viernes, 8 de febrero de 2008

LA PRINCESA PROMETIDA (THE PRINCESS BRIDE; U.S.A., 1987)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Habiendo marchado en busca de medios de fortuna, y después de unos años de ausencia, Wesley (Cary Elwes) retorna a su tierra para casarse con su amada Buttercup (Robin Wright), a la que juró amor eterno y verdadero. Para recuperarla, tendrá que enfrentarse a serios obstáculos (Vizzini y sus esbirros), pero, una vez superados éstos, aún quedará lo peor: el príncipe Humperdinck pretende desposar a la desdichada Buttercup, pese a que ésta no le ama, ya que le sigue queriendo a él. ¿Conseguirá Wesley evitar la boda de Buttercup con el príncipe? ¿Triunfará el amor sobre la maldad...?


RESEÑA CRÍTICA.-

En el hipotético supuesto de que algún día me viera en la tesitura de tener que explicar con un ejemplo ilustrativo cuáles son las claves y convenciones básicas del género cinematográfico de aventuras, no acudiría a las clásicas, entretenidísimas (y ya legendarias) películas con Errol Flynn de los años 30 y 40, ni a las excelentes piezas (también ya con sabor a auténtico clásico) que componen la trilogía de Indiana Jones –tanto en uno como en otro supuesto, dos auténticas referencias paradigmáticas-. La cuestión me resultaría mucho más sencilla: La princesa prometida contiene, quintaesenciado, todo cuánto cabe esperar –desde cualquiera de las perspectivas que queramos adoptar- de un film de aventuras que se precie de tal condición.

La película de Rob Reiner consigue ese más difícil todavía, consistente en que, habiéndola visionado una y mil veces, te olvides, a los quince minutos de su comienzo, de la última ocasión en que la viste, y te sorprendas a ti mismo enteramente absorto y embebido en los vericuetos de su trama, con esa sonrisilla pícara y feliz del niño que descubre y redescubre, invariable e incansablemente, la fuente del placer en su juguete favorito.

Y lo consigue exprimiendo de manera sabia –tan sencilla como efectiva- los elementos más típicos y tópicos del género: una historia de amor como telón de fondo (amor del “de verdad”: eterno e indestructible...) sobre el que se despliega todo un abanico de luchas, intrigas, traiciones, persecuciones, engaños, descubrimientos; toda una alharaca de vueltas y revueltas, plenas, eso sí, de encanto y buen gusto, y ajustando con precisión de relojero suizo (o de mago, o de brujo, que quizá hacen más al caso...) el ritmo de desenvolvimiento de la trama, lo cual le permite ofrecer, en poco menos de noventa minutos, y con una construcción basada en el viejo recurso de “historia dentro de la historia” (utilizando al niño y al abuelo que se la cuenta como elementos de retardo y aceleración tremendamente operativos), un compendio completo de cuántas situaciones emocionantes quepa urdir por una imaginación juguetona.

La princesa prometida tampoco es, ciertamente, una película sofisticada, no son tales ni su pretensión ni su necesidad; pero sí que está repleta de muchas y variadas exquisiteces: desde una banda sonora fabulosa -que firma un Mark Knopfler que ya había demostrado sobradamente sus talentos musicales para el cine, aunque en una línea rítmica más cercana a la de sus trabajos con Dire Straits (cual era el caso de las piezas musicales de su trabajo anterior, A local hero), pero que aquí se destapa como un auténtico maestro en registros de corte y regusto más clásicos de música puramente incidental- a una fotografía sencilla pero muy cuidada, pasando por la presencia y trabajo de secundarios de auténtico lujo (entre los que habría que destacar a un Mandy Patinkin soberbio, en su papel de espadachín español, noble de espíritu y borrachín de querencias –“Hola, me llamo Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre: prepárate a morir...”-, con su fijación obsesiva en la venganza –justa- que le ha de hacer recuperar el honor familiar mancillado; al siempre eficacísimo Wallace Shawn, que aquí interpreta a un despiadado mercenario de inteligencia tan aguda como su falta de escrúpulos; o a Chris Sarandon, dando vida a ese príncipe Humperdinck tan abominable como debe serlo el malo de una película en la que, como mandan los cánones del género, los buenos son inmensamente buenos y los malos, inmensamente malos, faltaría más...).

Entre tanta delicatessen, y totalmente entregado al vértigo de los giros y recovecos de la historia, uno llega incluso a olvidarse de lo flojito de las interpretaciones de la pareja protagonista: ni Robin Wright (que, prácticamente, debutaba con esta película, a sus 21 añitos: aún le quedaba bastante a la actual señora Penn para alcanzar esos papeles más tortuosos con los que ganaría empaque y prestigio) ni Cary Elwes (con algo más de experiencia, pero poco más) demuestran grandes dotes actorales, pero, en fin, son tan guapos, tan buenos, tan puros, y se quieren tanto... ¿realmente, son importantes esos detalles de corte técnico, hay que ser tan meticulosos...?

Mucho me temo que, a estas alturas, cualquier lector atento ha podido apreciar ya, con total claridad, de qué linda y tremenda manera he traicionado con esta reseña una de las más sagradas reglas de la sana crítica, cual es la de huir de condicionantes sentimentales a la hora de hacer evaluaciones, ya que los sentimientos, los amores y los odios, al igual que el humo de la canción de los Platters, suelen cegar los ojos (y la mente). De veras que no lo siento, y que no me importa lo más mínimo si se me ha visto (y ostensiblemente) el plumero: La princesa prometida es una de mis grandes debilidades, uno de esos refugios cinematográficos en los que, después de una mala tarde, siempre hallarás infalible cobijo: prueben, prueben ...., y si descubren algún antidepresivo y/o euforizante más eficaz, les compro la receta, no se mira el precio.

6 comentarios:

Heitor dijo...

Que gran película, llena de espadachines, princesas secuestradas, magia, venganzas y amistades y amores eternos. Una peli, sin duda, que nos devuelve a la niñez desde el mismo instante en el que el abuelo Colombo entra en la habitación para leerle a Fred "aquellos maravillosos años" Savage.
Sin embargo, aunque sea un enorme admirador de Knopfler, sobre todo en la época de los Straits, aquí no me llega a emocionar del todo. Si borda algunos pasajes con su guitarra, pero las escenas de acción, rodeadas de ese organo casio... ahí me parece que cojea la cosa.
Por cierto, una mala noticia tengo que darte, compañero. Me temo que la señorita Write ya no está con el rebelde de Penn. O podría ser una buena noticia, pues de nuevo está libre, jeje.
P.D. Delicioso ese personaje de Billy Cristal interpretando al mago feo y gruñón!!

alicia dijo...

Esta es una de esas películas que están por encima del bien y del mal, poque tienen un encanto que las convirte en especiales. Que guapísimos estaban Robin y Cary y ¿quien no ha repetido la frase de Iñigo Montoya?. Yo quiero tener un abuelo como Peter Falk

Josep dijo...

Si no fuera porque no tengo, vergüenza me daría reconocer que no la he visto; pero después de tan incendiaria reseña, me la pongo en la -obligada- lista de gemas por descubrir.

Un abrazo.

Thalatta dijo...

Es de las películas que nunca me canso de verlas, ya he perdido la cuenta de las veces, pero si la ponen en la tele, ya puede haber en otra cadena alguna novedad, que me quedo donde esté ese pedazo de Patinkin que adoro.
Me alegro haber coincidido jejeje
Besooo

Miriam G. dijo...

Ya te lo he dicho en alguna ocasión. ¡Me encanta esta peli!

Un beso, Miriam G.

Manuel Márquez dijo...

Compa Heitor, gracias por la visita y por tu ilustrado y ameno comentario, sobre todo en lo relativo al aspecto musical. Lo de la señorita Wright, aunque uno ya no esté en el "mercado", no deja de ser un "margen para la esperanza" (me encanta esa mujer...).

Compa Alicia, te he de dar toda la razón del mundo en tus tres apuntes particulares: Cary y Robin estaban, sencillamente, deslumbrantes (y hay que ver cómo se ha puesto el rubiales luego -ella, no, por suerte...-); la frase de Montoya la habré repetido como varios millones de veces (cada vez que veo la peli, me tiro varios días soltándola a cada momento...); y lo del abuelo, en fin, ¿cómo no...?

Compa Josep, como he tardado varios días en contestar -para mi vergüenza-, supongo que ya has podido subsanar tan monstruosa anomalía existencial (que ya te vale, ya: otras, me da igual, pero ésta...). Chistes malos aparte, no te la pierdas, que vas a alucinar...

Compa Tha, ya me constaba que a tí te iba a gustar un montón una peli como ésta: y por supuesto, Patinkin luce mucho más de Íñigo Montoya que de ese detective televisivo de una serie reciente. Detectives hay muchos; Íñigos Montoyas, sólo uno...

Compa Miriam, también me constaba en tu caso. Por cierto, ¿la ha visto ya Candela, o aún esperarás un tiempo...? Manuel aún no la ha visto, pero estoy segurísimo de que le va a encantar...

Un abrazo a todos, y disculpas por el retraso en las respuestas (no siempre se puede cuando se quiere...).

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