jueves, 12 de abril de 2007

LA MUJER SIN ROSTRO (MR. BUDDWING; U.S.A., 1965)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Aturdido y desorientado, un hombre se incorpora desde el suelo sin saber quién es ni dónde se encuentra. Pronto sabrá que está en Nueva York, pero su identidad (que camuflará bajo el nombre hipotético de Mr. Buddwing, y sobre la que le irán surgiendo dudas crecientes, que incluso le hacen sospechar –no sólo a él mismo, sino a cuantos se van encontrando con él- si no se trata de un peligroso delincuente, enajenado mental) sólo le irá siendo desvelada a través de su contacto con varias mujeres, que forman parte de su pasado y su presente, aunque de una manera misteriosa y muy poco precisa.

RESEÑA CRÍTICA.-

Resulta curioso, incluso chocante si me apuran, cuán distorsionante puede resultar, a la hora de alumbrarnos sobre su contenido, el título que en español se asigna a determinadas películas de origen ajeno a nuestro país (tema sobre el que, por cierto, habría para escribir toda una enciclopedia), como es ésta que ahora nos ocupa. Ya no es que no tenga nada que ver con su título original, que no lo tiene ( además, su fundamento radica en un elemento de la trama bastante “juguetón”), sino que, además, despista más que orienta acerca del film al que se aplica.

No estamos ante una mujer sin rostro, sino ante una mujer con tres rostros, los que le prestan sus tres agraciadas y bastante estimables intérpretes (Jean Simmons, Suzanne Pleshette y Katharine Ross), dando réplica a su único marido, ese señor Buddwing al que, perdido y desorientado desde su accidentado comienzo, da vida un James Garner que nos transmite permanentemente la impresión de que no termina de sentirse cómodo en su papel.

Es ésta, la de La mujer sin rostro, una historia con una estructura fragmentaria y una vocación de clara excentricidad. El constante juego de saltos entre la realidad (distorsionada, por un lado, en base a las boutades que introducen las mujeres/mujer; y angustiosa, por otro lado, dadas las sombras de sospecha que, obligándole a mantenerse en continua alerta, se ciernen sobre el protagonista) y el recuerdo (igualmente distorsionado por los cambios en las presencias físicas que encarnan a un mismo personaje –el de la esposa del protagonista-, así como por lo parcial de las revelaciones que se nos van haciendo –un puzzle cuyos huecos hay que llenar imaginando, barruntando...-) nos da, como resultante, una construcción narrativa muy particular.

El problema de la película es que, además de excesivamente apegada a su tiempo de elaboración (esos lisérgicos años sesenta...), va perdiendo fuelle progresivamente, de manera que vamos asistiendo, en vez de a un crescendo dramático, como corresponde a una trama convencional – que es lo que la película, sea cual sea la ordenacion formal de su discurso, no deja de ofrecernos-, a un batiburrillo paulatinamente indescifrable, de modo que, cuando llega el The End, ya no sabes quién es quién, ni si lo fue en alguna ocasión, y supones que el protagonista aún te podría cantar tan ricamente aquello de Aute de “si yo sólo pasaba, pasaba por ahí...”

Arquetipo, pues, de película fallida, esta La mujer sin rostro constituye una muestra clara de cuán mal envejecen determinados productos que, pudiendo constituir, en su momento, experimentos más o menos llamativos y dignos de atención, terminan siendo situados, con el paso de los años, en su justa perspectiva de valoración (en este caso, no muy halagüeña, la verdad sea dicha).

3 comentarios:

e-catarsis dijo...

Buenas, ¿las vacaciones bien?...seguro que si, con ese punto de estres que las hacen tan agradables ;-)

...la película no recuerdo si la he visto así que si la he visto y no la recuerdo es que no me dijo gran cosa...

..aunque lo cierto es que esa cosa que es la amnesia debe ser agobiante, bueno igual no porque si no recuerdas ¿ de qué te vas a agobiar?...no sé hay veces que me gustaría tener una gran goma de borrar...en fin


Saludos...desde la consciencia

Thalatta dijo...

Pues yo sí que la he visto y creo recordarla con cariño de época. Aquellas películas de domingo por la tarde en mi tierna infancia. A ver si, como dice Manuel, viéndola otra vez en la distancia, fallaría estrepitosamente.
(¡Cuánto disfruté el otro dia con "Testigo de cargo"!)
Curiosas, sí, las traducciones :)
Feliz domingo!

Santiago Castillo dijo...

Pues a mí sí que me gustó. La filosofía solipsista que trasluce está en la línea de obras que arrancan desde "La vida es sueño" pasando por "Julieta o la clave de los sueños", de Georges Neveux.

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