jueves, 23 de noviembre de 2006

ARCO DEL TRIUNFO (ARCH OF TRIUMPH; U.S.A., 1948)


* Crítica de 'Arco del triunfo' ('Arch of triumph; U.S.A., 1948), de Lewis Milestone, con Ingrid Bergman y Charles Boyer.-


Casablanca, Casablanca... dictan los cánones de la recta (y correcta) crítica que no se debe nunca encabezar una recensión con una referencia expresa al título de una obra distinta a aquella sobre la que versa, pero se hace, en este caso, tan, tan complicado respetar esa regla... Y es que hablar de reminiscencias, o influencias, implica quedarse muy corto respecto a la relación de esta película menor, que es Arch of triumph, con el mítico film de Michael Curtiz que fue su ilustre predecesor. No es sólo la coincidencia (que no es poco) de su protagonista femenina, Ingrid Bergman; o los perfiles de los personajes, con ese poso de dolor y amargura siempre presentes; o las connotaciones de la historia, plenamente imbricada en la segunda gran guerra (si en aquel caso lo era en sus estertores, en éste en sus prolegómenos). Es mucho más que eso: es la atmósfera –las luces, las sombras, los claroscuros, los interiores-, es la intencionalidad –un alegato político de primer orden, posicionado claramente en el frente aliado: no en vano se basa en la obra homónima de Erich María Remarque-, es la mezcla de los elementos dramáticos y románticos –con idéntico paralelismo de las tramas-. Demasiados aspectos como para pasarlos por alto de manera ligera.

En esa tesitura, cualquier acercamiento a esta Arch of triumph se convierte, inevitablemente, en un juego de comparaciones, tanto de los aspectos que las identifican –sobre los cuales ya se ha hecho, sin ánimo de exhaustividad, relación en el párrafo introductorio- como de los que las diferencian. Y, evidentemente, se hace mucho más interesante entrar en estos últimos.

Para empezar, el protagonista masculino. Charles Boyer no es Humphrey Bogart, pero da la talla más que suficientemente, y compone un personaje principal a la medida de la historia. Hierático y un punto cínico, la vida le ha dañado fuertemente, y su sed de venganza atempera sus sentimientos más nobles y le hace mostrar siempre una frialdad a veces engañosa, tanto en la relación con su partenaire femenina (mucho más volcada e ilusionada que él) como en su trato con su amigo más cercano, ese "coronel" Morozov -trasunto, con su cachaza e ironía, del capitán Renault que bordara en Casablanca Claude Rains- al que encarna fenomenalmente un Louis Calhern en un punto álgido de su carrera. Ese rictus de amargura y desencanto que Boyer esboza de forma casi permanente –sin alcanzar el rango de "mueca De Niro" que podría constituir su referente gestual más cercano, aun tan alejado en el tiempo- se ajusta como guante a la mano a la idiosincrasia del personaje.

El decorado. Aquí no estamos en el entorno exótico, y un tanto "descolocado", de esa Casablanca ultramarina y misteriosa, sino en el mismo corazón de Europa, ese París que asomaba en la "película-fuente" como un recuerdo vago de tiempos mejores, y que aquí constituye el escenario donde se desarrolla casi íntegramente la trama. No implica una diferencia sustancial de tono, pero sí ofrece una perspectiva diferente, constituyendo casi un personaje más, con sus calles, sus cafés y sus hoteles pletóricos de refugiados que huyen de la barbarie nazi: un terreno de juego ideal para una historia de desencantos y desarraigos.

Para finalizar este breve recorrido de discordancias, dos aspectos más: la duración y el desenlace. La película de Lewis Milestone –un director cuya carrera, que había alcanzado su cúspide en la frontera de las decadas de los 20 y 30, con dos Oscars como mejor director en 1928 y 1930, ya empezaba a declinar- es desusadamente larga, si tomamos en consideración su género y temática: 133 minutos van bastante más allá de lo que era tendencia usual en la época para un drama de tintes políticos. Tema distinto, y muy discutible, es sí constituyen el metraje necesario (o, en su caso, el más idóneo) para dar cabal cobertura a las necesidades de la narración. En cuanto al desenlace, resulta tan agridulce como todo el tono general de la película: una situación que podría haber resultado de un dramatismo extremo y tremendista –y se agradece que no termine haciendo derivar a la película hacia lo puramente folletinesco- se diluye, en buena medida, debido a la contención del personaje protagonista, muy mediatizado por sus dudas y sus contradicciones; nada que ver, en cualquier caso, con esa coda simpática y esperanzadora que cierra Casablanca.

Nos hallamos, en suma, ante una obra menor, no por ello desdeñable, pero innegablemente lastrada por su similitud con su predecesora y referente. ¿Qué hubiera sido de ella si, seis años antes, no se hubiera estrenado esa leyenda cinéfila a la que tantas alusiones se han hecho? Hipótesis de imposible comprobación: la historia ya no da pie para la marcha atrás, y las cosas fueron como fueron. No fue el primer caso en la historia del cine, y tampoco es previsible que no vaya a producirse mil y una veces más; e ineludiblemente, volveremos a comparar...

* En la imagen: Ingrid Bergman, protagonista de la película.- Fotografía proveniente del fondo de Wikimedia Commons.-

1 comentario:

Josep Maria Yago dijo...

Buena crítica.

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