miércoles, 26 de septiembre de 2007

A salto de mata XXV: la transición


Desconozco exactamente cuál puede ser el motivo, si es que hay uno solo. Muy probablemente, no; como suele ser habitual en estos casos, supongo que hay una acumulación de circunstancias: la cercanía, relativa, en el tiempo; la coincidencia personal con un momento vital cuajado de expectativas y descubrimientos; el halo de incertidumbre, con esa extraña mezcla de gozo (por lo que, ilusionada –y, quizá, ilusamente- se vislumbraba) y miedo (por la facilidad con que todo se podía ir, aún, al traste), que desprendía –y que, aún hoy, en retrospectiva, no deja de asombrarme: sin ánimo de mitificar (no hay época histórica ni ser humano que no sea, al fin y a la postre, un compendio de luces y sombras), creo que nada ha vuelto a ser igual...-.

No lo sé. Lo único que sé, con absoluta certeza, es que si hay un momento histórico de mi país que me atrae hasta la más absoluta fascinación, es ese que comúnmente venimos llamando la transición. Y me atrae desde todos sus ángulos y perspectivas: los grandes hitos políticos y sociales, sí, desde luego, cómo no; pero también, casi tanto o más que lo anterior, las pequeñas historias cotidianas de los ciudadanos anónimos que transitaron (que transitamos, más bien y para ser más exactos) por tal periodo (supongo que, como tal, y propiamente dicho, podemos darlo por definitivamente cerrado: lo de ahora, mejor o peor, es, sin ningún género de dudas, otra historia...). Devoro cualquier material relacionado con la época, cualquier documento, en el soporte que sea –escrito, sonoro, visual-, y, aún así, ni se agota mi curiosidad ni la acumulación de datos e informaciones me genera hartazgo alguno. Algo que no me resulta muy frecuente, la verdad sea dicha –ay, la dispersión...-, en estos tiempos en que todo corre, no se sabe muy bien por qué ni hacia dónde, pero corre.

Quizá por todo lo antes apuntado, me cabrea tan soberanamente el que determinadas voces, desde el ámbito de la política, sobre todo, y en momentos puntuales, salten a la palestra con la milonga, casi muletilla a estas alturas, de “recuperar el espíritu de la transición”. Todo lo que pasa es difícilmente recuperable, y determinadas cosas, mucho más aún: ésa es su esencia, su naturaleza, su propia condición. Y un momento histórico tan particular, y fruto de la concurrencia de circunstancias tan peculiares, no va a volver. Ni falta que hace. Tema bien distinto sería el de reflexionar, sin añoranzas (aunque uno tenga su corazoncito, su cálida vivencia personal) ni (ya lo apuntaba arriba) mitificaciones, sobre el por qué valores y elementos que lo impregnaron (y que no tienen carácter histórico ni coyuntural: son eternos y universales, y pueden ser asumidos, si se quiere, en todo tiempo y lugar), están ahora tan ausentes de nuestra vida pública. Probablemente, se hizo de necesidad, virtud. Y hoy, que ya no los necesitamos, nos movemos en otra escala de principios (por llamarlos de alguna manera) y damos rienda suelta a lo que (y cómo) realmente somos. ¿O no...?

viernes, 21 de septiembre de 2007

Micro XXVIII: de lo volátil


Supongo que son pocos los escritores que, a lo largo de la historia, no han utilizado en alguna ocasión, como material literario –pocos hay con tanta y tan intensa capacidad de sugestión y evocación como éste- el de la pérdida de los referentes geográficos personales (lugares, edificios, paisajes) como fruto de los cambios acaecidos a lo largo del tiempo –la última muestra (excelente, por cierto...) que he tenido ocasión de leer, a cargo de Javier Cercas, en un artículo en El País Semanal-. Como la falta de talento y capacidades (que no de voluntad y ganas...) me impiden plantearme seriamente el intentar emular a tantos y tan ilustres predecesores en tal ejercicio, me abstendré de hacerlo como tal. Pero sí les confesaré, amigos lectores, que ayer mismo, cuando daba las rituales vueltas a mi barrio (lo de rituales es más una cuestión de vocación que de frecuencia...) a ritmo de trote suave, y, de golpe y porrazo, me encontré con una acera de menos (acera que resultaba ser víctima del comienzo de la obra de edificación de una nueva manzana de pisos; acera que mis zapatillas han pisado, rítmica y regularmente, miles y miles de veces a lo largo de los últimos ocho años, mientras contemplaba el horizonte abierto a su derecha; acera vulgar, corriente y moliente, cuajada de cagadas de perro, con los adoquines destrozados y las malas hierbas adentrándose en sus dominios, y sin el más mínimo atractivo estético...), sentí una cierta desazón. Leve, casi imperceptible, pero desazón. Todo es tan volátil.... Feliz fin de semana....

jueves, 20 de septiembre de 2007

Bésame, tonto (Kiss me, stupid; U.S.A. 1964)


· Crítica de Bésame, tonto (Kiss me, stupid; U.S.A., 1964), de Billy Wilder, con Ray Walston, Kim Novak y Dean Martin.


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Orville Spooner es un compositor musical que vive en un pequeño pueblo de la América profunda, arrastrando una mísera existencia como profesor de piano y consumiéndose en unos celos patológicos que le hacen ver fantasmas en todo cuanto rodea a Zelda, su bella y joven esposa. Pero parece ser que, por fin, le llega un golpe de suerte, que puede hacer cambiar su destino, cuando para en su pueblo a repostar gasolina Dino, una estrella de la canción ligera a la que intentará “colocar” sus numerosas composiciones de todo género y estilo. Para conseguir su objetivo, habrá de urdir un plan, junto a su fiel cómplice (y colaborador musical), Barney –el empleado de la gasolinera-, que le permita retener a Dino el tiempo suficiente para sus fines. El problema radica en sus celos enfermizos, que, unidos a la condición de mujeriego impenitente del famoso crooner, componen un cóctel explosivo, para cuya “digestión” los dos aspirantes a glorias de la canción habrán de recurrir a los servicios de Polly “La bomba”, la profesional más prestigiosa del Belly Botton, único local del alterne del pueblecito. A partir de ese momento se sucede toda suerte de enredos y equívocos que, no obstante, culminarán con un final feliz para todos. ¿O no...?

RESEÑA CRÍTICA.-

Bien es sabido cuán difícil es mantener, de manera permanente, un nivel de excelencia creativa muy alto, incluso para el genio más reconocido, y es que –ya lo dice el refrán- hasta el mejor escribano echa un borrón. De esa forma se explica que el monstruo Wilder, que ya había cuajado comedias tan redondas como Con faldas y a lo loco o Uno, dos, tres –y aún habría de cuajar alguna que otra genialidad más- también fuera capaz de alumbrar productos bastante menos brillantes, como esta Bésame, tonto.

No se trata, ciertamente, de una mala película (eso es algo que resulta francamente complicado para los genios cuando, además de eso, gozan de oficio y veteranía; aunque también se llega a dar el caso, cómo no...), pero resulta evidente que no alcanza el nivel de sus predecesoras, respecto a las cuales evidencia una notoria falta de consistencia, vista desde una perspectiva global: no le faltan buenos gags, tanto verbales como visuales, pero éstos no dejan de ser apuntes, salpicaduras, en el marco de una trama que no termina, en ningún momento, de enganchar de forma definitiva, quizá –posiblemente- por lo poco original de las premisas sobre las que se articulan los orígenes del enredo (por otro lado, correctamente resuelto desde el punto de vista narrativo).

Además, no deja de resultar algo cargante la inyección de moralina con que el habitualmente caústico Wilder nos regala en el tramo final del film (moralina convenientemente resaltada con un elemento como la música, aunque ésta constituye, paradójicamente, uno de los aspectos más resaltables de la película: excelente la banda sonora musical de Previn...): perfectamente prescindible y, aunque pueda resultar contradictorio, poco edificante cuando el que nos la ofrece es un maestro consumado de la ambigüedad ética, un autor al que nunca le ha resultado necesario redimir a sus personajes de faltas ni deslices.

Para completar el estropicio, tampoco son precisamente espectaculares las interpretaciones de sus protagonistas: el principal, Ray Walston (un habitual de películas anteriores de Wilder) peca de un exceso de histrionismo que desquicia demasiado a su personaje; y los otros dos vértices del trípode (Kim Novak y Dean Martin) tampoco rayan a excesiva altura, o, en cualquier caso, cabría esperar algo más de ellos, habida cuenta de que su vis cómica podía dar muchísimo más de sí.

Film, pues, fallido, que, si bien no llega a arrojar un baldón infamante sobre la estima en que cabe tener al maestro Billy Wilder, sí que demuestra que la divinidad, entendida como perfección, siempre es condición preferiblemente reservada –al menos, en exclusiva...- al mismísmo Dios, y que no se me enfade don Fernando (Trueba, of course...): ya se sabe, nadie es perfecto...

lunes, 17 de septiembre de 2007

Metablog XXIV: Vacaciones


El hartazgo ante la circunstancia, repetida año tras año, de que todos los medios de comunicación convencionales dediquen cantidades industriales de tiempo, tinta, saliva y/o imágenes a esa solemne chorrada que se ha dado en llamar síndrome pos-vacacional, no me ha impedido constatar, a pesar de los pesares, que algo parecido a eso parece invadir también el mundo del bloguerío, tanto en lo que atañe a mi propia experiencia personal como a la de mis ciberdeudos y ciberallegados: cuánto cuesta arrancar con los blogs después del paréntesis veraniego...

¿Problemas para arrancar esa neurona perezosa después de tantos días de desconexión...? ¿Apoltronamiento radiofónico, televisivo o internaútico –modo “sólo lectura”-...? ¿Los excesos con la cervecita y el “pescaíto” frito, que pasan factura...? ¿Averías informáticas –que haberlas, como las meigas, haylas-....? No sé, son opciones, cábalas, posibilidades. La única constatación cierta, y verificable de manera matemática, es la que arroja ese capítulo que pueden consultar en el margen derecho de esta página, yque relaciona el número de artículos publicados en el mes de setiembre. Ante tal evidencia, creo que sobra cualquier argumentación relativista...

La sequía creativa, obviamente, no sólo afecta a la cantidad (al cuánto), sino también a la calidad (al cómo); o, para ser más exactos, a la temática (al qué), teniendo en cuenta que la calidad (el cómo) ya suele mostrar un nivel lo suficientemente pobre como para que los parones agosteños (y, llegado el caso, como es éste, setembrino) no la reduzcan aún más (eso es muy, muy complicado...). De hecho, este artículo de hoy tendría que haber estado dedicado a los contadores; o a los gadgets multimedia; incluso, en un alarde de vanidad (temeraria, por supuesto), me había llegado a plantear la posibilidad de pergeñar una suerte de “decálogo del buen bloguero”, que hubiera podido poner colofón (supongo que poco digno, pero no por ello menos “colofónico”...) a esta serie del metablog. Pero, amigos lectores, esto es lo que hay. Y ni siquiera podría decir aquello del “podemos hacerlo mejor, pero no les garantizamos nada...”, con que Manel Fuentes solía cerrar todos los viernes la edición correspondiente del CQC: lo mío ya no da mucho más de sí...

En cualquier caso, como las autoridades sanitarias recomiendan siempre que el retorno a la actividad, tras un paréntesis más o menos prolongado, y sea ésta del tipo que fuere, se lleve a cabo siempre de manera progresiva, les haremos caso –por una vez, y no sé si servirá de precedente...-, y hoy, en lo que atañe a esta reseña, aquí se cierra la cosa. Felices vacaciones (los que aún no marcharon); feliz retorno (los que aún no volvieron), y a los que andan ya a toda máquina, mesura y tranquilidad, que es lo que se impone en esta circunstancia. Ciberhogar, dulce ciberhogar...

jueves, 6 de septiembre de 2007

VENCEDORES O VENCIDOS (JUDGMENT AT NUREMBERG; U.S.A., 1961)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

La Segunda Guerra Mundial ha finalizado y los estadounidenses ponen en marcha en Nuremberg su maquinaria judicial con el fin de someter a la justicia a los jerarcas del régimen nazi capturados por las fuerzas de liberación en su zona. Dan Haywood, un viejo juez retirado, viene de Maine para hacerse cargo de uno de dichos juicios, el que se seguirá contra cuatro destacados miembros de la Administración de Justicia alemana, entre los que sobresale el prestigioso jurista Ernst Janning. Con los alegatos de acusación y defensa, trufados por las declaraciones de diversos testigos de una y otra parte, asistiremos no sólo a un examen a fondo de los horrores del nazismo, sino también, y muy especialmente, a una visión nada amable de la actitud de todo un pueblo ante hechos y circunstancias de un profundo calado histórico.

RESEÑA CRÍTICA.-

Cuenta una vieja leyenda futbolera (desconozco si más, menos cierta; si mejor, peor intencionada) que hubo un entrenador en el Real Madrid, Luis Molowny (apodado, cariñosamente, “el mangas”; un hombre de la casa al que la directiva solía recurrir en situaciones de crisis para dirigiera el primer equipo, mientras se buscaba, tras la destitución de su predecesor –de “campanillas”-, un rápido sucesor –de “campanillas” también, claro está-), que, consciente tanto de las limitaciones técnicas (propias) como del enorme talento (de los jugadores a su cargo), jamás impartía consignas tácticas ni instrucciones sobre el juego, sino que se limitaba a escribir cada domingo, en el tablón de las alineaciones, el nombre de los once jugadores que habrían de saltar al campo: “yo los pongo en el campo, y vale, que de jugar a esto, ya se encargan ellos, que saben hacerlo muy bien...”

Viene esta anécdota a cuento, y salvando las lógicas distancias, ante la contemplación de Vencedores o vencidos, una película que nos transmite la sensación inequívoca y permanente de que su director, Stanley Kramer (un hombre con una carrera mucho más brillante y cuajada en la producción que en la realización) se limita, en buena parte de sus secuencias, a “poner la cámara” a captar el impresionante talento interpretativo de su elenco actoral, desplegando todas sus armas a la hora de desarrollar el guión, consciente de que poco más es necesario.

Pero tampoco son así las cosas de forma tan rotunda: al fin y al cabo, Vencedores o vencidos es una película de una enorme densidad en muchos de sus aspectos, tant o estrictamente fílmicos como atinentes a consideraciones extracinematográficas a las que, de forma ineludible, se ve ligada. Y aunque su realización no deja de ser de extrema simplicidad, casi rayana en lo rutinario, son esas “densidades” las que la dotan de un cuerpo digno de la mayor atención, y merecedor de un análisis siquiera somero.

Densidad temática: bajo el envolotrio que nos presenta en su superficie (la película, aunque salpicada por numerosas secuencias “extrajudiciales”, se atiene, en lo básico, a la estructura clásica de los films de juicios, desarrollando la mayor parte de su metraje en la sala de vistas), asistimos a un examen en profundidad del régimen nazi, con sus justificaciones y sus aberraciones, y con una especial atención no sólo al papel jugado por sus protagonistas actores, sino por todo un pueblo que, en la más benévola de las apreciaciones, se limitó a mirar hacia otro lado o hacer la vista gorda. Es en este último aspecto donde la película más se moja, y termina resultando un alegato acusatorio de primer orden contra aquellos (muchos, demasiados...) que pecaron por omisión, tan culpables como aquellos que desplegaron, con su peculiar circo, la más ominosa maquinaria de horror conocida hasta la fecha (a éstos, en última instancia, les será dado el poder exponer sus razones y sus motivos, pero ¿cómo se explica la actitud de los que no quisieron ver?). En definitiva, un auténtico análisis que sitúa bajo la lupa del observador un episodio histórico de primerísima magnitud.

Y densidad interpretativa: la película nos regala diversos trabajos actorales auténticamente prodigiosos, entre los que, puestos a destacar algunos, los más señeros, me quedo con dos en particular. El de Spencer Tracy, en el papel del juez Haywood, al que dota de una textura humanista –trazada con un poso de quietud y escepticismo hecho de gestos y miradas quedos, casi imperceptibles- realmente primorosa (para un actor en las postrimerías de su carrera, toda una demostración de sabiduría profesional, un auténtico testamento...); y el de Montgomery Clift, que da vida al testigo Rudolph Petersen, un deficiente mental, que, en un auténtico tour de force de poco más de diez minutos, ofrece todo un recital de cómo dibujar el desquiciamiento progresivo de un personaje que lleva en sí el germen de la locura más brutal. Éstas son, quizá, las dos más destacables (una protagónica y otra secundaria), pero no, desde luego, las únicas dignas de mención: Burt Lancaster (un hiératico y digno, dentro de su inmensa culpa, profesor Jannings), Maximilian Schell (su vehemente abogado defensor) o Judy Garland (otro secundario –la testigo Irene Hoffman- a un nivel excepcional) también desarrollan trabajos más que encomiables.

En resumen, densidad fílmica. No comparto, en absoluto, la validez del tópico que alude (y se podría hacer extensivo a cualquier obra artística) a las “películas necesarias” –entre las que más de uno podría tener la tentación de incluir a ésta-: creo que, en el campo de la creación, toda obra es contingente, y puede ser o no ser realizada sin detrimento alguno para el devenir de la humanidad. Pero sí que creo en las “películas pertinentes”, y ésta lo es, y mucho: por su trasfondo y su intención, que van mucho más allá de su valores técnicos o artísticos, porque nos ofrecen una excelente ocasión para asomarnos, desde la ficción, a aquello que, tristemente, pasó, y pasó de aquella manera. Para que no lo olvidemos nunca y no cejemos en el empeño de que, en cuanto en nuestra mano esté, no se vuelva a producir.
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