jueves, 31 de mayo de 2007

AZULOSCUROCASINEGRO (España, 2006)


Debutar con un relato intimista, el retrato de la peripecia personal de un ser común, cuya vida –y la de los que le rodean- está más cuajada de grises que de rosas, es un empeño valiente. Si, además, se hace a base de una historia que, a pesar de la profusión de episodios tristes, ofrece, en algunos momentos, contrapuntos de humor tan oportunos como ingeniosos; con diálogos llenos de realismo y frescura; y con una más que evidente habilidad para urdir y entrelazar las situaciones con que se construye, habremos de concluir que estamos ante un empeño talentoso.

Sin ser una película redonda (hay alguna secuencia en la que, posiblemente, al autor se le va la mano, o termina resultando excesivamente redundante sobre una situación concreta), Azuloscurocasinegro, la opera prima de Daniel Sánchez Arévalo, es un buen exponente de la valentía y el talento de un cineasta que, dada sus cortas edad y experiencia, ya apunta maneras que permiten abrigar la esperanza de que, algún día, y si el esmero por pulir sus guiones no le hace perder desparpajo (ése que a otros se les quedó perdido en algún recodo del camino...), pueda llegar a transitar por la misma senda por la que ya lo hacen algunos ilustres predecesores cuyos nombres están en la mente de todos.

Básicamente, Azuloscurocasinegro es la historia de Jorge, un muchacho serio, introvertido y marcado por unas circunstancias (la enfermedad invalidante de su padre, la muerte de su madre, la prisión de su hermano y su trabajo en la portería de un edificio de viviendas de clase media) que le han marcado un carácter circunspecto y receloso. Desde esa perspectiva, Jorge (magníficamente interpretado por el joven Quim Gutiérrez) tendrá que afrontar su particular salto a la plena vida adulta: su abordaje del mundo laboral, su rotura de amarras y la clarificación de su (un tanto desvahída) situación afectiva, en un proceso que, partiendo de las situaciones clásicas de amores y desamores (las que hemos visto una y mil veces en mil y una historias...), termina con una espectacular pirueta argumental (no por esperable, en un momento dado, menos potente desde el punto de vista emocional), que abrocha y da cierre a una trama que, pese a algún punto de exceso dramático, resulta “tan real como la vida misma”, amén de entrañable –por la ternura que desprenden sus protagonistas-.

Con tales premisas, y teniendo en cuenta la franja de edad en que se ubican los principales personajes de la historia, a cualquiera le pueden venir a las mientes nombres como los de Eric Röhmer o, más cerca de nosotros, Gerardo Herrero –y, muy en especial, algunas de sus últimas películas (Las razones de mis amigos, El principio de Arquímedes)- y sus retratos generacionales de una juventud cuyo tránsito a la madurez se llena de dudas, incertidumbres, temores y desazones. Pero Daniel Sánchez Arévalo, aun manejando esos mismos elementos personales y afectivos como sustrato de su historia, lo hace con un tono totalmente diferente, que huye, a través de la ironía y la paradoja constantes, de cualquier atisbo de trascendencia retórica o discurso literario. Ahí, en la vivacidad del lenguaje y en lc hispa de los diálogos, el film de este autor novel juega una de sus bazas más valiosas y obtiene unos resultados ciertamente magníficos.

En definitiva, Azuloscurocasinegro viene a ser una nueva y gozosa confirmación (para los que ya estamos previamente convencidos de ello) de que el cine español, aun con todas sus penurias y limitaciones, sigue siendo más, mucho más, que ese binomio caspa-espesura, en que algunos quisieran verle (y así lo consideran) confinado, y gente como Daniel Sánchez Arévalo y su elenco de jovenes y brillantes intérpretes (apunten, por favor, un nombre, Antonio de la Torre: sencillamente, lo borda, y su Goya como mejor actor de reparto no ha hecho más que dar carta de formalidad a una evidencia como un templo) habrán de tener, junto a otros, y tiempo al tiempo, mucha responsabilidad en que así siga siendo a lo largo de los próximos años. Y que ustedes, amigos lectores, y yo, lo veamos y disfrutemos...

miércoles, 30 de mayo de 2007

Micro XVIII: barbaridades


La portada de la edición de Andalucía del pasado miércoles, día 23 de mayo, del diario El País se adorna con una fotografía realmente estremecedora (y que no me resisto a dejar de incluir en esta humilde casa). No ilustra ninguna realidad nueva, ni desconocida, ni oculta (de hecho, yo mismo, sólo dos días después, tuve ocasión de contemplarla in situ), pero la rotundidad descarnada con que lo hace, verdaderamente, sobrecoge.

Padado ese impacto inicial, algunas reflexiones:

Los escándalos de corrupción de Marbella, y su repercusión en los medios, se han convertido en la cortina de humo soñada por todos aquellos que, con los focos alejados de sus talones, andan convirtiendo la Costa del Sol (o, más bien, lo que queda de ella) en eso que pueden ver ahí arriba.

Esa estampa no es el reflejo de una perversión del sistema. ESO es EL sistema, y ésa es la imagen más certera y lograda que de él se puede obtener. Me jugaría la cabeza a que todas y cada una de las edificaciones que se pueden contemplar en la fotografía se atienen fiel y escrupulosamente a la legalidad vigente, y gozan de todas las bendiciones técnicas y jurídicas. A continuación, me jugaría el cuello a que todos sus adquirentes, presentes y futuros, son humanos (no marcianos; ni venusianos; ni jupiterinos...), y, además, no necesariamente pudientes en grado sumo (o sea, gente corriente, como usted, como yo...).Y ahí radica el auténtico problema. Eso no es lo que consiente: peor aún, eso es lo que se propicia...

Nunca es bueno el catastrofismo, pero la cosa, amigos lectores –y no sólo la “nostra”...-, está muy, muy cruda...


Fotografía: Diario El País (Julián Rojas)

martes, 29 de mayo de 2007

Libertad (de expresión, por ejemplo)


Polémica. Es difícil que nos llegue noticia, sea del tipo y ámbito que sea, relacionada con el ínclito presidente venezolano Hugo Chávez que no venga teñida de polémica, pero las personalidades histriónicas, excesivas (y la de este señor, indudablemente, lo es) suelen conllevar tal circunstancia. ¿La última? La despertada por la no renovación de la concesión para emitir en abierto a un canal privado de televisión (la CTV) de línea claramente opositora (y, según varios próceres del régimen, vinculada con movimientos golpistas), y las reacciones fuertemente críticas que dicha medida ha despertado en diversos ámbitos políticos, mediáticos e institucionales del mundo occidental (tanto en Europa como en Estados Unidos).

A mí, en principio, una figura política como la de Hugo Chávez no me resulta nada simpática. Y, si bien asumo que hay un ánimo de satanización desde determinadas instancias “democráticas” -que buscan descaradamente el desprestigio de una figura que, con sus tintes populistas y bufonescos, les puede hacer bastante daño-, que me hace mirar con bastante recelo cualquier información que sobre la misma aparece en los medios convencionales, tengo la impresión de que se trata de un sátrapa del que, cuando su pérdida de control sobre los mecanismos de poder de que actualmente dispone lo permita, llegaremos a saber infinidad de cosas que harán que nos llevemos las manos a la cabeza. Me temo. Y ésta sólo será una más (y quizá no de las más notables, ni llamativas).

También es probable que esa cadena de televisión a la que el gobierno chavista va a enviar al mundo de las emisiones por cable y satélite (con una notabilísima reducción de su ámbito de audiencia) no sea tampoco un dechado de virtudes progresistas y/o pluralistas. Me temo. Pero jamás se puede justificar ni amparar en argumentos de ese tenor una medida como la comentada. A título de ejemplo, también en España existe una cadena de radio como la COPE, que no sólo ejerce una línea de opinión claramente contraria al actual gobierno (algo en lo que coincide también con otras cadenas radiofónicas de ámbito nacional, como pueden ser Onda Cero –claramente- o Punto Radio –en menor medida, ciertamente-), sino que, además, lo hace de forma tan desabrida, y con una tendencia tal al exabrupto tendencioso y la descalificación insultante, que podría llegar a rozar, en algunas ocasiones, el ámbito de lo delictivo, sin que por ello se le ocurra a nadie pensar que eso podría dar pie a su cierre o prohibición (tema distinto sería el de cuán felices y tranquilitos nos quedaríamos muchos si desaparecieran del espectro radiofónico hispano Jiménez Losantos y especímenes de similar ralea...). Cuestión, lisa y llanamente, de que hay derechos y libertades cuya limitación sólo está justificada en supuestos excepcionalísimos. Cuestión de principios. Cuestión de democracia.

Porque, al fin y a la postre, todo radica en una cuestión de límites y fronteras, que es lo que se sustancia en materia de gobiernos y libertades; cuestion que no siempre es sencilla –más bien al contrario, casi nunca resulta serlo-, porque los humanos somos así de complicados. Y así de perfectamente capaces de, en nombre de los más elevados principios y camuflados tras las más nobles palabras, hacer las más tremendas barbaridades y cometer las más severas injusticias. Quizá sería deseable que llegara pronto ese tiempo en que nadie, amparado en conceptos como seguridad, honor, dignidad y similares, intentara o pretendiera callarle la boca a nadie. Pero eso requiere una pedagogía y una asimilación de las que, probablemente, aún andamos muy lejos. Habrá que seguir trabajando....

lunes, 28 de mayo de 2007

Metablog XVI: tratamientos (de tuteos, voseos e hierbas similares)


He de confesar que una de las cuestiones que más llamaron mi atención cuando comencé mi andadura en el mundillo (o mundazo, no sé) este de los blogs, fue el hecho de que, habitualmente, y sobre todo en el ámbito de los comentarios, la gente se tratara de usted –aunque fuera en un tono que denotaba un evidente ánimo jocoso y dicharachero; una especie de divertimento identificatorio, bajo cuya advocación todo el mundo convenía en sentirse acogido, o algo así-. En fin, costumbres, normas de etiqueta, que uno, como recién llegado, comparte o no comparte, pero que, en cualquier caso, y en atención a tal condición de advenedizo, respeta, o, al menos, no cuestiona abiertamente –en la medida en que tampoco tiene, claro está, mayor trascendencia-. Al menos, al principio. Posteriormente, y con el paso del tiempo, uno se va asentando, va adquiriendo confianza en sus relaciones y, llegado a ese punto, ya adopta su opción personal.

En mi caso, es la de no someterme a tal regla, y utilizar el tuteo. Y no me pregunten el motivo, o motivos, porque sería incapaz de precisarlo, o precisarlos, y no es hoy, lunes, el día más indicado para un esfuerzo de reflexión (y, más aún, sobre cuestión tan peregrina e intrascendente).

En principio, tendría que descartar de ese hipotético catálogo el argumento de la coherencia: en mis artículos, siempre utilizo el usted para dirigirme a ustedes (valga la redudancia), amigos lectores; con lo cual el empleo del tuteo en los comentarios implicaría una contradicción con dicha práctica. Eso sí, la contradicción sí que tiene una explicación, y es la del ámbito de interlocución en el que se mueve cada pieza: el artículo va dirigido a un público lector inespecífico, indeterminado (o, al menos, eso quisiera yo pensar; ay, el día que pase lista, qué desengaño...), mientras que el comentario, por el contrario, suele ir dirigido a un interlocutor concreto e identificado (al que si, además, tengo un cierto aprecio, como suele ser el caso, no tendría mucho sentido que tratara de usted).

Tampoco es algo que tenga nada que ver con mis usos y costumbres en eso que los demás suelen denominar “vida real” (vida real que, por cierto, cualquier día de éstos, constataré que ha desaparecido, así, sin más, sin dar explicación alguna). He de reconocer que, en ese mundo inhóspito y salvaje, lejos de irme aclarando con el paso de los años, cada vez que me encuentro más torpe y desorientado en cuestiones como ésta. Cuando era más joven, siempre tenía claro a quién dirigirme con el “tú”, y a quién con el “usted” –y, una vez zanjada la cuestión, no había lugar a los bandazos-; a día de hoy, en cambio, se trata de una especie de ejercicio diabólico, en cuya práctica me suelo sorprender (cada vez, horror, más frecuentemente) con la vergonzosa circunstancia de que, no sólo no tengo claro qué tratamiento usar, sino que, una vez “decidido”, a una misma persona, y en el curso de la misma conversación, le puedo ir cambiando alternativamente (y de manera totalmente caprichosa) el tratamiento: del tú al usted, y del usted al tú, y tiro porque me toca. Penoso...

En todo caso, y puestos a seguir especulando sobre la cuestión, supongo que el elemento que más pesa en mi decisión de no usar el “voseo” en los comentarios, es que a mí el invento no me termina de convencer. Y, en consecuencia, no me someto a tal uso. No sé si eso resulta molesto o incómodo para algún compañero de bloguerío; o si transmite cierta imagen o idea de falta de respeto o de educación (que creo que, bajo ningún concepto, cabría apreciar; pero las apreciaciones de cada cual son las de cada cual, no las de uno mismo, por supuesto). Supongo que no, porque nadie me lo ha advertido y porque pienso que tampoco habría mucho fundamento para ello. Pero nunca se sabe, nunca se sabe...

Y esto es todo por hoy: supongo que demasiado, si se tiene en cuenta la entidad del tema tratado. Pero he de apelar a su indulgencia: al fin y al cabo, sigue siendo lunes. ¿Se ha notado mucho? Feliz semana, amigos lectores...

domingo, 27 de mayo de 2007

Grageas de cine XXXIII: a propósito de... Conociendo a los Robinsons (Meet the Robinsons; U.S.A., 2007)


Metrópolis y Fritz Lang; los “malos” de Tim Burton (por cortesía evocativa, cómo no, de Danny Elfman...); Píxar y Los increíbles; Robots; Jimmy Neutron; La parada de los monstruos, vía Sid, el vecino de Andy, en Toy story; la languidez desvalida de Chicken Little... No, no se trata –aunque lo parezca- del catálogo de respuestas de una versión especializada en animación cinematográfica del Trivial Pursuit: es el conjunto de referencias que, en oleadas sucesivas, arribaba a mis entendederas mientras veía la última producción Disney, Conociendo a los Robinson. Hermosa, deslumbrante, entretenida, pero, pocos minutos después de terminar de verla.... humo, sólo humo, un muy vago recuerdo.

Es difícil, con la saturación que experimenta el panorama cinematográfico actual en lo que a cine de animación se refiere, encontrarse con productos originales, en cualquier sentido, tanto en lo que se refiere al trazado de historias como en lo que respecta a su plasmación visual. Los argumentos están enormemente trillados y el vertiginoso progreso de los alardes técnicos hace que las parafernalias visuales que hoy nos deslumbran resulten, al cabo de sólo semanas, pálidas sombras de fuegos de artificio. Pero, cuando además de tales condicionantes genéricos, nos encontramos con un producto, que, bajo la capa del guiño cinéfilo o el homenaje más o menos confeso, hace escasa (por no decir que casi nula) profesión de originalidad, las carencias quedan mucho más al descubierto. Y Conociendo a los Robinsons se nos termina revelando como un producto flojito, muy flojito: espectacular, y, sin duda alguna, apto para satisfacer las infantiles exigencias de un público infantil; pero, en estos tiempos en que cada vez se espera mayor polivalencia de un producto de animación (de manera que atraiga a las salas no sólo a su público natural –el infantil-, sino a un espectro mucho más amplio), escaso bagaje se me antoja para tal objetivo (y más aún teniendo en cuenta los generosos recursos disponibles) el de esta última entrega de la factoría de Florida.

Cabe esperar que de su entente definitiva con Píxar, Disney saque aliento creativo para empeños más consistentes. Porque, desde luego, lo que resulta evidente es que, teniendo en cuenta cómo viene apretando una cada vez más nutrida y vigorosa competencia, películas de tan escasa personalidad como Conociendo a los Robinsons nos llevarían a pensar en un futuro muy poco halagüeño. Y tampoco es plan a estas alturas, ¿no creen...?

miércoles, 23 de mayo de 2007

Micro XVII: Duti frí


Según mis últimas noticias, el último estreno de Javier Sardá en Tele 5, un magacín de viajes que responde al título de Duti frí, parece no marchar muy bien en términos de audiencia (con lo que ello implica de peligro manifiesto de desaparición: en estos tiempos que corren, ya se sabe...). Y me parece una lástima, porque, de lo que he tenido ocasión de ver, y sin que tampoco el producto pueda decirse que alcanza niveles de excelencia, sí que parece desprenderse una circunstancia (al menos, para mí) tremendamente gozosa: da toda la impresión de que ese tremendo comunicador que es Sardá recupera la esencia y el espíritu (que parecía irremisiblemente perdido, tras esa macabra broma que constituyeron sus últimos años de Crónicas marcianas –el más faraónico monumento a la infamia televisiva que, mal que le pese a su prestigioso conducator, hayamos podido contemplar en este país-) de ese ejercicio de libertad creativa y progresismo entretenido que fue su Ventana radiofónica de las tardes de la SER. Ojalá se obre el milagro y el producto, con los ajustes de parrilla que menester fueren, termine remontando el vuelo: recuperar para la causa de la comunicación entendida desde el respeto a las reglas elementales del invento (aquellas, tan tópicas y manidas, pero no por ello menos ciertas, del informar, formar y entretener...) a un profesional de la talla de Javier Sardá no puede ser -al menos, para aquellos que gustamos de unas ciertas maneras de entender el invento este de los medios- más que motivo de algría.

lunes, 21 de mayo de 2007

Metablog XV: sus ilustrísimas bloguerías


Supongo que era inevitable. Y, a medida que esto de los blogs iba adquiriendo auge, pujanza y poderío, más inevitable todavía, si cabe. Pero, aún así, no deja de provocarme cierta sensación de mosqueo el hecho de que cada vez sea más nutrida la nómina de firmas ilustres (ilustres por los más variopintos motivos: prestigio personal, fama mediática, experiencia profesional, antecedentes académicos, etc...) que pueblan esto que se ha dado en llamar la blogosfera.

Por una mera cuestión de principios, y desde el respeto más absoluto a esa misma libertad bajo cuyo amparo desarrollo este torpe (pero no por ello menos satisfactorio...) ejercicio del “bloguerío”, nada más lejos de mi intención que el pretender negar, o cuestionar, a esas ilustres firmas su sacrosanto derecho a tener, mantener y/o sostener un blog. Faltaría más. Pero no me negarán ustedes, amigos lectores, que si esas ilustres figuras, que tienen a su disposición todos los altavoces mediáticos convencionales (prensa escrita, radio, televisión) para hacer llegar a un público amplio, masivo, aquello que quieren hacerle llegar, también invaden un cachito, por pequeño que sea, de este ámbito tan peculiar, la cosa empieza a adquirir tintes muy cabreantes.

Porque, evidentemente, no competimos en pie de igualdad: aquí estamos ante eso que un economista llamaría, en su “hermosa” jerga, un claro supuesto de “abuso de posición dominante”. Y no es que pretenda plantear esto en términos de una competitividad mercantil, que no es ése el planteamiento, obviamente (al fin y al cabo, esto del bloguerío se surte, en un abrumadora proporción, de iniciativas totalmente “amateurs”...); simplemente, me limito a constatar que, si entre la maraña de blogs que pululamos por el ciberespacio, con nuestro “cohetito”, a la búsqueda de ese nunca demasiado amplio nicho de lectores (o, al menos, no tan amplio como se quisiera; pero ésa es harina de otro costal, a la que habrá que dedicar su metablog correspondiente...), también nos hemos de topar con esas “macronaves”, tipo Enterprise (además, normalmente, bajo el cobijo de algún gran medio de comunicación “de los de toda la vida”), conducidas por el político, periodista, escritor o intelectual de turno (y digo conducidas, porque tengo yo mis muy serias dudas de que, en todos los casos, sean personalmente escritas; tampoco estaba refiriéndome a Pilar Rahola, único ser humano que, al parecer, ostenta simultáneamente esas cuatro condiciones relacionadas...), pues apaga y vámonos.

Entiendo que haya quien pueda pensar que escribo esto desde el resentimiento o la más cochina de las envidias. Puede que sí, puede que no. En cualquier caso, reconocer que así fuera, más allá de un arranque de sinceridad (algo que suele despertar simpatías, con lo cual tampoco conviene abusar demasiado de ello...) tipo brindis al sol (no te juegas nada con su ejercicio...), no supone ni alivio ni arreglo: la cuestión sigue siendo exacta y puñeteramente la misma. Y, en el fondo, la única que sabe realmente lo que hay o no hay al respecto, la auténtica verdad del barquero, es mi madre: ¿verdad, mamá, que yo, desde chico, ya quería ser Iñaki Gabilondo...? Pue eso, amigos lectores, pues eso....


P.S. si la pasada semana lanzaba, con foto incluida, un mensaje de homenaje y despedida a mi viejo radio-despertador, hoy toca darle la bienvenida al nuevo aparatejo -ése que también ven en la foto-, que adorna mi mesilla del dormitorio, acompañando mis noches y jodiendo (a una hora mucho más temprana de la que me gustaría...) mis mañanas. Paradojas de la vida...

domingo, 20 de mayo de 2007

Grageas de cine XXXII: a propósito de... ¿Cuánto me amas? (Combien tu m'aimes?; Francia, 2005)


Soy un enamorado (convicto y confeso) del cine francés. Lo he dicho en más de una ocasión, pero no me canso de repetirlo, en la medida en que no encuentro motivos poderosos para desdecirme de tal afirmación. O sí. Como la película que ví hace unos días: ¿Cuánto me amas? (Combien tu m’aimes), una producción gala del año 2005, que firma el realizador Bertrand Blier. Un auténtico y genuino desastre: pretenciosa, deslavazada, aburrida, torpe... se me acumulan los calificativos negativos, y aún me vienen a las mientes algunos más con los que podría catalogar producto tan fatuo y prescindible sin temor a parecer exagerado, o a dar la impresión de que un ataque de bilis ha trastornado mis usualmente amables apreciaciones para trocarlas en una diatriba en toda regla. El film no funciona en ninguno de sus varios registros (cómico –no hace gracia alguna, y el pretendido absurdo con el que pretende adornar su trama y estructura se revela de inmediato como una mera añagaza, por lo demás burdamente urdida-, romántico –si el amor tiene algo que ver con lo que esta película refleja, hay algo que no funciona muy bien en los mecanismos afectivos de su equipo “creativo” (¿)- o misterioso –no es que la adivinación del devenir de la trama, en su desarrollo, resulte más o menos difícil de intuir: es que uno no consigue poner interés alguno en algo tan carente de sentido o lógica alguna-), y si hay algo que pudiera justificar los noventa minutos que se invierten en su visionado, que no sea el deleite que puede producir la contemplación de la espectacular (y generosamente exhibida, todo hay que decirlo) belleza de Monica Bellucci, yo he sido incapaz de vislumbrarlo.

Por cierto, para lo de la Bellucci hay mecanismos mucho más rápidos, expeditivos y sin merma alguna de deleite: una buena galería fotográfica de las miles de ellas disponibles en webs del ramo, suple con total suficiencia las aportaciones al respecto de este film. Una auténtica lástima.

viernes, 18 de mayo de 2007

Las que no he visto I: Reservoir dogs (U.S.A., 1992)



* ¿Por qué no la he visto (todavía)?

- Porque a mi mujer no le gustan las películas cargadas de violencia gratuita, o desaforada, y ésta lo es, sin duda alguna. Y lo de verla solito, pues como que no me termina (aún) de convencer.

- Porque la tengo grabada en un videocassette, formato VHS de toda la vida, y me da mucha pereza cambiar las conexiones del televisor para enchufar el reproductor de vídeos en vez del de DVD. Los agujeritos pertinentes están en la parte trasera de los aparatos y mi lumbago ya no me permite según qué alegrías (así que imagínense para lo del salto de tigre y ejercicios conexos...).

- Porque siempre hay alguna otra que puedes ver, y, al fin y al cabo, ya habrá ocasión, ¿no...?


* ¿Por qué quiero verla (y la veré –un día de estos-)?

- Porque a mí, a diferencia de a mi mujer, sí que me gustan las películas (o, al menos, algunas, no todas) cargadas de violencia gratuita (o de pago, me da igual; y, a ser posible, también desaforada), tipo Godfellas o Scarface; y ésta, y su violencia, según todas las referencia disponibles, goza de ambas cualidades en grado sumo.

-Porque ésta es una de esas pelis a la que la etiqueta de “film de culto” se le queda casi pequeña –pocas discusiones, me temo, al respecto: hasta hornacina le quieren poner algunos...-; más allá de lo buena o mala que pueda resultar (que eso ya se verá...). Algo tendrá la sang..., ejtooo, quería decir, el agua, cuando la bendicen...

-Porque me gusta mucho el CQC; y si esos fulanos andan por la vida disfrazados de matones tarantinianos, por algo ha de ser, supongo... Ah, por cierto, y como mera curiosidad: tres años antes de que este hatajo de monstruos convirtiera el traje de cuervo en una leyenda de la moda, este servidor de ustedes ya se paseaba tal que así (con un trajecico igualico, "pastao", vamos...) por los juzgados de su ciudad. Que en esto, como en todo en la vida, también hay pedigrí y escalafón...

- Porque pocos morbos más morbosos que el de una opera prima que consagra a su autor, y lo coloca, directo, sin pasar por la casilla de salida, en el olimpo de los controvertidos (el que más mola, claro...). Ahí hay que echar una mirada, cómo no...

- Porque si hay un blog tan lenguaraz y desternillante como ese cuyo enlace tienen ustedes ahí, a la derecha, que “opera” bajo la advocación de esta peli, por algo ha de ser, supongo (aunque eso habría de explicarlo su autora, no yo; emplazada queda...).

- Porque hay que verlas todas, ¿no...?

jueves, 17 de mayo de 2007

EL CARTERO SIEMPRE LLAMA DOS VECES (THE POSTMAN ALWAYS RINGS TWICE; U.S.A., 1946)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

A un destartalado restaurante de carretera llega Frank Chambers, un culo inquieto, sin oficio ni beneficio, que sólo aspira a un trabajo que le permita subsistir sin mayores complicaciones. El propietario del negocio, el avaro y viejo Nick Smith, tras las reticencias iniciales, termina acogiéndolo, y le ofrece el trabajo deseado a cambio de una soldada mísera. Pero el tesoro de Nick no está en su caja registradora, sino que aparece enmarcado en la puerta que comunica el bar con la vivienda: no es otro que su bella y sensual esposa, Cora, una rubia ex-bailarina a la que Nick sacó del fango para ofrecerle un techo y poco más... Cora, además de bella, es ambiciosa, y pronto volcará sus esperanzas en Frank, que se enamora perdidamente de ella, y aspira a algo más que a ser el que aplaca los fuegos que el bueno del viejo Nick ya no puede sofocar... Ambos se sumergen en una espiral de pasión y codicia cuya única salida los llevará a un trágico desenlace.


RESEÑA CRÍTICA.-

Películas hay que, más allá de sus valores intrínsecos, adquieren una repercusión y un estatus derivado de circunstancias ajenas a la misma que, de no mediar tales circunstancias, quizá no habrían alcanzado. ¿Qué habría sido de esta obra, una gota en el vasto océano de magnas películas que su época –la dorada del género- nos legó, de no haber sobrevenido, treinta y cinco años después, ese legendario revolcón enharinado con el que Jessica Lange y Jack Nicholson incendiaron las salas de cine de medio mundo, en su revisitación efectuada por Bob Rafelson? Posiblemente, poco más que una reseña elogiosa –muy merecidamente, todo hay que decirlo- en las enciclopedias temáticas, ésas que llegan a ahondar en la filmografía de artesanos como Tay Garnett, director prolífico y de larga carrera, pero, como tantos otros, recordado definitivamente por un solo film: en su caso, este thriller intenso y tórrido que escarba en esas pasiones –las del bajo vientre y sus aledaños-, fuentes de las que el film-noir bebe con sed insaciable y nunca colmada.

El cartero... desarrolla su trama estructurada en dos partes perfectamente diferenciadas: la primera nos muestra el progresivo enrarecimiento (y calentamiento) del clima que genera ese triángulo fatal que forman los dos amantes protagonistas y un tercero, el marido de ella (tan torpe e ingenuo que, en principio, y contra lo que cabría esperar, más parece en concordia que en discordia), esa piedra en el camino cuya eliminación será el origen del desenlace criminal de la historia: tras un primer intento de dar salida a la situacíon vía fuga (fallida; incluso patética...), no queda otra alternativa que la del asesinato (también habrá un intento fallido, antes de consumar el golpe definitivo). Esta primera parte nos ofrece lo mejor, y con diferencia, de la película: el ritmo narrativo es ágil, la selección de situaciones es muy acertada y el equilibrio entre lo que se enseña y lo que se insinúa es fabuloso, llevando a una progresión de la intensidad dramática acorde con lo que la torridez ambiental exige.

Lamentablemente, y aunque sin llegar a caer en lo más profundo del pozo, el film sí que decae de forma considerable en su segunda parte. Aquejado de una excesiva farragosidad en el relato de la trama judicial de la historia, la claridad y agilidad del principio se pierden, y la acción trastabillea, se pierde en recovecos no siempre claros y termina por hacernos perder buena parte del interés con que nos enganchó, ante las inmejorables expectativas con que comienzo tan brillante prometía deleitarnos. Una lástima, y la constatación de que, de no haber mediado este bajón, sí que habríamos tenido que terminar rindiendo pleitesía a un clásico con galones de los más grandes.

Otro lastre importante de la película es el de su protagonista masculino, John Garfield, que ofrece un trabajo excesivamente plano, que no cabe justificar en el estado de perpetuo aturdimiento de su personaje: bien claro está que nos encontramos ante un hombre con sangre de horchata, pusilánime y, en su momento, desbordado por los acontecimientos, pero eso no habría de significar su casi total falta de expresividad y su envaramiento en todas las secuencias en que, más que intervenir, se limita a aparecer (resulta evidente que Nicholson sí que supo coger, en el remake ya referido, el punto ideal a su personaje).

Poco que ver con la mucho más afortunada presencia de Lana Turner: no es el suyo un prodigio de interpretación (Lana no era una actriz, ni mucho menos, excepcional), pero su consistencia, sus andares felinos, su mirada –con ese punto permanente de lascivia-, y, en definitiva, todo su halo de femme fatale, terminan configurando una Cora Smith de dimensiones casi míticas. Pocas veces, desde lo profundo de la pantalla, se ha podido trasladar tanta sexualidad en una interpretación con la mera insinuación del deseo que sabemos consumado a la vuelta de cada elipsis, de cada fundido (y cómo no soñar con ello...).

El cartero... es una película estimable, y, aunque no llega al excelso nivel que otras coetáneas suyas sí alcanzaron, constituye una lograda muestra del cine negro clásico, ese que se erige, y alcanza sus cotas más logradas, con historias sobre tipos endurecidos y corazones reblandecidos. Como la vida misma...

lunes, 14 de mayo de 2007

Metablog XIV: memos (perdón, memes...)


Uno de los elementos más curiosos con los que me encontré cuando efectué mi primera incursión en esto del bloguerío, en los inicios del que fue mi primer cuaderno de bitácora, fue éste de los memes. Memes, memes... ¿en qué leches consistirá el invento? Cuestión bien sencilla, y cuya solución bien pronto tuve ocasión de averigurar; tan pronto como pude leer varias reseñas encaminadas a dar cumplimiento al encargo encomendado con los mismos. Posteriormente, yo mismo tuve ocasión de ser “víctima propiciatoria” de los designios de algún compañero bloguero que tuvo a bien, con la mejor de las intenciones y todo el cariño del mundo, hacerme partícipe y destinatario de alguno de ellos, igual que, a posteriori, pude hacerme verdugo de algunos buenos compañeros a los que convertí en el objeto elegido de mis “dardos memeros” –con mayor o menor fortuna, todo hay que decirlo, aunque nunca faltara el mejor ánimo, tanto por parte del emisor como del receptor-.

¿Y qué me parecen los memes? Pues, como decía aquel, no me parecen ni buenos ni malos, sino todo lo contrario. Porque en cuestión de memes, como en botica -o como en la viña del Señor-, hay un poquito de todo: desde divertimentos sin mayores pretensiones que pretenden mover a unas risas mediante cuestiones frívolas y cachondonas, hasta profundísimas revisiones existenciales que, quizá con un puntito de pedantería (no por no buscado, menos encontrado...) o pretenciosidad, buscan que el que se somete a su cumplimentación haga un completo cuestionamiento de todos sus parámetros morales, espirituales o de pelaje similar. Y, además, que ahí está la gracia del asunto, la ponga negro sobre blanco. Lo cual, todo hay que decirlo, no deja de tener su mérito.

Supongo que el fin último, y básico, de un meme es el de conocer, a través de sus respuestas, a aquel que lo responde –aunque sea el conocimiento parcial que cabe alcanzar a través de cuestiones limitadas a aspectos concretos-. Pero sobre ese particular, qué quieren que les diga, tengo yo mis muy serias dudas; no por una cuestión de desconfianza o insinceridad, sino por las limitaciones del medio. Por muy calibradas, perfiladas y afinadas que sean las respuestas, hay cosas que, dichas sin que al dicente se le vea la cara, pues no sé, no sé (y, ojo, que el cuento también vale para las que yo doy; no vayan a decirme lo de la viga y la paja, y el ojo, y tal y tal...). Más utilidad, en todo caso, le veo yo al invento para ayudar al responsable, o respondiente, a aclarar sus ideas, y ponerles algo de orden, en relación con el asunto sobre el que verse. De hecho, aún estoy esperando un meme sobre mis comidas favoritas para ver si consigo ponerme de acuerdo con mi mujer para ver qué vamos a comer esta semana, que ya estamos a lunes y aún no lo tenemos muy claro...

En todo caso, por descontado, y más allá de lo antes dicho, no tengo nada personal en contra de los memes. Es decir, que no tengo inconveniente alguno en ser receptor de los mismos. De hecho, cuando he recibido alguno, sea del cariz que sea, lo he asumido como un detalle amistoso y de reconocimiento por parte de quien me lo envía, y he procurado, en justa correspondencia, cumplimentarlo lo más alegre y diligentemente que me ha sido posible. Y, en cuanto a darles vuelo, sí que he de reconocer que no siempre lo he tenido fácil: mi “agenda blogueril” no es tan amplia como me gustaría que fuera, y, ya ven, tonterías mías, ha habido ocasiones en que he tenido la impresión de que enviar según qué memes a según qué blogueros, podía suponer un cierto incordio. Insisto, tonterías mías, supongo.

Eso sí, aún no me encontré con el meme básico (¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos?), que, supongo, debe suponer la coronación de los esfuerzos iniciados con esos tan profundos a los que antes me refería. O, posiblemente, es que se trata de un meme demasiado gastado. En realidad, un meme de cuando aún no existían los memes. Un meme prehistórico. Un pre-meme. O una memez. Quién sabe....

P.S. la foto que ilustra este artículo no tiene nada que ver con su contenido. Es un humilde y sentido homenaje al aparato de radio que me ha acompañado y me ha llevado a las puertas del sueño durante miles de noches a lo largo de estos últimos años, y al que ayer, no sin un cierto puntito de pena, le concedí la jubilación a que su estado de funcionamiento, ya calamitoso, le abocaba. Vayan desde estas líneas mi cariño y agradecimiento (que no por su condición de objeto deja de merecer); y, eso sí, otro día hablamos de la acumulación doméstica de trastos de pequeña electrónica de informática, imagen y sonido, y la repercusión del fenómeno en el incremento de los residuos, el cambio climático, etc.... Que ésa es harina de otra costal (y da para más de un artículo; y más de dos; y más de tres; y....).

domingo, 13 de mayo de 2007

Grageas de cine XXXI: a propósito de... Vanilla sky (


Aunque no soy, ni muchísimo menos, un entusiasta del “género”, puedo llegar a entender nuevas versiones de películas anteriores cuando las mismas pretenden, con mayor o menor fortuna, ofrecer una nueva visión, un enfoque diferente, sobre la historia que trasladan a la pantalla; más allá de lo que el resultado final puede llegar a ofrecer, el hecho de que haya, al menos, una voluntad innovadora en el relato, ya dota al invento de cierta legitimidad artística. También entiendo este tipo de operaciones cuando su fundamento e intención son meramente mercantiles (o sea, que de lo que se trata es de hacer caja, vaya...): no me gusta, pero lo que se dice entenderlo, entenderlo, pues lo entiendo.

Lo que me parece, en cambio, infumable, es lo de Vanilla sky. ¿Podría alguien, en su sano juicio, encontrar alguna justificación, más allá de la del mero capricho de la estrellita Cruise, para una película como ésta? Una burda trasposición, perpretada por Cameron Crowe (cuya única aportación evidente parece ser la incorporación –bastante afortunada, todo hay que decirlo- de una colección de temas musicales de corte pop, amplia y bien nutrida), del segundo film de Alejandro Amenábar, Abre los ojos, al gusto y querencias del público estadounidense y a la mayor gloria de las poses más “richardgerescas” y estupidizantes de que puede ser capaz (y es muy, muy capaz, a pesar de -o gracias a, quién sabe...- de su talento) su amiguete Tom, bien secundado por una “claque” de figurantes de lujo, encabezada por su, a la sazón -tempus fugit, que decía el otro...-, compañera sentimental, Penélope Cruz. Es notorio que ninguno de ellos pasará, probablemente, a la historia del cine como referente interpretativo de calidad excelsa, pero, aún así, pone los pelos como escarpias ver a gente como Cameron Diaz, Jason Lee o Kurt Russell desarrollando un patético ejercicio de pleitesía actoral hacia la divinidad Cruise: de juzgado de guardia cinematográfico...

Eso sí, la película deja bien claros su sentido e intención desde el mismísimo cartel: engañar no engaña a nadie, vaya eso en su descargo. Y también, visto lo visto, cabe entender que toda la crítica, nacional e internacional, se cebara de forma inmisericorde con el producto de marras: está claro que no se trató de ningún ejercicio de encarnizamiento gratuito ni resentido, sino de un mero acto de justicia. Y es que, si hay películas verdaderamente imprescindibles –calificativo del que, particularmente, abomino, cuando de aplicarlo a películas se trata-, no creo que sean aquellas de las que se suele predicar tal atributo habitualmente –Ciudadano Kane, El tercer hombre, Casablanca, El padrino...-, sino, más bien al contrario, éstas de las que hay que procurar huir como de la peste bubónica y que, como Vanilla sky, nos enseñan lo que se puede llegar a hacer cuando sobra el dinero y falta la vergüenza. Una auténtica mamarrachada.

jueves, 10 de mayo de 2007

LA HEREDERA (THE HEIRESS; U.S.A., 1949)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

CatheRine Sloper, una joven y poco agraciada muchacha, hija del acaudalado doctor Austin Sloper, vive una triste y aburrida existencia, en compañía de su padre y su tía Lavinia. Ese desencantado devenir da un tremendo vuelco cuando en su camino se cruza Morris Townsend, joven y atractivo caballero que la pretende de forma impulsiva, y de la que se enamora perdidamente, pese a las reticencias de su padre, que sólo ve en él a un arribista en busca de mejor fortuna. A partir de ese momento, Catherine se debatirá entre sus ilusiones de amor y la incomprensión de buena parte de los que le rodean (sólo su tía alienta y apoya sus veleidades amorosas), mientras que Morris no aclara sus intenciones y sume a nuestra heroína en un continuo y tempestuoso vaivén amoroso.


RESEÑA CRÍTICA.-

Con materia prima como la que proporciona un autor tan consagrado en la elaboración de historias de grueso calado dramático, como es Henry James, el camino para elaborar un melodrama sólido y profundo se allana considerablementepara cualquier autor cinematográfico. Si, además, como en en este caso, William Wyler cuenta, para encarnar el papel de sufriente heroína, con una actriz como Olivia de Havilland, las cosas diríase que se ponen como, según cuenta la leyenda, se le ponían las carambolas a un tal Fernando VII...

En La heredera confluyen todos los elementos que cabe exigir, desde el punto de vista de la caracterización de los personajes y las evoluciones de la trama que de tales caracterizaciones derivan, al más puro y ortodoxo melodrama: la chica triste y poco agraciada (no se sabe si es antes el huevo o la gallina: si es de natural triste por su poca belleza, o si su fealdad deriva de su amargo poso de fondo), ese patito feo con el que tan fácil se hace simpatizar apelando a la más artera vena compasiva –aun cuando sea una chica inmensamente rica-; y, para darle el contrapunto, el galán en estado puro, guapo, atractivo, educado y simpático, aspirante a bon vivant, pero sin posibles para dar rienda suelta a tales aspiraciones.

A partir de esas premisas, todo se desencadena y rueda conforme a los cánones del género: bajo los auspicios de una tía que, consciente de lo fugaz de los placeres de la carne (no en balde, hace muy poco que ella se vio privada de los mismos, y aún pena tozudamente por tal circunstancia), quiere llevarla en volandas en pos de ellos, y los recelos de un padre que, curtido en la vida social y buen conocedor de los entresijos de la triste condición humana, sabe lo que cabe esperar de una partida tan desigual, y desconfía totalmente de las reales intenciones del pretendiente, chica conoce a chico, se enamora perdidamente de él y rompe con todo su pasado, su presente y su futuro en pos de una quimera que no puede resultar más que inalcanzable, además de traerle graves quebrantos de todo orden. Así ha de ser, porque así son las reglas del juego, y los autores (James y Wyler) las respetan con veneración cuasi religiosa.

Punto de apoyo básico para dar solidez a la historia es el trabajo interpretativo de los protagonistas: tanto Olivia de Havilland, en el cénit de su carrera, que culminaría con la concesión del Oscar a la mejor actriz principal por este papel, y que presta a su Catherine Sloper el punto más adecuado y preciso de fealdad sufriente (al principio), para irlo virando paulatinamente, como fruto del desengaño amoroso, hacia una dignidad agriada (al final); como un joven Monty Clift, que, en los albores de una carrera que aún le reservaba muchos momentos gloriosos, encarna a un Morris Townsend del que cabe resaltar, como mayor mérito, el de ofrecer un permanente cinismo entusiastam nunca claro hasta qué punto consciente o inconsciente (y es esa incertidumbre sobre la que se asienta una de las mejores bazas argumentales del film). Ambos ofrecen dos composiciones de gran altura, y, bien secundados por dos veteranos tan sobrios como efectivos (Ralph Richardson, en el papel del doctor Austin Sloper, y Miriam Hopkins, en el de la tía Lavinia Penniman), cubren con holgura las exigencias dramáticas de tan tortuosa trama.

La heredera pasa por ser, con todo fundamento, una de las cumbres del melodrama de la época dorada de Hollywood, ésa que, precisamente por aquel entonces, empezaba ya a declinar, víctima de miedos furibundos y su subsiguientes sequías creativas. Así se le reconoció, con sus ocho nominaciones al Oscar (incluidas la de mejor director y mejor película, aunque no llegara a concretar ninguna de las dos), de las que cuatro llegaron a “tocar pelo”. Disfrutar hoy del sufrimiento que nos proporciona, casi sesenta años después de su realización, demuestra bien a las claras lo imperecedero de ciertos sentimientos... y de ciertas formas entender el cine, tanto a la hora de hacerlo, como de verlo.

miércoles, 9 de mayo de 2007

A salto de mata XX: (des)memoria histórica


Lo que les cuento a continuación no corresponde a ninguna ficción -pese a lo que pueda dar a entender la forma adoptada-: se trata de un hecho real. Interior día. Salón de un restaurante. Banquete familiar con motivo de una comunión. Los pequeños de la familia, agrupados en una esquina de la mesa, se dedican a sus tareas habituales –consistentes, básicamente, en un amplio y variado repertorio de lanzamientos de todo objeto que les pille a mano-, con las consecuencias que cabe esperar de ello: mesa y suelo adyacentes convertidos en una suerte de minivertedero, sección golosinas. En un momento dado, uno de los camareros (perdón, había olvidado que ahora, aun cuando se les putee o desprecie igual que antaño, ya no se les llama así; se les llama empleados de hostelería...), al pasar por allí, hace el siguiente comentario: “Menos mal que ahora, dentro de un rato, viene la rumana a limpiar”. Le faltó decir “de mierda”, después de “rumana”, pero hay tonos al hablar que son muchísimo más explícitos, o reveladores, que la más contundente de las palabras....

En lo que a él respecta, no piensen que el hombre que hizo este comentario –al que, por otro lado, no tengo el gusto de conocer más en detalle- tenía aspecto de filonazi, cabeza rapada o mala bestia de similar ralea; no, no, en absoluto. Más bien al contrario, su aspecto externo (y no tengo motivo alguno para dudar de que el mismo se ajuste a su real condición) era el de un buen y cabal padre de familia, ciudadano probo y honrado, persona decente y de orden. Y en lo que a mí respecta, un comentario de este tipo me hubiera provocado, hace no mucho tiempo, una reacción de indignación y cabreo abonada al exabrupto y la respuesta airada; ayer, en cambio, lo único que consiguió despertarme fue una profunda y cansina tristeza.

¿Qué nos está pasando, pues?

No creo –o, al menos, no creo en su certeza absoluta- en el aserto ese que predica que los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla: no siempre fue así, ni lo será, porque no siempre la historia concede una oportunidad para ello (pregúntenle, por ejemplo, y es sólo un ejemplo, uno de tantos, a los romanos imperiales...). Pero no creo que sea bueno olvidar. Y, muchísimo menos aún, olvidar con la horrenda celeridad con la que parecemos olvidar en esta España de nuestras entretelas, esta España que no hace ni cuarenta años exportaba,en oleadas masivas, a sus “moros”, sus “polacos” y sus “rumanos” a las prósperas democracias centroeuropeas, que, gracias a esa diáspora de la miseria, engordaban sus poderosos potenciales económicos e industriales, de la misma manera en que ahora lo hacemos nosotros con el generoso (y mal pagado) sudor de ecuatorianos, ucranianos o senegaleses, entre muchos otros.

Eso es algo que, al parecer, ya hemos olvidado -y que, mucho me temo, no hay ni habrá ley de memoria ni desmemoria histórica que vaya a ser capaz de hacérnoslo recordar...-. Tampoco parece que reparemos mucho en la circunstancia de que nuestra actual prosperidad no está garantizada en ninguna tabla de la ley, ni humana ni divina, y que, con la misma conjunción astral de elementos y circunstancias (en muchos casos, totalmente aleatorios y eventuales, la verdad sea dicha) con que nos ha venido, se nos puede largar a otros pagos, tan alegremente como las grandes multinacionales “deslocalizan” sus factorías (¿les suena Delphi, por ejemplo?; no es la primera, ni será la última, me temo...). Pero no parece ser el signo de los tiempos el de la contemplación sosegada y equilibrada de nuestros tan precarios e inestables equilibrios estructurales. Carpe diem, que el que no corre, vuela, y mañana será otro día...

En tales circunstancias, las invocaciones a la justicia –ésa que pasaría por dar acceso a la riqueza generada en su debida proporción, a aquellos que la generan- pueden sonar a brindis al sol, a proclamas bienintencionadas del gilipollas de turno, ese del blog que lava conciencias más blanco que ninguno, pero que luego se aferra a su lote de migajas, ésas que le caen de la cornucopia, sin soltar ni media. De modo y manera que no pediremos imposibles: puestos a ser mínimamente coherentes, tampoco demasiado, y ya que no vamos a ser capaces de ser justos, podríamos intentar ser, al menos, educados. ¿Tanto trabajo cuesta...?

sábado, 5 de mayo de 2007

Micro XVI: baladronadas


"Mi madre dice que tontos son los que dicen tonterías".


(Forrest Gump, después de oír las "declaraciones" del ex-presidente del Gobierno, José María Aznar, hace un par de días en Valladolid).

jueves, 3 de mayo de 2007

LA CIUDAD DE LOS FANTASMAS (CITY OF GHOSTS; U.S.A., 2002)


La del actor que, llegado un momento de su carrera como tal, y ya sea por ego, hartazgo, madurez, curiosidad (o un talón bancario con una generosa cantidad de ceros detrás de su primer numeral...), decide dar el salto para situarse detrás de la cámara, no es una historia nueva. Muchos la protagonizaron en su momento, y muchos más, cabe suponer, serán los que en su momento vuelvan a reproducir el experimento. En ese sentido, La ciudad de las fantasmas (City of ghosts; U.S.A., 2002), primera película como realizador del excelente actor estadounidense (uno de los mejores, sin la más mínima duda, de su generación), Matt Dillon no constituye nada novedoso ni sorprendente. Más bien al contrario, se trataba de algo que cabía esperar de un chico, como él, talentoso e inquieto. Sólo hay un pequeño (¿pequeño...? ¿de veras...?) problema: el experimento resulta ser un absoluto fiasco, porque la película es, lisa y llanamente, mala. Muy mala, me atrevería a decir.

Entra dentro de lo humanamente comprensible (ya se sabe, aquello de la vanidad y sus insondables caminos) que un creador artístico, y más aún cinematográfico, que aborda un empeño fílmico bajo los auspicios de Juan Palomo (y así sucede en este caso, dado que Dillon no sólo dirige, sino que además coescribe su guión, produce y protagoniza la cinta) se dé, aun cuando sea sólo a título de legítima compensación por tan ímprobos esfuerzos, un pequeño homenaje, que suele concretarse en términos de otorgar al papel que interpreta no sólo cierta importancia (cuando no la máxima, como protagonista, y así es en este caso), sino además un perfil marcadamente positivo (vaya, aquello que, de toda la vida de Dios, se llamó “el bueno de la película”...). Pero lo de Dillon raya a unos niveles megalomaníacos que, con sinceridad, jamás hubiera esperado de un hombre con el perfil que, hasta la fecha, había venido ofreciendo como actor. El más cachas y el más guapo (algo que no tenía complicado, dado que, amén de la inexistencia de competidores –misteriosamente obviados-, al muchacho no le falta palmito...),pero también el más fuerte, el más listo, el más honrado... el más de lo más de todos los “mases”. ¿Era necesario tal pavoneo, tal alarde de autocomplacencia? Sinceramente, creo que no. Y, más bien al contrario, tal circunstancia termina convirtiéndose en un lastre que condiciona (y destroza) el más mínimo atisbo de que el film llegue a remontar, en algún momento, el vuelo.

Partiendo de esa base, toda la película se encamina, desde un punto de partida argumental bastante manido –al fin y al cabo, la trama mil veces vista de una mafia de estafadores que termina encontrando la horma de su zapato, y pare usted de contar...- y con la imposibilidad manifiesta de que su localización en ambientaciones tan exóticas como las de esos países orientales en los que se desarrolla su acción conlleve algo más que la añadidura de varios “planos-postalita” perfectamente prescindibles, al más absoluto de los desastres, que es ese inmenso logro de conseguir que, pasados diez ó doce minutos (quince, a lo sumo, si se trata usted de un espectador fácilmente impresionable....) desde que acabó de verla, ya no se acuerde ni del título (yo mismo, sin ir más lejos, he tenido que tirar de mi base de datos para refrescarme la memoria...). Por lo demás, su acción es aburrida, y Matt Dillon consigue, con su omnipresencia en pantalla en plan chulito sobrado (porque yo lo valgo...), que acabes de él y de su película hasta el mismísimo gorro.

Una auténtica lástima, porque les puedo asegurar, de veras, que siento cierta admiración artística por este actor, y, con la mano en el corazón, hubiera preferido que su opera prima hubiera sido, si no una obra maestra (todos los días no se puede manufacturar y estrenar La noche del cazador....), sí al menos una película digna de su talento. Qué se le va a hacer...

P.S. con toda seguridad, habrá alguna mente aviesa y mal pensante que terminará concluyendo que mi inquina por esta peli deriva del hecho, tan simple como intrascendente, de que el cabronazo del Dillon se lleva a la piltra con apenas un arqueo de cejas a uno de mis ángeles más adorados (y aquí, y ahora, todo el mundo en pie, que voy a nombrarla....), Natascha McElhone. Por favor, nada más lejos de la realidad, uno, que es un crítico íntegro y honesto, está por encima de esas pequeñeces mezquinas (pero eso sí, Matt, así te pudras, que, por mi niño, ésta te la tengo “guardá”, anda que no...).

miércoles, 2 de mayo de 2007

A salto de mata XIX: infiernos fiscales


Células durmientes de Al Qaeda en España financian a sus compinches en el Magreb para la realización de atentados, a través de fondos radicados en paraísos fiscales. No sé si alguien habrá tenido en alguna ocasión la más mínima duda al respecto, pero siempre tuve muy clarito que la pretendida “guerra contra el terror”, ésa que va a arrasar –si nadie lo remedia, y está francamente complicado- Irak, Irán, Afganistán, Pakistán, Corea del Norte y cualquier otro país que se ponga a tiro (y no metafóricamente, por desgracia...), no tiene previsto hacer ningún tipo de escala en las Bahamas, Islas Caimán, Gibraltar y demás “territorios liberados”.

Sólo los muy ingenuos pueden pensar que la erradicación del terrorismo, cualquier terrorismo, pasa por el uso exclusivo de mecanismos policiales (que también, obviamente, son necesarios: al uso político de la violencia siempre se ha de oponer el imperio de la ley, desde luego...) o militares (que no sólo no son útiles, sino que, es más, resultan absolutamente contraproducentes). Suena a la canción de Perogrullo, pero parece haber tanta gente empeñada en no escucharla, que nunca está de más que, de vez en cuando, y aun cuando sea desde un humilde altavoz, alguien la tararee. Las primeras notas, no más.


Está claro que hay que atacar su base social, socavar (y, a ser posible, dinamitar) las estructuras (sociales, económicas) que constituyen el caldo de cultivo en el que se generan las adhesiones a sus dinámicas y postulados. Pero eso no va a ser nunca un trabajo a corto plazo (en el mejor de los casos, a medio, cuando no a largo), y está claro que, mientras tanto, hay que atajar los riesgos inminentes, que están ahí, y trabajar duro para evitar que lleguen a materializarse: toda vida perdida es una verdadera catástrofe. En ese marco de trabajo inmediato, hay dos vías básicas, y elementales, sobre las que una acción eficaz generaría resultados fulminantes y, a buen seguro, espectaculares: los flujos financieros, que habría que estrangular, y el acceso al mercado armamentístico, que igualmente habría que cercenar (o, al menos, dificultar en grado sumo).

¿Qué problemas hay para ello –tanto para lo uno como para lo otro-? Muy sencillo: el ataque en ambos frentes requiere de la introducción de unos mecanismos (eliminación de los paraísos fiscales y del secreto bancario, por un lado, e implantación de mecanismos de control REAL sobre el comercio de armas) que, lisa y llanamente, atentan contra los fundamentos de nuestro sacrosanto sistema de libre economía de mercado (vulgo, capitalismo). O sea, y hablando en plata, que no hay nada que rascar, porque a las superpotencias occidentales, y a sus mandatarios (teóricos objetivos prioritarios de ese terrorismo al que dicen pretender combatir: ja...), los plutócratas y oligarcas por cuya delegación,y a su mayor gloria, ejercen sus supuestos poderes, jamás les iban a permitir tamaños alardes. Amigou, no me touques los cojounes, pour favour...

Vístanlo como quieran, pero lo que hay es lo que hay. Nunca muerde el perro la mano que le da de comer. Y, por supuesto, con las cosas de comer, ya se sabe, no se juega. Así nos pinta el pelo, así...
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