jueves, 9 de noviembre de 2006

Que el cielo la juzgue (Leave her to heaven; U.S.A., 1945)



SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Rick Harland es, además de un hombre afable y tranquilo, un novelista de éxito, que lleva una plácida existencia lejos del mundanal ruido, en compañía de su hermano menor, y físicamente impedido, Danny. En un viaje que realiza para visitar a su viejo amigo y abogado Glenn, conoce a una hermosa y enigmática muchacha, Ellen, de la que se enamora pérdidamente. Su sentimiento amoroso se ve felizmente correspondido, y Ellen, que, casualmente, se dirige a visitar, en compañía de su madre y de su prima Ruth, a la misma persona que Rick, rompe su compromiso con un prometedor político (Russell Quinton), y se casa poco menos que súbitamente con su nuevo y fulgurante amor. Las dificultades no tardan en surgir cuando Ellen, de una forma cada vez más obsesiva y caprichosa, pretende de forma sistemática apartar a Rick del contacto con cualquier persona que no sea ella misma, intentando hacer de la vida de la pareja una búrbuja totalmente aislada del mundo exterior. Y las formas de eliminar los obstáculos que se interponen entre ella y sus pretensiones serán cada vez más mortíferas...


RESEÑA CRÍTICA.-

John M. Stahl ha pasado a la historia de la cinematografía como un director que, sin llegar a la altura de los grandes maestros de su época (Ford, Capra, Lubitsch, Walsh ...), sí que desempeñaba su oficio con notable solvencia y, muy particularmente, se movía con especial delectación en el ámbito del melodrama, el plato fuerte de su catálogo creativo, y género por el que consiguió un renombre y reconocimiento que aún perdura en nuestros días (no nos queda demasiado lejana –año 2000- la retrospectiva que le brindó el Festival Internacional de Cine de Donostia).

Ésta –que terminaría siendo, con motivo de su muerte pocos años después –en 1949-, una de sus últimas películas- constituye una muestra muy propia de ese buen hacer, erigiéndose como un magnífico drama, henchido de las pasiones y avatares que suelen constituir el tejido narrativo del género, pero que va algo más allá, para introducirse (aun sin llegar, probablemente, a esas profundidades psicológicas que sí alcanzaron obras maestras cercanas en el tiempo –y recuerdo, en este momento, Laura, de Otto Preminger, o Vértigo (De entre los muertos), de Hitchcock-) por vericuetos exploratorios de fondos humanos y ofrecernos el dibujo de corrientes subterráneas más sutiles y ocultas que las que habitualmente muestran films más "livianos".

En este caso, esas corrientes de fondo fluyen por el terreno de la posesión; posesión como fuerza arrasadora, capaz de sepultar cualquier otro atisbo de sentimiento y de distorsionar actitudes y actuaciones. La protagonista, Ellen Berent, vive afectada por un síndrome posesivo con una capacidad destructiva realmente impresionante, y que se proyecta en todos los órdenes de su vida y sobre todas aquellas personas que le rodean: su padre –un personaje ausente físicamente, pero cuya presencia pesa, y mucho, en el desarrollo de la trama-, con quien le vincula un lazo casi edípico (hasta tal punto exarcebado, que sólo por el parecido con él estará dispuesta a romper una relación estable y prometedora con su novio, Russ, para arrojarse en los brazos de un más abducido que seducido Dick Harland –hipnotizado por su magnético y frío encanto-); su madre y su prima y cuasi-hermana, Ruth, a quienes trata con desprecio (a la primera) y odio desatado (a la segunda), fruto de unos celos frente a los cuales los de Otelo no serían sino ligeros resquemores; y los seres más queridos de su esposo –el hermano inválido de éste, Danny, y el futuro hijo común de ambos-, sobre los cuales no dudará en proyectar un impulso tanático irreprimible: si sólo la muerte puede apartarlos y conseguir que dejen de ser un estorbo entre Dick y ella –y su ansia de soledad absoluta en derredor-, adelante con la muerte. En tal tesitura, el desenlace final no deja de ser más que un corolario lógico a la propuesta dramática que la historia nos ha ido desgranando con un goteo constante y bien medido desde su flash-back inicial.

Para encarnar a esa suerte de némesis arrolladora, la opción fue la de una de las más grandes estrellas del estudio (Fox), Gene Tierney: belleza gélida y distante, su trabajo es muy desigual (aun así, no fue ello óbice para alcanzar una nominación al Oscar), y así como su frialdad interpretativa viene como anillo al dedo a aquellas situaciones que requieren ese registro de carácter (ejemplo significativo el de la secuencia en que Danny muere ahogado en medio del lago: sus ojos ocultos tras las gafas de sol y su rictus enigmático ofrecen una composición magistral), termina resultando, igualmente, una rémora para aquellos pasajes en que la situación dramática exige algo más de tensión expresiva. En el caso de su partenaire, Cornel Wilde, no se aprecian tales altibajos, ya que su personaje muestra un carácter mucho más plano, de mucha mayor estabilidad emocional, y él le confiere un punto de tranquilidad amable muy apropiado, pero su trabajo no pasa de ser meramente correcto. El resto del reparto (con mención especial para un Vincent Price con un papel secundario bastante breve, pero que cobra cierto relieve en el desenlace de la historia –una muy desvahída, tanto en su ambientación como en su plasmación fílmica, secuencia judicial: demasiado precipitada, quizá para no exceder un metraje estándar-) cumple su cometido con eficiencia, y, aun sin especial brillantez, soporta bien un examen de su trabajo.

Historia bien contada, con un rutilante Technicolor –que arrancaba con fuerza en estos años- y bien cuidada en sus aspectos accesorios –la música, de Alfred Newman, tiene una presencia puntual contadísima, pero da clima con adecuación absoluta a los requerimientos de la trama; y en cuanto a la dirección artística, el trabajo de Ransford y Wheeler también es muy bueno, especialmente en unos maravillosos, y perfectamente aprovechados, escenarios naturales para exteriores-, Que el cielo la juzgue se erige como un drama tenso e intenso, además de bien trufado de esos ribetes de negro que siempre enriquecen la capacidad de enganche de la historia: la buena obra de un buen cineasta, demostrativa de que no siempre es necesaria la genialidad del autor para poder degustar un plato de buen cine.

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3 comentarios:

L. Gante dijo...

Me ha gustado el blog en general, y la crítica sobre "Que el cielo la juzgue" en concreto (a través de ella te he encontrado), aunque quizá hayas exagerado la inexpresividad de Gene Tierney (no podemos dejar de recordar "Laura" o "El fantasma y la señora Muir". Como me ha gustado tu blog lo he utilizado como enlace en el mío (elblogdelgante.blogspot.com) para pinchar sobre "Que el cielo la juzgue". Volveré a echarle un vistazo más despacio al tuyo. ¡¡Gracias!!

Manuel Márquez Chapresto dijo...

Muchas gracias, compa L. Gante, por tu cariñoso comentario, y bienvenido a esta tu cibercasa, cuyos contenidos espero sean de tu agrado en esa visita más detenida que espero ilusionadamente. Y ya paso por el tuyo, a ver qué tal. Es posible, como apuntas, que me haya "cebado" un tanto excesivamente con Gene Tierney, pero ésa fue mi apreciación en el momento en que ví la peli; igual una revisión me induciría otra perspectiva sobre ese aspecto.

Un abrazo y buena semana.

Anónimo dijo...

Esta pelicula "Leave her to Heaven" saldra restaurada en alta definicion en formato Blu-Ray en Estados Unidos en Julio, en edicion megalimitada de solo 3000 copias

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