viernes, 16 de febrero de 2007

Varietés artísticas y culturales VI: los "libros-tapón"


Me cuento entre la grey (no sé si muy o poco numerosa: ciertamente, entre mis deudos y allegados no abundan los abonados a tal hábito...) de aquellos que son incapaces de abandonar la lectura de un libro sin darle finiquito. Frente a la más frecuente (y, muy probablemente, más lógica) actitud de toda aquella persona que, iniciada la lectura de una obra, la abandona sin el menor empacho ni cargo de conciencia cuando la misma no le resulta interesante y/o satisfactoria, yo mantengo la contraria: contra viento y marea, y aun cuando el libro de marras me esté resultando insufrible desde todos los puntos de vista, no cejo en su lectura hasta que no le doy carpetazo tras su punto y final. Y eso es lo que hay.

Preguntarme por los motivos y fundamentos de tal actitud supondría un ejercicio que prefiero dejar para divertimento psiquiátrico de profesionales del ramo (o amateurs vocacionales con muchas ganas de marcha); me imagino que debe andar suelto por ahí, haciendo de las suyas (o, más bien, y para ser más exactos, de las mías) algún trauma infantil o similar, de ésos que igual valen para un roto que para un descosido de estas características. A mí lo que me preocupa no son los antecedentes, o motivos, o fundamentos, sino los efectos, las consecuencias. Y ésos, o ésas, son los “libros-tapón”.

El libro-tapón (al que, una vez presentado en sociedad, despojaré de esas incómodas comillas...) no es, ni más ni menos, que ése que se eterniza en tu mesilla de noche, hasta el punto de convertirse (casi) en un complemento más, junto a la radio-despertador y la lámpara (de hecho, hay libros de ésos que llevan en mi mesilla más tiempo que tales aparejos...), debido a tu absoluta incapacidad para acabar con ellos. En mi caso, actualmente (ha habido algunos otros más a lo largo de los pasados años), son dos, que paso a presentarles a continuación.

El primero de ellos se trata de una antología de la poesía panameña del siglo XX, editada por Bruguera en 1975, y adquirida en una estantería de saldos de la antigua Galerías Preciados. Ya sé, ya sé que la poesía (y más si, como en este caso, se trata de una recopilación de autores varios) no se lee como una novela; pero con esa milonga le van ustedes a otro... yo la leo así. Y así me pinta el pelo. El libro lleva en proceso de lectura unos diez años, aproximadamente, y no sé si me quedarán otros tantos (o igual hasta algunos más) para hacer cumbre. Pero eso es lo que hay. Prometo, en todo caso, tenerles al tanto de lo que suceda sobre el particular.

El segundo es una adquisición bastante más reciente, perteneciente a la colección de novela histórica que el diario El País distribuyó a lo largo del pasado año. Se trata de Aníbal, de Gisbert Haefs, y llevo con él unos seis meses, día arriba, día abajo; lo gracioso del caso es que me quedan unos ocho ó diez páginas para darle finiquito, de manera que igual cuando me levante de la silla, tras terminar de escribir esto, le echo el guante y le doy la puntilla. O no. Porque eso es lo que hay. Y también me comprometo a hacerles saber qué sucede al respecto.

En último extremo, y para que no piensen que esto que les ha contado es un relato de ficción (nada científica, por cierto), les aporto una prueba fehaciente y concluyente de mis asertos: ésa de arriba es la fotografía de los dos ejemplares en cuestión, esos dos especímenes que, afortunadamente, no me impiden emprender la lectura de otros libros (no tantos como quisiera, desde luego), pero que no me van a dejar descansar hasta que no les dé atea sepultura (lectora, claro está...).

¿Tienen ustedes “libros-tapón”...? Hagánmelo saber; igual hay ocasión para algún fructífero intercambio...

5 comentarios:

e-catarsis dijo...

Lo tengo, uno, y me fastidia, lo confieso.
El Ulises de Joyce, este irlandés de momento ha podido conmigo, lo he intentado en varias ocasiones y en otras tantas ha sido imposible lograr concentrarme en tan caótico relato ( caótico por lo desestructurado...) , por el momento es mi libro tapón personal, pero sé que lo seguiré intentando...

Saludos

Rosenrod dijo...

¡Jajajaja! Me encanta esa definición: yo, en tiempos, tuve libros-tapón, porque compartía esa obsesión por acabar los libros sí o sí. Ahora ya se me ha pasado, supongo que porque tengo la sensación de tener menos tiempo... o porque simplemente tengo menos paciencia, y seguro que me habré perdido descubrimientos escondidos más allá de la página 50 o 100 en más de un caso.

Curiosamente, eso no lo he trasladado (aún) al cine... pero supongo que porque mi cinefilia es, comparativamente, más reciente que mi muy temprana manía lectora. Supongo que con el tiempo acabaré en lo mismo (y con más razón, que menudos bodrios se estrenan).

Un saludo!

Abraham dijo...

Lo cierto es que siempre lo he pensado y durante muchas veces he querido tener "El quijote" como libro tapón, pero no encuentro las ediciones q tengo.

Tha dijo...

¡Otro como yo!, tengo la misma manía y recuerdo un libro de Javier Marías que lo terminé a pura cabezonería porque no me dejaba leer otros. Confieso que también algunos libros de poemas de Borges hicieron el mismo efecto (¿me pegarán por confesar esto?) y ya, por fortuna, no recuerdo ninguno más, pero vaya una manía esta...

Manuel Márquez dijo...

Muchísimas gracias a todos por vuestros comentarios. Qué curioso, Tha, que tú tuvieras como tapón un libro de Marías, que a mí me encanta; en cambio, el que sí tuve en una ocasión de tapón durante muchísimos meses fue uno que era una biografía de... su padre, Julián Marías, de un autor inglés. Se tiró el libro en la mesilla meses y meses...

Ah, Rosenrod, a ver si te animas, y nos deleitas algún día con un articulillo sobre pelis-tapón, que alguna que otra también ha de haber, vaya que sí...

Un abrazo.

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