sábado, 31 de marzo de 2007

Micro XII: C.S.I.


Dicen los expertos en materia de comunicación televisiva, que la predicción (atinada, claro) acerca de las posibilidades de éxito de un producto determinado es algo enormemente complicado -tema bien distinto, lógicamente, es el de la explicación a posteriori de dicho éxito, cuando éste se produce...-; de ahí que los gurús y santones de la cosa manejen los cachés que manejan. No soy experto en comunicación televisiva –ni en ninguna otra materia, la verdad sea dicha...-, y jamás hubiera podido predecir el extraordinario seguimiento que está teniendo un producto como la serie de ficción C.S.I., en todas sus temporadas y ubicaciones. Pero es que, vista someramente su línea de formas y contenidos, también soy incapaz de explicarme dicho éxito, una vez éste se ha consumado (y de qué manera: las cifras de audiencia son, semana a semana, cada vez más impresionantes). ¿Nos hemos vuelto locos...? ¿La víscera cruda y el desparrame “lecteriano” nos ponen hasta tal punto...? Definitivamente, he llegado a la conclusión de que el día que explicaron en el colegio la lección sobre claves y sensibilidades para entusiasmarse con los morbosos, inverosímiles y disparatados desbarres de los Grisson, Mac, Driscoll y compañía, yo debía andar en la cama con cuarenta de fiebre. Supongo...

viernes, 30 de marzo de 2007

Varietés artísticas y culturales VII: la ley del cine


Mucho se viene hablando en estos últimos días –especialmente, entre las personas afectadas e implicadas, es decir, aquellas que se mueven en los diferentes sectores que integran ese mundo- acerca del proyecto gubernamental de nueva Ley del cine. Muchos dimes y diretes a cuenta de los aspectos que más polémica despiertan, por su especial y específica repercusión en cada uno de esos sectores antes mencionados. Y muchas dificultades para conseguir soluciones al gusto de todas las partes, dado que eso de cuadrar círculos nunca fue tarea sencilla, ni siquiera para la presidenta María Teresa Fernández de la Vega.

Más de uno que yo me sé, estará frotándose las manos, y, cual perro pavloviano, babeando de satisfacción, ante el “maravilloso” espectáculo: la enésima demostración de que la anémica industria cinematográfica española, sin la ayuda de papá Estado, es incapaz, como triste polluelo, de alzar el vuelo. Porque, claro está, el cine español es una mierda, y lo que tiene que hacer esa caterva de rojos, chupones y comeollas que dice representar al cine español, es espabilar y ser capaz de poner en pie productos del gusto del público, para que éste vaya a las salas a verlo, en vez de las supermegaguay películas americanas (ya saben, Norbit, Epic movie y demás lindezas...). Menos llorar y trincar; más pencar y trabajar. Poco más o menos...

Ya sé, ya sé: en Estados Unidos no hay Ley del Cine, ni falta que les hace; sin necesidad de ella, el cine estadounidense arrasa comercialmente no sólo en su país, sino en todo el universo mundo. Pero ése es un fenómeno que se produce en un contexto económico y cultural muy determinado, que es el de Estados Unidos, y no el de España. A realidades diferentes, soluciones distintas. Eso impone la lógica de las humanas cuestiones, creo. Pero es algo que ciertos detractores del cine español no quieren ver.

Se habla de competencia. Fenomenal. Pero sería conveniente que esa competencia se produjera en (justos) términos de reciprocidad. Que las películas españolas tengan acceso al mismo número de pantallas que las estadounidenses, y se comparen los ratios de recaudación por sala, y no globalmente. Que no se estrene ninguna película incluida en lote alguno de distribuidora, sino solamente aquellas que sean objeto de contemplación específica y particularizada. Y que las películas estadounidenses se estrenen subtituladas, y no dobladas: habría que ver entonces las cuotas de mercado, pantalla y taquilla. Se habla también de interés del público; pero no se dice nada acerca de cómo generar y estimular ese interés a través de monstruosas campañas de marketing y promoción, que sólo son factibles desde la hiperbólica disponibilidad de presupuesto y que no tienen nada que ver con las supuestas bondades de un producto que, posteriormente, termina siendo, en la mayoría de los casos, solamente mediocre.

El cine español no es perfecto, indudablemente. En él, como en todas las cinematografías de todos los países desarrollados, hay de todo, y todos los años, de manera invariable, se hacen productos excelentes, obras meramente pasables y películas horrorosas. Estoy convencido de que, en términos proporcionales, los ratios de esos tres rubros no deben diferir mucho de los que puede arrojar la produccion anual estadounidense –y, si lo hacen, es muy probable que tal diferencia lo sea a favor del cine español-. El problema es que, para hacer cine, no basta con el talento –un talento que, aquí, en España, y el recién terminado Festival de Cine de Málaga así lo ha venido a ratificar, corre a raudales-, sino que hace falta dinero. Y mucho. Cualquier chavalote, mañana, con cinco euros –para comprar un paquete de folios y un par de bolígrafos...-, puede escribir, si tiene talento suficiente para ello, El Quijote o Cien años de soledad (o algo que se les acerque, en términos de calidad literaria: ya sé que es complicado, pero nunca se sabe...). En cambio, ese mismo chavalote, por mucho talento de que disponga, si quiere hacer un nuevo Ciudadano Kane, u otra Casablanca, necesita un montón de dinero. Ésa es la diferencia. Ése es el problema. Y ahí es donde una ley de cine debe proporcionar herramientas para posibilitar que ese talento, al que la iniciativa privada no va a asistir en la medida necesaria (porque no quiere, porque no puede o porque ni una cosa ni la otra...), no se desperdicie. En mi modesta opinión, claro...

jueves, 29 de marzo de 2007

LA CORONA DE HIERRO (LA CORONA DI FERRO; ITALIA, 1941)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

El rey Sedemondo, tras una cruenta batalla, termina imponiéndose a sus rivales, para proclamarse soberano único y absoluto del reino de Kindaor. La continuidad de su dinastía, bajo la advocación de una extraña y misteriosa corona de hierro, a la que protege Klasa, su más fiel guerrero, ha de ser asegurada por el nacimiento de un hijo varón, pero éste, Arminio, no es hijo suyo, sino de la hermana de su esposa, de forma que, cuando Sedemondo descubre el engaño, lo expulsa de su castillo, ordenando que sea arrojado a los leones, y queda como única heredera su hija real, Elsa. Arminio, que consiguió huir de una segura muerte, retorna, pasados los años, al castillo de Sedemondo, antes de que Elsa celebre sus esponsales. Pero no vuelve solo, con él viene Tundra, la hija del anterior rey de Kindaor, que aspira a reconquistar el poder perdido. Las luchas se desencadenan, y, en su resolución pacífica, jugará un importante papel la misteriosa corona...

RESEÑA CRÍTICA.-

Hay películas cuya valoración se hace realmente difícil: no se trata de que sean mejores o peores, sino de que son tan, tan desiguales en su desarrollo que el desconcierto que provoca su visionado enturbia la capacidad crítica. Es el caso de La corona de hierro, una rareza que alterna, sin la más mínima solución de continuidad, momentos súblimes, de una poética fílmica intensísima y una brillantez técnica encomiable, con pasajes sencillamente deplorables, bien por la torpeza de su planteamiento o bien por lo inadecuado de su resolución.

Bajo una línea argumental convencional, que relata, al hilo de una secuenciación estructurada al modo de un cuento clásico, una historia con todos los ribetes de tales cuentos (batallas, guerras, reyes y todo lo demás...), La corona de hierro amalgama toda una serie de personajes y situaciones que la convierten en un pastiche de difícil digestión, por momentos ágil, chispeante y pleno de gracia, pero frecuentemente inmerso en disgresiones que nos hacen perder el hilo de la trama principal y nos desquician por lo pueril, incluso ñoño, de su enfoque.

En el fondo, estamos ante una revisitación de la vieja historia deudora de mitos tanto medievales (esa corona de hierro que juega un papel inequívoco de espada artúrica) como shakespearianos (el fantasma de Hamlet sobrevuela la escena): el rey vengativo y despechado que, tras hacerse con el poder, pretende perpetuarse en una descendencia que resultará fallida, porque el que habría de ser hijo, resulta hija. Dos “hermanos” que se verán trágicamente separados, para reencontrarse al cabo de los muchos años en un final que posiblitará el triunfo definitivo de los valores positivos -la justicia, la paz y el amor-, previa catarsis facilitada por la desaparición de la misteriosa corona.

Tremendamente atrevida para su tiempo, tanto en el tratamiento de la violencia como en el del amor carnal (ver casquería y desnudos –por tímidos que éstos sean- en una película de 1941 es cosa harto poco frecuente) resulta chocante apreciar cómo, en contraposición a esto, el dibujo de sus personajes principales asume unos rasgos de infantilidad –muy acentuados por el histrionismo de sus intérpretes- que los acerca más al universo disneyano que a perfiles más acordes con el contenido de la historia narrada.

Idénticas contradicciones podemos hallar en el tratamiento de los aspectos formales: así, junto a decorados de gran fastuosidad, o escenas de masas excelentemente filmadas (con una planificación y unos movimientos de cámara que parecen prefigurar buena parte de los que encontramos en westerns posteriores), nos encontramos también con escenarios naturales poco adecuados para el desarrollo de la escena o fallos de continuidad más propios de un videoaficionado que de un cineasta profesional.

Quizá no sea cuestión de colocar en cada platillo de la balanza aciertos y errores para, a partir de ahí, ver dónde se sitúa el fiel: posiblemente, en un equilibrado punto cero. Quedémonos, si acaso, como punto más digno de destacar, con la constatación de que, en una Europa que se desangraba en esa carnicería que fue la Gran Guerra, aún había gente, como Blassetti, que, más allá de sus conexiones con el régimen mussoliniano y sus estructurasm de producción fílmica, hacía películas, con todas sus virtudes y todos sus defectos: el cine, como siempre, bigger than life...

viernes, 23 de marzo de 2007

Micro XI: sogas chungas


Suma y sigue. Si no fue suciente con el penoso espectáculo de la ejecución de Sadam (retransmitido urbi et orbe por cortesía de las nuevas tecnologías de la comunicación), se producía, hace sólo un par de días, una reedición del mismo (al que, supongo, pese a las proclamas de discreción y control de las autoridades competentes, los afortunados poseedores de telefónos móviles con cámara fotográfica incorporada asistieron con sus baterías convenientemente recargadas...), esta vez con el protagonismo de su ex vicepresidente Taha Ramadán, igualmente condenado (en el mismo juicio y por idénticos crimenes) a muerte por ahorcamiento. Nada que transmita mejor un mensaje inequívoco de paz, conciliación y diálogo que una buena ejecución; y si puede ser con una fuerte componente morbosa, mejor aún. No seré yo quien ponga en cuestión las responsabilidades y culpabilidades del tal Ramadán, pero estoy totalmente convencido de que no son ésos los caminos de la justicia ni de la templanza: en todo caso, a mí la única soga que me vale, es la de la inmortal película del mago Hitchcock. Ahora bien, si tenemos en cuenta que quién está en ese país en misión pacificadora es el principal valedor y paladín –junto a China y otro puñado de países “punteros en materia de derechos humanos”- de la aplicación de la pena capital, es difícil pensar en un escenario distinto. Apaga y vamonos. Cuatro años después del inicio del desastre, mal asunto el de Irak, mal asunto...

jueves, 22 de marzo de 2007

¿QUÉ FUE DE BABY JANE? (WHAT EVER HAPPENED TO BABY JANE; U.S.A., 1962)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

“Baby Jane” Hudson, artista encantadora en su más tierna infancia, con un éxito arrollador, vive, años después, con su hermana Blanche –que triunfaría después de ella, como gran diva del cine, y actualmente se halla postrada en una silla de ruedas, tras un grave accidente de automóvil-, a la que maltrata de forma sistemática, azuzada por los celos y la envidia que la corroen –desde la añoranza de los tiempos de gloria ya idos- y entre las brumas del alcohol en el que ahoga esa mezcla de locura y maldad en la que se desenvuelve. Cuando “Baby Jane” pretende, absurdamente, volver a los escenarios, se desencadenarán acontecimientos terribles ....


RESEÑA CRÍTICA.-

¿Dónde se sitúa la frontera entre la maldad y la locura? En un punto muy difícil de localizar, y más aún si el referente que tomamos para ello es el de un personaje como “Baby Jane” Hudson, esa niña vieja o esa vieja niña que, en más de un pasaje, nos puede llegar a estremecer de terror tanto o más que el simpar reverendo Harry Powell que encarnara majestuosamente Robert Mitchum en ese monumento cinematográfico que es La noche del cazador –película con la que tantas concomitancias guarda esta ¿Qué fue de Baby Jane?, más allá de ese áspero blanco y negro, de textura casi metálica, que tan buen juego da a la ambientación y al tono de la historia-.

La película, que se abre con una introducción que nos presenta a una niña prodigio en sus tiempos de gloria, nos ofrece, en una síntesis portentosa, todas las claves de la personalidad de las dos protagonistas –y, con ellas, los porqués de la evolución posterior de la trama-, y entra pronto en materia, prometiéndonos, desde su esquema de personajes, un duelo interpretativo de altos vuelos. Pero hay promesas tan falsas como una moneda de hojalata, y tal es el caso de ésta: no es que Joan Crawford no raye a una altura muy elevada, ni que su Blanche Hudson carezca de una intensidad dramática tremenda, pero cuando a quien se tiene enfrente es al monstruo de los ojos saltones, hay muy pocas posibilidades de salir indemne.

Aun con el auxilio de golpes de efecto que el guión le brinda con generosidad, y la inmensa apoyatura que le presta la caracterización de su personaje (ese arruinamiento físico al que tanto contribuye una maceración alcohólica de altísimo grado), ni siquiera algún pequeño punto de histrionismo priva al trabajo de Bette Davis de la consideración de magistral; no extraña así que tal poderío termine eclipsando, cual si de un sol refulgente se tratara, el brillo de cualquier estrella que se le sitúe en los alrededores.

Sólo por asistir a tan fastuoso despliegue interpetrativo ya merecería, y mucho, la pena contemplar este film. Pero no es el único activo que cabe apuntar en su inventario de valores. El retrato de las miserias humanas desarrollado sobre la base del leit-motiv del juguete roto (un argumento dramático siempre muy jugoso) se anuda de manera hábil y consistente a una intriga que, con sus giros y recovecos, revela el suficiente grado de sutileza y capacidad de sorpresa como para ofrecer un resultado suficientemente satisfactorio, lo cual no resultaba tan sencillo en un momento (estamos ya a principios de los sesenta) en que las historias estaban ya, como acuíferos víctimas de la voracidad depredadora de una potencia industrial, muy sobreexplotadas.

Cruda y rotunda, una muestra de gran cine, para paladear sin empacho y degustarlo con toda su enorme carga de sabor, dejándonos asustar por esas puntadas del terror que más miedo produce: no el que proviene de lo ignoto o lo monstruoso, sino el que tiene su origen en los entresijos del alma de aquellos con quienes convivimos, nuestros congéneres humanos (aunque, quizá, quién sabe, ahí radique lo realmente ignoto y lo realmente monstruoso, y por eso, por lo mucho que nos asusta, nos negamos a asumirlo...).

miércoles, 21 de marzo de 2007

A salto de mata XVIII: "guantanameradas"


Me desayunaba hace unos días (exactamente, el viernes pasado; y es que hay noticias que casi mejor dejar macerar un poquito antes de extenderse sobre ellas...) con una información de prensa bastante extensa sobre la declaración a un tribunal militar especial estadounidense del paquistaní Jalid Sheij Mohamed, preso en Guantánamo y considerado el máximo responsable de Al Qaeda allí detenido, un auténtico peso pesado de la organización terrorista. Aunque el texto de la declaración está censurado (el Pentágono indica que los fragmentos borrados, lo son por motivos de seguridad -¿?-), lo que de la misma se ha dado a conocer ya resulta bastante estremecedor, por un lado, y revelador, por otro. Hay dos aspectos fundamentales que, de entender que la reproducción de la declaración, aun mutilada, es fidedigna (yo, sinceramente, y dados los antecedentes y contexto, lo dudo enormemente...), son los que más han despertado mi atención: la desaforada megalomanía de su autor –que, salvo las muertes de Manolete y Paquirri, por motivos obvios, se atribuye la máxima responsabilidad en la inmensa mayoría de los grandes atentados mundiales de los veinte últimos años, ya sean consumados o en proyecto: algo que, en mi opinión, y aun cuando diéramos por cierta la declaración, ya resulta muy poco creíble-, y el esbozo de una especie de elaboración filosófico-política acerca de la fundamentación de su actuar que, sin llegar a especiales niveles de sutileza ni profundidad, podría estar suscrita perfectamente, en cuanto a su fondo (en cuanto a sus formas, ya ha demostrado sobradamente que tampoco da de sí mucho más que el tal Jalid...), y desde el bando opuesto, por el mismísimo George W. Bush.

Es el problema de entender que la violencia, aun cuando sea a través de un uso reglamentado de la fuerza, puede ser un medio válido para la obtención de un determinado objetivo: si no se quiere incurrir en una incongruencia moral, hay que entender que el derecho a su uso debe ser conferido por igual a todo individuo o colectivo, siempre y cuando esté investido de la legitimidad formal al respecto. Y ya sabemos cuán sencillo es, cuando se goza del poder económico y político suficiente para ello, articular esos mecanismos de legitimidad formal a favor de la posición propia. Una vez colocada esa piedra angular, todo el monte se convierte, automáticamente, en orégano y toda escalada en espiral es, más allá de su mayor o menor justificación (que, en mi humilde opinión, ni cabe ni puede caber), perfectamente entendible.

Esa mala bestia –si, insisto, damos por cierto lo publicado acerca del mismo- que atiende al nombre de Jalid Sheij Mohamed, se siente moralmente legitimado para hacer todo lo que ha hecho. No podría ser de otra manera: supongo que se debe hacer complicado vivir con una losa encima como la que supondría la asunción de una culpabilidad tan brutalmente desmesurada. Pero, según se desprende implícitamente de sus palabras, otorga y reconoce la misma legitimidad a su contricante. Sinceramente, amigos lectores, si yo fuera ese contricante, me tentaría las vestiduras con mucha cautela. Señor Bush, por favor, hagáselo mirar: creo que lo suyo, que siempre fue bastante grave, empieza a adquirir tintes particularmente dramáticos...

domingo, 18 de marzo de 2007

Grageas de cine XXVIII:a propósito de... León y Olvido (España, 2004)


Cine fácil, cine difícil... no sé si es ése un criterio muy válido para enjuiciar una película, pero, en cualquier caso, no deja de ser uno más de ésos que, con tanto ahínco, gusta (o gustamos, supongo) de usar la caterva crítica. Y, vista desde esa perspectiva, está claro que un fim como León y Olvido, la primera obra como realizador de Xabier Bermúdez, es difícil, muy difícil. No por su estructura narrativa, nada alambicada ni vanguardista, ni por sus complejidades argumentales, dado que su historia está trazada con líneas claras y precisas; su dificultad estriba en la naturalidad y sencillez con que aborda una historia de una enorme densidad emocional y de unas connotaciones morales cuyo carácter fuertemente escabroso la convierten en una auténtica bomba de relojería.

Un “paisaje” de ese tipo, si no se aborda con mirada limpia pero, a la vez, incisiva, puede terminar dando lugar bien al retrato de un estercolero, bien a un ejercicio prescindible de mojigatería. Bermúdez, con un tono seco y sin concesiones, pero también sin asperezas ni sordideces, sortea esos peligros muy hábilmente y consigue entregar una película que, a contracorriente de productos más convencionales, pero sin vocación de marginalidad, ha logrado convertirse, por derecho propio, en pieza elevada al culto cinéfilo en una ascensión fulgurante pero en absoluto carente de justificación, no en balde se trata de una de las propuestas más estimulantes que ha alumbrado el cine español en el último quinquenio.

Películas así son las que demuestran, una vez más, que el cine español, cuando juega en el tapete donde sus cartas pueden constituir una baza ganadora, gana -si, además, al jugador le queda en la manga un as con el rostro de la belleza magnética que exhibe Marta Larralde, puede también, ¿por qué no?, saltar la banca....-. Bienhalladas sean, y vaya desde estas líneas mi más fervorosa recomendación para que ustedes las encuentren también.

miércoles, 14 de marzo de 2007

A salto de mata XVII: bipartidismos


¿Por qué el bipartidismo tiene, generalmente, tan mala prensa, pero aún así, termina constituyendo una tendencia predominante y de cada vez mayor implantación práctica? Primeramente, y como puede parecer obvio, porque de ello ya se encargan, poniendo al respecto toda la carne en el asador –es decir, formulando todas sus estrategias y desplegando todas sus líneas de actuación en tal sentido-, las partes interesadas: es decir, los dos jugadores de la partida. Se pone en el punto de mira a la contraparte, y todo se hace –por activa y por pasiva- en función de ella, e ignorando la existencia de cualquier otro actor –al menos, en papel que no sea el de mero comparsa, destinado a dar apoyo a una u otra facción-.

Pero, no nos engañemos, la cuestión no es tan simple –para ellos-, y algo ha de contribuir al éxito del invento la buena predisposición hacia el mismo de aquellos que, al fin y a la postre, terminamos siendo sus sustentadores y valedores, vía papeleta de voto. Y números cantan: vistos los resultados, parece claro que el invento nos gusta, y mucho, con lo cual algo ha de tener el agua cuando la bendicen por igual ateos y beatos; y no sólo en nuestro país, sino en buena parte de aquellos –si bien con diferente grado de intensidad, desde luego- con más prolongada y consolidada tradición democrática

¿Qué nos ofrece el bipartidismo? Aparentemente –insisto, sólo aparentemente-, más solvencia, más cualificación, más capacidad. El amparo y soporte de macroestructuras altamente profesionalizadas transmite una sensación de solidez que a cualquiera puede resultar tentadoramente tranquilizadora: nos gusta pensar que quién ha de encender las luces por la noche, y apagarlas por la mañana, no duerme ni descansa ni ceja en su empeño de mantener el chiringuito siempre abierto, y, más o menos, en orden y relativa limpieza. Y nosotros, a lo nuestro: a nuestro curro, nuestra familia, nuestra casita en el campo, nuestro “internés” y nuestra cervecita en el bar de la esquina. Que para eso tenemos a los políticos, y para eso les pagamos, muy generosamente, por cierto –y al que, aún así, no le llege para vivir “a calzón quitao”, pues nada, que rapiñe un poquito: siempre que sea dentro de un orden, y no haga mucho ruido, tampoco pasa nada...-; para que ellos se ocupen de la cosa pública, que es la de ellos, y nosostros, de la privada de cada cual, que es la nuestra. Y para esos menesteres, mejor los partidos grandes (como el burro, ande o no ande...).

O sea, que la cuestión termina siendo pura y simplemente acomodaticia, y no tiene nada que ver con principios ni convicciones. Por no hablar de que también resulta de mucho más fácil comprensión y asimilación: ya sabemos que el mundo no es blanco ni negro, sino más bien tirando a gris, pero... ¡qué puñeteramente complicado que es el gris...! El blanco y/o el negro son más falsos, pero más simples. Así nos pinta el pelo. Eso sí, después nos quejamos de ellos como si nuestra implicación, en general, en la gestión de los intereses públicos fuera mucho más intensa. Es decir, lo de la paja en el ojo ajeno y bla, bla, bla... Cuánto trabajo por hacer, madre mía, cuánto trabajo...

martes, 13 de marzo de 2007

Arte, una tele diferente


Lo de la 2 de Televisión Española (sí, sí, ésa misma, la de los documentales de bichos de los sobremesas, que todo el mundo proclama ver y luego no ve ni Dios...) como paradigma de televisión cultural y de calidad, es algo que hace años, por mor del encanallamiento y adocenamiento que vienen aquejando a la oferta televisiva en abierto, dejó de ser un tópico gracioso para convertirse en la triste y cruda realidad de un reducto casi testimonial de una línea de programación imposible de sostener desde una perspectiva comercial, pero cuyo mantenimiento, a algunos, entre los que me cuento, nos parece imprescindible. O nos parecía: si hay algo que, dada su condición de regalo celestial, me hace dudar de la inexistencia de Dios, y cuya disponibilidad, junto a la de toneladas ingentes de canales temáticos de escaso interés y dudosa viabilidad, he de agradecer a las plataformas televisivas digitales (satelitales o de cable), es el canal franco-alemán Arte. La prueba palpable y evidente de que otra forma de hacer televisión es posible.

¿Que esa opción no es válida para una cadena generalista de corte convencional y capital privado? Por supuesto, de eso soy plenamente consciente; una televisión generalista pretende un nicho de audiencia muy amplio, y eso no es factible con una línea de programación tan específica –aunque no por ello pobre, ni limitada: su diversidad de géneros y formatos es envidiable...- como la de Arte. No crean tampoco ustedes, amigos lectores, que este humilde escribiente sólo enciende la caja catódica para ver las emisiones de Arte, ni muchísimo menos: afortunadamente, es posible –espigando, espigando- encontrar productos muy solventes en casi todas las cadenas televisivas, y a ellos también procuro prestarles alguna atención –la que mi escaso tiempo disponible me permite-.

Pero lo que una programación como la de Arte te hace ver es la enormidad de material audiovisual de calidad que se manufactura desde todas las latitudes, y que, adecuadamente distribuido, permitiría a cualquier canal televisivo disponer de una cuota más que suficiente de programas culturales con los que enaltecer y mejorar su parrilla, y cómo, desde tal premisa, la televisión no tendría por qué ser (como actualmente lo es, generalmente y salvo honrosísimas excepciones) un territorio inhóspito, inútil o inadecuado para la mejora del nivel cultural de su público. Y lo que te hace lamentar es no tener un mayor dominio de los idiomas en los que emite la mayor parte de sus programas (francés y/o alemán) para poder seguirlos más cómodamente; miren ustedes por dónde, a veces, el sometimiento a los imperativos de la lengua dominante (la del imperio, cómo no...) no siempre garantiza el pleno disfrute de los mejores productos. En fin, qué se le va a hacer: ya lo dijo aquel, nadie es perfecto...

Ojalá el ejemplo de Arte cundiera, y terminara convirtiéndose en la punta de lanza para un contraataque en toda regla dirigido a dinamitar la pobreza actual del panorama televisivo. Pero hay que ser realistas: el empeño se antoja harto complicado, y requiere un trabajo de preparación previo arduo y prolongado, que no se va a cuajar en dos días. ¿Mientras tanto? A disfrutar con la oferta: están ustedes, amigos lectores, invitados...

lunes, 12 de marzo de 2007

Metablog XI: ¿una estación de paso?


Todo es tan vertiginoso en este mundo de Internet que cualquier invento, apenas recién vista la luz, ya se está quedando obsoleto; dinámica que igual afecta a las tecnologías y soportes que a las pautas de acción e interacción. Por ejemplo, los blogs: criaturitas aún en pañales, a tenor de los entendidos, y que, según estos mismos, ya están superados por los álbumes de fotos personales (o fotoblogs), videoblogs (o “vlogs”, para los más geeks...) y demás hierbas en las que la primacía de la imagen –manda “youtubes”...- hace de las suyas y arrasa con cualquier resistencia, por tímida que sea.

O sea, que ahora resulta y viene a parar, como decimos en mi pueblo, que cuando aún estamos asimilando el paso de foros, chats y messengers como mecanismos prioritarios para el intercambio de ideas en el ciberespacio, a este nuevo ámbito de comunicación que constituye el “bloguerío” –con sus comentarios, sus intercambios de enlaces; esas cositas tan sencillas...-, las “niñas de nuestros ojos”, ésas a las que dedicamos (escritura, organización, maqueo y hermoseo...) las horas que tenemos, y las que no tenemos, ya están irremisiblemente anticuadas. Y algunos, todavía, con estos pelos...

Entiendo que forma parte de la propia esencia, tan aceleradamente volátil, de Internet, el continuo flujo de creaciones y cambios, pero, en lo que a mí respecta personalmente, ¿qué quieren que les diga...? No sé si soy terco, torpe, comodón o flojo, pero, como ya comentaba hace no mucho tiempo por estos mismos pagos, no estoy muy por la labor de nuevos “trasvases”. O sea, que ésta no es para mí una estación de paso, y, al menos por ahora, me quedo en mi blog y con mi blog; ése que, con un poco de suerte y el paso de algunos años, quién sabe, igual termina convirtiéndose en una especie de resto “ciber-arqueológico” destinado a ilustrar paseos virtuales en calidad de ejemplo de lo que un día fue un canal de comunicación explosivamente prolífico en el universo de la Red, que, al cabo de muy poco tiempo (¿dos, tres, cuatro años...?), se convirtió en una simple reliquia, sólo mantenida por un puñado de románticos irremisibles enganchados al “juguetito”.

O igual no. Igual en lo que termina convirtiéndose es en el simple destino de un enlace perdido desde una flamante web “ultramegahipersuperinteractiva”, plagada de animaciones, vídeos y todo tipo de artilugios multimedia. Pero, no sé por qué, no termino yo de ver muy claro este segundo escenario. Adoro la imagen: estática, dinámica; en color, en blanco y negro; realista, no realista.... Pero mi adoración es puramente pasiva, de receptor. Y cuando me alejo dos pasos del imperio y el dominio de la palabra escrita, empiezo a perder pie. Ya ven, cosas de cada cual; pero tengo la completa seguridad de que, en este caso (como en tantos y tantos otros), compartida con un buen puñado de cofrades...

sábado, 10 de marzo de 2007

Micro X: cambio climático


Pasó el terremoto (portadas, grandes titulares en cabeceras, proclamas exaltadas en radios y televisiones; amplio eco, incluso, en la blogosfera, cómo no...), y se acabó lo que se daba. El cambio climático vuelve a ser una nota a pie de página en la vorágine disparatada de la vida (informativa) cotidiana, y vuelve a situarse allá donde más le interesa a toda la clase política del universo mundo: varios millones de millas detrás (en cuanto al interés del público por él) del rapado de cabeza de Britney Spears o del último exabrupto furgolero de Samuel Eto’o. Bien, bien, bien... Todos tranquilitos. Ya se sabe: tema cuya resolución requiere medidas tremendamente impopulares (es decir, inasumibles desde el punto de vista de una estrategia electoral sensata) y cuyas expectativas de más crudo y duro desencadenamiento se nos sitúan en una perspectiva de más de veinte, treinta años... al carajo. Bien, bien, muy bien... Y cada palo, que aguante su vela. Que yo, personalmente, y en la parte que me toca, por activa y por pasiva, no me considero exento de toda culpa, desde luego que no. Tampoco me voy a fustigar públicamente por ello, pero soy consciente de que, aquí y en esto, a todos nos toca un “cachito”. En fin...

domingo, 4 de marzo de 2007

Grageas de cine XXVIII: a propósito de... El laberinto del fauno (México, 2006)

Si en sus películas anteriores (especialmente, Cronos y El espinazo del diablo), Guillermo del Toro ya había dado muestras más que sobradas de su maestría para engarzar realidad y fantasía en tramas en las que lo terrorífico se da la mano con lo mágico de una manera tremendamente natural, es probable que con El laberinto del fauno haya terminado de “redondear la faena”, cuajando una obra sensible a la par que tremenda, en la que la angustia, la opresión y el miedo, que se desprenden de la trama que se desarrolla en el “mundo real” (¿real? ¿seguro...?), van alternando, sin solución de continuidad, con la ensoñación, la ternura y la imaginación que se desborda en ese “mundo irreal” en el que el fauno del título marca las reglas, guía los actos y traza el camino por el que la protagonista habrá de desplegar y culminar (¿felizmente?) su viaje iniciático.

Guillermo del Toro pone en liza numerosas cartas ganadoras, y lo hace de forma generosa y convencida: ni escatima medios, ni se corta a la hora de exprimirles el jugo. En lo que atañe a los elementos formales, se acoge a una imaginería visual de resonancias góticas indudables (muy en línea con lo que ya había mostrado en sus films anteriores) y un tratamiento fotográfico de la imagen muy audaz, plagado de tonos oscuros (no por conocido, menos espectacular), que ayudan a crear una atmósfera fantasmagórica sobrecogedora, y un clima en el que el horror y la violencia de las situaciones puntuales se sobredimensiona, para encogernos el corazón un poquito más, aún, si cabe. Por otro lado, en lo que se refiere a los rubros más específicamente fílmicos, sus armas principales radican en un guión fluido, claro y bien trabado, así como en unas prestaciones interpretativas de sus protagonistas de un nivel asombroso –destacar a Sergi López, que compone un “malo” destinado a figurar en las antologías históricas de nuestro cine, no supondría ninguna injusticia, pero tampoco cabe olvidar a Maribel Verdú, convincente a más no poder, tras acumular una experiencia teatral prolongada que le ha dado un “punto de cocción” definitivo, o a la debutante Ivana Baquero, toda una revelación, sobre cuyo recorrido futuro, aunque impredecible, cabe abrigar fundadas esperanzas, visto lo visto en esta película-.

Propuestas de este corte no son muy frecuentes en nuestras pantallas, y hay que agradecerle al director mexicano, más allá de lo que pueda llegar a convencer al espectador habitual (a tenor de las cifras de público y taquilla, parece ser que bastante), su arrojo, rayano en la temeridad, para plantear este tipo de historias tan a contracorriente de las tendencias predominantes en el cine comercial actual (no se olvide que no estamos ante un film underground de bajo presupuesto...): nada más valiente, en este tiempo de re-versiones, adaptaciones, transposiciones, secuelas, precuelas (y cualquier otro invento que tenga que ver con lo copiado, por si cuela...) que una historia original, transgresora, mágica y ambigua. ¿Hay quién dé más...?
P.S. esta reseña está escrita días antes de que la película comenzara el frenesí de nominaciones y premios, tanto Goya como Oscar, que la han tenido en candelero durante los dos últimos meses. Sin pretender negar su importancia, que es mucha -creo-, tal circunstancia ni añade ni merma nada a lo arriba apuntado, con lo cual... tal cual queda.

viernes, 2 de marzo de 2007

Un meme

Todo sea por conjurar la amenaza del síndrome de Koro.... Mi buen compañero de lides blogueras Apesardemi, me pasa un meme, que, aunque con el retraso habitual, procedo a cumplimentar lo más diligente y concienzudamente posible -y hasta aquí, las mentiras y camelos; a partir de aquí, en serio...-; vamos allá con esas preguntas...

1. ¿Qué cosas tiene España que te animarían a irte a vivir a otro país si tuvieras la oportunidad?

Creo que España tiene una escasa, por no decir que casi inexistente, conciencia de lo público (salvo si se trata de pasar el cacillo o pretender la defensa del interés propio: entonces, todos buscamos a papá Administración como locos...) que me resulta escandalosa. Si nos dejaran, privatizaríamos y parcelaríamos hasta la catedral de Santiago... Una pena.

2. ¿Qué te resulta insoportable en la sociedad / sistema económico / política / cotidianidad española?

Insoportable, en el sentido literal de la palabra, nada: si lo hubiera, ya me habría tenido que largar hace tiempo por “prescripción facultativa”; eso sí, que me cabree enormemente, además de lo anterior, la escasa, por no decir que casi inexistente, capacidad de autocrítica. Aquí nadie hace nunca nada mal, y aquí nadie nunca se equivoca: todo sea por la autoestima; si el colesterol lo tuviéramos todos al mismo nivel, ya habríamos reventado hace años... Y manda huevos, porque, en plan teórico generalista, todos lo tenemos claro: pues claro que nos equivocamos, somos humanos, claro que sí. Pero, puestos a concretar, y llegado el caso en cuestión, todo el mundo a silbar mirando para arriba y señalar con el dedito al de al lado (que ése sí que se equivoca, y sí que lo hace mal siempre, el muy gilipollas). ¿Tanto trabajo cuesta, tanto perjuicio nos va a causar, decir, llegado el caso, que sí , cojones, que lo he hecho mal, que me he E Q U I V O C A D O....? Pues eso... Ah, y no sé si se dará también en los demás paises, pero me da igual: aquí es el pan nuestro de cada día, y estoy harto, harto, harto...

3, ¿De qué huirías de la cultura de este país?

Huir, huir, lo que se dice huir, supongo que no procede, teniendo en cuenta que aquí, desgraciadamente, la única que te persigue (y siempre y cuando tengas una nómina fácilmente controlable; si no, ja...) es Hacienda; ya quisiera, ya, que la cultura me persigiera (y alguna de sus creadoras particularmente atractiva, más aún...). Eso sí, cosas que no me gustan, bastantes, pero, básicamente, dos: las banderías (uno de los deportes favoritos de la cosa nostra cultureta: parece que se aburren si no andan a palo limpio unos con otros y otros con unos...) y las mezclas de política y creación. A mí, que un escritor, músico o cineasta (o lo que sea) tenga sus convicciones políticas, y las manifieste y difunda públicamente, me parece fenomenal: pero que haga con ellas carrera artística, me parece que es mezclar churras con merinas. Que sí, que no digo yo que no sea humanamente legítimo, pero a mí, pues eso, que no me gusta.

Y ya está, ¿no? Pues hala, misión cumplida. Ah, no, que tengo que pasarlo a tres miembros más del “mester de bloguería”. Pues nada, a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga..: Thalatta, Miriam G. y Rosenrod... ¡¡¡os ha “tocao”!!! (no me odieis mucho por ello).
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