lunes, 31 de diciembre de 2007

Feliz... lo que corresponda


En estos tiempos en que se han hecho moneda común (y con fundamento) los malos presagios sobre el cambio climático y la influencia sobre el mismo de nuestos hábitos de consumo, me voy a permitir hacerles una recomendación en línea con las proclamas generales sobre la necesidad de un consumo responsable, además de particularmente a tono con las fiestas navideñas que estamos gozando (o padeciendo, eso es algo que dejo al gusto del amigo lector). ¿Un regalo ideal? Regálense el visionado de una película. No genera residuos, no implica acumulación física de objetos en la vivienda –salvo que uno opte por coleccionar compulsivamente pelis en DVD...-, no conlleva ningún tipo de destrozo ecológico, y, afortunadamente, la cantidad y variedad de alternativas de producto disponibles (en géneros, estilos, tendencias, soportes, nacionalidades, etc.) asegura que siempre va a haber algún “ejemplar” que podrá satisfacer plenamente sus gustos y querencias. ¿Hay quién dé más?


Algunos, como somos particularmente codiciosos, nos aplicamos el cuento con especial fruición, y nos hacemos regalos de ese tenor de manera casi constante. Probablemente, sea preferible un consumo más moderado del producto, pero ¿qué quieren que les diga? ¿Cómo privarse de algo tan delicioso –para el cuerpo- y nutritivo –para el espíritu-? Cuesta trabajo, mucho trabajo. Y puede que, en último extremo, cualquier intento al respecto se termine revelando completamente inútil: al final, la cabra tira al monte, y el cinéfago sólo se sacia con la ingesta desaforada de historias en celuloide. De todos modos, no es necesario incurrir en tales excesos para que esta del cine sea una apuesta la mar de estimulante. Prueben, prueben; al fin y al cabo, como lectores de un blog de, entre otras cosas, creo que cine, he de presuponerles una cierta disposición en positivo. Adelante, pues. Y buen cambio de año....


P.S. a mis lectores fieles, muchas gracias, de corazón; a mis lectores esporádicos, anímense y fidelícense; y a quién aquí llegó casualmente, y no le convenció mucho el producto, mis deseos de que su buscador le devuelva algo más de su gusto para la próxima ocasión -zin acritú...-. Feliz 2008.

jueves, 27 de diciembre de 2007

EN CONSTRUCCIÓN (ESPAÑA, 2001)


Pura vida. Ésa era la expresión –coincidente con el título de la primera novela de José María Mendiluce, aunque poca (por no decir ninguna) relación guarda con la misma-que repetidamente acudía a mi cabeza mientras gozaba con la contemplación, fluida y relajante, de las imágenes de En construcción, el penúltimo conejo sacado de la chistera de ese mago, y genial rara avis, que es José Luis Guerín.

Si de zanjar polémicas, más o menos estériles, se trata, empezaremos afirmando, de manera tajante, y sin olvidar en ningún caso que estamos, ciertamente, ante un documental, que En construcción es cine, lisa y llanamente cine. Una película que nos cuenta una historia concreta, con un desarrollo narrativo específico, con sus entresijos, sus personajes y hecha bajo las premisas más elementales del código lingüístico cinematográfico: encuadres, planos, secuencias, montaje ..., todo ello desplegado sobre la base de un guión, tan abierto como requieren las particularidades del género y las circunstancias específicas de este rodaje (realizado a lo largo de un espectro temporal muy amplio, dos años), pero guión, al fin y a la postre. En definitiva, y para concluir sobre este punto, con toda la truculencia que está en la esencia del séptimo arte, por muy reales que sean los materiales con que se construye.

Pero no sólo es cine así, sin mayores calificativos, sino un cine excelente, de muchísimos quilates. Con un equilibrio perfecto en la distribución de sus elementos, tanto visuales (alternando sabiamente el paisaje físico con el “paisaje humano”, en un contrapunto muy medido) como sonoros (una amalgama mágica de voces y ruidos, de una vivacidad extraordinaria, aunque con el lastre, en ocasiones, de la pérdida de su inteligibilidad por mor del sonido directo), su ritmo mantiene una cadencia tranquila, plena de suavidad, y te lleva en una despaciosa progresión que consigue que sus (desusados, desde luego, para el género documental) ciento veinticinco minutos de duración se pasen en un auténtico suspiro. Tampoco podemos olvidar con qué habilidad despliega los juegos de contrastes, tanto de planos –la alternancia de distancias y encuadres es fabulosa, demostrando que la “mano invisible”, cuanto más invisible, más sabia...- como de elementos de contenido, especialmente los personales (cada personaje –y todos y cada uno de ellos, desde el más simpático hasta el más anodino, se muestran con una humanidad, siempre a flor de piel, impresionante...- encuentra siempre su exacto contrapunto).

Obras como En construcción demuestran, una vez más, que entretener a 24 fotogramas por segundo no requiere, necesariamente, de naves especiales, mamporros, suspenses al borde del ataque cardiaco o dramas de lágrima tendida; a veces –desgraciadamente, quizá demasiadas pocas veces...-, las cosas son muchísimo más sencillas que eso... pero, claro está, no todo el mundo tiene la maestría suficiente para ello. Enhorabuena a Guerín, aunque se prodigue tan poco y tan espaciadamente como otros que ostentan idéntica vitola magistral (Érice o Malick); qué se le va a hacer...

jueves, 20 de diciembre de 2007

ITALIANO PARA PRINCIPIANTES (ITALIENSK FOR BEGINDERE; DINAMARCA, 2000)


Si hay algo que nadie le podrá discutir a Lars von Trier, más allá de polémicas sobre poses y calidades, innovaciones y esnobismos, es el de haber conseguido, con su Dogma, fijar la atención de todo el mundo sobre la cinematografía de un país pequeño, como es Dinamarca, abriendo una estela por la que luego han transitado alumnos aventajados (como es el caso de Vinterbergh) o primerizos, como es el caso de Lone Scherfig, autor de una película, Italiano para principiantes, que, sin esos condicionantes, difícilmente hubiera tenido un acceso a los canales, tanto competitivos como comerciales, que le permitieron llegar en su día, incluso, a nuestras pantallas cinematográficas.

Y no porque se trate de una mala película. Lejos de excentricidades temáticas, o de intensidades dramáticas desmedidas, Italiano para principiantes es una película sencilla, sobre gente corriente y moliente, con sus miserias (muchas y variadas) y su grandeza (la de continuar tirando en un día a día que, sin convertirlos en marginales, tampoco los encumbra a ningún pedestal), que se encuentra y desencuentra alrededor de una dependencia municipal a la que acuden para recibir clases de italiano, sin excesivo entusiasmo, buscando más el llenar sus diversos vacíos existenciales que el colmar una inquietud políglota, en alguno de los casos incluso totalmente inexistente. Pero, claro está, lo del italiano no deja de ser un subterfugio, algo instrumental a lo que realmente se pretende contar, que son las historias personales.

Historias que trazan un recorrido nítido, dividiendo la película en dos partes bien diferenciadas: una primera, donde la muerte (tanto la que se plasma en el desarrollo de la trama, visualizada o no, como la que marca la circunstancia de alguno de los personajes), aunque aceptada serenamente, cuenta con una fuerte presencia, tiñendo a la película de tonos sombríos; y una segunda, donde las historias de amor van ganando terreno paulatinamente, y la película se desliza ya, de forma gradual pero inequívoca, hacia un tono de comedia amable, que es el que termina impregnando el desarrollo final de la historia, y el que te hace abandonar la sala reconfortado y con esa sonrisilla que suele imponer tal circunstancia.

Ayuda inestimable para conseguir ese tono es la que prestan las interpretaciones de un reparto coral, joven y homogéneo, rayando a un nivel bastante aceptable, sin altibajos ni diferencias, y ofreciendo una panoplia de rostros nuevos, algo siempre de agradecer cuando uno pretende encontrar referencias más allá, o fuera, de un ámbito tan limitado como el del star-system, juegue éste en el nivel que juegue (americano, europeo, nacional...). Y un auténtica lástima el no poder disfrutar del visionado de una versión en V.O., ya que se pierde un matiz interpretativo fundamental, como es el de las dificultades de los artistas para manejarse con el idioma del italiano, que supongo que dará pie a más de un gag divertido que en el doblaje, lamentablemente, se pierde sin remedio.

Para finalizar, y con el ánimo de no ofrecer menos que buena parte de los DVD que se lanzan al mercado, les propongo, como “extra”, un juego bien sencillo: sean los directores de casting de la versión hollywoodiense de la película, y vayan buscando a los actores y actrices más adecuados para encarnar a los personajes de la historia, el ratito de entretenimiento lo tienen garantizado. Por la puesta en escena, no hay que preocuparse: se deja la cámara quietecita, se ilumina un poquito por aquí y se mete un violín por allá, y asunto resuelto ¿Ven cómo era fácil... ?

martes, 18 de diciembre de 2007

EL SEÑOR DE LOS ANILLOS: LA COMUNIDAD DEL ANILLO (THE LORD OF THE RINGS: THE FELLOWSHIP OF THE RING; U.S.A., 2001)


Un espectáculo fastuoso. No cabe calificar de otra manera lo que, a través de casi tres horas de proyección, uno puede contemplar cuando va al cine a ver El señor de los anillos: la comunidad del anillo. Pero, claro está, de ahí a calificarla como la mejor película de la historia del cine, creo que media un abismo casi tan grande como cualquiera de los que nuestros héroes han de afrontar en su larga travesía iniciática...

Como película de género, es totalmente irreprochable: lo tiene todo. Es entretenida, emocionante, y sus aspectos formales creo que marcarán un antes y un después; nunca hasta ahora se habían visto decorados tan espectaculares (desconozco qué porcentaje de "digitalización" hay en los mismos, supongo que muy elevado, pero no es ése un elemento que deba conllevar una minusvaloración de la película) ni escenas de lucha tan fantásticamente desarrolladas: el episodio que se desarrolla en las minas pone los pelos de punta incluso a aquellos que no somos particularmente amantes del fantástico. Y, aunque yo sigo prefiriendo las aventuras de Indy, por más "rústicas" que resulten, no puedo dejar de reconocer la superioridad técnica de la película de Peter Jackson sobre las de la saga spielbergiana.

Ahora bien, para aquellos no amantes del género fantástico –en general- ni seguidores de la obra de Tolkien –más en concreto; y éste es un punto en el que pierdo mucho margen de valoración, dado que desconozco la obra literaria de base, y supongo que ése es un condicionante fortísimo en este caso particular-, la película no pasará de ser un buen divertimento, cine de extraordinaria factura tecnológica, y no carente de otros valores artísticos (las interpretaciones, por ejemplo, donde podemos disfrutar de la muy buena de Ian McKellen, aunque no me lo parezca tanto la del protagonista, Elijah Wood: ¿esa cara de pasmo y aturdimiento–comprensible hasta cierto punto, dado lo abrumador de su carga "anular"-, la tiene que mantener durante las casi 3 horas de metraje? Me llega a resultar un tanto mecánico...), pero no una obra maestra para colocar en los anaqueles con letras esculpidas en oro.

En fin, que ya reventaron las taquillas, público y crítica se rindieron a sus pies, y ahora ya sólo la queda la "recogida de la cosecha" (esos tropecientos Oscar, y muchos diversos premios más), pero el juicio en perspectiva, ese de dentro de unos años, pues eso, que habrá que esperar, naturalmente...

N. del B.: este texto está datado en fecha muy poco posterior al estreno en salas comerciales de la película, pero pocos retoques me cabrían efectuar sobre el mismo: si acaso, la única salvedad de la constatación de que ese "juicio en perspectiva" comienza a ser muy, muy (¿excesivamente, quizá?) benévolo. Habrá que dejar más tiempo al tiempo...

jueves, 13 de diciembre de 2007

MARTÍN (HACHE) (ESPAÑA-ARGENTINA, 1997)








* Crítica de 'Martín (Hache)' (Argentina/España, 1997), de Adolfo Aristarain, con Juan Diego Botto, Federico Luppi y Cecilia Roth.-

Después del retrato tierno y amable de la condición humana trazado en una película tan maravillosa como Un lugar en el mundo, el director uruguayo Adolfo Aristarain se sumergía de nuevo en el proceloso mar de las relaciones personales, si bien esta vez desde una perspectiva más dura y descarnada –aunque no exenta de un punto de ternura- en este Martín (Hache), protagonizada por un deslumbrante Federico Luppi, cuyo personaje, marcado por la contradicción entre sus ansias de soledad e independencia y su necesidad de sentirse rodeado de sus seres queridos, oscila en un pendulo continuo de afectos y desafectos que marca profundamente la vida de las dos personas más importantes en su vida: su hijo (encarnado por Juan Diego Botto) y su amante (por Cecilia Roth) –ambos en dos interpretaciones igualmente magistrales-. Y su vida propia, por supuesto, que, pretendiendo estar absorta en su vertiente profesional, no puede en ningún momento dejar de atormentarse por ese desgarro.

Martín (Hache) es el exponente típico del cine de palabra, ese cine en el que el guión, sólido y vigoroso, se construye sobre un diálogo torrencial, permanente, en el que los personajes vuelcan lo que sienten, lo que piensan, lo que son, básicamente en l o que dicen. Y l o hace desde una profundidad y una autenticidad tan radicales, que no cabe sino felicitarse ante tan gozoso hallazgo, muy poco habitual en las corrientes imperantes en el cine más reciente, que suele dar, muy frecuentemente, mayor realce a otros elementos tanto narrativos como visuales.

Es este cine que bucea en los entresijos de la condición humana, y que explora el difícil territorio de los sentimientos, exponiendo sin juzgar, y narrando sin absolver ni condenar, el que no sólo nos ofrece una experiencia estética valiosa, sino que, además, nos hace ser, cuando terminamos de ver la película, un poquito mejores...

miércoles, 12 de diciembre de 2007

A salto de mata XXVIII: apuntes monárquicos



Es difícil, francamente difícil, encontrar en los medios de comunicación de seguimiento masivo –es decir, aquellos que, verdaderamente, crean opinión, porque llegan a, e influyen sobre, un volumen de personas lo suficientemente elevado como para poder hablar de ello-, artículos de opinión (valga la redundancia...) capaces de aportar perspectivas insólitas, diferentes o, en alguna medida, alejadas de LA doctrina. Y no estoy refiriéndome a la inexistencia de posicionamientos subversivos o revolucionarios, que tampoco se trata de eso; no, me refiero a lo que es algo mucho más sangrante, como es la práctica imposibilidad de hallar, cuando se tratan determinados temas, discursos que se alejen de las proclamas autorizadas por los jefes de la tribu.

Por eso me sorprendió tanto, y tan agradablemente, el encontrarme este artículo (sí, sí, ese mismo que pueden leer ustedes pinchando en este enlace). Su autor: Santos Juliá, historiador renombrado y de prestigio. El medio en que se publicó: El País, diario de mayor difusión de nuestro idem. Y su tema: la monarquía, o, para ser más exactos, Juan Carlos I y la afectación a su dimensión e imagen públicas de recientes eventos más o menos pintorescos que, por estar aún en la memoria de todos, creo que no es necesario recordar. Como pueden comprobar, en el caso de los dos primeros, dos firmas bastante poco sospechosas de pretensiones incendiarias; y en cuanto al tercero, tema tabú por excelencia (ejem, en minúsculas...) en nuestro país desde hace, aproximadamente, unos treinta y dos años (los cuarenta anteriores, durante los cuales también lo fue, no cuentan, por motivos obvios: temas tabú lo eran todos, sin excepción, salvo el descomunal tamaño de las piezas de caza y pesca que cobraba ese ¿señor? que ustedes ya saben...).

El artículo en cuestión, sin constituir ninguna diatriba antimonárquica, desde luego (al menos, no es ésa una posible intención subyacente que le haya podido detectar), sí que contiene una fuerte carga crítica acerca de la institución de la corona y de la persona que actualmente la ostenta y encarna, carga crítica que, además, se sustenta en, por un lado, informaciones que he de dar por bien documentadas (no crean que eso es algo que haya que dar por supuesto ante el escrito de cualquier historiador) y, por otro, en puntos de vista y opiniones que se alejan de la mirada bovinamente complaciente que se ha solido (y se suele aún) proyectar en España sobre ambas figuras (monarquía y monarca), demostrando que es posible (al menos, lejos de los micrófonos de la COPE) marcar distancias sin tener que recurrir al exabrupto, el insulto y la vocinglería. Un excelente nutriente, en suma, para alimentar el bagaje argumental de todos aquellos que somos republicanos, y a los que, más allá de nuestras convicciones, fundamentadas, en muchas ocasiones (seamos autocríticos, vaya...), en argumentos más emocionales (y difusos) que racionales (e intelectuales), siempre nos viene bien que, desde las “filas del enemigo”, se nos concedan, al menos, y aun sin hacer concesiones explícitas al respecto, ciertas bazas que dejen margen al beneficio de la duda.

Y dado que mi pluma es mucho más pobre (argumentalmente) y más torpe (literariamente) que la del autor del artículo de marras, abreviaré, que ya me vale: sólo me resta felicitar al autor por su excelente artículo (felicidades, señor Juliá...) y recomendarles vivamente que no se priven de la lectura del mismo. Entre tanta hojarasca mediocre y tanto discurso trillado, les puedo asegurar que merece la pena. Y yo, aunque no sea Chávez, ya me callo, ya me callo...

martes, 11 de diciembre de 2007

Metablog XXVII: guapeando, que es gerundio (o lo prometido es deuda)


Una de las constantes que cualquier seguidor habitual de esta sección habrá podido constatar es la de la glosa (generalmente, en términos positivos) de la riqueza y diversidad de los contenidos que pueblan la Red, en general, y , dentro de ella, y más en particular, el mester de bloguería este en el que muchos venimos profesando con mayor o menor fortuna. No es difícil, desde esa perspectiva, el perderse en una infinidad de blogs (cuya dimensión, a estas alturas, empieza a antojárseme más cósmica que terráquea...) que ofrecen material interesante atinente a cualquier materia que pueda constituir objeto de la muy personal curiosidad de cada cual. Yendo aún más allá, hay casos en que dicho material no sólo es interesante, sino que es de una calidad, en términos, sobre todo, didácticos, que llega a resultar sorprendente, agradablemente sorprendente: una demostración de que, si hay gente dispuesta a ofrecer, de manera totalmente altruista y gratuita, saberes de índole tan práctica –y, además, con explicaciones claras y sencillas; es decir, muy aprovechables-, todavía no tenemos por qué perder la fe totalmente en el género humano.

¿Y a qué viene toda esta introducción, se preguntarán ustedes, amigos lectores –además de a la necesidad de dar gusto al natural verborreico de este escribiente...-? Pues a que ha pocos días que tuve la ocasión de conocer, vía el blog de mi buen amigo y compañero Josep (un cinéfilo de pro, cuya bitácora, si son ustedes amantes del séptimo arte, deberían empezar a incorporar a sus agregadores más pronto que tarde: sabiduría y buena pluma se dan, en ocasiones, la mano...), y más concretamente su sección de enlaces, un curioso blog. El escaparate de Rosa. Un escaparate en el que no hay vestidos, ni maniquíes, ni juguetes, ni nada que se le parezca. No. Lo que Rosa nos ofrece en su blog es toda una compilación, actualizada además con regularidad y frecuencia encomiables, de mil y una herramientas para mejorar, aggionar y/o maquear esta criaturita de nuestras entretelas, este blog –normalmente (como en mi caso), de una pobreza estética supina- que tanto lo necesita y agradece. Evidentemente, herramienta tan útil y eficaz no puede ser más que objeto de mi más encarecida recomendación: aunque algunos de mis lectores blogueros no lo necesitan tanto, porque ya dotan a su blog de un aspecto visual más que apetitoso con sus propios medios y elementos, me consta que habrá muchos otros a quienes va a venir muy, pero que muy bien.

Pero creo que pecaría de cicatero si me limitara sólo a la recomendación (que, además, habría de darse por sobreentendida al hilo de su elogio). No sé si Rosa cuenta con alguna cuenta financiera un tanto “rarita” en las Islas Caimán, las Bahamas o cualquier otro “infierno” de esos, en la que Microsoft, Google, Technorati, Bloglines o cualquiera otra de esas grandes macrofirmas que pueblan (más bien, colonizan...) este nuestro universo blogueril, depositan con mayor o menor asiduidad, y en muestra de gratitud por los “servicios prestados”, astronómicas sumas de dólares o euros con las que ella se va a asegurar una jubilación más que gozosa. Lo dudo, pero, en último extremo, ni lo sé ni me interesa. De lo que sí tengo la completa seguridad es de que a mí, como a cualquiera de los numerosísimos blogueros que acudimos periódica y puntualmente a sus reseñas para ilustrarnos acerca de las posibilidades de mejorar la apariencia y funcionalidades de nuestro blog, el invento no nos cuesta un céntimo. Y como eso es algo que me parece, también, digno de agradecimiento, más allá del que ya le he expresado en alguna ocasión a través de los comentarios en esa su cibercasa, también quería hacérselo saber desde aquí. Compañera, muchas gracias.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Mi Buenos Aires querido II: Madrid


Hubo un tiempo en que algunos proclamaban que Madrid les mataba. A mí jamás me mató, y tampoco lo hace ahora. También hubo un tiempo en que dejó de encandilarme: se me convirtió en un territorio hostil, incómodo, agrio; un punto del que siempre quería retornar con prontitud, porque, al fin y al cabo, a él no me había apetecido ir. Pero ahora vuelve a gustarme, y mucho. Me gusta pasear por sus calles, amplias, vivas, ruidosas. Me gusta contemplar a sus gentes, esas gentes que vinieron de mil y un lugares (¿alguien conoce a alguien que nació en Madrid...?), y que la dotan de un paisaje humano diverso, rico, sugerente. Me gusta sumergirme en sus fauces, y recorrer extensas distancias en un suspiro de tiempo a lomos de ese gusano loco que horada sus entrañas y se mueve con un frenesí vertiginoso, de aquí para allá, de allá para aquí. Me gustan sus cines, sus tiendas, sus bares. Me gusta su luz, no siempre límpida ni clara, pero siempre presta a bañarse de atardeceres lánguidos, muy lánguidos.

Sí, definitivamente, me gusta Madrid, esa ciudad donde nadie es extranjero; ni siquiera un tipo de un mediano pueblo andaluz (al que, por otro lado, siempre quiero volver: a mi casa, con los míos...) que aún, de vez en cuando, y a pesar de tantas veces, se sorprende a sí mismo mirando embobado algun edificio de la Gran Vía...

viernes, 30 de noviembre de 2007

Grageas de cine LX: a propósito de... En la ciudad de Sylvia (España-Francia, 2007)


Si hay una película que, y bien a la vista está —de los pocos, me temo, que se van a asomar a una sala oscura a verla—, se encuentra en las antípodas de esa otra que ha arrasado en la taquilla española más reciente, ésa no es otra que la última entrega de José Luis Guerín, En la ciudad de Sylvia: una propuesta difícil, delicada, y tremendamente a contracorriente de todo aquello que el cine actual nos suele deparar en su vertiente comercial. Una película en la que Guerín se recrea a sus anchas en sus muy particulares visiones del universo de la belleza femenina y se solaza con sus maneras fílmicas, tan en la línea de los maestros japoneses que se caracterizaron, a mediados del siglo pasado, por un dominio casi absoluto del plano fijo y sus variantes más cercanas.

Con tales mimbres, Guerín traza un relato (¿relato?) primoroso, en el que la (aparente) falta de progresión dramática se ve compensada, y sobradamente, con el disfrute que proporciona su pausado recorrido a través de los lugares (hermosos rincones de la ciudad de Estrasburgo, fotografiada de manera admirable) y los rostros que pueblan su celuloide. Sólo restaría por saber si alguien inmune a los encantos de la belleza femenina, y que no comulgue con esa exaltación de la mujer en todas sus vertientes, puede llegar a sentir la vibración íntima que el film de Guerín transmite: es difícil, dado que la sola presencia, tan intensa, del rostro de Pilar López de Ayala (destinado, a través de su seguimiento exhaustivo, casi enfermizo, a convertirse en un icono cinéfilo para los restos...), puede acabar con la resistencia del más pintado. Un plato, en definitiva, especialmente idóneo para los gourmets más sibaritas. Que aproveche...

Imágenes de "En la ciudad de Sylvia" - Copyright © 2007 Eddie Saeta y Château-Rouge Production. Distribuida en España por Wanda Visión. Todos los derechos reservados.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

A salto de mata XXVII: un "triunfo" de Internet


Que en Internet uno puede encontrar de todo comienza a ser uno de esos asertos que nopor más tópico es menos cierto, o viceversa, que tanto da. Y desbrozar tal marasmo de información, de un volumen ingente, para separar lo realmente valioso de aquello que no vale un ardite, tarea prácticamente imposible; de forma que termina no quedando otro remedio que el de encomendarse, en cierta manera, al azar para poder encontrar material verdaderamente interesante.

Una azarosa circunstancia fue la que me puso sobre la pista de un hallazgo que, desde hace ya algún tiempo, me tiene absolutamente fascinado, y que les cuento a continuación. Compro un diario a diario (valga la redundancia), pero, por circunstancias diversas (trabajo y otras ocupaciones, entre las cuales no son las internaúticas las que menos tiempo me roban, desde luego), son muchos los días en que termina yendo a parar al cajón de reciclaje sin que apenas haya podido echarle una rápida ojeada a sus titulares (y pare usted de contar....). Cosas de la vida, que diría aquel. Pero no siempre las cosas son asi, y hay días en que, circunstancialmente (viajes, libranzas no previstas, etc.), puedo dedicar a la lectura del periódico el tiempo y modo que me gustaría dedicarle siempre. Y, en uno de esos días, me encontré con una noticia sorprendente.

Un equipo de personas, con el apoyo de la Universidad de Salamanca y Ediciones Pléyades, se había dedicado a rescatar ¡¡¡íntegramente!!!, para su volcado en soporte digital y puesta a disposición del público en la Red, la mítica revista Triunfo. Una cabecera cuyo solo nombre evoca un largo periodo histórico de nuestro país preñado de incertidumbres, esperanzas, luces y sombras, y durante el cual esta revista, nacida inicialmente como una especie de “versión seria” de la prensa cardiaca al uso (por aquel entonces, como bien se puede comprender, con un potencial bastante más limitado que el que ostenta actualmente: no estaba el horno para según qué bollos, dicho sea sin segundas intenciones...), terminó convirtiéndose en un referente imprescindible de la necesidad e ineludibilidad del cambio político; un auténtico faro en aquella paramera inhóspita de una dictadura que, aunque por aquel entonces ya empezaba a flojear (más por imperativos fisiológicos –aquel macabro y sanguinario exterminador ya no podía dar mucho más de sí- que por voluntad de sus próceres), aún tenía arrestos para mantener al país sumido en la más horrible pobreza moral e intelectual.

Y ahí está. Edición completa, íntegra; todos sus números, uno por uno, desde el primero hasta el último, digitalizados de manera pulcra y cuidadosa, para facilitarnos su lectura –una lectura que, para los que sentimos fascinación por la relación prensa-historia, no puede ser más que voraz, canina, contumaz, enfebrecida-; para acercarnos, en suma, unos contenidos con los cuales podemos intentar hacernos una idea, aunque sea vaga y aproximativa, de lo que fueron y significaron aquellos tiempos, y de lo que esa revista significó en su contexto. Algo que se hace difícil desde la lejanía temporal en que ya estamos ubicados, pero que supone un esfuerzo al que ayuda sobremanera el exhaustivo estudio que, en un apartado también interesantísimo de esa misma página web (cuya dirección, que aún no he reseñado, es http://www.triunfodigital.com/), recoge, también íntegramente, el texto de las ponencias presentadas en unas jornadas que, sobre esta publicación, tuvieron lugar en la Casa de Velázquez, de la Ciudad Universitaria, de Madrid, el pasado año 1992. Se trata de un texto extenso (269 páginas, para ser exactos), pero cuya lectura les recomiendo también encarecidamente.

Vaya desde aquí, con estas torpes y simples palabras, mi felicitación y agradecimiento para todas las personas embarcadas en una iniciativa de este calibre -con especiales menciones para su promotor y alma máter, José Ángel Ezcurra, que fuera en su día director de la revista, y Severiano Hernández, director del mismo-, así como para las instituciones que han brindado, a través de su apoyo, la posibilidad de que la misma se materializara tal cual ahora podemos disfrutarla a través de la página web arriba indicada. Y, por supuesto, vaya también la expresiòn de mi absoluto convencimiento de que, aun cuando sólo fuera por aventuras como ésta, este invento de Internet ya merece, y mucho, la pena. Amigos lectores, no se priven, y disfruten, disfruten...

lunes, 26 de noviembre de 2007

Micro XXX: (más) dudas existenciales (y 4)



- ¿Por qué me cuesta últimamente tantísimo trabajo finiquitar los libros cuya lectura abordo, aunque me estén gustando –leo, leo, leo y, cuando sólo me quedan unas páginas para terminar, se me atraganta, y lo dejo...-? ¿Es grave, doctor...?

- ¿Por qué hay personas que dejan tan pronto de aprender, para limitarse, a partir de ese momento, a constatar?

- ¿Por qué mucha gente, cuando te envía un chiste por correo electrónico, le pone –o le deja, si se trata de un reenvío- el título de “Es buenísimo”, o similar? ¿Pensará que eso garantiza su lectura?

viernes, 23 de noviembre de 2007

LA HISTORIA OFICIAL (ARGENTINA, 1985)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Alicia Marnet de Ibáñez es una profesora de instituto que, casada con un abogado y hombre de negocios que ha prosperado enormemente haciendo negocios con los estadounidenses durante el régimen militar, contempla entre atónita y preocupada cómo se van desenvolviendo los acontecimientos en su país tras el fin de la dictadura: exiliados que vuelven con su carga de rencor y amargura, convulsiones políticas y judiciales, temor en las calles ante la posibilidad de desórdenes incontrolados movidos por intereses espúreos. Madre de una pequeña adoptada, Gaby, a la que quiere con locura –es su único soporte afectivo real-, su inquietud personal empieza a crecer de manera desmesurada cuando va conociendo noticias acerca de las prácticas del régimen anterior sobre adopciones de hijos de desaparecidos, y empieza a sospechar con cada vez mayor desesperación que su hijita puede tratarse de uno de esos casos. Desde ese momento, empezará una búsqueda tan frenética como angustiada de informaciones y referencias que le puedan ayudar a desvelar ese misterio, y a tranquilizar su conciencia acerca de la situación; viacrucis doloroso que terminará desembocando en la más terrible de las certidumbres.


RESEÑA CRÍTICA.-

Hay cineastas –documentalistas- que intentan retratar la historia en imágenes, centrándose en acontecimientos reales y trasladando los mismos al celuloide: empeño tan noble como complicado, que requiere de un conocimiento profundo tanto del cine como de la historia, si lo que se pretende es obtener un producto mínimamente digno. Muestras muchas y muy buenas hay de esta línea, y la nómina de las mismas se haría interminable. Pero hay otra forma de hacer historia en celuloide, que es la de aquellos que, a través de una ficción que trasciende su condición de episodio íntimo o personal para transformarse en el reflejo de un tiempo y un país concretos, llegan a resultados tan valiosos como los anteriores. Éste es el caso del argentino Luis Puenzo, y ésa es su particular manera de retratar, a través de una visión "posterior", un episodio siniestro de la historia argentina, cual fue el de la dictadura militar y sus secuelas; intento que pergeñaba con La historia oficial.

El empeño era de una enorme valentía: aún estaban calientes los rescoldos de la recién extinta dictadura, y muchos de los elementos y temas retratados todavía eran, más que memoria viva, objeto de dura polémica, que se sustanciaba en los más diversos foros, desde los periodísticos hasta los políticos y judiciales. Puenzo no se arrugó, y, desde los sones iniciales de esa inquietante canción de María Elena Walsh, “En el país de Nomeacuerdo”, que Gaby tararea con su chapurreo balbuciente y despreocupado al principio de la película, desplegaba su muy personal sinfonía de la amnesia colectiva, esa sobre la que se pudo sustentar el mantenimiento de la vida cotidiana bajo el manto del horror que ya había caracterizado con anterioridad a otros regímenes igual de ominosos (y cabe aquí muy propiamente el recordar algún precedente fílmico con idéntico leit-motiv, como el de Vencedores y vencidos –Judgment at Nuremberg-, de Stanley Kramer, acerca del régimen nazi). Ése, el del olvido y el del mirar hacia otro lado, es el auténtico telón de fondo sobre el que se sustenta la historia, más allá de la circunstancia personal que sirve de soporte dramático para el relato.

Relato que, desde un punto de vista estrictamente cinematográfico, se desarrolla con una estructura de corte bastante convencional, correcta y desprovista de cualquier concesión a la espectacularidad o el preciosismo. Puenzo muestra un buen dominio del ritmo narrativo, haciendo que la trama se desenvuelva con soltura y graduando el incremento progresivo de la tensión dramática de una manera muy bien medida. Ésa es una de las grandes bazas de la película: no deslumbra en ningún momento, pero tampoco es ésa su pretensión, y, en cambio, sí que consigue centrar perfectamente la atención del espectador y mantener despierto su interés a lo largo de todo el metraje.

El segundo de sus puntos fuertes es la fastuosa interpretación que cuaja su protagonista, esa gran dama de la escena argentina que era –y aún es- Norma Aleandro. Sin desmerecer la valía, y el mérito del trabajo, de su partenaire –un más que contrastado y veterano Héctor Alterio, que, sin embargo, ha de ceder su espacio en función del menor peso de su personaje-, la creación de la Aleandro es verdaderamente inmensa: especialmente, cómo asume e interioriza la progresión del clímax dramático, y cómo consigue dotar a su personaje, a través de giros muy sutiles, tanto de su presencia física (que, paulatinamente, se va “relajando”) como de su estado de ánimo (que, en contrapunto con lo anterior, se va “tensando”), de una viveza extraordinaria, que plasma en estado casi puro toda la angustia, el dolor y el desencanto a que le va llevando el desvelamiento progresivo de la verdad -esa verdad que siempre duele, pero que lo hace más cuando toca ahí donde más lo puede hacer, en la maternidad, en el vínculo filial, aunque no sea biológico; ese territorio donde no hay nada que pueda redimir ni consolar, pero que ella tiene que asumir sin red que la cubra ni pañuelo que enjugue sus lágrimas-. La catarata de premios con que esta creación tan portentosa fue reconocida (Cóndor de Plata de la crítica argentina; David de Donatello, en Italia; mejor actriz en Cannes; crítica de Nueva York) no fue sino el justo y merecido premio al nivel demostrado por Norma Aleandro.

Premiada –en uno de esos ataques de mala conciencia o incorrección política (o ambas cosas) que a veces asaltan a la Academia hollywoodiense- con el Oscar a la mejor película extranjera, La historia oficial es cine en carne viva, del que no deja indiferente ni a tirios ni a troyanos, y, aun cuando fuera sólo por eso (y no habría que resaltar que, en cualquier caso, está revestida de otros méritos adicionales), ya se convierte en una de esas obras cuya contemplación siempre enriquece a todo aquel que a ella se acerca.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Mi Buenos Aires querido I: días nublados




No termino de asimilar la supuesta, presunta o probable poesía de los días nublados. Y me barrunto que un dia de éstos tendremos que abordar alguna suerte de pacto, de acuerdo de no agresión, que me permita hacérmelos a mí mismo llevaderos. Acotar refugios, marcar distancias, barnizarme el alma con lacas más alegres: mecanismos para soportar lo que ahora se me hace tan difícilmente soportable. Afortunadamente, el lugar donde vivo no brinda días nublados con mucha frecuencia. Un alivio. Pero, aún así, algo tendremos que hacer, ellos y yo. Especialmente, yo. Supongo que solamente yo. Porque a ellos, al fin y al cabo, ¿qué más les da? Tienen a tanta gente que les proclama su poesía...

viernes, 16 de noviembre de 2007

Los buenos buenosos I: Kurt Gerstein (Amén; Francia, 2002)


Inaugurar esta sección con la figura de un oficial nazi, que, para mayor agravante, arranca su recorrido personal en la trama de la historia con el firme convencimiento de las bondades del sistema político al que sirve –en su calidad de reputado científico especializado en cuestiones químicas-, podría resultar incluso sarcástico para alguien con miras un tanto limitadas acerca de la condición humana. Pero creo que el teniente Kurt Gerstein de Amén, penúltima película de la filmografía de Costa-Gavras, resulta mucho más creíble y entendible, precisamente, por su recorrido ideológico, por el amplio arco en que sus convicciones se van desplazando, que la inmensa mayoría de esos despiadados y monolíticos nacionalsocialistas que la narrativa, tanto literaria como cinematográfica, salvo excepciones muy puntuales, nos había ido mostrando a lo largo de las décadas precedentes (tendencia que, por cierto, parece que empieza a romperse últimamente gracias a una mirada más incisiva –y realista, para nuestra desgracia-).

Gerstein, esposo y padre ejemplar de una perfecta familia aria (de manual, cabría decir), y muy influido por un entorno familiar donde el enaltecimiento del nazismo es algo incuestionable, está totalmente entregado a la causa. Sus estudios sobre las aplicaciones de gases desinfectantes al tratamiento del agua le otorgan un enorme prestigio, y le confieren una inmensa proyección dentro del sistema: es uno de los hombres con futuro, alguien destinado a escalar en las entrañas del establishment y ocupar en el mismo un puesto privilegiado. Pero, un día, en un campo de concentración, tiene la ocasión de mirar y ver. Y mira. Y ve. Y todo su entramado de convicciones científicas e ideológicas se viene abajo, cual frágil castilllo de naipes. A partir de ahí, todo su actuar se convertirá en una auténtica carrera contrarreloj para que, sin verse desenmascarado, sin que se quiebre la confianza de sus mayores en él, ese sistema al que con tanta fidelidad y entrega ha venido sirviendo, pueda desmoronarse sin arrastrarle a él y a su familia en su caída. O sea, la cuadratura del círculo.

Ese giro en la actitud de Gerstein, ese vuelco interior que le impulsa a variar no sólo su percepción, sino también su acción, es el que nos da la real medida de su bondad intrínseca, ésa que quedaba sepultada por el uniforme, la seriedad, o su vocación militante. Y es la piedra de toque con la que constrastar la verdadera catadura del personaje: la de un bueno buenoso con todas las de la ley –que, además, es encarnado de una manera convincente y de calado por un excelente actor: Ulrich Tukur-. Hasta el próximo, amigos lectores...

jueves, 15 de noviembre de 2007

Blog solidario


Hay un viejo refrán que reza aquello de que “más vale tarde que nunca”. En fin... Jamás terminé yo de tener muy clara la certeza de tal aserto; es más, me atrevería a asegurar que, en determinadas circunstancias, y más bien al contrario, resulta radicalmente falso (y si no, que se lo pregunten a los vecinos esos de un pueblo gallego, a los que han encarcelado recientemente como consecuencia de unos hechos acaecidos hace... nueve años). En el caso que nos ocupa, yo no he dejado pasar nueve años, ni muchísimo menos; pero también tengo claro que, con mi tardanza, he faltado al respeto a aquel que tuvo a bien hacerme partícipe (pensando que así lo merecía) de un reconocimiento como es este del blog solidario –que, por otro lado, no termino yo de ver muy propio, si nos atenemos al sentido estricto del término, pero que igualmente valoro positivamente porque sé que, en todo caso, es fruto del cariño y el aprecio que su otorgante me profesa (y que él sabe que, en justa reciprocidad, yo le profeso igualmente)-.

Ya sabes, compa Josep, ante todo, y en primer lugar, disculpas. Y a continuación, y en segundo lugar, gracias. En tercer lugar, y para finalizar, una declaración de intenciones: éste es mi último meme, o asimilable (entiéndase, cualquier contenido bloguero generado en cadena), al menos, hasta tanto mis actuales circunstancias de baja disponibilidad así lo hagan conveniente (para mi salud y descanso, claro está). De hecho, incumpliendo las reglas establecidas para éste, no otorgo el premio a ningún blog amigo. Pero, en cualquier caso, ya saben ustedes, amigos lectores, para qué suelen servir las declaraciones de intenciones: tómense la mía cual si de una promesa preelectoral se tratara. Salud...

lunes, 12 de noviembre de 2007

Metablog XXVI: contadores


Tecnoadicto: dícese de la persona que es incapaz de controlar emocionalmente su desmedida afición por cualquier aparatejo que, conectado a una toma de corriente eléctrica (o no), haga virguerías varias (especialmente, si éstas se desarrollan en el campo de la informática, la telefonía, la imagen y/o el sonido). No hace falta ser un lince para constatar que, dada la descomunal extensión que esos ramos industriales vienen adquiriendo en estos tiempos que corren, la tecnoadicción termina resultando un fenómeno cuyas modalidades y variedades son innumerables, y que resulta muy difícil encontrar algún caso de tecnoadicción genérica (es decir, no localizada y centrada específicamente en una o varias materias o apartados concretos), siendo lo más habitual que cada tecnoadicto tenga su muy particular catálogo de querencias. Partiendo de tal consideración, se puede ir descendiendo en la escala de especialización, hasta llegar a localizar supuestos concretos que podríamos calificar –siendo, quizá, muy benévolos en el calificativo- como curiosos o pintorescos. Tampoco es infrecuente que esas tecnoadicciones especializadas vayan variando a una velocidad vertiginosa, en la medida en que ese mismo vértigo impregna el ritmo con el que van apareciendo elementos novedosos en el “ángulo de tiro” del paciente.

Bien, amigos lectores, tanto rodeo para, lisa y llanamente, confesarles que, durante algún tiempo, he sido un adicto redomado al contador de visitas de mi blog: artilugio que, en lo más crudo de mi dolencia, llegaba a consultar hasta decenas de veces a lo largo del día, por el mero placer de hacerlo (dado, obviamente, el nulo interés informativo que podía tener un dato que apenas si variaba, dado lo enloquecedor de la frecuencia con que hacía consultas del mismo), y sin que la plena consciencia de la futilidad del empeño (futilidad agravada por la constancia inequívoca de que, además, el contador en cuestión fallaba –y falla- más que una escopetilla de feria, con lo cual la bondad y exactitud de sus datos son bastante relativas...) me hiciera atemperar ese furor consultivo que, afortunadamente, hoy parece haber remitido de manera notable.

Más allá de tales furores adictivos, y de los errores de cómputo del artilugio –que supongo deben ser bastante comunes al amplio repertorio de los mismos que cabe encontrar en el bloguerío universal-, no dejo de reconocer que la herramienta en cuestión, para aquellos que ya hemos confesado en más de una ocasión, y en más de dos (y no sé cuántas veces más habré de hacerlo...), que, en lo que atañe al número de visitas, el tamaño sí nos importa (o sea, que cuántas más, mejor), se trata de un elemento de muchísima importancia. La misma que tendrá, supongo, para todo aquel que lo tiene instalado (para unos más, para otros menos, naturalmente), dado que lo que no resulta excesivamente creíble (salvo puntuales excepciones) es el discurso de aquel que, a la vez que proclama que a él se le da una higa cuánta gente visita su blog, aloja en algún rincón más o menos visible del mismo un hermoso contador.

Los servicios de cómputo ofrecen, además, por lo general, y con profusión cada vez más amplia, diversas informaciones que, desglosando los datos cuantitativos en función de diversas variables, nos permiten saber cómo llegan las visitas a nuestro blog: con qué criterios de búsqueda, con qué navegadores, desde qué enlaces... En fin, que ya lo dice el viejo dicho: que el saber no ocupa lugar, y todas esas informaciones siempre nos pueden ofrecer algún dato de interés, aun cuando sólo sea para saciar nuestra más insana curiosidad.

¿Conclusión? Ponga, amigo lector, si es usted bloguero de pro, un contador en su vida. Más allá de la utilidad que sea capaz de encontrarle, en función de lo apuntado en los párrafos precedentes, siempre tendrá la posibilidad de terminar enganchado al mismo. Y les puedo asegurar que, como vicio, es bastante menos oneroso, para la salud y para el bolsillo, que cualquier otro de esos que a usted y a mí se nos pueden estar viniendo ahora mismo a la cabeza. ¿O no...?

viernes, 9 de noviembre de 2007

LAS DIABÓLICAS (LES DIABOLIQUES; FRANCIA, 1955)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Christina, una acaudalada mujer de origen venezolano, con graves problemas cardíacos, es la esposa de Michel Delassalle, un bon vivant, descarado y mujeriego, con el que comparte, además de la dirección de un elitista, aunque un tanto venido a menos, colegio privado, amante: Nicole Horner, profesora del mismo colegio, una mujer de fuerte carácter y presencia física poderosa y rotunda. Ambas son víctimas frecuentes de los desplantes y malos modos de Michel, que no guarda recato alguno en jugar a la vez con las dos, aun en presencia de los internos y sus demás profesores. Hartas de la situación, Christine y Nicole deciden poner fin a la misma mediante el método más expeditivo que se les puede ocurrir: eliminarlo físicamente. Para ello, trazan un plan perfectamente medido, cuya ejecución llevan a cabo sin mayores contratiempos, hasta que los nervios empiezan a hacer mella, de forma cada vez más acusada, en la asustadiza Christine, que es incapaz de rehusar, inane ante los acontecimientos, a los poco claros servicios que Alfred Fichet, un ex comisario jubilado, le ofrece con no se sabe qué intereses, más allá de lo crematístico. La intervención de éste empieza a aclarar ciertos puntos, pero Michel, un supuesto cadáver, empieza a aparecer –misteriosamente-, cada vez en más lugares...

RESEÑA CRÍTICA.-

Las decadas gloriosas de Hollywood (las de los años 30 y 40 del pasado siglo) no alumbraron, en lo sustancial, ningún género nuevo, pero sí que delinearon y amoldaron un buen número de ellos, hasta dotarlos de una consistencia y unas señas de identidad con las que ya quedaron definidos de una manera clara y rotunda. Entre ellos, muy especialmente, el cine negro, cuyas muestras cimeras se ubican en dicho periodo, contribuyendo con ello a que dicho género sea contemplado como un producto genuinamente americano.

Pero en Europa se aprendía rápido y bien, y no faltaban cineastas dispuestos, con toda valentía, a afrontar el suspense criminal como una asignatura en la que probar suerte. Asi lo hizo Georges-Henri Clouzot con Las diabólicas, y, a la vista de los resultados, no cabe sino considerar que el reto fue superado con una nota más que satisfactoria, y un éxito algo más que estimable.

Estamos ante un film que juega, en buena parte, con elementos perfectamente reconocibles, ya que su trama se asienta en una situación de partida (la del triángulo amoroso) y un desarrollo (la confabulación de dos de sus elementos contra el tercero en discordia) que ya habían sido exhibidos en películas anteriores (baste recordar, como ejemplo quizá más señero, el de El cartero siempre llama dos veces, de Tay Garnett). ¿Dónde radicaba, pues, su originalidad y, más acusadamente aún, su carácter transgresor?

Fundamentalmente, en dos aspectos: el primero, el hecho de que las confabuladas sean las dos mujeres (tengo mis muy serias dudas sobre si ambas dos son tan diabólicas como el título plantea, o más bien estamos ante una diabolizante inductora y una diabolizada inducida, como parece marcar el dibujo de carácter de los personajes), con las evidentes connotaciones de transgresión moral que ello conlleva (el lesbianismo, aun con toda la sutileza formal con que se nos ofrece en la pantalla –no hay el más mínimo atisbo de contacto físico entre las dos protagonistas a lo largo de todo el metraje del film-, no era un tema fácil de admitir para la época en que nos hallamos, mediados de los 50); y el segundo, su retruécano final, esa doble vuelta de tuerca postrera, que, con un giro y otro giro, subvierte todo el hilo argumental que se ha venido desplegando en su desarrollo precedente (algo que el cine de suspense más reciente ha explotado hasta la saciedad, pero que, por aquel entonces, constituía un mecanismo francamente novedoso).

Y aunque Clouzot no es Hitchcok –por más que cierta línea crítica los haya emparentado al hilo de la exégesis de esta película, el director francés no goza del inmenso talento cinematográfico de su colega británico-, no por ello su técnica narrativa se puede calificar de tosca. Domina el ritmo, de manera que el tempo de la acción se adecua en todo momento a la alternancia de los distintos pasajes; su puesta en escena, aun sin grandes alardes, es más que correcta (juega sabiamente con los contrastes entre interiores y exteriores, así como acierta plenamente en la atmósfera física que da tono y contextura al film, recalcando la importancia que, como elemento dramático, tiene el agua a base de un nublado permanente en la ambientación –no hay una sola escena soleada, predominando siempre un tono de penumbra-); y todo ello, a su vez, se ve magníficamente realzado por la turbiedad de una fotografía en blanco y negro muy lograda. Si a todo ello se une una excelente utilización de los contrapuntos tanto de acción como de personajes, nos terminamos hallando ante un film técnicamente bastante logrado.

Tampoco caben mayores objeciones al trabajo interpretativo de las protagonistas, muy especialmente el de sus dos actrices principales, cuya presencia casi permanente en pantalla (y, en numerosas ocasiones, compartiendo plano) las obliga a un esfuerzo en su desempeño más que notable: Vera Clouzot –la "mujer del jefe", no lo olvidemos-, una mujer de aspecto frágil y quebradizo, y de belleza serena, cuyo desvalimiento físico y afectivo mueve a la compasión casi permanente, está bastante por encima de sus evidentes limitaciones técnicas, y llega a componer un personaje bastante convincente; y en cuanto a Simone Signoret, todo su empque, aun hosco y con un punto de envaramiento en algún pasaje puntual, brilla al servicio de una composición tan contundente como creíble. No debe olvidarse, por otro lado, en el capítulo de las interpretaciones, el hacer una mención, siquiera sea somera, al veteranísimo Charles Vanel, cuyo papel de viejo comisario retirado, que servirá de catalizador para el desenlace de ese inmenso barullo en que desemboca la trama, le da ocasión para brillar, dentro de lo modesto y limitado de su aportación.

Atendiendo a la -no por lógica, menos curiosa- petición que el cartel final de la película, después de su último plano, nos hace, me he abstenido, en la sinopsis previa, de desvelarles el final de la historia: sería una tremenda falta de educación, rayana en el “insulto cinematográfico”. Pero sí quisiera, en cambio, recomendarles vivamente que disfruten de esta más que interesante película: sumérjanse en su subyugante intriga y tendrán garantizadas un par de horas de intenso entretenimiento (y algún que otro sobresalto...). Y si su estética o su puesta en escena les resultan un tanto demodés, habrá que recordar que existe una versión bastante reciente (eso que se suele denominar, en esa corriente arrasadora de barbarismo anglosajón, remake), con Isabelle Adjani y Sharon Stone –ahí es nada...-, totalmente adaptada a los tiempos que corren. Pero, claro está, ya no es lo mismo; faltaría mas...

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Una nueva aventura


Algo había avanzado, muy de pasada, en un par de reseñas anteriores, pero, en un arranque más propio de folklórica supersticiosa que de la persona común y sensata por la que, habitualmente, me tengo a mí mismo en consideración, no había querido entrar en mayores detalles. Y ahora, que ya he publicado allí mi primera reseña, creo que ha llegado ya el momento.

Me embarco en una nueva aventura internaútica, la de los blogs de La Butaca, revista de cine con la que vengo colaborando desde hace ya algunos años, y que, ahora, con ánimos y bríos renovados, emprende esta nueva iniciativa, muy a tono con el signo de los tiempos y la irrefrenable extensión que este formato viene adquiriendo últimamente. Y lo hago con toda la ilusión del mundo, porque me proporciona una nueva ventana, amplia, espaciosa, luminosa, desde la que poder seguir dándole cancha a esta pasión mía por darle a la tecla de manera inmisericorde.

No sé si se trata de un puerto de llegada, o de un punto de partida. Supongo que eso es algo que nunca termina de tenerse claro, y más aún en estos albores del proyecto, cuando apenas si acaba de arrancar. Lo que sí que me consta positivamente es que este proyecto implicará, por obvios motivos de disponibilidad temporal, el que mi blog personal vea reducidas –como, de hecho, ya lo venía haciendo en estas últimas semanas- la frecuencia y cuantía de sus actualizaciones, así como que se vaya decantando, mayoritariamente, hacia territorios no conectados con el mundo del cine –sin que eso implique que esa materia vaya a desaparecer de él por completo-.

Sólo me resta decirles, amigos lectores, que, por mi parte, y abusando de su buena disposición, que de corazón bien les agradezco, también estaré esperándoles allí, junto al resto de mis compañeros de proyecto. Sean, de antemano, bienvenidos, y ojalá tengan ocasión de disfrutar tanto con su lectura como lo hacemos nosotros con su escritura.

viernes, 2 de noviembre de 2007

Varietés artísticas y culturales X: las cosas del tito Bruce


La prensa generalista se hacía eco, hace ya algunos días -es lo que tiene esto de la "languidez bloguera"-, y con amplitud y profusión, de la inminente salida al mercado del nuevo disco de Bruce Springsteen, Magic, bajo la consideración, en general, de que constituye una especie de “salto al pop” por parte del rockero estadounidense. No formo parte de la fiel (y numerosísima) cohorte de seguidores del neoyorquino, una suerte de cofradía cuyo entusiasmo y entrega encuentran difícil parangón en este loco y efímero panorama de la música de masas internacional, donde todo es material de uso (inmediato) y derribo (más inmediato aún), y en el que cada día es más difícil encontrar carreras sólidas y prolongadas. La de Springsteen lo es, sin ningún género de dudas, y ése ya es motivo más que suficiente para que, más allá de lo que me pueda, más o menos, gustar, se haga acreedor del mayor de mis respetos.

En cualquier caso, lo que no termino de entender muy bien es que se hable de “salto al pop”, o formulaciones similares. No soy un entendido en materia musical (para ser más precisos, tendría que decir que no soy un entendido en, prácticamente, ninguna materia), pero mis cortas entendedoras melómanas sí me dan de sí para entender (o, como en este caso, no entender muy bien) ciertas disquisiciones. ¿Cuál es la frontera entre el pop y el rock? ¿Es una cuestión de suavidades, fuerzas, estridencias, sonoridades, instrumentaciones...? ¿No cabe entender –yo, al menos, así lo entendí siempre- que, en un concepto amplio del pop, caben muchísimas tendencias y territorios musicales –entre ellos, aquellos por los que siempre transitó Springsteen-? ¿Hungry heart o Sherry darling no son temas claramente pop? ¿En qué recodo del camino me perdí algo, y que fue lo que me perdí...?

Creo, me temo, que estamos ante la enésima (y las que nos quedan...) formulación de un señuelo promocional bajo la cobertura de una (más o menos supuesta, más o menos real) circunstancia artística que se pretende como relevante. Y aunque no cuesta excesivo trabajo entender que, en un mercado tan duro y complicado, es lógico intentar aprovechar cualquier elemento que refuerce la atención sobre un producto, tampoco está de más guardar ciertas prevenciones ante reclamos que, en la mayor parte de las ocasiones, no guardan relacion alguna con una realidad bastante menos magnífica, o profunda, o sustanciosa, de lo que esas altas proclamas –que, en el fondo, sólo propagan un humo bajo el que esconder lo de siempre: más de lo mismo...- quieren poner de manifiesto.

Y lo digo, insisto, desde el mayor respeto a Bruce Springsteen y sus seguidores. Pero las motos, en el concesionario de la esquina. A ser posible, por favor...

miércoles, 24 de octubre de 2007

Afectos espaciales


Siempre me llama la atención la capacidad de generar afectos que tienen ciertos espacios: lugares, edificios, paisajes. Aunque, supongo, los afectos no los generan propiamente los espacios, sino las vivencias que en ellos desarrollamos, o que a ellos asociamos, de manera más o menos lógica, con mayor o menor fundamento. Hace unos días, me “despedía” de un edificio al que he estado acudiendo, con cierta frecuencia y regularidad, durante los dos últimos años, y al que, previsiblemente, no volveré –si es que llego a hacerlo- en mucho tiempo; es un edificio que, más allá de esa vivencia personal, tiene también para mí unas connotaciones muy especiales, vinculadas a la relación que con él guarda un familiar muy cercano –relación que hunde sus raíces en un pasado que empieza a adquirir ribetes de lejanía-. Y, al volver la vista atrás, para contemplarlo por esa probable última vez, he sentido una especie de pellizco, me he sentido raro. No ha sido la primera vez, y espero tener ocasión de sentirlo muchas veces más. Será un síntoma excelente....

Buenos Aires


¿Y por qué Buenos Aires...? Muy sencillo. No hay nada que me evoque la fascinación por lo desconocido tanto como lo hace Buenos Aires. Una ciudad que no conozco, en la que jamás estuve, y en la que no sé si llegaré a estar, y de la que tampoco tengo mayores referencias, ni las deseo. Sólo sé que, cuando era pequeño, muy pequeño (¿seis, siete años...?), una vieja estampa en blanco y negro -en el interior del lomo de un diccionario enciclópedico, Enciclopedia Universal Sopena, por más señas- encendió en mí una pasión extraña y poco explicable, que a día de hoy aún no ha mermado un ápice. Supongo que así son las grandes pasiones de la vida. Y aunque no siempre será un sentimiento de ese tipo el que me mueva a escribir aquí, así arranca. ¿Hasta dónde, hasta cuándo? No lo sé. Y ustedes, amigos lectores, tampoco. Así que empezamos bien, muy bien...

Mi Buenos Aires querido 0: una explicación

Hace unos días, les hablaba, amigos lectores, así como al desgaire, de mi intención de emprender una línea de reseñas algo más intimista, más personal, de lo que lo han venido siendo las publicadas hasta ahora. Incluso me planteaba que, llegado el momento, y para no generar más confusión y desorden de las que ya generan la dispersión temática de este blog, emprendería tal iniciativa a través de un nuevo blog.

Dicho y hecho: así, con esa vocación y alcance, nació Mi Buenos Aires querido. Un empeño ilusionante e ilusionado, aun con toda su humildad y sencillez, para dar salida a las inquietudes antes apuntadas. Nació, adquirió un formato, se abrió con un par de reseñas –las mismas que a continuación les reproduzco-. Pero... Casi siempre hay un pero. ¿Por qué habría de ser distinto en este caso...?

La cuestión es que, aunque se trata de un “pero” gozoso –una nueva aventura cibernaútica en la que me embarco dentro de pocos días, y de la que daré cuenta en otra reseña a no mucho tardar-, es un “pero” de suficiente entidad como para haberme movido a replantearme mis premisas de partida. Y, de hecho, me ha llevado a tomar la decisión de cerrar esa tan incipiente “sucursal” de la que les hablaba arriba. Eso sí, el abandono del soporte, del vehículo formal, no tiene por qué implicar la retirada de la idea. Y, en la medida en que la idea y el impulso me siguen pareciendo positivos, intentaré que aquí tengan cabida y cauce –no sé si con mayor o menor fortuna, pero no será por falta de intento por lo que el empeño muera-.

¿De su acogida? De ésa, amigos lectores, son ustedes, en último extremo y en buena parte, los responsables. Pero, desde ya, les doy las gracias por su buena disposición y les garantizo que intentaré hacerles fácil la tarea. No les aseguro resultados, pero sí buena voluntad. Ya se sabe que no es suficiente, pero ayuda, y mucho. ¿Mientras tanto? A seguir caminando...

martes, 16 de octubre de 2007

El meme de los pecados capitales

Puestos en memes, éste es uno que mi compa Patri me puso en “bandeja de salida” hace muchísimas semanas -meses más bien, diría yo...-. Así que, con mis disculpas por el enorme retraso en darle cumplimiento, mi esperanza de que el resultado no sea muy impertinente, y mi lista de damnificados al final, como decía Mr. Increíble, allá vamos....

Las reglas:

1ª Debes de pegar estas reglas en tu blog. 2ª Invita a hacer el meme a quien creas pertinente, sin exceder el número 7, por qué, por cuestiones del autor. 3ª Deja un comentario a esa persona a la que estás invitando en su entrada más reciente. 4ª El relato de los pecados será acorde al susodicho. 5ª No hay más reglas...

La ira

Creo que debo ser, sinceramente, una de las personas menos iracundas de la Tierra. No entiendo de iras, ni ciegas, ni sordas, ni breves, ni largas. También supongo que las procesiones irán por dentro. Eso dicen. Será cierto...

La lujuria.

Sin comentarios, por defecto. Está usted detenido (no se mueva); tiene derecho a (y conveniencia de) permanecer en silencio, y a no hablar si no es presencia de su abogado (aunque lo comparta con el diablo); cualquier cosa que diga puee ser utilizada en su contra. Por eso, calladito. Más guapo (dentro de los límites sabidos...)

La gula.

Sin comentarios, por exceso. El resto, como la anterior...

La envidia.

Cochina. Si no es cochina, no me interesa. Dicen que hay una sana, pero jamás la conocí, salvo que se confunda con la admiración, que es otra cosa. Creo...

La avaricia.

O el ansia de posesión ilimitada. Uno tiende a creer que no peca por ese capítulo cuando no ambiciona el vil metal, pero hay otros tipos de avaricia, y conozco bien alguno. Pero no me pidan que se lo cuente...


La soberbia.

Un caballito complicado de domar, sobre todo cuando cabalga fustigado por la vanidad. Y sé lo que me digo (aunque, a veces, también, no siempre, no me guste mucho hablar de ello). Por motivos obvios, claro (pecado poco glamuroso este...).

La pereza.

Cuenta la leyenda shakespeariana que Ricardo III cambiaba su reino por un caballo. Algunos días, cuando suena el despertador del móvil a horas muy tempranas, no sé por cual de mis (por otro lado, no muy numerosas ni valiosas) posesiones materiales, cambiaría un par de minutitos más en la cama. Pero tampoco tengo yo muy claro que eso sea, precisamente, pereza..

Y los damnificados son: E-catarsis (ya sé que no te entusiasman, pero es mi regalo vacacional...), Thalatta (debería dar mucho jugo, o mucho juego, no sé exactamente...), Josep (con el ánimo, exclusivamente, de que te desintoxiques un poquito de esas excelentes reseñas cinéfilas que nos regalas...) y Joan (porque lo vales, compa, porque lo vales..). A correr, que cierran el quiosco...

jueves, 11 de octubre de 2007

LA NOCHE DEL DEMONIO (CURSE OF THE DEMON; U.S.A., 1957)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

John Holden, prestigioso psiquiatra norteamericano, acude a un congreso en Gran Bretaña con la pretensión de desenmascarar las patrañas que él considera que se ocultan tras supuestos fenómenos paranormales. Allí espera encontrarse con un amigo, el doctor Henry Harrington, pero descubre con estupor que éste, tras mantenido unos misteriosos tratos con un personaje bastante siniestro, vinculado al cultivo de los ritos satánicos, Julian Karswell, ha fallecido en un accidente acaecido en circunstancias poco claras. Impulsado por el deseo de averiguar la verdad de lo sucedido, y ayudado en tal empeño por Joanna, la joven y bella sobrina del finado –hacia la cual también irá sintiéndose paulatinamente más atraído-, el doctor Holden inicia una implacable persecución de ese siniestro personaje, en el curso de la cual se irá viendo afectado por extraños acontecimientos que le harán reconsiderar todos sus prejuicios racionales y cientifistas hacia el mundo de lo oculto.

RESEÑA CRÍTICA.-

Los años 50 alumbraron en el cine estadounidense -como reflejo de unos miedos nacidos al calor de las secuelas de la gran guerra (y su horror atómico de Hiroshima y Nagasaki) y ese territorio ignoto que se abría con los albores de la guerra fría-, y especialmente en el ámbito de la serie B (y aún inferior), un fértil reguero de producciones de terror plagadas de monstruos extraños, fenómenos paranormales y engendros alienígenas que se alejaban enormemente de los referentes clásicos del género: malos tiempos para Frankenstein, Drácula o el Hombre-Lobo –aunque no tardarían en ser rescatados y devueltos a su trono por obra y gracia de las producciones británicas de la Hammer de los primeros 60-.

Pero el demonio es otra cosa. Mucho Belcebú, este Belcebú. Este personaje no podía abandonar la escena así como así. Y aquí, en esta sencilla y humilde película de Jacques Tourneur, resurge en todo su esplendor: inquietante, amenazante y todopoderoso, ni la racionalidad más científicamente ortodoxa puede interponerse en su camino, para cuyo recorrido tampoco requiere de excesivos alardes; le bastan dos apariciones “completas” (al principio y al final) y un mero amago (a mitad del metraje) para sentar sus reales y sobrecogernos como pocos horrores podrían hacerlo.

Con un blanco y negro turbio, tanto en exteriores como en interiores, pero que consigue un resultado ambiental magnífico, plenamente a tono con los requerimientos temáticos del film, Tourneur plasma muy bien lo que constituye el auténtico telón de fondo de la historia, que no es otro sino la trayectoria del protagonista –apoyándose también para ello en un muy correcto trabajo de un discreto pero eficaz Dana Andrews-: éste va pasando de un escepticismo un tanto histriónico y burlesco (se siente particularmente ofendido ante la más simple sugerencia de la posibilidad de la existencia real de elementos paranormales) a una duda más que inquietante, para terminar en un miedo convincente y convencido, del que ni siquiera sus galanteos con una atractiva (y también eficiente en su trabajo interpretativo) Peggy Cummings podrá distraerlo.

Film sencillo, tanto en su concepción como en su desarrollo, inquieta fuertemente, especialmente por su textura visual, y sorprende lo logrado de sus resultados, habida cuenta de las obvias limitaciones técnicas que la época imponía; muy a destacar, sobre todo, ese diablo protagonista, de aspecto francamente terrorífico: efectos especiales mucho más chapuceros se han podido ver en películas (tanto del género como de sus aledaños) muy, muy posteriores y de presupuestos infinitamente más generosos. Y da miedo, por supuesto que da miedo, y de eso, en última instancia, es de lo que se trata, cuando a una peli de terror nos asomamos: misión, pues, cumplida...

martes, 9 de octubre de 2007

Metablog XXV: gadgets multimedia


¿Por qué, en contra de lo que se llegó a pronosticar hace sólo algunos años, el boom de Internet no ha llegado a través de su expansión televisiva –recuerdo cómo algunos gurús de la comunicación intuían que la Red se convertiría en algo tan cotidiano como la baguette o la cervecita a través de la caja tonto-catódica...-? No lo sé a ciencia cierta, pero, cuando el otro día lo comentaba con Elvira, mi mujer, llegábamos a la conclusión de que, muy probablemente, el quid de la cuestión radicaba en que el público, en general, seguía asociando Intenet al elemento texto, y nadie pone en casa la tele para leer (bueno, casi nadie pone casi nada en casa para leer...). Más o menos, supongo, suponemos...

No obstante lo anterior, hay que reconocer que Internet, de todos modos, cada vez incorpora con más profusión, y a todos los niveles, contenidos multimedia (odio el palabro, pero, a estas horas, no tengo muchas ganas de sustituirla por otra más apetecible...). Ya no es una cuestión que se ciña, en exclusiva, al boom Youtube, y fenómenos más o menos asimilables. En ese terreno, las gentes del bloguerío no hacen más que, aprovechando las facilidades de edición que proporcionan los distintos servicios de alojamiento, explotar esa veta para dotar a su producto de señuelos (dicho sea en el sentido más puramente positivo de la palabra, y sin el más mínimo ánimo peyorativo) que lo hagan más atractivo e interesante.

Sabia e interesante opción, vaya por delante tal consideración. Pero que, en lo que a mí respecta, no termina de seducirme, al menos en mi faceta creadora (y pido perdón a los creadores por utilizar la palabra, pero es que algo tenía que poner....). He de suponer que mis lectores habituales ya están acostumbrados al aspecto casi espartano de mi blog: puro texto (que, además, por lo general, suele pecar de una extensión poco recomendable para las urgencias en las que nos desenvolvemos por nuestros “cibergarbeos”...) con el único aditamento de alguna imagen que, generalmente, guarda alguna relación temática con el anterior (aunque no siempre...), pero sin que esté particularmente cuidada en su elaboración (algo poco habitual) o elección (y que la SGAE y sus adláteres me pillen “confesao”...). Y me temo que así va a seguir siendo, per secula seculorum. Amén....

Tema distinto es el de mis querencias en la faceta lectora. Generalmente, me agrada encontrarme piezas musicales y vídeos diversos entre el contenido de los blogs que frecuento; más las primeras que los segundos, la verdad sea dicha. Y muy probablemente por una cuestión (logística) la mar de elemental: mientras que las piezas musicales no sólo te permiten simultanear su audición con la lectura del texto, sino que, por lo general, constituyen un fondo sonoro que realza el placer de la lectura –aunque eso depende también, básicamente, de cuánto te guste el tema musical en cuestión-, la pieza de vídeo reclama una atención exclusiva e incompatible. Si se trata de un vídeo cortito, no hay mayor problema; pero cuando algún buen compa y amigo bloguero te pone una peli a cachitos “youtuberos” para acompañar su glosa (y me vas a perdonar la maldad, compa, pero ya te la había avisado: para hacerme perdonar, pondré aquí el enlace –y me apuntas las visitas en el saldo de mi cuenta...-), pues qué quieren que les diga. Me perdonarán la burricie, pero el tiempo apremia: y manda aquellos que decía el tipo aquel....


En definitiva, y concluyendo: que los gadgets multimedia son como mi vecina del cuarto derecha. Me encanta, pero se la dejo a mi vecino del cuarto izquierda. Ah, perdón, era del cuarto derecha. ¿Y qué más da...? Feliz semana, amigos lectores.

sábado, 6 de octubre de 2007

Micro XXIX: autocompasión


No es una actitud que me entusiasme especialmente, pero es una certeza objetiva que pasan los días, y soy incapaz de encontrar un hueco para actualizar este blog. Hoy, al menos, he procedido a actualizar (casi en su totalidad) la sección de críticas -algo es algo...-, y también ando trasteando con la idea de abrir una especie de "sucursal intimista" de esta casa -un sitio en el que, por ejemplo, hablarles de mi furibunda fascinación por un lugar como Buenos Aires...-). Pero aún quedan artículos por escribir y publicar, y respuestas que dar a esos buenos y fieles lectores que algo me contaron, y a los que aún no dije nada, pese a los largos días transcurridos. Un desastre...

miércoles, 26 de septiembre de 2007

A salto de mata XXV: la transición


Desconozco exactamente cuál puede ser el motivo, si es que hay uno solo. Muy probablemente, no; como suele ser habitual en estos casos, supongo que hay una acumulación de circunstancias: la cercanía, relativa, en el tiempo; la coincidencia personal con un momento vital cuajado de expectativas y descubrimientos; el halo de incertidumbre, con esa extraña mezcla de gozo (por lo que, ilusionada –y, quizá, ilusamente- se vislumbraba) y miedo (por la facilidad con que todo se podía ir, aún, al traste), que desprendía –y que, aún hoy, en retrospectiva, no deja de asombrarme: sin ánimo de mitificar (no hay época histórica ni ser humano que no sea, al fin y a la postre, un compendio de luces y sombras), creo que nada ha vuelto a ser igual...-.

No lo sé. Lo único que sé, con absoluta certeza, es que si hay un momento histórico de mi país que me atrae hasta la más absoluta fascinación, es ese que comúnmente venimos llamando la transición. Y me atrae desde todos sus ángulos y perspectivas: los grandes hitos políticos y sociales, sí, desde luego, cómo no; pero también, casi tanto o más que lo anterior, las pequeñas historias cotidianas de los ciudadanos anónimos que transitaron (que transitamos, más bien y para ser más exactos) por tal periodo (supongo que, como tal, y propiamente dicho, podemos darlo por definitivamente cerrado: lo de ahora, mejor o peor, es, sin ningún género de dudas, otra historia...). Devoro cualquier material relacionado con la época, cualquier documento, en el soporte que sea –escrito, sonoro, visual-, y, aún así, ni se agota mi curiosidad ni la acumulación de datos e informaciones me genera hartazgo alguno. Algo que no me resulta muy frecuente, la verdad sea dicha –ay, la dispersión...-, en estos tiempos en que todo corre, no se sabe muy bien por qué ni hacia dónde, pero corre.

Quizá por todo lo antes apuntado, me cabrea tan soberanamente el que determinadas voces, desde el ámbito de la política, sobre todo, y en momentos puntuales, salten a la palestra con la milonga, casi muletilla a estas alturas, de “recuperar el espíritu de la transición”. Todo lo que pasa es difícilmente recuperable, y determinadas cosas, mucho más aún: ésa es su esencia, su naturaleza, su propia condición. Y un momento histórico tan particular, y fruto de la concurrencia de circunstancias tan peculiares, no va a volver. Ni falta que hace. Tema bien distinto sería el de reflexionar, sin añoranzas (aunque uno tenga su corazoncito, su cálida vivencia personal) ni (ya lo apuntaba arriba) mitificaciones, sobre el por qué valores y elementos que lo impregnaron (y que no tienen carácter histórico ni coyuntural: son eternos y universales, y pueden ser asumidos, si se quiere, en todo tiempo y lugar), están ahora tan ausentes de nuestra vida pública. Probablemente, se hizo de necesidad, virtud. Y hoy, que ya no los necesitamos, nos movemos en otra escala de principios (por llamarlos de alguna manera) y damos rienda suelta a lo que (y cómo) realmente somos. ¿O no...?

viernes, 21 de septiembre de 2007

Micro XXVIII: de lo volátil


Supongo que son pocos los escritores que, a lo largo de la historia, no han utilizado en alguna ocasión, como material literario –pocos hay con tanta y tan intensa capacidad de sugestión y evocación como éste- el de la pérdida de los referentes geográficos personales (lugares, edificios, paisajes) como fruto de los cambios acaecidos a lo largo del tiempo –la última muestra (excelente, por cierto...) que he tenido ocasión de leer, a cargo de Javier Cercas, en un artículo en El País Semanal-. Como la falta de talento y capacidades (que no de voluntad y ganas...) me impiden plantearme seriamente el intentar emular a tantos y tan ilustres predecesores en tal ejercicio, me abstendré de hacerlo como tal. Pero sí les confesaré, amigos lectores, que ayer mismo, cuando daba las rituales vueltas a mi barrio (lo de rituales es más una cuestión de vocación que de frecuencia...) a ritmo de trote suave, y, de golpe y porrazo, me encontré con una acera de menos (acera que resultaba ser víctima del comienzo de la obra de edificación de una nueva manzana de pisos; acera que mis zapatillas han pisado, rítmica y regularmente, miles y miles de veces a lo largo de los últimos ocho años, mientras contemplaba el horizonte abierto a su derecha; acera vulgar, corriente y moliente, cuajada de cagadas de perro, con los adoquines destrozados y las malas hierbas adentrándose en sus dominios, y sin el más mínimo atractivo estético...), sentí una cierta desazón. Leve, casi imperceptible, pero desazón. Todo es tan volátil.... Feliz fin de semana....

jueves, 20 de septiembre de 2007

Bésame, tonto (Kiss me, stupid; U.S.A. 1964)


· Crítica de Bésame, tonto (Kiss me, stupid; U.S.A., 1964), de Billy Wilder, con Ray Walston, Kim Novak y Dean Martin.


SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Orville Spooner es un compositor musical que vive en un pequeño pueblo de la América profunda, arrastrando una mísera existencia como profesor de piano y consumiéndose en unos celos patológicos que le hacen ver fantasmas en todo cuanto rodea a Zelda, su bella y joven esposa. Pero parece ser que, por fin, le llega un golpe de suerte, que puede hacer cambiar su destino, cuando para en su pueblo a repostar gasolina Dino, una estrella de la canción ligera a la que intentará “colocar” sus numerosas composiciones de todo género y estilo. Para conseguir su objetivo, habrá de urdir un plan, junto a su fiel cómplice (y colaborador musical), Barney –el empleado de la gasolinera-, que le permita retener a Dino el tiempo suficiente para sus fines. El problema radica en sus celos enfermizos, que, unidos a la condición de mujeriego impenitente del famoso crooner, componen un cóctel explosivo, para cuya “digestión” los dos aspirantes a glorias de la canción habrán de recurrir a los servicios de Polly “La bomba”, la profesional más prestigiosa del Belly Botton, único local del alterne del pueblecito. A partir de ese momento se sucede toda suerte de enredos y equívocos que, no obstante, culminarán con un final feliz para todos. ¿O no...?

RESEÑA CRÍTICA.-

Bien es sabido cuán difícil es mantener, de manera permanente, un nivel de excelencia creativa muy alto, incluso para el genio más reconocido, y es que –ya lo dice el refrán- hasta el mejor escribano echa un borrón. De esa forma se explica que el monstruo Wilder, que ya había cuajado comedias tan redondas como Con faldas y a lo loco o Uno, dos, tres –y aún habría de cuajar alguna que otra genialidad más- también fuera capaz de alumbrar productos bastante menos brillantes, como esta Bésame, tonto.

No se trata, ciertamente, de una mala película (eso es algo que resulta francamente complicado para los genios cuando, además de eso, gozan de oficio y veteranía; aunque también se llega a dar el caso, cómo no...), pero resulta evidente que no alcanza el nivel de sus predecesoras, respecto a las cuales evidencia una notoria falta de consistencia, vista desde una perspectiva global: no le faltan buenos gags, tanto verbales como visuales, pero éstos no dejan de ser apuntes, salpicaduras, en el marco de una trama que no termina, en ningún momento, de enganchar de forma definitiva, quizá –posiblemente- por lo poco original de las premisas sobre las que se articulan los orígenes del enredo (por otro lado, correctamente resuelto desde el punto de vista narrativo).

Además, no deja de resultar algo cargante la inyección de moralina con que el habitualmente caústico Wilder nos regala en el tramo final del film (moralina convenientemente resaltada con un elemento como la música, aunque ésta constituye, paradójicamente, uno de los aspectos más resaltables de la película: excelente la banda sonora musical de Previn...): perfectamente prescindible y, aunque pueda resultar contradictorio, poco edificante cuando el que nos la ofrece es un maestro consumado de la ambigüedad ética, un autor al que nunca le ha resultado necesario redimir a sus personajes de faltas ni deslices.

Para completar el estropicio, tampoco son precisamente espectaculares las interpretaciones de sus protagonistas: el principal, Ray Walston (un habitual de películas anteriores de Wilder) peca de un exceso de histrionismo que desquicia demasiado a su personaje; y los otros dos vértices del trípode (Kim Novak y Dean Martin) tampoco rayan a excesiva altura, o, en cualquier caso, cabría esperar algo más de ellos, habida cuenta de que su vis cómica podía dar muchísimo más de sí.

Film, pues, fallido, que, si bien no llega a arrojar un baldón infamante sobre la estima en que cabe tener al maestro Billy Wilder, sí que demuestra que la divinidad, entendida como perfección, siempre es condición preferiblemente reservada –al menos, en exclusiva...- al mismísmo Dios, y que no se me enfade don Fernando (Trueba, of course...): ya se sabe, nadie es perfecto...

lunes, 17 de septiembre de 2007

Metablog XXIV: Vacaciones


El hartazgo ante la circunstancia, repetida año tras año, de que todos los medios de comunicación convencionales dediquen cantidades industriales de tiempo, tinta, saliva y/o imágenes a esa solemne chorrada que se ha dado en llamar síndrome pos-vacacional, no me ha impedido constatar, a pesar de los pesares, que algo parecido a eso parece invadir también el mundo del bloguerío, tanto en lo que atañe a mi propia experiencia personal como a la de mis ciberdeudos y ciberallegados: cuánto cuesta arrancar con los blogs después del paréntesis veraniego...

¿Problemas para arrancar esa neurona perezosa después de tantos días de desconexión...? ¿Apoltronamiento radiofónico, televisivo o internaútico –modo “sólo lectura”-...? ¿Los excesos con la cervecita y el “pescaíto” frito, que pasan factura...? ¿Averías informáticas –que haberlas, como las meigas, haylas-....? No sé, son opciones, cábalas, posibilidades. La única constatación cierta, y verificable de manera matemática, es la que arroja ese capítulo que pueden consultar en el margen derecho de esta página, yque relaciona el número de artículos publicados en el mes de setiembre. Ante tal evidencia, creo que sobra cualquier argumentación relativista...

La sequía creativa, obviamente, no sólo afecta a la cantidad (al cuánto), sino también a la calidad (al cómo); o, para ser más exactos, a la temática (al qué), teniendo en cuenta que la calidad (el cómo) ya suele mostrar un nivel lo suficientemente pobre como para que los parones agosteños (y, llegado el caso, como es éste, setembrino) no la reduzcan aún más (eso es muy, muy complicado...). De hecho, este artículo de hoy tendría que haber estado dedicado a los contadores; o a los gadgets multimedia; incluso, en un alarde de vanidad (temeraria, por supuesto), me había llegado a plantear la posibilidad de pergeñar una suerte de “decálogo del buen bloguero”, que hubiera podido poner colofón (supongo que poco digno, pero no por ello menos “colofónico”...) a esta serie del metablog. Pero, amigos lectores, esto es lo que hay. Y ni siquiera podría decir aquello del “podemos hacerlo mejor, pero no les garantizamos nada...”, con que Manel Fuentes solía cerrar todos los viernes la edición correspondiente del CQC: lo mío ya no da mucho más de sí...

En cualquier caso, como las autoridades sanitarias recomiendan siempre que el retorno a la actividad, tras un paréntesis más o menos prolongado, y sea ésta del tipo que fuere, se lleve a cabo siempre de manera progresiva, les haremos caso –por una vez, y no sé si servirá de precedente...-, y hoy, en lo que atañe a esta reseña, aquí se cierra la cosa. Felices vacaciones (los que aún no marcharon); feliz retorno (los que aún no volvieron), y a los que andan ya a toda máquina, mesura y tranquilidad, que es lo que se impone en esta circunstancia. Ciberhogar, dulce ciberhogar...
Creative Commons License
Los textos de esta obra están bajo una licencia de Creative Commons.