viernes, 30 de noviembre de 2007

Grageas de cine LX: a propósito de... En la ciudad de Sylvia (España-Francia, 2007)


Si hay una película que, y bien a la vista está —de los pocos, me temo, que se van a asomar a una sala oscura a verla—, se encuentra en las antípodas de esa otra que ha arrasado en la taquilla española más reciente, ésa no es otra que la última entrega de José Luis Guerín, En la ciudad de Sylvia: una propuesta difícil, delicada, y tremendamente a contracorriente de todo aquello que el cine actual nos suele deparar en su vertiente comercial. Una película en la que Guerín se recrea a sus anchas en sus muy particulares visiones del universo de la belleza femenina y se solaza con sus maneras fílmicas, tan en la línea de los maestros japoneses que se caracterizaron, a mediados del siglo pasado, por un dominio casi absoluto del plano fijo y sus variantes más cercanas.

Con tales mimbres, Guerín traza un relato (¿relato?) primoroso, en el que la (aparente) falta de progresión dramática se ve compensada, y sobradamente, con el disfrute que proporciona su pausado recorrido a través de los lugares (hermosos rincones de la ciudad de Estrasburgo, fotografiada de manera admirable) y los rostros que pueblan su celuloide. Sólo restaría por saber si alguien inmune a los encantos de la belleza femenina, y que no comulgue con esa exaltación de la mujer en todas sus vertientes, puede llegar a sentir la vibración íntima que el film de Guerín transmite: es difícil, dado que la sola presencia, tan intensa, del rostro de Pilar López de Ayala (destinado, a través de su seguimiento exhaustivo, casi enfermizo, a convertirse en un icono cinéfilo para los restos...), puede acabar con la resistencia del más pintado. Un plato, en definitiva, especialmente idóneo para los gourmets más sibaritas. Que aproveche...

Imágenes de "En la ciudad de Sylvia" - Copyright © 2007 Eddie Saeta y Château-Rouge Production. Distribuida en España por Wanda Visión. Todos los derechos reservados.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

A salto de mata XXVII: un "triunfo" de Internet


Que en Internet uno puede encontrar de todo comienza a ser uno de esos asertos que nopor más tópico es menos cierto, o viceversa, que tanto da. Y desbrozar tal marasmo de información, de un volumen ingente, para separar lo realmente valioso de aquello que no vale un ardite, tarea prácticamente imposible; de forma que termina no quedando otro remedio que el de encomendarse, en cierta manera, al azar para poder encontrar material verdaderamente interesante.

Una azarosa circunstancia fue la que me puso sobre la pista de un hallazgo que, desde hace ya algún tiempo, me tiene absolutamente fascinado, y que les cuento a continuación. Compro un diario a diario (valga la redundancia), pero, por circunstancias diversas (trabajo y otras ocupaciones, entre las cuales no son las internaúticas las que menos tiempo me roban, desde luego), son muchos los días en que termina yendo a parar al cajón de reciclaje sin que apenas haya podido echarle una rápida ojeada a sus titulares (y pare usted de contar....). Cosas de la vida, que diría aquel. Pero no siempre las cosas son asi, y hay días en que, circunstancialmente (viajes, libranzas no previstas, etc.), puedo dedicar a la lectura del periódico el tiempo y modo que me gustaría dedicarle siempre. Y, en uno de esos días, me encontré con una noticia sorprendente.

Un equipo de personas, con el apoyo de la Universidad de Salamanca y Ediciones Pléyades, se había dedicado a rescatar ¡¡¡íntegramente!!!, para su volcado en soporte digital y puesta a disposición del público en la Red, la mítica revista Triunfo. Una cabecera cuyo solo nombre evoca un largo periodo histórico de nuestro país preñado de incertidumbres, esperanzas, luces y sombras, y durante el cual esta revista, nacida inicialmente como una especie de “versión seria” de la prensa cardiaca al uso (por aquel entonces, como bien se puede comprender, con un potencial bastante más limitado que el que ostenta actualmente: no estaba el horno para según qué bollos, dicho sea sin segundas intenciones...), terminó convirtiéndose en un referente imprescindible de la necesidad e ineludibilidad del cambio político; un auténtico faro en aquella paramera inhóspita de una dictadura que, aunque por aquel entonces ya empezaba a flojear (más por imperativos fisiológicos –aquel macabro y sanguinario exterminador ya no podía dar mucho más de sí- que por voluntad de sus próceres), aún tenía arrestos para mantener al país sumido en la más horrible pobreza moral e intelectual.

Y ahí está. Edición completa, íntegra; todos sus números, uno por uno, desde el primero hasta el último, digitalizados de manera pulcra y cuidadosa, para facilitarnos su lectura –una lectura que, para los que sentimos fascinación por la relación prensa-historia, no puede ser más que voraz, canina, contumaz, enfebrecida-; para acercarnos, en suma, unos contenidos con los cuales podemos intentar hacernos una idea, aunque sea vaga y aproximativa, de lo que fueron y significaron aquellos tiempos, y de lo que esa revista significó en su contexto. Algo que se hace difícil desde la lejanía temporal en que ya estamos ubicados, pero que supone un esfuerzo al que ayuda sobremanera el exhaustivo estudio que, en un apartado también interesantísimo de esa misma página web (cuya dirección, que aún no he reseñado, es http://www.triunfodigital.com/), recoge, también íntegramente, el texto de las ponencias presentadas en unas jornadas que, sobre esta publicación, tuvieron lugar en la Casa de Velázquez, de la Ciudad Universitaria, de Madrid, el pasado año 1992. Se trata de un texto extenso (269 páginas, para ser exactos), pero cuya lectura les recomiendo también encarecidamente.

Vaya desde aquí, con estas torpes y simples palabras, mi felicitación y agradecimiento para todas las personas embarcadas en una iniciativa de este calibre -con especiales menciones para su promotor y alma máter, José Ángel Ezcurra, que fuera en su día director de la revista, y Severiano Hernández, director del mismo-, así como para las instituciones que han brindado, a través de su apoyo, la posibilidad de que la misma se materializara tal cual ahora podemos disfrutarla a través de la página web arriba indicada. Y, por supuesto, vaya también la expresiòn de mi absoluto convencimiento de que, aun cuando sólo fuera por aventuras como ésta, este invento de Internet ya merece, y mucho, la pena. Amigos lectores, no se priven, y disfruten, disfruten...

lunes, 26 de noviembre de 2007

Micro XXX: (más) dudas existenciales (y 4)



- ¿Por qué me cuesta últimamente tantísimo trabajo finiquitar los libros cuya lectura abordo, aunque me estén gustando –leo, leo, leo y, cuando sólo me quedan unas páginas para terminar, se me atraganta, y lo dejo...-? ¿Es grave, doctor...?

- ¿Por qué hay personas que dejan tan pronto de aprender, para limitarse, a partir de ese momento, a constatar?

- ¿Por qué mucha gente, cuando te envía un chiste por correo electrónico, le pone –o le deja, si se trata de un reenvío- el título de “Es buenísimo”, o similar? ¿Pensará que eso garantiza su lectura?

viernes, 23 de noviembre de 2007

LA HISTORIA OFICIAL (ARGENTINA, 1985)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Alicia Marnet de Ibáñez es una profesora de instituto que, casada con un abogado y hombre de negocios que ha prosperado enormemente haciendo negocios con los estadounidenses durante el régimen militar, contempla entre atónita y preocupada cómo se van desenvolviendo los acontecimientos en su país tras el fin de la dictadura: exiliados que vuelven con su carga de rencor y amargura, convulsiones políticas y judiciales, temor en las calles ante la posibilidad de desórdenes incontrolados movidos por intereses espúreos. Madre de una pequeña adoptada, Gaby, a la que quiere con locura –es su único soporte afectivo real-, su inquietud personal empieza a crecer de manera desmesurada cuando va conociendo noticias acerca de las prácticas del régimen anterior sobre adopciones de hijos de desaparecidos, y empieza a sospechar con cada vez mayor desesperación que su hijita puede tratarse de uno de esos casos. Desde ese momento, empezará una búsqueda tan frenética como angustiada de informaciones y referencias que le puedan ayudar a desvelar ese misterio, y a tranquilizar su conciencia acerca de la situación; viacrucis doloroso que terminará desembocando en la más terrible de las certidumbres.


RESEÑA CRÍTICA.-

Hay cineastas –documentalistas- que intentan retratar la historia en imágenes, centrándose en acontecimientos reales y trasladando los mismos al celuloide: empeño tan noble como complicado, que requiere de un conocimiento profundo tanto del cine como de la historia, si lo que se pretende es obtener un producto mínimamente digno. Muestras muchas y muy buenas hay de esta línea, y la nómina de las mismas se haría interminable. Pero hay otra forma de hacer historia en celuloide, que es la de aquellos que, a través de una ficción que trasciende su condición de episodio íntimo o personal para transformarse en el reflejo de un tiempo y un país concretos, llegan a resultados tan valiosos como los anteriores. Éste es el caso del argentino Luis Puenzo, y ésa es su particular manera de retratar, a través de una visión "posterior", un episodio siniestro de la historia argentina, cual fue el de la dictadura militar y sus secuelas; intento que pergeñaba con La historia oficial.

El empeño era de una enorme valentía: aún estaban calientes los rescoldos de la recién extinta dictadura, y muchos de los elementos y temas retratados todavía eran, más que memoria viva, objeto de dura polémica, que se sustanciaba en los más diversos foros, desde los periodísticos hasta los políticos y judiciales. Puenzo no se arrugó, y, desde los sones iniciales de esa inquietante canción de María Elena Walsh, “En el país de Nomeacuerdo”, que Gaby tararea con su chapurreo balbuciente y despreocupado al principio de la película, desplegaba su muy personal sinfonía de la amnesia colectiva, esa sobre la que se pudo sustentar el mantenimiento de la vida cotidiana bajo el manto del horror que ya había caracterizado con anterioridad a otros regímenes igual de ominosos (y cabe aquí muy propiamente el recordar algún precedente fílmico con idéntico leit-motiv, como el de Vencedores y vencidos –Judgment at Nuremberg-, de Stanley Kramer, acerca del régimen nazi). Ése, el del olvido y el del mirar hacia otro lado, es el auténtico telón de fondo sobre el que se sustenta la historia, más allá de la circunstancia personal que sirve de soporte dramático para el relato.

Relato que, desde un punto de vista estrictamente cinematográfico, se desarrolla con una estructura de corte bastante convencional, correcta y desprovista de cualquier concesión a la espectacularidad o el preciosismo. Puenzo muestra un buen dominio del ritmo narrativo, haciendo que la trama se desenvuelva con soltura y graduando el incremento progresivo de la tensión dramática de una manera muy bien medida. Ésa es una de las grandes bazas de la película: no deslumbra en ningún momento, pero tampoco es ésa su pretensión, y, en cambio, sí que consigue centrar perfectamente la atención del espectador y mantener despierto su interés a lo largo de todo el metraje.

El segundo de sus puntos fuertes es la fastuosa interpretación que cuaja su protagonista, esa gran dama de la escena argentina que era –y aún es- Norma Aleandro. Sin desmerecer la valía, y el mérito del trabajo, de su partenaire –un más que contrastado y veterano Héctor Alterio, que, sin embargo, ha de ceder su espacio en función del menor peso de su personaje-, la creación de la Aleandro es verdaderamente inmensa: especialmente, cómo asume e interioriza la progresión del clímax dramático, y cómo consigue dotar a su personaje, a través de giros muy sutiles, tanto de su presencia física (que, paulatinamente, se va “relajando”) como de su estado de ánimo (que, en contrapunto con lo anterior, se va “tensando”), de una viveza extraordinaria, que plasma en estado casi puro toda la angustia, el dolor y el desencanto a que le va llevando el desvelamiento progresivo de la verdad -esa verdad que siempre duele, pero que lo hace más cuando toca ahí donde más lo puede hacer, en la maternidad, en el vínculo filial, aunque no sea biológico; ese territorio donde no hay nada que pueda redimir ni consolar, pero que ella tiene que asumir sin red que la cubra ni pañuelo que enjugue sus lágrimas-. La catarata de premios con que esta creación tan portentosa fue reconocida (Cóndor de Plata de la crítica argentina; David de Donatello, en Italia; mejor actriz en Cannes; crítica de Nueva York) no fue sino el justo y merecido premio al nivel demostrado por Norma Aleandro.

Premiada –en uno de esos ataques de mala conciencia o incorrección política (o ambas cosas) que a veces asaltan a la Academia hollywoodiense- con el Oscar a la mejor película extranjera, La historia oficial es cine en carne viva, del que no deja indiferente ni a tirios ni a troyanos, y, aun cuando fuera sólo por eso (y no habría que resaltar que, en cualquier caso, está revestida de otros méritos adicionales), ya se convierte en una de esas obras cuya contemplación siempre enriquece a todo aquel que a ella se acerca.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Mi Buenos Aires querido I: días nublados




No termino de asimilar la supuesta, presunta o probable poesía de los días nublados. Y me barrunto que un dia de éstos tendremos que abordar alguna suerte de pacto, de acuerdo de no agresión, que me permita hacérmelos a mí mismo llevaderos. Acotar refugios, marcar distancias, barnizarme el alma con lacas más alegres: mecanismos para soportar lo que ahora se me hace tan difícilmente soportable. Afortunadamente, el lugar donde vivo no brinda días nublados con mucha frecuencia. Un alivio. Pero, aún así, algo tendremos que hacer, ellos y yo. Especialmente, yo. Supongo que solamente yo. Porque a ellos, al fin y al cabo, ¿qué más les da? Tienen a tanta gente que les proclama su poesía...

viernes, 16 de noviembre de 2007

Los buenos buenosos I: Kurt Gerstein (Amén; Francia, 2002)


Inaugurar esta sección con la figura de un oficial nazi, que, para mayor agravante, arranca su recorrido personal en la trama de la historia con el firme convencimiento de las bondades del sistema político al que sirve –en su calidad de reputado científico especializado en cuestiones químicas-, podría resultar incluso sarcástico para alguien con miras un tanto limitadas acerca de la condición humana. Pero creo que el teniente Kurt Gerstein de Amén, penúltima película de la filmografía de Costa-Gavras, resulta mucho más creíble y entendible, precisamente, por su recorrido ideológico, por el amplio arco en que sus convicciones se van desplazando, que la inmensa mayoría de esos despiadados y monolíticos nacionalsocialistas que la narrativa, tanto literaria como cinematográfica, salvo excepciones muy puntuales, nos había ido mostrando a lo largo de las décadas precedentes (tendencia que, por cierto, parece que empieza a romperse últimamente gracias a una mirada más incisiva –y realista, para nuestra desgracia-).

Gerstein, esposo y padre ejemplar de una perfecta familia aria (de manual, cabría decir), y muy influido por un entorno familiar donde el enaltecimiento del nazismo es algo incuestionable, está totalmente entregado a la causa. Sus estudios sobre las aplicaciones de gases desinfectantes al tratamiento del agua le otorgan un enorme prestigio, y le confieren una inmensa proyección dentro del sistema: es uno de los hombres con futuro, alguien destinado a escalar en las entrañas del establishment y ocupar en el mismo un puesto privilegiado. Pero, un día, en un campo de concentración, tiene la ocasión de mirar y ver. Y mira. Y ve. Y todo su entramado de convicciones científicas e ideológicas se viene abajo, cual frágil castilllo de naipes. A partir de ahí, todo su actuar se convertirá en una auténtica carrera contrarreloj para que, sin verse desenmascarado, sin que se quiebre la confianza de sus mayores en él, ese sistema al que con tanta fidelidad y entrega ha venido sirviendo, pueda desmoronarse sin arrastrarle a él y a su familia en su caída. O sea, la cuadratura del círculo.

Ese giro en la actitud de Gerstein, ese vuelco interior que le impulsa a variar no sólo su percepción, sino también su acción, es el que nos da la real medida de su bondad intrínseca, ésa que quedaba sepultada por el uniforme, la seriedad, o su vocación militante. Y es la piedra de toque con la que constrastar la verdadera catadura del personaje: la de un bueno buenoso con todas las de la ley –que, además, es encarnado de una manera convincente y de calado por un excelente actor: Ulrich Tukur-. Hasta el próximo, amigos lectores...

jueves, 15 de noviembre de 2007

Blog solidario


Hay un viejo refrán que reza aquello de que “más vale tarde que nunca”. En fin... Jamás terminé yo de tener muy clara la certeza de tal aserto; es más, me atrevería a asegurar que, en determinadas circunstancias, y más bien al contrario, resulta radicalmente falso (y si no, que se lo pregunten a los vecinos esos de un pueblo gallego, a los que han encarcelado recientemente como consecuencia de unos hechos acaecidos hace... nueve años). En el caso que nos ocupa, yo no he dejado pasar nueve años, ni muchísimo menos; pero también tengo claro que, con mi tardanza, he faltado al respeto a aquel que tuvo a bien hacerme partícipe (pensando que así lo merecía) de un reconocimiento como es este del blog solidario –que, por otro lado, no termino yo de ver muy propio, si nos atenemos al sentido estricto del término, pero que igualmente valoro positivamente porque sé que, en todo caso, es fruto del cariño y el aprecio que su otorgante me profesa (y que él sabe que, en justa reciprocidad, yo le profeso igualmente)-.

Ya sabes, compa Josep, ante todo, y en primer lugar, disculpas. Y a continuación, y en segundo lugar, gracias. En tercer lugar, y para finalizar, una declaración de intenciones: éste es mi último meme, o asimilable (entiéndase, cualquier contenido bloguero generado en cadena), al menos, hasta tanto mis actuales circunstancias de baja disponibilidad así lo hagan conveniente (para mi salud y descanso, claro está). De hecho, incumpliendo las reglas establecidas para éste, no otorgo el premio a ningún blog amigo. Pero, en cualquier caso, ya saben ustedes, amigos lectores, para qué suelen servir las declaraciones de intenciones: tómense la mía cual si de una promesa preelectoral se tratara. Salud...

lunes, 12 de noviembre de 2007

Metablog XXVI: contadores


Tecnoadicto: dícese de la persona que es incapaz de controlar emocionalmente su desmedida afición por cualquier aparatejo que, conectado a una toma de corriente eléctrica (o no), haga virguerías varias (especialmente, si éstas se desarrollan en el campo de la informática, la telefonía, la imagen y/o el sonido). No hace falta ser un lince para constatar que, dada la descomunal extensión que esos ramos industriales vienen adquiriendo en estos tiempos que corren, la tecnoadicción termina resultando un fenómeno cuyas modalidades y variedades son innumerables, y que resulta muy difícil encontrar algún caso de tecnoadicción genérica (es decir, no localizada y centrada específicamente en una o varias materias o apartados concretos), siendo lo más habitual que cada tecnoadicto tenga su muy particular catálogo de querencias. Partiendo de tal consideración, se puede ir descendiendo en la escala de especialización, hasta llegar a localizar supuestos concretos que podríamos calificar –siendo, quizá, muy benévolos en el calificativo- como curiosos o pintorescos. Tampoco es infrecuente que esas tecnoadicciones especializadas vayan variando a una velocidad vertiginosa, en la medida en que ese mismo vértigo impregna el ritmo con el que van apareciendo elementos novedosos en el “ángulo de tiro” del paciente.

Bien, amigos lectores, tanto rodeo para, lisa y llanamente, confesarles que, durante algún tiempo, he sido un adicto redomado al contador de visitas de mi blog: artilugio que, en lo más crudo de mi dolencia, llegaba a consultar hasta decenas de veces a lo largo del día, por el mero placer de hacerlo (dado, obviamente, el nulo interés informativo que podía tener un dato que apenas si variaba, dado lo enloquecedor de la frecuencia con que hacía consultas del mismo), y sin que la plena consciencia de la futilidad del empeño (futilidad agravada por la constancia inequívoca de que, además, el contador en cuestión fallaba –y falla- más que una escopetilla de feria, con lo cual la bondad y exactitud de sus datos son bastante relativas...) me hiciera atemperar ese furor consultivo que, afortunadamente, hoy parece haber remitido de manera notable.

Más allá de tales furores adictivos, y de los errores de cómputo del artilugio –que supongo deben ser bastante comunes al amplio repertorio de los mismos que cabe encontrar en el bloguerío universal-, no dejo de reconocer que la herramienta en cuestión, para aquellos que ya hemos confesado en más de una ocasión, y en más de dos (y no sé cuántas veces más habré de hacerlo...), que, en lo que atañe al número de visitas, el tamaño sí nos importa (o sea, que cuántas más, mejor), se trata de un elemento de muchísima importancia. La misma que tendrá, supongo, para todo aquel que lo tiene instalado (para unos más, para otros menos, naturalmente), dado que lo que no resulta excesivamente creíble (salvo puntuales excepciones) es el discurso de aquel que, a la vez que proclama que a él se le da una higa cuánta gente visita su blog, aloja en algún rincón más o menos visible del mismo un hermoso contador.

Los servicios de cómputo ofrecen, además, por lo general, y con profusión cada vez más amplia, diversas informaciones que, desglosando los datos cuantitativos en función de diversas variables, nos permiten saber cómo llegan las visitas a nuestro blog: con qué criterios de búsqueda, con qué navegadores, desde qué enlaces... En fin, que ya lo dice el viejo dicho: que el saber no ocupa lugar, y todas esas informaciones siempre nos pueden ofrecer algún dato de interés, aun cuando sólo sea para saciar nuestra más insana curiosidad.

¿Conclusión? Ponga, amigo lector, si es usted bloguero de pro, un contador en su vida. Más allá de la utilidad que sea capaz de encontrarle, en función de lo apuntado en los párrafos precedentes, siempre tendrá la posibilidad de terminar enganchado al mismo. Y les puedo asegurar que, como vicio, es bastante menos oneroso, para la salud y para el bolsillo, que cualquier otro de esos que a usted y a mí se nos pueden estar viniendo ahora mismo a la cabeza. ¿O no...?

viernes, 9 de noviembre de 2007

LAS DIABÓLICAS (LES DIABOLIQUES; FRANCIA, 1955)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Christina, una acaudalada mujer de origen venezolano, con graves problemas cardíacos, es la esposa de Michel Delassalle, un bon vivant, descarado y mujeriego, con el que comparte, además de la dirección de un elitista, aunque un tanto venido a menos, colegio privado, amante: Nicole Horner, profesora del mismo colegio, una mujer de fuerte carácter y presencia física poderosa y rotunda. Ambas son víctimas frecuentes de los desplantes y malos modos de Michel, que no guarda recato alguno en jugar a la vez con las dos, aun en presencia de los internos y sus demás profesores. Hartas de la situación, Christine y Nicole deciden poner fin a la misma mediante el método más expeditivo que se les puede ocurrir: eliminarlo físicamente. Para ello, trazan un plan perfectamente medido, cuya ejecución llevan a cabo sin mayores contratiempos, hasta que los nervios empiezan a hacer mella, de forma cada vez más acusada, en la asustadiza Christine, que es incapaz de rehusar, inane ante los acontecimientos, a los poco claros servicios que Alfred Fichet, un ex comisario jubilado, le ofrece con no se sabe qué intereses, más allá de lo crematístico. La intervención de éste empieza a aclarar ciertos puntos, pero Michel, un supuesto cadáver, empieza a aparecer –misteriosamente-, cada vez en más lugares...

RESEÑA CRÍTICA.-

Las decadas gloriosas de Hollywood (las de los años 30 y 40 del pasado siglo) no alumbraron, en lo sustancial, ningún género nuevo, pero sí que delinearon y amoldaron un buen número de ellos, hasta dotarlos de una consistencia y unas señas de identidad con las que ya quedaron definidos de una manera clara y rotunda. Entre ellos, muy especialmente, el cine negro, cuyas muestras cimeras se ubican en dicho periodo, contribuyendo con ello a que dicho género sea contemplado como un producto genuinamente americano.

Pero en Europa se aprendía rápido y bien, y no faltaban cineastas dispuestos, con toda valentía, a afrontar el suspense criminal como una asignatura en la que probar suerte. Asi lo hizo Georges-Henri Clouzot con Las diabólicas, y, a la vista de los resultados, no cabe sino considerar que el reto fue superado con una nota más que satisfactoria, y un éxito algo más que estimable.

Estamos ante un film que juega, en buena parte, con elementos perfectamente reconocibles, ya que su trama se asienta en una situación de partida (la del triángulo amoroso) y un desarrollo (la confabulación de dos de sus elementos contra el tercero en discordia) que ya habían sido exhibidos en películas anteriores (baste recordar, como ejemplo quizá más señero, el de El cartero siempre llama dos veces, de Tay Garnett). ¿Dónde radicaba, pues, su originalidad y, más acusadamente aún, su carácter transgresor?

Fundamentalmente, en dos aspectos: el primero, el hecho de que las confabuladas sean las dos mujeres (tengo mis muy serias dudas sobre si ambas dos son tan diabólicas como el título plantea, o más bien estamos ante una diabolizante inductora y una diabolizada inducida, como parece marcar el dibujo de carácter de los personajes), con las evidentes connotaciones de transgresión moral que ello conlleva (el lesbianismo, aun con toda la sutileza formal con que se nos ofrece en la pantalla –no hay el más mínimo atisbo de contacto físico entre las dos protagonistas a lo largo de todo el metraje del film-, no era un tema fácil de admitir para la época en que nos hallamos, mediados de los 50); y el segundo, su retruécano final, esa doble vuelta de tuerca postrera, que, con un giro y otro giro, subvierte todo el hilo argumental que se ha venido desplegando en su desarrollo precedente (algo que el cine de suspense más reciente ha explotado hasta la saciedad, pero que, por aquel entonces, constituía un mecanismo francamente novedoso).

Y aunque Clouzot no es Hitchcok –por más que cierta línea crítica los haya emparentado al hilo de la exégesis de esta película, el director francés no goza del inmenso talento cinematográfico de su colega británico-, no por ello su técnica narrativa se puede calificar de tosca. Domina el ritmo, de manera que el tempo de la acción se adecua en todo momento a la alternancia de los distintos pasajes; su puesta en escena, aun sin grandes alardes, es más que correcta (juega sabiamente con los contrastes entre interiores y exteriores, así como acierta plenamente en la atmósfera física que da tono y contextura al film, recalcando la importancia que, como elemento dramático, tiene el agua a base de un nublado permanente en la ambientación –no hay una sola escena soleada, predominando siempre un tono de penumbra-); y todo ello, a su vez, se ve magníficamente realzado por la turbiedad de una fotografía en blanco y negro muy lograda. Si a todo ello se une una excelente utilización de los contrapuntos tanto de acción como de personajes, nos terminamos hallando ante un film técnicamente bastante logrado.

Tampoco caben mayores objeciones al trabajo interpretativo de las protagonistas, muy especialmente el de sus dos actrices principales, cuya presencia casi permanente en pantalla (y, en numerosas ocasiones, compartiendo plano) las obliga a un esfuerzo en su desempeño más que notable: Vera Clouzot –la "mujer del jefe", no lo olvidemos-, una mujer de aspecto frágil y quebradizo, y de belleza serena, cuyo desvalimiento físico y afectivo mueve a la compasión casi permanente, está bastante por encima de sus evidentes limitaciones técnicas, y llega a componer un personaje bastante convincente; y en cuanto a Simone Signoret, todo su empque, aun hosco y con un punto de envaramiento en algún pasaje puntual, brilla al servicio de una composición tan contundente como creíble. No debe olvidarse, por otro lado, en el capítulo de las interpretaciones, el hacer una mención, siquiera sea somera, al veteranísimo Charles Vanel, cuyo papel de viejo comisario retirado, que servirá de catalizador para el desenlace de ese inmenso barullo en que desemboca la trama, le da ocasión para brillar, dentro de lo modesto y limitado de su aportación.

Atendiendo a la -no por lógica, menos curiosa- petición que el cartel final de la película, después de su último plano, nos hace, me he abstenido, en la sinopsis previa, de desvelarles el final de la historia: sería una tremenda falta de educación, rayana en el “insulto cinematográfico”. Pero sí quisiera, en cambio, recomendarles vivamente que disfruten de esta más que interesante película: sumérjanse en su subyugante intriga y tendrán garantizadas un par de horas de intenso entretenimiento (y algún que otro sobresalto...). Y si su estética o su puesta en escena les resultan un tanto demodés, habrá que recordar que existe una versión bastante reciente (eso que se suele denominar, en esa corriente arrasadora de barbarismo anglosajón, remake), con Isabelle Adjani y Sharon Stone –ahí es nada...-, totalmente adaptada a los tiempos que corren. Pero, claro está, ya no es lo mismo; faltaría mas...

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Una nueva aventura


Algo había avanzado, muy de pasada, en un par de reseñas anteriores, pero, en un arranque más propio de folklórica supersticiosa que de la persona común y sensata por la que, habitualmente, me tengo a mí mismo en consideración, no había querido entrar en mayores detalles. Y ahora, que ya he publicado allí mi primera reseña, creo que ha llegado ya el momento.

Me embarco en una nueva aventura internaútica, la de los blogs de La Butaca, revista de cine con la que vengo colaborando desde hace ya algunos años, y que, ahora, con ánimos y bríos renovados, emprende esta nueva iniciativa, muy a tono con el signo de los tiempos y la irrefrenable extensión que este formato viene adquiriendo últimamente. Y lo hago con toda la ilusión del mundo, porque me proporciona una nueva ventana, amplia, espaciosa, luminosa, desde la que poder seguir dándole cancha a esta pasión mía por darle a la tecla de manera inmisericorde.

No sé si se trata de un puerto de llegada, o de un punto de partida. Supongo que eso es algo que nunca termina de tenerse claro, y más aún en estos albores del proyecto, cuando apenas si acaba de arrancar. Lo que sí que me consta positivamente es que este proyecto implicará, por obvios motivos de disponibilidad temporal, el que mi blog personal vea reducidas –como, de hecho, ya lo venía haciendo en estas últimas semanas- la frecuencia y cuantía de sus actualizaciones, así como que se vaya decantando, mayoritariamente, hacia territorios no conectados con el mundo del cine –sin que eso implique que esa materia vaya a desaparecer de él por completo-.

Sólo me resta decirles, amigos lectores, que, por mi parte, y abusando de su buena disposición, que de corazón bien les agradezco, también estaré esperándoles allí, junto al resto de mis compañeros de proyecto. Sean, de antemano, bienvenidos, y ojalá tengan ocasión de disfrutar tanto con su lectura como lo hacemos nosotros con su escritura.

viernes, 2 de noviembre de 2007

Varietés artísticas y culturales X: las cosas del tito Bruce


La prensa generalista se hacía eco, hace ya algunos días -es lo que tiene esto de la "languidez bloguera"-, y con amplitud y profusión, de la inminente salida al mercado del nuevo disco de Bruce Springsteen, Magic, bajo la consideración, en general, de que constituye una especie de “salto al pop” por parte del rockero estadounidense. No formo parte de la fiel (y numerosísima) cohorte de seguidores del neoyorquino, una suerte de cofradía cuyo entusiasmo y entrega encuentran difícil parangón en este loco y efímero panorama de la música de masas internacional, donde todo es material de uso (inmediato) y derribo (más inmediato aún), y en el que cada día es más difícil encontrar carreras sólidas y prolongadas. La de Springsteen lo es, sin ningún género de dudas, y ése ya es motivo más que suficiente para que, más allá de lo que me pueda, más o menos, gustar, se haga acreedor del mayor de mis respetos.

En cualquier caso, lo que no termino de entender muy bien es que se hable de “salto al pop”, o formulaciones similares. No soy un entendido en materia musical (para ser más precisos, tendría que decir que no soy un entendido en, prácticamente, ninguna materia), pero mis cortas entendedoras melómanas sí me dan de sí para entender (o, como en este caso, no entender muy bien) ciertas disquisiciones. ¿Cuál es la frontera entre el pop y el rock? ¿Es una cuestión de suavidades, fuerzas, estridencias, sonoridades, instrumentaciones...? ¿No cabe entender –yo, al menos, así lo entendí siempre- que, en un concepto amplio del pop, caben muchísimas tendencias y territorios musicales –entre ellos, aquellos por los que siempre transitó Springsteen-? ¿Hungry heart o Sherry darling no son temas claramente pop? ¿En qué recodo del camino me perdí algo, y que fue lo que me perdí...?

Creo, me temo, que estamos ante la enésima (y las que nos quedan...) formulación de un señuelo promocional bajo la cobertura de una (más o menos supuesta, más o menos real) circunstancia artística que se pretende como relevante. Y aunque no cuesta excesivo trabajo entender que, en un mercado tan duro y complicado, es lógico intentar aprovechar cualquier elemento que refuerce la atención sobre un producto, tampoco está de más guardar ciertas prevenciones ante reclamos que, en la mayor parte de las ocasiones, no guardan relacion alguna con una realidad bastante menos magnífica, o profunda, o sustanciosa, de lo que esas altas proclamas –que, en el fondo, sólo propagan un humo bajo el que esconder lo de siempre: más de lo mismo...- quieren poner de manifiesto.

Y lo digo, insisto, desde el mayor respeto a Bruce Springsteen y sus seguidores. Pero las motos, en el concesionario de la esquina. A ser posible, por favor...
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