viernes, 29 de febrero de 2008

Pasión furgolera I: Armando


Puede que esté equivocado, puede. O puede que esté aquejado de ese mal tan común que consiste en pensar que la perspectiva propia, particular, acerca de cualquier elemento existencial, es una perspectiva común, generalizada, cuando, realmente, no lo es. Puede. O sea, que puede ser que mi conformismo existencial sea algo mío, muy mío, y que no todo el mundo sea igual de conformista. En ese caso, habrá quien piense, a diferencia de lo que yo pienso, que no todo en la vida tiene su momento oportuno (más o menos amplio, más o menos abierto), y que, pasado ese momento, mejor olvidarlo. Pero da igual: da lo mismo si se trata de la aseveración de una regla o de la confirmación, por excepción, de su contraria.

No sé si Armando Ribeiro, el ex portero del Cádiz, recientemente fichado, a sus 37 años, por el Athletic de Bilbao –y, a día de hoy, ocupando su portería en calidad de titular- piensa, al respecto, como yo. O sea, que no sé si pensaba que su posibilidad de llegar a ser portero titular del equipo de sus sueños, del Athletic, ya había pasado, sin llegar a materializarse, y que nunca podría llegar a serlo. Si tenía claro que ese viejo sueño, aventado en mil y una noches de desvelos o ilusiones, de oír rugir a la catedral en una apoteosis de admiración después de verle sacar –con la punta de los dedos, en un escorzo improbable- un balón pegado a la cruceta, nunca se haría realidad. Si había abandonado toda esperanza de que, algún día, todo San Mamés coreara su nombre –AR-MAN-DO, AR-MAN-DO- después de salvar dos puntos de oro parando un penalti en el último minuto del descuento.

Lo importante es lo que le ha pasado, y creo, supongo, que Armando debe ser un hombre inmensamente feliz. Tiene motivo para ello. Y aunque yo no le conozco personalmente, y no sé quién es, ni cómo es (si es que alguna vez alguien puede saber quién es y cómo es otra persona), me alegro por él. ¿Quién dijo que el fúrgol no era el territorio de los sueños...?

jueves, 28 de febrero de 2008

LA ROSA PÚRPURA DE EL CAIRO (THE PURPLE ROSE OF CAIRO; U.S.A., 1985)


Una tan sencilla como inmensa declaración de amor, disfrazada de historieta tierna en celuloide a 24 fotogramas por segundo. Eso, nada más que eso, ni más ni menos que eso, es La rosa púrpura de El Cairo, una comedia amable y tan menor como gusta a Woody Allen hacer sus películas menores: es decir, todas sus películas...

Woody ama a su chica, y le regala un papel de personaje cándido, entrañable, sin aristas ni acritudes. Y, no resultándole suficiente, le regala, plano tras plano, un book de auténtico lujo, de esos que cualquier actriz, desde la novata principiante a la estrellona consagrada, soñaría con tener a su disposición. Mia Farrow, en justo agradecimiento, le devuelve a su chico una composición impecable –todo un puritito algodón dulce...- y ajustada, como guante de goma a mano, al perfil de su personaje.


Woody ama a la música, y muy particularmente el jazz de los años 20 y 30: eso no es nuevo, y así lo ha puesto de manifiesto en casi todas sus películas, tanto anteriores como posteriores, con más incidencia, si cabe, en aquellas ambientadas en tal época. De forma que, en ese sentido, ésta no constituye ninguna excepción, y es algo que se agradece enormemente, en la medida en que nos ofrece un marco sonoro fantástico para acunar rítmicamente el desarrollo de la historia.


Y, muy por encima de todo, Woody ama el cine. Tanto, tanto, que, cansado de trufar sus películas de guiños cinéfilos y homenajes confesos o inconfesos, aquí coge el toro por los cuernos y se decide a convertir al cine en el protagonista de una peli. Lo del cine dentro del cine no es ningún invento alleniano, pero sí tiene un punto de osadía el hacerlo desde presupuestos tan rayanos en el discurso del humor absurdo (el esperpento de la película "paralizada", con el lógico desconcierto de sus personajes, es de unas resonancias marxianas inequívocas, aunque tampoco cabe desdeñar cómo se asemeja tal situación a la que genialmente retratara Buñuel en El ángel exterminador, salvando, naturalmente, las distancias que van del tono angustiado y metafísico de aquella película al evidentemente más jocoso de la de Allen), y el descaro con el que el director aborda el juego de echar a competir realidad con ficción, en la disputa de una partida completamente amañada –y todos, claro, lo sabemos- y en la que está muy claro que sólo puede haber un ganador, y quién va a ser el mismo. ¿Cómo puede esa realidad en la que Tom Baxter se ve permanentemente ridiculizado y torpe, además de incapacitado para desarrollar en toda su intensidad su romance con Cecilia, enfrentarse en igualdad de condiciones a ese mundo de imaginación y fantasía –aunque sean en blanco y negro-, en el que Cecilia, al igual que diariamente desde el fondo de su butaca, es completamente feliz? No hay color, e incluso en ese momento final en que parece que terminará imponiéndose, desde el peso de lo ineludible, la ominosa realidad, habrá una vía de escape hacia la gloria (Heaven, I’m in heaven...).


Aunque sea por una mera cuestión de reciprocidad (y de que de bien nacidos es ser agradecidos, o al menos así reza el refrán), también somos muchos –creo que los suficientes- los que amamos a Woody, ese hombre que, más allá de líneas estilísticas y de género, ha sido capaz de crear el suyo propio -curiosamente, desarollado en sus películas por muchos cineastas sin que, desde luego, ninguno haya alcanzado el nivel de su creador-. Los films de Allen no son ni dramas ni comedias, son películas de Woody Allen, y de ellas constituye una excelsa muestra esta pequeña joyita (pequeña, no por su duración –que, también es cierto, no alcanza la hora y media-, sino por su vocación y su sencillez).
P.S. He introducido, muy a mi pesar -nunca me ha gustado el "invento"...-, la introducción de palabra-clave para poder publicar comentarios. Me consta que es un engorro (no son los trabajos de Hércules, pero, en fin, ya se sabe, cada día estamos más "delicaditos"...), pero no se me ocurre mecanismo más útil para eliminar ciertos comentarios spam de los que, hasta la fecha, me había visto libre, y que, últimamente, empiezan a proliferar más de lo deseado. Lo siento, de veras.

lunes, 25 de febrero de 2008

Grageas de cine XLIV: a propósito de.... Filth and wishdom (Gran Bretaña, 2008)


MADONNA: UNA DIVA EN BERLÍN.-


Buena parte de la prensa, especializada o no, se ha hecho eco en días pasados de la presencia en la Berlinale de la ínclita Louise Veronica Ciccone, más conocida como Madonna, en su condición de directora de la que constituye su opera prima como tal, “Filth and wisdom” . Si bien la misma no ha formado parte de la Sección Oficial del festival —supongo que todo tiene un límite, y hay ciertos daños a ciertos prestigios difícilmente reparables—, la misma ha podido ser vista dentro de la sección Panorama, sin que sus mayores o menores méritos hayan despertado especial atención entre la crítica cinematográfica (se hace complicado encontrar referencias concretas sobre el contenido, tono y/o líneas básicas del film). Eso sí, el revuelo mediático que la presencia física de la superdiva consiguió despertar —acompañado de sus ya habituales malos modos, retrasos, desplantes y demás actitudes con los que suele adornar sus comparecencias públicas— justifica, supongo, su “fichaje” estelar, como señuelo con el que lograr que el festival consiga una repercusión que vaya más allá de los ámbitos estrictamente cinéfilos.


¿Bueno, malo, regular? No sé. Es la dirección del festival la que, calibrando expectativas y resultados habrá terminado valorando los términos de la cuestión. Pero mi opinión particular es la de que este tipo de episodios, si bien pueden resultar interesantes desde una perspectiva meramente promocional, tienen una contrapartida negativa en lo que implican de merma del prestigio artístico de un festival, y eso es algo que no cabe desdeñar a largo plazo. No voy a cuestionar —faltaría más…— el derecho de Madonna a dirigir una película, sin perder de vista, por otro lado, que nunca terminará de estar muy claro —al fin y al cabo, la componente de creación colectiva del cine siempre está ahí, como el W.C. de un bar, al fondo (aunque no necesariamente a la derecha…)— si sus labores de “dirección” van más allá, o no, de la mera firma del producto. Pero a mí estas “operaciones”, qué quieren que les diga, siempre me llevan a la nariz el mismo, y sospechoso, tufo: el que se desprende de un guiso cocido al fuego que alimenta un buen fajo de billetes —de los que se espera una adecuada retribución—. O sea, lo de siempre. Más o menos…

jueves, 21 de febrero de 2008

CADENA DE FAVORES (PAY IT FORWARD; U.S.A., 2000)


Erigir espectáculos grandiosos sobre la base de presupuestos monstruosos (los que permiten una expectativas de mercado proporcionales a los mismos) y recursos técnicos en consonancia con tales presupuestos, no deja de tener su mérito (si así no fuera, cualquiera podría hacerlo, y no es ése el caso), pero tampoco resulta, una vez sentadas unas bases mínimas, excesivamente complicado: es cuestión de dinero y habilidad.


Pero hacer buenas películas con historias consistentes y que se hacen creíbles porque sus intérpretes las dotan de eso tan intangible como inmediatamente reconocible, que es la autenticidad, es algo bastante más difícil: es cuestión de talento y sensibilidad, que, como el cariño verdadero, ni se compran ni se venden.
Cadena de favores es una suerte de de cuento mágico que, en un entorno tan "exótico" como el de Las Vegas (ya es un gesto osado y revelador el de situar una historia de esta tonalidad sentimental en un lugar con un referente, al menos de imagen, tan en las antípodas de la misma), trasciende su condición de historia concreta, la que sucede a sus protagonistas, seres de carne y hueso, con sus fortalezas y debilidades, para devenir en una alegoría del bien y sus siempre dificultosas vías de salida a flote. Y lo hace, en la mejor tradición de ese cine que bebe de los clásicos (Frank Capra, siempre ahí...), sin arruinar el pastel con el exceso de azúcar que se podría temer cuando se arranca de un punto de partida tan asomado a ese abismo de ñoñería y cursilería en el que películas de similar corte e intención suelen terminar despeñadas.

Al conjuro de esa caída contribuyen enormemente dos talentos del calibre de Helen Hunt y Kevin Spacey, en un momento dulcísimo –y excelentemente exprimido por su directora, Mimi Leder, que les da cancha libre para desplegarlo con todo su esplendor-, y cuajando unos trabajos soberbios. Pero no podemos olvidar por ello que el auténtico protagonista –no en balde, es el personaje central de la trama, a partir del cual se desarrolla toda la historia- es el niño, Haley Joel Osment, que confirma todo lo bueno que ya apuntaba en El sexto sentido, y, muy especialmente, demuestra estar perfectamente capacitado para "echarse a la espalda" todo el peso de la película sin que su "columna" se resienta lo más mínimo. En definitiva, estamos ante tres interpretaciones de un altísisimo nivel, y que asumen con toda solvencia esta radiografía de la causa positiva de la condición humana que es, en última instancia, Cadena de favores.

Siempre es de agradecer que alguien, sin pedirte nada a cambio, te enseñe la cara menos fea de la Tierra (ésa que, como la oculta de la Luna, sabemos que existe, aunque lo tengamos muy complicado para poder llegar a verla). Eso es lo que hace Cadena de favores, además de regalarnos dos horas de buen cine, y así se le reconoce: muchísimas gracias ....

martes, 19 de febrero de 2008

Pasión furgolera 0: una explicación


Me consta que la frase no es de ellos, pero da igual: ya decían los 091, aunque fuera en calidad de préstamo, que son insondables los caminos del señor. Y tan insondables... Aunque nunca tuve una determinación expresa de no hacerlo, siempre había pensado (y no sé muy bien por qué) que en este blog nunca escribiría acerca de uno de esos universos (uno de entre tantos: ay, la dispersión...) que tanto me apasionan, como es el del fútbol (en adelante, para los restos, y para entendernos, furgol). Pero miren ustedes por dónde, amigos lectores, una reseña en uno de los blogs que sigo regularmente (El alma disponible, de Ana Pérez Cañamares; no dejen de visitarlo, y comprobarán que no siempre estajanovismo y buen gusto tienen por qué andar a la gresca...), dedicada a la reciente publicación de una obra dedicada a ese mundillo, ha terminado de darme el empujón.

Y es que, pensándolo fríamente, y si soy capaz de soslayar la incógnita (no por relevante, digna de ser tenida en cuenta) de si tiene algún sentido que escriba algo acerca de cualquier cosa, no tiene ningún sentido que no lo haga acerca de uno de esos temas que puedo decir, con todo fundamento, que me apasiona. Ojo, no que me gusta (sin ir más lejos, y sin abandonar el terreno de mis querencias deportivas, me gusta mucho más el baloncesto, por ejemplo), sino que me apasiona. Nada extraordinario, por otro lado, si reparo en que esa misma pasión es la que, con las modulaciones particulares que la idiosincrasia de cada cual pueda imprimirle, comparto con unos cuantos millones de mis congéneres con los cuales, por otro lado, y en la mayoría de los casos, apenas si compartiré alguna otra afinidad. Curioso, ¿no...?

Naturalmente, no voy a escribir en esta sección acerca de cuestiones de índole técnica sobre las cuales no estoy cualificado ni versado. Tampoco aspiro a emular (ya quisiera, ya...) a ilustres escritores (y muy especialmente, al llorado y admirado Manuel Vázquez Montalbán) que tanto y tan bueno han escrito, y escriben, acerca del planeta furgol: autores bajo cuya advocación me cobijo y a cuya comprensión apelo. Lo que intentaré transmitirles desde aquí serán impresiones, vivencias, sensaciones: pasadas, presentes, y, con un poquito de imaginación (y suerte...), futuras. Y aunque hay quien dice que el ingrediente pasional es determinante para lograr un crecimiento cualitativo en materia de escritura, no creo que vaya a ser éste el caso: supongo que mis “letras furgoleras” seguirán adoleciendo de la misma torpeza que habitualmente caracteriza a las que no lo son –no tan exagerada como para llevarme, por pudor, a cerrar este chiringuito, pero, en fin, ya saben ustedes....-.

¿A ustedes, amigos lectores, no les gusta el furgol...? Bienvenidos, pues. Pasen y disfruten....

viernes, 15 de febrero de 2008

Grageas de cine XLIII: a propósito de... La soledad (España, 2007)


¿Por qué toda persona que se considera amante del cine debería ver una película como ésta? ¿Porque ha obtenido, por sorpresa y contra todo pronóstico, el Goya a la mejor película española del pasado año? ¿Porque, gracias a ello, ha conseguido, tras haber sido, incluso, editada en DVD, reestrenarse en salas comerciales? ¿Porque se trata de una película que ha alcanzado un enorme prestigio entre esa crítica que cabría calificar de “cinéfila”? Pues no; o no sólo por ello, aunque también. Ahondando en la estela que tan sabiamente, como de costumbre, marca mi buen compañero Enrique Ortiz, hay motivos más poderosos, más concluyentes para ver (si no se ha visto) o revisar (si ya se hizo) “La soledad” , y, pese a que a una enumeración de algunos (sólo algunos) de ellos, puede parecer un ejercicio un tanto presuntuoso, no soy capaz de resistir la tentación de ponerme a la tarea (además de tratarse de un ejercicio que, en cierta manera, le debo a ese —que espero sea…— mi “pequeño futuro cinéfilo”). Vayamos, pues, a ello —con la expresa advertencia de que creo, humildemente, que aunque sí son todos los que están, no están, ni muchísimo menos, todos los que son—.

Porque se trata de una demostración de que, cuando hay talento, se pueden contar las historias de siempre (avatares cotidianos de gente de la calle, de esas gentes con las que nos cruzamos todos los días, en la calle, en la tienda, en el autobús…) de una manera distinta a aquella en que se suele hacer habitualmente. Porque nos enseña que, cuando se cuenta con intérpretes bien dirigidos y entregados a su trabajo, éstos se pueden desplegar con total naturalidad, sin necesidad de histrionismos ni excesos, y componer personajes creíbles y que “llegan”. Porque es toda una lección de cómo se pueden contar historias intensas y de fuerte calado dramático sin cargar las tintas en las imágenes, diciendo más con lo que se omite (lo que se piensa y se calla, lo que deja traslucir una mirada expresiva) que con lo que se expresa. Porque resulta sorprendente que la música del silencio, si nos damos tiempo para asimilarla y acompasarnos a su callada secuencia —al ritmo que nos marcan las imágenes—, pueda ser tan sonora. Porque… ¿aman ustedes el cine? Pues no se la pierdan.

jueves, 14 de febrero de 2008

Drácula, de Bram Stoker (Bram Stoker's Dracula; U.S.A., 1992)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Desde un sombrío y recóndito castillo, en la región rumana de Transilvania, el conde Dracul, personaje enigmático, con bastantes más sombras que luces, concierta la compra de diversas propiedades inmobiliarias en Londres, donde piensa fijar su residencia, sin que nadie sepa a ciencia cierta dónde radica el fundamento de su interés por aposentarse en tierras tan lejanas a las suyas. Apoyado en las gestiones de un joven procurador, Johathan Harker, Dracul conseguirá lo que pretende, aunque no tardamos en descubrir que es la joven y hermosa esposa de éste, Mina -tras haber fijado inicialmente su interés en Lucy Westenra, la íntima amiga de ésta- su objetivo definitivo...


RESEÑA CRÍTICA.-

He cruzado océanos de tiempo para encontrar el amor... Pocas frases más románticamente rotundas y sobrecogedoras en la historia del cine reciente, aunque, curiosamente, la misma no aparece en la novela de la cual ésta de Coppola pasa por ser (no sin fundamento, dicho sea de paso, y, al menos, entre las conocidas por el gran público), la más fiel adaptación.

Alejado de mixtificaciones y adulteraciones más o menos grotescas a las que el personaje del mítico conde rumano se había visto sometido en sus numerosísimas adaptaciones cinematográficas de las decadas de los 60 y 70, Coppola se atiene, de forma bastante respetuosa, tanto a la trama (desarrollo de la historia) como a la estructura narrativa y abanico de personajes que Bram Stoker despliega en su novela. Pero se permite, para su favor y nuestro deleite, dos licencias importantes, una de carácter temático y otra en el aspecto formal.

Desde el punto de vista temático, Coppola acentúa enormemente el elemento romántico (entendido en su sentido afectivo-sentimental, no en el estilístico) que en la novela está mucho más diluido, hasta un punto en que apenas si resulta mínimamente apreciable. De hecho, el Dracul de Coppola no deja de moverse por la sed de venganza (y del mal en que ésta ha de materializarse), pero toda la motivación de ésta arranca del amor exarcebado que siente por su Elizabeta/Mina (aspecto este último, el del enlace entre ambos personajes, que en la novela no se plantea, desde el punto y hora en que la primera de ellas ni siquiera existe), hasta el punto de que el personaje, lejos de hacérsenos odioso o antipático (como correspondería a un malvado prototípico, y mas aún con las connotaciones demoniacas de éste), termina casi redimido de sus maldades. En cualquier caso, el film se enriquece sustancialmente con esta dimensión romántica, que le sirve tanto para limar sus aristas más horrendas como para ofrecernos un planteamiento más profundo, por su ambivalencia, que el quizá excesivamente plano y esquemático que Stoker despliega en su novela, sin concesión alguna a justificaciones ni redenciones.

La segunda licencia (que, más que licencia –en su sentido de desviación respecto al original-, habría que calificar de aditamento, u opción estilística) radica en los elementos visuales (algo que, obviamente y por puro imperativo material, no puede ser contemplado por el texto literario), en los que la película muestra una riqueza extraordinaria. Asistimos, ya desde el inicio (esa representación de la batalla –sombras chinescas sobre fondo rojo sangre: apoteósico...-), a un auténtico delirio imaginativo, que demuestra una pasión por el detalle de la que la filmografía precedente de Coppola, el aire general de su obra, ya había dado muestras, pero quizá no tan (brillantemente, es cierto) desaforadas –y que conste que no es Coppola cineasta que se caracterice, precisamente, por su austeridad formal, sino más bien al contrario-. No es sólo el cuidado exquisito, más que evidente, de todos y cada uno de los aspectos técnico-artísticos del film; más allá de eso, se aprecia un intenso esfuerzo para que pequeñas pinceladas, pequeñas perlas, que salpican aquí y allá todo el metraje, nos vayan dejando en el cerebro sensaciones con cuya sola rememoración nos vamos a poder deleitar durante casi la misma eternidad a través de la que el conde desarrolla sus andanzas.

En definitiva, Coppola redondea una magnífica película, que trasciende con mucho su condición de film de género: se hace difícil, viendo cómo Mina Harker –una Winona Ryder, plena de encanto y gracilidad, en el momento más dulce de su no muy afortunada carrera- bebe, al borde del éxtasis, el hilillo de sangre que brota de la herida en el pecho del rejuvenecido conde –y aquí habría que hacer también especial mención de la espléndida composición que, ya viejo, ya joven, cuaja de Drácula un Gary Oldman al que su histrionismo (en otros papeles, una losa insoportable) le resulta de una inestimable ayuda para dar con la vena más mefistofélica de su personaje- hablar de una película de terror, asimilable a lo que por tal se ha entendido –y se entiende- desde las convenciones del género. Y, con ella, se adentra en los territorios, tan discutibles como se quieran, de lo algunos consideramos gran cine: tan grande como el placer que es capaz de proporcionar desde lo deslumbrante (aunque sea, básicamente, en sus formas, y no tanto en sus contenidos) de la propuesta que plantea.

martes, 12 de febrero de 2008

Grageas de cine XLII: a propósito de.... Deseo, peligro (o un -real- rollo)


Un prestigioso diario de tirada nacional se hacía eco, en días pasados, y a través de un breve texto, de la asistencia de los príncipes de Asturias a un cine de la capital para ver la última pelicula de Ang Lee, “Deseo, peligro”. Oh, albricias (y que nadie, por favor, piense en rimas fáciles): una corona cinéfila, amante del séptimo arte; nada mejor para perpetuar, vía jefatura del Estado, la pujanza del celuloide en nuestro solar patrio. ¿Qué más podrían pedir las gentes de una publicación dedicada al cine? Francamente, poco, muy poco. Pero, ya se sabe, difícilmente puede haber alegría plena en esta vida, y el pozo de nuestro gozo llegaba pocas líneas después: el príncipe Felipe había manifestado, al salir de la sala, que “vaya rollo”. ¿Referencias previas inexactas o pura y dura “cinefobia”? Corrosiva duda la que me asalta sobre el particular…


Líbreme la Santina de cuestionar los gustos cinematográficos de nuestro futuro monarca; gustos que, por otra parte, desconozco totalmente, y respecto a los cuales no quisiera incurrir en el pecado de sacar conclusiones genéricas al hilo de un episodio tan puntual. Pero me barrunto, sin necesidad de ninguna bola de cristal, ni de evacuar consultas con la Zarzuela, que los príncipes no suelen dedicar las noches de los sábados a repasar la filmografía de Bergman, o degustar las delicatessen patrias que elaboran chefs como Érice, Guerín, Rosales y otros francotiradores de similar ralea. Algo, naturalmente, muy respetable, y en lo que se pueden sentir, por lo demás, ampliamente respaldados. Eso sí, majestad, para su próxima salida a la sala oscura, le doy un consejo de amigo: busque las referencias más fiables acerca de la película elegida; o sea, y traducido al castellano, lea blogs como los de La Butaca, po ejemplo, y evítese rollos indeseados. Palabra.

viernes, 8 de febrero de 2008

LA PRINCESA PROMETIDA (THE PRINCESS BRIDE; U.S.A., 1987)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Habiendo marchado en busca de medios de fortuna, y después de unos años de ausencia, Wesley (Cary Elwes) retorna a su tierra para casarse con su amada Buttercup (Robin Wright), a la que juró amor eterno y verdadero. Para recuperarla, tendrá que enfrentarse a serios obstáculos (Vizzini y sus esbirros), pero, una vez superados éstos, aún quedará lo peor: el príncipe Humperdinck pretende desposar a la desdichada Buttercup, pese a que ésta no le ama, ya que le sigue queriendo a él. ¿Conseguirá Wesley evitar la boda de Buttercup con el príncipe? ¿Triunfará el amor sobre la maldad...?


RESEÑA CRÍTICA.-

En el hipotético supuesto de que algún día me viera en la tesitura de tener que explicar con un ejemplo ilustrativo cuáles son las claves y convenciones básicas del género cinematográfico de aventuras, no acudiría a las clásicas, entretenidísimas (y ya legendarias) películas con Errol Flynn de los años 30 y 40, ni a las excelentes piezas (también ya con sabor a auténtico clásico) que componen la trilogía de Indiana Jones –tanto en uno como en otro supuesto, dos auténticas referencias paradigmáticas-. La cuestión me resultaría mucho más sencilla: La princesa prometida contiene, quintaesenciado, todo cuánto cabe esperar –desde cualquiera de las perspectivas que queramos adoptar- de un film de aventuras que se precie de tal condición.

La película de Rob Reiner consigue ese más difícil todavía, consistente en que, habiéndola visionado una y mil veces, te olvides, a los quince minutos de su comienzo, de la última ocasión en que la viste, y te sorprendas a ti mismo enteramente absorto y embebido en los vericuetos de su trama, con esa sonrisilla pícara y feliz del niño que descubre y redescubre, invariable e incansablemente, la fuente del placer en su juguete favorito.

Y lo consigue exprimiendo de manera sabia –tan sencilla como efectiva- los elementos más típicos y tópicos del género: una historia de amor como telón de fondo (amor del “de verdad”: eterno e indestructible...) sobre el que se despliega todo un abanico de luchas, intrigas, traiciones, persecuciones, engaños, descubrimientos; toda una alharaca de vueltas y revueltas, plenas, eso sí, de encanto y buen gusto, y ajustando con precisión de relojero suizo (o de mago, o de brujo, que quizá hacen más al caso...) el ritmo de desenvolvimiento de la trama, lo cual le permite ofrecer, en poco menos de noventa minutos, y con una construcción basada en el viejo recurso de “historia dentro de la historia” (utilizando al niño y al abuelo que se la cuenta como elementos de retardo y aceleración tremendamente operativos), un compendio completo de cuántas situaciones emocionantes quepa urdir por una imaginación juguetona.

La princesa prometida tampoco es, ciertamente, una película sofisticada, no son tales ni su pretensión ni su necesidad; pero sí que está repleta de muchas y variadas exquisiteces: desde una banda sonora fabulosa -que firma un Mark Knopfler que ya había demostrado sobradamente sus talentos musicales para el cine, aunque en una línea rítmica más cercana a la de sus trabajos con Dire Straits (cual era el caso de las piezas musicales de su trabajo anterior, A local hero), pero que aquí se destapa como un auténtico maestro en registros de corte y regusto más clásicos de música puramente incidental- a una fotografía sencilla pero muy cuidada, pasando por la presencia y trabajo de secundarios de auténtico lujo (entre los que habría que destacar a un Mandy Patinkin soberbio, en su papel de espadachín español, noble de espíritu y borrachín de querencias –“Hola, me llamo Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre: prepárate a morir...”-, con su fijación obsesiva en la venganza –justa- que le ha de hacer recuperar el honor familiar mancillado; al siempre eficacísimo Wallace Shawn, que aquí interpreta a un despiadado mercenario de inteligencia tan aguda como su falta de escrúpulos; o a Chris Sarandon, dando vida a ese príncipe Humperdinck tan abominable como debe serlo el malo de una película en la que, como mandan los cánones del género, los buenos son inmensamente buenos y los malos, inmensamente malos, faltaría más...).

Entre tanta delicatessen, y totalmente entregado al vértigo de los giros y recovecos de la historia, uno llega incluso a olvidarse de lo flojito de las interpretaciones de la pareja protagonista: ni Robin Wright (que, prácticamente, debutaba con esta película, a sus 21 añitos: aún le quedaba bastante a la actual señora Penn para alcanzar esos papeles más tortuosos con los que ganaría empaque y prestigio) ni Cary Elwes (con algo más de experiencia, pero poco más) demuestran grandes dotes actorales, pero, en fin, son tan guapos, tan buenos, tan puros, y se quieren tanto... ¿realmente, son importantes esos detalles de corte técnico, hay que ser tan meticulosos...?

Mucho me temo que, a estas alturas, cualquier lector atento ha podido apreciar ya, con total claridad, de qué linda y tremenda manera he traicionado con esta reseña una de las más sagradas reglas de la sana crítica, cual es la de huir de condicionantes sentimentales a la hora de hacer evaluaciones, ya que los sentimientos, los amores y los odios, al igual que el humo de la canción de los Platters, suelen cegar los ojos (y la mente). De veras que no lo siento, y que no me importa lo más mínimo si se me ha visto (y ostensiblemente) el plumero: La princesa prometida es una de mis grandes debilidades, uno de esos refugios cinematográficos en los que, después de una mala tarde, siempre hallarás infalible cobijo: prueben, prueben ...., y si descubren algún antidepresivo y/o euforizante más eficaz, les compro la receta, no se mira el precio.

martes, 5 de febrero de 2008

Varietés artísticas y culturales XII: "Herederos"


He venido siguiendo la serie cuya primera temporada ha emitido, hasta la noche de ayer, el primer canal de RTVE –“Herederos”- con el objeto, básicamente, de disfrutar de la fastuosa creación que de su personaje protagonista, Carmen Orozco, hace su intérprete, Concha Velasco. Plena de tablas, sabiduría, madurez y belleza, doña Concha Velasco (que habrá que empezar a ir guardando un cierto respeto por quien así se lo viene ganando con su buen hacer durante tantos, tantos años...) cuaja un trabajo riquísimo en matices y registros, demostrando que esa larga experiencia que ha acumulado en todos los frentes (muy especialmente, en el teatro, donde siempre dio lo mejor de sí misma) rinde ahora sus frutos de manera harto feraz, y nos hace desear que pronto podamos verla de nuevo en la pantalla grande con un papel acorde a su categoría artística (de los intérpretes “secuestrados” por la bonanza del género televisivo de las series de ficciòn en nuestro país, hablaremos otro día...).


Más allá de tales consideraciones, y a partir del trabajo de la gran Concha, me nace, en estos tiempos en que tanto se habla de la memoria histórica, un cierto punto de desazón, cuando reflexiono acerca de las ingentes toneladas de talento actoral –el que correspondía a toda una generación de intérpretes que, afortunadamente, años después tuvo la ocasión de demostrar hasta qué punto podía brillar-, desperdiciadas en cientos de producciones cinematográficas infames por mor de un régimen político que condenaba a todo aquello que pudiera tener una cierta relevancia cultural al más brutal de los ostracismos. La historia ya no tiene marcha atrás, y todo lo que no se pudo hacer, ya jamás podrá ser hecho, pero no deja de ser, visto en perspectiva histórica, una auténtica lástima, para la cual el único consuelo que nos queda es el de, al menos, gozar con intensidad de todo lo (mucho y bueno) que estos grandísimos cómicos (como al recientemente finado Fernán-Gómez gustaba llamarlos) nos pueden brindar aún.
Creative Commons License
Los textos de esta obra están bajo una licencia de Creative Commons.