jueves, 29 de marzo de 2007

LA CORONA DE HIERRO (LA CORONA DI FERRO; ITALIA, 1941)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

El rey Sedemondo, tras una cruenta batalla, termina imponiéndose a sus rivales, para proclamarse soberano único y absoluto del reino de Kindaor. La continuidad de su dinastía, bajo la advocación de una extraña y misteriosa corona de hierro, a la que protege Klasa, su más fiel guerrero, ha de ser asegurada por el nacimiento de un hijo varón, pero éste, Arminio, no es hijo suyo, sino de la hermana de su esposa, de forma que, cuando Sedemondo descubre el engaño, lo expulsa de su castillo, ordenando que sea arrojado a los leones, y queda como única heredera su hija real, Elsa. Arminio, que consiguió huir de una segura muerte, retorna, pasados los años, al castillo de Sedemondo, antes de que Elsa celebre sus esponsales. Pero no vuelve solo, con él viene Tundra, la hija del anterior rey de Kindaor, que aspira a reconquistar el poder perdido. Las luchas se desencadenan, y, en su resolución pacífica, jugará un importante papel la misteriosa corona...

RESEÑA CRÍTICA.-

Hay películas cuya valoración se hace realmente difícil: no se trata de que sean mejores o peores, sino de que son tan, tan desiguales en su desarrollo que el desconcierto que provoca su visionado enturbia la capacidad crítica. Es el caso de La corona de hierro, una rareza que alterna, sin la más mínima solución de continuidad, momentos súblimes, de una poética fílmica intensísima y una brillantez técnica encomiable, con pasajes sencillamente deplorables, bien por la torpeza de su planteamiento o bien por lo inadecuado de su resolución.

Bajo una línea argumental convencional, que relata, al hilo de una secuenciación estructurada al modo de un cuento clásico, una historia con todos los ribetes de tales cuentos (batallas, guerras, reyes y todo lo demás...), La corona de hierro amalgama toda una serie de personajes y situaciones que la convierten en un pastiche de difícil digestión, por momentos ágil, chispeante y pleno de gracia, pero frecuentemente inmerso en disgresiones que nos hacen perder el hilo de la trama principal y nos desquician por lo pueril, incluso ñoño, de su enfoque.

En el fondo, estamos ante una revisitación de la vieja historia deudora de mitos tanto medievales (esa corona de hierro que juega un papel inequívoco de espada artúrica) como shakespearianos (el fantasma de Hamlet sobrevuela la escena): el rey vengativo y despechado que, tras hacerse con el poder, pretende perpetuarse en una descendencia que resultará fallida, porque el que habría de ser hijo, resulta hija. Dos “hermanos” que se verán trágicamente separados, para reencontrarse al cabo de los muchos años en un final que posiblitará el triunfo definitivo de los valores positivos -la justicia, la paz y el amor-, previa catarsis facilitada por la desaparición de la misteriosa corona.

Tremendamente atrevida para su tiempo, tanto en el tratamiento de la violencia como en el del amor carnal (ver casquería y desnudos –por tímidos que éstos sean- en una película de 1941 es cosa harto poco frecuente) resulta chocante apreciar cómo, en contraposición a esto, el dibujo de sus personajes principales asume unos rasgos de infantilidad –muy acentuados por el histrionismo de sus intérpretes- que los acerca más al universo disneyano que a perfiles más acordes con el contenido de la historia narrada.

Idénticas contradicciones podemos hallar en el tratamiento de los aspectos formales: así, junto a decorados de gran fastuosidad, o escenas de masas excelentemente filmadas (con una planificación y unos movimientos de cámara que parecen prefigurar buena parte de los que encontramos en westerns posteriores), nos encontramos también con escenarios naturales poco adecuados para el desarrollo de la escena o fallos de continuidad más propios de un videoaficionado que de un cineasta profesional.

Quizá no sea cuestión de colocar en cada platillo de la balanza aciertos y errores para, a partir de ahí, ver dónde se sitúa el fiel: posiblemente, en un equilibrado punto cero. Quedémonos, si acaso, como punto más digno de destacar, con la constatación de que, en una Europa que se desangraba en esa carnicería que fue la Gran Guerra, aún había gente, como Blassetti, que, más allá de sus conexiones con el régimen mussoliniano y sus estructurasm de producción fílmica, hacía películas, con todas sus virtudes y todos sus defectos: el cine, como siempre, bigger than life...

2 comentarios:

Thalatta dijo...

Ayyy ayyy ayyyy que me ha gustado lo que cuentas y voy a tener que buscar alguna horita para verla.
¡Un abrazo!

e-catarsis dijo...

Oiga pues que no la he visto yo...vamos que me pongo en ello

Te estas ganado el premio de "rara avis", lamentablemente sin dotación económica pero...sucuelnto después de todo

:))

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