jueves, 22 de febrero de 2007

EN EL NOMBRE DE LA LEY (AU NOM DE LA LOI; FRANCIA, 1932)

SINOPSIS ARGUMENTAL.-

La policía parisiense anda tras la pista de una peligrosa banda de traficantes de cocaína, a cuyo seguimiento es asignado un joven agente, Amédée, para el que se trata de su primer caso importante. Lleno de ilusión y ganas, pero falto de experiencia, es víctima de una celada tendida por los criminales, y muere asesinado. Sus compañeros, dolidos e indignados, asumirán el desmantelamiento de la banda como una cuestión no sólo de justicia, sino también de honor y venganza, y comenzarán una persecución implacable, en la cual, no obstante, surgirá un obstáculo difícil e imprevisto: la presencia de una sensual y misteriosa Sandra, que intentará atrapar en sus redes al infiltrado Chevalier, presa de sus dudas entre la pasión y el deber.

RESEÑA CRÍTICA.-

A principios de los años 30, el cine ya no era un niño balbuceante, intentando abrirse camino, medio erguido, medio a gatas, en el panorama de la industria del entretenimiento. Las decadas anteriores ya habían alumbrado obras de largo aliento y grueso calibre, en los más diversos géneros, y los progresos técnicos, aunque incipientes, permitían ya abordar proyectos de un cierto grado de complejidad.

En ese contexto, Au nom de la loi no deja de ser una obrita menor, con una textura visual y narrativa más próxima a la de los minifilms de principios de siglo –plagada, en consecuencia, de fallas técnicas: discontinuidad lumínica, saltos de imagen, cortes bruscos de montaje...- que a la de las películas ya plenamente cuajadas que son coetáneas a ella.

A cargo de un autor con una clara vocación artesanal, sin mayores pretensiones autorales, como fue Maurice Tourneur (padre del que también habría de ser afamado director Jacques Tourneur, con una sólida carrera en la meca del cine), esta producción de la legendaria Pathè francesa, constituye una muestra discreta, aunque no carente de su cierto puntito de encanto, de un cine gansteril muy de la época –estamos en los años álgidos de la ley seca y sus trágicos regueros no sólo de alcohol, sino, sobre todo, de tiros y sangre-, tomando fielmente todos aquellos elementos que el cine estadounidense del mismo género marcaba como referentes ineludibles: ambiente, historia y personajes, aunque se mueven en París, podrían hacerlo perfectamente, con un simple cambio de referencias geográficas en los diálogos, en Chicago o en Baltimore.

La trama nos ofrece un planteamiento típico y tópico: la banda de traficantes de droga que, tras eliminar a un policía novato que les seguía la pista –craso error de estrategia-, resulta atrapada y desmantelada, víctima del celo policial que, a caballo entre el afán de venganza y la sed de justicia, consigue que el bien termine imperando. Resulta curioso, si cabe, ver que es la cocaína el objeto del comercio de los hampones (hoy día podría resultar hasta algo gastado, o pueril, pero eran otros aquellos tiempos, muy lejos aún del advenimiento de un Tony Montana reencarnando a un Scarface look Miami Sound Machine...); y también tiene su punto de interés el peso que cobra el elemento romántico como hilo conductor de la subtrama principal paralela, bien soportada por el encanto y atractivo de la protagonista, una Marcelle Chantal cuyas limitadísimas capacidades técnicas (aunque, en este aspecto, cierto es, tampoco desentona excesivamente respecto al resto de un elenco íntegramente masculino en el que predominan un cierto envaramiento gestual y una excesiva exageración declamatoria) suple amplísimamente con un charme y una presencia física (muy en la línea Garbo, mito señero de ese tiempo) más que destacables.

Au nom de la loi es el tipo de película que no se encuentra en las grandes enciclopedias generales del cine, ni se inscribe con letras de oro en ninguna antología de exquisiteces, porque no ofrece un nivel de calidad que la haga digna de tales honores. Pero su visionado constituye una experiencia muy interesante, en la medida en que nos enseña que, como en cualquier otra disciplina artística, también en el cine se produce la circunstancia de que no son las obras maestras las que marcan el tono general de un tiempo y un espacio concretos. Además de que, hasta en la más humilde de las creaciones, siempre hay un chispazo de interés, o un detalle que te atrapa. Piérdanse en esa caída de ojos de la Chantal, o contemplen con curiosidad ese París tan de cartón piedra, y cuéntenme luego qué tal les pareció...

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