miércoles, 26 de marzo de 2008

Varietés artísticas y culturales XII: Radio 3


Aunque soy un oyente radiofónico de los irreductibles (es decir, de aquellos que, más allá de los avatares y progresos que, en materia de medios de comunicación, se han experimentado en los últimos treinta años, sigue escuchándola a casi todas las horas del día y, además, casi siempre, en su soporte convencional: el viejo aparato a pilas o con enchufe, pero de prestaciones básicas –las virguerías estereofónicas las reservo para otros experimentos-), he de reconocer que mi fidelidad a alguna emisora determinada, dista mucho de ser ejemplar: suelo cambiar cada cierto tiempo de dial de referencia –eso sí, una vez elegido uno, ése se queda fijo en mi aparato durante un cierto periodo, más o menos extenso-. Y, dejando aparte algún caso extremo de emisoras cuyos contenidos se me hacen particularmente insoportables –y que ni siquiera citaré, porque tampoco es cosa de hacerles, con la tirria que les tengo, publicidad gratuita-, y que, por tanto, no entran en eso que un entrenador “moelno” de “furgol” llamaría “rotaciones”, estoy abierto a todo tipo de contenidos y líneas, sin que ello sea óbice, naturalmente, para que en esto, como en todo, uno tenga sus querencias.

Y, entre esas querencias, si hay una que se mantiene, impertérrita y firme a lo largo de los años, es la que siento por esa rara avis que atiende al nombre de Radio 3. Un fenómeno increíble. No sé si resultará algo rayano en la paranoia, o no, pero creanme, amigos lectores, cuando les cuento que cada mañana, cuando, al llegar al despacho, enciendo mi radio (una vieja Philips con un solo altavoz, que compré en unas vacaciones en Santander, allá por el año 93, y que aún sigue sonando maravillosamente bien), siempre lo hago con el secreto temor de que, al otro lado de los ondas, sólo me responda ese característico zumbido (ruido, creo, le dicen los técnicos en la materia) de los aparatos que no tienen ninguna emisora sintonizada. Porque, ¿cómo se puede mantener, en estos tiempos que corren, una emisora tan minoritaria, tan a contracorriente, tan necesaria, permanentemente amenazada de muerte mortal –al lado del de Radio 3, el peligro de extinción del lince ibérico es (y que me perdonen los ecologistas) pura filfa...- siempre temblando ante cualquier anuncio de reestructuración del Ente –y van....? En fin, un milagro, que, afortunadamente, se sigue repitiendo, mañana tras mañana, y ojalá que aún por mucho tiempo.

Una emisora permanentemente en vanguardia; atenta a todo lo que se mueve en los terrenos sociales y culturales más alejados de las modas imperantes; y transmisora de unos contenidos y unos valores que poco tienen que ver con los que se pueden encontrar en el espectro radiofónico más convencional y/o comercial de nuestro país. Una iniciativa que, naturalmente, y con tales condicionantes (que derivan en ausencia de soportes publicitarios y audiencias exiguas), sólo puede ser sustentada desde el ámbito de lo público. Pero que constituye un ejemplo palmario de lo que tal iniciativa pública debería ser (y no es, generalmente) en el terreno de la comunicación y la cultura. También es lógico, desde tales premisas, que siempre que se habla de cuestionamientos económicos y financieros en relación con los medios públicos de comunicación (con su manipulación política, sus deficits gigantescos, sus gigantismos tan poco dinámicos...), el futuro de Radio 3 aparece tan sombrío como el nublado de una tormenta pirenaica: de un negro que asusta. Pero está claro que, si llegara esa situación en que amenazas de ese tipo tuvieran visos de materializarse de manera inmediata, no cabría otro remedio que arremangarse y echarse a las barricadas -pacíficas, pero inquebrantables-. Las dimensiones del “agujero negro” que tal pérdida constituiría se hacen difíciles de calibrar, pero, a ojo de buen cubero, bien se puede afirmar que serían bastante grandes.

Me consta que hay más de un lector, y más de dos (y paro ahí el cómputo, dado que dudo mucho que el número total vaya mucho más allá de ése...), de los que frecuentan este blog, que también son seguidores de Radio 3, y que, también, en cierta manera, al igual que me pasa a mí, se sienten moralmente en deuda con ese lugar, ese reducto, que los ha (nos ha) conformado sentimental e intelectualmente durante una buena parte de nuestro trayecto vital. Supongo que no les costará, dado que a ellos van igualmente dedicadas, suscribir estas líneas de admiración y reconocimiento y, desde ellas, adherirse a mi deseo de que ese trayecto lo podamos seguir recorriendo juntos durante muchísimos años más. Amén....

5 comentarios:

Hatt dijo...

A mi me pasa un poco igual. Aunque escucho la radio a ratos variables. Pero radio3 va y muchas veces vuelve. Y aunque no siempre se pueda sintonizar bien...

Un saludo.

Josep dijo...

Yo es que casi siempre escucho RNE en sus diferentes emisoras, más que nada porque odio la publicidad radiofónica; según las ganas de música, pues la 2 o la 3, así de simple.

Si las quitan, que sea con condena eterna al mierdapolítico de turno a escuchar cualquier cadena comercial del "color" contrario.

Saludos.

Manuel Márquez dijo...

¿Problemas, compa Hatt, para sintonizar Radio 3? Me suena extraño; aquí, en Córdoba, suena fantásticamente bien y no hay problema alguno al respecto. Gracias por pasarte por aquí a comentar, siempre es una alegría...

Compa Josep, ya veo que la aversión a las efusiones publicitarias no es (como era lógico) exclusiva mía (y conste que suelo también escuchar la SER, así que imagínate...). Y muy buena opción también la de Radio Clásica (también he estado alguna que otra temporadita con ella...). Me sumo a esa condena, llegado al momento, aunque ojalá mejor que no...

Un fuerte abrazo a los dos.

Miriam G. dijo...

Cuanta conmigo para las barricadas Manuel.

Un beso, Miriam G.

Manuel Márquez dijo...

Bien viene saberlo, compa Miriam, porque me temo que, llegado el momento, tampoco íbamos a andar sobrados de efectivos...

Un abrazo y buena semana...

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