rivalidad, a su lucha permanente (y directa) por la conquista de títulos, a ese afán por encabezar una carrera que no tiene otra línea de meta que aquella que marca la frontera entre el fracaso (un punto menos) y la gloria (un punto más).

Y, eso sí, soy del Atleti. Pero de eso, hablamos otro día. Muchos días, supongo...

viernes, 7 de marzo de 2008

Grageas de cine XLV: a propósito de.... Psicosis (Psycho; U.S.A., 1960)


UNA ESCENA MEMORABLE.-


Y no; obviamente, no es la de la ducha (legendaria en un grado que hace de su glosa un ejercicio bastante ingrato: ¿cuántos miles y miles de páginas han merecido su atención…?). No le faltan a este mítico film hitchcockiano, como cualquier buen seguidor del cineasta británico podría asegurar sin duda alguna, un buen puñado de secuencias dignas de una semblanza. Pero hay una que a mí, particularmente, me sigue poniendo los pelos de punta cada vez que contemplo la película (y, como bien pueden imaginar, no son una ni dos las veces en que lo he hecho: son más, bastantes más…). Suponiendo que, a estas alturas, cabe dar por sentado que todos ustedes, amigos lectores, conocen suficientemente los avatares argumentales del film como para que algún detalle puntual no les prive de ningún elemento de sorpresa o incertidumbre, podemos entrar en materia con tranquilidad -si bien avisados quedan, por si prefieren no seguir leyendo...-.

La escena a la que me refiero es la que cierra la trama central del film, ésa en la que Lila, la hermana de Marion Crane, baja al sotano del caserón y descubre con horror la auténtica “naturaleza” de la madre de Norman Bates, momento en el que éste aparece de repente e intenta acabar con ella, lo cual impedirá la repentina llegada de Sam Loomis, el novio de Marion, que, tras un breve e intenso forcejeo con Norman, consigue desarmarlo y reducirlo. Se trata de una resolución bastante convencional y previsible, desde las premisas que el desarrollo precedente de la trama ha venido marcando, y, desde el punto visual, está tratada, también, de una forma bastante alejada de cualquier alarde estrambótico o excesivamente creativo. Pero, como la práctica totalidad del film, todos sus planos están impregnados de un potencial maléfico e inquietante que consigue que, más allá de lo esperables que las imágenes puedan resultar, siempre te sobrecojan y te causen un rubor tembloroso. Que en eso, poco más o menos, debe radicar la maestría, ¿no…?

jueves, 6 de marzo de 2008

LA PRIMERA NOCHE DE MI VIDA (ESPAÑA, 1998)


Tuve ocasión de referirme, hace no mucho tiempo, y en esta misma “cibercasa”, con motivo de un comentario sobre su película Rencor , a la particular querencia que, como cineasta, le tengo a un director como Miguel Albaladejo. Albaladejo debutó en las tareas de dirección de largometrajes (previamente, había realizado una serie de cortos sobre los que, desgraciadamente, carezco de toda referencia) en el año 1998 con La primera noche de mi vida, una especie de relato coral y de tono un tanto naif en el que hacía una proyección fantasiosa de cómo habría de ser el tan traído y llevado cambio de milenio en un escenario tan poco glamouroso como el de la periferia urbana madrileña. Y aunque se trata de un film bastante desigual, en el que se alternan pasajes bastante ingeniosos y conseguidos con otros en los que lo socorrido y previsible se hace demasiado presente, resulta perfectamente visible un talento para la comedia amable que el director alicantino ha desarrollado y perfeccionado –es la ventaja que tiene el enjuiciar una opera prima años después de su estreno, y cuando su autor ya ha desarrollado, posteriormente, una carrera más o menos extensa: se gana en perspectiva...- en sus films posteriores.

Albaladejo se muestra en La primera noche.... como una especie de Luis García Berlanga al que, como a las serpientes circenses, se le hubiera extirpado el veneno. Su mirada es la misma mirada -de un cierto optimismo triste- que, sobre una realidad social deprimida (aunque no marginal), ya proyectaba el genial maestro valenciano, sólo que desprovista del más mínimo átomo de vitriolo. Pero también están en su cine la atención a un mundo (sencillo y cotidiano) muy al alcance de la mano; el cuidado por los diálogos, como clave de bóveda sobre la que cautivar el interés del espectador; o la exquisitez en la confección de repartos, amplios por las propias exigencias de la historia, donde prima el talento (y la entrega a la historia) sobre el relumbrón interpretativo.

De todos modos, es precisamente la coralidad de la historia la que lastra, en ocasiones, el dibujo de los personajes, que, en algunos casos, quedan excesivamente poco definidos, casi difuminados –no es casual que uno de ellos, Yasmina, tuviera, años después, una especie de spin-off, en la genial El cielo abierto-, o, en otras, esbozan líneas de posibles subtramas, que, posteriormente, no llegan a cuajar (ochenta minutos tampoco dan para que las historias cruzadas se crucen demasiado...). Es un problema que, a veces, aqueja a las historias de este corte, no siempre fáciles de “abrochar”, hilando con precisión las diferentes situaciones que la integran.

En todo caso, una pelicula como La primera noche de mi vida, aun con las carencias apuntadas, constituye una magnífica carta de presentación para su autor, y más aún en la medida en que exhibe unas pautas y querencias que su cine posterior ha venido confirmando película tras película. No es retrato estrictamente social, ni es comedia particularmente ácida, pero es posible que haya en el cine de Albaladejo mucha más verdad y calidad que en el de muchos de sus “compañeros de armas” más premiados y celebrados por público y crítica. Pero ésa es otra historia. Supongo.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Los buenos buenosos II: John J. Macreedy (Conspiración de silencio; U.S.A., 1954)


Llegar a un sitio tan desolador como Black Rock (un villorrio de una sola calle perdido en mitad de la nada) y encontrarse con un recibimiento tan hostil –cercano al encono- por parte de sus habitantes, no debe ser una experiencia muy agradable. Pero para un hombre de la templanza de Macreedy, la cuestión no deja de ser un contratiempo más, abordable con una mezcla de sabia resignación y contemplación perspicaz. ¿A qué puede temer un hombre maduro que, como él, ha vivido la experiencia de la gran guerra y ha aprendido a manejarse con soltura disponiendo de un solo brazo? Un hombre que tiene una determinación, una misión muy concreta que cumplir (aunque tardaremos en saber su naturaleza y objeto con el suficiente detalle), y que sólo cuando, a partir de la observación de las circunstancias que lo rodean, llega a la constatación de que esa misión ya es de imposible cumplimiento, decide cambiar de objetivo. Ha llegado la hora de hacer justicia; pero no la justicia del vengador solitario, que se la toma por su mano en un entorno bronco y salvaje, sino una justicia con fundamento en la ley y el orden.

Macreedy soporta estoicamente, con un temple rayano en lo temerario, las continuas provocaciones de la caterva de criminales que lo rodea en Black Rock. Pero también sabe hacer una demostración de fuerza, medida y proporcionada, cuando el momento lo requiere; sabe poner las cartas sobre la mesa, y exponer sus argumentos de manera rotunda y clara, cuando ya no merece la pena mantener la ficción de una falsa calma; y, sobre todo, sabe defenderse perfectamente del ataque de las alimañas cuando éstas deciden hacerlo desaparecer para conjurar el peligro de que la justicia termine por darles alcance. O sea, que Macreedy es un hombre que no confunde bondad con debilidad; o falta de agresividad con falta de carácter. Y, gracias a ello, terminará saliendo indemene de una situación muy complicada. Que, al fin y al cabo, es lo que ha de terminar pasándole al bueno, incluso en una película que, como Conspiración de silencio, alberga un intenso flujo subterráneo de sordidez oculta y violencia soterrada. ¿No creen...?
Creative Commons License
Los textos de esta obra están bajo una licencia de Creative Commons.