viernes, 30 de marzo de 2007

Varietés artísticas y culturales VII: la ley del cine


Mucho se viene hablando en estos últimos días –especialmente, entre las personas afectadas e implicadas, es decir, aquellas que se mueven en los diferentes sectores que integran ese mundo- acerca del proyecto gubernamental de nueva Ley del cine. Muchos dimes y diretes a cuenta de los aspectos que más polémica despiertan, por su especial y específica repercusión en cada uno de esos sectores antes mencionados. Y muchas dificultades para conseguir soluciones al gusto de todas las partes, dado que eso de cuadrar círculos nunca fue tarea sencilla, ni siquiera para la presidenta María Teresa Fernández de la Vega.

Más de uno que yo me sé, estará frotándose las manos, y, cual perro pavloviano, babeando de satisfacción, ante el “maravilloso” espectáculo: la enésima demostración de que la anémica industria cinematográfica española, sin la ayuda de papá Estado, es incapaz, como triste polluelo, de alzar el vuelo. Porque, claro está, el cine español es una mierda, y lo que tiene que hacer esa caterva de rojos, chupones y comeollas que dice representar al cine español, es espabilar y ser capaz de poner en pie productos del gusto del público, para que éste vaya a las salas a verlo, en vez de las supermegaguay películas americanas (ya saben, Norbit, Epic movie y demás lindezas...). Menos llorar y trincar; más pencar y trabajar. Poco más o menos...

Ya sé, ya sé: en Estados Unidos no hay Ley del Cine, ni falta que les hace; sin necesidad de ella, el cine estadounidense arrasa comercialmente no sólo en su país, sino en todo el universo mundo. Pero ése es un fenómeno que se produce en un contexto económico y cultural muy determinado, que es el de Estados Unidos, y no el de España. A realidades diferentes, soluciones distintas. Eso impone la lógica de las humanas cuestiones, creo. Pero es algo que ciertos detractores del cine español no quieren ver.

Se habla de competencia. Fenomenal. Pero sería conveniente que esa competencia se produjera en (justos) términos de reciprocidad. Que las películas españolas tengan acceso al mismo número de pantallas que las estadounidenses, y se comparen los ratios de recaudación por sala, y no globalmente. Que no se estrene ninguna película incluida en lote alguno de distribuidora, sino solamente aquellas que sean objeto de contemplación específica y particularizada. Y que las películas estadounidenses se estrenen subtituladas, y no dobladas: habría que ver entonces las cuotas de mercado, pantalla y taquilla. Se habla también de interés del público; pero no se dice nada acerca de cómo generar y estimular ese interés a través de monstruosas campañas de marketing y promoción, que sólo son factibles desde la hiperbólica disponibilidad de presupuesto y que no tienen nada que ver con las supuestas bondades de un producto que, posteriormente, termina siendo, en la mayoría de los casos, solamente mediocre.

El cine español no es perfecto, indudablemente. En él, como en todas las cinematografías de todos los países desarrollados, hay de todo, y todos los años, de manera invariable, se hacen productos excelentes, obras meramente pasables y películas horrorosas. Estoy convencido de que, en términos proporcionales, los ratios de esos tres rubros no deben diferir mucho de los que puede arrojar la produccion anual estadounidense –y, si lo hacen, es muy probable que tal diferencia lo sea a favor del cine español-. El problema es que, para hacer cine, no basta con el talento –un talento que, aquí, en España, y el recién terminado Festival de Cine de Málaga así lo ha venido a ratificar, corre a raudales-, sino que hace falta dinero. Y mucho. Cualquier chavalote, mañana, con cinco euros –para comprar un paquete de folios y un par de bolígrafos...-, puede escribir, si tiene talento suficiente para ello, El Quijote o Cien años de soledad (o algo que se les acerque, en términos de calidad literaria: ya sé que es complicado, pero nunca se sabe...). En cambio, ese mismo chavalote, por mucho talento de que disponga, si quiere hacer un nuevo Ciudadano Kane, u otra Casablanca, necesita un montón de dinero. Ésa es la diferencia. Ése es el problema. Y ahí es donde una ley de cine debe proporcionar herramientas para posibilitar que ese talento, al que la iniciativa privada no va a asistir en la medida necesaria (porque no quiere, porque no puede o porque ni una cosa ni la otra...), no se desperdicie. En mi modesta opinión, claro...

2 comentarios:

e-catarsis dijo...

Amén!!!

;-)

Thalatta dijo...

¡Muy bien dicho!!! ayyy cómo disfrutaría con las pelis americanas subtituladas jijijiji

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