miércoles, 31 de diciembre de 2008

El clarinete de Woody Allen (Varietés artísticas y culturales XIV)


En estos últimos días, la prensa generalista de nuestro país se hace eco con profusión de la gira que está realizando por varias ciudades españolas, el “clarinetista” estadounidense Woody Allen, acompañado de su banda, la New Orleans Jazz Band. Un éxito rotundo y sin paliativo alguno, si nos atenemos a los llenos de “no hay billetes” con que el ilustre “instrumentista” está despachando sus actuaciones, tanto las ya realizadas como las próximamente previstas. ¿Comprensible? Eso ya es harina de otro costal.

Soy un rendido admirador del director de cine (sin comillas) Woody Allen; admiración que no se ha atemperado por el hecho, evidente y más que resaltado por la práctica totalidad de la crítica cinematográfica mundial —en una apreciación que comparto plenamente—, de que sus últimos productos están, en una apreciación global, bastante lejos de los niveles de calidad exhibidos en su filmografía precedente (algo, por otro lado, bastante lógico, si tenemos en cuenta que este judío neoyorquino es uno de los autores más prolíficos del mundo del cine actual, y no es fácil mantener el listón en un punto de excelencia cuando se manufactura tal cantidad de películas). No obstante, pienso que estos films aún siguen mostrando un talento narrativo y una vis cómica que está bastante por encima de la media y, además, tampoco cabe desdeñar la nada baladí circunstancia de que Allen sigue siendo el mejor director de películas de Woody Allen del mundo (y no se trata ni de un chiste fácil ni de un juego de palabras: si se hiciera un listado de los directores que, en estos últimos treinta años, han intentado, con desigual fortuna, hacer películas de Woody Allen, la relación ocuparía un buen puñado de megabytes de la IMDB...).

Lo que no puedo, de ninguna de las maneras, es trasladar esa admiración, y su consiguiente interés, de manera automática, a su actividad como músico; y no termino de entender —especialmente, si se tiene en cuenta que, a juicio de los entendidos en la materia, el señor Allen no es ningún virtuoso del clarinete, sino más bien un poco más que discreto intérprete del mismo— el que haya tanta gente que así la extienda, o traslade, si no es bajo la consideración de una notabilísima carga de esnobismo intelectual: tanta, como para estar dispuesto a pagar el precio de una entrada (a precios, además, astronómicos, todo hay que decirlo; da toda la impresión de que el señor Allen y su banda manejan un caché que poco que tiene que ver con sus calidades musicales, tema que, por cierto, daría para muy muchas y otras disquisiciones...) por asistir a un espectáculo que, obvio resulta, ofrece bastante más interés por su componente anecdótico que por su relevancia artística.

Supongo que seguiré yendo a ver los próximos estrenos cinematográficos de este miope septuagenario (y ojalá que sean muchos, tantos como los del bueno de Manoel de Oliveira...) con todo mi interés y entusiasmo, aun siendo consciente de que las posibilidades de decepción han crecido peligrosamente con el transcurrir de su carrera. Pero, en materia musical, prefiero a los profesionales del ramo: sus nombres son de menos relumbrón, pero, a buen seguro, ofrecen espectáculos bastante más consistentes. Eso sí, no se llaman Woody Allen...

lunes, 29 de diciembre de 2008

Flame y Citron (Flamen & Citronen; Dinamarca, 2008) (El cine que viene X)

Lars von Trier y su Dogma han alcanzado, en estas dos últimas décadas, tal fuerza expansiva como etiquetas identificativas del cine danés que han conseguido algo a mi parecer tan contraproducente como provocar que cualquier título que se nos ofrece proveniente de ese país, nos remita, a priori, a un producto cinefilo y de corte digamos que “rarito”. Y no siempre, ni necesariamente, es así; de hecho, y aun cuando sea el cine danés uno de los de origen europeo que menos volumen de estrenos alcanza en nuestro país (en un contexto global de números raquíticos, todo hay que decirlo), los que nos llegan no suelen venir dotados de ese marchamo. Y ése es el caso, por ejemplo, de esta película que gozará del honor de ser una de las siete que abrirá la cartelera española del próximo año 2009, “Flame y Citron”, una intriga a caballo entre lo criminal y lo político, con fuertes tintes dramáticos —por añadidura—, situada en un entorno histórico (el de la Dinamarca ocupada por los nazis) con una fuerte carga emocional implícita y que no cesa de constituir un referente siempre atractivo para el cine europeo de todas las latitudes (hay heridas que no cierran tan fácilmente…).



Vista en el pasado Festival de Valladolid, “Flame y Citron” nos ofrecerá, a buen seguro, un producto bastante serio, bien trazado desde el punto de vista dramático, con una ambientación y un tratamiento formal de solvencia contrastada (no en balde, el hecho de que se trate de la producción más cara de la historia del cine danés debe tener un reflejo claro en ese capítulo) y unas profundidades a la hora de escarbar en los recovecos de las motivaciones humanas bastante superiores a las que el cine comercial usamericano que se suele enseñorear de nuestras pantallas, con muy contadas excepciones, no nos tiene acostumbrados. ¿Serán ésos mimbres suficientes para armar un cesto consistente? Habrá que verlo en la pantalla, pero si tenemos en cuenta precedentes recientes, hay motivos para la esperanza: en Dinamarca, hay celuloide más allá del amigo Lars y sus correligionarios (baste recordar esa excepcional película que pudimos ver en nuestro país el pasado año, “Después de la boda”, con la que comparte a uno de sus protagonistas, Mads Mikkelsen —el “gemelo danés” de Viggo Mortensen, por cierto…—), y éste debería ser un buen botón de muestra. Ojalá que así sea. Y feliz 2009…

En la imagen: Fotograma de “Flame y Citron” - Copyright © 2008 Nimbus Rights II, Sirena Film, Studio Babelsberg, Wüste Filmproduktion, OC Film, Duckling AS, Mainstream, Kameraudlejningen y 4½. Distribuida en España por Alta Classics. Todos los derechos reservados.

martes, 23 de diciembre de 2008

David Beckham, el círculo se cierra (Pasión furgolera X)


Manchester-Madrid-Los Ángeles-Milán. Un periplo más que significativo, al que la capital italiana de la moda (un lugar en el que su ínclita esposa podrá exhibir a destajo su condición de icono mundial del buen gusto y la elegancia -?-) puede poner un punto y final más que apropiado para el perfil del personaje que nos ocupa. ¿Fin de un periplo, fin de una época? Pudiera ser... Los vientos que soplan, de una gelidez asustante en lo que respecta al rubro económico, pueden terminar barriendo de los cielos furgolísticos esos cúmulos (de dólares, de euros) que furgolistas cuyo nivel de calidad apenas hubiera dado, años atrás, para ganarse la vida dignamente, han llegado a acumular, con la connivencia de cadenas de televisión cegadas por el oropel de la publicidad inagotable y la alegría desenfrenada de magnates instalados en la borrachera perpetua que les facilitaban sus estratosféricas fortunas, y poner punto final a un frenesí en el que, en más de una ocasión, ha primado lo anecdótico, lo suntuoso, lo accesorio, sobre lo esencial. Quizá no estará tan mal que vuelva el furgol al furgol...

La diestra de Beckham, ese guante de seda con el que nos ha deleitado cada vez que ha tenido a bien -y le han dejado- exhibir sus bondades, las de un toque mágico a la par que contundente, se trata, muy probablemente, de un aval con cuyo único concurso cualquier otro furgolista apenas hubiera podido alcanzar el estatus de jugador de nivel medio, destinado a jugar el papel de complemento vistoso en equipos con posibles, o de revulsivo de partidos complicados, de ésos en que sólo una jugada a balón parado puede desatascar las espesuras y trabazones a que el exceso de tensión termina llevando. Pero, en el caso de Beckham, nunca fueron sus calidades furgolísticas, tan innegables como limitadas, las que le han llevado a la posición que actualmente ocupa, sino su conversión en símbolo popstar y multimedia, en imagen retroalimentada a base de un exhibicionismo convertido en empeño profesional, en marcador y definidor de tendencias montado en un carrusel de cambio continuo: el Dios de las mil y una pantallas, poco más o menos...

¿Va a haber sitio en ese furgol necesariamente más austero que está por llegar, para figuras del corte de David Beckham? No hay icono sin glamour, y el glamour y las estrecheces económicas jamás hicieron buenas migas, ni siquiera regulares. Por otro lado, cabe esperar que el fundamento del negocio de los grandes clubes retorne a ese ámbito del que, quizá, nunca debería haber salido, y que es el de la “venta” de su producto originario y definitorio: el buen furgol, y, como corolario del mismo, las victorias y los títulos. Xavi, Iniesta, Messi o Eto'o (que, por otro lado, tampoco hacen su trabajo por “amor al arte”...) jamás venderían, ni en el más descabalado de los sueños de un director de marketing, tantas camisetas con el número 23 como, no hace tanto, vendió, en su periplo madridista, el rubio astro inglés. Pero, bajo la batuta de un Pep Guardiola que se ha destapado como un enamorado de las esencias del juego este de la pelotita de cuero -algo que se sospechaba, pero que conmueve ver confirmado sobre el tapete verde...-, hacen que en Barcelona, además de traerles sin cuidado lo del olor a ajo, disfruten del furgol entendido como deleite artístico. Y de eso es de lo que se trata, ¿no...?

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Hugo Chávez, ¿y quién es él? (A salto de mata XLI)

Y A QUÉ DEDICA EL TIEMPO LIBRE, CLARO....-

"Yo ya no soy yo". Lo dijo, y se quedó tan tranquilo. Pero, ¿quién es él...?

Puede gustar, más o menos, tanto en sus fondos como en su formas, pero a nadie, o a casi nadie, deja indiferente un personaje político como el venezolano Hugo Chávez. Aclamado, por algunos, como el paladín -el último- de las causas izquierdistas, revolucionarias y de progreso mundiales, confrontado a los poderes del gran capital y sus demonios derivados -con olor a azufre,o similar-; vilipendiado, por otros (probablemente, bastantes más), como un bufón vanidoso e histriónico, pagado de sí mismo y carente del más mínimo tacto o sentido de la medida. Probablemente, ni lo uno ni lo otro, sino una extraña (pero altamente inflamable) mezcla de ambas “sustancias”, cuyos misterios alcanzan la misma profundidad insondable que altura cobran las muy distorsionadas (por parciales) imágenes que de él transmiten los grandes medios de comunicación del mundo occidental (y rico, claro).

De sus dotes para el exceso verbal y la desmesura en sus modos de actuar, no debería caber la más mínima duda; no en balde, y sin necesidad de que los medios poco afines se ceben en ellas, él mismo se regodea en exhibirlas sin el más mínimo tapujo, haciendo de las mismas un identificativo de marca, con el que cabe suponer que pretende un acercamiento a esas masas populares que le apoyan y de las que él se pregona como defensor a ultranza. Y es difícil que una exteriorización tan marcada de determinados atributos de gobierno no termine convirtiendo a los mismos en elemento que identifica en su integridad al personaje: si eso es algo que afecta, por un imperativo natural, a cualquier personaje político (a quien siempre, o habitualmente, se enjuicia por su dimensión pública y por aquella parte de su gestión que se desarrolla bajo luz y taquígrafos; más raramente en base a su trabajo en la sombra, y alejado de los focos, pese a que éste constituye, en pura lógica, el grueso de su desempeño), en el caso de Chávez, el fenómeno alcanza dimensiones rotundas, y deriva en que su caracterización payasesca y, por tanto, fácilmente ridiculizable, impregne toda su figura.

Pero abrigo yo mis muy serias dudas sobre qué clase de personaje se esconde tras esa caricaturesca fachada; cuál es la línea de pensamiento político que alumbra y guía su trayectoria, más allá de un discurso político explícitamente incendiario en lo verbal, pero mucho más comedido en la línea de los hechos; cuáles son sus objetivos de fondo, de más largo alcance y a más largo plazo; bajo qué estrategias se mueve y, en función de las mismas, cuáles son sus alianzas internacionales previsibles (más allá de fotos y barquitos jugando a las maniobras navales en la costa venezolana); con qué alternativas se maneja, si es que lo hace, ante una perspectiva económica incierta, y muy complicada, en la medida en que la bajada del precio del petróleo convierta sus arcas en un hotel de lujo para telarañas con posibles. De todo eso, más allá de tópicos y lugares comunes, los medios me cuentan muy poco; y, francamente, no espero ninguna llamada telefónica del señor Chávez para contármelo. Al menos, en estos próximos días...

El cant dels ocells (España, 2008) (El cine que viene IX)

No sé hasta qué punto será bueno (o no) para un cineasta que los gurús máximos de la secta “gafapasta” (o sea, los miembros del comité encargado de seleccionar las películas que se exhiben en el festival de Cannes) te consagren como uno de los elegidos. El caso es que a Albert Serra le ha “tocado la china” y, después de que su opera prima, “Honor de caballería”, se presentara el pasado 2006 en el marco de ese festival, y, a partir de ahí, iniciara un exitoso (y entiéndase el término en el contexto que impone un cine como el de este director; o sea, que no estamos hablando de Batman, ni de Indiana Jones, ni de la última de Jim Carrey…) periplo por numerosos festivales internacionales, su nueva entrega, “El cant dels ocells”, que llega esta semana a nuestras pantallas (lo de “nuestras” hace alusión, lógicamente, a un concepto tan amplio de la “nostredad” como para hacer de Madrid y Barcelona ciudades de todos…), también viene precedida de ese “brillito” que otorga su presencia en el festival cinematográfico de mayor caché del mundo, después de la cual también ha podido ser presenciada en un buen número de eventos de este tipo, donde su acogida ha sido, a tenor de lo que hemos podido rastrear en la prensa generalista, bastante desigual.



Está claro que el cine de Serra no es apto para todo tipo de públicos, y que su propuesta visual y narrativa es bastante ardua; árida, más bien. No es un cine destinado a reventar taquillas, y cualquiera que se acerque al mismo, incluso desde una predisposición positiva, necesita ir muy mentalizado acerca de la radicalidad de lo que se va a encontrar en pantalla. Sí, ésta es la historia de los Reyes Magos, que van a adorar al niño; o sea, una historia mil veces contada y filmada. Pero lo único de lo que cabe tener completa seguridad es de que la visión que este francotirador con cámara nos va a ofrecer de la misma va a ser cualquier cosa menos convencional; más bien al contrario, lo que veamos podrá ser mejor o peor, pero, en todo caso, va a ser sorprendente. Y, quién sabe si superados esos primeros bostezos (reacción que podríamos calificar de natural ante esas imágenes morosas, casi inmóviles, en un blanco y negro profundo que nos cuentan poco, y tan poco a poco…), no podremos alcanzar una cierta especie de nirvana. No se lo aseguro, amigo lector, pero no sería la primera vez.

En la imagen: Fotograma de “El cant dels ocells” - Copyright © 2008 Eddie Saeta y Andergraun Films. Distribuida en España por Sagrera. Todos los derechos reservados.

viernes, 12 de diciembre de 2008

¿Hasta cuándo juguetos y juguetas...? (A salto de mata XL)

ARMAS (PUBLICITARIAS) DE DESTRUCCIÓN MASIVA (DE LA IGUALDAD).-

Si hay un terreno de avance social en el que, aunque todavía queda mucho por hacer, creo que se han producido mejoras sustanciales en estos últimos años, es en el de la igualdad de género. Y no me refiero a aspectos cosméticos, o formales (como el del malhadado “-os” y “-as” con el que parecemos empeñarnos en hacer de la comunicación verbal un ejercicio diabólicamente engorroso), sino a aspectos sustanciales, en los que, de la mano de una política firme y decidida de impulso a cargo de buena parte de los poderes públicos, se han alcanzado posiciones y situaciones que hace algún tiempo hubieran resultado impensables: acceso a puestos de responsabilidad política, incorporación al mercado laboral, incremento de la cualificación educativa y académica; en cualquiera de estos capítulos, aun cuando se dista de haber alcanzado un status que pueda calificarse de plenamente satisfactorio, causa vértigo comparar cómo están las cosas a día de hoy respecto a cómo estaban hace sólo diez ó quince años (periodo que, en perspectiva histórica y como rezaba el viejo tango, no es nada, o casi nada...).

Profundizar y avanzar en esa dirección, que es la correcta, y por la que aún queda mucho camino que recorrer, requiere una acción decidida en muchos ámbitos; pero si hay uno especialmente importante, por lo sensible y efectivo que resulta, es el ámbito educativo. No me cabe duda alguna de que ahí, en ese terreno, se está trabajando duro, y se están consiguiendo avances significativos, poniendo picas en territorios desde los que lo conquistado, por suerte, difícilmente podrá tener marcha atrás. Pero todo ese trabajo, callado, diario, se ve torpedeado de manera inmisericorde por el demoledor efecto de la publicidad televisiva destinada al público infantil: un auténtico “territorio comanche”, ante el que cualquier observador mínimamente sensibilizado puede sentirse “teletransportado” (nunca mejor dicho...) a un mundo extinto, ubicado temporalmente veinticinco ó treinta años atrás. ¿Estamos condenados a asistir, impasibles, a un festival de juguetería sexista, en el que cualquier atisbo de ruptura de las barreras entre géneros queda laminado de manera arrolladora?

Así es, o así lo parece, sin que parezca haber muchas armas para oponerse a ello (las compañías jugueteras se dedican a vender juguetes, no a hacer pedagogía social) y sin que quepa apreciar grandes (ni pequeñas) diferencias entre medios en función de su titularidad (privada o pública). Y de esa manera, la madeja que pacientemente se teje en colegios e institutos a lo largo de la semana, queda totalmente deshilachada y hecha añicos en cualquiera de esas “sesiones de electroshock” publicitario a que las cadenas televisivas someten a ésos que, en un futuro, han de hacer efectivas esas pautas de igualdad contra cuyo más elemental respeto atenta la práctica totalidad de anuncios que son emitidos por las mismas. No sé si las administraciones públicas competentes tienen algún margen de maniobra para desfacer tal entuerto, pero, si así fuera, urge la adopción de medidas. En beneficio de todos. Y de todas.

Winx Club, el secreto del reino perdido (Winx Club, il segreto del regno perduto; Italia, 2007) (El cine que viene VIII)

Lo de las franquicias de animación que incursionan en el largo hace tiempo que dejó de ser noticia, dada la frecuencia y habitualidad con la que el fenómeno se produce. Si a eso le añadimos la concurrencia de una circunstancia tan propicia para estrenos de este corte como es la de las fechas navideñas (ya saben, vacaciones, tiempo libre, bolsillo flojo —pese a los embates de la crisis…— y demás…), tenemos todos los ingredientes para que llegue a las pantallas de nuestro país una de estas (una más; no olvidemos que el aluvión ahora es de órdago) de dibujitos televisivos, aunque, en este caso, quizá su particularidad más destacada sea la de su origen —no en balde, se trata de una producción italiana, y ya sabemos que no es mucho el cine, no sólo de animación, que nos llega con ese marchamo—. El título en cuestión es “Winx Club, el secreto del reino perdido”, un largo del cual podemos esperar, si no originalidad (ya desde el título parece claro que no será la inventiva el elemento más identificativo del mismo) aquello que un público fiel siempre espera en este tipo de productos.


¿Qué, exactamente? Pues, por encima de todo, fidelidad a su referente creativo —o sea, a la serie de televisión, y todos sus derivados (videojuegos, revistas, etc.)— y, más allá de eso, poco más; las referencias argumentales remiten a ese mundo de magia, hadas, príncipes y encantamientos que, teñido con un estética inequívocamente “barbieana” (y, dadas las exigencias del formato, alargado en el tiempo hasta poder alcanzar las poco menos de hora y media —que es la duración del film—), caracteriza a esta serie de animación. Como opción de entretenimiento, una alternativa tan respetable como cualquier otra; como producto cinematográfico, una pieza de interés bastante limitado, en la medida en que, si tenemos en cuenta que la industria de animación del país transalpino no goza de un caché comparable al de las grandes potencias cinematográficas en esa rama (por encima de todas, Estados Unidos y Japón, obviamente), no cabe esperar que sean muchos los espectadores que, sin ser seguidores de la serie, se animen a acercarse a una propuesta como ésta. Pero no se preocupen, amigos lectores; ni es la primera, insisto, ni será la última; pueden esperar tranquilamente a la suya, que todo llega…

En la imagen: Fotograma de “Winx Club, el secreto del reino perdido” - Copyright © 2007 Rainbow Spa y Rai Fiction. Distribuida en España por Filmax. Todos los derechos reservados.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Los peces rojos (España, 1955) (Grageas de cine LXII)

CINE ESPAÑOL DE MUCHOS QUILATES.-

Resulta increíble comprobar, cómo, a veces (desgraciadamente, sólo a veces), hay flores capaces de germinar en las más áridas parameras, en terrenos que cualquiera podría calificar de absolutamente imposibles. Pocos territorios más desoladores que el del cine españoL (la cultura española, en general, para ser más exactos) de los años cincuenta del pasado siglo, por obvios motivos que a nadie se escapan y de los que, por una cuestión de simple economía expositiva (y no de falta de ganas, que conste…), omitiré detalles. Y aún así, qué maravilloso resulta comprobar que, entre tanta patochada infame y tanto subproducto folklorizante, es posible capturar un destello luminoso, una pieza de enjundia, una obra de Cine, con mayúsculas. Como, por ejemplo, “Los peces rojos”, de José Antonio Nieves Conde. Una película a contracorriente, un film que no guarda relación alguna, ni temática ni tonal, con el cine imperante en su tiempo y su lugar. Una pequeña joya, sin la más mínima duda, y que, en justicia, debería tener un mayor reconocimiento de aquel de que goza actualmente —derivado del hecho de tratarse de un pieza poco conocida, y que no ha tenido la difusión que merecería, en los foros adecuados—. Valgan estas líneas como una especie de “comienzo de la tarea de reparación”.


Porque, al fin y al cabo, estamos ante una película en la que se mezclan sabia y equilibradamente drama y suspense, en el marco de una trama compleja e inteligente, que, además, está tratada, desde el punto de vista formal, bajo un esquema narrativo bastante audaz, con saltos espacio-temporales continuos (en una evidente demostración de que tales modos no fueron una invención, ni muchísimo menos, del celebradísimo director mexicano Alejandro González Iñárritu) y una vivacidad que queda también refrendada por lo ajustado del metraje —que apenas alcanza los noventa minutos—. Si a eso añadimos las más que aceptables interpretaciones de sus dos protagonistas (Arturo de Córdova, en un papel de atormentado y desorientado hombre que, en el otoño de su vida, intenta aferrarse al último carro de la pasión —personaje en el que cabe ver alguna resonancia de ese deslumbrante celoso patológico que hiciera para Buñuel en “Él”—; y Emma Penella, una actriz de tres al cuarto que tiene muy claro que su futura solvencia no le vendrá dada por sus logros en las tablas teatrales), hemos de concluir en que estamos ante un film admirable, y que habría de contribuir, en buena suma, a una valoración más justa, en perspectiva histórica, de nuestro cine.

Como en casa en ningún sitio (Four Christmases; U.S.A., 2008) (El cine que viene VII)

¿Tiene la Navidad alguna utilidad conocida? No lo sé, pero tengo la completa seguridad de que si le trasladan esta pregunta a los pergeñadores de las típicas comedias navideñas hollywoodienses, les van a contestar, amigos lectores, que sí: hay que dar salida al género… Dentro de esa “política comercial”, llegará pronto a nuestras pantallas la enésima muestra de la modalidad, “Como en casa en ningún sitio”, una de enredos familiares que, aun sin contar con un reparto tan campanillero como los de las celebérrimas “Los padres de él” y “Los padres de ella”que podrían ser dos referentes argumentales bastante cercanos, si prescindimos del aditamento navideño—, sí que exhibe un elenco más que estimable, encabezado por dos primeras figuras del establishment cómico más reciente de la talla de Vince Vaughn y Reese Witherspoon, a los que secundan un conjunto de secundarios de auténtico lujo (ver en el cartel nombres como John Voight, Sissy Spaceck, Jon Favreau, Mary Steenburgen o Robert Duvall produce una extraña sensación —y dejémoslo ahí, en extraña, no me pidan más precisiones…—).





Lo que quepa esperar de un producto como éste, dirigido por Seth Gordon —realizador del que no contamos con referencias mayormente destacables, más allá de sus precedentes como director de fotografía y algunos films de corte menor dirigidos con anterioridad a éste—, puede entrar en cualquier terreno menos en el de lo sorprendente. Y es que ni siquiera la constancia en los créditos de un total de ¡¡¡hasta cuatro guionistas!!! garantiza que nos vayamos a encontrar con una serie de gags y diálogos especialmente afortunados o que vayan a aportar algo novedoso a lo mil veces visto y oído en pantalla cuando de un producto de este corte se trata. ¿Y si estoy equivocado? Pues mejor para el espectador, en cuyo beneficio irá mi error de “cálculo estimatorio”. El que, a buen seguro, no se va a equivocar, será el cajero del cine: bastará con que su marcha en taquilla sea similar a la experimentada en su estreno estadounidense —que se remonta a hace varias semanas— para que sus desvelos se ven más que compensados. Algunas cosas, evidentemente, sí que no fallan nunca, o casi nunca…

En la imagen: Fotograma de “Como en casa en ningún sitio” - Copyright © 2008 New Line Cinema, Spyglass Entertainment, Birnbaum/Barber Productions, Wild West Picture Show y Type A Films. Distribuida en España por TriPictures. Todos los derechos reservados.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Dos polis en apuros (Bon cop, bad cop; Canadá, 2006) (El cine que viene VI)

Aunque se puede afirmar categóricamente que no inventó el subgénero, a nadie se escapa que la serie de entregas de “Arma letal” fue la que dio plena carta de naturaleza a las de “parejas de polis”, dotándolas de un perfil caracterizado, fundamentalmente, por una combinación de acción y comedia, en diferentes dosis (a gusto de promotor y público potencial, como no podía ser de otra manera…), y una influencia decisiva para la bondad de la “mezcla” de la química desplegada por los dos intérpretes protagonistas (la falta de ésta suele degenerar, de manera fatal, en fiasco garantizado). Partiendo de tales bases y premisas, no han dejado de llegar con regularidad absoluta a las pantallas de todo el mundo más y más propuestas en esa línea, con tan desigual calidad como fortuna. Esta semana, llega, y con bastante retraso respecto a su fecha de estreno en su país de origen, Canadá (un país del que tampoco, todo hay que decirlo, nos llegan demasiados films…), el enésimo ejemplar: “Dos polis en apuros” (su título original tampoco era una dechado de originalidad —Poli bueno, poli malo—, pero el adjudicado para su distribución en España roza, una vez más, las previsiones de las leyes penales vigentes…).





Como mandan los cánones del (sub)género, aquí se han llevado hasta lo paroxístico los contrastes de personalidad y carácter —elemento fundamental sobre el que basar las líneas cómicas de la trama— entre los dos compañeros de andanzas, llegando, incluso, hasta la utilización del factor idiomático como una pieza más de contraposición; o sea, nada nuevo bajo el sol, si nos atenemos a los mil y un precedentes a los que ya se aludía arriba. En este caso, al menos, nos quedará el “consuelo de originalidad” de que los dos actores protagonistas, aun cuando no se pueda decir, tampoco, que se trate de dos perfectos desconocidos (Colm Feore y Patrick Huard), sí que están bastante poco desgastados por presencias previas en nuestra cartelera. ¿Suficiente para reeditar un éxito del calibre del obtenido en su país de origen? Complicado, si tenemos en cuenta que el film batió todos los records habidos y por haber en tierras canadienses. Eso sí, cabe esperar que no le falte el apoyo de un público siempre expectante y presto a dar buena acogida a ofertas de este tenor. Del viernes en adelante, eso sí…

En la imagen: Fotograma de “Dos polis en apuros” - Copyright © 2006 Park Ex Pictures. Distribuida en España por Eurocine Films. Todos los derechos reservados.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Casa de juegos (House of games; U.S.A., 1987) (Grageas de cine LXI)

Antes de su debú tras la cámara, David Mamet ya era un prestigioso autor teatral -uno de los más celebrados del firmamento estadounidense-, así como firmante de numerosos guiones puestos en imágenes por otros directores (El cartero siempre llama dos veces, o Veredicto final, entre otros) que le habían ayudado a labrarse una más que sólida reputación el mundillo del cine. Debido a ello, su debú, con “Casa de juegos”, en el ya algo lejano 1987, no resultó tan sorprendente como hubiera sido el caso de cualquier otro debutante carente de tales credenciales, de cuya opera prima hubiera cabido esperar un resultado menos cuajado y consistente: Mamet demostró en este su primer film que su capacidad, ya acreditada, para urdir tramas no por densas, menos fluidas, y, además, dotadas de un sentido de la progresión narrativa muy acusado, era también trasladable a unos modos en la realización que se movían en esas mismas coordenadas, y, por otro lado, se ajustaban como un guante a la mano a una historia cuyo perfil de género y tema pedían un tratamiento de ese tipo para dar sus mejores resultados.



”Casa de juegos” es un thriller de suspense que se desarrolla con la misma suavidad con la que una media de seda se puede deslizar muslo abajo, cuando tanto la media como el muslo están bien preparados para ello. En este caso, tanto el guión, brillante tanto en diálogos como en situaciones de trama, como su puesta en imágenes, llevada a cabo con un ritmo pausado, casi hasta moroso por momentos, y un tratamiento fotográfico de exquisita elegancia (tanto en día como en noche), consiguen ese ajuste, lo cual, unido a un magnífico trabajo de un elenco de intérpretes que, no por poco conocidos para el gran público, dejan de alcanzar un nivel excelente en su desempeño (con mención especial para la protagonista, Lindsay Crouse, así como para un deslumbrante Joe Mantegna), termina ofreciendo, como resultado definitivo, un película redonda, impropia de un debú, como ya arriba se apuntaba. A lo largo de su carrera, extensa aunque no demasiado prolífica, Mamet ha vuelto a incidir en estas mismas pautas en numerosos títulos; pero siempre restará, como hito señero, el de este film elegante y magnético. Altamente disfrutable, se lo aseguro.

Corazones rebeldes (Young@heart; Gran Bretaña, 2007) (El cine que viene V)


Parece que un elemento que ayuda decisivamente a que una película consiga su estreno comercial en nuestro país, aunque sea con una difusión limitada, es su presencia en los festivales patrios. De esa forma, nos encontramos esta semana con varios estrenos que se atienen a esta pauta, y, entre ellos, el de una propuesta curiosa y llamativa: “Corazones rebeldes”, un documental británico, firmado por un director ducho en las lides del género, aunque en su vertiente televisiva, y que se centra en la experiencia de un colectivo bastante sorprendente, como es el de un grupo de abueletes -y lo de abueletes no se trata de ninguna metáfora: estamos hablando de gente cuya edad oscila entre los 75 y los 92 años- dedicado al rock potente. ¿Enternecedor, verdad...? Pues sí, tanto como infrecuente, incluso en estos tiempos en que cierta tendencia a la sacralización del “ocio juvenil” de los mayores -con permiso de la crisis económica- ha tomado plena carta de naturaleza en las sociedades occidentales. Pero todo tiene un límite, y no es lo mismo ver a un grupo de abuelos dedicado a la noble y sana práctica del baile de salón, que a versionar en plan cañero temas legendarios de los Ramones, los Clash o los Rolling Stones. Palabras mayores (dicho sea sin segundas intenciones...).



Los riesgos de que una propuesta de este cariz termine degenerando en una conmiserativa y ternurista mirada sobre el fenómeno (si la mano encargada de dosificar la melaza no anda con pulso muy firme) ya son bien, y desgraciadamente, conocidos: habrá que ver, pues, qué tal se ha manejado al respecto el señor Stephen Walker, y si ha sido capaz de conjurar con habilidad y eficacia tales peligros, para ubicar la propuesta en su justo punto medio. No crean, amigos lectores, que resulta tan fácil: es muy tenue la línea que separa lo simpático de lo ñoño, lo sensible de lo sensiblero, y cuando uno se mueve por territorios fronterizos, no es complicado cruzar la línea, incluso sin pretenderlo. En cualquier caso, y más allá de tales consideraciones, la película no deja de tener su atractivo, a priori, y, a buen seguro, despertará el interés de un público relativamente numeroso y de espectro bastante amplio, presto a disfrutar con las evoluciones de tan marchosa “troupe” y, muy especialmente, proyectando sobre ella esa especie de”envidia de futuro”, a caballo entre lo admirativo y lo mezquino, que solemos desplegar sobre los ancianos cuando éstos gozan de buena salud (aquello del “ya firmaba yo estar así con esos años”...). Ya saben: el rock'n'roll, medicina santa...

En la imagen: Fotograma de "Corazones rebeldes" - Copyright © 2007 Walker George Films. Distribuida en España por Alta Classics. Todos los derechos reservados.

martes, 2 de diciembre de 2008

Buscando un beso a medianoche (In search of a midnight kiss; U.S.A., 2007) (El cine que viene IV)

AINS, EL AMOR...

El cine indie “usamericano” —que alcanzó, posiblemente, su punto de apogeo máximo recientemente, con el considerable éxito de “Juno”— sigue destilando, sin prisa, pero sin pausa, títulos que, de vez en cuando, aparecen por nuestras pantallas y se hacen un hueco, aunque sea limitado (bajo número de copias). Esta semana llega, bajo tal etiqueta, un film como “Buscando un beso a medianoche”, carente de la más mínima credencial identificativa en lo que respecta a sus referentes de cartel (ni los nombres de su director, Alex Holdridge, y sus protagonistas, Scoot McNairy, Sara Simmonds y Brian McGuire, creo que le suenen ni al más conspicuo “gafapasta”), y con el único aval de haber podido ser vista recientemente en nuestro país, con carácter previo a su estreno en salas comerciales, al haber sido la cinta que clausuró el Festival de Cine de Gijón. ¿Suficiente para atraer la atención de un volumen de público significativo, aun bajo la premisa de que éste no es, ni muchísimo menos, un blockbuster? Habrá que verlo sobre el “terreno”, pero, salvo sorpresa de grueso calibre, no cabe abrigar grandes esperanzas sobre el particular.





Y puede que se trate de una lástima. Porque, más allá de cuán cuesta arriba se pueda hacer para un amplio sector de aficionados al cine el afrontar el visionado de un film en blanco y negro (un detalle nada baladí, en tanto en cuanto ya marca claramente por dónde van las intenciones estilísticas del autor) y de corte inequívocamente intimista (sus líneas argumentales básicas, de quien el propio Holdridge ha confesado claramente sus tintes autobiográficos, nos remiten de manera inmediata a títulos como los de esa dupla de culto —“Antes del amanecer” y “Antes del atardecer”— firmada por Richard Linklater), no sería la primera ocasión en que, detrás de una apariencia más o menos flojita, se esconde una auténtica joya, uno de esos films menores que, con el paso del tiempo, van cobrando cuerpo y entidad, especialmente en la memoria sentimental de sus seguidores, hasta hacerse un hueco ahí, al lado de “Casablanca” y similares. ¿Exagerado? Pues sí, pero, ¿quién sabe…?

En la imagen: Fotograma de “Buscando un beso a medianoche” - Copyright © 2007 Midnight Kiss Productions. Distribuida en España por Sherlock Films. Todos los derechos reservados.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Obama C.F. (A salto de mata XXXIX)


¿Un equipo de Champions...?

Más que un equipo, un kit de supervivencia, dada la entidad y gravedad de los problemas que ha de abordar de forma urgente e inmediata. Los medios nacionales e internacionales van dando cuenta, de manera pausada pero continua, de la incorporación de nuevos efectivos a las distintas áreas de gestión de la futura administración estadounidense, ésos que van a constituir el equipo del nuevo presidente. Nombres sobre los cuales, más allá de un reducidísimo círculo de especialistas, doctos en la materia, no tenemos en nuestro país la más mínima referencia (algo sobre lo cual tampoco habría que asustarse ni preocuparse: ¿alguno de ustedes, amigos lectores, sabía hace sólo un año y medio, de la existencia de un joven, apuesto y prometedor senador por Ilinois que atendía al nombre de Barack Obama?), pero sobre los cuales los medios de su país de origen proporcionan amplia y nutrida información (cabe suponer que más o menos fiable), ofreciéndonos, en general y hasta ahora, una perspectiva bastante positiva en cuanto a las bondades que de sus capacidades de gestión cabe esperar. Magnífica noticia, creánme.

No voy a criticar a Barack Obama: no creo, en conciencia, que pudiera hacerlo con el más mínimo fundamento, aunque, eso sí, mantengo la convicción de que, políticamente, se trata de un “melón por abrir” (dicho sea lo de melón sin el más ánimo peyorativo, pese a que me constan las connotaciones de burricie y estulticia que han solido ir asociadas a esa metáfora del melón en nuestra habla común). El problema, probablemente, es que ha despertado tales expectativas sobre una base conceptual tan intangible, que el listón se ha situado en un nivel muy difícil de alcanzar. Y, evidentemente, por una cuestión de mera lógica del ejercicio de la actividad política, es absolutamente imposible conseguirlo en base a las meras cualidades personales del “protagonista de la peli”. Barack Obama -aunque no lo parezca oyendo las desaforadas alabanzas (rayanas en el papanatismo) de numerosos actores de la vida pública (y no sólo políticos, que conste), en nuestro país y fuera de él- es sólo un ser humano; revestido, eso sí, de grandes cualidades y dotado, no lo dudo, de valiosos méritos, pero un ser humano. Ni más, ni menos.

En tiempos difíciles -y éstos, francamente, creo que lo son-, siempre tranquiliza la existencia de un liderazgo personal fuerte, un faro que guíe e ilumine el mejor camino a seguir (o, en el peor de los casos, el menos malo...). Barack Obama, dado su carisma y su brillo personal, puede aportar eso, sin ningún género de dudas. Pero él solo, bajando a la arena de los problemas tangibles y concretos, no podrá arreglar nada. Él y su equipo, aun con todas las dificultades y obstáculos previsibles, sí que podrán. ¿Obvio? Si, quizá. Pero ya saben, amigos lectores, cuán necesario resulta muchas veces -parece mentira...- insistir en lo obvio. Que la fuerza y el talento les acompañen: buena falta les van a hacer.

Bolt (U.S.A., 2008) (El cine que viene III)

Como el turrón del anuncio —ése que, todos los años, vuelve a casa por Navidad…—, también la factoría de animación Disney, ajena a cualquier viento de crisis, contratiempo o dificultad, nos trae su imprescindible estreno destinado a la cartelera navideña (o prenavideña, que nunca está muy claro dónde encuadrar, en materia de temporada cinematográfica, un film de este corte en este tiempo). En este caso, se trata de “Bolt”, una cinta de aspecto tan simpático como intrascendente, destinada, obviamente, a un público infantil y, por extensión “logística”, familiar, y que, aparte de una más que generosa taquilla (muchos “guolestrises” tendrían que hundirse antes de que un film de Disney se estrellara comercialmente, y más en estas fechas), nos ofrecerá un ratito (poco más de hora y media) de entretenimiento y diversión de la más absoluta blancura y sin el más mínimo doblez, a cargo de un perrito resalado y pinturero (cuyo nombre da título a la película), que viene a resultar una especie de Buzz Lightyear —las coincidencias argumentales con las líneas maestras del personaje son más que evidentes— “animalizado” y trasladado a un Nueva York frenético y de alto riesgo, en el que tendrá que desplegar sus inevitables calvario (intermedio) y triunfo (final). Como debe ser, claro…



La película, cuya versión original cuenta con el importante señuelo de John Travolta como voz de su protagonista —en España, por esta vez, parece que nos libraremos de esta reciente y funesta moda del “doblaje del famoso”, que se ha enseñoreado del cine de animación cual plaga bíblica…—, no tiene nada que ver, al menos en lo que de ella hemos podido apreciar, vía trailers e informaciones varias, con propuestas bastante más arriesgadas, tanto en lo formal como en lo temático, provenientes de la cada vez más numerosa y exigente competencia que a la franquicia del tío Walt le ha salido en los últimos años, y que ha entendido, a las mil maravillas, que no tiene mucho sentido hacer films de animación exclusivamente para críos, cuando, con un pelín más de enjundia en los argumentos, también puedes enganchar a sus padres. Pero parece bastante claro que, a ese respecto, en Disney tienen las ideas muy claras, y ya hace tiempo que adjudicaron a su socios de Píxar todos los “negociados” que guardan relación con conceptos tales como creatividad y reflexión. Eso que un tal Alan Smith ya formulara hace algunos siglos como “división del trabajo”. ¿Les suena…?

En la imagen: Fotograma de “Bolt” - Copyright © 2008 Walt Disney Pictures. Distribuida en España por Walt Disney Studios Motion Pictures Spain. Todos los derechos reservados.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Bienvenido a la casa de muñecas (Wellcome to the dollhouse; U.S.A., 1995) (Grageas de cine LX)

AMERICAN NO BEAUTY.-

Si hay una película que, en la última decada, ha sido saludada como el gran “fresco” acerca del “lado oscuro” del sueño americano, ésa no es otra que “American beauty”, la opera prima de Sam Mendes. No voy a negarle sus indiscutibles méritos a ese retrato ácido y mordaz que, a través del impagable personaje de Lester Burnham (encarnado —además, con la brillantez a que nos tiene acostumbrados— por Kevin Spacey), hace el autor teatral estadounidense de esa clase media encantada de haberse conocido a sí misma (y a sus innumerables miserias morales); pero si he de quedarme con un retrato probablemente mucho más corrosivo y despiadado de ese mismo objeto de referencia —sin que ello implique, por otro lado, que se trate de una película de menos calidad, que no lo es—, me quedo con “Bienvenido a la casa de muñecas”, un torpedo por cortesía de “casa Solondz” destinado (directamente, y sin pasar por la casilla de salida...) a la línea de flotación, de ese hermoso “american way of life”, tan placentero y lustroso en su capa más superficial, como corrompido y áspero a medida que se va rascando y profundizando en sus interioridades.





El vehículo con el que Todd Solondz nos da ese hermoso paseo por las esencias “usamericanas” lo conduce Dawn Wiener, una preadolescente feucha y desubicada (interpretada por una desconcertante Heather Matarazzo; qué hallazgo...) que condensa, en sus miedos, incertidumbres y embelesamientos, todo el catalogo emocional de su generación y su mundo. No es difícil de comprender , teniendo en cuenta las altas dosis de hostilidad —y de estulticia— que percibe a su alrededor, en los dos ámbitos básicos de su entorno, el familiar y el escolar, que sus reacciones siempre se muevan a caballo entre la exasperación y el desespero; ella, al fin y al cabo, con todas sus inseguridades y apajolamientos, no deja de ser una chica tierna y sensible, y así se nos muestra y se nos hace querer. En esas coordenadas, de choque y constraste permanentes, se desarrolla una de esas tramas estáticas, en las que prima el retrato sobre el movimiento, y en las que poco hay que desenlazar, dado que nada (concreto) se ha planteado. Pero, eso sí, la fotografía que, en definitiva, termina mostrando Solondz, he de confesar que asusta un poco. ¿Bienvenidos? ¿De verdad...?

miércoles, 19 de noviembre de 2008

El cine que viene: Quantum of solace (Grageas de cine LIX)

A Bond, James Bond, le cabe el nada desdeñable honor de ser el personaje de ficción sobre el que se funda la primera saga cinematográfica nacida con vocación de tal. La cuestión, llegados a estas alturas, tiene bastante mérito, si tenemos en cuenta que pocos mundos se ven más sometidos a la celeridad en el cambio y la mudanza en los gustos que el del cine, y, en este caso que nos ocupa, estamos hablando de una serie de films de acción que está a punto de alcanzar los veinticinco títulos (éste que ahora se estrena en España, “Quantum of solace”, es, si la memoria no me falla, el número veintitrés) y se halla cercana a cumplir la cincuentena (de años), a lo largo de los cuales, y con sus inevitables altibajos, siempre ha mantenido un nivel de popularidad más que notable. Casi nada. En todo caso, los films de Bond siempre son un señuelo infalible para la taquilla, y sobre el que llega este viernes a nuestras pantallas, cabe abrigar pocas dudas a ese respecto: arrasará con la misma contundencia con la que el legendario espía al servicio de su graciosa majestad acaba con sus múltiples y siniestros enemigos.



Las referencias que se han ido haciendo públicas acerca de “Quantum of solace”, nos hablan de una película emocionalmente más compleja, y con más claroscuros y aristas de las que hasta ahora venían siendo habituales en una saga marcada por unas señas de identidad moral muy definida, basadas en un maniqueísmo sin fisuras y poco dadas a sofisticaciones ni ambigüedades. En este señuelo “intelectualoide”, que se inauguró con la saga Matrix, y que ha sido llevado hasta lo paroxístico con un film reciente como “El caballero oscuro”, siempre me ha parecido ver más un afán de expandir el público objetivo de este tipo de productos más allá de sus “confines naturales” (seguidores del género de acción/aventuras) y de ganarse el favor de una crítica bastante prejuiciosa hacia obras de este perfil, que un fundamento real y cierto. Pero, a fin de no incurrir en aquello de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio, no seré yo quien albergue, en este momento, prejuicios sobre el particular: ya veremos si las nuevas andanzas de 007 nos aportan, o no, algo más que esa sobrecogedora pirotecnia visual que se ha hecho “marca de la casa”. Algunos, eso sí, tampoco le vamos a exigir nada más…

En la imagen: Fotograma de “Quantum of solace” - Copyright © 2008 EON Productions, Danjaq, Metro-Goldwyn-Mayer, United Artists Corporation y Columbia Pictures. Fotos por Karen Ballard. Distribuida en España por Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados.

martes, 18 de noviembre de 2008

LAS HERMANAS MUNEKATA (MUNEKATA KYOUDAI; JAPÓN, 1950)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Debido a la grave enfermedad de su anciano padre, Setsuko y Mariko Munekata marchan a vivir juntas a la ciudad donde éste reside. Setsuko –una mujer apegada a las tradiciones- está casada con Mimura, un hombre amargado por su incapacidad para encontrar un trabajo, y que le hace la vida imposible, pese a lo cual ella aguanta la situación resignada y calladamente. Mariko –más joven, rebelde y desprejuiciada-, mientras tanto, flirtea con Hiroshi, un antiguo novio de Setsuko, intentando con ello acercar de nuevo a éste y a su hermana. Cuando Mimura fallece en un lamentable accidente, las posibilidades de que Setsuko e Hiroshi retomen su antigua relación resurgen de manera inesperada.

RESEÑA CRÍTICA.-

No siempre resulta fácil, ni gratificante de manera inmediata, el sumergirse en cinematografías lejanas culturalmente a la nuestra, o a aquellas con las que podamos estar más familiarizados (y, en este caso, obviamente, me refiero a la estadounidense). Más allá de las identidades básicas que impone el lenguaje fílmico, son muchos los elementos de forma y contenido que dificultan su asimilación, pero si hay casos en que la satisfacción que nos puede reportar el esfuerzo hace que éste merezca realmente la pena, uno de ellos sería, sin duda alguna, el de esta subyugante –pese a no estar catalogada como una de las mejores- película de ese venerable maestro que es Yasujiro Ozu.

Son muchos los aspectos verdaderamente sorprendentes en estas película, y de los que se desprende una poética tan sutil como cautivadora, muy alejada de los usos y maneras de otras formas más habituales de hacer cine: el cuidado compositivo de los planos, dotados casi siempre de una simetría y profundidad que, lejos de cualquier rigidez, los hace graciles y atractivos; la quietud de la cámara, siempre fija (sólo hay tres planos en todo el film en los que se producen movimientos –travellings-, y son tan lentos que resultan casi imperceptibles), con la única utilización, como elemento de movilidad, de los desplazamientos de los personajes (qué gran paradoja: el cine, el arte de la imagen en movimiento, descompuesto en una sucesión de fotos fijas); los planos de transición, a base de imágenes de paisajes urbanos, que juegan el papel de los fundidos. En definitiva, todo un compendio de pequeñas delicatessen, merecedoras de una degustación muy, muy sosegada.

Porque, inevitablemente, con tales mimbres no nos podemos encontrar ante una película “rápida”, sino, más bien al contrario, con aquello que el tópico más manido suele calificar como película “lenta”. Sensación engañosa, desde luego: no se trata de lentitud, sino de modulación del ritmo narrativo a la voluntad del autor de desplegar su historia sin unas prisas de las cuales no existe necesidad alguna. ¿Por qué hemos de correr, cuando las imágenes que se nos ofrecen son de una enorme belleza plástica, y no por ello la narración pierde fluidez alguna? Una mera cuestión de fijación de un tempo muy alejado de los cánones occidentales.

También las interpretaciones se ajustan a pautas y modos completamente diferentes a los que estamos habituados a contemplar: rostros tremendamente expresivos en los primeros planos, contados y muy cortos en duración, y movimientos pausados, con desplazamientos muy ajustados, teniendo en cuenta –recuérdese la observación que se hacía dos párrafos atrás- que constituyen, habitualmente, el único elemento de movilidad en el plano. Todos los intérpretes apuntan muy alto en cuanto al nivel de su trabajo, y destacar a las dos actrices principales (las hermanas del título) sólo obedecería a que su presencia se hace más intensa, y, por tanto, sus opciones de brillo son mayores; en cualquier caso, sus prestaciones son de un magnífico nivel, y suponen un auténtico hallazgo, muy especialmente en el caso de Hideko Takamine, una Mariko que, con un descaro de corte tierno e inocente, nos ofrece una muchachita plena de frescura y encanto. Toda una lástima, por otro lado, el no poder haber disfrutado del visionado de la película en versión original: el doblaje, a buen seguro, priva de un elemento de disfrute y valoración incuestionable a la hora de enjuiciar estas interpretaciones.


Y, para finalizar, algunos pequeños apuntes sobre la historia que nos cuenta Ozu: una trama mínima, ligera, y que pivota sobre el juego de contrastes en la forma de ser y actuar de las dos hermanas, como referentes significativos de dos épocas, dos mentalidades, en un momento de fractura histórica, el de esa posguerra en que Japón vive sumida, plena de dudas e indecisiones, y debatiéndose duramente entre el respeto por una tradición asentada en principios rígidos e inamovibles desde siglos atrás (esa rigidez es la que atenaza a Setsuko, y la que la hace segura, pero profundamente infeliz) y el volcado hacia una modernidad rebelde y rompedora, ma non troppo (ese es el norte de Mariko, inconformista y deseosa de ver cambios a su alrededor). Fenomenal ejemplo de cómo se puede trascender hacia un plano de interés general lo que, en apariencia, parece ser una simple historia de connotaciones exclusivamente personales (si es que eso cabe en algún caso de manera plena).

Si hay –entre otras muchas- una circunstancia por la que cabe alegrarse enormente de la eclosión del soporte DVD como vehículo de difusión cinematográfica, es por la posibilidad que está brindando de acercarse a producciones de este corte. No pierdan la oportunidad, porque, a buen seguro, salvadas posibles reticencias iniciales, el deleite contemplativo lo tienen más que garantizado. Palabra de ecléctico, amén...

El cine que nos viene: Amateurs (Grageas de cine LVIII)

UNA HISTORIA ÍNTIMA Y MÍNIMA.-

El drama intimista de tintes sociales, ése que combina peripecias personales más o menos desgarradas con un retrato de sus referentes vitales de entorno con cierta intencionalidad crítica, no es un género que se le dé nada mal al cine español; más bien al contrario, numerosos serían los ejemplos que podríamos mencionar de films que, en años recientes, han alcanzado un reconocimiento bastante estimable tanto de público como de crítica, moviéndose en esas coordenadas creativas: baste recordar, entre los más señeros, y sin ánimo de exhaustividad —la lista podría hacerse extensísima— títulos como “Solas”, “Héctor” o “Princesas”. En esa línea parece que cabe inscribir, sin temor a equivocarse, la última película del director salmantino Gabriel Velázquez, que arriba este viernes a las pantallas de nuestros cines, “Amateurs”: una de esas “historias mínimas” que arranca en el contacto que se entabla entre dos personajes, marginales y un tanto atrabiliarios, entre los que parece haber más puntos de desencuentro que de coincidencia –los contrastes abarcan la práctica totalidad de sus señas de identidad-, pero a los que sus respectivas circunstancias vitales obligan a una confluencia no deseada pero inevitable, a partir de la cual se desarrollará una relación sobre la que se vertebrará toda la trama.





Habrá que ver si el pulso narrativo de Velázquez le ha permitido, a partir de tales premisas argumentales, armar un guión solvente y llevarlo a la pantalla con agilidad y consistencia: no es difícil, en películas de tal corte, embarrancar ante obstáculos que cualquiera bien puede imaginar (tedio, abuso del lugar común o énfasis excesivo en lo escabroso, como más habituales). Pero, en principio, tanto sus antecedentes —en especial, su anterior film, codirigido con Chema de la Peña, “Sud express”—, como el contar con una pareja de protagonistas muy atractiva (tanto por el fuerte contraste que marcan sus referentes físicos como por el hecho de tratarse de dos rostros inéditos en nuestro cine), invitan al optimismo. Buena falta le hace a un cine como el nuestro, que, a estas alturas del año, y pese a acumular un importante número de títulos estrenados (como viene siendo pauta normal en temporadas precedentes), exhibe unos números de taquilla francamente pobres —crisis sobre crisis…—. Y aunque no sean títulos de este perfil los más indicados, a priori, para ese tan necesario “engorde”, tampoco están de más: nunca se sabe dónde puede saltar la sopresa. A esperar y ver…

En la imagen: Fotograma de “Amateurs” - Copyright © 2008 Escorado Producción. Distribuida en España por Karma Films. Todos los derechos reservados.

lunes, 17 de noviembre de 2008

La bella Segolène (A salto de mata XXXVII)


Que la política se ha convertido, en estos últimos años, en un ejercicio de exhibición fundamentalmente mediática, es una afirmación que debería levantar escasa (por no decir que nula) controversia; lo que sí podría dar pie a mucho mayor margen de elucubración y duda es la aplicación a tal fenómeno de ese "mecanismo de análisis" que hace alusión al huevo y a la gallina. ¿Es la política, con esa vis expansiva, de omnipresencia, que sus actores necesitan para la obtención de sus objetivos, la que se ha adueñado de los medios? ¿O son los medios los que, ávidos de un producto -uno más- con el que subyugar a un público siempre presto a fagocitar todo aquello que le echen a las fauces, exprime la ubre política, convirtiéndola en un espectáculo más -no muy diferenciable, por cierto, de otros con mucha menos enjundia-?

No lo sé. Pero sea como fuere, lo que sí parece, también, fuera de toda duda, es que esa "entente" da pie a determinadas pautas, tendencias y exigencias. Por ejemplo, la necesidad de que el político de fuste, con pretensiones, transmita una imagen físicamente atractiva; eso que comúnmente se conoce como una buena "percha". Si se cuenta con un buen envoltorio, y dado lo irrelevante del "relleno" (que, en cualquier caso, siempre puede ser proporcionado por un equipo preparado y solvente de expertos en marketing y venta), el aspirante al poder ya tiene mucho terreno ganado. Y en esas anda, como un ejemplo bastante significativo, y muy apropiado para ilustrar este aserto, la bella Segolène.

Los detractores de Segolène Royal suelen acusarla de un discurso políticamente vacuo, y de una indefinición ideológica que hace prácticamente imposible ubicarla en un punto determinado del espectro político (con independencia del que debería marcar su pertenencia formal a un partido en concreto, como es el socialista francés; otro problema sería el de si este partido tiene alguna concreción programática que lo haga ubicable en algún lugar, que parece ser que no...).Bien, ¿conocen ustedes, amigos lectores, algún líder político de cierto relieve del que no sea predicable, en mayor o menor grado, tal circunstancia? Y habrán de convenir conmigo en que, en lo que se refiere a glamour y elegancia -sin que sea fácil precisar cuánto puede haber en ello de soporte natural, y cuánto de trabajo concienzudo-, no hay color.

Perdió unas elecciones presidenciales a lo largo de cuya campaña se subrayó, hasta la extenuación, la cuestión de hasta qué punto su condición de mujer no le había supuesto un obstáculo insalvable (aunque también hubo quien pensó, exactamente, lo contrario; que ése fue un elemento que, desde una óptica victimista, la candidata supo explotar sibilina y sabiamente); y las perdió frente a un enemigo cuya verdadera talla (y aquí también hay que incidir en que la perspectiva es básicamente mediática) no se podía, en ese momento, ni siquiera vislumbrar, como era el ciclón "Sarko-man". Pero ahí está de nuevo, dando la batalla interna en su partido, y presta, sin duda alguna, a volver a intentarlo, llegado el momento. Y ahí están, impertérritas, esa sonrisa brillante y esa presencia grácil y magnética; a mí se me aparecen en sueños agradables, pero ¿a quién podría sorprender que aparecieran en las pesadillas nocturnas de Carla Bruni? Ni al mismísimo Sarkozy, supongo.

¿De proyectos y programas? Hablamos otro día. En una cumbre de ésas...

martes, 11 de noviembre de 2008

Humphrey Bogart, todo un tipo (Grageas de cine LVIII)


La del actor “condenado” a “hacer de sí mismo” una y otra vez —bien por vocación propia, bien por exigencias de la industria; en la mayoría de los casos, por una extraña e inconsciente mescolanza de ambas circunstancias— no es una historia nueva ni reciente (no afecta, por tanto, en exclusiva a “primadonas” recientes, como Robert de Niro o Jack Nicholson). Ya desde los albores del nuevo arte, y muy especialmente a raíz de la consolidación del “star system” hollywoodiense, se convirtió en un fenómeno habitual el hecho de que un intérprete que hubiera encadenado varios éxitos comerciales representando papeles en un registro determinado, se viera en la tesitura de tener que moverse en coordenadas muy similares (cuando no exactamente iguales) en sus films sucesivos. ¿Un ejemplo claro —uno, entre tantos y tantos…—? Humphrey Bogart.

En definitiva, ¿no es su Steve Moore de “Tener y no tener”, una revisitación –bastante poco disimulada, por cierto- de su inmortal creación del Rick de “Casablanca”, llevada a la pantalla tan solo dos años antes? Nuevamente, nos encontramos —y, además, actuando sobre premisas argumentales plagadas de coincidencias— con el antihéroe maduro y desencantado, con un puntito amargo de escepticismo sardónico y de vuelta de todo (o casi todo), al que, no obstante, una bondad ineludible (imposible de sepultar bajo capa alguna de fingida dureza) le impele a obrar de una manera determinada (obviamente, al servicio de la causa moralmente justa). O sea, Bogart en estado químicamente puro: sin demasiados aditivos chulescos (como los que derrochara en sus encarnaciones marlowianas), enloquecidos (como los del Fred C. Dobbs de “El tesoro de Sierra Madre”) o reblandecidos (ésos que nos ofrece en su trabajo como Charlie Allnut en “La reina de África”). Como aquel de la cerveza, todo un tipo. Grande, muy grande, enorme.

jueves, 6 de noviembre de 2008

Nuevos tiempos (A salto de mata XXXVI)


Leía hace algunos días, en Radiocable.com, un artículo referido a un reciente estudio que informaba de la existencia de un total de dos millones de blogs en España. El número ofrece, a priori, una apariencia absolutamente desorbitada, y supongo que admite numerosos y serios matices, después de cuya aplicación la cifra realmente digna de tener en consideración, más allá del dato puramente nominal, quedaría en una dimensión bastante más baja, pero, aún así, verdaderamente elevada; lo cual, como ya formulara aquel famoso filósofo (¿o era un torero...?), no es ni bueno ni malo, sino todo lo contrario. En todo caso, sí es un dato relevador, y muy significativo, acerca de los vientos que vienen soplando en materia de comunicación y opinión públicas, no sólo en nuestro país, sino en todo el mundo desarrollado.

La existencia de una herramienta tecnológica que posibilita algo que, hasta hace bien poco, era impensable, marca, ineludiblemente, un nuevo tablero de juego: el hecho de que una persona, con una mínima infraestructura material (un ordenador personal y una línea de conexión a Internet) y conocimientos básicos de informática (los justos y necesarios para poder seguir los tutoriales que cualquier servidor proporciona para dar de alta un blog), disponga de una plataforma desde la cual dar a conocer a todo el mundo el fruto escrito de sus reflexiones, es, probablemente, la más impresionante de las revoluciones que jamás pudieran haberse planteado en el ámbito de la comunicación humana. Un banco (además, solvente; algo raro en los tiempos que corren...) con muchas patas, sobre algunas de las cuales merece especialmente la pena detenerse.

Los medios convencionales, y quienes los sostienen, se sienten amenazados. Es lógico y razonable: han perdido el “monopolio de la autopista”; han dejado de ser la única vía para que alguien pueda hacer oír su voz, dar a conocer sus ideas y opiniones. Y ésa es una pérdida muy, muy sustanciosa. Conservan aún, ciertamente, el remanente del prestigio, y la percepción generalizada de que, por disponibilidad de recursos materiales y experiencia profesional acumulada, su posición objetiva, y su capacidad para transmitir información (hechos), aún no puede ser alcanzada por otros mecanismos. Pero también sufren fuertes rémoras en su credibilidad, ancladas en la idea (que siempre existió, pero que, ante la existencia de alternativas, se extiende cada vez más) de que los condicionantes empresariales e ideológicos a que se ven sometidos son un lastre difícil de soslayar. Ecuación contradictoria, incógnitas difíciles de despejar. Y una pata del banco.

Surgen constantemente entre el “bloguerío” más voces autorizadas y merecedoras de interés. Y no me refiero solamente a los “gurús de la blogosfera”, a esos nombres de referencia cuyas reseñas son leídas a diario por miles y miles de seguidores, y que están destinados, por una dinámica lógica de mercado, a terminar desembarcando -cuando no lo están ya- en proyectos más o menos formales y/o profesionalizados. Me refiero a los cada día más numerosos blogueros que, sin antecedentes ni referencias públicas de ningún tipo, con un mínimo de constancia y continuidad, y sin otra pretensión que la de hacer saber, negro sobre blanco, lo que en su magín pergeñan y trajinan sobre los más variados temas y asuntos, se lanzan a esa plaza pública a ofertar su “producto”; producto que , en numerosas ocasiones, resulta altamente atractivo: tanto, como para suscitar la atención de (eso que ahora se suele denominar) un “nicho” de volumen interesante. Y ya se sabe que la suma de muchos nichos pequeños termina generando un nicho voluminoso -además de mermar, por una regla de pura lógica física, el volumen de otros con los que concurre-. Otra pata del banco.

Tendencias y movimientos difícilmente reversibles: circunstancias como las que derivan de la actual crisis económica, pueden generar cierta ralentización, ante la mayor complejidad del escenario, pero no otra cosa. Los que, por querencia natural, tendemos a ver la botella medio llena, estamos convencidos de que el néctar que ha de llenar el resto de la misma, será de sabor y aroma agradables. Intentaremos andar por aquí para contarlo...

martes, 4 de noviembre de 2008

EL PRECIO DEL PODER (SCARFACE; U.S.A., 1983)


AVISO PREVIO: La sinopsis argumental contiene elementos que revelan aspectos trascendentales de la trama (estoy más que harto de que a esto se le llame, en montones de blogs que están escritos EN ESPAÑOL o CASTELLANO, spoilers; ya está bien, ya...).-


SINOPSIS ARGUMENTAL.-


Puerto de Mariel, Cuba, setiembre de 1980. El gobierno de Fidel Castro promulga una amnistía general que vacía las cárceles del país y origina un aluvión de exiliados que se lanzan ansiosos de alcanzar la costa estadounidense y, con ello, su pasaporte a la prosperidad. Bajo el manto de una dudosa condición de refugiados políticos, se cuelan infinidad de delincuentes comunes, y entre ellos está nuestro hombre, Antonio Montana, un ladrón de poca monta que pretende esgrimir su condición de represaliado del régimen para conseguir ese estatus. Cuando está a punto de ser deportado de vuelta a Cuba, a Montana le surge su gran oportunidad: un capo de la disidencia de Miami le encarga un “trabajito” –eliminar a Luis Rebenga, un “traidor a la causa”, que se encuentra en su mismo campo de reclusión-, a cambio del cual le proporcionará los deseados papeles con los cuales poder establecer su residencia allí. Solventada la tarea, Montana comienza a trabajar, junto a su inseparable amigo Many Ray, en un puesto de hamburguesas de baja estofa, pero no es ése su sueño dorado; sus horizontes van mucho más allá, y, para alcanzarlos, no dudará en ir asumiendo trabajos de mayor calado y, naturalmente, mucho más arriesgados. A través de uno de sus matones, es captado por Frank Fernández, un capo menor de la droga, que le encomienda una operación con un grupo de colombianos, de la cual Montana escapará con vida de puro milagro. A partir de ahí, se gana la confianza de Frank, cuyo tren de vida le resulta deslumbrante, y cuya compañera sentimental, Elvira Hancock, una rubia fría y sensual, se convierte en su objetivo inmediato. Éste termina encomendándole los contactos con Alex Sosa, un capo colombiano, y Montana, mucho más ambicioso que su patrón, empieza a montar operaciones a sus espaldas. La reacción no tarda en llegar, y Fernández intenta eliminar a Toni, que vuelve a escapar de manera increíble de una encerrona mortal. Ése es el punto de no retorno: Toni, ciego de odio vengativo, mata a Frank Fernández y se queda con su negocio y con su gatita, todo en el mismo lote. A partir de ahí, su carrera se dispara y Toni Montana se convierte en el capo más poderoso de Florida; pero, mientras que sus negocios marchan viento en popa, su vida personal se desmorona por momentos: su madre le repudia, dolida e indignada por su forma de ganarse la vida; su hermana, Gina, a la que adora de manera enfermiza (y con un ansia de control obsesivo), se mueve entre la fascinación por sus fastos y riquezas y las dudas sobre su moralidad; su mujer, Elvira, es incapaz de darle un hijo (el gran deseo de Montana) y se sumerge en una turbiedad de oropeles y rayas de cocaína cada día más profunda; y él mismo va perdiendo el control de la situación, consumiendo droga de manera compulsiva y abusando de la confianza de todos cuantos le rodean. En ese deslizarse por una pendiente cada vez más acusada, la quiebra no tarda en llegar: Montana es pillado en una “cacería” fiscal, y su posición se tambalea, ante lo cual no tiene otro remedio que recurrir a la ayuda de su amigo Sosa. Pero éste le va a pedir un precio demasiado elevado: tendrá que ayudar a uno de sus sicarios a eliminar a un alto funcionario de Naciones Unidas que está promoviendo una intensa campaña para acorralar a los grandes mercaderes de la droga en su país. La operación se pone en marcha, pero cuando Montana descubre que en el coche que van a hacer explotar a distancia viajan los hijos pequeños del funcionario, se niega en redondo, y no se le ocurre otra salida que la de matar al sicario de Sosa. Es el principio del fin: Sosa no puede consentir un desaire a su autoridad de tal calibre, y Montana tendrá que afrontar unas represalias que no admiten ningún punto intermedio.


RESEÑA CRÍTICA.-

Si hay un personaje cinematográfico que, con toda propiedad, podría haber hecho suya esa legendaria frase de Groucho Marx que afirmaba que, viniendo de la nada, había conseguido alcanzar las más altas cotas de la miseria, ése es Tony Montana, un marielito que, esgrimiendo como únicos avales “su palabra y sus cojones” (Montana dixit...), llegó a convertirse en el rey de la droga de Florida, para terminar masacrado en una orgía de sangre y fuego. Efectivamente, el mundo fue suyo, pero le duró tan, tan poquito...

Eso, no más, es el armazón y sustento de esta libérrima adaptación del mítico film hawksiano de los años 30 pergeñada por el ínclito Brian de Palma: la historia de la ascensión y caída del no menos ínclito Tony Montana, un cúmulo de codicia y testiculina que hace realidad su sueño (me merezco el mundo y todo lo que contiene...), pero que termina arruinándolo, víctima de sus propias paranoias –y, curiosamente, en última instancia, por culpa de su único momento de debilidad-.

Una historia contada con el estilo, y sus muy particulares señas de identidad, que caracteriza, para bien o para mal (quizá, para ambos dos), el cine de De Palma, tan denostado por sus (muchos) fieros detractores como ensalzado por sus (no menos) fieles seguidores. Aquí están, quintaesenciados, su histrionismo, su tremendismo, su efectismo, y quién sabe cuántos “ismos” más...; pero también está el virtuosismo de sus movimientos de cámara, su audacia formal, su sentido del ritmo –un prodigio de agilidad y eficacia: contemplar el reloj al final de la proyección de la película y comprobar que han transcurrido casi tres horas deja verdaderamente estupefacto-.

Y para sustentar esta peripecia atiborrada de violencia –mostrada sin el más mínimo recato visual: y aquí se podrá hablar de excesos, de impudicia o de truculencia, pero jamás de gratuidad; la trama da para eso y mucho más-, se sirve De Palma, básicamente, de dos piezas de inmensa valía: la una en tareas de guionista, y la otra encarnando al protagonista principal del film.

Poco antes de empezar a volcarse a fondo en trabajos de dirección, Oliver Stone firma un guión soberbio: plagado de todo el barroquismo y desmesura que el argumento y el personaje admiten, y desarrollado con una progresión y sentido del ritmo espectaculares. No hay un momento para el respiro, y, salvo esa inmensa elipsis con la cual, en una secuencia de poco más de dos minutos que sigue plenamente los cánones habituales, Montana pasa de su particular “toma de la Bastilla” a su ubicación en la cúspide del negocio (algo a lo que un hombre con tan escasos escrúpulos como él parece destinado de manera casi natural), el resto de la trama se desgrana con todo lujo de detalles y profusión de situaciones. Acierto pleno, pues, en este rubro, y excelente punto de partida.

El segundo bastión del film (no en importancia, sino meramente en orden de enumeración) tiene también nombre y apellido: Al Pacino. Su composición de ese monstruo de ambición y chulería que es el cubanito Montana, es simplemente magistral. Plagada de tics verbales y gestuales, llena de desparpajo pero, a la vez, medida hasta en sus momentos de histrionismo más desatado (y el personaje, en ese aspecto, da de sí una enormidad), la interpretación que tenemos ocasión de contemplar es impresionante, y no deja un solo cabo suelto. A su lado, todo se empequeñece, y el resto de personajes se limitan a orbitar a su alrededor, rindiendo pleitesía al amo absoluto de la función, dueño de todos los planos y epicentro de todas las secuencias.

Puede que, para sus detractores, éste no sea más que un tremendo delirio, imperdonable pecado de soberbia, de ese aprendiz de Hitch que responde al nombre de Brian de Palma; una mera exhibición atropellada e hiperbólica de hemoglobina y tiros con pedigrí. Para los que no lo consideramos como tal, se trata, lisa y llanamente, de una muestra antológica de talento cinematográfico y un tour de force sobre los entresijos de la violencia y la ambición (si es que ambas caben por separado, que igual no...), con la que disfrutar tan intensa como desprejuiciadamente. Que, al fin y al cabo, todos tenemos nuestras debilidades.

domingo, 26 de octubre de 2008

Togados "intogables" (A salto de mata XXXV)


Más alla de lo paradójico que pueda resultar el hecho de que uno de los pilares del orden establecido -rama ley y derecho-, como es el estamento judicial, se dedique al cuestionamiento de dicho orden a través del ejercicio de acciones de protesta más o menos formales, más o menos encubiertas -algo que, en principio, tampoco debería escandalizar: todo individuo o colectivo, desde el respeto al grupo social en que se inserta, tiene derecho a ese cuestionamiento, con independencia de que la ley positiva le otorgue unas u otras herramientas para su ejercicio-, sí que llama la atención -o quizá no tanto; para algunos, ciertamente, no es ninguna sorpresa- que el motivo de esa protesta -cuando es el de la justicia un ámbito de lo público que acumula tantísimos problemas y deficiencias- sea la defensa numantina y en bloque de -valga la cita del afortunado nombre de esta sección....- “uno de los nuestros”.

El conflicto entre poderes, siempre y cuando no desborde unos cauces que puedan poner en riesgo la convivencia pacífica de la sociedad (que es, al fin y a la postre, la que otorga y legitima dichos poderes) es algo democráticamente saludable, en la medida en que, entre otras cosas, demuestra la vitalidad y dinamismo de los órganos que los ejercen. No habría, pues, que rasgarse las vestiduras ni lamentarse lo más mínimo ante la existencia de los mismos; ahora bien, también es un imperativo moral el de analizar si los fundamentos y motivos del conflicto son legítimos, o no. Y, en este caso, al menos en mi modesta opinión, tengo claro que no lo son: lo que el poder judicial está haciendo, o pretendiendo, es un puro y duro ejercicio de eso que, en mi pueblo, y antiguamente, se llamaba corporativismo. Según tengo entendido, tanto en mi pueblo como en el resto del mundo, y a día de hoy, se sigue llamando igual: corporativismo...

Puedo entender el argumento de los jueces acerca de la necesidad de que el juicio de valor político (que se atiene a lógicas y dinámicas propias de su ámbito, más condicionado por la presión social y mediática, por motivos obvios -y afortunadamente-) no se imponga en una materia sobre la que ha de imperar un juicio de valor estricta (o básicamente) jurídico: las sanciones se han de imponer conforme a derecho, y no de acuerdo al clamor social que se pueda haber generado por una concatenación de circunstancias que han hecho derivar de una circunstancia desgraciadamente muy común (como es la del retraso de una tramitación procesal), una tragedia horrenda, como la de Mariluz. Pero todo juez sabe (es su obligación, y me consta que la cumplen) que el artículo 3 del Código Civil (norma, derecho) indica muy claramente la necesidad de que la aplicación de las normas se atenga a la realidad social del tiempo en que se aplican; dado que parte de esa “realidad social” a la que alude la norma, es el “clamor social” al que antes hacía mención, es blanco y en botella que, si bien ese clamor no puede condicionar de manera absoluta y coercitiva la decisión que adopte el Consejo General del Poder Judicial respecto a la sanción al juez Tirado, sí que debe ser tenido en cuenta, so pena de que pretendamos ignorar uno de los principios básicos de nuestro ordenamiento jurídico. ¿O lo que los jueces están pidiendo, me temo, lejos de ser la aplicación estricta del derecho, es un trato sancionador más cercano a la impunidad que a la justicia?

Bueno sería aclararlo. Y otro día, si les parece bien, amigos lectores, hablamos de los auténticos problemas de la justicia: hará falta un servidor de bastante capacidad para alojar los gigabytes necesarios, ténganlo por tristemente seguro...

miércoles, 22 de octubre de 2008

Robert Guédigian: cine social "pata negra" (Grageas de cine LVII)

El mundillo de la crítica y el análisis cinematográfico no es ajeno, más bien al contrario, a esa tendencia universal al encasillamiento y el etiquetado (y sus consiguientes simplificaciones y reduccionismos) que todo lo invade. De esa manera, y a título de ejemplo, el binomio “cine social-Ken Loach”, ha cuajado con tal fuerza, que genera una especie de automatismo mental en la respuesta al planteamiento de cualquiera de sus dos polos (o sea, que basta con mencionar la etiqueta “cine social”, para que pensemos automáticamente en Ken Loach, y viceversa). ¿Problema? En principio, ninguno, salvando el hecho de que olvidamos la existencia de algunos cineastas más que también han centrado su trayectoria autoral en un cine de corte inequívocamente social (incluso, si me apuran, de raíces mas profudas y marcadas en tales territorios que las del propio cine de Loach). Como, por ejemplo, Robert Guédigian. Un director francés cuyas constantes creativas son de una constancia y una fidelidad a temas y formas, rayanas en lo pétreo, para gozo y regocijo de sus seguidores  y desesperación de sus detractores.

Los primeros (en cuyas huestes milito) cuentan con que nunca van a ver defraudadas sus expectativas previas, si éstas radican en el “más de lo mismo”: historias de seres humildes, perdedores —cuando no claramente marginales—, sometidos a avatares difíciles (drogas, desempleo, precariedad laboral, etc…) en un entorno social deprimido (ubicado, por lo demás, siempre en su Marsella natal), y elaboradas con la participación de un equipo técnico y artístico inamovible (encabezado por su compañera sentimental Ariane Ascaride), al que bien podríamos calificar de “comando cinematográfico”. Puede gustar, o no, claro está, pero, como decía aquel, esto es lo que hay —o, al menos, es lo que habido hasta la fecha, si fijamos nuestra mirada en la filmografía completa de este cineasta-. Y esto es lo que ofrece el cine de Guédiguian, elaborado —en un rasgo en el que sí que coincide claramente con Loach— bajo parámetros técnicos y formales de máxima sencillez y mínima sofisticación.

Por el contrario, lo segundos lo tienen fácil para acusar a este marsellés irredento de un inmovilismo y falta de evolución que anquilosan y lastran su obra hasta privarla de cualquier interés, más allá del que coyunturalmente haya podido despertar en ciertos medios más o menos “izquierdosos”: imputaciones difícilmente rebatibles, dado que el propio Guédiguian no sólo las asume, sino que las esgrime con orgullo, en la medida en que ponen de manifiesto la integridad de su vocación de combate y una concepción del cine como arte al servicio de una causa ideológica, que puede, faltaría más, no compartirse, pero que, en todo caso, se debe respetar. También es evidente que se trata de un posicionamiento poco habitual en estos tiempos que corren, en los cuales es moneda común que sobre la asociación entre arte e ideología siempre se cierna la sospechosa sombra del clientelismo, y, desde ese punto de vista, no se le puede negar esa valentía del que nada contra corriente. Que de eso, al fin y al cabo, se trata cuando hablamos de cine social, ¿no…?

lunes, 20 de octubre de 2008

¿Yo también soy islandés? (Mi Buenos Aires querido XII)


Como ya he confesado en alguna ocasión -y creo que demostrado, vista mi incapacidad para contestarme a mí mismo cuestiones no demasiado complejas- mi absoluta ignorancia en materia económica, no creo que sorprenda a nadie con la afirmación de que no entiendo lo más mínimo de lo que está sucediendo en Islandia; en este caso, no obstante, la ignorancia no está reñida con el asombro, dado que, como a la mayoría de los que están abordando desde la prensa -y con mayor conocimiento de causa (o no; llegados a este punto, el escepticismo hace estragos...)- el fenómeno, cuesta trabajo creer que un país como ése (al que todavía, desde España, se sigue asociando, como a todo país nórdico, a la modernidad, el progreso y el avance social por antonomasia -supongo que el prolongado influjo del “mito de las suecas” que subyugó a este nido de catetos del desarrollismo franquista, aún rinde frutos...-) se encuentra en la situación en la que se dice que está. Más o menos. Supongo...

Por otro lado, mi incapacidad de comprender las circunstancias económicas de la situación, no me impide, en contrapartida, entender perfectamente el lado afectivo o emocional de la misma: no me cuesta trabajo pensar en esa mezcla de rabia y angustia, teñida de los más sutiles matices (tantos como las concretas coyunturas personales de cada cual), que ha de embargar a cualquier ciudadano de un país que, hasta hace sólo unos días, vivía una existencia plácida y tranquila, sin la más mínima sombra de nubarrones en el horizonte, y que, de la noche a la mañana (y da igual cuán larga sea la noche...), se encuentra con que se le han caído, literalmente, los palos del sombrajo. Es duro, muy duro, aunque tampoco hay que dejar de ser consciente de que se trata de un país pertrechado de mecanismos y potencialidades suficientes como para hacer de esta situación, por muy complicado que resulte, un episodio coyuntural, y no un desastre estructural: Islandia no es Sudán o Sierra Leona. Más o menos. Supongo...

Y, a partir de ahí, las dudas, las cuestiones: ¿Islandia es una excepción o un paradigma? ¿Sus condicionantes particulares son extrapolables a otras economías del mundo occidental, aunque sólo sea parcialmente? ¿Islandia es la víctima de males externos, o puede ser el verdugo causante de males a otras economías con ella relacionadas -o ambas cosas, más bien-? ¿Islandia tiene futuro, es viable como país soberano, independiente y -más o menos- próspero? Si es usted un experto economista, amigo lector, no me conteste; o, si lo hace, no lo haga en tal condición, sino como liso y llano congénere: me resultará mucho más creíble. Y fiable. Más o menos. Supongo...
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