sábado, 30 de junio de 2007

Micro XXIII: Menuda noche


Ya era hora. El Consejo Audiovisual de Andalucía, órgano asesor de la administración autonómica en materia de contenidos televisivos, ha expresado su “preocupación” por la emisión, en Canal Sur Televisión, la noche de los viernes, del programa infantil conducido por Juan Imedio, Menuda noche. He de reconocer, dando la razón a los promotores y seguidores de tal programa, que, efectivamente, sus contenidos son bastante inocuos, inocentes y tiernos (“blancos”, que se diría en la jerga correspondiente). Pero no me parece de recibo que, en un horario que (obvio resulta) no tiene nada de infantil –al fin y al cabo, el programa comienza a las veintidós horas, y extiende su emisión hasta, prácticamente, la medianoche-, se emita, desde una televisión pública, un programa cuyos protagonistas (y, por consiguiente, sus destinatarios lógicos) son niños (y, además, de corta edad; nada de preadolescentes de hormona desmadrada, no, no –que tampoco, ojo, tendrían justificación-: pequeñines totalmente querubínicos...). Aunque sólo sea por una simple cuestión de coherencia: no se pueden estar lanzando desde una administración pública (la autonómica andaluza), a través de sus autoridades educativas, mensajes inequívocos en contra del uso abusivo de la tele por parte de los escolares, y, a la vez, promover y difundir, por parte de sus gestores televisivos, prácticas totalmente contrarias a tales mensajes. Ya saben, amigos lectores, aquello del predicar pan y dar trigo, ¿no...?


Fotografía: web de Canal Sur Televisión.-

miércoles, 27 de junio de 2007

A salto de mata XXI: el Vaticano y sus condenas


Ya han pasado algunos días –no sé si los suficientes, espero que sí…- para que la rabia, la indignación, el soberano cabreo que me invadió cuando conocí la noticia, aunque no hayan remitido, sí que se hayan asentado tanto como para evitar que la consecuente ceguera no me empuje a escribir algo de lo que, más adelante, me hubiera de arrepentir (o no...). Me estoy refiriendo a la condena vaticana a Amnistía Internacional, con motivo del posicionamiento adoptado por esta organización en relación con determinados casos de aborto. Doy por supuesto que todos ustedes, amigos lectores, conocen, al menos, las circunstancias más relevantes de la noticia, con lo cual no me extenderé acerca de los detalles de la misma.

Soy socio de Amnistía Internacional desde hace muchos años (trece, para ser exactos). Y he sido, a lo largo de diversos periodos transcurridos en buena parte de esos años, miembro activo de su sección española, con la que ha colaborado desempeñando tareas a todos los niveles (local, autonómico y nacional) de la más diversa índole (y, por una vez, y sin que sirva de precedente, no estoy haciendo retórica: cuando digo diversa, es que ha sido realmente diversa...). Advierto esto para que se entienda, de antemano, que en un tema como éste ni soy -ni quiero, ni puedo serlo- neutral: las cosas de Amnistía Internacional me afectan, me tocan, me llegan, y, cuando se le hace daño (como en este caso, en que se le ha hecho daño, y mucho, muchísimo), me duelen.

Me dolería, en cualquier caso; pero, en este caso, me duele más aún, por la profunda injusticia que se comete y por ser quien es el autor de la misma. No es de recibo que una organización que, a lo largo de muchísimos años, ha venido luchando por, entre otras cosas, la libertad religiosa de aquellas personas perseguidas por sus creencias (entre ellas, muchísimos católicos encarcelados por ostentar tal condición, y a cuya libertad se ha exhortado –y, en alguna que otra ocasión, conseguido- a las autoridades responsables) se encuentre por ese trato por parte de una institución como la Iglesia católica; trato en el que, además, se introducen insidias y falsedades, como el hecho de insinuar que Amnistía Internacional podría haber estado recibiendo fondos económicos de dicha Iglesia (algo que es absolutamente incierto, y que me consta que así es no por informaciones de prensa, ni testimonios de terceros, precisamente). En cualquier caso, no estoy apelando a la reciprocidad: en Amnistía Internacional no se “cobra el trabajo”, ni en metálico, ni en tratos de favor, ni en indulgencias ante actuaciones incorrectas (que también se producen, cómo no: la gente de A.I., aunque –en general- de una calidad humana excepcional, también es de carne y hueso; las divinidades se las reservan ellos…). Pero sí que me rebelo -teniendo claro, por otro lado, que la organización jamás lo haría; y, menos aún, en estos términos que yo uso, a título estrictamente personal- contra un trato así.

Y en cuanto a la autora de tamaño dislate, se puede decir de ella cualquier cosa, menos que su forma de obrar en este caso resulte sorprendente. Más bien al contrario, en un ejercicio de coherencia inmaculado, redunda en una línea eterna y universal de alineación –en contra de su discurso a favor del débil, del oprimido, del necesitado- con el más poderoso, con el más fuerte, con el más violento; siempre, y bajo cualquier circunstancia. ¿Qué te puedes esperar de una institución cuya máxima cabeza rectora –como ustedes saben, amigos lectores, democráticamente elegida entre sus miembros. conforme a criterios de la más estricta igualdad de género-, va a su casa a dar la comunión a un criminal del calibre de Augusto Pinochet? Blanco y en botella… Y, por favor, que nadie me venga con el discurso de la iglesia grande, la iglesia múltiple, la iglesia rica, la iglesia variada, ésa en la que caben muy diversas ideas y sensibilidades: se trata de un discurso respetable, y bien intencionado, desde luego, pero que adolece de un error conceptual en su base. La Iglesia no es un gobierno ni es un estado; la adscripción a la misma no es obligatoria, es voluntaria, y la pertenencia a ella implica la aceptación del status quo existente, y su respaldo implícito. De manera que, si no se está de acuerdo con él, y no hay posibilidad de cambiarlo, la única opción moralmente coherente es la de abandonarla –que es, precisamente, lo que se dispone a hacer (e invita a que ustedes hagan...) este humilde escribiente: apostatar, y punto-.

A diferencia de lo que hace la Iglesia católica, yo no pretendo que cambie su postura en relación con el tema del aborto, ni lo condeno: simplemente, no lo comparto y expreso mi disconformidad. ¿Tan difícil le resulta a esa Iglesia situarse en esos parámetros de respeto por la posición ajena? ¿Siempre ha de funcionar a base de amenazas, condenas, anatemas y persecuciones? ¿Entenderá algún día que pasaron ya los tiempos en que se podían sojuzgar no sólo los cuerpos, sino también las mentes; que ya no se puede obligar a nadie a pensar de una determinada manera que no sea la tuya...?

En fin, ya saben ustedes, capitostes de todos los ejércitos, regulares e irregulares, que en el mundo son y, desgraciadamente, hayan de ser: sigan incitando a sus soldados a intimidar a la población civil mediante el recurso brutal e indiscriminado a la violencia sexual contra las mujeres. Pese a que cualquier ser humano con un mínimo de sensibilidad abomina de tales prácticas, la Iglesia católica -ajena, al parecer, a la circunstancia de que esas violadas embarazadas no son cerdas, ni perras, ni vacas; que son seres humanos-, no da el visto bueno a las mismas, pero, paradójicamente, bendice sus frutos y condena a quien se manifiesta en contra de ello. Por favor, que alguien me lo explique…


Fotografía extraída de la Wikipedia.-

martes, 26 de junio de 2007

Micro XXII: "eta-quetas"


En un periódico del pasado sábado –El País, edición de Andalucía, para más señas-, hay una foto (ésa misma que tomo “prestada” para ilustrar esta reseña) que me llama poderosamente la atención: muestra un artilugio (un temporizador, supongo) extraído de la mochila encontrada en el vehículo que, al parecer, abandonó en plena autovía, cerca de Ayamonte (Huelva), un supuesto comando itinerante de ETA, advertido de la cercana presencia de un control policial. Dicho aparato exhibe, de forma bien ostensible, una etiqueta identificativa con el nombre y el anagrama de la banda. Sinceramente, y sin haber leído mucho a John Le Carré u otros ilustres cultivadores del género policiaco, sección espionaje, siempre he pensado que una de las máximas de aplicación lógica e inexorable a cualquier actividad clandestina (como es el caso de la terrorista) es la de la discreción, el ocultamiento, la voluntad deliberada de no dejar constancia alguna de rastros, pistas o referencias. Ojo, no pretendo con esta nota lanzar ninguna elucubración insidiosa que tenga nada que ver con teorías conspiratorias o similares (creo que ya hemos salido suficientemente despachados de esa pócima al hilo del juicio por los atentados del 11-M....). Pero, francamente, me sorprende...
Fotografía: Diario El País.-

lunes, 25 de junio de 2007

Metablog XIX: enlaces


Uno de los elementos en que, desde un principio, las webs convencionales (y ya veteranas) y los blogs (pujantes, emergentes) han venido coincidiendo –al menos, de manera muy frecuente- es en el de la disponibilidad de enlaces: en mayor o menor número (hay quien dispone en su blog de una retahíla de enlaces interminables; otros, por el contrario, se manejan con una cortísima lista; hay quien, sencillamente, ni tiene...), con mayor o menor relieve (hay quien los tiene en lugar preferente y bien ostensible de su blog; otros los colocan por ahí, escondidillos, pobrecitos ellos, sin apenas posibilidad de dejarse ver...), atendiendo en su colocación a los más dispares criterios (hay quien los pone atendiendo a estrictos criterios de reciprocidad; para otros, prima el gusto personal, y en sus enlaces figuran las webs o blogs que más le apetecen; hay unos terceros para los que cualquiera sabe...); la cuestión es que ahí están, y no dejan de tener su importancia ni su interés (en mi caso, siempre ha habido páginas que he tenido entre mis favoritas porque la “bondad” de su listado de enlaces me permitía usarla cual si de un portal de acceso genérico a Internet se tratara...).

Recuerdo que, en mi primer blog, llegué incluso a iniciar una sección en la que, bajo el título de Enlazando, que es gerundio, iba dando cuenta (aunque de manera bastante irregular y asistemática), a través de una breve reseña explicativa, de los enlaces que iba incorporando paulatinamente al mismo. Supongo que una manifestación más de ese irrefrenable afán por explicarlo y/o justificarlo todo (como si fuera necesario); o, más bien, una jugarreta de charlatán: como se trata, en el fondo, de escribir, escribir y escribir, pues escribamos también de esto. De una forma u otra, ahí quedó la cosa. Y digo “quedó” porque la iniciativa no ha tenido continuidad en mi nuevo blog, aunque sí que se van incorporando al mismo enlaces con cierta regularidad.

¿Criterios para las incorporaciones? Pues, qué quieren que les diga, no tengo un criterio fijo definido. En principio, me atengo escrupulosamente a una regla de reciprocidad, ya sea tácita o explícita, y ya me guste más o menos el blog al que enlazo. Si veo aparecer en un blog un enlace al mío (ya sea con o sin aviso previo al respecto), coloco en el mío el enlace correspondiente. Bien es cierto que, a fecha de hoy, aún no se me dio el caso de encontrarme con un enlace desde un blog respecto al cual pudiera tener serias reticencias (pongamos, a título de ejemplo –y tengo la positiva certeza de que jamás pasará, pero el mundo es muy raro y la gente está muy loca, nunca se sabe...-, que mañana me encuentro con un enlace a mi blog en la web Libertad digital): sinceramente, no sé qué haría entonces. Supongo que, dado que no estaría dispuesto a actuar con la reciprocidad habitual, sí que, al menos, le pediría que retirara el enlace. Pero, de veras, no lo sé...


Por otro lado, tampoco tengo empacho alguno en colocar enlaces a páginas que me resultan interesantes, curiosas o llamativas, aun cuando no medie reciprocidad alguna en el caso. De hecho, algún enlace hay en mi blog que responde a tal premisa: si el contenido de la página enlazada me resulta lo suficientemente interesante como para estimar que a mis lectores, por una mera cuestión de afinidad, también les puede interesar, entiendo que mi compromiso ha de ser el de “facilitarles la tarea”; en definitiva, ¿qué importa la autoría del material, si es de buena calidad?. Pero tampoco se trata de una pauta muy habitual, y quizá sí que debería serlo, desde una perspectiva más proclive a compartir y difundir y menos ombliguista: entono el mea culpa y procuraré ponerme a la tarea.


En cualquier caso, y sin contar con una voluntad decididamente restrictiva sobre la cuestión –y desde el respeto hacia aquellos compañeros que lo hacen de esa manera-, tampoco me apetece convertir mis secciones de enlaces en listas extensísimas de webs y blogs (a los cuales, por otro lado, y por imperativos de tiempo disponible, ni siquiera podría prestar una mínima atención); pura cuestión de gusto o apetencia personal, que en absoluto implica niguna descalificación o reproche a aquellos compañeros que optan por una alternativa diferente. Por supuesto, tampoco descarto la posibilidad de que, más adelante, y si el blog tiene la continuidad suficiente, mi lista de enlaces llegue a adquirir un volumen bastante mayor del que actualmente tiene. Tiempo al tiempo....


Opciones, alternativas, posibilidades. ¿Cuáles son las vuestras, compañeros del mester de bloguería...? De alguno ya me sé argumentos y fundamentos, porque expresamente los han hecho llegar a su público lector, pero de otros muchos más me gustaría saberlo. Emplazados, pues, quedan...

sábado, 23 de junio de 2007

Micro XXI: José Tomás


Ya sé, ya sé, más de uno de ustedes, amigos lectores, podrá pensar -incluso en voz alta...-: ¿pero de toros también va a escribir el jeta este...? No se asusten: yo, de toros, no entiendo nada, absolutamente nada. En consecuencia, y asumiendo tal ignorancia, carezco del más mínimo criterio para poder apreciar si el desempeño torero del retornado José Tomás fue y/o es súblime, majestuoso, mágico o supercalifragilísticoexpialidoso –tampoco tengo excesivo interés en profundizar sobre el particular: además de no entenderlos, los toros no me gustan…-. Eso sí, empieza a parecerme sospechoso de un cierto papanatismo intelectual –por lo reiterado, por lo excesivo, por lo escrupulosamente alineado (prietas las filas…)- la actitud adoptada por un cierto sector de la progresía cultural (por llamarla de alguna manera –y si quieren nombres, pues aquí les dejo algunos (son todos los que están, pero no están todos los que son –y que conste que son gente a la que, generalmente, sigo en sus andanzas artísticas; o sea, que no es una cuestión de antipatía estrictamente personal…-): Almudena Grandes, Serrat, Sabina, Manuel Rivas…) dedicada, en estos últimos días, a glosar a José Tomás y su “obra” como si de la octava maravilla del mundo se tratase. Que no digo yo que no lo sea, ojo, pero tanto arrobo, tanto éxtasis me parece impropio de gente a la que cabría suponerle un criterio más maduro, más matizado (por llamarlo, también, de alguna manera). O será que hoy el madrugón no me sentó muy bien, y ando con el cuerpo un tanto trastornado. O será que hoy, aunque no esté nublado, no es mi mejor día, y la bilis me hace ver turbio lo que está bastante nítido. O será la envidia, cochina, sin más. O a saber qué será…

viernes, 22 de junio de 2007

Los buenos buenosos 0: una explicación


Aunque, desde los albores de la industria, siempre fueron los buenos de la película los que suscitaron mayor atención y favor del público (ésos eran –y son- los papeles que se reservaban –y reservan- para las estrellas de los grandes estudios; ésos son los que cuentan con un caché más elevado), está claro que han sido los malos los que han gozado de un mayor pedigrí cinéfilo –y los que, en última instancia, han terminado despertando mayor interés-. O sea, y resumiendo, que a mí lo que me hubiera gustado es abrir una sección dedicada a los malos malosos; pero como resulta y viene a parar en que mi buen compañero de lides blogueras, el doctor Strangelove, ya se me adelantó con tal idea, he optado por quedarme con ésos que figuran en el título de este artículo: los buenos buenosos...

Esta nueva sección se dedicará, pues, a glosar las virtuosas virtudes de esos buenos de la película, y a cantar loores y alabanzas sobre sus nunca bien ponderadas acciones y actitudes. Al fin y al cabo, alguien tiene que dedicarse a reivindicar a estos que no pueden exhibir el glamour luciferino de sus antagonistas, aunque (casi) siempre terminen llevándose la pasta y la chica. Ahora, además, se llevarán un articulo de este humilde blog: no es, posiblemente, lo que corresponde a los altos méritos exhibidos, pero es lo que hay. Al menos, por ahora....

miércoles, 20 de junio de 2007

Varietés artísticas y culturales IX: vuelven los dúos


Vuelven los duos. Cuando ya parecía haber pasado la moda de los “duetos enlatados” (ésa que, iniciada por los discos que, bajo ese formato, sacó al mercado Frank Sinatra, empujó a un sinfín de artistas a fórmulas similares –con deudos, allegados, vivos e incluso no tan vivos...-), lo que nos encontramos en este momento es la eclosión de la fórmula doble a la hora de abordar espectáculos en directo. Fito y Calamaro, Sabina y Serrat... [1]; Dos son multitud, Dos pájaros a tiro.... Es lo que hay, y se trata de un fenómeno que me llama la atención, y me hace reflexionar acerca de dónde puede estar su fundamento y explicación, más allá de lo que, al respecto, puedan formular de manera expresa los propios interesados, los cuales, por motivos obvios, que a nadie se escapan, no pueden argüir públicamente determinadas cuestiones, so pena de verse castigados por sus propios seguidores, y, por el contrario, siempre van a acogerse a la expresión de criterios puramente artísticos (“soñábamos desde hacía tiempo con hacer algo juntos...”; “siempre habíamos querido compartir escenario...”; “nuestros seguidores venian pidiéndonoslo desde hacía años...”; “nuestras sensibilidades artisticas siempre han estado muy cercanas”...). Difícil será sacarlos de ese discurso para admitir, de forma lisa y llana, que, si partimos los gastos logísticos por la mitad, el beneficio económico se incrementa de manera proporcional; pero es que resulta tan poco elegante que un artista, tan espiritual él, hable del vil metal (cuando, además, para tales menesteres ya tienen a Ramoncín y demás colegas...).

Lo que sí parece estar claro es que, más allá de la fórmula (duo, trío o lo que se tercie...), parece detectarse una cierta necesidad entre el gremio de los músicos (al fin y al cabo, no son estos ilustres “duetistas” los únicos que arrancan giras de calado: la relación de grupos “prehistóricos” que vuelven a “descolgar los hábitos” es realmente amplísima...) de echarse a la carretera y actuar en directo. O, lo que es lo mismo, de generar por otras vías los ingresos que ya, de manera drástica, aparatosa y (me temo que) irreversible, han dejado de llegar vía derechos de autor por la música enlatada (vía de ingresos de la cual, por otra parte, y si la memoria no me falla, tampoco disfrutaron algunos músicos de hace ya algún tiempo: Bach, Mozart, Beethoven, ¿les suenan los nombres, no...? Y eso que eran buenos los puñeteros, ¿eh? Ya ven...). Paradojas de la historia de la humanidad: la “mula” que, en sus albores, ayudó al hombre (al menos, al que se dedicaba a la agricultura) a liberarse de los trabajos más duros, es la misma que ahora (“reconvertida” en programa informático), provoca que el hombre (al menos, el que se dedica al negocio de la música) se vea obligado a currar en serio. Es decir, como la mayoría de los mortales, de manera, si no diaria, sí más o menos regular. Tampoco pasa nada, no es grave, se lo puedo asegurar, amigos lectores. Muchos lo hacemos y aquí andamos, tirando, que es gerundio...

Y es que (y ésta es una idea que ya apuntaba, en esbozo, en un comentario que, hace ya algún tiempo, escribía en el blog de mi buena compa Miriam G.) ya lo dijo Bob Dylan, flamante premio Príncipe de Asturias en ciernes: los tiempos están cambiando. Y se está cumpliendo la profecía que, allá por los primeros ochenta del pasado siglo, ya formulara David Bowie: la música terminaría siendo como el agua, un bien prácticamente gratuito (dado lo ínfimo de su coste) y de acceso tan sencillo como abrir un grifo (y dejar que fluya –en este caso, bit a bit...-). El fenómeno es imparable, porque, existiendo la tecnología que lo hace posible y siendo accesible al gran público (dado lo moderado de su precio), la única posibilidad de ponerle freno sería la restricción legal de la venta de dichos artilugios (y eso es algo que se me antoja harto improbable). Y la única opción para llegar a un arreglo satisfactorio para todas las partes implicadas es que se sienten, negocien con seriedad y amplitud de miras (y desde la plena conciencia de que es absolutamente imposible mantener el status quo actual) y terminen alcanzando acuerdos que hagan viable este invento para TODOS. Y lo vuelvo a repetir en mayúscula: TODOS (por si no se había entendido clarito...).

Porque el “gratis total” del que se disfruta ahora es inviable, dado que terminaría exterminando la industria creativa (que es absolutamente necesaria en todos los sectores, en unos con más exigencias, en otros con menos, desde luego: sin industria creativa, quizá haya creación, pero no edición, distribución difusión, etc....). Pero también hay que acabar con esa hipocresía bajo la cual se nos pretende hacer creer que la industria tecnológica pone en el mercado discos duros de 500 Gb para guardar las actas de las reuniones de la comunidad de vecinos; y también hay que acabar con un sistema de derechos de autor bajo cuyo amparo amasan fortunas millonarias no sólo los creadores (a ese respecto, quizá tendría poco que objetar, aunque dentro de un orden: entre la miseria en la que murieron grandes artistas de hace siglos y la opulencia vergonzosa de la que han disfrutado años atrás tipos cuya valía artística era bastante discutible –por no decir que prácticamente nula-, habría que buscar también un punto medio), sino toda una caterva de gentes “agregadas” que no digo yo que no sean necesarias, pero que no desarrollan ninguna creación artística que haya de ser compensada bajo ese sistema de protección jurídica.

Y así veo las cosas, aproximadamente. ¿Cómo las ven ustedes, amigos lectores?



[1] Aquí vendría ahora “Gabriel y Galán”, o “Daoíz y Velarde”, u “Ortega y Gassett”, pero el chiste está tan, tan explotado...
Fotografía: Berry Producciones (vía www.loscuarenta.com).-

lunes, 18 de junio de 2007

Micro XX: Ley de Cine (más madera...)


Cuando los dos sectores (productores/distribuidores y cadenas de televisión) que más lanzas habían blandido contra la misma, parecían ya haberse aquietado y tranquilizado –previos los oportunos retoques para acercar el texto legal de marras a sus posiciones sobre el particular-, surgen nuevos colectivos –ahora, los exhibidores y los actores- lanzando sus quejas –huelga de cines incluida, en el caso de los primeros- contra la Ley del Cine. En particular, los exhibidores pretenden la eliminación de la cuota de pantalla, en virtud de la cual se les obliga a programar un número determinado de títulos españoles y/o europeos en sus salas; una exigencia que les parece inadmisible por los perjuicios que les genera desde un punto de vista comercial (parece ser que las imposiciones de las grandes distribuidoras filiales de las majors hollywoodienses –contratación por paquetes- no les hacen tanto daño; paradojas del negocio, supongo...).

No hace mucho que ya dedicaba un artículo más extenso a este tema. Complicado tema, por cierto. Soy un ferviente defensor del cine español, y entiendo que, como producto cultural, y no estricta o meramente comercial, una de las obligaciones de la Aministración es la de proteger su difusión, y tomar medidas que incentiven y apoyen la misma. Pero también soy consciente de que, desde la perspectiva del sistema económico en el que nos movemos, y por poco que me gusten muchas de las piezas de su armazón (pero ésa es harina de otro costal...), es díficil justificar una medida de este tipo (por mucho que se pueda argüir que es una medida extendida en todos los países europeos de entorno, o que está vigente desde hace muchísimos años; ya saben, aquello del coma tal, millones de moscas no pueden equivocarse y tal y tal...). Al fin y al cabo, también adoro el vino de Rioja; y también entiendo que todos podemos convenir en que se trata de un producto que, más allá de su condición mercantil, tiene hondas connotaciones culturales y sociales, y no por ello se entendería fácilmente que, mañana, un decreto del Ministerio de Agricultura obligara a los hipermercados a colocar un porcentaje x de botellas en sus estanterías. Eso sí, el vino de Rioja se vende divinamente sin necesidad de “cuotas de estantería”, lo cual significa que igual habría que analizar por qué, y, sobre tales consideraciones, abordar la cuestión de qué podemos hacer con nuestro cine para que resulte comercialmente atractivo (como el francés, por ejemplo), sin necesidad de cuotas (aunque el francés, por cierto, sí que las tiene, oh, là là...).

Supongo que habrá que buscar fórmulas imaginativas: circuitos de difusión alternativos para determinadas películas catalogadas de una cierta manera; subvenciones directas; fórmulas de cuota de pantalla más aquilatadas (en función de sesiones, días de la semana, salas, etc...). Pero está claro que cualquier medida, o paquete de ellas, que no dé satisfacción a todas las partes implicadas, está destinada, si no al fracaso, sí a constituir un mero parche, no una solución. A seguir trabajando en ello tocan...

domingo, 17 de junio de 2007

Grageas de cine XXXV: a propósito de... El violín (México, 2005)


Excesos de: violencia tremendista, simplismo maniqueo, perspectiva naif, juicios morales.... el catálogo de fallas y deficiencias (y todos los excesos apuntados, cuando se dan en dosis demasiado cuantiosas, por supuesto que lo son) que cabe encontrar en muchísimas de las películas que, a lo largo de la historia, han adoptado como eje temático un conflicto armado, no se agota con la relación antes apuntada, pero es muy probable que sean ésas las más frecuentes y comunes, y también se puede convenir fácilmente en cuán difícil es encontrar un film en el que no se detecte, al menos, alguna de ellas. Por increíble que parezca (al fin y al cabo, estamos ante la primera película de su director, Francisco Vargas, que adquiere tan amplia repercusión internacional -su presencia (y reconocimientos) en festivales ha sido de gran recorrido-), El violín no incurre en ninguno de tales excesos, y, con su acerada fotografía en un blanco y negro crudo e hiriente (por lo extremado de su contraste), y su historia de enorme dureza (aunque sin alcanzar nunca la sordidez), nos ofrece un retrato del conflicto guerrillero mexicano, a través de su trio de personajes principales (tres generaciones que encarnan, sin el menor atisbo de ternurismo, pese a lo que pudieran inducir a priori las presencias de un viejo y un niño, con toda su carga de desvalimiento e indefensión, la desesperanza más atroz), tan verista como tenso e intenso, y en el que hay que hacer especial mención de un personaje -y un actor que lo encarna, Ángel Tavira-, ese Don Plutarco que compendia y concentra la esencia de toda la película.

La película está llena de detalles de un calado narrativo y cinematográfico extraordinario: el juego del violín como elemento-frontera entre las dos partes enfrentadas, enviándonos el mensaje soterrado de cómo la música es capaz de trascender fronteras, ideologías y conflictos (ma non troppo, por supuesto...); la estulticia y brutalidad de unos militares, que, sin ninguna concesión a un humor irónico o socarrón, se ven retratados en su más pura y dura dimensión (la de la irracionalidad de la bota que aplasta sin preguntar al aplastado –ni, lo que es peor, preguntarse a si mismo: para qué...-); la miseria como telón de fondo de todo lo que acontece, como algo que lo corroe y lo absorbe todo, salvo la dignidad de los miserables.

El violín no es una película fácil, ni de digestión ligera: los personajes que por ella transitan, y sus historias, su historia, poco tienen que ver con piratas vacilones y arañas saltarinas (para los que, todo hay que decirlo, también debe haber sitio en la pantalla grande), porque su dureza sobrecoge y, por mínima que sea la sensibilidad del receptor, es difícil que no le conmueva. Pero que nadie piense por ello que se trata de un film feista, turbio o estéticamente desagradable: El violín, desde su dureza y su crudeza, es un film profundamente hermoso, y una demostración más de que la cantera mexicana no deja de arrojar nuevos talentos a la arena de la cinematografía mundial. Y que no afloje...

viernes, 15 de junio de 2007

El juego (o un meme)


Mi buena compa Thalatta me ha embarcado en este invento, y yo, que soy disciplinado, obediente (y, además, me va la marcha, a qué vamos a engañarnos a estas alturas), me opngo a ello.


Las reglas del juego son estas:


1. Cada jugador(a) comienza con un listado de ocho cosas sobre sí mismo.


2. Tiene que escribir en su blog esas ocho cosas, junto con las reglas del juego.


3. Tiene que seleccionar a ocho personas más para invitar a jugar, y anotar sus blogs/nombres.


4. No olvides dejarles un comentario en sus blogs respectivos de que han sido invitadas a participar, refiriendo al post de tu blog: "El Juego".


Bien, al turrón:


1.- Compruebo, con el paso de los años, que ideas, principios y valores, lejos de irse aclarando y consolidando, cada vez se enturbian, confunden y difuminan más. Es algo que me causa desazón, pero no le encuentro solución alguna. Paciencia...

2.- Qué sorprendente me resultó, en su momento –cinco años va a hacer dentro de poco-, comprobar cómo la paternidad reordena, de un plumazo y sin necesidad de decisión consciente alguna, el tema del orden de prioridades en la vida. Si todo fuera tan sencillo...

3.- Me encanta escribir, y me siento, en general, satisfecho de mi experiencia como miembro de este “nuevo mester de bloguería”, tanto en mi condición de emisor (disfruto mucho haciendo mi blog) como en la de receptor (dedico bastante tiempo a la lectura de blogs ajenos); no obstante, tengo percepciones contradictorias, ciclotímicas, acerca de este mundillo: hay días en que lo veo como una reunión de visionarios que están transitando por una especie de “nuevo mundo virtual”, haciendo historia de la pequeña (o sea, de la importante...); y hay otros días en que tengo la impresión de que formo parte de una cohorte de cotorras que se dedican a pavonearse impúdicamente, exhibiendo sus más presuntas que reales bondades escritoras (si fuéramos tan buenos, escribiríamos en otros sitios, en ésos donde realmente nos gustaría hacerlo...) y dando rienda suelta a sus egos desbocados en un ceremonial tan absurdo como pobre, o viceversa. Y ahí andamos...

4.- Soy tremendamente ordenado; cartesiano, diría. Todo lo que no puedo someter a orden, a sistema, a organización, se me escapa, me descentra y, más tarde o más temprano, procuro prescindir de ello. Pero no es fácil, no....

5.- Creo que soy adicto a Internet. Preferiría poder formularlo en otros términos, pero supongo que la expresión más real de mi relación con ese mundo se define con esa palabra. En cualquier caso, y de momento, creo que no me voy a someter a tratamiento alguno...

6.- Pese a mis esfuerzos por cambiar mi visión de las cosas en ese terreno, reconozco que soy incapaz de desprenderme de una cierta concepción de la moral y de la culpa más cercana a visiones y entendimientos “antiguos” que “modernos”. Intento no mortificarme, desde la perspectiva de lo que entiendo que es una buena persona (que es lo que me gustaría ser), pero no me gusta tampoco ser excesivamente indulgente conmigo mismo (y duele, porque, cuando me miro, no siempre me gusta lo que me veo...). No sé si eso es bueno o es malo, pero creo que es así (así, ¿cómo? Porque creo que no me explicado demasiado bien....)

7.- No me considero tímido, ni introvertido, pero tengo una querencia acusada por la soledad, que, además, se va incrementando con el paso de los años (más viejo, más “jurón”...). No sé si es bueno o es malo, pero así me voy viendo, poco a poco...

8.- Me ha costado horrores completar este invento. Y no por falta de “material” (me dejo en el “cibertintero” algunas cuestiones; otro día, otro meme...), sino por una cuestión de vergüenza, creo. Curioso: hace años, creo que lo hubiera disfrutado como un marranillo en un charco, porque me hubiera dado pie para una exhibición descarada y atropellada de mis (por mí mismo así consideradas, claro está) fantásticas, irrepetibles y personalísimas (mías, sólo mías...) particularidades, ésas que me convertían en un ser de un magnetismo y atractivo totalmente irresistibles -aunque, eso sí, para autojustificarme moralmente, y evitar que se me cayera la cara de vergüenza, las hubiera embadurnado de gruesas capas de la más vil y puñetera falsa modestia-. De tal modo que no sé si he ganado en pudor, en talento, en ambas cosas, o en ninguna; porque igual lo que he hecho ha sido perder (tampoco sé muy bien en qué). No sé, creo que no tengo hoy un día muy claro...


Bien, misión cumplida, creo. Y ahora, las "víctimas"....


- Miriam G. (me consta que no te entustiasman estos inventos, pero se trata de una petición amistosa).


- Patri (espero que te guste –y a ver qué tal se te da...-).


- Mabana (no sé cómo te manejarás con estos inventos, pero espero que te vaya bonito con ello...).


- Alicia Liddell (entre estampas neyorquinas y recuerdos cinéfilos, no sé cómo te vendrá esta historia...).


- Joan (un ejercicio para desentumecer las piernas, que las traerás frías de Hamburgo...).


-Siouxie –paisana, me hubiera gustado que mi primera visita a tu blog hubiera sido menos agresiva, pero es lo que hay, a la fuerza ahorcan...-.


- Ninoschka (tampoco sé cómo llevarás esto de los memes, pero hay que intentarlo, siempre...).


- Llusilanisa (compa, qué bueno que volviste, toda una alegría; esto, para celebrarlo...).


Y ahora, a pasar los avisos. Cuánto curro. Feliz fin de semana, amigos lectores...




jueves, 14 de junio de 2007

EN BANDEJA DE PLATA (THE FORTUNE COOKIE; U.S.A., 1966)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Harry Hinkle, cámara televisivo, sufre un accidente durante la retransmisión de un partido de fútbol americano: es arrollado por uno de los jugadores y queda tendido, inconsciente, en el suelo. Es llevado al hospital, donde lo que parecía ser una grave lesión medular queda en un simple susto sin mayores repercusiones. Pero, en ese momento, entra en escena su cuñado, Willie Gingrich, un picapleitos nada escrupuloso, dispuesto a convertir el incidente en una mina de oro, haciendo que el bueno de Harry simule una parálisis de pronóstico reservado. Harry, conocedor de la catadura moral de Willie, se niega en un principio a entrar en el juego, pero, seducido por el señuelo del posible retorno de su mujer, Sandy, una rubia indolente que se fugó un año antes con un chulo de cuarta, pero a la que está dispuesto a perdonar eso y más, porque sigue perdidamente enamorado de ella, termina prestándose a las maquinaciones de Gingrich, y se dedica a representar el papel de lisiado, auxiliado en todo momento por “Boom boom” Jackson, el jugador de color que fue el causante de su lesión y que, presa de un intenso sentimiento de culpa, se convierte en su enfermero permanente, paño de lágrimas y consejero espiritual. Finalmente, cuando Willie Gingrich está a punto de cerrar un sustancioso acuerdo indemnizatorio con los prestigiosísimos abogados de la parte contraria, la situación da una inesperada vuelta de tuerca...

RESEÑA CRÍTICA.-

Cualquier película, por insustancial o intrascendente que nos pueda parecer, suele reflejar, más allá de la historia concreta (más o menos intensa, más o menos interesante) sobre la que asienta su trama, algún aspecto de la condición humana, a través de las conductas y actitudes de sus personajes. Pero también sucede a veces que nos encontramos con ciertas películas en las que ese retrato de la condición humana trasciende su argumento y llegan a convertirse en auténticos muestrarios de aquello de que, para bien y para mal, somos capaces. En esta categoría entra de lleno En bandeja de plata, retrato nada amable de buena parte de nuestras miserias y mezquindades, hasta el punto de que constituiría, a buen seguro, un inmejorable espantajo para una hipotética civilización extraterrestre que pretendiera asentar sus reales en nuestro planeta. ¿Habría algún marcianito que, midiendo la integridad de la especie humana a través del rasero moral del abogaducho Willie Gingrich, estuviera dispuesto a quedarse aquí ni a tomar una cerveza? Lo dudo...

Además de eso, y como no cabía esperar de otra forma, En bandeja de plata es, como casi todas las de Billy Wilder, una excelente comedia, armada sobre unos diálogos de frescura, ingenio e inventiva excepcionales (auténtica marca de la casa), un ritmo narrativo muy bien cadenciado y un dibujo de personajes cuya acidez, rayana en lo vitriólico, no oculta un trabajo de diseño de auténtico laboratorio, facilitado, en cualquier caso, por la inmensa calidad de las “cobayas” utilizadas para tal fin: esa pareja que habría de depararnos momentos inolvidables en un buen puñado de películas, y que en ésta trabajaban por primera vez juntos a las órdenes del viejo maestro. Con todos ustedes, señoras y señores, Jack Lemmon y Walter Matthau: ahí es nada...

Jack Lemmon, al que le toca su rol habitual de hombre bueno, encarnando a Harry Hinkle, cuaja una interpretación fantástica, dotando a su personaje de una autenticidad (ésa que le hace debatirse permanentemente entre su ética personal –intachable- y las presiones de su entorno personal más cercano –deleznable-) extraordinaria. Pero el que se lleva el personaje “carameloso” de la película es su partenaire Matthau: el picapleitos Gingrich es un dechado tal de inmoralidad y degeneración que parece directamente extraído de la enciclopedia del perfecto sinvergüenza, y Matthau le confiere la más precisa y preciosa de las caracterizaciones posibles. Hasta tal punto lo hace bien, y tal es el grado de genialidad de sus frases, que se te llega a hacer imposible tomarle al personaje toda la tirria que debieras –en realidad, toda la que se merece un tipo que carece de cualquier punto de redención: todo en él es perfectamente abominable-.

No piensen, de todos modos, que Wilder apura con ese personaje la copa de las miserias morales, ni muchísimo menos... En un ejercicio más de su ya legendaria misoginia, hemos de destacar que las mujeres que aparecen en la historia (hermana, madre y esposa, en tal orden de importancia y peso argumental) no salen precisamente muy bien libradas: aunque la palma, y con diferencia, se la lleva la esposa, Sandy (interpretada por una Judy West que, pese a quedar bastante convincente, no tuvo continuidad posterior en su carrera), un personaje que no desmerece mucho, en cuanto a podredumbre de actitudes, respecto al del cuñado. Y es que está claro que mister Wilder no tenía en muy alta estima a la rama femenina de la especie, y bien que lo hizo notar en este particular muestrario de inmoralidad.

Si, en última instancia, hay algún pero que oponer a esta (pese a la opinión de ciertos críticos, que la minusvaloran en relación a muchas otras comedias legendarias del mismo autor) auténtica obra maestra, es el de su concesión final, cerrando con un happy end nada convincente y, por otro lado, bastante poco congruente con la mala uva que destila todo su metraje previo. Opción de autor, naturalmente, y, como tal, perfectamente respetable, pero que a muchos nos hace lamentar cuán gratificante hubiera resultado poner una guindilla, en vez de una guinda, encima de un pastel tan exquisitamente mordaz, además de recordar cierta frase que, años atrás, ya nos advertía al respecto: nadie es perfecto...

Dedicado al amigo Josep, y él -que no tiene blog, pero que debería ir planteándoselo, porque de esto sabe un rato...- sabe bien por qué (muchas gracias, compa...).

miércoles, 13 de junio de 2007

Varietés artísticas y culturales VIII: beatlemanía y reciclaje



Fui uno más (entre millones y millones) de los que integraron la legión de aquello que, en su momento, se vino a llamar beatlemanía. Y digo “fui”, y no “soy”, porque, al igual que con el resto de las posibles mitomanías que haya podido arrastrar a lo largo de mi vida, con ésta también ajusté cuentas en su momento, situando las cosas en su punto preciso, de manera que, a día de hoy, puedo confesar, sin miedo a errar mucho en el juicio de apreciación, que los Beatles (tanto en su conjunto, como cada uno de sus integrantes por separado) me siguen gustando mucho, me siguen pareciendo uno de los más grandes (si no el más grande....) grupos musicales de todos los tiempos en el terreno de la música pop, pero de ahí a venerarlos, un cierto trecho (y bastante largo, creo...).

De ese cierto desapego deriva la circunstancia (creo que afortunada) de que no me haya llegado a seducir la avalancha de material fonográfico que, grabado en su día por estos chicos de Liverpool, ha venido siendo editado en los últimos años en los más variados soportes multimedia (fenómeno, por cierto, que no se ha circunscrito a ellos, sino que se ha convertido en algo que, propiciado por la existencia de medios tecnológicos adecuados al efecto, se ha hecho bastante común a todos los grandes “dinosaurios” del pop y rock anglosajón, hasta un punto tal en que llega a haber algunos de ellos que, a estas alturas, ya cuentan en su discografía con más títulos “rescatados de las catacumbas” que manufacturados propiamente para su explotación comercial originaria); lo cual, por otro lado, y salvo casos excepcionales (de ahí que considere la circunstancia afortunada), no deja de parecerme una cierta tomadura de pelo, dado que estamos hablando de vender borradores, bocetos, pruebas (es decir, material no destinado a su publicación) como si fueran otra cosa. En definitiva, operaciones de marketing bastante desvergonzadas, en busca de exprimir una ubre que, visto lo visto, diríase que resulta inagotable. Pero ésa, insisto, es mi apreciación de hoy, de ahora: no les quepa duda alguna, amigos lectores, de que ese mismo material, hace veinticinco años (es decir, con mi beatlemanía en su justo punto de sazón....), se hubiera convertido en febril objeto de deseo, por cuya consecución yo hubiera sido capaz de vender mi alma no sólo al mismísimo diablo, sino al primer disfrazado de Satanás con que me hubiera cruzado en una esquina...

No quiero, en cualquier caso, negar el valor que dicho material puede tener desde diversos puntos de vista (fundamentalmente, el histórico), y tampoco voy a engañarles: algún ejemplar de “cortes perdidos”, bajo la etiqueta de antología o similar, anda suelto por las estanterias de mi casa, y, en alguna ocasión, un buen ratito le he dedicado a su atenta (y disfrutada) escucha. Ya metidos en harina, les confesaré algo más: cuando alguna de esas “audiciones” me ha pillado con la guardia baja, hasta se me ha llegado a activar alguna mariposuela estomacal, el pulso se me ha disparado ligeramente y eso sí, antes de que la cosa haya pasado a mayores (una lágrima furtiva, pongamos por caso...), he adoptado medidas enérgicas. He cogido el vinilo de Rubber Soul, Revolver o Abbey Road, y... asunto liquidado.

-Papá, ¿pero tú no decías, al principio, que eso de la beatlemanía a tí ya, ni fú, ni fá....?

-Chiquillo, ¿tú no sabes que hay enfermedades que, por más tonterías que uno diga en el primer párrafo de un artículo, y hasta en el segundo, no tienen cura...?



P.S. este artículo está dedicado a mi compa e-catarsis por: 1, (sobrado) mérito; 2, (rotunda)inspiración; y 3, (justa) reciprocidad...



Fotografía: portal Masbeatles.com.-

lunes, 11 de junio de 2007

Micro XIX: megacentros comerciales


Comprar es la clave de la felicidad... Así rezaba la frase con que se abría Abarca y devora, tema con que se iniciaba la cara B del mítico El limpiabotas que quería ser torero, primer Lp' de Cucharada, grupo señero de la protomovida madrileña. Y ésa es la frase que, inequívoca y automáticamente, me viene a la cabeza siempre que piso uno de estos "santos lugares". Llego, tras largo tiempo sin haber viajado a la ciudad, a la nueva estación de tren de Málaga, pomposamente bautizada como “Vialia María Zambrano” (curiosa paradoja la de otorgar tan literario nombre a algo cuyo único atisbo de literatura es la de los libros que se pueden encontrar en sus dos tiendas de prensa...), y me la encuentro convertida en un hipermegasupermacrocentro comercial (del copón, enteramente...). No se puede decir que la antigua estación fuera un edificio particularmente encantador (nada que ver, desde luego, con otras estaciones andaluzas, como las de Jerez de la Frontera, Huelva o Almería), pero, aún así, en términos de comparación, la diferencia es abismal. Estamos ante el imperio de la velocidad: infinidad de restaurantes de “comida rápida” (¿corre la comida, o corremos nosotros...?), tiendas de recuerdos y de juguetes relacionadas con el mundo de las carreras (hola, Valentino Rossi... ah, que es de cartón, vaya, lo siento, usted perdone...), todos los operadores de telefonía móvil presentes en minúsculos habitáculos (y hasta aquí llegan los “-culos”...), y un par de notas llamativas (al menos a mí, me llamaron la atención....): una tienda de arreglo (cómo no, también rápido: menos de una hora, garantizado, señor...) de ropa y... ni un solo punto de conexión a Internet (de acceso público) en todo el recinto (¿concesión romántica u omisión a subsanar próximamente...?). En fin, los ejercicios de añoranza no son mi fuerte, he de reconocerlo, pero esto, sin duda alguna, ya no es lo que era.

P.S. 1 ojo, que no he dicho en ningún momento que sea peor.

P.S. 2 eh, eh, eh, que tampoco he dicho que sea mejor.

viernes, 8 de junio de 2007

Las que no he visto III: la saga Stars Wars (U.S.A., la pila de años...)



NOTA PREVIA ACLARATORIA: he dudado hasta el último momento acerca de la conveniencia de incluir todas las películas de la saga en un mismo paquete (con el riesgo de que la reacción de las huestes “starswaseras” pueda ir más allá de las meras palabras...), o tratarlas individualizadamente (el riesgo sería el mismo, pero se diferiría en el tiempo). Y esto es lo que hay: como dice el viejo refrán castellano, a lo hecho, pecho...

* Por qué no las he visto (todavía...).-

- Porque son seis, y si ya está complicado sacar tiempo libre para una, pues.... eso, eso, saquen la calculadora y hagan la cuenta ustedes solos...

- Porque sólo tengo disponibles (y, además, en VHS –a saber dónde andarán las cintas...-) las tres primeras (o sea, las tres últimas, ya me entienden...),y esto, llegados a este punto, si no es del tirón, como que no tiene tanto chiste...

- Porque el género fantacientífico no es el santo de mi más devota devoción cinéfila,y, si siempre hay una excepción para confirmar toda regla, me temo que no es éste el caso...

- Porque me cuesta mucho sumergirme en un mundo imaginario y fantástico, sujeto a su propia lógica (y ése es la premisa argumental INELUDIBLE de toda saga fantástica...), y, al “borde de la piscina”, no te enteras de nada.

- Porque en ninguna de ellas sale Ingrid Bergman, ni siquiera infrografiada (porque Ingrid Bergman no sale, ¿no...?).

- Porque me da miedo verme abducido por el lado oscuro de la fuerza; por el lado claro, también, pero menos...


- Porque siempre hay alguna otra que puedes ver, y, al fin y al cabo, ya habrá ocasión, ¿no...?


* Por qué las veré (un día de éstos –supongo...-).-

- Porque cuesta trabajo rebatir a quien te dice que eres un cinéfilo de m... si no has visto siquiera alguna de ellas (aunque, ahora que lo pienso, ¿no habíamos quedado en que yo era, propiamente, un cinéfilo de m....?)

- Porque el peinado caracolero de la princesa Leia me pone irremisiblemente cardiaco (eso es un fetiche erótico, y no el cruce de cachas de la Stone...).

- Porque tiene su puntito morboso ver a Harrison Ford haciendo de secundario (aunque sea con lustre), poco antes de convertirse en una megaestrella del cine palomitero (supongo que el bichaco peludo ese que le acompañaba algo influiría: pensar que habrás de compartir el resto de tu carrera con semejante “pareja de baile” debe ponerle las pilas al más pusilánime de los actores).

- Porque ahora, que todavía son seis, la cosa no pasa del castaño oscuro: más adelante, cuando George Lucas cumpla la “amenaza del fantasma”, y nos endiñe las tres entregas restantes (y no tengo la más mínima duda de que así será: el pollo este no hace rehenes...), la cuestión estará más negra que el futuro del cine esp...., ein, ejto, vamos al siguiente punto (y a ver si vamos acabando...).

- Porque hay que verlas todas, ¿no...?

P.S. Dedicado, con todo mi cariño, al compa Marcbranches: “peaso” de blog de cine que manufacturais la compa Alicia y tú, todo un placer de lectura.

jueves, 7 de junio de 2007

DESEO HUMANO (HUMAN DESIRE; U.S.A., 1954)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Tras retornar de la guerra de Corea, Jeff Warren se reincopora a su puesto de trabajo como maquinista de una compañía ferroviaria, junto a su viejo compañero Alec Simmons, en cuya casa familiar se aloja. En esa misma compañía trabaja, como encargado del personal, Carl Buckley, un hombre hosco, que siente escasa simpatía por Jeff, y que está casado con Vicki, una joven y atractiva pelirroja. Para solventar sus problemas en el trabajo, Carl empuja a Vicki a que interceda por él ante el presidente de la compañía, John Owens, a quien conoce por haber mantenido, tiempo atrás, una relación con él; pero las cosas se complicarán enormente, y a partir de ciertos avatares inesperados, Jeff tendrá que debatirse, en una lucha encarnizada, entre la razón y el deseo...

RESEÑA CRÍTICA.-

Tras haber mostrado, en los inicios de su carrera, unas capacidades técnicas y unos niveles de inventiva visual con los cuales ya se había ganado un lugar más que honorable en la historia del cine, Fritz Lang se empeñó en demostrar, a lo largo de su etapa americana, cuán capacitado estaba también para realizar films de los más variados géneros y líneas temáticas bajo cánones estéticos y narrativos mucho más convencionales.

Son ésos los cánones a que se somete esta Deseo humano, una película sencilla y consistente, que amalgama con hábil dosificación elementos de drama y de suspense, para ofrecernos una nueva revisitación de esa vieja lucha, tan antigua como el propio mundo, que es la que enfrenta al bien y al mal. Y también, por enésima vez, ambos estarán encarnados (o, más bien, simbolizados en sus actitudes) en dos mujeres, ente las cuales se mueve su protagonista, Jeff Warren, un hombre afable y honesto, de sólidas convicciones morales (¿y, dado ese perfil, quién mejor que Glenn Ford para darle vida...?), al que un cúmulo de circunstancias, casuales y emocionales, irá empujando por una pendiente, progresivamente más acusada, de corrupción ética y de cuya perdición definitiva sólo se librará gracias a un postrero golpe de timón, duro y difícil, pero indispensable para su supervivencia.

En un extremo de ese arco al que antes aludía, se encuentra Ellen, la hija de su compañero Alec, a la que dejó de ver cuando, al marchar a la guerra, aún era una niña y a la que reencuentra convertida no sólo en una esplendorosa mujer (a la que da vida una Kathleen Case bellísima y de una gran expresividad dramática), sino en una enamorada consciente de sus escasas posibilidades de conquista y una suerte de “Pepito Grillo” despechado que irá golpeando con sus aldabonazos –cargados de un reproche tan hiriente como la indiferencia de la que es objeto por parte de él- la cada vez más maltrecha conciencia de Jeff. Y en el otro extremo, ese elemento indispensable del film-noir, la femme fatale, Vicki Buckley, esa ex corista de vida ligera interpretada por una exultante Gloria Grahame (en el momento más dulce de su carrera), cuyo personaje, curiosamente, no es revestido por Lang de ninguna maldad intrínseca, sino de una fatalidad ineludible (todo el veneno que destila proviene del ejercicio de actos que no obedecen a su voluntad, sino a la de los que la rodean), lo cual lleva a la idea subconsciente de la asunción del destino como una losa para cuyo levantamiento pocos esfuerzos cabe hacer con fundadas esperanzas de éxito.

Diálogos precisos y ajustados, ritmo narrativo firme y pausado, y tratamiento de la puesta en escena de una gran sobriedad, sin concesiones a mayores alharacas técnicas (en cualquier caso, creo que sí es digna de especial mención la muy profusa y acertada presencia del tren como elemento ambiental de peso en la película, además de su profunda significación metafórica, en la medida en que el protagonista, como antes se apuntaba, realiza, además de los frecuentes “viajes físicos” a que le obliga su trabajo, un auténtico “itinerario moral”). En resumen, una película compacta y bien armada, constatación plena de que los maestros difícilmente dejan de serlo: cuando se ponen estupendos, hacen Metrópolis, y, en las “temporadas de descanso”, hacen películas como Deseo humano, tan dignas como interesantes.


P.S. Dedicado a la compa Miriam (y a su fusta: argh, argh...).-

lunes, 4 de junio de 2007

Metablog XVII: cantidad, calidad (y fidelidad)


Y no es que pretenda parafrasear el lema de los revolucionarios franceses del XVIII, no, no, nada de eso... Hace no muchos días, y al hilo de otro artículo de esta misma sección, mi compañero Corpi expresaba, en un comentario, su preferencia por la calidad (de sus lectores) frente a la cantidad. O, dicho de otro modo, mejor pocos y buenos que muchos y vaya usted a saber cómo…

Es una opción, no sólo enormemente respetable, sino además honesta y atenta con aquella gente que tiene la gentileza de leerte: no tengo nada que objetar a la misma. Pero, como bien pueden suponer, amigos lectores, hay gente –entre la que me cuento- que se maneja con algo más de codicia, y no sólo aspira a contar con (un buen puñado de) buenos lectores, sino a la que, por otro lado, le gustaría contar con miles -¿qué digo miles? millones…- de lectores, con independencia de que sean buenos, malos o regulares. Y, para terminar de rizar el rizo, lejos de conformarse con la cantidad, también se pretende y desea la fidelidad: o sea muchos, y, además, fieles, que entren a leer tu blog todos los días y dejen extensos y jugosos comentarios todos los días (a ser posible, también elogiosos y, llegado el caso, amables y cariñosos).

¿Excesivo, iluso, soberbio, fatuo, imbécil, ególatra sin cura…? Posiblemente; todo eso, y algo más, quién sabe. En todo caso, supongo que son pretensiones compartidas –en mayor o menor grado- con toda persona que escribe “en abierto”, expuesto a la lectura de todo aquel que tenga a bien acercarse a sus líneas (para una escritura restringida a un grupo predeterminado de personas, hay, naturalmente, otras vías...). Pero también, más allá de la componente jocosa de esos “delirios de grandeza” (que, sinceramente, hace algún tiempo no me hubiera atrevido, por pura cuestión de pudor, a exponer abiertamente...), está claro que hay que ser realista, y tomar conciencia de los límites alcanzables.

En un ciberespacio en el que la atomización y volumen de la “oferta” (es decir, los blogs disponibles) es de dimensiones estratosféricas (y sin que se vislumbre una ralentización del crecimiento: esa búrbuja, a diferencia de lo que se viene predicando de la inmobiliaria, no se va a pinchar así como así...), sería absurdo pretender contar con un número muy alto de lectores, por muy excelsa que pueda ser la calidad del blog que les ofreces. En cuanto a su calidad (no la de tu blog, sino la de los lectores del mismo), es ése terreno tan pantanoso -¿alguien sabría explicarme qué es un “buen lector”, o un “mal lector”....?-que la única idea clara que sobre él albergo es el de la completa seguridad de que, en caso de transitarlo, lo único que conseguiré es acabar de fango hasta las cejas. Y, qué quieren que les diga, no es plan. Tampoco es plan, por lo absurdo, dada la volatilidad y dispersión del “medio”, el pretender que este alto número de lectores te siga con disciplina y rigor prusianos.

A lo sumo, y a fuer de insistente en una línea (temática y de estilo) con la que se sientan tan identificados como para que les merezca la pena dedicarle a su lectura el tiempo que le dedican, podrás captar (y, además, maravilla de maravillas, conseguir que te lean con regularidad...) un puñado de ellos. Y dejo el vocablo “puñado” en la más absoluta indeterminación –mejor así, creo....- en cuanto a número y/o volumen: para algunos blogs muy exitosos, el puñado será bastante grueso; para otros, de alcance más modesto, el puñado será, muy probablemente, un puñadito.

Pero un puñadito que es un tesoro; y que, como tal tesoro, bueno es cuidar, mimar y preservar. Creanme si les digo que ésa es siempre mi intención, mi voluntad; lo que no tengo tan claro es si mis logros, al respecto, están a la altura de mis deseos (siempre es difícil de saber...). Por lo tanto, no me queda alternativa: hay que seguir intentándolo. Este es otro intento. El penúltimo (siempre es el penúltimo...). Feliz semana, (mis excelentes y fieles) amigos lectores...

domingo, 3 de junio de 2007

Grageas de cine XXXIV: a propósito de... Wall Street (U.S.A., 1987)


Un año después del rutilante éxito que le supuso la celebradísima Platoon, Oliver Stone volvía a internarse en una selva, de fronda menos espesa, pero de machetes mucho más afilados, para ofrecernos la segunda puntada de hilo de ese tapiz destinado a constituir un retrato vivo y exhaustivo del sueño-pesadilla americano: señoras y señores, bienvenidos a... Wall Street.

Un perfecto compendio del cine stoniano, con lo mejor y lo peor que, simultáneamente y con toda naturalidad, este autor estadounidense es capaz de ofrecernos: un ritmo y un vigor narrativo vibrantes, exhultantes, junto a un diseño maníqueo del cuadro de personajes excesivamente simple, y lastrado por un posicionamiento ideológico inequívoco; un montaje maravillosamente depurado junto a algún exceso visual derivado de cierto ansia por ofrecer espectaculares postales de un Nueva York en pleno apogeo “ochentero” (por cierto, la estética predominante en la época inunda el estilo visual de la película, aunque no sea ése un elemento que quepa reprocharle, sino mera cuestión de congruencia con la trama); un guión bien construido, de progresión dramática impecable –limpia y clara- junto a algún apunte chirriante, en forma de líneas de texto excesivamente ampulosas y claramente artificiales (pecado del guionista que, enfrascado en lides de dirección, no quiere dejar de recordarnos cuán brillantes y sentenciosas pueden ser sus frases...). En fin, señoras y señores, bienvenidos al cine de... Oliver Stone.

En todo caso, con todos sus defectos (entre los que habría que computar la condición protagónica de un excesivamente “verde” Charlie Sheen, que, en los momentos de mayor tensión dramática, no da la talla) y virtudes (entre las que cabe apuntar la interpretación, soberbia, de un Michael Douglas que hace de su Gordon Gekko –más allá de algún exceso de pomposidad, más achacable al guión que a su trabajo- todo un paradigma del tiburón yuppie que hizo furor en la época), sus grandezas y sus miserias, Wall Street hace un retratro tan preciso como despiadado de un mundillo, el de las altas finanzas y la especulación bursátil, que, más allá de su incursión en algún defecto de simplificación excesiva, resulta bastante creíble y, lo que es más importante, espectacularmente entretenido en la medida en que, siempre y en todo momento, prima, sobre esa voluntad testimonial (nada desdeñable), el ánimo de contarnos una historia que, desde el punto de vista dramático, y con su desarrollo tan pulcramente atento a una estructura convencional, resulta plenamente redonda (y a la que, si me apuran, sólo se me ocurriría reprocharle su retruécano final, excesivamente moralizante, aunque claramente coherente –y, por tanto,esperable- con las convicciones políticas e ideológicas del autor). Propuesta, pues, altamente recomendable (a pesar de las hombreras y sombreritos de una Daryl Hannah cuya nariz me convence muchísimo más que la actual: cuestión de gustos...).

viernes, 1 de junio de 2007

Las que no he visto II: Lo que el viento se llevó (Gone with the wind; U.S.A., 1939)


* Por qué no la he visto (todavía...).-

- Porque me apetece verla de una sola vez, de un tirón (y otro día, si les parece bien, hablamos de cómo vemos las películas: hay alguna que me ha llegado a durar más que una novela...), y cada día está más complicado agenciarse cuatro horas de disponibilidad absoluta para un menester como éste.

- Porque, aunque de ésta sí dispongo de copia en DVD, está en uno de los estantes más altos (los estantes accesibles –como bien puede comprender cualquier amigo lector que tenga en casa un peque de corta edad- están ocupados por el material previsible en tales casos: las “obras completas” de Píxar; la “integral” Pokémon; una nutrida representación de las huestes del tito Walt....), y ya saben ustedes, aquello del lumbago, el salto del tigre...

- Porque siempre que me planteo verla, termino pensando que ésta ya la ha visto todo el mundo, y queda mejor para engordar mi (por otro lado, cada vez más maltrecha) reputación cinéfila, alguna opción más “rarita”.

- Porque Clark Gable nunca terminó de caerme demasiado bien (aunque he de admitir que, tras verlo en Vidas rebeldes –Misfits; U.S.A., 1961-, esa opinión se transformó sustancialmente).

- Porque siempre hay alguna otra que puedes ver, y, al fin y al cabo, ya habrá ocasión, ¿no...?



* Por qué quiero verla (y la veré –un día de éstos...-).-

- Porque no hay alternativa: ésta tienes que verla, y punto.

- Porque, en definitiva, ¿quién no se pule –aunque sólo sea de vez en cuando- cuatro horas mirando a las musarañas...? Pues si las tienes para eso, también las puedes tener para ver esta peli.

- Porque, como chorrada para hacerse el interesante, cada vez da menos el pego (funciona mucho mejor decir que no has visto Reservoir dogs, por ejemplo...); y, más allá de tal utilidad, otra mejor no se me termina de ocurrir.

- Porque, en cuatro horas, complicado ha de ser que –por muy mal que se dé la cosa- no haya, al menos, un cuartillo de hora de buen cine. O más...

- Porque a Dios pongo por testigo, que jamás bla, bla, bla...

- Porque, al fin y al cabo, hay que verlas todas, ¿no?
Los enlaces del primer párrafo, por cortesía de la carpeta de Favoritos de mi peque...
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