miércoles, 31 de enero de 2007

A salto de mata XV: Second life


Sé que puede resultar chocante por contradictorio. Soy un tecnófilo convicto y confeso, y me considero persona enormemente atraída, hasta un punto rayano en la adicción, por todo aquello que se menea en la Red, ya sean foros, blogs, webs o cualquier otro invento similar, de los que soy partícipe y usuario contumaz y entusiasta. Pero, qué quieren que les diga, ese invento del Second Life, del que tanto y tanto se habla y se escribe (el último señuelo, supongo; el penúltimo, para ser más exactos: siempre es el penúltimo...) me es absolutamente indiferente, no me atrae lo más mínimo. Como decía aquel, así son las cosas y así se las cuento.

No tengo ningún interés en poseer una amplia parcela en sus vastos territorios; ni en contar con un hermoso y exótico avatar, con el que desarrollar maravillosas aventuras, al lado de seres y personajes tan hermosos y exóticos como yo. Aventuras en las que, supongo -en la medida en que es uno el que decide lo que vale y lo que no vale, lo que admite y lo que no admite...-, cabe la posibilidad de excluir todo aquello con lo que uno no quiere contar. O sea, absolutamente placenteras. Pero absolutamente predecibles. O sea, un aburrimiento. Y un camelo.

Llamar a eso “life”, aunque sea en un plano metafórico, ya me parece, mas allá de lo que me pueda atraer o no, una auténtica tomadura de pelo. Porque la “life”, amigos lectores, mal que nos pese, y aunque tal circunstancia sea más alimento de disgustos que pasto de satisfacciones, si por algo se caracteriza es por su imprevisibilidad; por la posibilidad, tan angustiosa como maravillosa (o desastrosa), de que, en cualquier momento, suceda aquello con lo que no somos capaces de contar. A algo que no funciona bajo esas premisas le podemos llamar de muchas maneras, pero no “life”; ni de coña, vaya.

Tampoco se trata de que mi vida “real”, la “first life” -puestos a llamarla de alguna manera...-, me resulte tan tremebundamente satisfactoria como para que cualquier sueño fantasioso atinente a otras órbitas u otras perspectivas no me pueda plantear ofertas muy, muy seductoras: en definitiva, la mía no deja de ser la vida estándar de un ciudadanito occidentalito estándar, con sus cuitas y tareas estándar, en un entorno estándar (según apuntan todos los indicios, el prototipo de manual del consumidor/usuario/practicante del susodicho jueguecito). Vaya, todo absolutamente estándar, nada glamouroso y alejado de cualquier excepcionalidad que tenga algo que ver con la aventura o el despendole. Pero, a qué engañarme, soy razonablemente feliz y, desde luego, si pongo en una balanza los pros y las contras que mi vida me ofrece en su desarrollo cotidiano, el fiel se inclina tan abrumadoramente del lado de los pros que se hace ocioso el planteamiento de entregarse a la práctica desmelenada (de muy dudosa capacidad de entretenimiento, por otra parte, en lo que se refiere a la parte estrictamente lúdica del invento) del jueguecito de marras.

Por supuesto, tanto un argumento como el otro son válidos para mi caso concreto, y no pretendo hacer de los mismos (especialmente del segundo; el primero, en tanto en cuanto se trata –creo- de la constatación de una evidencia, sí podría ser aplicable genéricamente) categoría universal, válida para todo quisque. Al fin y al cabo, no tengo ningún juicio moral acerca de este invento, que, desde ese punto de vista, me parece absolutamente neutro. Y, por supuesto, me parece fenomenal que aquel que con él disfrute, le dedique su tiempo y entusiasmo sin más límite ni tasa que las que su propia voluntad le marque. Faltaría más: mera cuestión de reciprocidad...

Y porque, al fin y a la postre, las constataciones anteriores, tanto la una como la otra, y como es habitual en estos casos, no suponen más que un ejercicio de justificación a posteriori, resultado de un proceso de racionalización un tanto forzado, para intentar explicar algo mucho más sencillo que todo eso: que no me llama la atención el Second Life, cojones, que paso de él. Porque, ay, amigos lectores, cuán distinto sería el gallo cantor (y qué cosas cantaría) en el supuesto contrario....

domingo, 28 de enero de 2007

Micro VII: músicas pop(ulare)s


Es poco habitual que escuche emisoras de radio exclusivamente musicales; en las raras ocasiones en que lo hago, y especialmente si se trata de radio-fórmulas dedicadas a la música de actualidad, siempre termino pensando, dado lo enormemente repetido y gastado que me suena todo, a pesar de que se emita como “material novedoso” (tema distinto sería el de la explotación ad nauseam, vía continuas reediciones, del material que no lo es; pero de eso ya hablaremos otro día....), que hay algo que no termina de funcionar demasiado bien. Y se me ocurre, ya puestos a desbarrar, que tendría que existir una suerte de autoridad universal en la materia que declarara ya compuestos todos los temas musicales, de forma que, a partir de ese punto, cualquier pieza que se grabe se considere una versión. Todo seguiría sonando enormemente repetido y gastado, pero, al menos, no se nos daría gato por liebre; también me consta que, desde el punto de vista del lenguaje musical y las leyes combinatorias, es una pretensión bastante absurda, pero hagan la prueba ustedes mismos, háganla deteniéndose un poquito a reflexionar sobre ese planteamiento, y ya me dirán después.

jueves, 25 de enero de 2007

NO SOMOS NADIE (ESPAÑA, 2002)


Secuencia final de Tesis, ¿recuerdan? Travelling a lo largo de un pasillo hospitalario desde el que se puede observar cómo, en el interior de todas las habitaciones, los internos se extasian, henchidos del más malsano de los morbos, con imágenes espantosas de cuerpos mutilados provenientes de los numerosos aparatos de TV que, en ese momento, se encuentran encendidos. Éste podría ser un arranque bastante propio para la ópera prima de Jordi Mollà, que parte, precisamente, de allá donde Amenábar nos dejaba un planteamiento, más o menos, esbozado.

Una ópera prima, por lo demás, ambiciosa, tanto en su discurso como en sus formas, y, en ese aspecto, muy reveladora del talante personal de su autor, un Jordi Mollà al que, sin embargo, se le termina yendo de las manos, posiblemente a causa de esa misma dispersión, o exceso, que ha venido poniendo de relieve con su condición de artista polifacético (escritor, pintor, actor y, ahora, tras un par de sonados éxitos en el campo del cortometraje, director cinematográfico).

Mollà nos quiere ofrecer una parábola profunda y, para ello, dibuja, por un lado, un mundo apocalíptico, en el que el influjo de la televisión deriva de su descenso a unas cotas de barbarie visual y de contenidos apabullantes, y, por otro, diseña un personaje complejo y tortuoso, al que, ni corto ni perezoso, encarna, cual auténtico Juan Palomo, él mismo.

El mundo apocalíptico de la televisión se nos ofrece a través de un derroche de artificios de imagen realmente intenso, efectista y espectacular, pero, probablemente, desmedido: ¿es necesario un despliegue tan brutal y tan sin tregua? Y no es una cuestión de si determinadas imágenes resultan, o no, excesivamente crudas (ésa parece ser la enésima polémica interesada en pro de una publicidad gratuita, vía escándalo infundado, que parece marcar el signo de los últimos tiempos...), sino de que son demasiados impactos, demasiado rápidos, y toda retina, hasta la más entrenada, tiene sus límites, incluso fisiológicos.

Por otro lado, también resulta interesante apuntar cómo se puede apreciar una influencia inequívoca, en múltiples elementos (y no sólo visuales), de una película como El día de la bestia, la fantasía cómico-satánica (otra alegoría del mal, si bien vista desde el lado de la otra barrera; amén de, en mi modesta opinión, una de las mejores películas españolas de los últimos veinte años...) que urdiera, en 1995, el simpar Alex de la Iglesia: desde buena parte de sus personajes secundarios (el Bigardo al que da vida Daniel Giménez Cacho nos recuerda enormemente al Cavan televisivo de Armando de Razza; o los personajes de la madre y el abuelo, también muy en sintonía con sus “predecesores”) hasta aspectos como la iluminación y la fotografía; algo que, en cualquier caso, denota que el novel Mollà sabe también perfectamente cuales son las mejores fuentes en las que, puestos a buscar norte e inspiración, se puede abrevar...

Hasta aquí, a grandes rasgos, lo que nos ofrece la faceta visual, o formal. Abordemos, pues, el segundo pilar de la historia, ese Salva muy alejado del perfil de predicador al uso (con precedentes ilustres, muy especialmente en el cine estadounidense, como el reverendo Harry Powell, interpretado magistral y estremecedoramente por Robert Mitchum en el clásico de Charles Laughton The night of the hunter (U.S.A., 1955), o, mucho más cercano en el tiempo, el Frank T.J. Mackey al que da vida Tom Cruise en Magnolia (U.S.A., 1999), de Paul T. Anderson), y que parece tomar como referente más inmediato (aun con todos los matices habidos y por haber...) el del personaje de G, encarnado por Eddie Murphy en el más bien mediocre film de Stephen Herek, Holy man (U.S.A., 1998).

En el diseño del personaje, sobre el cual Mollà hace, todo hay que decirlo, un trabajo interpretativo bastante desigual (mucho más atinado en su vertiente cómica, donde un acertado trabajo de declamación logra un efecto muy gracioso, que en la dramática, quizá aquejada de una fuerte sobredosis de pretenciosidad trascendente), demuestra el director que sus ideas están mucho más claras en lo que se refiere al mensaje de fondo que en lo relativo a la historia a través de la que lo pretende articular: Mollà se sumerge en un océano de dudas, nunca termina de concretar qué perfil quiere dar al personaje (o, posiblemente, con un cierto punto de arrogancia, pretende darle demasiados perfiles, todos diferentes...) y cuando esto sucede con un elemento que, en última instancia, es piedra angular de la historia, el tenderete se termina viniendo abajo y te deja con las vergüenzas al desnudo: mensaje potente en envoltorio espectacular, pero poca claridad para contarlo.

Como colofón, y sin ánimo de otorgar indulgencias no solicitadas, tendría que resaltar que, a la hora de hacer valoraciones globales, no podemos olvidar que, por muy conocido que sea su autor en otras facetas conexas, y el cierto prestigio que haya podido alcanzar en las mismas, éste no deja de ser su debut tras las cámaras, y habría que concederle, como a cualquier otro, un margen de confianza, basado, además de en algunos apuntes interesantes (que los hay), en unas más que evidentes expectativas de mejora –dado el amplio margen que hay para ello, vistos, además del ya apuntado como más resaltable, otros deslices, como el del exceso de tremendismo resolutivo del final (sin comentarios... aunque, visto lo visto a lo largo del metraje previo, era previsible que Mollà se decantara, dentro de las opciones posibles coherentes con el desarrollo de la trama, por la más fuerte), o la falta de definición de la inmensa mayoría de los personajes secundarios, muy desdibujados-.

No quisiera terminar sin un toque de atención un pelín malintencionado: ya es mala suerte para Mollà que el estreno comercial de su película –por cierto, profusa y excelentemente promocionada- haya venido a coincidir en el tiempo con el momento álgido de opciones televisivas totalmente antitéticas a las reflejadas en su película, lo cual viene a desmentir rotundamente sus tesis (nada más alejado de su hecatombe de violencia visual como horizonte de próximo futuro para la TV que el empacho de “edulcorante cantabile” que nos invade...). Aunque, quién sabe, quizá la auténtica pesadilla, horrible y apocalíptica –al menos, para algunos, entre los que me incluyo-, sea ésta, la de la cruda (y cantora) realidad, que, por enésima vez, y como siempre, termina superando a la ficción... Europe’s living –Francia, Holanda, Kosovo, Chechenia: tachín, tachán- qué...?


NOTA: Ésta es la reproducción literal de la crítica publicada en su día (23 de mayo de 2002) en www.canalcine.net. Tras su relectura, he pensado que, pese a las inequívocas referencias temporales, mejor no tocallo...

miércoles, 24 de enero de 2007

Micro VI: paradojas hollywoodienses







Hace ya algunos años que los Oscar de Hollywood –tanto en lo que atañe a sus nominaciones como a su concesiones- me vienen sorprendiendo con algunas paradojas, o pautas erráticas, acerca de las cuales nunca terminaré de tener claro si obedecen al amplísimo grado de libertad de que gozan los integrantes de la Academia para adoptar sus decisiones, o a la más pura y dura casualidad.

En el caso de las nominaciones del presente año, dadas a conocer ayer mismo a todo el universo mundo, el hecho que más me sorprende es el de que, en un mundillo que sacraliza de manera evidente la máxima exigencia de juventud –además, de forma vejatoriamente discriminatoria: a las mujeres, mucho más aún que a los hombres...-, el elenco de intérpretes nominadas al premio a mejor actriz protagonista incluya en su quinteto a nada menos que tres señoras de edad bastante respetable. La suma de las edades de Meryl Streep, Helen Mirren y Judi Dench –que, por otro lado, parten con las mayores posibilidades de llevarse al morral la tan deseada estatuilla del tío calvo...- nos ofrece la nada desdeñable cifra de 191 años.

No tengo nada que objetar al tal circunstancia; más bien al contrario, me parece fantástica la nominación de las tres, porque creo que acumulan talento, belleza y glamour (además de un palmarés, en los tres casos, verdaderamente apabullante) más que sobrados para poder optar a tal galardón, y a cualquier otro que se les pueda poner a tiro. Pero, insisto, no deja de sorprenderme. Y mucho. En fin, paradojas....

martes, 23 de enero de 2007

Las que no he visto 0: una aclaración


Interior noche. 19’30 horas. En el coche con Elvira, escuchando un programa local de radio, en el que el encargado de la sección de cine, Javier Ortega (saludos, compañero...), desgrana sus comentarios acerca de diversas películas actualmente en cartelera. En un momento dado, Elvira me advierte de un detalle curioso: de las cuatro películas de las que ha hablado, con su buen criterio y tono habituales, tres no las ha visto. ¿Y...? Bien, existe un cierto prejuicio moral (del cual siempre he sido partícipe; hasta ahora, claro...) entre algunos comentaristas cinematográficos, en virtud del cual no se habla de aquello que no se conoce; es decir, no se comenta una película que no se ha visto. ¿Y por qué...? Pues eso, ¿por qué...? Y se me enciende la bombilla.

Y así nace esta nueva sección de este humilde blog: con el propósito, confesado (no sé si confesable: eso lo deciden ustedes, amigos lectores...), de hablar de aquellas películas que no he visto –algo que supone, y me garantiza, un ingente volumen de “material de trabajo”: son miles y miles...-, y que, por uno u otro motivo, quiero ver; lo cual, ya les puedo adelantar, no supone la existencia del más mínimo criterio de filtro o selección: al fin y al cabo, es lo que tiene esto de la cinefagia, uno pretende ver TODAS las películas, sin excepción alguna.
Ése será el objeto; otras cuestiones serán las del enfoque y el contenido, que espero resolver de manera que lo que termine apareciendo en sus pantallas llegue a despertar su interés: se trabajará en ello, tengan la completa seguridad (y sin poner las pezuñas en lo alto de la mesa...), desde la premisa de que, obviando esos resabios morales a que aludía en el párrafo anterior, sí hay muchos apuntes interesantes que hacer acerca de cualquier película sin necesidad de haberla visto; y es que, en definitiva, una película siempre es más, mucho más que el pedazo de celuloide que se termina proyectando sobre la pantalla, y será alrededor de ese “mucho más” donde andaré merodeando a la búsqueda de mis comentarios.

De los vuelos y alcances de esta nueva “línea de producto”, sólo su devenir en el tiempo podrá dar rendida cuenta. Ya es un buen comienzo que los derechos de autor del germen de la idea original no me hayan supuesto coste alguno (gracias, Elvira, por la cesión gratuita: todo un detalle...). En todo caso, espero, amigos lectores, que la disfruten. Va por ustedes...

lunes, 22 de enero de 2007

Metablog VIII: material propio, material ajeno


Me consta que una de las críticas más habituales a determinados blogs (algunos de ellos, incluso, bastante exitosos, en términos de número de visitantes) es la que atañe a su escasa creatividad, habida cuenta de su recurso habitual (a veces, prácticamente exclusivo) a “material ajeno”: referencias a artículos y/o reseñas de otras webs y/o blogs (a veces mediante un enlace; en otras ocasiones, mediante el más inclemente y expeditivo mecanismo del “corta-pega”), vídeos del YouTube y otros productos de similar tenor.

No negaré que la proliferación de ese fenómeno, constatable como tal de manera objetiva (basta un rápido paseo por los blogs “punteros” para cerciorarse de ello), puede dotar de bastante fundamento a la crítica antes apuntada, más allá de lo que se pueda compartir (o no) la misma. Y que, en algunos casos, prácticas de ese tenor no dejan de ser un ejercicio bastante cómodo para mantener un blog sin tener que exprimir mucho las neuronas en el desarrollo de tareas más creativas; también resulta evidente que, si algún día, todos, o una inmensa mayoría, optamos por la misma pauta de actuación, terminaremos dejando a los medios convencionales convertidos en el único suministro informativo de base, y este invento del “bloguerío” perderá cualquier atisbo de interés. Pero las cosas son como son, y están como están.

En mi caso, procuro no abusar del mecanismo; más bien al contrario, soy poco dado a la utilización de material ajeno (excepto en lo que se refiere al contenido gráfico, por obvias razones de disponibilidad que a nadie se escapan). Pero tampoco tengo nada que reprochar a aquellos que sí hacen un uso generoso (nunca mejor utilizada la expresión, sobre todo en lo que atañe a los “cedentes” del material...) de esta pauta de actuación, en la medida en que también cumplen el muy interesante papel de hacer saber, a todo aquel que accede a su plataforma de expresión, la existencia de unos contenidos que, muy probablemente, de otra manera no se hubieran llegado a conocer, dándoles mayor difusión de la que por sí mismos hubieran podido alcanzar. Y ese rol de correa o plataforma de transmisión, cuando los criterios de selección son serios y solventes, también es muy importante, además de constituir, en ciertas ocasiones, un ejercicio de modestia (la que implica el reconocimiento de que alguien ha confeccionado un texto mejor del que tú mismo hubieras podido pergeñar sobre el mismo tema) que ya nos valdría a algunos en más de una oportunidad.

En consecuencia, más allá de casos puntuales de “sobredosis morral”, nada tengo que objetar ni reprochar a quienes basan su blog en materiales ajenos: si resultan de mi interés, aleluya, aleluya (y cada uno con la suya.... o con la que no es suya, tanto da).

jueves, 18 de enero de 2007

Y LLEGÓ EL DÍA DE LA VENGANZA (BEHOLD A PALE HORSE; U.S.A., 1964)


* Crítica de 'Y llegó el día de la venganza' ('Behold a pale horse; U.S.A., 1964), de Fred Zinnemann, con Gregory Peck, Anthony Quinn y Omar Shariff.-


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Manuel Artíguez (Gregory Peck), luchador en la Guerra Civil española en el bando republicano, vive exiliado en Francia, cerca de la frontera, desde donde, en su momento, hizo frecuentes incursiones a España, para realizar acciones de lucha armada contra la dictadura franquista. Estas han sido el blanco de las iras del capitán Viñolas (Anthony Quinn), cuya única obsesión es darle caza y vengarse, de esa forma, de los constantes agravios que su incapacidad para capturarlo, le reportan. La gravísima enfermedad (y posterior muerte) de la madre de Artíguez, servirán para que, pese a haber abandonado sus acciones de resistencia contra la dictadura, retorne una vez más a España, donde será blanco de una estratagema urdida por Viñolas para acabar con él; trama en la que tendrá una intervención esencial la figura del padre Francisco (Omar Shariff), que se debate entre las presiones de una Iglesia convertida en un poder fáctico vendido al régimen dictatorial, y sus convicciones morales, que le empujan a situarse del lado de los luchadores antifranquistas. Un cóctel explosivo que desembocará en un drama anunciado...



RESEÑA CRÍTICA.-

Que en la filmografía de un director como Fred Zinnemann (en la que figuran títulos tan legendarios como Solo ante el peligro, De aquí a la eternidad o Julia, por citar sólo los que resultan, quizá, más señeros) aparezcan, también, películas como esta Y llegó el día de la venganza (Behold a pale horse, 1964) –indudablemente, una obra menor-, no hace más que confirmar la regla de la absoluta imposibilidad –en base a muy diversos factores: físicos, técnicos, anímicos, económicos...- de que un autor mantenga un nivel homogéneo de calidad cuando su carrera ha sido, como en el caso de Zinnemann, bastante prolífica.

Pero también nos confirma otra regla de cumplimiento sobradamente acreditado, que es la que nos indica que, incluso en esas obras que solemos calificar como menores, siempre asoman destellos de calidad y rasgos del genio creativo en los que se ponen de manifiesto los talentos del autor. Y así sucede en ésta que ahora nos ocupa, en la cual encontramos elementos que merecen (y muy mucho) la pena disfrutar.

En primer lugar, las interpretaciones de sus tres protagonistas, un auténtico trío de ases –Gregory Peck, Anthony Quinn y Omar Shariff- en momentos particularmente dulces de sus carreras, y que despliegan sus dotes al máximo nivel, bien exprimidos por un director que los explota a fondo con primeros planos largos y sostenidos de una profundidad introspectiva (y su consecuente intensidad dramática) muy fuerte. Un verdadero derroche de facultades actorales, que se constituye en uno de los puntos álgidos del film.

Otros elementos destacables son el ritmo narrativo, muy bien pausado; o la fotografía, en un blanco y negro “sucio” que imprime a la imagen una turbiedad muy apropiada al toque realista que se pretende transmitir; o algunas secuencias puntuales, de una brillantez tanto formal como de contenido realmente encomiable: la de la pelota que se aleja botando calle abajo, observada por Artíguez (G. Peck), que ve en ella (y nosotros junto a él) la alegoría de un destino inexorable, el suyo propio; o la de la conversación telefónica entre el capitán Viñolas (A. Quinn) y su esposa postrada en el lecho de enfermedad, en la que la contraposición de los tonos de ambos (entre hastiado y culpable, el de él; de abnegada resignación, el de ella), junto al juego de planos y contraplanos, con la presencia interpuesta de la amante socarrona y exigente, ofrece una composición memorable. Son, en definitiva, y como ya comenzaba apuntando, destellos de gran cine y notas muy brillantes en una partitura cuyo tono general no es tan elevado.

No obstante, donde la película falla, y lo hace de forma ostensible, es en la elección de su caracterización histórica. Obviamente, el cine de connotaciones históricas, bien sea por recreación (cine histórico, propiamente dicho) o por ambientación (cine de otro género, pero con un fuerte peso de componentes históricos; lo que comúnmente se dio en llamar, hace tiempo, “cine de época”), en tanto se trata de cine de ficción, no documental, dispone siempre de la posibilidad de jugar con “licencias narrativas” tan audaces como se pretendan, en función del nivel de infidelidad a la verdad histórica que el autor esté dispuesto a asumir. Dado que no estamos ante un film estrictamente histórico (su trama no está basada en hechos reales, sino que es ficticia), pero sí de los que indicábamos como de ambientación histórica, es importante el grado de credibilidad, o adecuación, de esta ambientación. Y el retrato que del contexto histórico (la posguerra española, con su dictadura interior y su exilio exterior) se hace peca de un excesivo pintoresquismo folklórico, que denota una escasa profundización en el conocimiento de ese mundo que se pretende que sirva de marco de referencia para el desarrollo de la acción, con una excesiva atención a determinados clichés y prejuicios más cercanos a los tópicos hemingwayianos sobre la España de la época que a una visión realista y ajustada de la misma. Esa actitud despótica del capitán Viñolas, guardia civil caballista y toreador con querindonga (y olé....), en la más rancia tradición del macho ibérico; ese estoicismo casi místico del refugiado Artíguez, héroe íntegro y sin fisuras morales, dispuesto a la lucha hasta sus últimas consecuencias; ese anticlericalismo visceral de los vencidos... Son elementos que, globalmente, ofrecen una imagen de un halo romántico innegable, que puede resultar tremendamente atractiva para alguien alejado de nuestro entorno (y poco conocedor del mismo), pero que a cualquiera con una mínima perspectiva histórica y un cierto conocimiento de tal realidad le permiten advertir (más allá de afinidades o discrepancias ideológicas que con tal visión se puedan mantener) una serie de graves distorsiones que terminan degenerando en la planitud de los personajes y en un planteamiento muy sesgado que si, en último extremo, no llega a lo panfletario se debe a su contención emocional y a algún apunte personal de contrapeso (como el del personaje del sacerdote, ese padre Francisco encarnado por Omar Shariff, situado en un punto de equilibrio, duro y difícil, entre la maldad –colectiva, de la Iglesia como institución- y la bondad –personal-), que la alejan del mismo borde de ese abismo.

Algún tópico (menos) y alguna complejidad moral en el dibujo de los personajes (más) no hubieran hecho de ésta, posiblemente, una gran película, pero sí hubieran contribuido enormemente a dotarla de un “músculo artístico” y unos valores por cuyas carencias más se resiente.

* En la imagen: Fred Zinnemann, director de la película, en una imagen promocional de MGM.-

jueves, 11 de enero de 2007

ESCAPE TO PARADISE (SUIZA, 2001)

* Crítica de 'Escape to paradise' (Suiza, 2001), de Nino Jacusso.-


Si el cine europeo ha de moverse en unos parámetros desde los cuales pueda abordar con ciertas garantías el mantenimiento de un territorio de supervivencia frante a la avalancha industrial del cine manufacturado por las majors estadounidenses, es éste en el que se mueve con toda solvencia una producción sencilla, como Escape to paradise (Suiza, 2001), película que, con un perfecto equilibrio en los contrapuntos cómicos y dramáticos, desarrolla una trama sobre los avatares de una familia kurda que, a raíz de un episodio de tortura en su país de origen (Turquía), se traslada a Suiza con la pretensión de conseguir el estatus de refugiados políticos e iniciar allí, en la próspera y rica Europa, una nueva vida.

Su director, Nino Jacusso, un hombre sin demasiada experiencia previa en el mundo de la creación cinematográfica, pero con las ideas bastante claras sobre lo qué quiere hacer tras la cámara, nos ofrece un retrato en profundidad –aunque con las aristas más cortantes hábilmente limadas, sin por ello incurrir en un edulcoramiento peligroso- de este drama humano, con todas sus grandezas y miserias, desplegándolo con sensibilidad, que no sensiblería, y sin el más mínimo margen para el efectismo: cierto es que nos encontramos puntualmente con situaciones “peliculeras” –por citar alguna particularmente destacable, resulta muy llamativo el episodio en que el padre de familia ha de emprender el duro “aprendizaje” de las respuestas más adecuadas al cuestionario del servicio de inmigración, con una angustia muy rocambolesca y su moraleja incorporada (se pilla antes al cojo por mentiroso...)-, pero no por ello la película abandona su línea realista, que es la que impregna su tono global.

Dentro de un nivel general de interpretaciones bastante alto (especialmente, si tenemos en cuenta que el cuadro de actores es semiprofesional), habría que destacar en particular los trabajos de los protagonistas infantiles (los tres hijos de la familia), que dan a sus personajes una frescura y espontaneidad extraordinarias, y, más específicamente, el de la actriz que da vida a la hija mayor, en esa edad fronteriza entre la infancia y la adolescencia desde la cual aún resulta más dura, si cabe, la adaptación a un nuevo hábitat. En cualquier caso, Jacusso utiliza con evidente acierto la circunstancia y saca un riquísimo jugo de la naturalidad que ante las cámaras despliegan todos los intérpretes, tanto los principales como los secundarios, reforzando la sensación de verismo que pretende transmitir.

Escape to paradise no es una gran película, pero sí es un retazo sensible, inteligente, maduro y entretenido de lo mejor que el cine europeo puede dar de sí mismo, muy especialmente en este género del drama con tintes históricos y/o políticos (y no quisiera pasar por alto, en este punto, la mención a la utilización de ciertos mecanismos formales con los cuales el film “juega” a situarse en los límites de cinema-verité, e incluso el documental: esa fotografía de grano muy grueso y tonalidad muy opaca, o el multilingüismo amplio con que está rodada...), en el que, por tradición y sensibilidad, los europeos podemos mirar al resto de la producción mundial con orgullosa suficiencia.
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