
SINOPSIS.-
Cabiria, una prostituta romana bastante inocente, a pesar de no tratarse de ninguna chiquilla, exhibe una y otra vez sus aparejos de mala fortuna, en episodios de los que siempre termina saliendo, de una forma u otra, “apaleada”. El tiempo pasa sin que sus ingenuos sueños, centrados en encontrar al hombre de su vida, ése que la haga abandonar su carrera profesional para entregarle todo el amor que lleva dentro, tengan visos de convertirse en realidad. Hasta que aparece Oscar, un contable educado y algo tímido, del que Cabiria, escéptica en un principio –algo lógico, si se tiene en cuenta su “historial”-, terminará enamorándose –una vez más-. ¿Será ésta, por fin, la encarnación de sus ensoñamientos....?
COMENTARIOS.-
Qué sencillo resulta, viendo una película como Las noches de Cabiria (Le notti di Cabiria; Italia, 1957), comprender la admiración que siente por Federico Fellini un autor como Woody Allen. Cabiria, con su ternura, su fatalismo, su desvalimiento, su sonrisa... sería la guinda perfecta del más exquisito pastel manhattaniano que el maestro Woody fuera capaz de cocinar.
El retrato de esta prostituta que patea las calles de Roma, saltando de desgracia en desgracia, víctima de un hado siniestro que no la abandona ni a sol ni a sombra –pero que, ni aún así, y hasta en la misma escena final, es capaz de no mezclar una sonrisa, por leve que sea, con sus lágrimas-, constituye una de las cumbres del cine europeo de la decada de los 50, y, además, nos muestra cómo Fellini no sólo fue un gran cineasta, con un dominio de los fundamentos técnicos del lenguaje cinematográfico realmente apabullante, o un vitalista y humanista integral, que volcaba fantasmas y obsesiones sobre la pantalla con un profundísimo sentido de libertad, sino que también se trataba de un hombre capaz de dejarse atrapar en las redes de la pasión y la compasión que un personaje tan tierno y patético puede llegar a despertar.
Las noches de Cabiria es, ante todo y sobre todo, la portentosa interpretación que de su personaje principal –más que principal, casi único: el resto del reparto se podría calificar (con las únicas excepciones de Oscar y Wanda, personajes que sí gozan de una cierta entidad) más como episódico que como secundario- hace su protagonista: Giulietta Massina. Y no es que carezca de otros elementos de interés, y altamente meritorios: una fotografía en blanco y negro de una espléndida luminosidad; una planificación bien medida y ajustada (sin grandes alharacas, pero también sin fallas); o una iluminación perfectamente conseguida, muy en especial la de determinadas secuencias, como pueden ser la del teatro de variedades, cuando Cabiria sube a su escenario, en los planos de espaldas, dando el frontal al patio de butacas; o la de su último encuentro en el bosque con Oscar, que es verdaderamente fantasmagórica).
Todos esos elementos otorgan a la película una calidad técnica notable, pero quedan empequeñecidos ante la magnitud de lo que en el desarrollo de la misma representa la presencia de una Giulietta Massina en auténtico estado de gracia. Todas las miserias (las de su realidad) y grandezas (las de sus sueños) de Cabiria caben en su rostro, en sus movimientos, en sus decires, en sus callares... Si se une a ello una presencia física, realzada con sus correspondientes aditamentos (vestuario, maquillaje y peinado), especialmente ajustada al perfil de personaje, ya tenemos todos los ingredientes para poder asistir a un completo prodigio interpretativo.
El cine, ésa que desde sus más remotos principios pretendió ser (y lo consiguió), la más grandiosa fábrica de sueños al servicio del entretenimiento y disfrute de la humanidad del siglo XX, nos regala, a veces –muy contadas, a saber si afortunada o desgraciadamente...-, no sólo tales sueños, sino también algo más: magia, pura y simplemente magia. Ésta es una de ellas y, por supuesto, es fundamental el no desaprovecharla. Degusten la delicatessen en cuanto tengan ocasión y... buen provecho.
Cabiria, una prostituta romana bastante inocente, a pesar de no tratarse de ninguna chiquilla, exhibe una y otra vez sus aparejos de mala fortuna, en episodios de los que siempre termina saliendo, de una forma u otra, “apaleada”. El tiempo pasa sin que sus ingenuos sueños, centrados en encontrar al hombre de su vida, ése que la haga abandonar su carrera profesional para entregarle todo el amor que lleva dentro, tengan visos de convertirse en realidad. Hasta que aparece Oscar, un contable educado y algo tímido, del que Cabiria, escéptica en un principio –algo lógico, si se tiene en cuenta su “historial”-, terminará enamorándose –una vez más-. ¿Será ésta, por fin, la encarnación de sus ensoñamientos....?
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Qué sencillo resulta, viendo una película como Las noches de Cabiria (Le notti di Cabiria; Italia, 1957), comprender la admiración que siente por Federico Fellini un autor como Woody Allen. Cabiria, con su ternura, su fatalismo, su desvalimiento, su sonrisa... sería la guinda perfecta del más exquisito pastel manhattaniano que el maestro Woody fuera capaz de cocinar.
El retrato de esta prostituta que patea las calles de Roma, saltando de desgracia en desgracia, víctima de un hado siniestro que no la abandona ni a sol ni a sombra –pero que, ni aún así, y hasta en la misma escena final, es capaz de no mezclar una sonrisa, por leve que sea, con sus lágrimas-, constituye una de las cumbres del cine europeo de la decada de los 50, y, además, nos muestra cómo Fellini no sólo fue un gran cineasta, con un dominio de los fundamentos técnicos del lenguaje cinematográfico realmente apabullante, o un vitalista y humanista integral, que volcaba fantasmas y obsesiones sobre la pantalla con un profundísimo sentido de libertad, sino que también se trataba de un hombre capaz de dejarse atrapar en las redes de la pasión y la compasión que un personaje tan tierno y patético puede llegar a despertar.
Las noches de Cabiria es, ante todo y sobre todo, la portentosa interpretación que de su personaje principal –más que principal, casi único: el resto del reparto se podría calificar (con las únicas excepciones de Oscar y Wanda, personajes que sí gozan de una cierta entidad) más como episódico que como secundario- hace su protagonista: Giulietta Massina. Y no es que carezca de otros elementos de interés, y altamente meritorios: una fotografía en blanco y negro de una espléndida luminosidad; una planificación bien medida y ajustada (sin grandes alharacas, pero también sin fallas); o una iluminación perfectamente conseguida, muy en especial la de determinadas secuencias, como pueden ser la del teatro de variedades, cuando Cabiria sube a su escenario, en los planos de espaldas, dando el frontal al patio de butacas; o la de su último encuentro en el bosque con Oscar, que es verdaderamente fantasmagórica).
Todos esos elementos otorgan a la película una calidad técnica notable, pero quedan empequeñecidos ante la magnitud de lo que en el desarrollo de la misma representa la presencia de una Giulietta Massina en auténtico estado de gracia. Todas las miserias (las de su realidad) y grandezas (las de sus sueños) de Cabiria caben en su rostro, en sus movimientos, en sus decires, en sus callares... Si se une a ello una presencia física, realzada con sus correspondientes aditamentos (vestuario, maquillaje y peinado), especialmente ajustada al perfil de personaje, ya tenemos todos los ingredientes para poder asistir a un completo prodigio interpretativo.
El cine, ésa que desde sus más remotos principios pretendió ser (y lo consiguió), la más grandiosa fábrica de sueños al servicio del entretenimiento y disfrute de la humanidad del siglo XX, nos regala, a veces –muy contadas, a saber si afortunada o desgraciadamente...-, no sólo tales sueños, sino también algo más: magia, pura y simplemente magia. Ésta es una de ellas y, por supuesto, es fundamental el no desaprovecharla. Degusten la delicatessen en cuanto tengan ocasión y... buen provecho.







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