viernes, 23 de febrero de 2007

Micro IX: lecturas


La edición de ayer de El País ilustra un artículo dedicado a glosar un informe de la Federación de Gremios de Editores sobre hábitos de lectura en España, con esa misma foto que pueden ver ahí arriba, y que también ilustra, pues, esta reseña. La estampa que recoge no me es extraña: he tenido ocasión de contemplarla, en más de una ocasión y en ese mismo lugar, de manera directa. Pero sí que me resulta –perdonen ustedes, manías de cada cual- especialmente obscena. Si hay un acto de cuyo ejercicio sólo puedo pregonar la más feroz e incondicional de las individualidades y/o soledades, ése es el de la lectura. No puedo concebir la lectura como algo colectivo, compartido, acompañado. Me parece enormemente respetable la postura de quien lo considere de manera distinta –como, supongo, o así parece, es el caso de las personas que aparecen en esa fotografía, y tantas y tantas otras que, a lo largo del día, han de ocupar su tan peculiar escaño en esa suerte de escenografía teatral, tan vistosa, tan llamativa (eso sí he de confesarlo: la primera vez que lo ví, me quede como hipnotizado ante el espectáculo)-. Pero, desde la radicalidad de mi posiciòn al respecto, creo que sería incapaz de verme en tal tesitura. ¿Y ustedes, amigos lectores...?

jueves, 22 de febrero de 2007

EN EL NOMBRE DE LA LEY (AU NOM DE LA LOI; FRANCIA, 1932)

SINOPSIS ARGUMENTAL.-

La policía parisiense anda tras la pista de una peligrosa banda de traficantes de cocaína, a cuyo seguimiento es asignado un joven agente, Amédée, para el que se trata de su primer caso importante. Lleno de ilusión y ganas, pero falto de experiencia, es víctima de una celada tendida por los criminales, y muere asesinado. Sus compañeros, dolidos e indignados, asumirán el desmantelamiento de la banda como una cuestión no sólo de justicia, sino también de honor y venganza, y comenzarán una persecución implacable, en la cual, no obstante, surgirá un obstáculo difícil e imprevisto: la presencia de una sensual y misteriosa Sandra, que intentará atrapar en sus redes al infiltrado Chevalier, presa de sus dudas entre la pasión y el deber.

RESEÑA CRÍTICA.-

A principios de los años 30, el cine ya no era un niño balbuceante, intentando abrirse camino, medio erguido, medio a gatas, en el panorama de la industria del entretenimiento. Las decadas anteriores ya habían alumbrado obras de largo aliento y grueso calibre, en los más diversos géneros, y los progresos técnicos, aunque incipientes, permitían ya abordar proyectos de un cierto grado de complejidad.

En ese contexto, Au nom de la loi no deja de ser una obrita menor, con una textura visual y narrativa más próxima a la de los minifilms de principios de siglo –plagada, en consecuencia, de fallas técnicas: discontinuidad lumínica, saltos de imagen, cortes bruscos de montaje...- que a la de las películas ya plenamente cuajadas que son coetáneas a ella.

A cargo de un autor con una clara vocación artesanal, sin mayores pretensiones autorales, como fue Maurice Tourneur (padre del que también habría de ser afamado director Jacques Tourneur, con una sólida carrera en la meca del cine), esta producción de la legendaria Pathè francesa, constituye una muestra discreta, aunque no carente de su cierto puntito de encanto, de un cine gansteril muy de la época –estamos en los años álgidos de la ley seca y sus trágicos regueros no sólo de alcohol, sino, sobre todo, de tiros y sangre-, tomando fielmente todos aquellos elementos que el cine estadounidense del mismo género marcaba como referentes ineludibles: ambiente, historia y personajes, aunque se mueven en París, podrían hacerlo perfectamente, con un simple cambio de referencias geográficas en los diálogos, en Chicago o en Baltimore.

La trama nos ofrece un planteamiento típico y tópico: la banda de traficantes de droga que, tras eliminar a un policía novato que les seguía la pista –craso error de estrategia-, resulta atrapada y desmantelada, víctima del celo policial que, a caballo entre el afán de venganza y la sed de justicia, consigue que el bien termine imperando. Resulta curioso, si cabe, ver que es la cocaína el objeto del comercio de los hampones (hoy día podría resultar hasta algo gastado, o pueril, pero eran otros aquellos tiempos, muy lejos aún del advenimiento de un Tony Montana reencarnando a un Scarface look Miami Sound Machine...); y también tiene su punto de interés el peso que cobra el elemento romántico como hilo conductor de la subtrama principal paralela, bien soportada por el encanto y atractivo de la protagonista, una Marcelle Chantal cuyas limitadísimas capacidades técnicas (aunque, en este aspecto, cierto es, tampoco desentona excesivamente respecto al resto de un elenco íntegramente masculino en el que predominan un cierto envaramiento gestual y una excesiva exageración declamatoria) suple amplísimamente con un charme y una presencia física (muy en la línea Garbo, mito señero de ese tiempo) más que destacables.

Au nom de la loi es el tipo de película que no se encuentra en las grandes enciclopedias generales del cine, ni se inscribe con letras de oro en ninguna antología de exquisiteces, porque no ofrece un nivel de calidad que la haga digna de tales honores. Pero su visionado constituye una experiencia muy interesante, en la medida en que nos enseña que, como en cualquier otra disciplina artística, también en el cine se produce la circunstancia de que no son las obras maestras las que marcan el tono general de un tiempo y un espacio concretos. Además de que, hasta en la más humilde de las creaciones, siempre hay un chispazo de interés, o un detalle que te atrapa. Piérdanse en esa caída de ojos de la Chantal, o contemplen con curiosidad ese París tan de cartón piedra, y cuéntenme luego qué tal les pareció...

lunes, 19 de febrero de 2007

Metablog X: interrelaciones (o a propósito de los comentarios)


Un elemento comúmente apuntado como factor determinante en la brutal expansión de los blogs en estos últimos tiempos, es el hecho de que éstos, a diferencia de las webs convencionales (o, al menos, de la inmensa mayoría de ellas), estén dotados de esa herramienta de interactividad que es la posibilidad de introducción de comentarios por parte de sus lectores. De hecho, hay blogs que han hecho del volumen y frecuencia de sus comentarios (en tanto en cuanto son parámetros que denotan su peso e influencia) uno de los pilares –cuando no el pilar básico- de su prestigio y repercusión. E igualmente supongo que, por tales mismos motivos, no debe haber muchos blogs –son contados los que, llegando al caso extremo, incluso tienen desactivada tal opción- que no aspiren, de forma expresa o tácita, a recibir cuantos más comentarios, mejor (ése es, al menos, el caso de éste que, amigo lector, está degustando ahora mismo...).

Como todo, o casi todo, eso no deja de tener sus ventajas y sus inconvenientes. Es difícil cuestionar que unos comentarios numerosos, juiciosos, jugosos y templados enriquecen enormemente el texto que les da origen, y dotan al blog en el que se vierten de un atractivo adicional, que puede contribuir a la captación de más seguidores; por otro lado, todo mecanismo que contribuya a profundizar en el debate público y abierto, a través de un intercambio de pareceres respetuoso y amplio, acerca de cualquier tema, no puede resultar, forzosamente, más que beneficioso. Pero tampoco se puede olvidar que no siempre, ni en todos los casos, el debate que se sustancia al hilo de los comentarios “blogueriles” se desarrolla en tales condiciones “bondadosas”, y que todos conocemos el caso de blogs (y no me refiero a aquellos que, incluso, las fomentan en tales términos: a más polémica, más audiencia, ya se sabe...) en los cuales el desarrollo de discusiones encarnizadas y fuera de quicio, faltando a las más elementales normas del diálogo civilizado, acaba convirtiéndose en el huevo de esa serpiente que, finalmente, termina “liquidando” a su “madre” a bocado limpio. Es el riego, y el precio, de la libertad del mecanismo, con indepedencia de que, a través de ciertas herramientas de control –prepublicación, moderación- se puedan minimizar, a veces, ciertos daños.

En cualquier caso, con todos sus pros y todas sus contras, los comentarios están ahí, y somos muchos los que disfrutamos de ellos, tanto cuando los recibimos en nuestra humilde morada –amigos lectores compañeros del “mester de bloguería”, ¿no os hace una especial ilusión encontrar comentarios nuevos en vuestros blogs? A mí, desde luego, sí que me la hace...-, como cuando los depositamos en morada ajena (a veces más humilde, a veces menos...). Y los disfrutamos, como emisores o receptores, más allá, también, de ciertos aspectos más o menos polémicos, o negativos, de los que se suele acusar a los mismos.

Que tienden a generar círculos endogámicos, en función de los cuales grupos de “blogueros” más o menos afines terminan convirtiéndose en comentaristas recíprocos que cubren, rutinariamente, un número limitado de blogs –siempre los mismos-, que, de esa forma, acaban por constituir una especie de foros en formato “diferente”. O que, en muchas ocasiones, se utilizan descaradamente por los autores de blogs –especialmente, noveles- como herramienta de promoción del blog propio, no aportando nada sustancial al blog en el que se realizan, al que lo único que se le hace es “parasitarlo”, utilizándolo como arma publicitaria. Posiblemente... no seré yo quien niegue o desmienta ni una circunstancia ni la otra, ni siquiera en lo que se refiere a su aplicación personal a mi caso; eso sí, por un lado, procuro no abusar, y, por otro, el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. A mí, personalmente, no me molesta ninguno de los dos aspectos, ni como emisor ni como receptor, más bien al contrario: estoy encantandísimo con los comentaristas habituales de mi blog (a los que desde estas páginas agradezco su constancia y fidelidad), y me encanta dejar comentarios de manera habitual en ciertos blogs que leo de forma periódica y sistemática; y en cuanto a la “plataforma publicitaria”, este blog está totalmente abierto, desde la conciencia de sus modestas posibilidades sobre el particular, a todo aquel “bloguero” que quiera pedir, aunque sea veladamente, y a través de un comentario, visitas para su blog.

Y colorín, colorado, este artículo se ha acabado. Eso sí, dadas las peculiares características del tema tratado, hoy quedaría particularmente feo que usted, amigo lector, no dejara un comentario, por breve que fuera. Detalle por el que ya le doy las gracias anticipadas....

viernes, 16 de febrero de 2007

Varietés artísticas y culturales VI: los "libros-tapón"


Me cuento entre la grey (no sé si muy o poco numerosa: ciertamente, entre mis deudos y allegados no abundan los abonados a tal hábito...) de aquellos que son incapaces de abandonar la lectura de un libro sin darle finiquito. Frente a la más frecuente (y, muy probablemente, más lógica) actitud de toda aquella persona que, iniciada la lectura de una obra, la abandona sin el menor empacho ni cargo de conciencia cuando la misma no le resulta interesante y/o satisfactoria, yo mantengo la contraria: contra viento y marea, y aun cuando el libro de marras me esté resultando insufrible desde todos los puntos de vista, no cejo en su lectura hasta que no le doy carpetazo tras su punto y final. Y eso es lo que hay.

Preguntarme por los motivos y fundamentos de tal actitud supondría un ejercicio que prefiero dejar para divertimento psiquiátrico de profesionales del ramo (o amateurs vocacionales con muchas ganas de marcha); me imagino que debe andar suelto por ahí, haciendo de las suyas (o, más bien, y para ser más exactos, de las mías) algún trauma infantil o similar, de ésos que igual valen para un roto que para un descosido de estas características. A mí lo que me preocupa no son los antecedentes, o motivos, o fundamentos, sino los efectos, las consecuencias. Y ésos, o ésas, son los “libros-tapón”.

El libro-tapón (al que, una vez presentado en sociedad, despojaré de esas incómodas comillas...) no es, ni más ni menos, que ése que se eterniza en tu mesilla de noche, hasta el punto de convertirse (casi) en un complemento más, junto a la radio-despertador y la lámpara (de hecho, hay libros de ésos que llevan en mi mesilla más tiempo que tales aparejos...), debido a tu absoluta incapacidad para acabar con ellos. En mi caso, actualmente (ha habido algunos otros más a lo largo de los pasados años), son dos, que paso a presentarles a continuación.

El primero de ellos se trata de una antología de la poesía panameña del siglo XX, editada por Bruguera en 1975, y adquirida en una estantería de saldos de la antigua Galerías Preciados. Ya sé, ya sé que la poesía (y más si, como en este caso, se trata de una recopilación de autores varios) no se lee como una novela; pero con esa milonga le van ustedes a otro... yo la leo así. Y así me pinta el pelo. El libro lleva en proceso de lectura unos diez años, aproximadamente, y no sé si me quedarán otros tantos (o igual hasta algunos más) para hacer cumbre. Pero eso es lo que hay. Prometo, en todo caso, tenerles al tanto de lo que suceda sobre el particular.

El segundo es una adquisición bastante más reciente, perteneciente a la colección de novela histórica que el diario El País distribuyó a lo largo del pasado año. Se trata de Aníbal, de Gisbert Haefs, y llevo con él unos seis meses, día arriba, día abajo; lo gracioso del caso es que me quedan unos ocho ó diez páginas para darle finiquito, de manera que igual cuando me levante de la silla, tras terminar de escribir esto, le echo el guante y le doy la puntilla. O no. Porque eso es lo que hay. Y también me comprometo a hacerles saber qué sucede al respecto.

En último extremo, y para que no piensen que esto que les ha contado es un relato de ficción (nada científica, por cierto), les aporto una prueba fehaciente y concluyente de mis asertos: ésa de arriba es la fotografía de los dos ejemplares en cuestión, esos dos especímenes que, afortunadamente, no me impiden emprender la lectura de otros libros (no tantos como quisiera, desde luego), pero que no me van a dejar descansar hasta que no les dé atea sepultura (lectora, claro está...).

¿Tienen ustedes “libros-tapón”...? Hagánmelo saber; igual hay ocasión para algún fructífero intercambio...

miércoles, 14 de febrero de 2007

A salto de mata XVI: el Estatuto andaluz


El próximo domingo –es decir, dentro de sólo cuatro días- se celebrará el referendum sobre el nuevo Estatuto de Autonomía de Andalucía. Un texto que, a diferencia de lo que suele ser pauta habitual de comportamiento (incluso para mí mismo: he de reconocer que sólo he hecho esto mismo en muy contadas ocasiones...), estoy leyendo, para poder pronunciarme sobre él con conocimiento (más o menos) de causa, sin tener que fiar mi decisión a lo que de él me cuente una clase política de cuya boca sale, sobre el particular (como sobre cualquier otro tema, a qué engañarnos...) poco más que una retahíla manida y hueca de tópicos, fórmulas y muletillas.

¿Y qué opinión podría extraer de esa parte, al menos, que hasta ahora llevo leída? Pues que se trata de un texto relativamente cuidado en su vertiente técnica; que ofrece algunos elementos doctrinales bastante novedosos (aunque, en ocasiones, demasiado ceñidos a los márgenes e imposiciones de la corrección política); y que, en una apreciación más “ciudadana”, se trata de un texto denso, prolijo y cuajado de magníficas proclamas acerca de lo que debería ser (no olvidemos que el Estatuto, como toda norma jurídica –que ésa, y no otra, al fin y al cabo, es su condición-, no pertenece al mundo del “ser”, sino al del “deber ser”...) la autonomía andaluza en el devenir de los próximos tiempos que muy difícilmente (por no decir, para ser más francos y realistas, que ni de coña...), teniendo en cuenta que nos movemos en los márgenes en que nos movemos (de fundamentos de sistema ecónomico, sobre todo), llegaremos a ver hechas realidad.

Eso, en cuanto al texto en sí. Que harina de otra costal sería la que habría que cernir para hacer referencia a la campaña electoral. Sí, sí, electoral, amigos lectores, no se trata de un lapsus linguae, y es que ya está bien de eufemismos y milongas para hacer referencia a las actitudes y actuaciones de nuestra clase política en determinados ámbitos: aquí y ahora, bajo el manto de una campaña de sensibilización, promoción y movilización de la ciudadanía para que participe en el referendum, lo que se ha montado es una campaña electoral en toda regla; o, quizá para ser más precisos, un episodio más de la sempiterna e ininterrumpida campaña electoral en la que viven enfrascados (y a la cual nos someten impíamente...) nuestros más altos próceres. Campaña que, más allá de su inmoralidad política manifiesta (que daría de sí para emborronar “cienes y cienes” de pantallas sobre el tema), no entiendo muy bien qué sentido tiene en el contexto de la materia que estamos tratando.

Para que la ciudadanía se pronunciara acerca de su conformidad, o no, con un texto legal determinado, por muy importante y/o fundamental que pueda ser (y un Estatuto de Autonomía, indudablemente, lo es), debería bastar y sobrar con el conocimiento directo y sin intermediarios, integral y despojado de cualquier aditamento, del puro y duro texto. Eso sí, en caso de alguna duda puntual sobre el mismo –que puede resultar bastante lógica y razonable-, se ha de disponer de un sistema de consulta y aclaración. Y punto.

Es que el texto es demasiado extenso y complejo, dirán algunos. Es que el entendimiento de su pleno y recto sentido no está al alcance del ciudadano común, dirán otros. Y puede, amigos lectores, que no les falte razón ni a unos ni a otros. Pero, entonces, qué quieren que les diga, hay algo que falla, y falla gravemente. Y ese imperio de la ley, que debe figurar en el frontispicio no sólo formal, sino material, de cualquier proclamación de un Estado como Estado de derecho, hace aguas por todas partes. Porque una ley cuyo entendimiento no está al alcance de todo ciudadano que se ha de regir por la misma (no olvidemos que, conforme proclama una norma básica de todo ordenamiento jurídico, su ignorancia no exime de su cumplimiento) no es ley moralmente válida. Hay que hacer la ley accesible desde los dos polos de la relación: elevando el nivel cultural de la ciudadanía a la que va dirigida (en lo tocante al receptor) y simplificando y depurando el lenguaje legal para hacerlo inteligible –actualmente, desde luego, no lo es- al común de los mortales (que es lo que corresponde al emisor). No son cuestiones simples ni baladíes: ahí sí que hay una auténtica revolución pendiente, y de las que no requieren derramamientos de sangre para llevarlas a cabo; pero no crean que por ello resultará rápida ni sencilla. Seguiremos hablando de ese tema en otra ocasión....

lunes, 12 de febrero de 2007

Metablog IX: escozores políticos


Que en un universo tan exageradamente amplio como este del “bloguerío” haya cabida temática para todo (y cuando digo todo, no estoy haciendo un ejercicio hiperbólico de ésos que tanto suelen achacarnos a las gentes del sur, sino el mero reconocimiento de un hecho evidente sin mayor esfuerzo que el de una rápida pasadita, vía el buscador que más nos plazca), implica que, como cualquier otro, el mundo de la política tiene una amplísima cabida dentro de él. No soy frecuentador del género –al menos, hasta la fecha-, pero me consta que el número de blogs sobre política, así como su influencia y repercusión, crece día y día de manera incesante. También crece (o, al menos, así se nos suele transmitir desde los medios convencionales) su polarización o radicalización: fenómeno que no hace más que recoger una tendencia que –mucho me temo- termina invadiendo siempre el campo de lo político, un terreno en el que el análisis frío, distante y equilibrado de sus avatares no suele ser moneda común,

Y no crean que se trata de lo de siempre, de aquello de ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio. Mi blog no es un blog político, a la vista salta: nunca fue ésa su vocación, y bien podría asegurar que es poco probable que lo sea en un futuro próximo (aun cuando, y tirando nuevamente de refranero, nunca sea muy conveniente hablar de las aguas de las que uno beberá o dejará de beber...). Pero entre sus (más o menos) variados contenidos, hay un espacio relativamente frecuente para el comentario de corte político. Y, dentro de él, aunque procuro aplicar mesura, tranquilidad y unas mínimas dosis de sentido común, he de reconocer que no siempre consigo trabar una salsa cuyo sabor no me parezca excesivamente picante o un pelín ácido. O hablando en plata: que este humilde escribiente también tiende a agarrarse unos calentones considerables cuando se lanza al ruedo de la política de todos los días. ¿Conclusiones? Bien carezco de esa templanza cuyas excelencias pregono, y de la cual bien quisiera poder hacer gala de forma habitual, sin conseguirlo; o bien es que la cosa es harto complicada. Y, en la duda, me abstendré de decantarme por una u otra.

jueves, 8 de febrero de 2007

CRIMEN PERFECTO (DIAL M FOR MURDER; U.S.A., 1954)



SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Tony Wendice, tenista retirado y bon-vivant vocacional, gasta una vida de molicie y opulencia a la sombra (y amparo monetario) de la bien nutrida fortuna de su esposa Margot, a la que, pese a su belleza y bondad, desdeña en lo más profundo de su corazón. Mientras tanto, ésta mantiene una vieja amistad con Mark Holliday, escritor norteamericano autor de novelas de intriga, que está perdida y rendidamente enamorado de ella. Temeroso de que esa regalada existencia pueda ser puesta en peligro por la eventualidad de un romance tan poco propicio para sus intereses, Tony urdirá un siniestro y maquiavélico plan, que se presume perfecto y, además, despejará de cualquier sombra de duda un regalado futuro. Pero las cosas, cómo no, se terminarán torciendo...


RESEÑA CRÍTICA.-

Es invierno, tiempo de fríos y recogimientos, al calor de la lumbre. Juguemos, pues... Hoy les propondré un juego curioso. Requiere algo de tiempo (haremos un pase doble de la misma película), pero les puedo asegurar que no lo considerarán malgastado, porque merece la pena. Consigan una copia en cualquier soporte (vídeo, DVD) de Crimen perfecto, y procedan a su reproducción sin imagen, de forma que sólo puedan escuchar su banda sonora: comprobarán cómo a través, exclusivamente, de la audición de los diálogos, consiguen captar la historia íntegramente, incluso en sus detalles más nimios –cual si se tratara de una radionovela-, tal es la prolijidad con la que el texto explica los entresijos de la trama. A continuación, inviertan la situación y, eliminando el sonido del aparato reproductor, procedan al visionado del film centrándose únicamente en la imagen: los rostros de los personajes, la coreografía de sus movimientos (y los de la cámara que los acompaña) nos dan una idea bastante aproximada de en qué consiste la historia (es posible que se nos escape algún detalle, algún aspecto secundario, no más). ¿Tremendo, no? Porque, para mayor regocijo, la visión “convencional” (por decirlo de alguna manera) de la película nos muestra cómo imagen y sonido van, lógicamente, perfectamente engarzados y acoplados. ¿Es la cuadratura del círculo? No, amigos, es... Alfred Hitchcock.

El mago Hitch nos regala, en este Crimen perfecto (objeto de una reciente revisitación a cargo de Andrew Davis: película honesta y entretenida, pero que poco tiene que ver, salvo en las concordancias de la trama, con su predecesora), la enésima muestra de su descomunal talento, de su capacidad para hacer del cine una experiencia gozosa, de ésas a las que te acercas con el espíritu de un niño, siempre a la espera de un nuevo truco, de otra vuelta de tuerca, del último conejo que ha de salir de la chistera.

Un triángulo “invertido” (aquí, al contrario de lo que es situación típica en este tipo de tramas, no es uno de los amantes –si es que cabe hablar de tales: más bien aspirantes, o candidatos...- el que pretende acabar con uno de los cónyuges, sino que es el marido el que desea eliminar a su esposa), que despliega su juego alrededor de un planteamiento de acción altamente sofisticado (con ínfulas de perfección), es el que teje toda la historia, un puzzle en el que todas las piezas encajan con precisión milimétrica, incluso aquellas gracias a las cuales se desmorona esa perfección buscada, que son precisamente las que nos dan la moraleja definitiva: por más aguda y sutil que sea la inteligencia que urde el plan, no deja de ser humana, y, como tal, falible, con lo cual siempe quedará algún cabo suelto del que, tirando, tirando, consigamos llegar hasta la restitución de la justicia agraviada.

También resulta extraordinario el dibujo de los personajes, especialmente el de los tres protagonistas: el marido, esa suerte de Maquiavelo con aires de gentleman, cuya frialdad siempre guarda el punto justo de ironía –su reacción final es, a ese respecto, de auténtica antología, resumiendo la esencia de su personalidad con un gesto y una frase- y al que da vida excelentemente un muy acertado Ray Milland; el novelista americano, pureza frente a perfidia (Hitchcock, pese a ser un gran entendedor de los recovecos de la condición humana, siempre tiene muy claro que hay buenos y malos...), dando réplica a un adversario al que sirve de contraste y piedra de toque, permitiendo confrontar ficciones y realidades; y la esposa, la rica y dulce Margot Wendice, a la que el rostro de una extraordinariamente bella Grace Kelly –nadie como Hitch sabía exprimir tan a fondo unas dotes interpretativas, que, sin ser desdeñables, no estaban, desde luego, a la altura de su belleza-, presta una sustancia poco menos que ideal.

En fin, ¿en qué más nos podríamos explayar? Deshacerse en elogios y parabienes ante la inmensa mayoría de las películas de Hitchcock ni es nuevo, ni debe provocar la más mínima sorpresa en nadie. Es la consecuencia lógica de la constatación ante sus películas –no importa cuántas veces se hayan visto con anterioridad- de cuán sobrado estaba de recursos para para ponerlas en pie, y erigir con ellas monumentos de homenaje al séptimo arte. Algo que ni el más acérrimo de sus detractores podría cuestionar, ni aun ante las que, como Crimen perfecto, no ocupan un lugar estelar en el podio de su particular ranking clasificatorio.

martes, 6 de febrero de 2007

Micro VIII: radicalidades


Nunca me gustaron las líneas divisorias tajantes, las fronteras inamovibles. Y siguen sin gustarme. No sé si llegarán a gustarme algún día, espero que no. Tampoco soporto que alguien exija, ni de mí ni de nadie, posicionamientos radicales, adhesiones inquebrantables o enfrentamientos frontales, así, sin matices. O conmigo, o contra mí; o con lo mío, o contra lo mío. Yo no lo hago, y no me gusta que nadie lo haga; es más, pienso que nadie debería hacerlo. Pero hay quien lo hace: si no te manifiestas contra los terroristas, es que eres uno de ellos; si no condenas los atentados, es que estás de acuerdo con ellos. No es eso, no es eso. Me he manifestado en más de una ocasión, junto a decenas, cientos, miles de personas, en contra o a favor de determinadas causas. Jamás se me ocurrió pensar (y, menos aún, reprochárselo) que quien allí no estaba, manifestándose conmigo, estaba a favor de aquello contra lo que me manifestaba, o en contra de aquello que yo estaba apoyando; por supuesto, hubiera preferido que hubiera estado allí, conmigo, compartiendo mis convicciones y mis posturas, pero eso no se puede exigir. Jamás. ¿Por qué hay quien sí exige posicionamientos expresos, tomas de postura públicas? Respeto. Un poquito de respeto. Sólo eso.

jueves, 1 de febrero de 2007

EL CEBO (ES GESCHAH EM HELLICHTEN TAG; ESPAÑA-SUIZA, 1958)



SINOPSIS ARGUMENTAL .-

En las afueras de un pequeño pueblo suizo de montaña, un vagabundo encuentra el cadáver horriblemente descuartizado de una niña. Pese a que las sospechas iniciales de la policía recaen sobre el vagabundo, el comisario Matthëi, basándose en su intuición y relacionando el caso con episodios similares acaecidos en zonas cercanas, piensa que el verdadero culpable es otro hombre. Tal es la fuerza de sus convicciones que, renunciando a sus compromisos laborales en un país lejano – y que iban a constituir su “retiro dorado”-, desiste de tomar posesión de su nuevo puesto como asesor de seguridad en Jordania, y permanece en Suiza, para, haciéndose pasar por empleado de una gasolinera, y utilizando a una niña (la hija de la asistenta a la que contrata) como cebo, intentar confirmar sus intuiciones.

RESEÑA CRÍTICA.-

Lo breve, si bueno, dos veces bueno: así reza, al menos, el refrán que ensalza la concisión como valor positivo aplicable, especialmente, a toda obra artística. Sometido a la ley de dicho axioma, El cebo da la talla plenamente, y nos ofrece una muestra clara de concisión, comprimiendo una historia densa, aunque no excesivamente compleja, en poco menos de noventa minutos, y lo hace sin merma alguno de su potencial narrativo –bastante estimable, por cierto-.

Se trata, por otro lado, de una película curiosa, tremendamente llamativa, sobre todo por lo que se refiere a su atmósfera visual. Sin ánimo de establecer comparaciones, no siempre deseables, hay elementos (la música; el influjo femenino, en lo más profundo de la psique, sobre el actuar criminal) que nos traen reminiscencias evidentes de la que quizá pasa por ser el clásico entre clásicos del cine de suspense criminal, Psicosis, de Hitchcock; pero no podemos olvidar que hay un detalle básico, y es el temporal: El cebo es una película anterior, en dos años, a la celebérrima película del maestro. ¿Conocía éste el film de Vajda, lo había visto? No cabe descartarlo, visto lo visto.

En cualquier caso, tampoco habría por qué darlo por sentado, dado que no hemos de perder de vista que los elementos temáticos del film de Vajda pertenecen al estándar del género de suspense, en su vertiente criminal, sin que hallemos, en ese aspecto, grandes originalidades. El policía honesto y obcecado que, ante la alternativa gloria/justicia, opta por la segunda, aun en detrimento de sus pingües expectativas de todo género; el psicópata compulsivo que obra empujado por su circunstancia mental, casi tan víctima como esas niñas que caen en sus manos; el indigente, cabeza de turco sobre el que se centran las pirmeras sospechas, desviando, con ello, la atención del culpable real... Son, todos ellos, elementos vistos una y mil veces en los grandes clásicos hollywoodienses de las décadas anteriores, de los que Vajda bebe con fruición, y que en esta coproducción hispano-suiza son respetados fielmente, muy bien asimilados en el relato de Friedrich Dürrenmatt en que se basa el guión.

Como ya apuntaba al principio, es el elemento visual el más destacado, con diferencia, de la película, dado que consigue crear una atmósfera intensa y fuertemente inquietante. La fotografía en blanco y negro, plasmando esos fastuosos paisajes suizos de montaña y esos frondosos bosques –en los que suele operar nuestro particular monstruo-, con una luminosidad muy marcada y fuertes contrastes de tono, es un punto tremendamente acertado, y dota a la película de su mayor fuente de atractivo.

Y junto a ese elemento, otro aspecto muy digno de resaltar es el del trabajo de los dos protagonistas principales: el policía, ese comisario Matthëi, al que encarna Heinz Rühmann, cuyo perfil físico y tono interpretativo nos recuerdan, de manera inequívoca y fortísima, al Paul Henreid de Casablanca –salvando, claro está, las lógicas distancias-; y el psicópata, un acertadísimo Gert Fröbe, que, tanto por la rotundidad de su físico (ese mismo que exhibiría posteriormente en multitud de películas de la serie del Dr. Mabuse, y que alcanzaría resonancias míticas encarnando a uno de los malos bondianos por antonomasia, Goldfinger) como por su expresividad facial, daba el perfil idóneo para cubrir las exigencias del papel.

En definitiva, nos encontramos ante una película de más que correcta factura, demostrativa de la eficacia y buen hacer de ese artesano “todo-terreno” que fue Vajda (echar un vistazo a su filmografía genera auténtico vértigo, por su diversidad), tan capaz de afrontar un thriller oscuro, con trazas de film de culto, como un pseudo-documental toreril. Cámara, acción, ¿algo más ....?
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