miércoles, 21 de marzo de 2007

A salto de mata XVIII: "guantanameradas"


Me desayunaba hace unos días (exactamente, el viernes pasado; y es que hay noticias que casi mejor dejar macerar un poquito antes de extenderse sobre ellas...) con una información de prensa bastante extensa sobre la declaración a un tribunal militar especial estadounidense del paquistaní Jalid Sheij Mohamed, preso en Guantánamo y considerado el máximo responsable de Al Qaeda allí detenido, un auténtico peso pesado de la organización terrorista. Aunque el texto de la declaración está censurado (el Pentágono indica que los fragmentos borrados, lo son por motivos de seguridad -¿?-), lo que de la misma se ha dado a conocer ya resulta bastante estremecedor, por un lado, y revelador, por otro. Hay dos aspectos fundamentales que, de entender que la reproducción de la declaración, aun mutilada, es fidedigna (yo, sinceramente, y dados los antecedentes y contexto, lo dudo enormemente...), son los que más han despertado mi atención: la desaforada megalomanía de su autor –que, salvo las muertes de Manolete y Paquirri, por motivos obvios, se atribuye la máxima responsabilidad en la inmensa mayoría de los grandes atentados mundiales de los veinte últimos años, ya sean consumados o en proyecto: algo que, en mi opinión, y aun cuando diéramos por cierta la declaración, ya resulta muy poco creíble-, y el esbozo de una especie de elaboración filosófico-política acerca de la fundamentación de su actuar que, sin llegar a especiales niveles de sutileza ni profundidad, podría estar suscrita perfectamente, en cuanto a su fondo (en cuanto a sus formas, ya ha demostrado sobradamente que tampoco da de sí mucho más que el tal Jalid...), y desde el bando opuesto, por el mismísimo George W. Bush.

Es el problema de entender que la violencia, aun cuando sea a través de un uso reglamentado de la fuerza, puede ser un medio válido para la obtención de un determinado objetivo: si no se quiere incurrir en una incongruencia moral, hay que entender que el derecho a su uso debe ser conferido por igual a todo individuo o colectivo, siempre y cuando esté investido de la legitimidad formal al respecto. Y ya sabemos cuán sencillo es, cuando se goza del poder económico y político suficiente para ello, articular esos mecanismos de legitimidad formal a favor de la posición propia. Una vez colocada esa piedra angular, todo el monte se convierte, automáticamente, en orégano y toda escalada en espiral es, más allá de su mayor o menor justificación (que, en mi humilde opinión, ni cabe ni puede caber), perfectamente entendible.

Esa mala bestia –si, insisto, damos por cierto lo publicado acerca del mismo- que atiende al nombre de Jalid Sheij Mohamed, se siente moralmente legitimado para hacer todo lo que ha hecho. No podría ser de otra manera: supongo que se debe hacer complicado vivir con una losa encima como la que supondría la asunción de una culpabilidad tan brutalmente desmesurada. Pero, según se desprende implícitamente de sus palabras, otorga y reconoce la misma legitimidad a su contricante. Sinceramente, amigos lectores, si yo fuera ese contricante, me tentaría las vestiduras con mucha cautela. Señor Bush, por favor, hagáselo mirar: creo que lo suyo, que siempre fue bastante grave, empieza a adquirir tintes particularmente dramáticos...

1 comentario:

e-catarsis dijo...

Pues no es tan dificil, a ver...son dos "sssstupendassss" y me atrevería a decir que no tan distintas maneras de ejercer de mesías del tipo telepredicador compulsivo, ponerse la bata de cola de salvadores de todo lo que se menea ( por que ellos lo valen) y ejercer de "papis" tuteladores y severos ( quien bien te quiera...soberana sssstupidezzzz...) pero cariñosos porque...¡hay que ver como son ssstossss nenes! ( una cara se te queda...).
Hay quien se cuelga escapularios de la virgen de Fátima y quien se cuelga "medallitas" siniestras.
¡Cuánta incomprensión y soledad sienten los elegidos para las tareas más elevadas!
...sssstamossss apañaos...


PREGUNTA:
¿Alguien ha pedido ser salvado?

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