Pancho Moreno, empresario teatral de tres al cuarto, arrastra a su mísera compañía de cómicos de la legua por las áridas tierras de la meseta castellana, buscando, de pueblo en pueblo, un escenario en el que representar su menguado repertorio, tan pobre como la calidad actoral de los miembros del grupo, a cambio de lo que caiga: siempre poco, siempre tarde, siempre mal... La muerte de uno de los artistas, junto con la inminente llegada de la Semana Santa –con la consiguiente suspensión de las funciones teatrales-, complica aún más una ya desesperada situación, y lleva a la compañía a un extremo de hambre física, ante la cual cada cual reacciona conforme a su talante y condición, y que exacerba aún más los roces, odios y desencuentros que –trufados por los celos y amoríos que, inevitablemente, han ido surgiendo al fondo de la miseria- aquejan a los desventurados artistas.
RESEÑA CRÍTICA.-
Es la década de los 60, y , al lado de esa España del colorín y la alegría que nos pintaban, a lomos de un Seat 600 y en plena expansión desarrollista -alimentada por tintorro y tortilla de patatas-, las pelis de las chicas cantoras (Marisol, Rocío Dúrcal o Concha Velasco) , había otra España. Muy lejos de ésta, y mucho más lejos aún, a años-luz, de una Europa en la que empezaban a soplar vientos de cambio. Esa otra España, más cruda, más sombría, era la que retrataban las películas de aquellos directores que buscaban otras vías, otros caminos, los Bardem, Berlanga, Saura: una hornada de creadores a la que, en 1963, se incorporaba, de forma brillante, Mario Camús, quien, con Los farsantes, asestaba un sonoro papirotazo a esa pantomima que reflejaba el amable cine de nuestras sacrosantas niñas.
Una compañía de teatro de tres al cuarto que va arrastrando sus miserias y mezquindades por pueblos perdidos de la estepa castellana, mendigando un plato de comida y un jergón de paja a cambio de un más que dudoso arte, protagoniza esta particular odisea y deviene en el reflejo, sombrío y triste, de un país que, en el entorno rural, aún se encuentra muy lejos de los supuestos esplendores que el régimen político quiere transmitir; y, más allá de esa condición emblemática de su tiempo y su lugar, llega a constituir todo un paradigma de un universo humano atravesado por el hambre y la necesidad, y cómo estas circunstancias sacan a la luz cuánto de más ruin y miserable alberga la condición humana, sin que, en ningún momento, aparezca ese regusto amable, ese pequeño toque cariñoso que, en su visión sobre este mismo mundo (el de los cómicos del camino), diera bastantes años después (concretamente, en 1985) Fernando Fernán-Gómez en esa magnífica película que fue El viaje a ninguna parte.
Para retratar este patético periplo, Camus, al que su condición de debutante no le merma un átomo de pericia, y que muestra ya unas notas identificativas que se harán posteriormente santo y seña de todo su quehacer fílmico, hace un excelente uso de las herramientas narrativas más adecuadas, entre las que sobresale especialmente su sobriedad, elemento característico de toda su filmografía (y que hallará su culmen en la que, sin duda alguna, se trata de su mejor película, Los santos inocentes, respecto a la cual no debe ser casual, en absoluto, su cercanía en muchos aspectos a ésta que aquí nos ocupa), y que se plasma en todos los aspectos de esta película de forma notable, dotándola de una dureza y una intensidad poco comunes en cualquier opera prima al uso.
Mirada propia, pues, pero no por ello exenta de ecos y resonancias que nos remiten, de forma inequívoca, a un referente ajeno, que es el del maestro de Calanda, Luis Buñuel. Hay más de un elemento que recuerda poderosamente a imágenes y concepciones ya vistas en la obra buñueliana, y, aun desconociendo hasta qué punto pudieron haber influido éstas en Camus a la hora de plantear su película, resulta inevitable recordar el feísmo tremendista, y la ruindad moral, del grupo de parias de Viridiana –tan cercano a las actitudes más profundas de los miembros de la compañía, aun cuando éstos mantengan un aspecto externo más adecentado-, o la angustia claustrofóbica que se desprende de ese encierro “voluntario” de la compañía en dos habitaciones de una pensión vallisoletana, intentando, con tal subterfugio, sobrellevar mejor el hambre que les corroe, y que nos recuerda tremendamente al “encierro” de El ángel exterminador, aunque esté se halle desprovisto de las connotaciones absurdas y surrealistas que atraviesan la secuencia de la película del genio aragonés –si exceptuamos ese arranque paroxístico de baile flamenco con que uno de los miembros del grupo pone de manifiesto su estado de enajenación alucinada, provocado por la gazuza: sobrecogedor...-.
En último extremo, no sería justo ni lógico cerrar esta recensión crítica sin hacer mención del trabajo de los intérpretes, de un nivel muy homogéneo y rayando a una altura excepcional, que confirma que esa tradición de magníficos secundarios del cine español no se trata ni de un tópico infundado ni de una exageración carente de base. No hay en el reparto ninguno de los grandes nombres de la época, pero ver trabajar en papeles de tan tremendo calado dramático a gente como (un por entonces muy joven) Luis Ciges, José María Oviés o Margarita Lozano, resulta enormemente enriquecedor; todo un regalo para aquellos degustadores del trabajo serio, riguroso y bien medido.
En suma, estamos ante una excelente película, una magnífica muestra de cómo el cine español, pese a todas su carencias y limitaciones, siempre ha tenido la capacidad, gracias a un buen puñado de brillantes y voluntariosos “esforzados del celuloide”, de generar productos solventes. Para aquellos que lo seguimos con cariño e interés, aun sin ánimo de hacer bandera patriotera con ello, una enorme satisfacción...