jueves, 7 de diciembre de 2006

LA RONDA (LA RONDE; FRANCIA, 1950)

* Crítica de 'La ronda' ('La ronde'; Francia, 1950), de Max Ophüls, con Anton Walbrook y Simone Signoret.-


No son muchas las ocasiones en que una película te permite recorrer el curioso periplo que va de la exasperación a la fascinación, haciendo parada y fonda en la sorpresa; es el caso de La ronda (La ronde, Francia, 1950), una película de Max Ophüls que constituye una clara demostración, al hilo de ese trayecto, de que no siempre es más exótico lo más lejano, ni más rompedor lo más estrambótico.

La ronda es una película eminentemente teatral, y no porque tenga su origen en un texto de ese carácter, obra del dramaturgo vienés Arthur Schnitzler –son innumerables las películas cuya trama, e incluso su guión dialogado, arranca de una obra de teatro, sin que ello les confiera, necesariamente, tal condición-, sino porque ésa es su vocación, que se plasma en una estructura narrativa y un desarrollo formal –íntegramente desarrollada en decorados con una iluminación nocturna muy fantasmagórica- que respetan, hasta el límite de lo posible, las premisas escénicas de la dramaturgia más convencional. Lo cual, paradójicamente, no implica que no estemos ante cine; un cine, por lo demás, excelentemente rodado, con un uso generoso de planos largos, en los que la cámara se desplaza interminablemente con lentitud y suavidad, y que marcan una continuidad de imagen muy apropiada para la idea de circularidad del relato.

Relato –y he aquí de nuevo la paradoja- que no es tal relato. Porque no estamos ante la (por otra parte, tan común en los últimos años) típica película de episodios más o menos entrelazados entre sí –aunque, formalmente, así esté estructurada-, cada uno de ellos con su propia entidad y desenvolvimiento (planteamiento, nudo y desenlace). Esta ronda no nos ofrece historias, sino cuadros descriptivos, más bien esbozos, o apuntes, de los arquetipos convencionales de las relaciones amorosas hombre-mujer, vistas bajo una perspectiva un tanto reduccionista, dado que se atiene en exceso a los tópicos tanto sobre la naturaleza de las partes (la mujer que aparece como una curiosa amalgama de ingenuidad y estulticia, por un lado, mezclada con una lujuria maligna y manipuladora, por otro; mientras el hombre se muestra como un ser torpe, fatuo e ignorante, claudicante ante los embelecos y hechizos de sus dueñas) como de las relaciones.

Son esa excesiva recurrencia al tópico, por un lado, y esa falta de concreción y definición en los episodios –que la figura de un narrador, más un introductor de los cuadros que cualquier otra cosa, no remedia-, por otro, los que empiezan provocando, cuando comienza el film, un cierto punto de exasperación.

No obstante, poco a poco, van llegado las audacias, no sólo formales (que, al fin y al cabo, no son tantas ni tan intensas), sino, muy especialmente, las de contenidos, cediendo el paso el tópico y la convención a un tratamiento muy rompedor del sexo en las relaciones sentimentales (no es muy frecuente ver, en películas de la época, alusiones tan explícitas, aun con todas sus elipsis tanto de imagen como de texto, a la actividad sexual) o una visión de la infidelidad como elemento cotidiano, sin excesivas connotaciones morales, en el juego de las relaciones.


Esas audacias, junto al innegable acierto compositivo en algunos de los episodios (muy particularmente, en el del matrimonio de "infieles", un dechado de genialidad, tanto en sus diálogos como en su puesta en escena, con esas camas tan simbólicamente separadas) –eso sí, no todos están a un nivel parejo: los altibajos entre unos y otros son considerables-, son las que sorprenden, y las que, una vez sometida la película a su necesario proceso de reflexión y maceración mental, terminan arrojando sobre la misma un barniz decididamente cautivador.

La fascinación que a mucho buen aficionado puede provocar, partiendo de las premisas antes apuntadas, no convierte a La ronda en una gran película (demasiado desigual, he de insistir, como para poder encumbrarla al pedestal de obra maestra), pero sí arroja los suficientes fogonazos, puntadas de cine de altura, como para demostrar que su autor, Max Ophuls, dominaba las claves de la creación fílmica y sabía ponerlas en práctica: una auténtica lástima que no tuviera tantas oportunidades para ello (ni los recursos más adecuados en muchas de las que tuvo) como quizá hubiera sido deseable...

* En la imagen: Estrella dedicada a Max Ophüls, en el Bulevar de las Estrellas, de Berlín.- Fotografía proveniente del fondo de Wikimedia Commons.-

2 comentarios:

Nüx dijo...

Bueno, no llegará (quizá) a obra maestra, pero si analizamos todas las películas en conjunto de Max Ophüls podremos decir sin temor alguno a equivocación que él sí es un maestro del Cine. Un hombre cuyas películas sin excepción rozan la más elevada exquisitez bien merece ese calificativo.

Saludos arcadianos!!

Manuel Márquez dijo...

Desde luego, compañera, nada tengo que objetar a tu comentario: no conozco en detalle la filmografía de Ophüls, pero, si sumo las referencias de terceros a aquello (poco, y es que convendrás conmigo en que no es una obra de fácil acceso) que he tenido ocasión de ver, sí que se puede concluir que se trataba de un cineasta de altura. Muchas gracias por tu apunte.

Un cordial saludo.

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