martes, 31 de julio de 2007

Grageas de cine XXXVII: a propósito de.... Harry Potter y la Orden del Fénix (Harry Potter and the Order of the Phoenix; Gran Bretaña, 2007)


Si hay –entre algunos más, no demasiados- dos “negociados cinematográficos” respecto a los cuales abrigo una fobia bastante considerable (más sobre el primero que sobre el segundo, ciertamente), uno es el de las secuelas y otro, el de las adaptaciones. Imagínense pues, amigos lectores, cuál puede ser mi postura previa ante una película que reune ambas condiciones (más propiamente la segunda que la primera, pero, en definitiva, sí, ambas dos...): en principio, la de una cauta distancia. De todos modos, como no siempre es la santa voluntad de uno mismo la que determina qué película se ve, hay ocasiones en que toca lo que toca. Y esta vez tocó: Harry Potter y la Orden del Fénix. Casi nada...

Ya sé que habrá quién me pueda rebatir, con todo fundamento, que tampoco es grave. Y que, al fin y al cabo, se trataba de ver la misma película que han visto, en todo el mundo, y a plena satisfacción, muchísimos espectadores. Desde esa perspectiva, evidentemente, sólo soy uno más entre millones. De lo que, en cambio, tengo ya más fundadas dudas es de que sean muchos los que, entre esos millones, reunen, además, las siguientes dos condiciones: la de no haber leído ni uno solo de los libros de la saga potteriana y la de no haber visto ni una sola de las cuatro películas anteriores. ¿A que de esos, amigos lectores, ya tiene que haber muy poquitos...? Pues aquí tienen ustedes a uno, vivito y “cibercoleando”. Más o menos....

¿El fruto de tal experiencia? Una conclusión clara: esto es algo que hice, y ya no volveré a hacer jamás (al menos, mientras en mi mano esté...). Porque, cierto es, asistí a un espectáculo trepidante, pleno de ritmo, grandiosidad, magia, vértigo y un montón de cosas más. Vislumbraba que aquello podía tener, además, un cierto interés dramático, porque el despliegue narrativo era vigoroso y contundente. Pero... ¿Pero...? Pues que no me enteré de nada. Yo no sé qué historia ví, ni qué era lo que pasaba en aquella historia, ni a qué obedecían las actitudes y actuaciones de sus personajes, ni... nada de nada. Y no sé si se trata de un problema mío o del equipo creativo del film, pero las cosas fueron tal cual se las cuento, de tal triste manera. Algo que, de haber sabido que así sería, posiblemente hubiera evitado.

Una auténtica pena. Porque puedo suponer, con cierto fundamento, que, en otras condiciones, esa película debía merecer la pena, y bastante. Pero, en las condiciones en que yo lo hacía, se trataba de un ejercicio de una futilidad casi patética. Y que, además, debería tratar de evitarse mediante algún sencillo “aviso para navegantes”; se trataría de algo tan simple como poner en la taquilla del cine un aviso del siguiente tenor (o similar): “¿No leyó usted los libros....? ¿No vio las pelis anteriores...? Gástese los cuatro euros de la entrada en pipas o en gominolas, que le aprovecharán más...”. Snif...

miércoles, 25 de julio de 2007

A salto de mata XXIII: Rajoy y Polanco



La profusión e intensidad con que la inmensa mayoría de los medios ha acogido la noticia del fallecimiento, hace unos días, del empresario de la comunicación Jesús de Polanco, no debería ser motivo de sorpresa alguna; al fin y al cabo, estamos hablando de uno de los hombres más poderosos no sólo de este país, sino de todo el mundo hispanohablante, cabeza rectora de un conglomerado multimediático de dimensiones auténticamente colosales. Desconozco con qué perfiles, matices, sesgos y connotaciones habrá sido tratada la información sobre tal hecho –si es que ha sido tratada, he de suponer que sí- en determinados medios particularmente hostiles a su figura –como el diario El Mundo o la cadena radiofónica COPE-, y no sé si en ellos se habrá recalcado, o, al menos, llamado la atención de alguna manera, sobre una circunstancia concreta, relacionada con el luctuoso suceso, que a mí sí que me ha dejado absolutamente estupefacto: la presencia de Mariano Rajoy y sus manifestaciones altamente elogiosas sobre la figura del finado.



De la elevada querencia del españolito (no sé si se trata de fenómeno que también halle acogida tan extensa en otras latitudes; lo dudo...) por colgar medallas en la pechera de un muerto, al que, hasta diez segundos antes de exhalar su último aliento, se había estado despellejando sin la más mínima piedad, ya sabemos todos, y con episodios sobre el particular podríamos no sólo confeccionar un blog, sino empapelar la blogosfera al completo. Pero la desvergüenza del señor Rajoy, ensalzando de manera rotunda y manifiesta a un señor sobre cuyos medios de comunicación se mantiene, aún a día de hoy, un boicoteo informativo por parte de su partido político, me parece que roza ya los límites de lo moralmente tolerable a un personaje con responsabilidades –y no menores- en la esfera de lo público.

Si al señor Rajoy no le quedaban más “cojones institucionales” que hacer acto de presencia en las exequias del señor Polanco, entiendo que por allí se dejara caer, por allí anduviera y por allí se dejara ver: asumo, más allá de lo más o menos que me pueda gustar a mí personalmente, que el sentido de la educación y el respeto a las formas imponen, para determinadas personas, unas obligaciones que hay que atender. También habrá quien argumente que el señor Rajoy tiene todo el derecho del mundo a expresar libremente su opinión (por supuesto, eso tampoco se lo discuto, faltaria más....) y que no hay ninguna contradicción entre su elevada opinión acerca de la figura del difunto y la actitud mantenida por su grupo político –a instancias suyas, que nadie lo olvide- en relación con los medios de comunicación que hasta hace días dirigía. Pero nadie será capaz de convencerme de que lo que a mí me parece un ejercicio de hipocresía y cinismo “políticamente correcto” por parte del señor Rajoy, se trata, en la práctica, de otra cosa.

Porque, vamos a ver, señor Rajoy, si yo le digo a usted que me parece un gran político, el más grande de los políticos españoles, capaz –por su brillantez, inteligencia, conocimiento y templanza- de garantizar la dirección firme, enérgica y vigorosa de un gobierno capaz y cohesionado, dispuesto para llevar a España a las más altas cotas de su historia en todos los órdenes económicos y sociales... Y, después de decirle eso, le digo que a usted y a su partido, yo no le voy a votar jamás en mi vida, ni siquiera con una pistola apuntándome al pecho, señor Rajoy, ¿usted me entendería...? ¿A que no...? Pues eso...

martes, 24 de julio de 2007

Grageas de cine XXXVII: a propósito de... Scarface, el terror del hampa (Scarface; U.S.A., 1932)


Si hay una película que, más que gustarme, he de confesar que me tiene subyugado (hasta el punto de que, habiendo perdido la cuenta de las veces que la he visto, aún no me he cansado de hacerlo), es El precio del poder (Scarface; U.S.A., 1980), esa antología de la violencia desatada con la que el tandem compuesto por Brian de Palma y Al Pacino compuso una auténtica sinfonía del exceso, especialmente recomendable para espíritus de sensibilidad un tanto ¿extraña? Pero no se equivoquen: la que es realmente buena, buenísima -una película excepcional- es aquella a la que ésta versionó, ese retrato afilado y turbio del mundo del hampa que, por aquel ya tan lejano 1932, manufacturó con brillantez de auténtico maestro Howard Hawks, soportado igualmente (como el friki De Palma lo hiciera, cincuenta años más tarde, en un frenético Pacino) en el trabajo arrolladoramente histriónico de Paul Muni, que da vida a un Tony Camonte convulsivamente violento, a la par que simple e ingenuo hasta un punto rayano en lo pueril: pura testosterona bajo unos rasgos simiescos que siempre oscilan entre el ceño fruncido de la amenaza y la sonrisa fatua y bobalicona del niño chuleta que no es muy consciente de lo que se trae entre manos.

Desde el punto de vista formal, Howard Hawks exhibe, en un desarrollo narrativo de crescendo pausado y paulatino desplegado con un sentido del ritmo excepcional, un continuo de imágenes turbias y oscuras de los ambientes del gansterismo de la decada de los 20’, bajo el imperio de la ley seca, que se ve salpicado, de manera puntualmente brillante, por chispazos en los que juega con recursos visuales sorprendentes e ingeniosos (algo en lo que el mago Hitch se convertiría en un auténtico maestro años después...), en un momento en el que el lenguaje cinematográfico, con el sonido recién incorporado a su bagaje de herramientas narrativas, aún adolecía –si dejamos de lados los excepcionales hallazgos creativos alcanzados, en sus juegos lumínicos, por los cineastas centroeuropeos- de una evidente (y, por otro lado, lógica) falta de madurez formal.

Pero no menos sorprendente resulta la audacia con que aparecen en este relato de ambiciones desmedidas y violencias gratuitas y desaforadas, elementos temáticos que, para una producción convencional destinada al gran público de su época, no podían suponer más que pieza garantizada de escándalo: ¿cómo calificar, si no, la “peculiar” relación que se entabla entre Tony y Cesca, su hermana –uno de los pocos elementos que no sufrió apenas alteración en su “trasvase” del original a la nueva versión-? ¿o el penoso espectáculo de la reiterada inoperancia policial ante el imperio de un crimen organizado amo y señor de calles, haciendas y mercados? No se puede olvidar que estamos, aún, en 1932, y cuestiones que la extensión masiva de los medios de comunicación han hecho hoy, si no cotidianas, sí al menos habituales, no tenían tal condición en ese momento.

En definitiva, Scarface, el terror del hampa es eso que, de toda la vida, y antes de que los críticos de cine se decidieran a poblar el universo escrito, en cualquier soporte (impreso, real o virtual...), de “palabros” raritos para calificar y valorar los films, se llamó un peliculón. Como tal, amigos lectores, se lo recomiendo, y como tal espero que lo aprecien y disfruten. Buen provecho....

lunes, 23 de julio de 2007

Metablog XXIII: rankings


La vanidad, como elemento presente en este ejercicio de cierto exhibicionismo que, queramos o no, supone este de mantener un blog, tiene muy diversas variantes y manifestaciones, de algunas de las cuales me he ocupado, aunque sólo fuera incidentalmente, en algunos artículos anteriores de esta misma sección, dedicada al bloguerío y territorios adyacentes. Pero es posible que en pocos aspectos se manifieste con más crudeza y ensañamiento que en ese particular invento que es, o que son (para ser más exactos: hay tantos, tantísimos…) los rankings.

Porque, al fin y al cabo, ¿qué hay detrás de esa curiosidad, ese interés por saber si nuestro blog es el primero, el vigésimo, el quincuagésimo noveno o el 37.951º -perdonen, amigos lectores, que de éste omita la denominación del ordinal: es que la desconozco…- de un ranking determinado? ¿Estímulo competitivo, afán de superación, mero divertimento…? Pues supongo que sí, de todo ello y de algo más ha de haber en sana y sabia mescolanza. O sea, en definitiva, y en último extremo, vanidad.

Mi actual blog no está incluido en ningún sistema de medición de importancia, trascendencia o audiencia traducible a un posicionamiento determinado en un conjunto preestablecido de blogs (con la única excepción del Pagerank de Google), con lo cual no encontrarán ustedes en él ningún botoncito identificativo al respecto (a diferencia de algunos blogs que, dicho sea sin ánimo denostador alguno, presentan, cual pechera de generalote multicondecorado, una apabullante colección de ellos). El blog que le precedió –ése que, aun sin actualizar, sigue más o menos vivo, y que pueden localizar en el enlace que figura en la parte derecha de éste- sí que figuraba –y figura- en varios: experiencia tras la cual tomé la decisión de prescindir en el actual de tales aditamentos. Y no es lo de la zorra y las uvas, como verán a continuación (ah, que era el zorro; tanto da…).

¿Falta de vanidad? Ni muchísimo menos. Soy tan vanidosillo (o vanidosote) como el que más pueda serlo; y no les quepa duda alguna de que, si algún día me decidiera a poblar algún territorio determinado de mi humilde cibercasa (estaría por ver cuál es la “parcela” más “apetitosa” para ello: ¿una barra lateral…? ¿los “barrios bajos”…?) con botoncitos de tal tenor, nada me haría esponjarme más ni mejor que un número bien bajo en el interior del cuadradito. Pero, aún así, no dejaría de ser consciente de que esto de los rankings, las clasificaciones y las ordenaciones no deja de ser algo –y no por ello pretendo restarle su interés- que resulta tremendamente relativo. Y, aunque a uno lo relativo no sólo no le asuste, sino que incluso tenga cierta querencia por ello, en este caso concreto, no me llama excesivamente la atención tal relatividad; o, al menos, no lo suficiente como para entregarme gozosamente, en plan de puro divertimento, a su puesta en práctica con botoncitos, enlaces y demás zarandajas de ese corte.

Tampoco es desconfianza: desde mi supina ignorancia, he de confesar que yo me creo todo lo que me cuentan acerca de algoritmos, procesadores, fórmulas polinómicas y tablas de datos cruzados (y no sé si la credulidad nace de la ignorancia, o la ignorancia de la credulidad: tengo mis muy serias dudas…); o sea, que no pongo en cuestión que el posicionamiento de un blog en un ranking tiene cierto fundamento “científico”. Pero como son tantos, tantísimos, pues ¿qué quieren que les diga…? Supongo que unos serán más rigurosos, más serios, y otros… pues eso, dejémoslo ahí, que mejor será. Porque, en caso contrario, ¿ cómo se explica que un blog que no se actualiza desde el mes de noviembre del pasado año 2006 gane posiciones en determinados rankings de blogs? ¿O que blogs que llevan cerrados la “intemerata” estén muy por encima de otros que se actualizan prácticamente a diario? Lo dicho, pues eso…

En fin, amigos lectores: a aquellos de ustedes cuyos blogs estén fantásticamente bien posicionados en los más diversos y variopintos rankings que pueblan la blogosfera –que me consta que hay más de uno que lo está, y mucho-, mi más sincera y efusiva felicitación; al fin y al cabo, los rankings están para eso, para marcar un reconocimiento, y no seré tan mezquino como para no apreciarlo: lo aprecio, y de corazón. Y a los que, como en mi caso, nos vaya valiendo con el cariño y reconocimiento de nuestros lectores habituales y cotidianos, pues eso, lo dicho… Eso sí, los lectores, contaditos de uno en uno; pero de contadores, que son harina de otro costal, hablaremos en la próxima. Feliz semana, amigos.

jueves, 19 de julio de 2007

EL INFIERNO DEL ODIO (TENGOKU TO JIGOKU; JAPÓN, 1963)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Gondo es directivo de una gran empresa de fabricación de calzado que atraviesa graves problemas de viabilidad, que él pretende solventar haciéndose con el control de la compañía a través de una arriesgada operación financiera en la que pondrá en juego todo su patrimonio. Cuando está a punto de cerrar dicha operación, ha de afrontar un secuestro –que, en principio, parece ser el de su hijo, pero que termina siendo el del hijo de su chófer-, para cuyo rescate el autor –un médico interino que trabaja en un consultorio cercano y que, atrapado en el mundo de la droga, acumula un inexplicable y tremendo odio contra Gondo y su mundo- le pide una cantidad de dinero que éste no puede afrontar sin que ello signifique echar a pique no sólo su maniobra empresarial, sino toda su fortuna. Debatiéndose entre sus ambiciones profesionales y su sentido de la dignidad y el honor, Gondo, instigado por su mujer, termina decantándose, aunque presa de la desesperación, por la segunda opción. Eso le convierte en un héroe nacional, y hace que la policía, especialmente motivada por su noble actitud, vuelque todos sus esfuerzos en la resolución del caso y la recuperación del dinero perdido.

RESEÑA CRÍTICA.-

Resulta casi inevitable asociar un nombre como el de Kurosawa a un cine de una línea muy determinada, a caballo entre la épica de la batalla y la lírica de los grandes espacios abiertos: es esa la tendencia que marcan sus títulos más señeros y conocidos –Los siete samurais, Dersu Uzala (El cazador), Ran...-. Pero no deja de ser ésa una visión tópica y reduccionista, que peca de un fallo elemental, consistente en dejar fuera de su campo de apreciación un buen puñado de muy estimables películas... y alguna obra maestra, como El infierno del odio.

Resulta sorprendente el halo de modernidad que desprende: estamos ante una película datada en 1963 –hace más de cuarenta años-, y, sin embargo, lejos de verse aquejada de ese atroz envejecimiento del que adolece buena parte de la producción de esa década, El infierno del odio resulta una película de una factura visual completamente actual –salvando,obviamente, los condicionantes tecnológicos que le impedían acceder a recursos hoy fácilmente accesibles-. No es ajena, desde luego, a esa modernidad que la impregna, su impecable realización desde una perspectiva estrictamente fílmica: con un depuradísimo blanco y negro, la planificación, los encuadres, los movimientos de cámara, la composición de las escenas (el posicionamiento de los personajes y la disposición de los decorados, con un equilibrio de líneas –horizontales/verticales- exquisito) nos sitúan ante un auténtico prodigio, digna obra de un orfebre cinematográfico de magnitud sólo comparable a la de los más grandes, ésos entre quienes Kurosawa ocupa, con todo merecimiento, un lugar bien destacado.

De todos modos, y más allá del deslumbramiento que puede provocar (con lógico fundamento, la verdad sea dicha) tal despliegue de alardes estilísticos, aún resulta más sobrecogedora la contemplación de la película desde la perspectiva de su temática de fondo, y cómo aborda la misma. Kurosawa nos ofrece, de manera sencilla, y alejándose conscientemente del más mínimo atisbo de ampulosidad narrativa (ese nefando vicio con el que corrientes artísticas henchidas de falsa trascendentalidad obligaban a soportar en esos tiempos tochos infumables) un auténtico tratado acerca de algunos de los grandes temas que atañen a los entresijos de la condición humana: la conciencia, la ambición, la duda, la libertad, la elección, la renuncia... y todo bajo el envoltorio de una historia que, aun desarrollándose en diversas coordenadas genéricas conforme avanza en su evolución (la trama deriva desde el drama con suspense hasta el thriller policiaco más convencional), incidiendo en diversos personajes y sus mundos (al principio, Gondo, el protagonista principal, y el mundo de la empresa, que cederán su papel preponderante al colectivo policial, y, finalmente, al mundillo del hampa, casi en su desenlace), hasta el final (un auténtico tour de force que no tiene nada que envidiar, ni en su composición formal ni en su planteamiento, a cualquiera de los más aclamados de la historia del celuloide), no deja de constituir una trama sencilla y carente de recovecos enrevesados. Otra lección de maestro con mayúsculas.

En definitiva, estamos ante una grandísima, enorme película, de ésas de las que se disfruta de principio a fin (afortunadamente, su metraje es lo suficientemente generoso como para que la cantidad y la calidad vayan felizmente acompasados, y aún así, uno no deja de sentir cierta tristeza cuando ve acercarse al final..) y de las que merece conservarse en los anaqueles de cualquier filmoteca con letras en molde de oro. Una auténtica lástima que películas como ésta hayan de quedar confinadas al reducto de los cinéfilos recalcitrantes y/o los cinéfagos más voraces. Cuántos adeptos ganaría la “causa” haciendo proselitismo con “Biblias” de tal capacidad de convicción...

miércoles, 18 de julio de 2007

A salto de mata XXII: ayudas y ayudas


El Gobierno socialista (para ser precisos, y según se desprende de fuentes informativas dignas de toda confianza por la cercanía a su entorno, más bien habría que decir que su presidente, José Luis Rodríguez Zapatero), en el ánimo y con la intención de fomentar la natalidad en nuestro país, ha establecido una ayuda lineal e individual de 2.500 euros destinada a toda persona que, a partir del 7 de julio de 2007, tenga un hijo.

No sé si habrá alguien que adopte la decisión de tener un hijo impulsado por dicha medida: albergo serias dudas al respecto. Tampoco me cabe la más mínima duda de que todo aquel que, por cualquier otro motivo, estuviera decidido a tener un hijo, o lo vaya a estar en lo sucesivo, solicitará y percibirá su ayuda correspondiente con cierta alegría o satisfacción (aunque también con la clara consciencia de que, con esa cuantía, no cubre más que una ínfima parte de los gastos ordinarios que acarrea el cuidado y mantenimiento, en condiciones más o menos estándar, de una criatura). Pero a mí, el sistema de marras no me convence. Es más, lo considero más propio, y en línea, con las proclamas de cierto señor que, últimamente, se suele dedicar a ir diciendo por ahí aquello de “quién es el gobiernou para decirme a mí lo que tengou que hacer con mi libertad” (o, en lo que sería aplicable a este caso, con mi “dinerou”....). Sí, ése, ése mismo en el que están ustedes pensando, con su bigote y todo.

¿Y cuál es la alternativa que me parece a mí preferible –dando por sentado que comparto con el gobierno el objetivo y sentido último de su medida-? Pues una alternativa socialista; es decir, una alternativa que prime las medidas de ayuda colectivas sobre las individuales (aun cuando, en última instancia, toda ayuda colectiva termina concretándose e individualizándose), en línea con lo que ha apuntado –y lo señalo para que me nadie me acuse, fundadamente de “fusilar” ideas ajenas- el coordinador general de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares (ese héroe empeñado en la ciclópea misión, tan descomunal como imposible, de que sus huestes cejen en ese empeño –empeño que, vistos los resultados, se viene saldando con éxito más que notable- de hacerle el trabajo a sus rivales políticos, despedazándose a sí mismos con saña inusitada...). A saber, y entre otras posibles: establecimiento de un red de guarderías y centros de acogida públicas de calidad, con unas instalaciones óptimas –en ubicación, espacios y dotación de medios- y unos ratios de niños/cuidadores en línea con las recomendaciones pedagógicas más avanzadas, así como un nivel de prestaciones, especialmente en cuanto a horarios, de la máxima amplitud; la ampliación de los sistemas de atención pediátrica, tanto generalista como especializada, tanto en la red primaria como en la hospitalaria, con el establecimiento de programas específicos de salud infantil (revisiones más frecuentes y extensas, en cuanto a tiempo y consistencias); programa de ayudas a la extensión de pautas de alimentación saludables, con líneas de subvención a los productos que se atengan a las premisas que se establezcan técnicamente en la materia; extensión de los periodos de baja maternal, excedencias y similares, con el establecimiento de mecanismos de prolongación de tales sistemas (a través de acuerdos voluntarios, subsidiados y con la participación de las instancias empresariales, a las que se primaría a través de un sistema generoso de bonficaciones en las cotizaciones a la Seguridad Social); implantación de la figura del cuidador infantil, con carácter obligatorio, en todos los centros de Educación Infantil. Por ejemplo. Hay más opciones, pero, a título de ejemplo, creo que resulta suficiente, para ir abriendo boca.

El gran problema de esta opciones de ámbito colectivo es que, evidentemente, eliminan ciertas posibilidades. Con más guarderías, los padres no pueden comprarse (además de varios paquetes de pañales) un televisor nuevo de plasma de 42’; y con más pediatras, lo de cambiar la cocina (en la que poder guardar el par de docenas de tarros de papilla que habrás podido comprar con el remanente), como que hay que irlo dejando para más adelante. Serio problema, ya ven, que no es más que manifestación inconclusa de la pérdida de importantes ámbitos de libertad individual.

Hay más pegas: la implantación de medidas de corte colectivo redunda en un “engorde” del ámbito de lo público que casa bien poco con las “nuevas tendencias”, vía UE, en materia de gasto público y fiscalidad correspondiente. Ayuda pagada, ayuda liquidada, y a otra cosa, mariposa... (con independencia de que su monto total pueda resultar más o menos gravoso para las arcas del Estado). En cambio, con el establecimiento de sistemas colectivos de cobertura, el Estado se hipoteca a largo plazo, siempre y cuando lo haga con un compromiso serio de un mantenimiento solvente de dichos sistemas (si la idea es desmantelarlos una vez haya pasado el “tajo” electoral correspondiente, tampoco hay mayor problema...).

Por cierto, y ya que hablamos de “tajos” electorales... Uy, qué tarde que se me ha hecho. Lo tengo que ir dejando. Otro día seguimos, ¿de acuerdo...?

martes, 17 de julio de 2007

Micro XXV: (más) dudas existenciales (y 2)


- Las proclamas del terrorismo islámico sobre la reconquista de Al-Andalus, ¿son mera retórica para la exaltación de su grey, o existe una voluntad –y una convicción real sobre su viabilidad- de conseguir dicho objetivo?

- ¿Cuándo terminarán reconociendo abiertamente las autoridades de las potencias occidentales, que Radovan Karadzic y Ratko Mladic, los dos principales responsables de las matanzas de bosnios en la guerra de la ex Yugoslavia de hace una década, jamás serán puestos a disposición de la justicia, nacional ni internacional?

- Mi niño, ¿me querrá siempre...?

lunes, 16 de julio de 2007

Metablog XXII: fugacidad


A toda pastilla, que dirían los Estopa. Si Internet, en general, y el mundo de los blogs, en particular (que sí, que sí, que ya lo sé: que se le llama blogosfera; vale, de acuerdo...) se asocia, de manera indefectible y casi automática, a conceptos como velocidad, modernidad, celeridad, ¿por qué habría de sorprender que también estuviera entre sus señas de identidad, la fugacidad? Y no, no sorprende, cierto es. Pero he de reconocer, que, en lo que respecta a mi percepción personal, al menos, sí que descoloca. Cuestión de lentitud, supongo: el cerebro humano (el propio; de los ajenos, cada cual sabrá a qué velocidad opera el suyo) está acostumbrado a otro tipo de marcha (y no me estoy refiriendo a la de los fines de semana, que, también en mi experiencia personal, es algo más perteneciente a la sección de estudios prehistóricos y arqueológicos que a las páginas de actualidad...).

Blogs que surgen como setas –y a los que uno, en un afán tan iluso como inútil, pretende prestarles algo de intención: es imposible, porque el volumen es tan ingente que cualquier intento de atenderlo está condenado al más espantoso de los fracasos...- y blogs que, a veces con explicación, a veces sin ella, desaparecen, después de un tiempo, más o menos prolongado, en este universo virtual y difuso. Cuando alguno de estos últimos es de los que sigues habitualmente, ¿no les produce a ustedes, amigos lectores, una especie de pellizco; algo que no produce un dolor desaforado, pero sí una cierta comezón picajosa e incómoda? A mí me pasa, se lo puedo asegurar. Y aunque proclame el viejo refrán aquello de “a rey muerto, rey puesto” -y resulta evidente que, en la blogosfera, las “ceremonias de coronación” se generan masivamente y a velocidad de vértigo-, o, más chuscamente aún, aquello del “el muerto, al hoyo y el vivo, al bollo”, uno, que, en el fondo, no deja de ser un romántico, siempre siente cierta lástima cuando uno de sus blogs de cabecera desaparece.

Cuando lo hacen con alguna explicación (o, incluso, una simple nota de aviso, sin mayores precisiones ni aclaraciones, que tampoco hay por qué darlas: tan libremente como se viene, se puede uno marchar), previa o a posteriori, parece que la situación se hace menos desazonante: al fin y al cabo, hay un fundamento, o un motivo –o, como mínimo, una manifestación de voluntad: que me voy, hala, adiós...-, y eso siempre alivia un tanto el tránsito, aunque no por ello deja de perderse esa voz a la que, hasta entonces, había gustado prestar atención, porque se entendía, desde la muy particular perspectiva de cada cual, que la enjundia e interés de lo que expresaba, así lo merecía.

Pero, a veces, la desaparición, amén de fulminante, no va precedida de aviso alguno, y, cual la del suicida que abandona este mundo sin recurrir al socorrido (y tópico) trámite de la carta en el bolsillo –ésa que todo lo explica, aunque no siempre lo aclara....-, te deja sumido en el misterio y el estupor. Ese blog que venías siguiendo y leyendo con regularidad, de cuyas actualizaciones tu agregador te iba dando cuenta con precisión de relojero suizo (vaya sambenito, también, que les cayó a éstos...), deja un día, de pronto, de actualizarse, y ya jamás vuelve a hacerlo. Pasan días y más días, y de su autor o autora ni siquiera hay la más mínima noticia. Y así te quedas: “pasmao”, con un palmo de narices, y sin saber a quién recurrir para pedir referencias (porque, a veces, tienes otras posibilidades para localizar al autor; pero, otras veces, ni eso...). Y, por supuesto, sin blog, claro está.

No soy de los que gustan de hacerse excesivas cábalas ante episodios de este tipo. Y tiendo a pensar en las situaciones más previsibles y habituales. ¿Por qué lo dejó? Pues porque no tiene tiempo, anda muy liado con el trabajo, sus responsabilidades personales y/o familiares no le dejan hueco para la tarea; o, sencillamente, se cansó, ya no quiere escribir más, no le apetece, ha perdido el impulso creativo, las ganas. Como ven, nada extraordinario, todo dentro de los más estrictos cánones de la normalidad. Pero no crean que no hay ocasiones en que, ante la más absoluta ignorancia sobre los motivos reales del hecho, no llego a preguntarme: ¿y si hay algo de más calado en este abandono? ¿Y si le ha pasado algo anómalo, extraño, negativo? ¿Y si...? Al fin y al cabo, es una posibilidad, también. Pero, en cualquier caso, son ráfagas de neura que, más allá de su posible razón de ser, se me terminan pasando enseguidad.

En definitiva, y como decía aquella vieja canción, unos que vienen, y otros que se van: así funciona este trasiego (frenético, constante) del bloguerío. De todos modos, y si me lo permiten, a aquellos de ustedes, amigos lectores, que, además de tal condición, ostentan la de blogueros cuya “cibercasa” visito con asiduidad, alegría, solaz y disfrute, sí les quisiera transmitir un pequeño ruego: el día que piensen marcharse, por favor, avísenme. No pienso convencerles de que desistan de su actitud (por más que me gustara que así fuera: pero es que lo del proselitismo nunca fue mi fuerte...), pero sí que me quedaré mucho más tranquilo. De veras... Feliz semana.

domingo, 15 de julio de 2007

Grageas de cine XXXVI: a propósito de... Sin novedad en el frente (All quiet on the western front; U.S.A., 1930)


La proliferación de libros sobre cine ha conseguido que, hoy día, sea muy habitual el disponer de testimonios bastante completos (y relativamente fiables, por su condición de directos e inmediatos) sobre los pormenores que rodearon, en su día, la filmación de determinadas películas: material harto interesante, en la medida en que nos proporciona innumerables claves para mejor comprender aquello que, finalmente, terminamos viendo en la pantalla. No obstante, entre tales claves no se encuentra –salvo que los testimonios no se ciñan estrictamente a los avatares del rodaje, sino que vayan un poco más allá- la que, a mi modo de entender, resulta elemento más decisivo e influyente: ¿qué películas habia visto –y tuvo presentes, de manera más o menos definida- el autor antes de abordar la realización del film? Porque, indudablemente, hay películas cuyo visionado nos remite, de una manera inconsciente, casi automática, a films posteriores que recogen su impronta de una manera tan rotunda, tan clara, que se hace dificil pensar que sus autores no la tuvieron en mente cuando estaban filmando las suyas.

Sin novedad en el frente (All quiet on the western front; U.S.A., 1930), la adaptación cinematográfica de la obra homónima de Erich Maria Remarque que llevó a cabo Lewis Milestone, y que triunfó rotundamente en la edición de las Oscars de ese año (la segunda de la historia), con las dos estatuillas de más calado (mejor película y mejor director), amén de constituir, por sí misma, un ejercicio de cine de altísimo valor, tanto por su calidad técnica como por el calado (profundo y ambicioso) de su intencionalidad temática, me transportaba, mientras la veía, a dos titulos señeros, no sólo del género en el que se integran (el del cine bélico), sino de la historia general de la cinematografía: uno, más antiguo (Senderos de gloria; Paths of Glory –U.S.A., 1957-) y otro más reciente (Salvar al soldado Ryan; Saving Private Ryan –U.S.A., 1998-).

A la primera de ellas, gracias a sus “escenas de trinchera”, que nos transmiten la misma angustia opresiva e idéntica desazón violenta que el maestro Kubrick consiguiera a través de sus fantásticos travellings a lo largo de esas líneas fronterizas; a la segunda, por mor de su retrato grupal, que nos remite a una suerte de fratria bélica sobre la que planean, a partes iguales, y sucediéndose alternadamente sin solución de continuidad, sentimientos de amistad y hálitos de desesperación que unen bajo la misma coraza. Y a ambas dos, gracias al profundo antibelicismo que, desde presupuestos argumentales muy diferentes, transmiten e inoculan al espectador, sin necesidad de ninguna proclama expresa al respecto, únicamente con el retrato tan rotundamente desesperanzador que hacen de las secuelas y consecuencias de las guerras que en ellas se plasman.

A falta de información concreta y exacta sobre el particular, he de suponer, con bastante fundamento, y conforme a lo expuesto en las líneas precedentes, que tanto Stanley Kubrick como Steven Spielberg, no sólo conocían, a través de su visionado, el legendario film de Milestone, sino que, además, lo tuvieron bien presente a la hora de hacer sus películas, y supieron asumir perfectamente –y trasladarla a su obra- su impronta e influencia. Si así no hubiera sido, tendría que empezar a creer en los milagros. Aunque fuera, única y estrictamente, cinematográficos...

jueves, 12 de julio de 2007

EL COMPROMISO (THE ARRANGEMENT; U.S.A., 1969)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Eddie Anderson es un actor televisivo que, a esa edad en la que la vida marca su último paso fronterizo, se halla en la cúspide de su carrera, tanto personal como profesional: casado con una hermosa mujer, y rodeado de toda suerte de lujos y comodidades (una hermosa casa, un veloz y potente coche, ropa y complentos de marca...), triunfa por todo lo alto en varias series televisivas, y su voz es una presencia constante en todas las emisoras de radio del país, gracias a una campaña publicitaria de una conocida marca de tabaco. Un día, mientras se dirige por la autopista al estudio de televisión, se abalanza con su coche bajo las ruedas de un camión, intentando suicidirse: Eddie no ha podido soportar la presión y sucumbe a una fortísima crisis, en la que se cuestionará todo, su trabajo –del que reniega-, su familia –pretende separarse de su mujer, pero es incapaz de dar un paso adelante en ese sentido- y su vida afectiva –comienza una relación con una mujer bastante más joven (e inestable emocionalmente) que él, la bella y turbia Gwen, la cual, lejos de ayudarle a superar sus dudas, le hundirá aún más en su particular descenso a los infiernos...-.

RESEÑA CRÍTICA.-

Probablemente sea Elia Kazan uno de los cineastas a los que una circunstancia no estrictamente cinematográfica, aunque estrechamente vinculada a ese mundo, cual fue, en concreto, la del papel que desempeñó en ese penoso episodio que fue la “caza de brujas” del senador McCarthy, haya podido condicionar más en cuanto a su consideración y valoración por la crítica.

En cualquier caso, y más allá de dicha circunstancia, ni siquiera sus más acérrimos detractores en lo tocante a su catadura moral (o, al menos, a lo que de ella cabía colegir a la vista de su forma de proceder en ese episodio), han dejado de reconocer a Kazan como uno de los más grandes directores de Hollywood, y, como tal, autor de un buen puñado de excelentes películas (en algún caso, auténticas obras maestras).

Cabía esperar (o, quizá para ser más precisos, habría sido deseable) que el colofón a tal carrera lo hubiera puesto, si no otra obra maestra del calibre de algunas de sus predecesoras, sí, al menos, un digno exponente de sus capacidades autorales. Tristemente, no fue éste el caso.

El compromiso, la última película de Kazan, quizá contagiada o imbuida de los aires de baja calidad, en general, de sus coetáneas (de las cuales, ciertamente, constituye un cumplido paradigma), es un auténtico baldón en su filmografía, indigna de ser comparada con la inmensa mayoría de sus anteriores films y, si se contempla con la perspectiva del tiempo transcurrido desde su realización, se aprecia bien a las claras cuánto y cuán mal ha envejecido.

Se trata de una película que, muy en línea con planteamientos argumentales muy en boga en esa época, pretende reflejar la crisis existencial(ista) de un hombre de éxito, Eddie Anderson (interpretado por un veterano en sazón, Kirk Douglas) que, en el cenit de su trayectoria vital, tanto en lo profesional (triunfa arrolladoramente como actor televisivo) como en lo personal (nada en la abundancia económica y está casado con una bellísima y encantadora mujer), se rompe ¿inexplicablemente? y cae en las garras de la más profunda de las desorientaciones posibles, a la que tratará de dar salida mediante diversas huidas hacia delante (intenta suicidarse, se vuelca en una relación intensamente carnal con una joven de vida desordenada...) que nunca llegan a cuajar.

Hasta ahí, todo parece disponerse positivamente para un desarrollo de interés, con posibilidades para un juego dramático más que jugoso. Y, de hecho, mientras el film se desenvuelve por esquemas narrativos digamos que convencionales, su resultado no es excesivamente descorazonador (no es brillante, pero tampoco es nefasto). El problema –y grave- surge cuando Kazan se dedica, cual chjco díscolo, y de manera tan torpe como deslavazada, a introducir, a modo de “cuñas”, diversos elementos de corte psicodélico y/o experimental de lo más variopinto (desde dibujos animados a ralentizaciones de imagen, pasando por las más diversas deconstrucciones sonoras –como ese anuncio machaconamente repetido, al más puro estilo Revolution # 9, de Beatles- y visuales), pero también de lo más inoportuno, extemporáneo y estrambótico: siempre en el peor momento, siempre sin el más mínimo sentido de respeto por el ritmo narrativo. Con ello consigue que la película quede fenomenalmente bien en su faceta de “hija de su tiempo”, pero la arruina sin remedio alguno: falla la continuidad y se pierde el hillo de la historia, sin que, en contrapartida, tales experimentos nos proporcionen nada sustancioso.

Siendo ése, como ya se señalaba, el más grave, no es el único defecto de bulto de la película. Hay aspectos de definición de los personajes trabajados bastante burdamente (hacer de Eddie Anderson un auténtico atleta sexual llega a resultar casi patético), y, en ese terreno, se lleva la palma, y con diferencia, el personaje de la esposa del protagonista: ver a toda una gran dama de la historia del cine, como Deborah Kerr, haciendo ese “papelón” tan tremendamente infumable (y, para más suplicio, ser consciente de que ésta fue su última aparición en la pantalla grande...), es, lisa y llanamente, de juzgado de guardia. Sólo Faye Dunaway logra sobreponerse, auque sea mínimamente, al desastre general, y más posiblemente por lo impactante de su presencia física (deslumbrante, en todo su esplendor y lozanía juveniles) que por la consistencia de un papel y una interpretación que tampoco son como para ir exhibiendo por las escuelas de cine...

Sinceramente, me hubiera gustado poder escribir una reseña de muy distinto cariz y tono, y nada más lejos de mi intención que la de hacer un dibujo excesivamente destructivo, agrio o catastrofista. Pero, creanme, si algún día han de acercarse a la obra de Kazan, háganlo alejándose cuanto les resulte posible de este penoso final: un broche de cualquier cosa que en nada se parezca al oro...

miércoles, 11 de julio de 2007

Micro XXIII: algunas dudas (existenciales)


- ¿Por qué protagonizan anuncios de helados mujeres que, como Elsa Pataky o Eva Longoria, salta a la vista que hace años que no prueban uno solo de esos bocados pecaminosos –para sus esbeltas siluetas...-?

- ¿Cómo se publica por entregas un microrrelato: palabra por palabra...?

- ¿No debería una política de izquierdas que pretenda incentivar o promover una pauta de acción concreta por parte de los ciudadanos, articular en dicha materia medidas de fomento GENÉRICAS en vez de establecer ayudas INDIVIDUALES –o, al menos, dar primacía a las primeras sobre las segundas-?

lunes, 9 de julio de 2007

Metablog XXI: la importancia de llamarse.... (sobre cabeceras, títulos, denominaciones e hierbas similares)


Mucho se habló y se especuló siempre, a lo largo de la historia de la literatura universal, acerca de la importancia de los títulos de las obras: igual que un buen arranque puede resultar fundamental para su éxito (al menos, así lo proclaman muchos de sus autores), también el título goza de su peso y trascendencia en la consecución de tal objetivo. No en balde, el título de una obra es su carta de presentación, la etiqueta con la que se presenta ante su universo de potenciales lectores, y no se puede dudar de que, en lo acertado de su elección (por su sonoridad, su representatividad, su poder y capacidad de evocación, o incitación, de futuros contenidos; en fin, por los mil y un motivos que ustedes quieran o puedan imaginar...), puede radicar buena parte de la responsabilidad sobre el destino final de la obra que lo soporta (goza o sufre, que ése ya es otro cantar...).

En el mundo de los blogs, las cosas no son muy distintas, y está claro que el acierto en la elección de un título puede significar un elemento importante para atraer lectores y seguidores –me imagino que es un dato que aún no miden las estadisticas, rankings y demás zarandajas de ese tipo (inventos que, por cierto, serían harina de otra costal, y de los que hablaremos otro día, en otro metablog), pero, no les quepa duda alguna, todo se andará-; al fin y al cabo, no deja de ser otro señuelo más, cuya entidad objetiva no cabe menospreciar (no en balde, ésa es la identificación con la que el blog aparece en enlaces, buscadores, agregadores y todas esas “gaitas-muletas” con las que nos manejamos en las procelosas aguas de este ciberocéano...). Y, a tenor del ingenio que derrocha muchísima gente a la hora de elegir los títulos de sus blogs (no me duelen prendas reconocer que a más de uno de los que actualmente sigo de forma habitual, me acerqué –en su momento- atraído por lo llamativo de su cabecera...), me resulta claro que no soy el único que piensa lo mismo.

En cualquier caso, también les quedará claro, amigos lectores, que una cuestión es la de la convicción teórica, y otra, bien distinta, la del ejercicio práctico: no creo que sea necesario que les confiese –resulta evidente...- que no fui yo uno de esos que se quebró la cabeza pensando en el nombre que le daría a su blog. ¿Resultado? Pues ése, el que ven en la cabecera.... Descartado el uso de cualquier seudónimo, alias o similar (eso que ahora parece poder denominarse solamente nick; como si esta lengua de nuestras cuitas no dispusiera de una buena batería de opciones para denominar ese objeto...), por una mera cuestión de querencias personales, tampoco andaba muy por la labor de darle a la cuestión un tinte (digamos que) excesivamente creativo: un simple juego de palabras con inversión de las dos consonantes que abren y cierran el “palabro mágico” (y me perdonarán la incoherencia, pero siempre me dio la pereza denominar a este invento bitácora, diario o cualquier otra cosa –y tampoco es cuestión de, parafraseando a la compa Chirvi, llamarlo “picha-log”, “nabo-log”, o algo similar: sonoridades aparte, pues eso, en fin...-). Hale, hop, asunto resuelto. Ah, y no busquen intencionalidad ni sentido alguno al jueguecito en cuestión: aquí no hay ni subtextos, ni dobles lecturas, ni tramas paralelas, al menos de manera consciente (supongo que, tumbado en un diván, algún aspirante a sucesor de Freud encontraría un buen cúmulo de argumentos ad hoc –o se aburriría como una ostra, más bien, supongo...-).

Y esto es todo amigos, más o menos. Como saben que me gusta aprovechar estas disquisiciones blogueriles para lanzarles envites al uso –al fin y al cabo, todos somos miembros de la misma manada, compartimos territorio y supongo que alguna que otra cosa más-, esta semana no me privaré de tal ejercicio. Y aquí les dejo la pregunta: ¿cómo se les ocurrió el nombre que dieron a su blog –si es que se les ocurrió de alguna manera; es decir, no se lo chorizaron a un vecino, o lo sacaron del libro de los nombres ese que lleva siendo un auténtico best-seller desde la noche de los tiempos...-? Espero, cómo no, sus respuestas. Feliz semana, amigos....

viernes, 6 de julio de 2007

Las que no he visto IV: El acorazado Potemkin (Bronenotses Potyomkin; U.R.S.S., 1925)


* PORQUE NO LA HE VISTO (TODAVÍA...).-

- Porque tengo la ligera impresión de que no se trata de una película muy ligera, precisamente; y uno ya no está para según qué trotes (cinematográficos...).

-Porque, según cuentan las malas lenguas -las buenas, también; pero a éstas les suelo prestar menos atención...-, su escena más importante es la (mítica) de la escalinata, y, qué quieren que les diga, a Brian de Palma le quedó tan bonita su “versión” en Los intocables de Elliott Ness (y la he visto tantísimas veces...), que total, para qué...

-Porque un título con esa sonoridad tan rotunda (prueben a pronunciar despacito, sílaba a sílaba: Bro-ne-no-sets-po-tem-kin...), ya es en sí mismo una evocación sugerente a eso, a un ladrillo –o a un adoquín, si quieren ustedes rimarlo-, propiamente...

-Porque está hablada en ruso, y yo no entiendo mucho ruso (ah, que me dicen que es muda: da igual, los intertítulos estarán en ruso, supongo, y yo domino igual el ruso hablado que el ruso escrito....).

- Porque ésta es una peli para ver en un cine-club –o, en su defecto, sala de arte y ensayo que sólo tenga una fila de butacas (obviamente, la siete...)-, llenito de humo, gafas de dieciocho dioptrías y libretillas en las que apuntar segundas lecturas, subtextos de guión e interconexiones semiológicas, a tratar en el subsecuente cine-fórum. Y, ¿dónde leches encuentra uno ahora un cine-club y un cine-fórum...?

- Porque, dicen que dijo su autor, Eisenstein, que se trata de una película protagonizada por el pueblo. O sea, sin estrellas (ni de Hollywood ni de ningún sitio...). O sea, que en ésta tampoco sale Ingrid Bergman. O sea...

- Porque, al fin y al cabo, ya habrá tiempo y ocasión de verla más adelante, ¿no...?


* PORQUE LA VERÉ (UN DÍA DE ÉSTOS...).-

- Porque igual, cualquier día, me da por hacer algún curso de cine (no está bonito escribir sobre un tema sin tener ni repajolera idea sobre él...), y me consta que alguna que otra escuela no te admite la matrícula si no has visto el Potemkin este de los... ejto, ¿qué íbamos diciendo....?

- Porque es un título legendario, y los títulos legendarios no vistos restan muchos puntos en el ránking cinéfilo (y uno, al fin y al cabo, aunque parezca mentira, y haya días en que ni yo mismo me lo creo, tiene un caché que mantener...).

- Porque la tengo en una edición en DVD de esas vacilonas –dos discos, con sopocientos extras, cuyo contenido y alcance ignoro (y me temo que ignoraré por los siglos de los siglos...)-, que, como pueden imaginar, me costó un pico. Y las inversiones hay que amortizarlas. Incluso las cinematográficas (y, si no, pregúntenles ustedes, amigos lectores, a los exhibidores españoles, pregunten, pregunten...).

- Porque la veré en casita, tumbado en el sofá, sin humo, sin libretilla y, con un poco de suerte, con un cubatita delante... Quieran que no, la perspectiva cambia, ¿eh...? Además, si me aburro demasiado, puedo seguir con los cubatitas hasta que Morfeo remate la faena...

- Porque hay que verlas todas, ¿no...?

jueves, 5 de julio de 2007

DUELO AL SOL (DUEL IN THE SUN; U.S.A., 1946)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Tras la muerte de su padre –condenado por haber liquidado, en un arrebato pasional, a su esposa, adúltera irredenta, y al amante de ésta-, y siguiendo los consejos de éste al pie del cadalso, la indita Perla Chávez marcha a vivir con Laura Belle, una antigua novia que todavía conserva un caluroso afecto por él. En el rancho de la acaudalada familia McCanles, Perla se encontrará con los dos hijos de Laura Belle, Jesse y Lewt, algo así como la noche y el día: mientras Jesse es un hombre educado, culto y que profesa por Perla un amor callado y respetuoso, Lewt es un matón pendenciero y dado a las bravatas, pero con un encanto físico al que Perla, pese a que lo odia en lo más profundo de su corazón, no será capaz de resistirse. Debatiéndose entre el amor por uno y otro, se irán desencadenando unos acontecimientos que desembocarán en un final pleno de tragedia....

RESEÑA CRÍTICA.-

Son muchas las películas que pasan a ocupar un lugar destacado en la historia, o adquieren una celebridad, mucho mayor de la que, a tenor de una valoración global de las mismas, cabría atribuirles, gracias a una secuencia inolvidable o a un fragmento de diálogo antológico, ganando así el todo -gracias a una parte- una trascendencia quizá inmerecida. La mítica secuencia final de Duelo al sol es posiblemente un ejemplo bien ilustrativo de lo antes apuntado, y sitúa a este film en dicha categoría, dotando al mismo de una relevancia muy superior a aquella a que sus calidades le hacen realmente acreedor.

Duelo al sol, más allá de su título, es un drama ciertamente tórrido, en el que las pasiones que recorren su hilo argumental no están, en absoluto, contenidas, sino que se esparcen, a lo largo de todo su metraje, con plenas crudeza y esplendor. Y ése, que debería ser su punto fuerte, se termina convirtiendo en su auténtico talón de Aquiles.

En una trama de triángulo amoroso convencional (dos hombres y una mujer), el vértice central, ése sobre el cual se sustenta todo el armazón (en este caso, obviamente, el personaje femenino, con un perfil montaraz y asilvestrado, mezcla de ingenuidad infantil –en su superficie- y lascivia desatada –en su fondo-) ha de gozar de unas dotes interpretativas más que pasables, en la medida en que sobre el mismo se sustenta buena parte del peso y posibilidades de la película. Y, lamentablemente, Jennifer Jones, cuyos precedentes no invitaban, desde luego, al optimismo en ese aspecto, pone aquí de manifiesto sus (muchas) carencias y (aún mayores) limitaciones, ante las cuales ni sus esfuerzos, también ostensibles, ni su exultante belleza –agreste y morenaza- consiguen más resultados que los de paliar mínimamente el previsible desastre.

En tal tesitura, ni siquiera los solventes trabajos de los otros dos integrantes del trípode protagonista, enésima revisitación del esquema tópico Caín-Abel, y ambos amantes-amados a su muy particular manera (el bueno, encarnado por Joseph Cotten, en un registro muy cercano a su perfil habitual, perfectamente desarrollado en otras interpretaciones previas –todo un gentleman: educado, culto, sensible...-; y el malo, Gregory Peck, un Lewt McCanles al que Perla detesta por su abominable catadura, pero al que se entrega –desarmada y cautiva- presa de sus irresistibles encantos de machito malencarado) consiguen desfacer el entuerto y sacar a la película de esa profunda fosa a que la arrojan las deficiencias de su intérprete principal (para más inri, la chica del jefe, claro...).

Tampoco los planos generales, de una grandilocuencia enorme, en su pretensión de plasmar en sus imágenes la grandeza de ese mundo en el que se mueven los personajes –el de los grandes ganaderos terratenientes, ya asentados en un territorio conquistado y domado, pero que no por ello dejarán de verse sometidos al acoso de los “nuevos tiempos”: ahí llega el tren, ese caballo de fuego que exige su parte del terreno...-, ni el uso –espléndido- del aún incipiente Tecnicolor, con un despliegue soberbio de sus posibilidades cromáticas más exageradas, logran dar al film algo más que una factura formal apetitosa, tras la cual no se llega a degustar lo que hubiera podido dar de sí un plato cocinado con ingredientes más sustanciosos.

Película, pues, fallida, y de las que invitan, con todo fundamento –aún reconociendo lo intrínsecamente perverso que resulta el ejercicio- a practicar ese entretenido juego de plantearse que hubiera podido llegar a dar de sí esa historia a cargo de cualquier otra estrella (de las muchas y muy buenas que pululaban por el Hollywood de la época) al frente de su reparto (aunque no hubiera sido la chica del jefe, claro...). Bonita diversión para esas largas tardes de invierno, sin sol y sin duelo...

lunes, 2 de julio de 2007

Metablog XX: agregadores


En la prehistoria, cuando el mundo se dividía entre gente que escribía (muy poquita) y gente que leía (también muy poquita, pero bastante más...), no existían los agregadores. Hoy día, cuando esa división está siendo pulverizada por el crecimiento incontrolado, casi metastásico, del nuevo mester de bloguería, y todos leemos y escribimos de manera bastante compulsiva e indiscriminada (salvo el caso de Laura Hunt, comentarista habitual -y de excelente pluma: ¿para cuándo blog propio, compañera...?- en ese magnífico blog de cine que responde al título de La linterna mágica, no me consta el caso de ningún otro lector/comentarista de blogs que carezca de blog propio...), sería difícil manejarse por estos ciberpagos prescindiendo de ellos. Y es que si hay algo que merezca ese calificativo –que, por otro lado, tan alegre y despreocupadamente se suele atribuir en otras circunstancias- de “gran invento de la historia de la humanidad”, eso es un agregador de blogs (o reader, o feeder, o cualquier otro barbarismo que quieran ustedes usar para denominarlo....).

No soy conocedor de los entresijos de la programación informática: desconozco cuál es el fundamento técnico de los agregadores, cómo funcionan, a través de qué mecanismos desarrollan su operativa. Pero he de confesar que, como ante cualquier artilúgio más o menos avanzado desde un punto de vista tecnológico, me quedo totalmente alelado ante su precisión y eficacia: puntuales cual legendario reloj suizo, ahí están en la pantalla las avisos correspondientes, para dar cumplida cuenta de la actualización recién acaecida de cualquier página que disponga de tal opción, a disposición del ávido lector. El invento del tebeo, vaya. El sueño dorado del maniático del orden, versión vago y despreocupado. Casi nada...

Son varios los agregadores que he tenido ocasión de utilizar a lo largo de mi trayectoria blogueril. Empecé con Bloglines, cuyo funcionamiento me resultaba satisfactorio, aunque no me terminaba de convencer su aspecto visual (elemento que parece poco importante, pero que, cuando se pasan bastantes horas ante la pantalla del ordenador, termina pesando, y mucho); un bloqueo de suscripciones me supuso la excusa perfecta para cambiar de opción. La siguiente fue Feedreader: visualmente, muy atractivo y ordenado, pero bastante limitado en cuanto a posibilidades operativas; fue una opción fugaz, se imponía un nuevo cambio. Así llegué a Netvibes, que se me ha convertido en algo más que un agregador: es mi puerta de acceso a Internet a todos los efectos, y me he acostumbrado a ella de tal manera que, a día de hoy, se me hace difícil plantearme alguna otra posibilidad distinta (aunque soy consciente de que, en un mundo tan cambiante, algo llegará que terminará ocupando su lugar).

¿Y qué hay en mi Netvibes? Pues, además de mis favoritos, y algunas chorraditas -eso que se ha dado en llamar últimamente widgets...-, no muchos (una guía metereológica, un buscador y pare usted de contar: no es este humilde escribiente muy amigo de las parafernalias de mero divertimento...), varias suscripciones a servicios de noticias y a guías de programación televisiva (de canales temáticos de deportes), y, obviamente, mi “blogosfera particular”, dividida en dos categorías (blogs de cine y blogs de todo lo demás...) y dos apartados (uno para las actualizaciones, y otro para los comentarios –cuando esa opción está disponible en el blog en cuestión-). Blogosfera particular que, por otro lado, vive en estado permanentemente magmático –con constantes entradas y salidas-, aunque, como es natural, hay ciertos blogs que ya empiezan a gozar de cierto asiento y estabilidad entre sus filas –blogs a los que, por otro lado, me gustaría algún día glosar como se merecen: algo que no descarto hacer, en su correspondiente sección, un día de éstos, cuenten con ello...-. Me gustaría que estuvieran todos –y no lo digo por cortesía, ni por retórica tremendista: quienes conocen de mi natural compulsivo y fagocitador (en cualquier terrreno), saben bien de qué hablo, y que no es pura pose...-, pero eso es algo que a nadie se escapa que, por motivos obvios, es imposible. Ante esa tesitura, sí que me gustaría que hubiera más, bastantes más, pero, en la disyuntiva entre muchos a vuelapluma y pocos con detenimiento, he optado, hasta la fecha, por la segunda. O, al menos, eso creo, aunque, desde luego, quienes podrían opinar de eso con mayor fundamento serían sus autores –nunca está muy claro, ante esos conceptos y/o calificativos etéreos (mucho, poco, rápido, lento...), dónde se sitúa realmente cada cuál...-.

Puestos a contar intimidades, ¿con cuál se manejan ustedes, amigos lectores, y qué le “echan de comer”....? No me cuenten, por favor, aquello del “yo sólo me acuesto con una gota de Chanel número cinco”: ya lo dijo cierta chica, en otra ocasión, y, además, no cuela (que aquí, el que no corre, vuela...). Feliz semana.
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