martes, 21 de agosto de 2007

Grageas de cine XXXIX: a propósito de.... Ulrich Mühe


Hace ya casi un mes que los diarios de información general se hacían eco de la muerte del actor alemán Ulrich Mühe, a la temprana edad de 54 años, y como consecuencia de un cáncer. Las reseñas correspondientes hablaban de una extensa, sólida y fructífera carrera –desarrollada, especialmente, en el mundo del teatro-, lo cual contrasta con la circunstancia –me temo que bastante generalizada: al menos, en mi caso, así sucede- de que este intérprete se había hecho mundialmente famoso muy recientemente, y gracias a su papel protagónico en el film alemán que se alzó con el Oscar a la mejor película de habla no inglesa en la última edición de dichos premios, ese extraordinario film que responde al título de La vida de los otros.

Tristes paradojas las que nos ponen de manifiesto episodios como éste: de Mühe –cuyo trabajo en dicho film resultó ser, a tono con su apreciación global, de un nivel ciertamente magnifico- nos queda, al menos, el consuelo de que llegamos a disfrutarlo, al menos, en una muestra sublime de su valía y capacidades. Pero, ¿cuántos serán los que, como él, estarán desarrollando un trabajo de un nivel excepcional, alejado de los flashes del relumbrón y el oropel de las alfombras rojas, y de los que jamás llegaremos a tener noticia; de cuyo trabajo nunca llegaremos a tener conocimiento directo?

Un motivo más, otro argumento, para incidir, o, más bien, reincidir, en la necesidad de medidas de fomento y apoyo al cine europeo, que, con el mínimo perjuicio posible a los condicionantes comerciales del sector, nos permitan disfrutar, mediante un acceso fácil y amplio, a los buenos trabajos de los buenos artistas que en dicho mundo desarollan su labor. No habría mejor ni más fructífero homenaje para el finado que un avance en esa línea. Ojalá podamos verlo y pronto...

lunes, 20 de agosto de 2007

Micro XXVII: terremotos


Terremotos… qué curiosa paradoja, y qué ejemplo más palmario de cuán cierto es el aserto aquel de que todo es relativo. Aún no me había respuesto del susto causado por el terremoto –de escasa intensidad (no llegó a 5 en la escala Richter) y duración (unos segundos, pocos…), y con epicentro a trescientos kilómetros de mi casa- que tuve ocasión de experimentar personalmente el domingo, día 12 –ese ruido sordo, gutural, telúrico, que evoca, de forma instintiva, la apertura de la corteza de la tierra; ese movimiento convulsivo de la librería y los libros (la misma que han podido ver ustedes, amigos lectores, en alguna foto de este blog), en un temblor tenue, pero perfectamente perceptible-, cuando, sólo tres días después, el día 15, se producía uno tremendo, en intensidad (casi 9 en la escala Richter) y duración (cercana a los dos minutos), que ha causado una profunda devastación en amplias zonas de Perú: o sea, a miles de kilómetros de casa. Es evidente que las repercusiones, efectos y gravedades de uno y otro terremoto no tienen punto posible de comparación, pero ¿cuánto pesa la vivencia en la apreciación emocional de un fenómeno determinado? ¿Poco? ¿Mucho? ¿Todo…? Lamento de corazón lo que ha pasado en Perú, y aprecio y valoro el sufrimiento de tantos miles y miles de personas; pero el sentimiento de impotencia, de absoluta incapacidad para protegerme a mí y a mis seres queridos de los embates irracionales de la madre naturaleza, y el miedo cerval, radical, atroz, lo sentí por ese pequeño temblor del que a Córdoba sólo llegó un ligero eco. Curioso, ¿no…?


Fotografía: Santi Burgos-El País

jueves, 16 de agosto de 2007

EL HIJO DE LA NOVIA (ARGENTINA, 2001)


¿Drama con pinceladas cómicas? ¿Comedia con ribetes dramáticos? Dejando a un lado encuadramientos de género, El hijo de la novia es, sobre cualquier otra consideración, cine clásico, cine grande, cine hecho con el corazón, puro extracto de vida.

Y es cine clásico porque explota sabiamente las convenciones de género en cada una de sus facetas: por ejemplo, esa música de violines agudos que te sitúa al borde del llanto en los momentos más duros se contrapuntea con diálogos chispeantes e ingeniosísimos en los pasajes más divertidos; y todo ello, en un devenir de la trama que te lleva imperceptiblemente de la sonrisa a la lágrima en cada voluta en que se despliega la historia, no por cotidiana y sencilla, menos atractiva o imaginativa en su planteamiento.

Punto y aparte merecen las interpretaciones. Ricardo Darín y Héctor Alterio, hijo y padre, las bordan, sin fisuras ni altibajos, pero la que realmente toca lo súblime es la gran dama, Norma Aleandro. Su personaje, que daba pie para un muestrario de muecas y desvaríos gestuales tan al uso en películas de otro corte, queda ceñido y controlado para mostrar, puramente, el vacío y el desvalimiento que una enfermedad tan devastadora como el Alzheimer puede llegar a generar; me cuesta trabajo recordar alguna interpretación de ese nivel dentro de esa tipología de personajes. Tampoco se puede olvidar la presencia, fresca y gratificante, de una Natalia Verbeke que proporciona una agradable sorpresa, mejorando ampliamente su un tanto plana interpretación de Nadie conoce a nadie; o el tierno y afable personaje al que da vida Eduardo Blanco, imprimiendo siempre a su condición de redentor la dimensión precisa. En cuanto al resto del elenco de secundarios, quizá no quepa hacerles mayor elogio que el de reseñar que rayan a idéntico nivel que los protagonistas (es decir, altísimo).

Una película de este tenor está, necesariamente, trufada de escenas de gran intensidad, pero si he de resaltar alguna es la del “reencuentro” entre madre e hijo, punto de inflexión tanto en el desarrollo de la historia como en la decantación del personaje protagonista hacia su definitivo cambio de rumbo personal: pone los pelos de punta. Tampoco olvidaré el diálogo entre el protagonista y el sacerdote (divertidísimo) o el final, una resolución precisa y preciosa, que abarca todas las dimensiones humanas desplegadas en el metraje anterior, y, además, pone al “pastel” una guinda que no desmerece en lo más mínimo a sus deliciosos sabores.

En definitiva, una muestra más (y cuán brillante) de la actual pujanza del cine argentino, una cuestión de talante y talento, y una demostración de que, cuando este segundo corre a raudales, otras consideraciones (como las económicas) bien pueden pasar a un segundo plano.



P.S. esta reseña crítica data del 11 de enero de 2002, y es, como se puede apreciar claramente, el fruto de un impacto instantáneo (y excesivamente entusiasta...): sus no demasiado ponderadas apreciaciones se han atemperado muchísimo, naturalmente, en visionados posteriores de la película. Además, una batallita: este fue el regalo de Reyes que mi mujer me hizo el 6 de enero de 2002, dos entraditas de un cine de Sevilla para ver esta peli (que, vergonzosa e inexplicablemente, no se estrenó en mi ciudad, Córdoba, hasta varios meses después, una vez conquistado, como colofón a una impresionante carrera de premios, el Oscar a la mejor película en lengua no inglesa). Supongo que la circunstancia también influiría en tan encendidos panegíricos...

martes, 14 de agosto de 2007

Grageas de cine XXXIX: a propósito de.... Jordi Mollà


Leo, en la edición del pasado 17 de julio de El País, una breve entrevista a Jordi Mollà, gracias a la cual me entero de que está embarcado, nuevamente, en un proyecto fuera de nuestras fronteras; concretamente, The golden age, la segunda parte de Elizabeth -dirigida, al igual que la primera, por el indio Sekhar Kapur-, en la cual dará vida al rey español Felipe II. Desconozco –la entrevista, dada su brevedad, es parca en detalles- la entidad y consistencia del papel en cuestión; pero, si tenemos en cuenta los precedentes inmediatos de la carrera interpretativa de Mollà en el extranjero –donde viene prodigándose con cierta frecuencia a lo largo de estos últimos años, en contraste con su total ausencia de los sets de rodaje españoles-, cabe sospechar que debe tratarse de un papel secundario y, además, poco relevante –aunque, muy probablemente, esté recompensado en lo económico de forma harto generosa-. También desconozco –y esto es algo que va más allá del marco de referencia de la entrevista de marras- si esta prolongada “emigración artística” del actor obedece a una decisión propia, una apuesta personal, o es únicamente el fruto de las “circunstancias de mercado” (en España no le ofrecen papeles, o, en el mejor de los casos, los que le ofrecen no son los que a él le apetecería hacer). Siempre he tenido cierta sensación de que Jordi Mollà, sin ser ni mal intérprete ni artista carente de talento, sí que exhibe ciertas ínfulas que no se ven respaldadas, a posterori, con productos a la altura de las mismas: y de ahí al despecho y el resentimiento, no suele haber mucho más de un paso (y, además, cortito). Baje usted de su nube de artista incomprendido -o, en el mejor de los casos, poco valorado-, señor Mollà, que, a ras de suelo, también se pueden hacer cosas la mar de interesantes....

viernes, 10 de agosto de 2007

Las que no he visto V: Babel (U.S.A., 2006)


POR QUÉ NO LA HE VISTO (TODAVÍA...).-

Pues eso mismo me pregunto yo, amigos lectores: porque ni siquiera el hecho de que Cate Blanchett salga en lugar de Ingrid Bergman, me parece motivo suficiente para justificar la circunstancia.

Porque siempre hay alguna otra interesante que ver, y, total, ya habrá tiempo y ocasión, ¿no?

POR QUÉ LA VERÉ (UN DÍA DE ÉSTOS...).-

Porque las dos pelis anteriores de su director, Alejandro González Iñárritu Amores perros y 21 gramos-, me parecen dos de las propuestas cinematográficas más estimulantes de los últimos diez años, y a alguien que ha despachado dos productos de ese nivel hay que otorgarle ya un cierto crédito.

Porque a este humilde escribiente, eso de las historias entrecruzadas y las estructuras narrativas “desordenadas” –dentro de un orden, que todo tiene un límite...- como que le pone un montón. Además, ¿quién dijo miedo...?

Porque, según he leído por ahí –aunque sin fijarme excesivamente en detalles: no me gusta ver las pelis muy “machacaditas”....-, hay una historia en la que aparece una japonesita un tanto rarita en cuanto a gustos y tendencias sexuales. O sea, morbillo para aderezar el producto. Eso, eso, ¿quién dijo miedo?

Porque, aunque Brad Pitt no me parezca el más brillante de los actores, verlo compartir pantalla con una “monstrua” del calibre de la Blanchett también tiene su interés (sobre todo, por ver si estará a la altura, que nunca se sabe....). Más morbillo, vaya....

Porque Javier Marías le ha dado bastante caña en un artículo de opinión publicado en El País Semanal, y, aunque al Marías novelista lo suelo leer con placer y entusiasmo, al Marías opinante no termino yo de cogerle la onda... O sea, que me da a mí que si a él no le gustó, a mí sí me va a gustar. Estos madridistas....

Porque hay que verlas todas, ¿no....?

martes, 7 de agosto de 2007

Grageas de cine XXXVIII: a propósito de... La chica de París (Une hirondelle a fait le printemps; Francia, 2001)


Como reza el refrán en que se basa el título original de esta película, una golondrina no hace primavera, pero una historia hermosa, sencilla, poco pretenciosa y bien contada, sin aspavientos ni excentricidades, sí que puede dar soporte a una excelente propuesta fílmica.

Christian Carion así lo hace con esta película, que desarrolla una trama ciertamente muy explotada (la del choque de las culturas urbana y rural, escenificada a través de la relación entre una exitosa y atractiva joven profesora de informática que decide abandonarlo todo, marcharse de París y afrontar una nueva experiencia como granjera y promotora de turismo en la naturaleza, y un viejo granjero, ya en vías de retirada, que, no sin ciertos reparos, le vende su explotación agrícola, pero aún deberá permanecer viviendo en la misma durante un tiempo, hasta tanto pueda trasladarse a su nuevo domicilio en la ciudad), pero con la particularidad de que lo hace, no a través de la exacerbación de los contrastes (ni ella –una bellísima y (sorprendentemente) solvente Mathilde Segnier- es una urbanita histérica a la que los avatares naturales exasperan o descolocan –aunque sea una parisina con todas las de la ley-, ni él –el veterano Michel Serrault, en la enésima demostración de su impresionante talento- es el típico mendrugo resabiado y cascarrabias que pretende hundir a la fina chica de ciudad a base de pullas e indiferencia –aunque algo de ello llega a exhibir en algún momento puntual-), sino de una manera mucho más sutil, mediante un acercamiento muy suave, casi imperceptible, que se va produciendo a través de episodios concretos que van sirviendo para anudar unos lazos que, aunque nunca a llegan a ser demasiado profundos (una “caída a plomo” tampoco hubiera resultado creíble, en el contexto trazado para el desarrollo de la relación entre ambos personajes), sí que ponen de manifiesto cómo, en el territorio de lo humano, desde un prisma de optimismo existencial (y la visión que nos ofrece la película, desde su realismo, es manifiestamente “buenista”, a qué negarlo...), siempre termina pesando más aquello que nos une que aquello que nos separa.

Unan a esta tierna y hermosa historia de amistad fraternal intergeneracional e “interprofesional”, sin más almíbar del estrictamente necesario para endulzarnos ligeramente el paladar, una puesta en escena sobria, contenida, con un ritmo despacioso, pero no por ello cansino (y de un perfil “elegantemente francés” que tumba al suelo, de puro reconocible...) y una generosa utilización de unos escenarios naturales grandiosos y espectaculares, en plenos Alpes franceses, en los que la luz cobra un protagonismo absoluto (y maravilloso: todo el film irradia una luminosidad especial, que baña la pantalla en toda su superficie), y tendrán eso que arriba les apuntaba: una película que, sin pretensión alguna de grandiosidad, atrapa, cautiva y deja al espectador con una suave sonrisa arrugando la comisura de sus labios.

A mí, al menos, así me dejo. ¿Y a ustedes? Véanla, y me cuentan....
P.S. pocos días después de ver esta película -y escribir esta reseña-, tengo noticia del fallecimiento de uno de sus protagonistas, Michel Serrault. Sirvan estas líneas como humilde nota de homenaje a quien no ha sido objeto del clamor generalizado que sí han suscitado -no sin su punto de lógica- las muertes recientes de dos grandes como Bergman y Antonioni...

lunes, 6 de agosto de 2007

Micro XXVI: (más) dudas existenciales (y 3)


- ¿Por qué las autoridades de tráfico nos machacan insistentemente con la idea de que los excesos de velocidad son la principal causa de siniestralidad en nuestras carreteras, y luego permiten la fabricación y comercialización de vehículos que alcanzan velocidades que duplican y triplican los límites máximos establecidos?

-¿Puede creerse alguien, a estas alturas de la “película”, que las autoridades rusas no están implicadas hasta las cejas –y no las de Breznev, precisamente...- en la muerte por envenenamiento, a finales del pasado año, del periodista Alexander Litvinenko?

-¿Existe literatura infantil más allá de Harry Potter...?


P.S. la de la foto viene a ser una reedición agosteña del mito eterno de la bella y la bestia: ante la evidencia de quién es cada cuál, creo que huelga cualquier aclaración...

miércoles, 1 de agosto de 2007

A salto de mata XXIV: carta abierta al juez Fernando Ferrín Calamita


Estimado juez:

He asistido días atrás, sin asombro y sin desdicha, a su crucifixión pública por parte de determinados medios de comunicación (otros hay que, supongo, le habrán elevado a sus altares, y por idénticos motivos...), a cuenta de algunas de las decisiones adoptadas en el marco de su función jurisdiccional, en desarrollo de la cual, a tenor de lo que se desprende de tales informaciones (y creame si le digo que, tanto por formación académica y profesional como por experiencia personal, suelo ser, en general, muy receloso y escéptico acerca de la certeza y exactitud de las mismas), parece ser que usted tiene la no muy sana costumbre de anteponer sus convicciones morales y religiosas (personales) al imperio de la ley, que, por mandato constitucional, deberia regirlas.

No pretendo, juez Ferrín –no se debe incurrir en tales pecados de ingenuidad-, que, en el desarrollo de su labor profesional, usted se olvide de esas convicciones personales, de honda raigambre religiosa –concretamente, vinculadas a un conocido movimiento ultramontano, el Opus Dei-, con las que yo no comulgo, pero que me parecen, en principio, tan respetables como las mías. El cerebro humano no es la pieza de un mecano desmontable que se puede dejar en la taquilla del vestuario, antes de entrar al despacho, y, consecuentemente, usted debe entrar a su despacho con su cerebro en su sitio. Faltaría más...

Tampoco pretendo que cambie usted sus gustos y querencias personales –que tampoco comparto, pero que suyos son, y, como tales, muy respetables me parecen-.¿Que a usted no le gustan los homosexuales...? Me parece fenomenal: exclúyalos de su círculo de amistades, no salga a tomar copas con ellos, no vaya a la European Party (o como leches se llame...). ¿Que a usted no le gustan los divorcios? Muy bien: no se divorcie; y si un amigo suyo lo hace, retírele la palabra o pídale que le devuelva los dos mil euros que le prestó a fondo perdido hace quince años; qué sé yo, haga usted lo que considere más conveniente sobre el particular. Es muy libre y yo lo respeto.

Pero lo que si le puedo exigir, y le exijo (y lo hago, en mi condición de ciudadano español, como parte de ese “público” al que usted tiene el compromiso de prestar servicio, a través del ejercicio de la función jurisdiccional –compromiso que usted tiene libremente asumido: si no quiere seguir asumiéndolo, dimita como juez, y aquí paz y después gloria...-) es que esas convicciones, gustos y querencias personales, EN TANTO EN CUANTO NO CONCUERDEN, O COLISIONEN, CON EL ORDENAMIENTO JURÍDICO VIGENTE EN ESTE PAÍS, que es el que usted tiene que aplicar en el ejercicio de su función judicial, se las reserve para su ámbito privado, y se abstenga de tomarlas en consideración a la hora de adoptar sus decisiones.

¿Que a usted no le gustan determinadas normas del ordenamiento jurídico español...? Pues mire usted, le pasa lo mismo que a mí; a mí también hay normas que no me gustan. Y para intentar que cambien, me asocio y me embarco en empeños colectivos encaminados a instar su modificación por vías pacíficas y legítimas. Si lo conseguimos, fenomenal; y si no lo conseguimos, no pasa nada: seguimos respetando las normas que son expresión de la voluntad mayoritaria del cuerpo ciudadano en el que desarrollamos nuestra convivencia social. Y punto (a lo sumo, ladramos nuestros quejidos en la barra de algún bar, pero la cosa nunca pasa a mayores...).
¿Que no sólo no le gustan, sino que, además, se le hacen insoportables, hasta el punto de que le resulta de todo punto imposible aceptarlas? Pues tiene usted las puertas abiertas, juez Ferrín; nadie le obliga a seguir viviendo en este país, y, según el último censo de Naciones Unidas, hay más de doscientos Estados independientes y reconocidos –millones de kilómetros cuadrados de superficie para instalarse...- en los que intentar encontrar ese ordenamiento jurídico soñado, en el que los homosexuales son cazados con lazo para colgarlos de los pinos y los matrimonios consagrados por Dios no los rompe ni la madre que los parió. Por ejemplo, y sin ir más lejos (no necesitaría ni pasaporte: su condición de ciudadano comunitario le facilitaría la tarea...), no se puede imaginar usted cuán felices haría a los gemelos Kazckinsky largándose a Polonia a impartir su magisterio jurídico. En fin, es sólo una sugerencia...

Como toda carta abierta que se precie, juez Ferrín, me consta que ésta tampoco será leída por su supuesto destinatario, es decir, por usted; de todos modos, en el hipotético caso de que así sucediera, he de suponer que será usted persona bastante refractaria a la crítica y poco propensa a plantearse la posibilidad de cambiar sus actitudes en función de requisitorias externas. Qué se le va a hacer: al menos, tenía que intentarlo...

Un atento saludo.
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