jueves, 30 de noviembre de 2006

LOS CUATRO HIJOS DE ADAM (ADAM HAD FOUR SONS; U.S.A., 1941)


* Crítica de 'Los cuatro hijos de Adam' ('Adam had four sons'; U.S.A., 1941), de Gregory Ratoff, con Ingrid Bergman y Warner Baxter.-


Perfidia contra tormento, o los dos polos (tópicos) de la condición femenina frente a frente, en una reproducción más, la enésima, de la madre de todas las batallas. Adam had four sons (U.S.A., 1941) nos la ofrece en todo su esplendor y crudeza, aunque, eso sí, envuelta en toneladas del más almibarado y meloso azúcar que el Hollywood de los años 40 fuera capaz de fabricar.


Además, no hay que precipitarse, porque la lucha tarda en llegar. Esta película de Gregory Ratoff -un miembro más de esa pléyade de artistas rusos que, emigrada, recaló en el cine de los Estados Unidos huyendo de los rigores soviéticos, con una carrera mucho más prolífica como actor que como director (en lo que sí coinciden ambas es en el escaso brillo de los títulos que las componen)-, se abre con la presentación de la familia Stoddard, un auténtico dechado de virtudes sin mácula, pura encarnación de las esencias y valores patrios: desde esa madre doliente y abnegada a la que da vida una Fay Wray en las antípodas de esa sensualidad desbordante que derrochara en la legendaria King-Kong (hasta su rubia cabellera sacrifica en aras de una imagen casta y bondadosa), hasta el padre, ese agente de bolsa (en aquel entonces, aún no había brokers en Wall Street....) cariñoso y honrado a carta cabal que interpreta un veterano como Warner Baxter, discreto y eficiente, pasando por esos cuatro hijos que son perfectos émulos –en machote, claro está- de las mujercitas de L.M. Alcott, educados, amantísimos, sanos y fuertes.

Guinda a tamaño pastel sólo la podía poner una institutriz francesa, tierna y sensible. ¿Y quién más propia para tales menesteres que la antivampiresa por excelencia? Tachín, tachín, he aquí que aparece la Ingrid Bergman más ingridbergmaniana que imaginarse pueda, y toda la pantalla se llena de azúcar y miel, puro derroche...

Pero no hay felicidad que cien años dure, y los buenos, precisamente porque lo son, también han de pagar su cuota de dolor y sufrimiento: la muerte y las penurias económicas se ceban en los intachables Stoddard, enturbiendo el paraíso familiar y empujándolos a tener que atravesar la larga y penosa travesía del desierto –que, en uno de los escasos alardes técnicos que muestra la película, se desarrolla mediante elipsis amplias a base de fundidos encadenados de un indudable regusto "kane-iano", si se me permite la expresión-; travesía que, paradójicamente, no terminará sino con el advenimiento de la primera gran guerra, que insufla nuevos bríos a la economía norteamericana, y, con ello, devuelve la estabilidad y el bienestar económico a nuestra familia, cuyos hijos (¿qué otra cosa podrían ser muchachitos tan ejemplares?) se han hecho bravos y recios soldaditos yanquis.

Y llegan también las mujeres. Vuelve la institutriz francesita, a la que el descalabro económico de Wall Street había hecho víctima de una "regulación de empleo" de las de la época, pero también aparece, incubando el huevo de la serpiente, un nuevo elemento: la mujer pérfida, ésa que pondrá en peligro todo aquello con lo que no pudieron ni la ruina ni la enfermedad. Interpretada fenomenalmente por Susan Hayward, este demonio emponzoñará, con sus enredos y seducciones, las relaciones entre los hermanos, entre éstos y el padre, y entre el padre y la institutriz; abriendo una batalla descarnada, en la que cada una pondrá sobre el tapete todas las armas disponibles.

El tira y afloja se resuelve como cabía esperar, obviamente: el sufrimiento y la paciente espera (trufadas por momentos de desesperanza al mismo borde del abismo) obtienen su recompensa final, imponiéndose sobre la maldad y la mentira. La chica dulce y buena se queda con el hombre tierno y bondadoso y consigue expulsar del paraíso a la mala requetemala, justamente derrotada en pago por sus muchos y terribles pecados. Happy end a tono con las premisas bajo las que se ha desarrollado íntegramente la trama.

Que los buenos sean tan buenos (sólo hay un resquicio de debilidad, convenientemente expiado) y los malos sean tan malos, facilita mucho las identidades emotivas, pero se ajusta bien poco tanto al mundo real como al deseo de cualquiera de ver retratadas sobre la pantalla personalidades más sutiles. Ni la adoración más desmedida por Ingrid Bergman (y yo, padre, me acuso de profesar tal religión...) debería hacer salvable de la quema a este mediocre y, a todas luces, olvidable film.

* En la imagen: Warner Baxter, protagonista masculino del film.- Fotografía proveniente del fondo de Wikimedia Commons.-
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