jueves, 25 de enero de 2007

NO SOMOS NADIE (ESPAÑA, 2002)


Secuencia final de Tesis, ¿recuerdan? Travelling a lo largo de un pasillo hospitalario desde el que se puede observar cómo, en el interior de todas las habitaciones, los internos se extasian, henchidos del más malsano de los morbos, con imágenes espantosas de cuerpos mutilados provenientes de los numerosos aparatos de TV que, en ese momento, se encuentran encendidos. Éste podría ser un arranque bastante propio para la ópera prima de Jordi Mollà, que parte, precisamente, de allá donde Amenábar nos dejaba un planteamiento, más o menos, esbozado.

Una ópera prima, por lo demás, ambiciosa, tanto en su discurso como en sus formas, y, en ese aspecto, muy reveladora del talante personal de su autor, un Jordi Mollà al que, sin embargo, se le termina yendo de las manos, posiblemente a causa de esa misma dispersión, o exceso, que ha venido poniendo de relieve con su condición de artista polifacético (escritor, pintor, actor y, ahora, tras un par de sonados éxitos en el campo del cortometraje, director cinematográfico).

Mollà nos quiere ofrecer una parábola profunda y, para ello, dibuja, por un lado, un mundo apocalíptico, en el que el influjo de la televisión deriva de su descenso a unas cotas de barbarie visual y de contenidos apabullantes, y, por otro, diseña un personaje complejo y tortuoso, al que, ni corto ni perezoso, encarna, cual auténtico Juan Palomo, él mismo.

El mundo apocalíptico de la televisión se nos ofrece a través de un derroche de artificios de imagen realmente intenso, efectista y espectacular, pero, probablemente, desmedido: ¿es necesario un despliegue tan brutal y tan sin tregua? Y no es una cuestión de si determinadas imágenes resultan, o no, excesivamente crudas (ésa parece ser la enésima polémica interesada en pro de una publicidad gratuita, vía escándalo infundado, que parece marcar el signo de los últimos tiempos...), sino de que son demasiados impactos, demasiado rápidos, y toda retina, hasta la más entrenada, tiene sus límites, incluso fisiológicos.

Por otro lado, también resulta interesante apuntar cómo se puede apreciar una influencia inequívoca, en múltiples elementos (y no sólo visuales), de una película como El día de la bestia, la fantasía cómico-satánica (otra alegoría del mal, si bien vista desde el lado de la otra barrera; amén de, en mi modesta opinión, una de las mejores películas españolas de los últimos veinte años...) que urdiera, en 1995, el simpar Alex de la Iglesia: desde buena parte de sus personajes secundarios (el Bigardo al que da vida Daniel Giménez Cacho nos recuerda enormemente al Cavan televisivo de Armando de Razza; o los personajes de la madre y el abuelo, también muy en sintonía con sus “predecesores”) hasta aspectos como la iluminación y la fotografía; algo que, en cualquier caso, denota que el novel Mollà sabe también perfectamente cuales son las mejores fuentes en las que, puestos a buscar norte e inspiración, se puede abrevar...

Hasta aquí, a grandes rasgos, lo que nos ofrece la faceta visual, o formal. Abordemos, pues, el segundo pilar de la historia, ese Salva muy alejado del perfil de predicador al uso (con precedentes ilustres, muy especialmente en el cine estadounidense, como el reverendo Harry Powell, interpretado magistral y estremecedoramente por Robert Mitchum en el clásico de Charles Laughton The night of the hunter (U.S.A., 1955), o, mucho más cercano en el tiempo, el Frank T.J. Mackey al que da vida Tom Cruise en Magnolia (U.S.A., 1999), de Paul T. Anderson), y que parece tomar como referente más inmediato (aun con todos los matices habidos y por haber...) el del personaje de G, encarnado por Eddie Murphy en el más bien mediocre film de Stephen Herek, Holy man (U.S.A., 1998).

En el diseño del personaje, sobre el cual Mollà hace, todo hay que decirlo, un trabajo interpretativo bastante desigual (mucho más atinado en su vertiente cómica, donde un acertado trabajo de declamación logra un efecto muy gracioso, que en la dramática, quizá aquejada de una fuerte sobredosis de pretenciosidad trascendente), demuestra el director que sus ideas están mucho más claras en lo que se refiere al mensaje de fondo que en lo relativo a la historia a través de la que lo pretende articular: Mollà se sumerge en un océano de dudas, nunca termina de concretar qué perfil quiere dar al personaje (o, posiblemente, con un cierto punto de arrogancia, pretende darle demasiados perfiles, todos diferentes...) y cuando esto sucede con un elemento que, en última instancia, es piedra angular de la historia, el tenderete se termina viniendo abajo y te deja con las vergüenzas al desnudo: mensaje potente en envoltorio espectacular, pero poca claridad para contarlo.

Como colofón, y sin ánimo de otorgar indulgencias no solicitadas, tendría que resaltar que, a la hora de hacer valoraciones globales, no podemos olvidar que, por muy conocido que sea su autor en otras facetas conexas, y el cierto prestigio que haya podido alcanzar en las mismas, éste no deja de ser su debut tras las cámaras, y habría que concederle, como a cualquier otro, un margen de confianza, basado, además de en algunos apuntes interesantes (que los hay), en unas más que evidentes expectativas de mejora –dado el amplio margen que hay para ello, vistos, además del ya apuntado como más resaltable, otros deslices, como el del exceso de tremendismo resolutivo del final (sin comentarios... aunque, visto lo visto a lo largo del metraje previo, era previsible que Mollà se decantara, dentro de las opciones posibles coherentes con el desarrollo de la trama, por la más fuerte), o la falta de definición de la inmensa mayoría de los personajes secundarios, muy desdibujados-.

No quisiera terminar sin un toque de atención un pelín malintencionado: ya es mala suerte para Mollà que el estreno comercial de su película –por cierto, profusa y excelentemente promocionada- haya venido a coincidir en el tiempo con el momento álgido de opciones televisivas totalmente antitéticas a las reflejadas en su película, lo cual viene a desmentir rotundamente sus tesis (nada más alejado de su hecatombe de violencia visual como horizonte de próximo futuro para la TV que el empacho de “edulcorante cantabile” que nos invade...). Aunque, quién sabe, quizá la auténtica pesadilla, horrible y apocalíptica –al menos, para algunos, entre los que me incluyo-, sea ésta, la de la cruda (y cantora) realidad, que, por enésima vez, y como siempre, termina superando a la ficción... Europe’s living –Francia, Holanda, Kosovo, Chechenia: tachín, tachán- qué...?


NOTA: Ésta es la reproducción literal de la crítica publicada en su día (23 de mayo de 2002) en www.canalcine.net. Tras su relectura, he pensado que, pese a las inequívocas referencias temporales, mejor no tocallo...

4 comentarios:

Yul b. dijo...

Interesante blog. Te invito a que visites el nuestro: 'Tu Blog de Cine'. Un saludo.

apesardemi dijo...

Mollá siempre ha tenido mis respetos, me parece una persona honesta y comprometida.

De la tele mejor no hablar ;))

Saludos.

Tha dijo...

Pufff... yo estoy pillando un empacho de series... tenemos para todos los días, y, sintiéndolo mucho, descartando las españolas.
No he visto la película y no prometo verla, tengo una lista interminable para ver, pero si empiezo entonces no vivo, o bien vivo para ver y no para vivir... ¡un lío, vamos!

Manuel Márquez dijo...

Muchas gracias a los tres por vuestros comentarios.

A mí, personalmente, Mollá me caía bastante bien en sus comienzos, pero creo que después, y más después de sus devaneos americanos, se ha subido un pelín a la parra. Creo...

En cuanto a lo de ver la peli, Tha, tampoco sufras: si tienes exceso de oferta, te puedo asegurar que dispondrás de miles de opciones más apetecibles, con toda seguridad.

Un abrazo.

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