jueves, 31 de enero de 2008

MÁS DURA SERÁ LA CAÍDA (THE HARDER THEY FALL; U.S.A., 1956)


Uno de los deportes sobre los que el cine hollywoodiense ha volcado su mirada repetida y ampliamente, ha sido –y es: ahí están, como últimos botones de muestra, films como Alí (Michael Mann, 2001), con una caracterización portentosa del mítico púgil a cargo de Will Smith; o Cinderella man (Ron Howard, 2005), protagonizado por Russell Crowe- el boxeo. Algo lógico, si se tiene en cuenta que confluyen en él una serie de elementos y circunstancias que le hacen especialmente adecuado para constituir “carne de celuloide”: la exaltación –en la mayoría de los casos- del espíritu del luchador individual, tan caro (en la medida en que resulta símbolo y estandarte de sus esencias) al público estadounidense; el dramatismo que los golpes y la sangre imprimen a su plasmación visual; incluso esa luz cenital y concentrada sobre la escena (el ring), alrededor de la cual se cierne una oscuridad que esconde el morbo y la expectación... ¿no es todo tremenda y excitantemente cinematográfico?

En ese aspecto, The harder they fall (U.S.A., 1956) no deja de ser una película más de las tantas que se han centrado en ese mundo del boxeo, sin que podamos considerarla un exponente particularmente brillante: sus diálogos pecan de un esquematismo excesivo, y de una recurrencia en ciertos tópicos, que les hacen perder frescura; y la realización, a cargo de un artesano como Mark Robson (de cuya no demasiado extensa nómina de títulos –totaliza 33- sólo me cabe recordar The prize (U.S.A., 1963), una intriga entretenida y eficaz, cuya reposición frecuente en cadenas televisivas suele gozar siempre de buenas –y merecidas- cotas de audiencia), no pasa de ser discreta: correcta, pero demasiado plana; sin fisuras y sin aristas, pero también carente de cualquier rasgo de brillantez.

Pero no sería justo dejar de reconocer algunos de sus más que evidentes méritos, que también los tiene.

En primer lugar, y aunque el maniqueísmo que barniza a la mayor parte de sus personajes principales –muy a tono con esa planitud de guión y realizacíon a la que ya aludía- resulte a veces chirriante (y case poco con la ambigüedad moral que suele teñir a los personajes del cine negro, género en el que, estílistica y temáticamente, cabe encuadrar este film), sí resulta ejemplar el viaje de ida y vuelta que por los caminos de la integridad moral despliega su protagonista, Eddie Willis –personaje al que da vida de manera ejemplar un excelente Humphrey Bogart-, que peca y se redime, saltando a ambos lados de la “trinchera” según se va desplegando la trama: este periodista, en paro y desencantado, que vive instalado, durante toda la historia, en la duda permanente y en el intento de justificar lo injustificable, arranca de un escepticismo lúcido (lo necesita para agarrarse a alguna tabla que le salve del naufragio de su conciencia...) para terminar llegando a una convicción firme –en la que juegan un papel fundamental tanto la “bondad de los buenos” (buenos muy diferentes: su esposa, intransigente en sus principios y valores; y el boxeador al que apadrina, un trozo de carne –de cañón, claro está-, cándida sin remedio) como la “maldad de los malos” (el manager sin escrupulos al que da vida Rod Steiger, y toda su caterva de secuaces al uso)-, que es la que le lleva a romper con todo, para recuperar la dignidad perdida. Plasmar ese recorrido sin hacer del protagonista una suerte de héroe, resulta un mérito innegable.

En segundo, y redundando en algo ya apuntado anteriormente, el trabajo de Humphrey Bogart, un Bogart veterno y eficientísimo que nos regala una interpretación muy sobria y contenida, cuando ya estaba tremendamente marcado por los estragos de una enfermedad que acabaría con su vida poco después (ésta fue, de hecho, su última interpretación). Dejando aparte esta última circunstancia, el aura de crepuscularidad, fuera de cualquier tópico, es más que evidente, y aquí falta incluso cualquier atisbo de esas sonrisas que tan profusamente derramara, en tesitura muy similar –también gravemente enfermo y haciendo, sin saberlo (¿?), su último trabajo- el Clark Gable de Misfits (1961): muy por el contrario, siempre el rictus de dolor y la mueca amarga para advertirnos de cuán cuesta arriba se está haciendo la tarea.

Son, en suma, elementos no desdeñables, tanto el uno como el otro, y ambos confieren a The harder they fall el justo valor para evitar que, lejos de elevarla a ningún altar probablemente inmerecido, al menos no la sepultemos en el baúl de un olvido que tampoco sería su destino más adecuado.

miércoles, 30 de enero de 2008

Pequeñas dudas existenciales (y 6)


- ¿Cuántos cientos, o miles, de cables de conexión USB pueden llegar a acumularse en los cajones de una vivienda?

- ¿Por qué hay tanta gente interesante haciendo tantas cosas interesantes sobre temas y cuestiones que me interesan –o, como ya formulara magistralmente Siniestro Total, ay, cuánta puta, y yo, qué viejo...-?

- ¿Por qué la –interminable- campaña electoral de las presidenciales estadounidenses se convierte en terreno abonado para la frase grandilocuente y totalmente vacua –es decir, eso que en la jerga publicitaria se denomina slogan-, a cargo de todos y cada uno de los candidatos, sin excepción?

lunes, 28 de enero de 2008

Grageas de cine XLI: a propósito de... Rencor (España, 2002)


Negar o cuestionar, a estas alturas, las habilidades de un director como el manchego Pedro Almodóvar en la dirección de actrices –lo de sus “chicas”, más allá de lo afortunado que haya podido resultar como fórmula propagandística, no deja de tener su fundamento en una carrera tan extensa como exitosa-, podría resultar más un ejercicio de mezquindad crítica que de apreciación realista. Pero tampoco debe ser ello óbice alguno para considerar que no se trata, ni muchísimo menos, del único realizador de cine español que atesora un gran talento en ese aspecto concreto de su trabajo. En mi opinión, hay otro director que, más allá de mi particular querencia por su cine (en la medida en que es capaz de derrochar ternura y sensibilidad sin que asome atisbo alguno de ñoñería en sus historias), también ha demostrado una sensibilidad exquisita y un hondo conocimiento del carácter y la idiosincrasia femeninas a la hora de trazar (en sus guiones) y perfilar (en la dirección actoral) sus personajes de ese género en sus películas: el alicantino Miguel Albaladejo.

Y, si para muestra, nada mejor que un botón, ahí está uno de la máxima calidad: su Chelo Zamora, de Rencor; uno de esos personajes “caramelosos” a más no poder –el de una perdedora de vuelta de todo, refugiada de sí misma y de los demás, tras el parapeto de todos los vicios imaginables (sexo, drogas y coplas –que, a falta de rock’n’roll, siempre dan muy buen apaño…-), y con todas las cornadas en el alma que desengaños, penurias y palos saben asestar con más crudeza y precisión que el más avieso de los toros-, que, además de dar nervio y enjundia a toda la trama de la película, proporcionó a su intérprete, la debutante Lolita, no sólo un merecidísimo premio Goya –a la mejor actriz novel-, sino un prestigio y un reconocimento que, en un país tan cicatero con el nuestro –para según qué cosas-, no dejó de sorprender a más de uno. No sobran en nuestro cine ni personajes ni intérpretes de tan hondo calado humano, con lo cual bueno sería no echarlos demasiado en olvido –para ello, entre otras cosas, estas humildes líneas…-.

viernes, 25 de enero de 2008

DOBLE VIDA (A DOUBLE LIFE; U.S.A., 1947)


Teatro, lo tuyo es puro teatro... eso cantaba la Lupe, con su “rajo” tan peculiar, y tan sobrecogedor, a un amante despegado; y eso podría cantarle –aun cuando fuera en otro contexto y con otro sentido, pero con la misma fuerza- al protagonista de A double life, un retrato preciso, y precioso, de cuán fácilmente se puede llegar a traspasar –con consecuencias funestas, trágicas- esa tenue línea que separa realidad y ficción, ambas tan sumamente permeables y confundibles: basta, para traspasarla, la presión del perfeccionismo y la vocación de absorber al personaje –y dejarse absorber por él-; y un beso, un puro y simple beso...

Punteada por una banda sonora magistral, a cargo del mítico Miklos Roszá, la doble trama en paralelo –la real y la teatral, ambas con evidentes concomitancias, cómo no...- se desarrolla pausadamente, con un ritmo tan medido como los movimientos de la cámara, como la introducción de contrapuntos cómicos, o como el planteamiento de la subtrama de intriga. Todo un auténtico prodigio de suavidad, de ausencia de sobresaltos, en la que la mano de Cukor se diluye, desaparece, cual azucarillo en el agua, totalmente instrumental a la historia: ésa –dicen los cánones- ha de ser la impronta del maestro...

Capítulo especial merecen, entre las interpretaciones –y sin por ello restar mérito a la de Signe Hasso, la partenaire sueca del protagonista, sobria, elegante y plena de encanto; o a la de Edmond O’Brien, ese segundón en la sombra, agazapado sin posibilidad de redención (su único consuelo se lo proporcionará su perspicacia), porque la chica nunca es para un “suplente” enamorado: esto es el Hollywood clásico...-, dos, en particular: la del protagonista, Ronald Colman, que, en la cúspide de su madurez –y en una de sus últimas interpretaciones, la que le habría de valer un Oscar al mejor actor-, encarna a un doble personaje, real-ficticio (Anthony John-Othello), moviéndose entre ambos con brillantez y soltura, y, fiel exponente de adónde se puede llegar cuando el actor se sumerge en el personaje sin tasa ni medida (algo que teme tanto como quiere, y es en esa contradicción donde radica el mayor foco de tensión de la historia), difuminando las fronteras que habrían de separarlos a través de un tormento siempre latente; y la de una jovencísima (veinticinco años a la sazón), chispeante y deslumbrante Shelley Winters, que da vida a una chica casquivana y tontuela, que termina convirtiéndose en instrumento de la tragedia, y que, con sólo dos apariciones puntuales a lo largo del film, consigue un impacto realmente memorable.

Si alguna objeción cabe hacer a la película, quizá pudiera ser la del excesivo número de secuencias dedicadas a la representación teatral, bastantes más de las que serían estrictamente indispensables para introducir la misma en el contexto de la trama “real”. Y que en una película que, en buena medida, gira sobre el mundo del teatro y sus repercusiones, haya teatro, tiene su punto de lógica (tan de cajón como que, en un musical, haya números musicales); pero no es menos cierto que ese exceso al que apunto puede provocar, en algún momento, el efecto perverso de que se pierda en demasía la tensión narrativa, al constituir tales secuencias un excurso sobre el desarrollo de la historia, que llega a desviarnos del enfoque adecuado de la misma.

En cualquier caso, tal apreciación, tan subjetiva como cualquier otra, no empaña una valoración global muy positiva sobre este film de teatro, que no teatral, digno exponente de unas formas y unos contenidos cuyo autor y época nos quedan ya (y no se vea en esto ningún ánimo mitificador, o, al menos, así no lo quisiera) tan, tan lejanos...

miércoles, 23 de enero de 2008

Varietés artísticas y culturales XI: Beatles, Beatles, Beatles...


Referencias que se entrecruzan, sensaciones que se superponen. Leía hace días en la prensa una breve recensión acerca de los problemas que está atravesando la legendaria compañía discográfica EMI. Sí, ésa que, acompañada en España de aquella graciosa coletilla de “Compañía del Gramófono Odeón”, publicó y aún publica los discos de ellos, de los Beatles. Y recuerdo cómo, unos días antes de esa lectura, escuchaba arrobado, por enésima vez, la que –por una vez, y sin que sirva de precedente, en plena coincidencia con la opinión mayoritaria de la crítica especializada sobre el particular- considero mejor obra de la música pop de todos los tiempos. Sí, ésa, el doble álbum blanco, de ellos, de los Beatles. Y cómo esa escucha me llevaba a evocar el recuerdo, ya algo lejano, de ese momento en que adquirí su edición en vinilo, en una tienda de discos de Sevilla (Nueva Música: desconozco si sigue abierta, es poco probable, han pasado muchos años, y el negocio está como está...), cuando la compra de un disco era algo más, bastante más, que una mera operación mercantil, un simple intercambio de dinero por producto; más bien se trataba de un acto electivo de afirmación amorosa, de profesión devota. Sí, eso, exactamente, devoción era lo que yo profesaba, por aquel entonces, por ellos, por los Beatles. Vayamos, pues, por partes.

Lo de EMI: es notorio que no soplan vientos favorables, en general, para las empresas discográficas, que han pasado de ser rutilantes negocios que movían millones y millones de beneficios a manejar solamente beneficios, sin más. Hace mucho más frío en otras latitudes, pero ya saben, esto de las sensaciones térmicas es algo muy subjetivo. La cuestión es que a esos vientos generales de crisis parece que vienen a sumarse, en el caso de la legendaria disquera británica, unos problemas de gestión particular que están a punto de abocarla al más completo de los desastres. No debe ofrecer perspectivas muy halagüeñas, por ejemplo, que dos de tus artistas más representativos, como Paul McCartney (el pasado, con un presente aún solvente en términos comerciales) y Radiohead (el futuro, con un presente más que sólido), hayan pillado la puerta y emigrado a “tierras” más acogedoras. Mal asunto, pues. Y, aunque está claro que no derramaré gruesas lágrimas si el desastre llega a consumarse, y la EMI desaparece, tampoco les negaré que un pellizquillo, por aquello de las reminiscencias, sí que me alcanzará, a buen seguro.

Lo del doble álbum blanco: se me hace complicado evocarlo, ante el manifiesto temor de que toda palabra se me quedará corta, resultará pobre y/o será poco exacta. Bien es sabido que la música, por su condición de lenguaje abstracto, ve especialmente reforzada, en el aspecto de la comunicación, su condición evocatoria, y que a su percepción estrictamente sensorial siempre se van sumando, progresivamente, elementos (recuerdos, impresiones) ligados a la circunstancia personal en que se poduce su escucha. El doble álbum blanco de los Beatles me causa tal impacto emocional que consigue algo verdaderamente increíble: cada vez que lo escucho, y a pesar de haberlo hecho cientos de veces, es como si lo escuchara por primera vez. Desde esa apertura del vuelo mortífero de los cazas volviendo a la U.R.S.S. hasta los lánguidos acorde del cierre de esa balada decadente de buenas noches –despedida y cierre-, toda una montaña rusa de sensaciones siempre renovadas. Y, aunque he de confesar que, en general, y en contra de lo que suele suceder con la de muchos otros autores o intérpretes, la música de los Beatles me “ha envejecido” poco, en el caso concreto del álbum blanco, la apreciación sobre ese particular no sólo se ve reforzada, sino que, además, aún adquiere un matiz más tremebundo: creo que esa suite pop, en la que la brillantez de su encadenamiento sólo se ve superada por el brillo, aún superior, de todas y cada una de sus piezas contempladas individualmente, sigue siendo algo adelantado no sólo a su tiempo de creación (ese glorioso año de 1968), sino incluso al tiempo actual en que hoy nos hallamos. Un tiempo en el que numerosos artistas, individuales y colectivos, siguen ofreciendo un pop vigoroso y nutritivo, de excelente factura, pero al que le falta ese punto de magia, quizá, que desprende esta magna obra del conjunto de Liverpool.

Lo del vinilo y mi devoción por los Beatles. No voy a hacer ahora una reivindicación encendida del retorno al vinilo: entiendo que hay procesos de evolución técnica y/o comercial que tienen muy difícil marcha atrás; por otro lado, carezco de conocimientos científicos suficientes para apreciar en su justa medida en qué soporte cabe hallar mayor calidad de sonido. En resumidas cuentas: adquirí hace ya algunos años una flamante copia en CD (edición, con motivo del 30º aniversario de su publicación, remasterizada, e igualmente limitada y numerada, que incluía en el interior hasta una reproducción, reducida, de las cuatro fotografías de “sus ilustrísimas”), que es la que “castigo” de manera inmisericorde, pero conservo como oro en paño, cual si del más valioso de los incunables se tratara, mi copia en vinilo, que hace años que no pincho, aunque también disponga de un sencillo y potente plato giradiscos (con el pertinente arsenal de agujas de repuesto), listo en la recámara por si fuera preciso ante cualquier eventualidad. Imprevisiones, las justas. Y en cuanto a mi devoción por los Beatles, de la que ya algo he dejado caer en alguna otra ocasión, ¿qué podría contarles a estas alturas? Como toda devoción, se trata de algo difícilmente explicable o reconducible a una explicación lógica y racional. Y mejor está así. Los años de esa adolescencia y primera juventud en que la misma alcanzaba su grado más paroxístico, empiezan ya a quedar un tanto lejanos. Y los rescoldos son eso, rescoldos. Pero ya saben aquello de los fuegos, los rescoldos y las “candelas resucitadas”. Supongo que son axiomas que también valen para los amores musicales; pero sólo lo supongo: mientras mi guitarra solloza suavemente. Por ejemplo....

lunes, 21 de enero de 2008

Metablog XXVIII: el (no) decálogo del buen bloguero


No hay tema, cuestión, asunto, por simple o baladí que pueda parecer a primera vista, sobre el que no quepa extenderse –a través de reflexiones más o menos alambicadas- ad nauseam. En ese sentido, éste de los blogs no deja de ser un objeto más sobre el que posar la atención, reflexionar y articular el resultado de dicho ejercicio en un lote de palabras relativamente bien hilado. Es ése el ejercicio al que me he venido dedicando, con menos continuidad y asiduidad de lo que hubiera deseado -lo confieso-, a lo largo de estos últimos meses, y que se ha plasmado en los artículos que se aglutinan bajo esta etiqueta del Metablog, a la que hoy doy cierre con éste que ustedes, amigos lectores, están hoy leyendo.

Numerosas y variadas son las disquisiciones a las que he tenido ocasión de entregarme a lo largo de este periodo: no en balde, este del mester de bloguería, con su irrupción tan desmelenadamente explosiva en estos últimos años, da de sí para eso, y mucho más. Y, de hecho, son muchísimas más las cuestiones sobre las que, en algún momento, he tenido la tentación de haber emborronado algunas líneas, sin haberme puesto posteriormente a la tarea. O sea, que no se cierra el chiringuito porque se acabó la bebida, no, no, ni muchísimo menos. Se trata, simplemente, de que éste, en el fondo, no deja de ser un blog “peliculero”, y, ya saben, no hay película a la que el “The end” no termine poniendo finiquito. Supongo que se trata de una explicación bastante pobre, pero es la única que se me ocurre a las horas de la mañana en que redacto esta reseña.

Llegados a este punto, siempre tuve la idea de que sería un digno colofón para este apartado el pergeñar una suerte de “decálogo del buen bloguero”. Seis, siete u ocho mandamientos“, o reglas de oro” (lo de decálogo, como bien pueden ustedes barruntar, es un mero residuo de años y años de impregnación catolicista: llegar a diez me iba a resultar misión poco menos que imposible) con las que alumbrar a blogueros primerizos, “novicios” recién arribados a este “ciber-monasterio”, o, simplemente, gentes de natural curioso y aficionadas a esto de las listas, catálogos y demás vainas –por cierto, y ahora que lo pienso, ¿por qué no “las 1.001 cosas que todo bloguero ha de hacer para reventar la blogosfera”, o algo similar? Total, ya puestos...-. En fin, un pequeño divertimento, en línea con el tono festivo y un tanto desenfadado que siempre pretendí (y sólo conseguí en contadas ocasiones, me temo) imprimir a esta sección.

Pero no me sale. Sinceramente, soy incapaz de situarme en ese registro, de orientador, consejero, guía o cualquier otro papel similar. Jamás fue mi vocación la de decirle a nadie –en ámbitos de relación donde no ostento responsabilidad alguna sobre la persona o personas a quien/es me dirijo- lo que debe, o no debe, hacer, y no será el de hoy el día en que haga una excepción a tal querencia. Me puedo sentir halagado por el hecho de que a alguien le pueda influir en su opinión o en su enfoque acerca de un asunto lo que yo digo, cuento o escribo acerca del mismo: significa, obviamente, que eso que dices, cuentas o escribes tiene una cierta entidad y merece ser tenido en consideración por alguien ajeno a ti. Pero de ahí a asumir un papel –al menos, consciente- de lo arriba apuntado, media un abismo que bien me cuidaré de saltar. Al menos, por ahora. ¿Más adelante? Ay, quién sabe. Grande es la vanidad, y pequeño el talento, así que...

Por lo tanto, me limitaré a un mensaje breve, simple, elemental: lean y/o escriban, pero, más allá de ese elemento circunstancial, y en esencia, disfruten. No más. Hasta siempre.



P.S. Este artículo está dedicado, in memoriam, a María, E-catarsis, compa-e. Muchos fueron los intercambios de opinión, que, al hilo de los contenidos de esta sección, tuvimos ocasión de llevar a cabo, tanto en su blog (que tan bien ilustra, tanto en sus fondos como en sus formas, buena parte de los asertos aquí traídos) como en el mío; sinceramente, los echo de menos.

miércoles, 16 de enero de 2008

Mi Buenos Aires querido III: sordina navideña


Ahora que ya han pasado, supongo que lo puedo confesar públicamente sin el más mínimo rubor: nunca he sido un entusiasta de las fiestas navideñas; más allá de sus connotaciones mercantilistas –tan innegables objetivamente como soslayables desde la vivencia personal de cada cual: se trata de algo tan simple como no dejarse influir (excesivamente) por el entorno-, el hecho de que las mismas no supongan una interrupción de mi actividad laboral –más allá del estricto disfrute de los festivos pertinentes- les priva, en buena medida, de esa capacidad de ruptura de la rutina que, en mis años de infancia, sí que tenían. Navidades, pues, con sordina, a las que, más allá del respeto de algunas tradiciones hondamente arraigadas (felicitaciones en papel y algún que otro “homenaje culinario”, amén de los regalos del día de Reyes), sólo la presencia permanente en casa de mi pequeño les ha otorgado un cierto halo jubiloso –y extenuante, por supuesto-. El próximo año, más y ¿mejor? Veremos...

lunes, 14 de enero de 2008

Pequeñas dudas existenciales (y 5)


No me causa tanto asombro como burla la reciente proliferación de libros con título del tenor siguiente: “Las 1.001 ‘lo que sea’ –libros, películas, discos, etc....- que debe usted ‘lo que corresponda’ –leer, ver, oír, etc...- antes de morir”. Y aunque los mismos me suscitan no sólo 1.001 dudas existenciales (y no pequeñas, precisamente), sino algunas más, para mantenerme fiel al formato y espíritu de esta sección, me limitaré, amigos lectores, a trasladarles sólo tres de ellas:

- En el supuesto de que la parca nos sorprenda sin haber dado finiquito a las 1.001 “lo que sea”, ¿es posible esgrimir el librito de marras en nuestra –comprensible e inevitable- solicitud de prórroga? Al menos, hasta que acabemos...

- Una vez que uno haya completado la “lo que sea” de las 1.001 “lo que sea”, ¿se puede arrojar tranquilamente desde el balcón de un noveno piso, con la tranquilidad de conciencia que debe otorgar la completa seguridad de que ya está “to’l pescao vendío” –poco más o menos-?

- La adquisición de las 1.001 “lo que sea” –por métodos comerciales convencionales, naturalmente...-, ¿debería estar subvencionada por el Estado? En defecto de tal subvención, ¿se puede, al menos, desgravar en nuestra próxima declaración del I.R.P.F.?

Si ustedes, amigos lectores, tienen una respuesta lógica para cualquiera de las tres cuestiones, hagánmela llegar. Y si la respuesta no es lógica, también, que aún me interesa más. También, por cierto, se admiten nuevas preguntas –preferiblemente, sin lógica-. Muchísimas gracias.

viernes, 11 de enero de 2008

SIN NOTICIAS DE DIOS (ESPAÑA, 2001)



Los flirteos de Agustín Díaz Yanes con la pompa y boato de producciones más cercanas a la parafernalia hollywoodiense que a la paupérrima potencia económica de nuestro cine, no son una novedad surgida al hilo de su Alatriste. Precedida de un despliegue publicitario no muy habitual por estos lares, a cargo de sus dos superestrellonas, Victoria Abril y Penélopez Cruz, y tras la polémica levantada por su "amago" de aspirar a la candidatura española al Oscar a la mejor película extranjera (incluyendo una fantasmada de "estreno talaverano" que quedará para los anales de nuestro esperpento patrio...), se estrenó en su día esta esperadísima (muchos años habían pasado desde la aclamada –y extraordinaria, todo hay que decirlo...- Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto) película de este director, Sin noticias de Dios.


Y bueno, ni fú, ni fá, ni frío ni calor, ni tanto ni tan poco... La película no es mala, pero, realmente, y después de las expectativas que había despertado, defrauda un poquito. Su punto de partida argumental es curiosote, aunque ni mucho menos resulta original o novedoso (la lucha entre el bien y el mal, representados por el cielo y el infierno encarnados en dos embajadoras de excepción, que desarrollan su batalla acá, en la tierra, sobre una percha de palos, un boxeador corrupto y acabado...), y, además, peca, quizá huyendo de los peligros extremos (demasiado trascendentalismo por el lado dramático, o demasiada "coña", por el lado cómico) de exceso de puerilidad –por lo estrambótico- en algunos planteamientos, tanto de situaciones como de personajes (el "etiquetaje" de llegados al infierno, en el primero de los casos; o el personaje del consejero delegado, a cargo de Gael García Bernal; por sólo citar dos ejemplos...). Eso sí, la puesta en escena es impecable y la película se desarrolla, en cuanto a ritmo y ambientaciones, con una solvencia demostrativa de un muy buen alto nivel (muy destacable, por ejemplo, el blanco y negro del cielo: hermoso y convincente).

En cuanto a las interpretaciones y personajes, está claro que no es ésta una película coral, y es una lástima, porque la nómina de secundarios es de auténtico lujo: ver, entre otros, a Juan Echanove, Emilio Gutiérrez Caba, Fanny Ardant, Luis Tosar y Cristina Marcos (muy especialmente, estos dos últimos, tremendamente buenos y con dos papelitos pobres, pobres...) al servicio de las dos "supernenas", se hace duro en algunos momentos, pero el planteamiento de la película es el que es, y eso ya no tiene vuelta de hoja. Y las dos superstars, pues en lo suyo: a muy buen nivel, desde luego, poco cabe objetar al respecto; si la cuestión se plantea en términos de duelo interpretativo, asumiendo –por supuesto- que cada cual lo verá a su manera, yo lo tengo muy claro: Victoria vence, si no por goleada, sí al menos con cierto desahogo. Sus numeritos de lucimiento (los musicales) los solventa con un nivel espectacular, y el desarrollo general de su interpretación es muy ajustado y creíble. En cuanto a Penélope, por supuesto que se aprecia una clara evolución desde aquella Lolita dinamitera de Jamón, jamón, o la niñita pizpireta de Belle Epoque, pero, sinceramente, pienso que su fotogenia (se come a la cámara con independencia de la longitud del plano: qué belleza...) aún sigue estando por encima de sus capacidades dramáticas. Además, le lastra mucho lo poco creíble de cierto matiz de su papel (que no revelaré, para que, quien no lo haya visto, no pierda ese punto de sorpresa), que, en algunos momentos, me hacía pensar qué hubiera sucedido si Billy Wilder, ante una indisposición de Tony Curtis o Jack Lemmon, hubiera tenido que recurrir, en Some like it hot (Con faldas y a lo loco), a, pongamos por caso, John Wayne... Un poco fuerte, no? Ah, y muy bueno Demián Bichir, en su papel de boxeador perdulario: como basura humana no lo hace mal, pero como peleador medio sonado, realmente lo borda; esas flexiones de cuello parecen sacadas de un documental...

miércoles, 9 de enero de 2008

A salto de mata XXIX: elecciones


Llevan ya algún tiempo menudeando en los medios, al calor de la próxima cita electoral general en nuestro país, noticias acerca de los procesos de confección de sus programas por parte de los dos grandes partidos: equipos, propuestas, ideas, globos-sonda, paridas, componendas... En fin, un largo etcétera de aspectos y cuestiones relacionados con el tema.

No voy a entrar hoy en la vertiente “post” del asunto: es decir, hasta qué punto los partidos políticos, cuando alcanzan el poder, hacen del programa con el que lo lograron auténticas mangas y capirotes. Me temo que, sobre ese punto, la tozudez de los hechos, reiterados a lo largo de muchos años (y legislaturas), reduce, hasta casi eliminarla, cualquier posibilidad de controversia. Me temo que los problemas (o, al menos, los problemas de los que quería hablarles hoy) arrancan ya en este momento “pre”, en el que ahora nos encontramos.

Y es que hemos alcanzado tal punto de indiferenciación programática entre los dos grandes partidos en lo que afecta a la cuestiones políticas realmente básicas –o sea, las económicas (a las que, en última instancia, son traducibles todas las demás)-, que ya todo se ciñe a una cuestión de matices; ligeros, tenues, insignificantes. Por otro lado –que es lo que me parece más grave aún-, los partidos elaboran sus programas conforme a estrategias de mercadotecnia electoral, y no conforme a posicionamientos ideológicos previos: de esa forma, el programa de un partido no es SU programa –el que derivaría de sus esencias, sus principios, sus ideas-, sino EL programa –con el que, según su preparadísimo equipo de “magos electorales”, puede terminar llevándose el gato al agua-. Programa que, por otro lado, y conforme a tal premisa, termina elaborádose (a golpe de encuesta y sondeo) más por exclusión (en negativo) que por determinación (en positivo): vaya, que se trata de NO incluir en él todo aquello que puede restar votos (partiendo de una plataforma teórica, o estimada, que se calcula en función de reglas de marketing, no de política). Más o menos.

Siempre habrá quien, de buena fe, pueda argüir que por qué se ha de considerar la situación antes apuntada como un problema. ¿No se trata de que los partidos, en una democracia más o menos honesta, gobiernen PARA el pueblo; es decir, atendiendo a sus querencias, opiniones e intereses? ¿Qué de malo habría, pues, en que los grandes partidos estuvieran dispuestos a sacrificar sus premisas ideológicas para acercarse a la voluntad política de los ciudadanos, expresada a través de encuestas, sondeos y demás mecanismos de “toma de temperatura”?

Perfecto, no tengo nada que objetar a tal argumentación, más bien al contrario, me parece fabuloso, pero siempre y cuando reformulemos, previamente, lo que son y significan los partidos políticos. Porque, desde tales premisas, ya no estaríamos ante partidos, sino ante puras y duras maquinarias electorales (a priori) y gubernativas (a posteriori), cuyo etiquetaje ideológico sería totalmente irrelevante. Y siempre que con esa claridad y rotundidad se plantee ante el cuerpo social –y su trasunto coyuntural, el electorado-, asunto resuelto; como decía la vieja canción del Sabina, donde no hay engaño, mal puede haber desengaño; a diferencia de la situación actual, en la que nos engañan (ellos) –o, al menos, lo intentan,con desigual fortuna- y nos desengañamos (nosotros) –salvo cuando se alcanza un punto de escepticismo desde el cual ya se hace difícil que te cuelen ciertos camelos-.

¿Y qué harían, pues, los partidos con sus ideas, sus símbolos, su historia? Dado el escaso rédito electoral que les generan, podrían montar un parque temático con ellas, y forrarse explotando la memoria sentimental de sus más fieles seguidores. Los beneficios obtenidos se podrían transferir a las administraciones competentes (estatales o locales): siempre será mejor que tener que sangrar el erario público (para, entre otras cosas, financiar sus costosísimas campañas electorales), o engordar arcas municipales permitiendo, por ejemplo, que se siga esquilmando la costa a golpe de urbanización salvaje. Creo...


P.S. otro día hablaremos de políticos desubicados (tema harto jugoso...).

miércoles, 2 de enero de 2008

MANJAR DE AMOR (ESPAÑA, 2002)


Tras el divertimento de Anita no pierde el tren –con la cual Ventura Pons, se daba un pequeño respiro cómico, después de dos películas tan intensas como Morir (o no) y Amic/amat, basadas ambas en textos teatrales de Sergi Belbel y Josep María Benet y Jornet, respectivamente-, volvía el director catalán a las andadas dramáticas con este Manjar de amor, elaborado bajo una receta cuyos ingredientes variaban sustancialmente respecto a los de los platos anteriores.

Ventura Pons abandonaba sus anclajes tradicionales en textos de autores catalanes y repartos asentados sobre actores y actrices de idéntica procedencia, para sumergirse –a tono con la globalización imperante- en el cosmopolitismo más tremebundo: coproducción europea, con participación del fondo Eurimages; reparto plagado –en sus papeles protagonistas, básicamente- de intérpretes anglosajones; texto de referencia, una novela del autor norteamericano David Leavitt; y lugares de desarrollo de la historia, a caballo entre San Francisco, Barcelona y Nueva York.

Premisas realmente prometedoras, pero resultado, desgraciadamente, fallido. La historia, que pretende ser tranquila y pausada en su ritmo de desarrollo, carece de la más mínima tensión dramática, y se desenvuelve, en todo momento, en un tono de languidez y desidia que la hacen caer en picado antes de haber siquiera alzado el vuelo. No es difícil buscar y definir los motivos, más allá de las apelaciones a eso tan socorrido que es la falta de química, ante la constatación de algunos defectos más que evidentes: el uso y abuso de una serie de tópicos acerca del mundo de la homosexualidad, vertiente refinada, como son la promiscuidad furibunda y la sensibilidad exacerbada (¿son, realmente, tan promiscuos y tan sensibles?), que dan pie a situaciones que llegan a resultar hasta grotescas; la frialdad con que abordan sus papeles los actores principales, muy en especial el joven debutante Kevin Bishop, al que su papel, pese a no plantear grandes dificultades, le viene largo, larguísimo (es, por el contrario, Juliet Stevenson, en su interpretación de la madre histérica y tontorrona del joven protagonista, la única que consigue sobresalir un tanto –aunque ello implique un cierto toque de sobreactuación- del marasmo general –aún así, uno no puede dejar de pensar lo que hubiera dado de sí la Sardá interpretando ese “bomboncito”-); o la obviedad de algunos giros de la trama, predecibles ya no desde la entrada del cine, sino casi desde que uno sale de casa (esa escena en que ella, la madre, intenta flirtear con el pianista, sobre la base de un equívoco que no existe, resulta ejemplar en este aspecto).

El director, que no es ningún novato en estas lides, juega algunas cartas ganadoras sin discusión posible: una banda sonora musical impecable –servida en bandeja por la condición de músicos de los principales personajes-, tanto en lo que atañe a las piezas escogidas de autores clásicos como a la partitura creada para la ocasión por Carles Casas; o un “safari fotográfico” por Barcelona –aprovechando los paseos turísticos de esos mismos protagonistas en su llegada a la ciudad- de auténtico lujo, con una cámara enamorada y rindiendo justo homenaje a bellezas tan queridas. Pero, claro está, para lo primero hay colecciones musicales completísimas, y para lo segundo, algunos canales temáticos ofrecen documentales verdaderamente magistrales. El cine, y eso lo sabe bien Ventura Pons, y lo sabemos también los demás, es algo más que eso, y ese algo más no aparece por ningún rincón de la película.

Resultan encomiables, en cualquier orden de la vida, el afán y la inquietud por ir más allá, proyectarse a nuevos territorios, afrontar nuevos retos. Y, en ese aspecto, a la apuesta de Ventura Pons por trascender unas fronteras que, probablemente, empezaban a resultarle ya un tanto estrechas no cabe restarle ningún mérito. Pero sí cabía esperar –y la trayectoria del autor hasta la fecha lo hacían digno de tal crédito- que esos nuevos horizontes hubieran sido más acertados que los de este Manjar..., algo indigesto y con un punto de cocción que, como aquellas fincas de la vieja ley, resultaba manifiestamente mejorable.
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