lunes, 30 de abril de 2007

Metablog XIII: muletillas, tópicos

Los dos “personajes” a los que hoy, amigos lectores, quiero dedicar estas líneas, no son patrimonio exclusivo del territorio “bloguero”, sino que pertenecen al universo, bastante más amplio, de la escritura, en general, e incluso de la comunicación lingüística, tanto hablada como escrita, más en general aún, para ser más exactos; pero dado que tanto las unas como los otros son, mal que nos pese, presencias habituales en este mundillo (o, al menos, en las incursiones que en el mismo hace este humilde escribiente), no está de más prestarles alguna atención, no sé si cargada de reproches o dotada de ese cierto cariño que se le termina cogiendo a nuestros enemigos más íntimos (siempre y cuando sean inocuos, como es el caso...). Porque, al fin y al cabo, ¿qué sería de un artículo de un blog sin muletillas ni tópicos? Probablemente, estaríamos hablando de una obra maestra. Y, realmente, ¿tiene mucho sentido una pieza de ese calibre en este batiburrillo del bloguerío...? Probablemente, no.

Los he agrupado, pero, realmente, no sé si ambos guardan alguna característica común más allá de la de compartir el dudoso honor de ser considerados como dos de los más “`prestigiosos” enemigos de aquello que podríamos calificar como buena escritura (o, quizá más bien, correcta escritura, que no por correcta tiene que ser, necesariamente, buena...). En cualquier caso, poco tienen que ver la una y el otro, más allá de ese rasgo compartido, así que dediquémosle a cada cual su apartado correspondiente.

Muletillas. ¿Quién no ha sido víctima de ellas en alguna ocasión –o no lo es de manera frecuente-? ¿Cuántas veces no nos desesperamos escuchando a un entrevistado en la radio que da entrada a todas sus frases con la misma expresión, o leyendo un texto en el que se repite, una y mil veces, alguna fórmula, y no mágica precisamente? ¿Cómo no regocijarse ante la sucesión de locuciones que van adquiriendo fama en la medida en que se convierten en santo y seña identificativo del hablar del algún personaje significado? Ese “por consiguiente”, aquel “ni que decir tiene”, este “qué duda cabe”.... qué maravilla, amigos, qué maravilla. Porque, ciertamente, las muletillas tienen muy mala prensa, pero tengo la vaga impresión de que, si no existieran, nos pondríamos a inventarlas. De todos modos, en la medida en que pueden ser evitadas (con un mecanismo tan sencillo como el de revisar lo escrito de manera íntegra una vez cerrado el texto –algo que no siempre hago, por otro lado-), procuro evitarlas. Tema distinto es el de si lo consigo, o no. Ya ven...

Tópicos. Y sus primos hermanos: las frases hechas, los prejuicios. Éstos son otra historia, mas el que esté completamente libre de ellos, que arroje la primera piedra (y no pongo esto a título de ejemplo: es sólo uno de los mil y uno a los que suelo recurrir...). No es fácil armar un texto sin que se nos cuelen, o sin que, lisa y llanamente, recurramos a ellos, porque nos dan la formulación más cómoda de aquello que queremos decir sin tener que exprimirnos los sesos buscando frase novedosas u originales para expresarlo. O sea, el recurso del vago, a qué engañarnos. Por otro lado, y aunque gocen de tan mala prensa como sus compañeras de artículo (de éste, al menos, desde luego), tampoco cabe desdeñar el hecho de que, en muchas ocasiones, su condición de tal no priva al tópico de su punto (más o menos grueso) de certeza. Y si alguien duda de este último aserto, lo emplazo a que, ante el topicazo ese que habla de “los cuarenta grados a la sombra”, por ejemplo, se dé una vueltecita por mi barrio a esa de las cuatro de la tarde de cualquier día de agosto: después del paseo, hablamos de certezas y falsedades, por supuesto que sí (pero sólo en el caso de que haya sobrevivido al experimento probatorio de marras....).

En fin (otra muletilla...), muletillas y tópicos, tópicos y muletillas, tanto monta, monta tanto (otro tópico...). ¿Por qué será tan jodida y diabólicamente complicado escribir prescindiendo absolutamente de ellos? Pues eso...

jueves, 26 de abril de 2007

ÉL (MÉXICO, 1953)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Francisco Galván, hombre de edad avanzada y acomodada posición social, serio y reconcentrado, y con una acendrada religiosidad, se enamora perdidamente de una bella y joven mujer, Gloria, también modosa y recatada. Sorprendentemente, dadas las diferencias de edad y de carácter, ella corresponde a su amor, y ambos se casan, iniciando una relación matrimonial que, poco a poco, irá deteriorándose debido a los cada vez más insufribles desvaríos de Francisco, presa de un desquiciamiento mental del que hace su primera y más sufrida víctima a su infortunada esposa.

RESEÑA CRÍTICA.-

Es muy probable que, si hablamos de celos, y buscamos un referente artístico con el que ilustrar el fenómeno de manera inequívoca, todos acudamos de forma casi automática al paradigma universal, al celoso por antonomasia: el moro Otelo shakespeariano. También es muy probable que, después de ver una película como Él, nuestra particular “galería de celosos” se vea no sólo enriquecida con un nuevo personaje, sino posiblemente encabezada por el mismo, dados sus innegables méritos en la materia (que le confieren una altura similar, si no superior, incluso, a la del personaje creado por el inmortal bardo inglés).

El Francisco Galván de este intensísimo drama buñueliano –realizado en la etapa mexicana del monstruo de Calanda-, al que da vida con una autenticidad impresionante un actor veterano (ya acumulaba a estas alturas de su carrera casi sesenta interpretaciones) y de carácter como Arturo de Córdova, nos ofrece un ejemplo prístino de la corrosión física, moral y afectiva a que los celos pueden llevar a la persona que los padece (y no sólo a ésta, sino a todos cuantos le rodean): así, asistimos absortos a una evolución progresiva, tan pausada como irrefrenable –llevada con un ritmo de narración fenomenalmente controlado por el autor-, desde una posición inicial de firmeza y seguridad (que se plasma en todos los órdenes de la vida del personaje), aunque ya con algunos apuntes desequilibrantes, a un final en el que la degradación integral del mismo le hacen optar por una solución de ruptura, la única opción con la que poner algo de remedio paliativo a los males que le aquejan, y que han ido aflorando paulatinamente, piedrecita a piedrecita.

Hasta qué punto la extrema religiosidad de Francisco Galván puede influir en esa fenomenología de su carácter es algo que quizá no queda suficientemente claro en los elementos explícitos de la trama, aunque toda la película está trufada de elementos religiosos (desde el personaje del padre Beltrán –un secundario con peso, al que Buñuel retrata con toda la escasa amabilidad que de su furibundo anticlericalismo cabe esperar- a las numerosas escenas en el interior del templo –ahí se inician los contactos entre Francisco y Gloria-), pero no es una tesis excesivamente arriesgada la de considerar que esa religiosidad exacerbada pesa considerablemente, y no sólo en lo que afecta a los celos, sino también en otro muchos aspectos igualmente tortuosos de una personalidad en la que concurren numerosos factores desequilibrantes, que van desde un machismo rayano en la misoginia a un fetichismo refinado, pasando por una manía persecutoria que adquiere, por momentos, rasgos de auténtica paranoia.

Centrarnos de manera tan intensa, como hasta ahora se ha hecho en esta reseña, en él, nos debería llevar a olvidarnos de ella: una Delia Garcés que, amén de una gran hermosura, nos ofrece una fantástica interpretación, réplica de nivel excepcional a la que efectúa su coprotagonista. Ya desde su presentación –es impresionante cómo introduce Buñuel su primera presencia, casi al mismo comienzo de la película: a través de un travelling de los pies de los feligreses, en cámara subjetiva (y aquí descubrimos el fetichismo de Francisco Galván), con un lento desplazamiento de la cámara hasta que, llegada a sus pies, se inicia una suave panorámica que termina enmarcando su rostro; simplemente genial-, el personaje de Gloria se configura como la antítesis de su compañero, al que, no obstante, por una fatal mezcla entre el error de apreciación y la atracción de los polos opuestos, se verá irremisiblemente abocada. A partir de ahí, toda su construcción será la de una mujer marcada por la incapacidad para admitir lo que sucede y el sufrimiento por no poder conseguir, pese a sus denodados esfuerzos, que las cosas cambien.

Con el mismo tono inquietante que a sus películas siempre prestan la atmósfera densa y recargada (a la que tanto contribuye el barroquismo, a veces tenebroso, de su ambientación y decorados) y la introducción inopinada y sorprendente de brochazos surrealistas y grotescos (como son, en este caso, esas carcajadas en la iglesia que sólo existen en la mente del infeliz Francisco), Él alcanza un nivel de film algo más que estimable, y se constituye en una de las referencias cimeras de la filmografía buñueliana, no sólo ciñéndola a su periodo mexicano, sino contemplada en su globalidad.

martes, 24 de abril de 2007

Micro XV: nuestros mayores (algunos de ellos)


El paso de los años va imponiendo, normalmente, el atemperamiento (cuando no el puro y duro abandono) de las mitomanías, el cese de la admiración por seres de carne y hueso de los que se termina teniendo la apreciación clara, más allá de la valoración de sus méritos (artísticos, deportivos o del tipo que sea), de que no dejan de ser eso, seres humanos, con sus miserias y sus grandezas, sus fortalezas y sus debilidades; como tú, como yo. Pero siempre hay excepciones; algunos hombres, algunos nombres. Como Antonio Gamoneda, octogenario de porte digno y trayectoria ejemplar, que ayer, tras una trayectoria poética de lustros sin la más mínima concesión a la galería (comercial), recibía el premio Cervantes. O Francisco Ayala. O José Luis Sampedro. Gente a la que ya he hecho mención en alguna ocasión previa, y que no deja de causarme, cada día que pasa, y más allá de las coincidencias y afinidades ideológicas o espirituales que pueda tener con ellos, mayor admiración. ¿Por su integridad –al menos, la que transmiten en su presencia pública; si algún cadáver (humanos son, no sería extraño) guardan en sus armarios, muy bien escondido lo tienen-? ¿Por su sabiduría, esa que se revela el fruto maduro de una experiencia prolongada –por imperativo fisiológico- a la par que bien aprovechada? ¿O es simplemente la proyección de una envidia anticipada? Porque, evidentemente, yo, de mayor, quiero ser, hasta donde buenamente pueda, como ellos. Más o menos...

jueves, 19 de abril de 2007

MUMFORD (U.S.A., 1999)


Un apunte, a título personal –no es la norma de la casa, pero ya saben para qué se hicieron las reglas y los precedentes...-: más allá de mis apreciaciones estrictamente cinematográficas, Munford siempre irá asociada en mi recuerdo a su condición deprimera película que ví en el Festival de Cine de San Sebastián –era la que abría la serie de proyecciones de la Sección Oficial de la edición de 1999-. Una experiencia inolvidable: proyección a una hora tan inusual como las 11 de la mañana, con el director de la peli cuatro butacas detrás de la mía –se había estrenado, con honores y fanfarrias, tras la gala inaugural, la noche anterior; ésta era la segunda proyección, pero ahí estaba el bueno de Kasdan, haciendo compañía a los numerosos asistentes-; la sala grande del Kursaal, con esa macropantalla cuyas dimensiones aún soy incapaz de calcular o calibrar; ese ambiente tan especial de cine que se respira por cualquier rincón de la ciudad durante los dias en que se desarrolla el evento. En fin...

Recogida esa furtiva lágrima que me impedía ver con claridad la pantalla del ordenador, vayamos a lo que vamos... Mumford, eso... Pues una preciosa película: entretenida, humana, tierna, esperanzadora, y, posiblemente, una de las producciones menos pretenciosas que haya visto en una sala de cine a lo largo de mi vida. Su director, Lawrence Kasdan, hombre cuya carrera como tal (como guionista, ya había firmado textos que le habían otorgado un gran prestigio) se abrió, a lo largo de los ochenta del pasado siglo, con una serie de títulos de cierto relumbrón, que, aun desde una consideración de esforzado artesano, le supusieron el favor de un importante sector de la crítica –así, a bote pronto, puedo recordar Fuego en el cuerpo, Silverado, Reencuentro o Grand Canyon-, desplegó en esta película, de forma tan brillante como sencilla, toda su capacidad para tejer historias de profundo calado sin necesidad de recurrir a proclamas grandilocuentes ni situaciones argumentales extremas. Las claves y motivos que nos empujan a comunicarnos, los códigos con que ciframos nuestros sentimientos y mecanismos de relación, el entendimiento de la vida como un proceso en el que cabe un vuelco integral cuando existe la voluntad para ello... todo eso, que no es poco, está magníficamente retratado en la peripecia del Doc Mumford, un personaje de encanto difícilmente resistible –desde el parapeto de su sencillez amable (y al que, de hecho, ninguno de sus no menos encantadores convecinos se le resiste)- y, a la vez, aunque parezca mentira, tremendamente creíble.

¿Que a la película le sobra algo de la moralina redentora que siempre envuelve a toda historia de segundas oportunidades realizada conforme a los cánones hollywoodienses? ¿O que su final, tan excesiva y explícitamente happy end, peca de complacencia y concesion al público masivo? No seré yo quien niegue ni uno ni otro aserto, tan evidente es la certeza y corrección de ambos; quizá tampoco cupiera esperar algo diferente de un producto que contaba con el aval de Touchstone (la franquicia para adultos de la Disney). Pero, bajo mi consideración, son fallas que, aun con toda su entidad, no invalidan las bondades de la propuesta. Y es que, a veces, una cucharadita de jarabe “buen-rollito” sienta muy bien a nuestras cotidianas afecciones biliares (ésas que tanto mimamos a base de información política, económica, medioambiental o de la materia que sea...); si, además, te la administra Loren Dean o Hope Davis, ¿qué más se puede pedir? I love Mumford, y no pienso avergonzarme por ello...

lunes, 16 de abril de 2007

Metablog XII: intimidad, intimidades


Ésta no es la que recoge el DRAE, pero seguro que ustedes me siguen a la perfección. Intimidad: dícese del ámbito en el que un (aciago) ex presidente de gobierno español decía practicar la lengua catalana –algo que, a día de hoy, sigo absolutamente convencido de que es tan falso como la existencia de armas de destrucción masiva en Irak, pero, claro está, cuando la aritmética parlamentaria aprieta, ni las más carpetovetónicas fidelidades se respetan (el refrán, en su versión original, es algo más procaz, pero no se ajusta tanto al episodio...). En fin, a lo que íbamos...

Blogs, intimidad, intimidades... Una de las máximas utilidades que proporcionan las grandes proclamas (incluso las no tan grandes; sinceramente, y en este rubro, el tamaño tampoco importa tanto...) es la del cierto placer transgresor que uno siente cuando se las pasa por el forro de sus caprichos. O que piensa que puede llegar a sentir, porque, en el caso que nos ocupa, la proclama a la que me refiero, y que hacía en la reseña con la que abría mi primer blog –el precedente, o antecedente, de éste que tienen ustedes ante sí, amigos lectores-, aún no he llegado a incumplirla, al menos plenamente: en ese primer artículo, aludía a mi intención de no dar cabida en mi bitácora a ningún contenido de corte personal, entendiendo como tal aquel que hiciera alusión a circunstancias propias y específicas de mi vida y condición, y no por falta de ganas, o por mero capricho, sino ante la consciencia del escaso interés que contenidos de ese tipo podrían despertar entre un público lector abierto e indeterminado (harina de otro costal sería el del interés que pueden despertar otros contenidos: posiblemente, el mismo o menor aún...).

O sea, que mi blog, contraviniendo la esencia y naturaleza de estos artilugios (o, al menos, asi fue, básicamente, en los orígenes del fenómeno), no iba a ser –y, de hecho, no es- un diario personal; aunque es posible que quienes lo lean con regularidad, puedan llegar a saber de mí, sin haberme visto en su vida, mucho más que muchas de las personas que me rodean en mi vida cotidiana. Y ya saben, es lo de siempre: que eso no es bueno ni malo, sino todo lo contrario. No me considero persona entre cuyos elementos definitorios cobre un papel muy relevante el del pudor, básicamente porque no me considero muy tímido, aunque sí un poco huraño; pero entiendo que una cosa es la falta de un sentido exacerbado del pudor, y otra, bien distinto, la exhibición pública de las cosas de uno (y no, no piensen mal, por favor; cuando hablo de las cosas de uno, no me estoy refiriendo a “esas” cosas de uno, que también; es algo más general, más amplio...). ¿Conclusión? Que mi blog se dedica a las cosas de otros, aunque sea para dar mi opinión (esa sí, personal, dentro de lo que cabe...) sobre ellas.

Desde tales premisas, y al igual que el diario íntimo y personal no era mi opción propia a la hora de abordar el enfoque que quería darle a mi blog, tampoco me suscitaban mayor interés las bitácoras personales ajenas. Pero ahí sí que he de reconocer que me he movido bastante desde mi posición inicial, hasta el punto de que, a día de hoy, y sin que me haya convertido en un lector desaforado de blogs de ese corte y género, sí que he de decir que sigo con regularidad algunos. No por casualidad, evidentemente: se trata de los blogs de “compas” del gremio –a los que llegué por vías tan simples como dispares- con los que comparto ciertas afinidades, gustos o querencias, en la mayoría de los casos, y aun cuando sea de una manera difusa, no muy concreta; o con los que, lisa y llanamente, simpatizo porque sí, ea, y ya está –no todo hay que someterlo a un filtro analítico-. Y aunque no comparta con ellos vocación y enfoque, su opción no sólo me parece enormemente respetable, sino además digna de estima y consideración. El escribir sobre vivencias personales no priva a sus contenidos de la posibilidad de despertar el interés de un público general (al que, al fin y al cabo, y desde el momento en que están ahí, en ese “cibermogollón” que tenemos montado, van destinados), y deriva tanto de la posibilidad de extrapolar las experiencia particulares a categorías genéricas –en algunos casos- como del mero disfrute de la pieza sencilla, pero bien escrita –eso, casi siempre-. Si a eso se le añade su papel exorcizante, catártico o liberador de ángeles y demonios que en más de un caso sospecho (y que en alguno que otro, me consta positivamente), ¿qué más se les podría pedir? Miel sobre hojuelas...

La mayoría de esos blogs a que me refiero están ahí al lado, en esa columna de los enlaces que pueden encontrar (si no están viendo la pantalla de su ordenador en un espejo) a mano derecha, con lo cual ni siquiera es preciso que me extienda mucho en recomendarles su visita: su presencia en ese lugar ya lleva implícita esa invitación. Y, como me consta que sus autores, amén de buenos compañeros de bloguerío, son también lectores habituales de esta humilde casa, me permitiré cerrar la reseña parafraseando al genial bardo cubano: si alguien que me lee se viera retratado, sépase que se hace con ese destino... Y, a falta de enemigos (que me consten) de los que despedirme, buenas noches, amigos...

domingo, 15 de abril de 2007

Grageas de cine XXX: a propósito de.... Verano en Berlín (Sommer von balkorn; Alemania, 2005)


Es una auténtica lástima que no lleguen más cintas alemanas a nuestros circuitos de distribución: las pocas que lo consiguen suelen mostrar un nivel de calidad considerable –cabría pensar, también, que las que no lo consigen es porque no alcanzan tal nivel...-. Sea como fuere, un film sencillo, tan poco pretencioso como Verano en Berlín (Sommer vom balkorn), es una clara prueba del aserto anterior, y un buen botón de muestra de esa línea de comedia tan poco cómica que precedentes como Deliciosa Martha ya habían apuntado pocos años atrás.

Comedia –si hemos de adscribirla genéricamente, ésa es su etiqueta- que exhibe un humor bastante negro, seco, callado, serio. Nada que ver con las efusiones latinas: pocas sonrisas, ninguna carcajada, ni un solo apunte que guarde relación alguna con la estridencia, ni siquiera en los pasajes de mayor intensidad emocional. La mítica y legendaria “cuadrícula germánica”, reflejada en un abanico de personajes tan simples y atrabiliarios a la vez, por paradójico que parezca, como la vida misma (que es así de paradójica, claro...).

Es ahí donde radica la mayor fortaleza del film: en las bondades de su guión, que dibuja un elenco de personajes, más allá de la pareja protagonista, enormemente vivo y con capacidad sobrada para enganchar al espectador en las redes de las relaciones que se tejen entre ellos, sin necesidad de acudir a tremendismos deslumbrantes ni a situaciones de excesivo dramatismo; única y exclusivamente con su devenir cotidiano, ordinario (vulgar, incluso, si así se quiere ver), inmerso en situaciones claramente reconocibles y que cualquiera de nosotros podría encontrar, en su propia vivencia o en la del vecino de enfrente (si algún día, claro está, llegáramos a fijar nuestra atención en ello...).

Si a lo anterior le sumamos la química que se desprende de esa pareja de amigas tan iguales, tan distintas (Krista y Nike), jóvenes (una más, otra menos), guapas (una más, otra menos), solas, o casi (y, también, una más, otra menos) y totalmente desquiciadas e insatisfechas de su vida (en idéntica medida la una y la otra), salvo en esos mágicos momentos en que contemplan el cielo desde la terraza, mientras sueñan con que otro mundo y otra vida son posibles, ya tenemos los ingredientes suficientes para un agradable ratito de cine, de ésos de los que, con sólo recoger retazos tiernos y vivos de existencias de carne y hueso –si se hace con buenas hechuras-, ya están suficientemente justificados.

viernes, 13 de abril de 2007

Micro XIV: necrofilias musicales


Descubro, en el boletín informativo de una conocida empresa de venta de música por correo, y no sé si con estupefacción o con indiferencia –a estas alturas, uno ya ni sabe muy bien qué sentir ante determinadas cosas-, que se acaba de editar un disco recopilatorio con los éxitos más destacados del recientemente fallecido cantautor Hilario Camacho, cuyo título es... Final del viaje. Se le puede reprochar lo que se quiera, pero falta de explicitud, evidentemente, no... De la pasión de la industria discográfica por la explotación descarada y despiadada de los gloriosos fiambres de los caídos en el camino, ya sabíamos todos sobradamente: ahí mismo, en ese boletín que antes mencionaba, página siguiente, sin ir más lejos, aparece la “obra” de Shaila Dúrcal, Recordando (aquí también se quebró el cráneo el creativo de la compañía buscando un título...); y de ejemplos ad nauseam, a lo largo de la historia (reciente y no tan reciente), disponemos en cantidades industriales. ¿Por qué la muerte sigue vendiendo tanto? ¿Cuál es el mecanismo que empuja a miles de consumidores a comprar un producto que, de no haber mediado la muerte previa y reciente de su autor, jamás se hubieran planteado adquirir? ¿Qué hace interesante una obra que, un instante antes, no generaba interés alguno? Si alguien me lo pudiera explicar. Antes del final del viaje, naturalmente...

jueves, 12 de abril de 2007

LA MUJER SIN ROSTRO (MR. BUDDWING; U.S.A., 1965)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Aturdido y desorientado, un hombre se incorpora desde el suelo sin saber quién es ni dónde se encuentra. Pronto sabrá que está en Nueva York, pero su identidad (que camuflará bajo el nombre hipotético de Mr. Buddwing, y sobre la que le irán surgiendo dudas crecientes, que incluso le hacen sospechar –no sólo a él mismo, sino a cuantos se van encontrando con él- si no se trata de un peligroso delincuente, enajenado mental) sólo le irá siendo desvelada a través de su contacto con varias mujeres, que forman parte de su pasado y su presente, aunque de una manera misteriosa y muy poco precisa.

RESEÑA CRÍTICA.-

Resulta curioso, incluso chocante si me apuran, cuán distorsionante puede resultar, a la hora de alumbrarnos sobre su contenido, el título que en español se asigna a determinadas películas de origen ajeno a nuestro país (tema sobre el que, por cierto, habría para escribir toda una enciclopedia), como es ésta que ahora nos ocupa. Ya no es que no tenga nada que ver con su título original, que no lo tiene ( además, su fundamento radica en un elemento de la trama bastante “juguetón”), sino que, además, despista más que orienta acerca del film al que se aplica.

No estamos ante una mujer sin rostro, sino ante una mujer con tres rostros, los que le prestan sus tres agraciadas y bastante estimables intérpretes (Jean Simmons, Suzanne Pleshette y Katharine Ross), dando réplica a su único marido, ese señor Buddwing al que, perdido y desorientado desde su accidentado comienzo, da vida un James Garner que nos transmite permanentemente la impresión de que no termina de sentirse cómodo en su papel.

Es ésta, la de La mujer sin rostro, una historia con una estructura fragmentaria y una vocación de clara excentricidad. El constante juego de saltos entre la realidad (distorsionada, por un lado, en base a las boutades que introducen las mujeres/mujer; y angustiosa, por otro lado, dadas las sombras de sospecha que, obligándole a mantenerse en continua alerta, se ciernen sobre el protagonista) y el recuerdo (igualmente distorsionado por los cambios en las presencias físicas que encarnan a un mismo personaje –el de la esposa del protagonista-, así como por lo parcial de las revelaciones que se nos van haciendo –un puzzle cuyos huecos hay que llenar imaginando, barruntando...-) nos da, como resultante, una construcción narrativa muy particular.

El problema de la película es que, además de excesivamente apegada a su tiempo de elaboración (esos lisérgicos años sesenta...), va perdiendo fuelle progresivamente, de manera que vamos asistiendo, en vez de a un crescendo dramático, como corresponde a una trama convencional – que es lo que la película, sea cual sea la ordenacion formal de su discurso, no deja de ofrecernos-, a un batiburrillo paulatinamente indescifrable, de modo que, cuando llega el The End, ya no sabes quién es quién, ni si lo fue en alguna ocasión, y supones que el protagonista aún te podría cantar tan ricamente aquello de Aute de “si yo sólo pasaba, pasaba por ahí...”

Arquetipo, pues, de película fallida, esta La mujer sin rostro constituye una muestra clara de cuán mal envejecen determinados productos que, pudiendo constituir, en su momento, experimentos más o menos llamativos y dignos de atención, terminan siendo situados, con el paso de los años, en su justa perspectiva de valoración (en este caso, no muy halagüeña, la verdad sea dicha).

martes, 3 de abril de 2007

Histori(et)as de la tele


Aunque todos ellos se hallan acogidos a la etiqueta “Medios”, he de reconocer que la inmensa mayoría de articulos que integran esta especie de “sección” están dedicados al “medio”; es decir, a la televisión. Es evidente que la expectación y el interés que despierta como tal va mucho más allá de la querencia específica de cada cual: personalmente, prefiero la prensa escrita, e incluso la radio, pero, como objeto de análisis y reflexión, no dan, probablemente, tanto juego como el de la antaño denominada (se ve que el término, que tanta fortuna hizo en su día, ya no está en el “candelabro”...) caja tonta.

Mundo convulso, ese de la tele. Aunque, curiosamente (por lo contradictorio), también muy reacio a los cambios en determinados aspectos y cuestiones. ¿Cómo explicar, si no, el imperio incontestable que ejercen las retransmisiones futbolísticas, imbatibles en términos de audiencia, hasta el punto de generar auténticos “terremotos parrilleros” en el resto de las cadenas? ¿O la absoluta imposibilidad de que cualquier cadena, ante una serie de ficción de la competencia sólidamente asentada en un nicho diario –y en “prime time”, naturalmente-, pueda remontarle el “share”, eche lo que eche a competir? ¿O la dificultad para que los programas de debate político den el salto definitivo y logren instalarse en ubicaciones de horario y cadena realmente atractivos para un público masivo –salvo excepciones cantadas, como la del experimento (importado de Francia, no lo olvidemos) que TVE-1 ha iniciado con su “entrevista ciudadana” al presidente Zapatero-? Lo de las películas de Paco Martínez Soria, dado que considero que viene a entrar más en el ámbito de lo paranormal que en el de la sociología televisiva, lo dejo para el estudio en profundidad por parte de los chicos de Íker Jiménez...

Y todo ello, en perspectiva de presente: si, haciendo caso de los gurús del ramo, hemos de situarnos en una óptica de futuro, el panorama ya resulta, lisa y llanamente, enloquecedor. Nuevos soportes –móvil, ordenador y demás híbridos (PDA, Ipod, etc...)- esperando nuevos contenidos, y, a su vez, generando nuevas pautas de consumo, especialmente en lo relativo a tiempos y formatos. Nuevos canales, tanto generalistas como temáticos, dando lugar a una segmentación de la audiencia que terminará por atomizar definitivamente (si es que ya no lo está en grado suficiente) la panoplia de la oferta televisiva tal como la conocemos y concebimos actualmente. En fin, una serie de fenómenos sobre los cuales uno lee y lee, con mayor o menor credulidad, pero que, considerados de manera conjunta, hacen pensar que la manera en que ahora vivimos la televisión está destinada a convertirse en objeto de estudio paleontológico en muy poquito tiempo.

Habrá que apurar los últimos rescoldos. Porque, al igual que ya no parece tener mucho sentido llamar “caja” –ni lista ni tonta- a algo más parecido a una loncha de jamón que a un recipiente para zapatos, también parece tener los días contados aquello del “niña, ¿qué echan hoy en la tele...?” Con lo tierno y romántico que suena, ¿no...?

lunes, 2 de abril de 2007

Micro XIII: agonías bibliotecarias


La Biblioteca Nacional de España –Ministerio de Cultura-, pone a disposición de todo internauta interesado en la materia, a través de su sección Hemeroteca Digital, una colección de fondos –todos ellos, con más de ochenta años de antigüedad (cuestión de curarse en salud en materia de derechos de autor)- de prensa española de siglos pasados, que, si hemos de dar por buenas las informaciones periodísticas al respecto (tiempo material para una comprobación directa y personal no hay, se lo puedo asegurar...), alcanzan un volumen total superior a las... ¡¡¡500.000 páginas!!! ¿Cuántas vidas de dimensiones “ayalescas” –por cierto, y aunque con algo de retraso, felicidades, maestro, en su 101 cumpleaños....- serían necesarias para poder digerir tal cúmulo de lectura –que, a buen seguro, será, toda ella, y dejando aparte su mayor o menor valor literario, de un interés histórico y sociológico simplemente brutal-? Éstas son las angustias y agonías a que da pie, para los que somos un tanto ansiosos, el invento este del Internet. Invento del maligno, me huelo...

domingo, 1 de abril de 2007

Grageas de cine XXIX: a propósito de... Testigo de cargo (Witness for the prosecution; U.S.A., 1957)


Hace algunos días, volvía a ver, en un pase televisivo de una cadena temática, Testigo de cargo, la legendaria obra maestra (una más, entre tantísimas) del mago Billy Wilder. Soy incapaz de precisar, sin recurrir a mi “ángel de la guarda” –convenientemente disfrazado de base de datos-, cuántas veces habré visto ya esta película, pero les puedo asegurar que, con independencia de que tales visionados alcanzan ya un número bastante respetable, no me causa el más mínimo cansancio tal ejercicio recurrente. Más bien al contrario.

Y es que son tantos y tantos los elementos maravillosos que se acumulan en sus poco menos de dos horas de metraje, que se hace difícil meterse en proclamas admirativas respecto a alguno de ellos, dado el riesgo evidente de dar la impresión de que se está minusvalorando al resto, cuando su nivel también es excepcional. No obstante lo cual, no eludiré el trapo, y me mojaré: si me he de quedar con algo, me quedo con el trabajo interpretativo de ese monstruo que responde al nombre de Charles Laughton.

Ese abogado brillante, histriónico, entregado, compulsivo y cascarrabias que responde al nombre de Sir Wilfrid, es uno de los personajes más extrardinarios y deslumbrantes que ha dado el cine a lo largo de toda su historia, y está claro que, más allá de cuanto haya podido aportar a ello su construcción dramática vía guión –evidentemente, fabulosa-, alcanza tal rango legendario gracias a su encarnación por un Charles Laughton tocado por la varita de las “hadas celuloideas”: el responsable, sabiamente dirigido también por Billy Wilder, de dar a su personaje una dimensión tan completa desde la sencillez (nada más alejado de la sofisticación que la socarronería y acritud en las formas que gasta el letrado .....) como para que cualquier espectador termine, embobado, entregándose en éxtasis al disfrute de tan brillante interpretación.

Un personaje con el que ríes, porque sus salidas cómicas y sus golpes de efecto cuando se enfada son espectaculares. Un personaje con el que sufres, porque vas viendo cómo su entrega sin tasa ni límite llega a poner en peligro su propia vida. Un personaje por el que llegas a sentir respeto y admiración, porque, en el fondo, late en él un sentido de la ética y del deber profesional más allá de cualquier debilidad (si, además, perteneces al gremio jurídico, esa secuencia en la que proclama exaltado su determinación de defender a su cliente hasta la última gota de su aliento es muy fácil que te haga saltar las lágrimas de la emoción...). Un personaje, en suma, que te lo da todo, y todo ello servido por la inconmensurable y riquísima gama de matices de que le dota el señor Laughton. Casi nada.

Si ustedes, amigos lectores, han visto la película, dudo enormemente –desde el respeto, obviamente, a esa posible discrepancia- que puedan diferir en exceso de las apreciaciones anteriores. Y si no la han visto, ¿qué hacen perdiendo el tiempo leyendo estas tonterías....? Corran, corran: el disfrute lo tienen garantizado...
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