viernes, 25 de enero de 2008

DOBLE VIDA (A DOUBLE LIFE; U.S.A., 1947)


Teatro, lo tuyo es puro teatro... eso cantaba la Lupe, con su “rajo” tan peculiar, y tan sobrecogedor, a un amante despegado; y eso podría cantarle –aun cuando fuera en otro contexto y con otro sentido, pero con la misma fuerza- al protagonista de A double life, un retrato preciso, y precioso, de cuán fácilmente se puede llegar a traspasar –con consecuencias funestas, trágicas- esa tenue línea que separa realidad y ficción, ambas tan sumamente permeables y confundibles: basta, para traspasarla, la presión del perfeccionismo y la vocación de absorber al personaje –y dejarse absorber por él-; y un beso, un puro y simple beso...

Punteada por una banda sonora magistral, a cargo del mítico Miklos Roszá, la doble trama en paralelo –la real y la teatral, ambas con evidentes concomitancias, cómo no...- se desarrolla pausadamente, con un ritmo tan medido como los movimientos de la cámara, como la introducción de contrapuntos cómicos, o como el planteamiento de la subtrama de intriga. Todo un auténtico prodigio de suavidad, de ausencia de sobresaltos, en la que la mano de Cukor se diluye, desaparece, cual azucarillo en el agua, totalmente instrumental a la historia: ésa –dicen los cánones- ha de ser la impronta del maestro...

Capítulo especial merecen, entre las interpretaciones –y sin por ello restar mérito a la de Signe Hasso, la partenaire sueca del protagonista, sobria, elegante y plena de encanto; o a la de Edmond O’Brien, ese segundón en la sombra, agazapado sin posibilidad de redención (su único consuelo se lo proporcionará su perspicacia), porque la chica nunca es para un “suplente” enamorado: esto es el Hollywood clásico...-, dos, en particular: la del protagonista, Ronald Colman, que, en la cúspide de su madurez –y en una de sus últimas interpretaciones, la que le habría de valer un Oscar al mejor actor-, encarna a un doble personaje, real-ficticio (Anthony John-Othello), moviéndose entre ambos con brillantez y soltura, y, fiel exponente de adónde se puede llegar cuando el actor se sumerge en el personaje sin tasa ni medida (algo que teme tanto como quiere, y es en esa contradicción donde radica el mayor foco de tensión de la historia), difuminando las fronteras que habrían de separarlos a través de un tormento siempre latente; y la de una jovencísima (veinticinco años a la sazón), chispeante y deslumbrante Shelley Winters, que da vida a una chica casquivana y tontuela, que termina convirtiéndose en instrumento de la tragedia, y que, con sólo dos apariciones puntuales a lo largo del film, consigue un impacto realmente memorable.

Si alguna objeción cabe hacer a la película, quizá pudiera ser la del excesivo número de secuencias dedicadas a la representación teatral, bastantes más de las que serían estrictamente indispensables para introducir la misma en el contexto de la trama “real”. Y que en una película que, en buena medida, gira sobre el mundo del teatro y sus repercusiones, haya teatro, tiene su punto de lógica (tan de cajón como que, en un musical, haya números musicales); pero no es menos cierto que ese exceso al que apunto puede provocar, en algún momento, el efecto perverso de que se pierda en demasía la tensión narrativa, al constituir tales secuencias un excurso sobre el desarrollo de la historia, que llega a desviarnos del enfoque adecuado de la misma.

En cualquier caso, tal apreciación, tan subjetiva como cualquier otra, no empaña una valoración global muy positiva sobre este film de teatro, que no teatral, digno exponente de unas formas y unos contenidos cuyo autor y época nos quedan ya (y no se vea en esto ningún ánimo mitificador, o, al menos, así no lo quisiera) tan, tan lejanos...

2 comentarios:

Josep dijo...

Amigo Manuel, de un pelo no coincidimos, bien lo supondrás.

Magnífica reseña la tuya de una de las películas más densas y dramáticas de Cukor, basada en la excelente labor de un matrimonio de guionistas de verdadero lujo, Garson Kanin y Ruth Gordon (ella a su vez buena actriz, como lo demostró en Rosemary's Baby), que volvieron a encontrarse en la excelente comedia Adam's Ribb.

Ronald Colman hace un trabajo soberbio y creo que ése defecto que tu le hallas de exceso de escenas puramente teatrales nos permite comprobar la amplitud de su registro, con lo cual deviene en virtud.

Gracias por tu comentario: ya la tengo dando saltos en su estantería, tratando de adelantarse en la fila de las "por revisar".

Un fuerte abrazo y buen fin de semana.

Manuel Márquez dijo...

Muchas gracias, compa Josep, por tus cariñosas y elogiosas palabras. Nada hay más lisonjero para una crítica (y, por ende, claro, para su autor) que la "satisfacción del deber cumplido" (es decir, haber despertado la curiosidad del lector por el objeto criticado, poco más o menos...).

Un abrazo, y buen fin de semana.

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