miércoles, 10 de febrero de 2016

Películas gancho

No sería capaz de concretar, sin recurrir a anotaciones, cuántas veces he visto una película como ‘Frenesí’, de Alfred Hitchcock, con la que me topaba —en su enésimo pase por un canal especializado— la pasada noche, consiguiendo que el libro que ya tenía entre mis manos y abierto por la página en que había abandonado su último momento de lectura, volviera a su punto de origen. En cualquier caso, tengan la completa seguridad, amigos lectores, de que se trata de una cifra considerable.

Pero no les voy a hablar hoy de ‘Frenesí’ (de la que pueden encontrar amplia y detallada reseña en este mismo blog); ni siquiera de las pelis de Hitchcock, cualquiera de las cuales podría hacerme incurrir, sin género alguno de duda, en la misma forma de proceder descrita en el párrafo anterior. Hoy hablaremos de las ‘películas-gancho’.

Película-gancho. Dícese de aquella peli con la que te tropiezas en una emisión televisiva y que, misteriosa e insidiosamente, te hace abandonar cualquier actividad que estés desarrollando en ese momento (o que tengas previsto desarrollar) para, trincando al efecto el sillón más a mano, entregarte, una vez más —ansioso y derrotado—, a su visionado, pese a que haga tiempo que perdiste la cuenta de las muchísimas veces que la has visto. Todo el mundo, por poco aficionado que sea al rollo este de las películas, tiene una, o varias, películas-gancho, que podría enumerar sin dificultad alguna, y yo, naturalmente, no soy ninguna excepción: al título arriba apuntado, podría sumar un buen puñadito más, ése que integra mi devocionario particular y del que, ya a estas alturas, va a ser difícil que desaparezcan.

¿Y por qué sucede esto? ¿Cuál es el mecanismo ‘engatusador’ en virtud del cual te vuelves a dejar atrapar por una cinta que ya has visto en numerosas ocasiones y de la que, por tanto, conoces más que sobradamente detalles argumentales, desenlace de la historia y todo aquello que puede suscitar mayor  interés en el común de los espectadores? Lo ignoro con certeza, pero cabe suponer que juegan ahí con fuerza mecanismos de afinidad afectiva que escapan a criterios racionales claros, con lo cual casi resulta preferible no darle más vueltas a la vaina y limitarse a disfrutar de la circunstancia cuando se produce.


En cualquier caso, lo que sí tengo perfectamente claro es que estos episodios obedecen a un impulso tan irrefrenable como ineludible. Como (dicen…) el mismísimo amor. O algún impulso atávico difícilmente explicable. ¿Se tratará de eso? Quién sabe: habría que investigarlo con detenimiento. 


viernes, 8 de enero de 2016

CHARLIE NEWTON (LA SOMBRA DE UNA DUDA —THE SHADOW OF A DOUBT—; U.S.A., 1943)


 De la fascinación adolescente al desengaño adulto: ése es el tránsito al que asistiremos, y es el que vivirá la muy joven y muy hermosa Charlotte Newton por mor de otro tránsito, el que va de la duda razonada —generada a través de un proceso progresivo de asimilación de pequeños detalles reveladores, con los que Charlie va armando un puzzle trágicamente preciso— a la certeza incontrovertible sobre la catadura, condición (y responsabilidad sobre hechos concretos) de su otrora admirado tío homónimo, ese hombre en quien ella había depositado (posiblemente con algo indefinible, pero que iba más allá del mero afecto familiar) sus esperanzas de salir del marasmo placentero en que su vida se veía envuelta, en un entorno de Arcadia urbana como el que constituye esa Santa Rosa californiana donde todo fluye con un (mortalmente aburrido) ritmo suave y tranquilo.

Charlotte Newton, hija mayor de una modélica familia de clase media usamericana, aparece en escena con una declaración de principios e intenciones que define a la perfección qué es de su vida: la rutina, la desilusión, el vacío. Nada que le divierta, nada que le estimule. Su entorno es inane y no le ofrece motivación alguna. Y solo parece haber un referente que despierta en ella la ilusión de un posible cambio: la hipotética llegada de su tío Charlie, ese tipo de persona que ilumina los días y rompe con lo previsible, a base de combinar provocación e insolencia con elegancia, buen porte y mejores modos. El perfecto canalla encantador, capaz de seducir y deslumbrar sin descomponer tono ni figura y de manera asombrosamente natural. Y que, curiosa y casualmente, aparece en ese preciso momento, como invocado por un supuesto llamado telepático que no es tal, sino el fruto de su necesidad perentoria de huida y refugio.

Charlie, al igual que el resto de la familia, acoge a su tío con enorme ilusión, arrebatada por el entusiasmo y la perspectiva de días mágicos y repletos de encanto. Pero las cosas empiezan a torcerse tan pronto como el tío Charles comienza a mostrar un humor cambiante y huidizo, sometido a arranques repentinos de acritud, rayana en la violencia, que siempre van asociados a episodios nimios y sin aparente importancia, pero que la perspicaz inteligencia de su sobrina (auxiliada, eso sí, por las sugerencias que le aporta un joven detective, Jack Graham, que va persiguiendo a tío Charlie —y que se enamora perdidamente de ella—, y luchando contra el sentimiento amoroso que le empuja a negar la evidencia) irá desentrañando hasta llegar a una terrible conclusión: su tío no es ese gentleman sobrado y desenvuelto que aparenta ser, sino un ser mucho más abyecto y abominable de lo que cualquiera en su cercanía pudiera imaginar.

Y de ahí, al abismo: Charlie Newton no sólo será víctima de un total desencanto, confrontadas sus expectativas vitales al dominio de lo peor de la condición humana, sino que se verá expuesta a un peligro cierto y letal. A las andanzas de tío Charlie no les resulta garantía suficiente  un silencio cómplice y permanente, sino que requieren de la desaparición de cualquier posibilidad de revelación futura, y esa exigencia solo es cumplible con la eliminación de la única depositaria del ominoso secreto. Una pirueta afortunada terminará salvando a Charlie de un final terrible. Pero lo que se ha quebrado en su interior ya es absolutamente irrecuperable: no se puede dejar de haber sabido lo que ya se ha sabido. Y esta joven tierna y dispuesta a amar la vida ya ha visto su lado más oscuro. Solo queda la incógnita de saber si hay, para ella, camino de retorno desde allí...

Hablar de obras cumbres, o maestras, en el contexto de una filmografia, como la de Hitchcock, cuajada de ellas, puede resultar un ejercicio complicado; pero caben pocas dudas cuando se trata de aplicar el epíteto a una cinta como ‘La sombra de una duda’, en la que, curiosamente, abandona su exploración, recurrente, de la figura del falso culpable, para centrarse en la del ‘falso inocente’, personificada en la mefistofélica encarnación del mal que representa (en un ejercicio majestuoso de interpretación a cargo de Joseph Cotten) Charles Oakley, confrontado a la bondad ilusionada, pero no ilusa (será su lucidez la que quiebre la máscara tras la que se oculta la maldad radical del tío Charlie), de su sobrina Charlotte (una arrebatadora Theresa Wright). Una disección ambivalente de la condición humana desarrollada bajo el envoltorio de una trama tan absorbente como desasosegante, y en la que, una vez más, el juego de contrastes y el detallismo delicioso del mago Hitch sitúan al espectador en el asombro permanente (y angustioso). Para degustar una y otra vez...

* En la imagen: Captura de fotograma del trailer de 'La sombra de una duda' (imagen extraida de Wikipedia; libre de derechos de autor).-

* Las buenas buenosas XIX

lunes, 23 de noviembre de 2015

A PROPÓSITO DE LLEWYN DAVIS (INSIDE LLEWYN DAVIS; U.S.A., 2013)

* Crítica de 'A propósito de Llewyn Davis' ('Inside Llewyn Davis'; U.S.A., 2013), de Joel y Ethan Coen, con Oscar Isaac.-

 

A buen seguro que la fiel legión de seguidores de los hermanos Coen —esa pareja traviesa y socarrona que, a la chita callando, ya exhibe una filmografía más que consistente, erigida a lo largo de un par de décadas—, podría poner sobre el tapete un buen puñado de argumentos cinéfilos para justificar su devoción por el cine de esta fraternal pareja; a mí, como integrante de dicha legión, el que me parece más convicente radica en el hecho de que estén confeccionando una de las galerías de perdedores más variada, estrambótica y atractiva que quepa encontrar en el cine de todos los tiempos. Una galería a la que viene a sumarse, como último de sus integrantes, Llewyn Davis, ese músico aspirante al éxito en la efervescente escena folk del Nueva York de los primeros 60 que, después de unos inicios prometedores, ve como su carrera se estanca en el marasmo de la irrelevancia, engullida por el frenesí de nuevos intérpretes que surgen sin parar, haciendo del triunfo algo tan efímero como volátil, pese a lo cual él insiste en intentarlo, inasequible a todo contratiempo.

Llewyn Davis podría ser cualquiera de esos innumerables artistas anónimos que, en ese tiempo y lugar, desarrollaron un periplo similar al suyo; y, en tal sentido, representa el arquetipo de manera fiel y convincente. Pero los Coen dotan a este iluso y pertinaz muchacho, incapaz de desprenderse de un punto de arrogancia adolescente, de empaque y personalidad propios, y consiguen convertirlo en algo más que ese arquetipo, gracias a una acertada combinación de elementos: una peripecia personal comprimida, coherente y bien trazada, en la que prima la contumacia de Davis en no ceder a su empeño (un tanto suicida) como músico; una encarnación a través de un actor (Oscar Isaac), que resulta creíble en su gesto y su expresión, teñidos siempre de la melancolía del luchador que se sabe de antemano derrotado por un entorno hostil; y, sobre todo, una luz, pálida, gris y mortecina (tanto en exteriores como en interiores) que no solo da tono ambiental a la historia, sino que dibuja a su personaje protagonista con más hondura que cualquier otro elemento específico, incluida esa música, que, a través de piezas de encanto folk indiscutible, va trufando el metraje.

No por ello la cinta llega a convertirse en una propuesta de alto nivel: pesan en su debe aspectos como la escasa consistencia de su trama, más urdida a base de pequeños apuntes que hubieran podido dar más juego bajo una estructura narrativa más ‘impresonista’, pero no lo hacen tanto en un relato de desarrollo lineal, o la poca enjundia de sus personajes secundarios, que orbitan alrededor del protagonista sin añadirle poco más que pinceladas definitorias a través de un juego de relaciones en las que jamás se profundiza (ni siquiera la presencia de un habitual como John Goodman, histriónico y atrabiliario según acostumbra en sus trabajos con los Coen, resulta especialmente destacable). Termina, pues, resultando evidente que es ‘A propósito de Llewyn Davis’ una película más de personaje que de historia, lo cual no tendría por qué resultar ningún hándicap a priori, pero se echa en falta un cierto cuidado en los detalles accesorios que otras películas de esta dupla sí que muestran sobradamente: ésas que integran lo más granado de su filmografia, y entre las cuales, me temo, no alcanzará un hueco este retrato de glorioso perdedor. Pero eso es algo que sólo el tiempo dirá. Toca esperar...

CALIFICACIÓN: 6 / 10.-

* En la imagen: Oscar Isaac, protagonista de la película.- Imagen proveniente del fondo de Wikimedia Commons (autora: Katrin Neuhaus).-

lunes, 16 de noviembre de 2015

VIAJE A LA LUNA (LE VOYAGE DANS LA LUNE; FRANCIA, 1902)

*Crítica de 'Viaje a la Luna' ( 'Voyage dans la Lune'; Francia, 1902), de Georges Meliès.-


No es fácil llevar a cabo ejercicios críticos sobre el cine de los orígenes, aquel que manufacturaron los pioneros allá por los finales del siglo XIX y los albores del XX, y en el que primaba más la búsqueda de soluciones técnicas a problemas todavía no resueltos que una voluntad ficcional narrativa que aún carecía de códigos, mecanismos y fórmulas para un feliz desarrollo. Pero no por ello deja de resultar un gozoso ejercicio el acercamiento a esas piezas que, a día de hoy, constituyen una suerte de ‘Altamira cinematográfica’, por su condición de hitos en la evolución de un lenguaje balbuciente; y uno de los más estimulantes sin duda alguna, es el del visionado de ‘Viaje a la luna’, de Georges Mèlies; una cinta que, en poco más de quince minutos, nos cuenta una historia tan simple como divertida —la que su título tan explícitamente indica— a base de descaro, imaginación y talento visual.



En un momento en que elementos como el montaje o los movimientos de cámara son aún procesos no imaginados, ni tecnólogicamente viables, Mèlies conjura el peligro del estatismo a que la sucesión de planos fijos suele condenar a este cine seminal (emparentándolo básicamente con el teatro), a base de una tremenda movilidad de los intérpretes y objetos en plano, a los que somete a coreografías precisas y, no por aceleradas, menos armoniosas —con especial atención a la uniformidad en las caracterizaciones—, de manera que la acumulación de referencias en pantalla no da origen al abigarramiento que sería esperable en situaciones en las que, además, los movimientos suelen ser rápidos y continuos. De esa manera, ‘Viaje a la luna’, haciendo honor a su propuesta temática, resulta una experiencia visual de un dinamismo admirable, que convierte su metraje en un puro suspiro incluso para el espectador de un presente acostumbrado a ritmos narrativos vivos.

Pero, más allá de una destreza formal inusitada, si hay algo que brilla en la propuesta del prestidigitador Mélies es su sentido del humor, de un punto ingenuo, quizá naif, pero desbordante, presente en prácticamente todos sus planos, y articulado tanto a través de soluciones compositivas (esa imagen del cohete incrustado en uno de los ojos de la Luna es la que ha alcanzado una condición icónica más acusada, y ostenta, como tal, una condición altamente representativa al respecto), como de efectos visuales que, si a día de hoy pueden presentar un carácter muy rudimentario, tuvieron que constituir en su momento aldabonazos con un nivel de impacto inmenso (las desapariciones de los alienígenas, que se esfuman bajo los golpes de los astronautas; las sustituciones de objetos, tan caras a Mèlies, que aquí también hacen aparición; o esos fondos con dibujos a caballo entre lo pueril y lo fantasioso); todo ello al servicio del más puro divertimento, de un cine concebido como ejercicio de imaginería fantasiosa en el que no hay más objetivo ni pretensión que la de fascinar a un espectador virginal, carente de prejuicios o referentes.

Resulta, pues, tentador hablar de ‘Viaje a la luna’ en términos de comedia, por su tono, o de propuesta ‘fantacientífica’, en base a su temática, pero, haciendo abstracción de una objeción básica, como sería la de que los códigos de género aún no estaban articulados en el momento de su creación, esa adscripción genérica terminaría resultando un ejercicio de reduccionismo poco acorde con la naturaleza tan esencial y, a la vez, tan rica en sugerencias, de la propuesta. Y que, además, haría un flaco favor a la humilde grandeza de un experimento artístico al que si hay una etiqueta que, lejos de venirle grande, se le ajusta cual guante de seda, es el de magia. Pura magia.

CALIFICACIÓN: 8 / 10.-

lunes, 12 de octubre de 2015

SESIÓN DOBLE: 'REGRESIÓN' (ESPAÑA-CANADÁ, 2015) - 'EL BOLA' (ESPAÑA, 2000)

* Apuntes sobre las películas 'Regresión' (España-Canadá, 2015), de Alejandro Amenábar, con Ethan Hawke y Emma Watson; y 'El Bola' (España, 2000), de Achero Mañas, con Juanjo Ballesta y Pablo Galán.-


Alejandro Amenábar y Achero Mañas: se hace complicado encontrar concomitancias entre ellos, si obviamos la obvia (valga la redundancia), cual es su condición de directores españoles que empezaron su carrera autoral muy jóvenes, allá por la década de los noventa del pasado siglo, con dos títulos generadores de enormes expectativas (lógicas, dadas sus excelentes hechuras): Tesis, en el caso de Amenábar; y El Bola, en el de Mañas. A partir de ahí, dos trayectorias sin punto alguno en común, ni temático, ni estilístico, ni productivo, ni comercial; una de ellas, la de Amenábar, tremendamente exitosa, cuajada de éxitos comerciales y reconocimientos críticos (especialmente, en lo que se refiere a galardones en premios y festivales); y la otra, la de Mañas, mucho más limitada en todos los sentidos (con solo dos títulos más en su haber desde su debut). ¿O si hay algún punto más en común? Dejémoslo para el final...

En los cines se está proyectando, con notable afluencia de público—supongo; al menos la sala en la que la ví yo ayer tarde estaba abarrotada...—, la última entrega de Amenábar; una historia concebida y ejecutada con hechuras de film de suspense psicológico, ubicada en un marco geográfico y temporal relativamente lejano (la América profunda de principios de los ochenta), y con una factura visual más cercana a los parámetros del cine de terror (del cual adopta algún que otro elemento temático) que al del thriller policiaco convencional. Su trama juega, como es habitual en los films de Amenábar que se han movido en estos territorios genéricos, a someter al espectador a un vaivén continuo de alternativas equívocas, y, sin ser excesivamente original (algo cada día más complicado, dados los ingentes volúmenes globales de producción), hay que admitir que está bien resuelta, amén de terminar constituyendo un alegato racionalista firme y solvente.

No lo puedo afirmar con rotundidad, pero me barrunto que algo ha debido pesar en el vapuleo crítico generalizado a que se está viendo sometida, el descomunal aparato mediático-publicitario con que su estreno ha venido arropado, generando unas expectativas (a base de proclamas y apelaciones que, por exageradas, llegan a rayar en lo patético...) que, en ningún caso, ni éste ni cualquier otro film iban a poder colmar desde una perspectiva mínimamente realista. Pero 'Regresión' no deja de ser una cinta interesante y que, aunque dista muchísimo de ser una obra maestra (queda lejos, por supuesto, de las mejores entregas de Amenábar), sí constituye una propuesta solvente de cine mainstream (que, además, quizá hubiera ganado algo con un protagonista masculino que hubiera estado a la altura de la excelente interpretación de la femenina, Emma Watson: Ethan Hawke peca de un monolitismo gestual que yo creía reservado a gente como Keanu Reeves...).

Lo de 'El Bola' es otra historia, en todos los sentidos; casi se podría decir, sin temor a resultar hiperbólico
(dicho sea sin intención de hacer jueguecitos de palabras...), que es la antítesis de la propuesta de Amenábar. La de Achero Mañas nos ofrece la historia del pequeño Pablo, un preadolescente que vive en un humilde barrio madrileño, que se mueve en esa frontera de la vida en la que empieza a abandonar un estadio vital para adentrarse otro, y que lo hace tremendamente condicionado por una circunstancia familiar ominosa, de la que no sabe cómo escapar y que le supone una losa negra en la cual encontrará un agujerito de luz (el que le ofrece un nuevo compañero de colegio, Alfredo, y su familia) a través del que intentará colarse hacia algo mejor, aunque no se sepa muy bien qué. Como se puede ver, un contexto temático, situacional y genérico en las antípodas del de 'Regresión'.

Pero 'El Bola', desde la sencillez de sus premisas de 'historia mínima', sí es una propuesta grande, casi apoteósica: su capacidad para hacer un retrato que conjuga y equilibra lo social y lo personal, lo terrible y lo delicioso, violencia y ternura, luz y oscuridad, sin que en ningún momento chirríe su relato, sin que lo negativo se regodee en el tremendismo feísta o morboso, ni lo positivo se edulcore para caer en lo cursi o lo sensiblero, de manera que Mañas lo hace caminar permanentemente sobre un fino alambre, sin despeñarse, es algo que, tratándose de una opera prima, solo puede despertar un sentimiento: admiración. Y no entraré (daría para escribir un artículo exclusivamente dedicado a él) en el trabajo interpretativo de su protagonista, Juanjo Ballesta: parece increíble que pueda ser el resultado de una recreación de vivencias imaginarias, fruto de una ficción volcada en un guión de cine. Pocas veces un rostro ha transmutado una pantalla en pura vida como en este caso. Impresionante.

Y ha llegado el momento, amigos/as lectores/as, de desvelar el resultado del acertijo que les lanzaba al principio: un punto, y muy importante, en común en la carrera de Alejandro Amenábar y Achero Mañas es que ambos entregaron lo mejor de su cine en su primera propuesta; o, al menos, así se lo parece a este torpe juntaletras, que no ha sido capaz de ver en ninguna de las propuestas posteriores ni del uno ni del otro, el derroche de talento, imaginación, descaro y pasión que ambos volcaron en 'Tesis' y 'El Bola', respectivamente. Y no es que falten títulos estimables en esas filmografías (algunos, celebradísimos y con méritos indudables, que no seré yo quien cuestione); pero, vistos globalmente, ninguno de ellos alcanza el punto de maestría que, mágica, milagrosamente, alcanzaron estos títulos. Habrá quien hable de la suerte del principiante. Yo prefiero pensar en audacias juveniles, o, tal cual cantaran las Vainica Doble del difunto abuelo de 'El duelo', en benditas chifladuras. ¿Y ustedes, qué opinan...?

* En las imágenes; Alejandro Amenábar, director de 'Regresion'; y Juanjo Ballesta, protagonista de 'El Bola'.- Ambas fotografías, proveniente del fondo de Wikimedia Commons (la primera, obra de Bernardo Doral; la segunda, obra de Marta2697).-

jueves, 24 de septiembre de 2015

THE BLING RING (U.S.A., 2013)

* Crítica de 'The Bling Ring' (U.S.A., 2013), de Sofia Coppola, con Emma Watson, Israel Broussard y Kathie Chang.-


De la fascinación de Sofia Coppola por el mundo de la adolescencia femenina ya daba cuenta el hecho de que su opera prima, 'Las vírgenes suicidas', se centrara, precisamente, en los avatares de un grupo de hermanas ubicadas en ese segmento de edad. 'The Bling Ring' que, a diferencia de la anterior (basada en una novela, de Jeffrey Eugenides), se basa en un episodio real —cabe suponer que convenientemente adaptado a su mejor uso dramático—, vuelve a ofrecernos los avatares de un grupo protagónico ubicado en un segmento muy cercano a ése (se trata de jóvenes que apenas han cruzado el umbral adolescente), si bien con un perfil bastante diferente, tanto en lo que atañe a sus personalidades como a los hechos que se nos narran: en este caso, estamos ante una banda circunstancial de ladronas juveniles que, movidas por un explosivo cóctel de inmadurez, egolatría y temeridad, se lanzan a una absurda carrera de robos (de los que hacen ostentación en las redes sociales) en mansiones de las celebrities a las que adoran y a las que pretenden emular. Un vano intento de alcanzar una especie de trascendencia a través de la más absoluta vacuidad.

El relato fílmico de Coppola se desenvuelve con liviandad y buen ritmo, sin que el retrato de la peculiar personalidad de los personajes protagonistas, que se va espigando a través de sus acciones y testimonios, entorpezca en ningún momento el desarrollo de una trama que, en último extremo, es lo bastante simple como para permitir que, en un metraje de apenas hora y media, la cinta ya nos haya ofrecido todo cuanto tiene para ofrecernos en su vertiente argumental (que no es sino una de esas peripecias que, sobre la mezcla de crimen y famoseo, están destinadas a llamar la atención de manera tan refulgente como efímera). Evidentemente, no estamos ante una obra de mayores pretensiones, y 'The Bling Ring' se queda a años luz del calado dramático y la intensidad emocional de esa magnífica película de Coppola que fue 'Lost in translation' (con la cual, si acaso, solo se emparenta por sus opciones estéticas, tendentes a cierta sofisticación, en ámbitos de la dirección artístíca —vestuario, interiores, fondos musicales—), pero no por ello deja de ser un divertimento estimable y cuyo visionado se digiere sin la más mínima dificultad.

En todo caso, y tras esa apariencia ligera y superficial, y con esa estética videoclipera (cierta) de que se suele acusar a Sofia Coppola, no habría que desdeñar, si tenemos en cuenta cuánto pesan, en estos tiempos que corren, ciertas tendencias sociales y mediáticas, la circunstancia de que 'The Bling Ring' quizá nos esté ofreciendo un fresco bastante acabado de ese mundo de apariencia y pijerío que se ha convertido en aspiración y referente de un sector de la juventud (cada día más amplio, desgraciadamente —en opinión de quien esto escribe—) embelesada por cantos de sirena catódicos, o portadas de papel couché, que les convocan a un universo de lujo, fiesta y placer sin tasa ni límite que no requiere sacrificio previo alguno. Y, desde esa perspectiva, probablemente constituya una muestra de cine social (si somos capaces de despojar a ciertas etiquetas genéricas de concepciones reduccionistas) tan válida y acabada como la de la más descarnada crónica suburbial de un Ken Loach o un Robert Gèdigian —sin que eso la haga mejor ni peor película, algo que también sería extensible a la obra de los citados—. Apuntado queda.

CALIFICACIÓN: 6 / 10.-
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