lunes, 31 de diciembre de 2007

Feliz... lo que corresponda


En estos tiempos en que se han hecho moneda común (y con fundamento) los malos presagios sobre el cambio climático y la influencia sobre el mismo de nuestos hábitos de consumo, me voy a permitir hacerles una recomendación en línea con las proclamas generales sobre la necesidad de un consumo responsable, además de particularmente a tono con las fiestas navideñas que estamos gozando (o padeciendo, eso es algo que dejo al gusto del amigo lector). ¿Un regalo ideal? Regálense el visionado de una película. No genera residuos, no implica acumulación física de objetos en la vivienda –salvo que uno opte por coleccionar compulsivamente pelis en DVD...-, no conlleva ningún tipo de destrozo ecológico, y, afortunadamente, la cantidad y variedad de alternativas de producto disponibles (en géneros, estilos, tendencias, soportes, nacionalidades, etc.) asegura que siempre va a haber algún “ejemplar” que podrá satisfacer plenamente sus gustos y querencias. ¿Hay quién dé más?


Algunos, como somos particularmente codiciosos, nos aplicamos el cuento con especial fruición, y nos hacemos regalos de ese tenor de manera casi constante. Probablemente, sea preferible un consumo más moderado del producto, pero ¿qué quieren que les diga? ¿Cómo privarse de algo tan delicioso –para el cuerpo- y nutritivo –para el espíritu-? Cuesta trabajo, mucho trabajo. Y puede que, en último extremo, cualquier intento al respecto se termine revelando completamente inútil: al final, la cabra tira al monte, y el cinéfago sólo se sacia con la ingesta desaforada de historias en celuloide. De todos modos, no es necesario incurrir en tales excesos para que esta del cine sea una apuesta la mar de estimulante. Prueben, prueben; al fin y al cabo, como lectores de un blog de, entre otras cosas, creo que cine, he de presuponerles una cierta disposición en positivo. Adelante, pues. Y buen cambio de año....


P.S. a mis lectores fieles, muchas gracias, de corazón; a mis lectores esporádicos, anímense y fidelícense; y a quién aquí llegó casualmente, y no le convenció mucho el producto, mis deseos de que su buscador le devuelva algo más de su gusto para la próxima ocasión -zin acritú...-. Feliz 2008.

jueves, 27 de diciembre de 2007

EN CONSTRUCCIÓN (ESPAÑA, 2001)


Pura vida. Ésa era la expresión –coincidente con el título de la primera novela de José María Mendiluce, aunque poca (por no decir ninguna) relación guarda con la misma-que repetidamente acudía a mi cabeza mientras gozaba con la contemplación, fluida y relajante, de las imágenes de En construcción, el penúltimo conejo sacado de la chistera de ese mago, y genial rara avis, que es José Luis Guerín.

Si de zanjar polémicas, más o menos estériles, se trata, empezaremos afirmando, de manera tajante, y sin olvidar en ningún caso que estamos, ciertamente, ante un documental, que En construcción es cine, lisa y llanamente cine. Una película que nos cuenta una historia concreta, con un desarrollo narrativo específico, con sus entresijos, sus personajes y hecha bajo las premisas más elementales del código lingüístico cinematográfico: encuadres, planos, secuencias, montaje ..., todo ello desplegado sobre la base de un guión, tan abierto como requieren las particularidades del género y las circunstancias específicas de este rodaje (realizado a lo largo de un espectro temporal muy amplio, dos años), pero guión, al fin y a la postre. En definitiva, y para concluir sobre este punto, con toda la truculencia que está en la esencia del séptimo arte, por muy reales que sean los materiales con que se construye.

Pero no sólo es cine así, sin mayores calificativos, sino un cine excelente, de muchísimos quilates. Con un equilibrio perfecto en la distribución de sus elementos, tanto visuales (alternando sabiamente el paisaje físico con el “paisaje humano”, en un contrapunto muy medido) como sonoros (una amalgama mágica de voces y ruidos, de una vivacidad extraordinaria, aunque con el lastre, en ocasiones, de la pérdida de su inteligibilidad por mor del sonido directo), su ritmo mantiene una cadencia tranquila, plena de suavidad, y te lleva en una despaciosa progresión que consigue que sus (desusados, desde luego, para el género documental) ciento veinticinco minutos de duración se pasen en un auténtico suspiro. Tampoco podemos olvidar con qué habilidad despliega los juegos de contrastes, tanto de planos –la alternancia de distancias y encuadres es fabulosa, demostrando que la “mano invisible”, cuanto más invisible, más sabia...- como de elementos de contenido, especialmente los personales (cada personaje –y todos y cada uno de ellos, desde el más simpático hasta el más anodino, se muestran con una humanidad, siempre a flor de piel, impresionante...- encuentra siempre su exacto contrapunto).

Obras como En construcción demuestran, una vez más, que entretener a 24 fotogramas por segundo no requiere, necesariamente, de naves especiales, mamporros, suspenses al borde del ataque cardiaco o dramas de lágrima tendida; a veces –desgraciadamente, quizá demasiadas pocas veces...-, las cosas son muchísimo más sencillas que eso... pero, claro está, no todo el mundo tiene la maestría suficiente para ello. Enhorabuena a Guerín, aunque se prodigue tan poco y tan espaciadamente como otros que ostentan idéntica vitola magistral (Érice o Malick); qué se le va a hacer...

jueves, 20 de diciembre de 2007

ITALIANO PARA PRINCIPIANTES (ITALIENSK FOR BEGINDERE; DINAMARCA, 2000)


Si hay algo que nadie le podrá discutir a Lars von Trier, más allá de polémicas sobre poses y calidades, innovaciones y esnobismos, es el de haber conseguido, con su Dogma, fijar la atención de todo el mundo sobre la cinematografía de un país pequeño, como es Dinamarca, abriendo una estela por la que luego han transitado alumnos aventajados (como es el caso de Vinterbergh) o primerizos, como es el caso de Lone Scherfig, autor de una película, Italiano para principiantes, que, sin esos condicionantes, difícilmente hubiera tenido un acceso a los canales, tanto competitivos como comerciales, que le permitieron llegar en su día, incluso, a nuestras pantallas cinematográficas.

Y no porque se trate de una mala película. Lejos de excentricidades temáticas, o de intensidades dramáticas desmedidas, Italiano para principiantes es una película sencilla, sobre gente corriente y moliente, con sus miserias (muchas y variadas) y su grandeza (la de continuar tirando en un día a día que, sin convertirlos en marginales, tampoco los encumbra a ningún pedestal), que se encuentra y desencuentra alrededor de una dependencia municipal a la que acuden para recibir clases de italiano, sin excesivo entusiasmo, buscando más el llenar sus diversos vacíos existenciales que el colmar una inquietud políglota, en alguno de los casos incluso totalmente inexistente. Pero, claro está, lo del italiano no deja de ser un subterfugio, algo instrumental a lo que realmente se pretende contar, que son las historias personales.

Historias que trazan un recorrido nítido, dividiendo la película en dos partes bien diferenciadas: una primera, donde la muerte (tanto la que se plasma en el desarrollo de la trama, visualizada o no, como la que marca la circunstancia de alguno de los personajes), aunque aceptada serenamente, cuenta con una fuerte presencia, tiñendo a la película de tonos sombríos; y una segunda, donde las historias de amor van ganando terreno paulatinamente, y la película se desliza ya, de forma gradual pero inequívoca, hacia un tono de comedia amable, que es el que termina impregnando el desarrollo final de la historia, y el que te hace abandonar la sala reconfortado y con esa sonrisilla que suele imponer tal circunstancia.

Ayuda inestimable para conseguir ese tono es la que prestan las interpretaciones de un reparto coral, joven y homogéneo, rayando a un nivel bastante aceptable, sin altibajos ni diferencias, y ofreciendo una panoplia de rostros nuevos, algo siempre de agradecer cuando uno pretende encontrar referencias más allá, o fuera, de un ámbito tan limitado como el del star-system, juegue éste en el nivel que juegue (americano, europeo, nacional...). Y un auténtica lástima el no poder disfrutar del visionado de una versión en V.O., ya que se pierde un matiz interpretativo fundamental, como es el de las dificultades de los artistas para manejarse con el idioma del italiano, que supongo que dará pie a más de un gag divertido que en el doblaje, lamentablemente, se pierde sin remedio.

Para finalizar, y con el ánimo de no ofrecer menos que buena parte de los DVD que se lanzan al mercado, les propongo, como “extra”, un juego bien sencillo: sean los directores de casting de la versión hollywoodiense de la película, y vayan buscando a los actores y actrices más adecuados para encarnar a los personajes de la historia, el ratito de entretenimiento lo tienen garantizado. Por la puesta en escena, no hay que preocuparse: se deja la cámara quietecita, se ilumina un poquito por aquí y se mete un violín por allá, y asunto resuelto ¿Ven cómo era fácil... ?

martes, 18 de diciembre de 2007

EL SEÑOR DE LOS ANILLOS: LA COMUNIDAD DEL ANILLO (THE LORD OF THE RINGS: THE FELLOWSHIP OF THE RING; U.S.A., 2001)


Un espectáculo fastuoso. No cabe calificar de otra manera lo que, a través de casi tres horas de proyección, uno puede contemplar cuando va al cine a ver El señor de los anillos: la comunidad del anillo. Pero, claro está, de ahí a calificarla como la mejor película de la historia del cine, creo que media un abismo casi tan grande como cualquiera de los que nuestros héroes han de afrontar en su larga travesía iniciática...

Como película de género, es totalmente irreprochable: lo tiene todo. Es entretenida, emocionante, y sus aspectos formales creo que marcarán un antes y un después; nunca hasta ahora se habían visto decorados tan espectaculares (desconozco qué porcentaje de "digitalización" hay en los mismos, supongo que muy elevado, pero no es ése un elemento que deba conllevar una minusvaloración de la película) ni escenas de lucha tan fantásticamente desarrolladas: el episodio que se desarrolla en las minas pone los pelos de punta incluso a aquellos que no somos particularmente amantes del fantástico. Y, aunque yo sigo prefiriendo las aventuras de Indy, por más "rústicas" que resulten, no puedo dejar de reconocer la superioridad técnica de la película de Peter Jackson sobre las de la saga spielbergiana.

Ahora bien, para aquellos no amantes del género fantástico –en general- ni seguidores de la obra de Tolkien –más en concreto; y éste es un punto en el que pierdo mucho margen de valoración, dado que desconozco la obra literaria de base, y supongo que ése es un condicionante fortísimo en este caso particular-, la película no pasará de ser un buen divertimento, cine de extraordinaria factura tecnológica, y no carente de otros valores artísticos (las interpretaciones, por ejemplo, donde podemos disfrutar de la muy buena de Ian McKellen, aunque no me lo parezca tanto la del protagonista, Elijah Wood: ¿esa cara de pasmo y aturdimiento–comprensible hasta cierto punto, dado lo abrumador de su carga "anular"-, la tiene que mantener durante las casi 3 horas de metraje? Me llega a resultar un tanto mecánico...), pero no una obra maestra para colocar en los anaqueles con letras esculpidas en oro.

En fin, que ya reventaron las taquillas, público y crítica se rindieron a sus pies, y ahora ya sólo la queda la "recogida de la cosecha" (esos tropecientos Oscar, y muchos diversos premios más), pero el juicio en perspectiva, ese de dentro de unos años, pues eso, que habrá que esperar, naturalmente...

N. del B.: este texto está datado en fecha muy poco posterior al estreno en salas comerciales de la película, pero pocos retoques me cabrían efectuar sobre el mismo: si acaso, la única salvedad de la constatación de que ese "juicio en perspectiva" comienza a ser muy, muy (¿excesivamente, quizá?) benévolo. Habrá que dejar más tiempo al tiempo...

jueves, 13 de diciembre de 2007

MARTÍN (HACHE) (ESPAÑA-ARGENTINA, 1997)








* Crítica de 'Martín (Hache)' (Argentina/España, 1997), de Adolfo Aristarain, con Juan Diego Botto, Federico Luppi y Cecilia Roth.-

Después del retrato tierno y amable de la condición humana trazado en una película tan maravillosa como Un lugar en el mundo, el director uruguayo Adolfo Aristarain se sumergía de nuevo en el proceloso mar de las relaciones personales, si bien esta vez desde una perspectiva más dura y descarnada –aunque no exenta de un punto de ternura- en este Martín (Hache), protagonizada por un deslumbrante Federico Luppi, cuyo personaje, marcado por la contradicción entre sus ansias de soledad e independencia y su necesidad de sentirse rodeado de sus seres queridos, oscila en un pendulo continuo de afectos y desafectos que marca profundamente la vida de las dos personas más importantes en su vida: su hijo (encarnado por Juan Diego Botto) y su amante (por Cecilia Roth) –ambos en dos interpretaciones igualmente magistrales-. Y su vida propia, por supuesto, que, pretendiendo estar absorta en su vertiente profesional, no puede en ningún momento dejar de atormentarse por ese desgarro.

Martín (Hache) es el exponente típico del cine de palabra, ese cine en el que el guión, sólido y vigoroso, se construye sobre un diálogo torrencial, permanente, en el que los personajes vuelcan lo que sienten, lo que piensan, lo que son, básicamente en l o que dicen. Y l o hace desde una profundidad y una autenticidad tan radicales, que no cabe sino felicitarse ante tan gozoso hallazgo, muy poco habitual en las corrientes imperantes en el cine más reciente, que suele dar, muy frecuentemente, mayor realce a otros elementos tanto narrativos como visuales.

Es este cine que bucea en los entresijos de la condición humana, y que explora el difícil territorio de los sentimientos, exponiendo sin juzgar, y narrando sin absolver ni condenar, el que no sólo nos ofrece una experiencia estética valiosa, sino que, además, nos hace ser, cuando terminamos de ver la película, un poquito mejores...

miércoles, 12 de diciembre de 2007

A salto de mata XXVIII: apuntes monárquicos



Es difícil, francamente difícil, encontrar en los medios de comunicación de seguimiento masivo –es decir, aquellos que, verdaderamente, crean opinión, porque llegan a, e influyen sobre, un volumen de personas lo suficientemente elevado como para poder hablar de ello-, artículos de opinión (valga la redundancia...) capaces de aportar perspectivas insólitas, diferentes o, en alguna medida, alejadas de LA doctrina. Y no estoy refiriéndome a la inexistencia de posicionamientos subversivos o revolucionarios, que tampoco se trata de eso; no, me refiero a lo que es algo mucho más sangrante, como es la práctica imposibilidad de hallar, cuando se tratan determinados temas, discursos que se alejen de las proclamas autorizadas por los jefes de la tribu.

Por eso me sorprendió tanto, y tan agradablemente, el encontrarme este artículo (sí, sí, ese mismo que pueden leer ustedes pinchando en este enlace). Su autor: Santos Juliá, historiador renombrado y de prestigio. El medio en que se publicó: El País, diario de mayor difusión de nuestro idem. Y su tema: la monarquía, o, para ser más exactos, Juan Carlos I y la afectación a su dimensión e imagen públicas de recientes eventos más o menos pintorescos que, por estar aún en la memoria de todos, creo que no es necesario recordar. Como pueden comprobar, en el caso de los dos primeros, dos firmas bastante poco sospechosas de pretensiones incendiarias; y en cuanto al tercero, tema tabú por excelencia (ejem, en minúsculas...) en nuestro país desde hace, aproximadamente, unos treinta y dos años (los cuarenta anteriores, durante los cuales también lo fue, no cuentan, por motivos obvios: temas tabú lo eran todos, sin excepción, salvo el descomunal tamaño de las piezas de caza y pesca que cobraba ese ¿señor? que ustedes ya saben...).

El artículo en cuestión, sin constituir ninguna diatriba antimonárquica, desde luego (al menos, no es ésa una posible intención subyacente que le haya podido detectar), sí que contiene una fuerte carga crítica acerca de la institución de la corona y de la persona que actualmente la ostenta y encarna, carga crítica que, además, se sustenta en, por un lado, informaciones que he de dar por bien documentadas (no crean que eso es algo que haya que dar por supuesto ante el escrito de cualquier historiador) y, por otro, en puntos de vista y opiniones que se alejan de la mirada bovinamente complaciente que se ha solido (y se suele aún) proyectar en España sobre ambas figuras (monarquía y monarca), demostrando que es posible (al menos, lejos de los micrófonos de la COPE) marcar distancias sin tener que recurrir al exabrupto, el insulto y la vocinglería. Un excelente nutriente, en suma, para alimentar el bagaje argumental de todos aquellos que somos republicanos, y a los que, más allá de nuestras convicciones, fundamentadas, en muchas ocasiones (seamos autocríticos, vaya...), en argumentos más emocionales (y difusos) que racionales (e intelectuales), siempre nos viene bien que, desde las “filas del enemigo”, se nos concedan, al menos, y aun sin hacer concesiones explícitas al respecto, ciertas bazas que dejen margen al beneficio de la duda.

Y dado que mi pluma es mucho más pobre (argumentalmente) y más torpe (literariamente) que la del autor del artículo de marras, abreviaré, que ya me vale: sólo me resta felicitar al autor por su excelente artículo (felicidades, señor Juliá...) y recomendarles vivamente que no se priven de la lectura del mismo. Entre tanta hojarasca mediocre y tanto discurso trillado, les puedo asegurar que merece la pena. Y yo, aunque no sea Chávez, ya me callo, ya me callo...

martes, 11 de diciembre de 2007

Metablog XXVII: guapeando, que es gerundio (o lo prometido es deuda)


Una de las constantes que cualquier seguidor habitual de esta sección habrá podido constatar es la de la glosa (generalmente, en términos positivos) de la riqueza y diversidad de los contenidos que pueblan la Red, en general, y , dentro de ella, y más en particular, el mester de bloguería este en el que muchos venimos profesando con mayor o menor fortuna. No es difícil, desde esa perspectiva, el perderse en una infinidad de blogs (cuya dimensión, a estas alturas, empieza a antojárseme más cósmica que terráquea...) que ofrecen material interesante atinente a cualquier materia que pueda constituir objeto de la muy personal curiosidad de cada cual. Yendo aún más allá, hay casos en que dicho material no sólo es interesante, sino que es de una calidad, en términos, sobre todo, didácticos, que llega a resultar sorprendente, agradablemente sorprendente: una demostración de que, si hay gente dispuesta a ofrecer, de manera totalmente altruista y gratuita, saberes de índole tan práctica –y, además, con explicaciones claras y sencillas; es decir, muy aprovechables-, todavía no tenemos por qué perder la fe totalmente en el género humano.

¿Y a qué viene toda esta introducción, se preguntarán ustedes, amigos lectores –además de a la necesidad de dar gusto al natural verborreico de este escribiente...-? Pues a que ha pocos días que tuve la ocasión de conocer, vía el blog de mi buen amigo y compañero Josep (un cinéfilo de pro, cuya bitácora, si son ustedes amantes del séptimo arte, deberían empezar a incorporar a sus agregadores más pronto que tarde: sabiduría y buena pluma se dan, en ocasiones, la mano...), y más concretamente su sección de enlaces, un curioso blog. El escaparate de Rosa. Un escaparate en el que no hay vestidos, ni maniquíes, ni juguetes, ni nada que se le parezca. No. Lo que Rosa nos ofrece en su blog es toda una compilación, actualizada además con regularidad y frecuencia encomiables, de mil y una herramientas para mejorar, aggionar y/o maquear esta criaturita de nuestras entretelas, este blog –normalmente (como en mi caso), de una pobreza estética supina- que tanto lo necesita y agradece. Evidentemente, herramienta tan útil y eficaz no puede ser más que objeto de mi más encarecida recomendación: aunque algunos de mis lectores blogueros no lo necesitan tanto, porque ya dotan a su blog de un aspecto visual más que apetitoso con sus propios medios y elementos, me consta que habrá muchos otros a quienes va a venir muy, pero que muy bien.

Pero creo que pecaría de cicatero si me limitara sólo a la recomendación (que, además, habría de darse por sobreentendida al hilo de su elogio). No sé si Rosa cuenta con alguna cuenta financiera un tanto “rarita” en las Islas Caimán, las Bahamas o cualquier otro “infierno” de esos, en la que Microsoft, Google, Technorati, Bloglines o cualquiera otra de esas grandes macrofirmas que pueblan (más bien, colonizan...) este nuestro universo blogueril, depositan con mayor o menor asiduidad, y en muestra de gratitud por los “servicios prestados”, astronómicas sumas de dólares o euros con las que ella se va a asegurar una jubilación más que gozosa. Lo dudo, pero, en último extremo, ni lo sé ni me interesa. De lo que sí tengo la completa seguridad es de que a mí, como a cualquiera de los numerosísimos blogueros que acudimos periódica y puntualmente a sus reseñas para ilustrarnos acerca de las posibilidades de mejorar la apariencia y funcionalidades de nuestro blog, el invento no nos cuesta un céntimo. Y como eso es algo que me parece, también, digno de agradecimiento, más allá del que ya le he expresado en alguna ocasión a través de los comentarios en esa su cibercasa, también quería hacérselo saber desde aquí. Compañera, muchas gracias.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Mi Buenos Aires querido II: Madrid


Hubo un tiempo en que algunos proclamaban que Madrid les mataba. A mí jamás me mató, y tampoco lo hace ahora. También hubo un tiempo en que dejó de encandilarme: se me convirtió en un territorio hostil, incómodo, agrio; un punto del que siempre quería retornar con prontitud, porque, al fin y al cabo, a él no me había apetecido ir. Pero ahora vuelve a gustarme, y mucho. Me gusta pasear por sus calles, amplias, vivas, ruidosas. Me gusta contemplar a sus gentes, esas gentes que vinieron de mil y un lugares (¿alguien conoce a alguien que nació en Madrid...?), y que la dotan de un paisaje humano diverso, rico, sugerente. Me gusta sumergirme en sus fauces, y recorrer extensas distancias en un suspiro de tiempo a lomos de ese gusano loco que horada sus entrañas y se mueve con un frenesí vertiginoso, de aquí para allá, de allá para aquí. Me gustan sus cines, sus tiendas, sus bares. Me gusta su luz, no siempre límpida ni clara, pero siempre presta a bañarse de atardeceres lánguidos, muy lánguidos.

Sí, definitivamente, me gusta Madrid, esa ciudad donde nadie es extranjero; ni siquiera un tipo de un mediano pueblo andaluz (al que, por otro lado, siempre quiero volver: a mi casa, con los míos...) que aún, de vez en cuando, y a pesar de tantas veces, se sorprende a sí mismo mirando embobado algun edificio de la Gran Vía...
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