jueves, 31 de enero de 2008

MÁS DURA SERÁ LA CAÍDA (THE HARDER THEY FALL; U.S.A., 1956)


Uno de los deportes sobre los que el cine hollywoodiense ha volcado su mirada repetida y ampliamente, ha sido –y es: ahí están, como últimos botones de muestra, films como Alí (Michael Mann, 2001), con una caracterización portentosa del mítico púgil a cargo de Will Smith; o Cinderella man (Ron Howard, 2005), protagonizado por Russell Crowe- el boxeo. Algo lógico, si se tiene en cuenta que confluyen en él una serie de elementos y circunstancias que le hacen especialmente adecuado para constituir “carne de celuloide”: la exaltación –en la mayoría de los casos- del espíritu del luchador individual, tan caro (en la medida en que resulta símbolo y estandarte de sus esencias) al público estadounidense; el dramatismo que los golpes y la sangre imprimen a su plasmación visual; incluso esa luz cenital y concentrada sobre la escena (el ring), alrededor de la cual se cierne una oscuridad que esconde el morbo y la expectación... ¿no es todo tremenda y excitantemente cinematográfico?

En ese aspecto, The harder they fall (U.S.A., 1956) no deja de ser una película más de las tantas que se han centrado en ese mundo del boxeo, sin que podamos considerarla un exponente particularmente brillante: sus diálogos pecan de un esquematismo excesivo, y de una recurrencia en ciertos tópicos, que les hacen perder frescura; y la realización, a cargo de un artesano como Mark Robson (de cuya no demasiado extensa nómina de títulos –totaliza 33- sólo me cabe recordar The prize (U.S.A., 1963), una intriga entretenida y eficaz, cuya reposición frecuente en cadenas televisivas suele gozar siempre de buenas –y merecidas- cotas de audiencia), no pasa de ser discreta: correcta, pero demasiado plana; sin fisuras y sin aristas, pero también carente de cualquier rasgo de brillantez.

Pero no sería justo dejar de reconocer algunos de sus más que evidentes méritos, que también los tiene.

En primer lugar, y aunque el maniqueísmo que barniza a la mayor parte de sus personajes principales –muy a tono con esa planitud de guión y realizacíon a la que ya aludía- resulte a veces chirriante (y case poco con la ambigüedad moral que suele teñir a los personajes del cine negro, género en el que, estílistica y temáticamente, cabe encuadrar este film), sí resulta ejemplar el viaje de ida y vuelta que por los caminos de la integridad moral despliega su protagonista, Eddie Willis –personaje al que da vida de manera ejemplar un excelente Humphrey Bogart-, que peca y se redime, saltando a ambos lados de la “trinchera” según se va desplegando la trama: este periodista, en paro y desencantado, que vive instalado, durante toda la historia, en la duda permanente y en el intento de justificar lo injustificable, arranca de un escepticismo lúcido (lo necesita para agarrarse a alguna tabla que le salve del naufragio de su conciencia...) para terminar llegando a una convicción firme –en la que juegan un papel fundamental tanto la “bondad de los buenos” (buenos muy diferentes: su esposa, intransigente en sus principios y valores; y el boxeador al que apadrina, un trozo de carne –de cañón, claro está-, cándida sin remedio) como la “maldad de los malos” (el manager sin escrupulos al que da vida Rod Steiger, y toda su caterva de secuaces al uso)-, que es la que le lleva a romper con todo, para recuperar la dignidad perdida. Plasmar ese recorrido sin hacer del protagonista una suerte de héroe, resulta un mérito innegable.

En segundo, y redundando en algo ya apuntado anteriormente, el trabajo de Humphrey Bogart, un Bogart veterno y eficientísimo que nos regala una interpretación muy sobria y contenida, cuando ya estaba tremendamente marcado por los estragos de una enfermedad que acabaría con su vida poco después (ésta fue, de hecho, su última interpretación). Dejando aparte esta última circunstancia, el aura de crepuscularidad, fuera de cualquier tópico, es más que evidente, y aquí falta incluso cualquier atisbo de esas sonrisas que tan profusamente derramara, en tesitura muy similar –también gravemente enfermo y haciendo, sin saberlo (¿?), su último trabajo- el Clark Gable de Misfits (1961): muy por el contrario, siempre el rictus de dolor y la mueca amarga para advertirnos de cuán cuesta arriba se está haciendo la tarea.

Son, en suma, elementos no desdeñables, tanto el uno como el otro, y ambos confieren a The harder they fall el justo valor para evitar que, lejos de elevarla a ningún altar probablemente inmerecido, al menos no la sepultemos en el baúl de un olvido que tampoco sería su destino más adecuado.

7 comentarios:

Hatt dijo...

Me encanta los crepúsculos, sean de dioses, soles, boxeadores, detectives o forajidos. Es, quizás, un defecto, porque cualquier película medianamente crepuscular me gana directamente para su causa, pero es así.

Y de esta película, como no recordar ese gesto de crujir, de estirar los dedos, delante de una ¿Remington?...

Aunque para películas de boxeo, te recomiendo, sin dudarlo dos: "Cuerpo y Alma" con un torturado (incluso más de lo normal) John Garfield y "The Set-up" (creo que lo tradujeron por Nadie puede vencerme o alguna chorrada así), un film en tiempo real con un gran Robert Ryan.

Un saludo. Nos leemos.

Josep dijo...

me gustó mucho esa película, por la actuación de Bogart y por el tránsito que tan bien comentas de su personaje, explicando avatares del mundo del boxeo profesional en los entresijos canallescos que se mueven fuera del ring.

De Robson me gustó mucho también Desde la Terraza, protagonizada por el matrimonio Newman-Woodward. El Premio (The Prize) siempre me ha parecido un ensayo para Newman antes de ponerse a las órdenes del Mago Hitch en Cortina Rasgada (Torn Curtain)


Coincido con las recomendaciones de Hatt, a las que añadiría Marcado por el Odio (también con Newman) que, no se lo digas a nadie, tengo en cartera...:-)

Un abrazo.

Miriam G. dijo...

Me deprimo cada vez que hablas de cine, so asqueroso, con cariño ¿eh? ja, ja, ja

Ayer al final no me anime a dejar ningun mensaje, si seré cagona.

Un beso, Miriam G.

Manuel Márquez dijo...

Compa Hatt, buen gusto ese que denotas por todo lo crepuscular, y que comparto contigo en buena medida. De las dos pelis sobre boxeo (un subgénero que me encanta, y sobre el que escribí hace ya algún tiempo un articulillo que por ahí andará publicado), no tenía conocimiento, así que apuntadas quedan, para cuando haya ocasión. Y, naturalmente, nos leemos, por supuesto que sí.

Compa Josep, es que Bogart era un grande, grande, grande, y aquí estaba pues eso, como siempre... La peli de Robson que apuntas no la conozco (a la lista...), y el apunte que haces sobre El premio me parece muy, muy interesante, das en el clavo. Marcado por el odio la ví hace varios siglos: habrá que revisarla...

Compa Miriam, menos samba, y más "trabalhar", so mangui (también con cariño): o traducido al castellano, dale más caña al DVD del salón, que se te va a oxidar... Y (aquí te lo digo), pensándolo bien, no creo que seas cagona: el problema es otro... Que no es lo mismo estar enamoriscadilla (como tú) que sentir una sana y varonil admiración (como yo). Más o menos, ¿no...?

Un fuerte abrazo para los tres, y muchas gracias.

Miriam G. dijo...

Ja, ja, ja Manuel, efectivamente, has dado en el clavo ja, ja, ja...

Un beso, Miriam G.

BUDOKAN dijo...

El cine y el boxeo son dos amantes inseparables que siempre se buscarán. Saludos!

Thalatta dijo...

Pues sí, recuerdo la película, vista hace una porrada de años pero de esas que te dejan algo, la interpretación de Bogart y bueno el chirriante (como tu dices) maniqueismo pero es una película para volver a ver.
Eres bastante malo, con las películas que nunca he visto y nos pones por las narices estas otras... que dan ganas de volver a ver

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