martes, 24 de abril de 2007

Micro XV: nuestros mayores (algunos de ellos)


El paso de los años va imponiendo, normalmente, el atemperamiento (cuando no el puro y duro abandono) de las mitomanías, el cese de la admiración por seres de carne y hueso de los que se termina teniendo la apreciación clara, más allá de la valoración de sus méritos (artísticos, deportivos o del tipo que sea), de que no dejan de ser eso, seres humanos, con sus miserias y sus grandezas, sus fortalezas y sus debilidades; como tú, como yo. Pero siempre hay excepciones; algunos hombres, algunos nombres. Como Antonio Gamoneda, octogenario de porte digno y trayectoria ejemplar, que ayer, tras una trayectoria poética de lustros sin la más mínima concesión a la galería (comercial), recibía el premio Cervantes. O Francisco Ayala. O José Luis Sampedro. Gente a la que ya he hecho mención en alguna ocasión previa, y que no deja de causarme, cada día que pasa, y más allá de las coincidencias y afinidades ideológicas o espirituales que pueda tener con ellos, mayor admiración. ¿Por su integridad –al menos, la que transmiten en su presencia pública; si algún cadáver (humanos son, no sería extraño) guardan en sus armarios, muy bien escondido lo tienen-? ¿Por su sabiduría, esa que se revela el fruto maduro de una experiencia prolongada –por imperativo fisiológico- a la par que bien aprovechada? ¿O es simplemente la proyección de una envidia anticipada? Porque, evidentemente, yo, de mayor, quiero ser, hasta donde buenamente pueda, como ellos. Más o menos...

3 comentarios:

e-catarsis dijo...

La admiración es un sentimiento noble y una hermosa palabra, normalmente nos quedamos en la envidia, decimos que de la buena pero yo siempre desconfío, cuando admiras valoras y sentir eso es ser justo y generoso, como poner las cosas en el luga que le corresponden bueno es mi opinión claro.

Saludos esta vez creo que con algo menos de dispersión de la habitual ;-)

Thalatta dijo...

No sabría decir de su persona, tal vez se deje ver desde sus obras, aunque luego dicen que en su casa no hay quien los aguante. En todo caso, son admirables, todos aquellos que nos emocionan, sí...
¡Besos!

Manuel Márquez dijo...

Pues sí, compa-e-, ésta vez sí que has sido concreta y concisa; prefiero lo otro, pero, en fin, no se puede hacer a nadie esclavo de sí mismo, no está bonito...

Y sí, Tha, sí que tienes razón en cuanto al legendario carácter insoportable que habitualmente rasca esta gente de imagen pública tan seráfica y amable. Son humanos, claro...

Un abrazo para las dos.

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