9.11.09

EL ESPÍA QUE SURGIÓ DEL FRÍO (THE SPY WHO CAME IN FROM THE COLD; GRAN BRETAÑA, 1965)

SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Alec Leamas es un agente del servicio secreto británico destinado en Berlín –zona americana-, desde donde controla a los agentes infiltrados en la zona soviética. Allí asiste a la eliminación de Peters, un agente doble, bajo las balas de la policía germano-oriental, y, tras ese episodio, retorna a su país para un periodo de descanso. Durante este lapso, se hará pasar por un desempleado, que se ocupará temporalmente en una pequeña biblioteca, donde conoce a Nan, una chica afiliada al Partido Comunista que se enamora de él perdidamente y con la que emprende una relación sentimental. Pero el descanso de Leamas durará poco, y bien pronto tendrá que embarcarse en una nueva operación, en la cual, supuestamente, y haciéndose pasar por un traidor a su país, habrá de procurar la eliminación de uno de los máximos responsables de los servicios de espionaje alemanes del Este. La jugada resulta bastante más complicada de lo que parecía en un principio, y Leamas se irá viendo envuelto en diversas vicisitudes que darán a la operación un giro completamente inesperado...

RESEÑA CRÍTICA.-

Cabría suponer que la transposición a la gran pantalla de una novela de género tan cinematográficamente agradecido como el de espías, no debería ser tarea de especial dificultad: por un lado, a las alturas históricas en que esta película fue realizada, los precedentes eran más que abundantes, y las claves del género estaban más que consolidadas; y, por otro, el contar con un material argumental de consistencia más que acreditada (no en vano, estamos ante uno de los grandes clásicos de la narrativa “negra”), garantizaba un punto de arranque para el guión altamente prometedor.

Pero, al igual que sucede con la trama de este
Espía que surgió del frío, las cosas no siempre son tan sencillas como parecen, y es preciso eludir ciertas trampas, esquivar ciertas dificultades, para que el empeño llegue a buen puerto: básicamente, se trata de desarrollar el hilo argumental con claridad suficiente –no hay que enrevesar lo ya enrevesado, sino, mas bien al contrario, clarificar al máximo los puntos más oscuros-, y de elegir la encarnadura actoral más adecuada para dar vida a personajes sobre los cuales el imaginario colectivo lector –el juez más riguroso de este pleito...- ya tiene un prejuicio profundamente arraigado.

Tanto en un aspecto como en otro, el equipo de producción de este film realiza una tarea de absoluta solvencia, y salva con total elegancia ambos escollos sin despeinarse lo más mínimo, consiguiendo un resultado final, si no excepcional, sí bastante notable: nos encontramos ante una película seria y sólida, cuya trama nos engancha de un modo natural e imperceptible y que desarrolla su historia sin sobresaltos ni alharacas, de manera tremendamente efectiva.

El director, Martin Ritt, un hombre que había sido perseguido por las hordas mccarthystas, y cuyos orígenes se sitúan en el mundo de la televisión, desarrolla un trabajo sobrio, sin la más míníma concesión al deslumbramiento visual –planificación totalmente estandarizada, en un blanco y negro muy bien conseguido, que traslada muy gráficamente el clima de frialdad y sordidez en que se desarrolla la historia-, conforme a su línea de trabajo habitual: despliega con eficacia un guión muy bien trabajado por Paul Dehn –autor británico con alguna experiencia en el género del suspense, y que posteriormente desarrollaría la práctica totalidad de los guiones de las secuelas de la saga simiesca, iniciada con
El planeta de los simios-, que no se despega en lo más mínimo de su referente literario, y desarrolla en una narración perfectamente lineal toda la trama contenida en el mismo, marcando con precisión un ritmo que ayuda a seguir sin mayores dificultades los constantes retruécanos argumentales a que la historia se ve sometida. El primer escollo quedaba, pues, perfectamente salvado.

Para el segundo, Ritt tuvo la inmensa fortuna de contar con un hombre que, en aquel momento –muy poco antes de que iniciara su desbocada huida hacia el precipicio de alcohol y desequilibrios emocionales permanentes en que su vida se habría de convertir-, se hallaba en auténtico estado de gracia interpretativo: Richard Burton. Su trabajo como Alec Leamas, ese espía frío e hiératico, tan eficaz y entregado a su trabajo, como torpe e inexpresivo a la hora de afrontar sus relaciones personales –paradójicamente, con serios problemas también con el alcohol: ¿una relación premonitoria...?-, es de un nivel excelente, y le valió, con toda justicia, una nominación al Oscar como mejor actor principal (aunque el gato al agua se lo terminara llevando Lee Marvin, por su trabajo en el western cómico
Cat Ballou). Particularmente destacable es el punto de distanciamiento y frialdad que Burton sabe establecer con sus miradas, una herramienta interpretativa que el británico utiliza de manera absolutamente magistral, convirtiéndose en su principal arma expresiva. En cualquier caso, también cabe reseñar que estuvo perfectamente secundado por el resto de intérpretes, entre los que habría que destacar a los dos alemanes confrontados (Peter Van Eyck, como Mundt, y Oskar Werner, como Fiedler) y a su partenaire femenina, Claire Bloom, cuya candidez pone el contrapunto tierno y amable a ese mundo plagado de violencia soterrada y sordidez extrema en que se mueven todos los personajes vinculados a los servicios de espionaje.

No nos encontramos ante una película brillante, es cierto; pero El espía que surgió del frío constituye un ejemplo más que digno de buena película de género, con valores más que apreciables y que garantiza un buen ratito de cine, para todo amante de las historias de suspense, sin el más mínimo margen para el aburrimiento. Avales más que suficientes para calificarla positivamente, y recomendarla sin ningún género de dudas a los fieles seguidores del género.

22.10.09

Periodistas (Mi Buenos Aires querido XIV)


Me resulta curioso -teniendo en cuenta que yo no lo soy, y que la mayor parte de los temas a los que dedico mis reseñas poco o nada tienen que ver con esa profesión- que buena parte de los autores de los blogs que sigo habitualmente, y de mis contactos de redes sociales, sean periodistas. Pero eso, como buena parte de las circunstancias de la vida de cada cual, no es algo inexplicable ni casual; es más, el niño que algún día fui, debe sentirse, en alguna medida, reconfortado con la situación, y hasta es probable que, de vez en cuando, esboce una sonrisilla sardónica ante la constatación de que, al fin y a la postre y de alguna manera, su voluntad terminó marcando la mía.

Porque este humilde escribiente, cuando era pequeño, ante la típica y tópica pregunta de qué quería ser de mayor, siempre respondía, contundente e inequívocamente, que, de mayor, sería periodista. Y no era una respuesta que emanara de una idea difusa o poco consciente de mi real voluntad, o que hubiera llegado a convertirse, con el paso del tiempo y su repetición, en una especie de mantra mecanizado y rutinario. No, no, nada de eso. Era la respuesta consecuente con mi firme determinación de dedicarme a una profesión que para mí simbolizaba la suma de lo más sublime a que el ser humano podía dedicarse profesionalmente: observar lo que pasaba en el mundo y transmitírselo a sus semejantes con rigor, objetividad y amenidad. ¿Qué podían suponer, al lado de eso, las memeces y naderías a que se dedicaban médicos, albañiles, ingenieros, electricistas, abogados o maestros...?

Como suele pasar en la mayoría de estas historias, el paso de los años y los avatares de la vida terminaron dando al traste con tan férrea determinación (ergo, tan férrea no sería, que me podrá objetar el lector malicioso....), y uno, al final, terminó estudiando algo distinto y dedicándose profesionalmente a algo diferente. Ya sé, ya sé: ni fui el primero, ni seré el último, y, además, qué quieren que les diga, francamente, no me puedo quejar, la vida no me trató mal en lo que a su faceta laboral se refiere, y, a ese respecto, mentiría si dijera que tengo alguna espina clavada, o una secreta frustración de esas que te hacen enfrascarte en dimes y diretes todas las noches con tu amiga almohada (sobre lo que pudo ser y no fue, o vainas similares...).

Pero está claro que esa fascinación infantil por el periodismo tuvo que dejar algún rescoldo que es el que intento ahora apagar, supongo, acercándome, en cierto modo, a ese mundo, a través del contacto con sus esforzados “facedores”; gente a la que, desde la desmitificación que impone el devenir del tiempo y el conocimiento de las miserias y debilidades humanas -que, por supuesto, también les atañen y alcanzan-, no dejo de admirar, en la medida en que aún puedo apreciar en una buena parte de ellos, ese mismo impulso, esa idéntica ilusión, que tanto magnetismo despertó en un niño cuyos referentes cercanos (familiares, sociales, etc.) eran totalmente ajenos a la profesión periodística.

Tema distinto es el de la opinión que me pueden merecer los grandes gurús, que, normalmente, y como corresponde a su condición, se instalan en un territorio desde el que marcan el status quo dominante, y en el que aspectos como imparcialidad o objetividad no son más que un mero señuelo, cuya inexistencia se desvela tan pronto como se rasca mínimamente su superficie; pero, claro está, en las alturas del “olimpo mediático”, las exigencias son otras, y las consideraciones en base a las que se trabaja, también. Ya saben, poderoso caballero, y disquisiciones de tal jaez. Pero no son esos los periodistas de los que hablo y a los que admiro.

Me encanta escribir, y escribo: posiblemente, y en gran parte, movido por el influjo de tantos y tantos periodistas a los que, desde edades muy tempranas, fui y he ido siguiendo. Pero no soy un periodista, y no creo que vaya a llegar a serlo nunca. No me importa. Lo que me importa, y lo que me gustaría, es que aquellos que, ilusionada y esforzadamente, intentan hacerse un hueco en la profesión a base de derrochar profesionalidad, honestidad y trabajo, lo consigan, y se asienten en un mundo en el que valores que escasean horrorosamente son la seguridad o la estabilidad. No es fácil, pero el empeño merece la pena. Otros lo leeremos, y lo contaremos. Y aquel niño que un día quiso ser periodista y jamás llegó a serlo volverá a esbozar una sonrisa, de satisfacción, respeto y admiración. Mucho ánimo, amigos, y adelante.

La fotografía que ilustra el artículo es obra de Carlos Olivares, y se publica conforme a los términos de su licencia Creative Commons. 

7.10.09

Jara (Gigante; Uruguay-Alemania, 2009) (Los buenos buenosos VII)


Jara, Jarita, es un gigante. Sí, efectivamente, un tipo grandullón, con una presencia física imponente, condición que le hace especialmente apto para su desempeño profesional. Jara, Jarita, es vigilante jurado en turno de noche permanente en la sala de control de monitores de un hipermercado; un cubículo de reducidas dimensiones, en el que mata las horas (inacabables), intentando no sucumbir al sueño a base de palabras cruzadas, juegos permanentes de cámara y generosas raciones de esa música “jevi” que acompasa y puntea su vida, desde que se levanta hasta que se acuesta.

Jara, Jarita no se complica la existencia: vive solo, no tiene amigos ni (apenas) familia. Trabaja, duerme, ve la televisión y, los fines de semana, complementa sus emolumentos ejerciendo de matón de discoteca en un tugurio bastante siniestro. Es un tipo simple, y es un tipo bueno; sus compañeros de trabajo le respetan, y, a su manera (y en la medida en que él se deja), le aprecian. Jara, Jarita tiene buen corazón: aunque él es fuerte, muy fuerte, está al lado de los débiles, de los oprimidos, y no le gustan los explotadores, los poderosos, sin necesidad de ninguna formulación teórica sobre el particular para posicionarse. Es así, y punto.

Pero un día llega ella, y al bueno de Jara se le caen los palos del sombrajo. Los relucientes pasillos del hipermercado se convierten en el majestuoso escenario donde desenvuelve su torpe danza del mocho y la escoba una nueva limpiadora. Ella. Julia Ramírez Cuello, una muchacha de aspecto sencillo, dulce y afable. No es muy guapa, pero tampoco es fea. No tiene un físico escultural, pero, bajo una vestimenta tan poco propicia al lucimiento, se adivina una figura esbelta y agradable. En cualquier caso, todo eso es accesorio; lo verdaderamente importante es que Jara, Jarita, cae fulminado por un rayo, un rayo imposible de esquivar con una finta o de parar con un puñetazo, un rayo de magnitud y naturaleza desconocidas para él. Debe ser amor, pero ésa es una formulación teórica que a Jara, a Jarita, le trae bastante al fresco.

Y su vida se convierte en una fijación monotemática y exclusiva. Ella. Julia.

Ella no lo sabe, pero Jara, Jarita, ha dejado de jugar a cineasta imaginativo para centrar sus alardes de cámara (ahora, la 1; ahora, la 7; ahora, la 3; zoom aquí, zoom allá; sigue aplicándote cacao en los labios, así, así, despacito...) en un único punto de atención. Ella. Julia.

Y ella tampoco lo sabe, pero Jara, Jarita, la sigue día y noche, todos los días, de manera distante y callada, como una especie de ángel de la guarda llamado a protegerla y librarla de todo mal y toda amenaza, mirándola con arrobo, sufriendo, interrogándose sobre lo que hace y no hace, penando, preguntándose qué es eso que le pasa, y que no le deja comer ni dormir en paz, llorando en silencio, sin palabras, sin lágrimas. Jodido, ¿eh, Jarita? Pero feliz, vaya que si, feliz como una perdiz, porque siempre, diez, doce metros por delante de sus pasos, está su señuelo, su guía. Ella. Julia.

Uno siempre quiere que a la gente buena le pasen buenas cosas. No siempre pasa en la vida real, pero, ¿para qué hacen películas los peliculeros? Jara, Jarita, deja de hacer flexiones y deja de atormentarte con Metallica y Biohazard. Ella, Julia, ha sonreído, y eso es lo que cuenta. Te la mereces, amigo, te la mereces...

En las imágenes: Fotogramas de “Gigante” – Copyright © 2009 Control Z Films, Rizoma Films y Pandora Films. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos reservados.

26.9.09

SOLO ANTE EL PELIGRO (HIGH NOON; U.S.A., 1952)


Considerar una de las cumbres de un género como el del western, un título como “Solo ante el peligro”, no supone, vaya por delante, ninguna exactitud técnica: el legendario film de Fred Zinneman se encuadra plenamente, tanto por su ubicación temporal y geográfica como por el armazón de su desarrollo argumental, en tal categoría. Pero también queda fuera de toda duda que se trata de una película que va más allá, mucho más allá, de tal adscripción genérica, a la que trasciende largamente gracias a un potencial alegórico que es el que le ha convertido en un film de culto indiscutible.

Ese potencial alegórico se proyecta sobre una estampa bastante amarga y descorazonadora de la condición humana: frente a la catadura moral del héroe, erigido en excepción a la fuerza, la dignidad del colectivo social queda puesta en evidencia, con una condena moral sin paliativo alguno, a medida que el desarrollo de la historia nos hace constatar que su protagonista, el sherif Kane, terminará en esas condiciones que el título en español de la película ya nos hacen presagiar, debido a la cobardía —explicable, en mayor o menor medida, según los casos, pero en ningún caso justificable (ni justificada)— de todos aquellos que lo rodean y que, desde una postura ética, deberían haber estado a su lado en una situación de necesidad extrema, con la única excepción (y, además, surgida en un arrebato de último momento) de su recién casada esposa —punto argumental, por otro lado, de gran relevancia, dado que implica una valoración del papel femenino muy poco usual en esos años cincuenta del pasado siglo, y más aún en el contexto de este género—.

No es ése, en todo caso, el único —aunque sí, quizá, el más significativo— elemento de interés de un film que también juega de manera extraordinaria la baza del tempo narrativo como elemento más material que formal (el ritmo con el que se desarrolla la trama se termina convirtiendo en un aspecto dramático de primera magnitud, una especie de personaje opresivo y ominoso que impregna la acción y dota al relato de una componente de inquietud constante que no abandona al espectador en ningún momento) o la utilización de una fotografía en blanco y negro de acusados contrastes (que incide en la creación de esa misma atmósfera desasosegante, y que proporciona al film un tono narrativo más cercano al típico del thriller que al del film convencional del oeste).

En suma, no creo que resulte nada exagerado afirmar que “Solo ante el peligro” es, además de un magnífico western, una de las grandes obras maestras de la historia del cine. Ah, por cierto —y es que se me olvidaba—, la protagoniza un tal Gary Cooper: no creo que resulte un dato baladí (y no sólo para esa Pilar Miró que al cielo le envió su rendida declaración de amor en celuloide...); así que dicho queda...

14.9.09

HOMBRES INTRÉPIDOS (THE LONG VOYAGE HOME; U.S.A., 1940)


SINOPSIS ARGUMENTAL.-
A través de diversos episodios, basados en piezas teatrales de John Irving, asistimos a las peripecias de la tripulación del Malcairn: sus ocupaciones y preocupaciones, sus anhelos, sus pequeñeces y miserias... Un juego de relaciones marcado por la disparidad de las personalidades de los integrantes del grupo, y por las pautas de comportamiento que impone la vida a bordo (en contraposición a las que rigen en su vida en tierra, totalmente diferentes), retratado con pinceladas breves y vigorosas.
RESEÑA CRÍTICA.-
En una filmografía tan ingente en volumen como lo fue la del maestro John Ford, hubo cabida para todo tipo de temáticas y enfoques, no obstante lo cual cabe apreciar ciertas líneas predominantes, que son las que marcan su impronta y las que la hacen perfectamente etiquetable y reconocible. En ese sentido, Hombres intrépidos no encaja plenamente en el marco más tipico del universo fordiano, pero tampoco se aleja excesivamente de las coordenadas en las que el sabio Jack se movía con mayor comodidad.
Aquí nos encontramos con un grupo de marinos, marcado por su identidad colectiva (rudeza, misoginia, simplicidad, tosquedad, desarraigo) y sus disparidades individuales, que permiten abarcar un abanico amplio de tipos, cada cual con sus particulares connotaciones; y su peripecia viajera, en la que hay cabida para los episodios más diversos, desde los de talante más festivo y relajado (esa fiesta inicial: ron y putas para conjurar los negros augurios previos a la partida), hasta los de carácter más grave, bien a nivel general (el bombardeo que sufre el “Malcairn” por la aviación alemana, y que cuesta la vida a uno de los tripulantes) o bien a nivel personal (la muerte de Jan a causa de las heridas que sufre en una trifulca a bordo).
Todo ello, narrado con una sobriedad y una eficacia no exentas de una enorme calidad técnica: la maestría de Ford en la composición de los planos, sean del tipo que sean; el dominio de los recursos acessorios y de los detalles de dirección artística –bajo una apariencia de simpleza tremendamente engañosa, refulgen pinceladas de auténtico genio-; y el manejo del tempo narrativo, conforman un bloque de recursos cinematográficos más que sobrados para alumbrar una película cuajada y sólida, y a la que sólo su pretendido perfil de contención le impide alcanzar picos de mayor brillantez.
Quizá si hay un aspecto en el que, desde el punto de vista formal, Ford sí efectúa un auténtico alarde, es el en el de la iluminación y la fotografía, de una potente vena expresionista, que nos recuerda, de forma casi automática, a los maestros alemanes de la década de los 20 (Murnau, Lang); en cualquier caso, son elementos que se adecuan enormemente a la generación de ese clima ambiental entre claustrofóbico y fantasmagórico que impregna todo el film, y que hace emanar de sus secuencias, siempre saturadas de claroscuros, un halo de tristeza que llega a resultar casi opresiva.
No todo en este film de Ford es motivo de plácemes y parabienes. También hay ciertos “puntos negros”, más allá de esa inmensa oscuridad que desprenden sus imágenes, como el de la inmensa misoginia que deriva de la distribución de papeles por sexos (no hay mujeres protagonistas, y las únicas que aparecen son, cómo no, prostitutas), sin que para ello quepa hallar disculpa en la naturaleza de la historia narrada; o el esquematismo que, en ocasiones, aqueja a su diálogos (en ese aspecto, tampoco ayuda lo más mínimo el hecho de que la versión vista sea doblada, y no en su inglés original); o la presencia de la versión más envarada del ya bastante envarado John Wayne, algo que para aquellos que no le profesamos una especial devoción puede dar al traste con el más equilibrado de los repartos. En definitiva, se trata de aspectos puntuales, que no empañan la consideración global de la obra, pero sí ensombrecen un tanto su apreciación.
Buena muestra de la filmografía fordiana, Hombres intrépidos no se encuentra, obviamente, en el elenco de las obras maestras de John Ford, ni siquiera en la nómina de sus mejores películas, pero ofrece momentos de buen cine y se erige como un film consistente, interesante y de visión siempre estimulante y enriquecedera, lo cual no es escaso bagaje si consideramos sus pretensiones de partida.

31.8.09

Pink Floyd-The wall (Varietés artísticas y culturales XIX)

Que no cunda el pánico, nadie se alarme. No ha fallecido ningún ex miembro de Pink Floyd. Tampoco se cumple hoy el aniversario de la creación, ni de la defunción, del grupo; no sé qué tiempo hace que se publicó este álbum, ni si dicha fecha coincide con la de hoy, ni me importa. Tan sólo concurren dos circunstancias, muy elementales: primera, que estoy harto de que nunca se evoque una obra artística si no hay un acontecimiento o efeméride por medio; y segunda, que hoy, una vez más, y por enésima vez, sus sonidos me han venido a la mente sin que hubiera ningún motivo aparente por ello. No debe ser casual. Hablamos de Pink Floyd. Hablamos de El muro (The wall).

Recuerdo que, en el momento de su publicación, El muro constituyó una auténtica piedra de escándalo en lo que, por aquel entonces, era un mundillo del pop-rock bastante estabilizado (dentro de lo que un mundillo como ése puede llegarlo a estar, por supuesto). Tras haberse convertido en el buque insignia del rock sinfónico en la primera mitad de los setenta, merced al alumbramiento de varios álbumes que permanecerán en la memoria histórica del género como hitos difícilmente superables (aún suena a legendaria la apelación a títulos como Animals, Wish you were here o The dark side of the moon, en cuyo interior se encuentran temas que ya alcanzaron hace muchos años la condición de icónicos, absolutamente intemporales), Pink Floyd atravesó una etapa de convulsiones, bastante típicas como manifestación de la “muerte de éxito” que con tanta frecuencia se daba en la galaxia pop. Espantadas, salidas, entradas y mosqueos varios (con muchísima pasta en el alero a cada movimiento, faltaría...) conllevaron un periodo de silencio que se rompió con este doble álbum.

Y, desde luego, si el objetivo era liarla, la liaron, y bien. El disco no dejó indiferente a nadie: a la inmensa mayoría de los seguidores “históricos” del grupo, les pareció una herejía imperdonable, una bajada del listón de exigencia musical difícil de justificar y una entrega, sin armas y bagajes, al becerro de oro de la comercialidad pop, basado en un limado absoluto de aristas sinfónicas y una simplificación brutal de ritmos, duraciones y estructuras; pero a los que no lo eran, les descubrió que Pink Floyd eran capaces de manufacturar temas que, ateniéndose bastante a los cánones del pop más convencional , no dejaban de destilar un enorme talento compositivo, y, además, eran degustables cual píldoras de música comercial al uso, hasta el punto de que algunos de ellos —y, muy especialmente (aunque no fue el único), el que constituyó primer single, Another brick in the wall— se llegó a convertir en un auténtico bombazo en las listas de éxito.

En ese contexto, el carácter conceptual del álbum, que vino a ser reforzado por la trasposición a la pantalla que de él hizo el por entonces afamadísimo director de cine británico Alan Parker, en un ejercicio tan alquitarado como brillante (que, además de cubrir de imágenes de muchísimo impacto las de ya por sí bastantes impactantes piezas sonoras del disco, convirtió al luego benefactor universal Bob Geldof en una megaestrella pop), o la indiscutible calidad individual de muchos de sus cortes, quedaron convertidos en notas prácticamente intrascendentes. Más allá del fragor de la polémica, de El muro se vendieron millones y millones de copias, que reencumbraron a los Pink Floyd y dieron nuevo aire a una carrera que languidecía entre dimes y diretes, pero, en cierta manera, El muro fue también el aldabonazo que determinó un cambio muy drástico en la catalogación —al menos, por parte de sus fieles— de un grupo que descendió de la hornacina en la que, como mito y leyenda, era venerado, para ocupar un lugar junto al común de los vulgares (y, eso sí, multimillonarios) mortales del pop-rock anglosajón.

¿Mi opinión personal? No estoy en condiciones, amigos lectores, de emitir un juicio de valor sensato. A esos dieciseis años que yo tenía cuando se publicó el doble album —un doble vinilo que, por cierto, jamás tuve: lo escuché cientos de veces en una vieja cinta de cassette (virgen grabada, naturalmente; la SGAE, por aquel entonces, no ingresaba un colín de canon, pero aún podía dormir tranquila...) y ahora lo tengo en un doble CD (ése cuya fotografía ilustra esta reseña) que sigo escuchando con asiduidad, pero que, claro está, no es lo mismo...—, me pareció una entrega pop deslumbrante y arrasadora; impresión que aún se vio reforzada y acrecentada cuando tuve la ocasión de ver, en aquel mítico cine de arte y ensayo llamado San Vicente (los veteranos cinéfilos sevillanos sabrán bien de qué hablo; por aquel entonces, eso sí, yo distaba mucho de ser algo parecido a un cinéfilo...), la peli de Alan Parker: aquel derroche de puñetazos visuales y sonoros me terminó de inocular la fiebre del converso, alguien plenamente convencido de que estaba ante la obra maestra más grande del rock de todos los tiempos.

A día de hoy, y pasados bastantes años —casi treinta, uf...—, tales fiebres han remitido bastante, y, lógicamente, esa percepción ya no llega a tales extremos. Pero, eso sí, cada vez que oigo la suite pinkfloydiana, sigo teniendo la misma impresión —que ya tenía por aquel entonces, desajustes hormonales aparte—, y que a tan contadísimas piezas alcanza, de estar escuchando un fluido pop que, posiblemente, no alcanza la categoría sublime de su obra precedente, pero cuya sonoridad (en contraposición a cuán de su tiempo suenan muchas de esas propuestas anteriores), es absolutamente intemporal. O a mí me lo parece...

5.8.09

LA ISLA DE NIM (NIM'S ISLAND; U.S.A., 2008)


Fue un famoso filósofo (¿o quizá un torero, más bien…?), cuyo nombre no recuerdo, el que, preguntado por un periodista acerca de los riesgos y sinsabores de su profesión, contestó con aquella frase tan lapidaria como difícilmente rebatible: “Más ‘cornás’ da el hambre”. Hablar de hambre cuando nos referimos a las estrellas del firmamento hollywoodiense quizá puede resultar un tanto exagerado, pero resulta obvio que todas ellas tienen facturas que pagar a final de mes. Sólo una acumulación desmedida de dichas facturas me daría una explicación razonable para entender que una actriz de la clase y el talento de Jodie Foster sea uno de los tres pilares interrpetativos de una producción tan flojita como “La isla de Nim”.

Y no es que se trate de una producción flojita por falta de recursos (sin tratarse de una megaproducción al uso, sí que estamos ante un film generosamente costeado, con un reparto potente y en el que no se han escatimado medios para rodar en escenarios naturales verdaderamente impresionantes) o por no haber sido debidamente enfocada en tono y temática respecto al público objetivo hacia el que va básicamente dirigida (el infantil, naturalmente). El problema de “La isla de Nim”, si es que cabe hablar en tales términos, radica en su incapacidad para ofrecer algún apunte de originalidad -o sí, quizá sí que haya uno, aunque mejor no desvelarlo, para no eliminar el posible “efecto sorpresa”…-, algo que no nos remita a los mil y un precedentes de un género que, como el de aventuras (aunque quizá esto cabría predicarlo de cualquier otro), tiende a encastillarse en el cliché cuando, huyendo del más mínimo riesgo comercial, renuncia a meterse en camisas de once varas (desde las que podría ofrecer algo más interesante).

El espectador asistirá, plácida y tranquilamente (no espere el más mínimo sobresalto basado en algún contrapunto “maligno”), al desarrollo de una historia con su planteamiento (festivo y aventurero), nudo (incierto y peligroso) y desenlace (feliz cual perdiz) ceñidos a los más estrictos cánones narrativos. Y asistirá, también, cómo no, al (no muy estimulante) espectáculo de contemplar el monumental despliegue de sonrisitas beatíficas y llantos desesperados a cargo de Abigail Breslin (complicado que una estrella infantil pueda evadirse, a lo largo de una carrera ineludiblemente corta, de un “embolado” de este tipo) y la estrella emergente Gerard Butler (ni fu ni fa…). También puede extasiarse con la contemplación de un despampanante catálogo de postales tropicales correspondientes a parajes oceánicos de hermosura sin par. Hasta aquí, nada deslumbra, pero tampoco molesta.

Lo que sí duele, sobre todo a aquellos que la admiramos y respetamos como a lo que consideramos que es (una de las mejores actrices de su generación), es ver a Jodie Foster encarnando a ese personaje de Alexandra Rover, una especie de batiburrillo formado a base de mezclar ingredientes de los más afamados personajes de escritores ficticios que el cine comercial ha dado en los últimos años (las rarezas del Melvin Udall —Jack Nicholson— de “Mejor… imposible”; la agorofabia de Helen Hudson —Sigourney Weaver— en “Copycat”; o las correrías aventureras de la Joan Wilder —Kathleen Turner— de “Tras el corazón verde” y “La joya del Nilo”), y que —se supone— está destinado a aportar, entre otras cosas, el punto humorístico de la trama, cuando lo único que consigue, a base de gags tan ñoños como gastados, y de poses a caballo entre lo histérico y lo histriónico, es dotarla de un punto patético. Francamente, creo que flaco favor se hace a sí misma y a sus seguidores con su participación —en esas condiciones— en productos de este tipo. Ahora bien, nadie debería extrañarse de que la persona que se encarga de gestionar sus finanzas tenga una opinión bastante diferente a la mía. Supongo…

En suma, que no pasará a la historia “La isla de Nim” como uno de los referentes punteros del cine de aventuras; cabe suponer que no era ésa tampoco la intención de los implicados en su producción. Pero nunca deja de asaltarle a uno la misma pregunta cuando afronta el visionado de una película como ésta: ¿por qué? ¿para qué? ¿Caja? Reestrenen películas ya rodadas y ahorren gastos, que está la cosa muy mal. Un consejo de amigo, créanme…

27.7.09

Doctor Obama (A salto de mata XLII)

Mucho se viene hablando y escribiendo, en estos últimos días, acerca de las dificultades del presidente estadounidense Barack Obama para poner en marcha su anhelada y trascendental reforma del sistema sanitario de su país; trabas y obstáculos de tal calado, que incluso están llegando a afectar a la popularidad, hasta ahora firmemente asentada, del primer presidente negro de los Estados Unidos.

Como de toda realidad compleja por la amplitud de sus dimensiones y la variedad y detalle de sus componentes, del sistema sanitario de ese inmenso país sabemos poco, muy poco, más allá de generalidades y vaguedades más próximas al tópico y etiquetado urgente que al resultado de un análisis y estudio profundo del mismo. Algo, por otra parte, bastante lógico, dado que, en último extremo, se trata de una cuestión que no nos atañe de manera directa y a la que, por otro lado, solemos contemplar, desde esa ignorancia, con un cierto puntito de autocomplacencia y superioridad (aquí, en esa materia, las cosas nos van bastante mejor...).

En ese sentido, resulta sorprendente comprobar, a través de las someras informaciones que los medios proporcionan, cómo, a diferencia de lo que el tópico siempre ha señalado al respecto, ese sistema sanitario, lejos de estar basado fundamentalmente en mecanismos privados, lo está en estructuras de índole pública, y que suponen para el erario de ese país un volumen extraordinario de gasto, a pesar de lo cual, paradójicamente, el número de personas a las que no da cobertura alguna es tremendamente elevado. Es evidente que, a la vista de tan flagrante contradicción, hay algo que no funciona (por no decir que huele a podrido, y no precisamente en Dinamarca...), y, desde esa perspectiva, cabría pensar que lo lógico sería que la pretensión de modificar ese status quo fuera unánimente contemplada como algo positivo. Pero, visto lo visto, y oído lo oído, parece ser que no es así.

No debe ser empeño fácil, ni muchísimo menos, y por más que sea poco objetable su necesidad, el de reformar (y no de manera cosmética, o puntual, sino de forma radical y profunda) un sistema sanitario que viene funcionando conforme a unos principios y pautas determinados desde hace muchísimo tiempo. Y no creo que las dificultades —al menos, las de mayor enjundia— radiquen en aspectos técnicos o políticos, aunque también éstos se pongan sobre el tapete: no deben de ser de poca monta los intereses económicos en liza, y con toda seguridad que serán éstos los que estarán poniendo mayormente en solfa las intenciones de un Obama que ha hecho de esta reforma, causa y bandera de todo su mandato. ¿Lógico? Probablemente, sí. ¿Deseable? Cabe pensar que no. En todo caso, el pulso será titánico, y su resultado, altamente incierto. Y habrá que seguir con atención el desarrollo de los acontecimientos: pese a lo lejano y poco influyente que nos pueda parecer, en este mundo globalizado nada es irrelevante. Nada. Y que a nadie le quepa la más mínima duda que, del resultado final de este episodio, terminarán derivando consecuencias que, de una u otra manera, nos afectarán (si no hoy, sí algún día no muy lejano). Atentos, pues, a los acontecimientos...

17.7.09

En la Luna (Mi Buenos Aires querido XIII)

Es el signo de los tiempos: aniversario redondo, expectación mediática. Se cumplirán dentro de unos días los cuarenta años de la llegada del hombre a la Luna, y asistiremos a un despliegue monstruoso de programas especiales, suplementos de prensa y toda la parefernalia acostumbrada en este tipo de eventos. Generalmente, soy bastante inmune a la influencia de estas mecánicas de funcionamiento, pero, como toda regla suele tener su excepción, he de confesar -como así he apuntado en algún comentario hecho en territorio amigo- que aquí concurre tal circunstancia: y es que es tal la fascinación que este acontecimiento aún me provoca, que no voy a tener el más mínímo inconveniente en dejarme llevar por la corriente y sumergirme a conciencia en el aluvión que, a buen seguro, se nos va a echar encima en los próximos días.

No creo que se trate de una cuestión evocativa: sinceramente, soy incapaz de rescatar un recuerdo personal del acontecimiento -cuando se produjo, este humilde escribiente apenas contaba con cinco añitos-, del que apenas me queda un pequeño rescoldo en algún rincón de mi muy frágil y quebradiza memoria. Ese apasionamiento surgió muchos años después, y se nutrió, fundamentalmente, del campo de las imágenes, más que del de los relatos: esas fotografías de fondos metálicamente negros, negrísimos, sobre las que se recortan las figuras de blancura impoluta de unos humanos expuestos a la más brutal de las vulnerabilidades, en un medio ya no hostil, sino casi sobrenatural, aún, y a pesar de haberlas visto en miles de ocasiones, me encogen el corazón cada vez que las contemplo.

Más allá de todo lo que se ha dicho y escrito acerca del tema, de esas frases tan rotundas como grandilocuentes, y de todos los tópicos y lugares comunes, exprimidos hasta la médula, que siempre rodearon las observaciones sobre ese momento, soy incapaz de imaginarme lo que pudo sentir Armstrong al poner su pie sobre la superficie de la vieja amiga. Pero sí tengo una certeza rotunda, absoluta: tuvo que ser algo muy intenso, muy fuerte, algo que merece la pena ser vivido y sentido. O sea, que algunos -porque me consta que es algo que muchos compartimos- seguiremos soñando. Y quién sabe si llegará ese día en que el sueño, de alguna manera, y con todas las salvedades y distancias (dicho sea sin segundas intenciones...), se haga realidad; aunque no haya conexión inalámbrica capaz de superar ese océano de años-luz, no les quepa duda de que intentaría volver por aquí para contarlo. O inventarlo. Tanto da, es un sueño, ¿no...?

13.7.09

El artista, la obra y viceversa (Varietés artísticas y culturales XVIII)


Una de las indiscutibles utilidades (entre otras muchas) de los comentarios de un blog personal, es la de proporcionar a su “manijero” -especialmente, cuando éste atraviesa una etapa de cierta “espesura temática” (o sea, y traducido al castellano, cuando éste no tiene ni repajolera idea de qué y sobre qué escribir...)- un soporte argumental para sus divagaciones. En este caso, ha sido un comentario de la compa Noemí Pastor -a cuyo magnífico blog, Boquitas pintadas (del cual encontrarán enlace en el sitio pertinente), les remito y encomiendo- sobre la transmisión de principios y/o valores en/de una película, lo que me ha movido a una reflexión más amplia acerca de un tema que siempre ha despertado mi interés, y sobre el que he tenido ocasión de discutir extensamente, y en muchas ocasiones, pero sobre el que nunca había escrito -y si la escribí, ya no la recuerdo...- una recensión específica. Ésta es, pues, la ocasión de dedicarle unas líneas a la relación entre la persona y el artista; la vida y la obra; los principios y valores (morales) y las calidades y bondades (artísticos).

Todo artista, como personaje público que es, está sometido al escrutinio de los demás; un escrutinio -y subsiguiente enjuiciamiento- que raramente se ciñe a su creación, digamos, profesional, sino que, más allá de ese territorio, se extiende a una valoración sobre la globalidad de su persona, basada, como no podía ser de otra manera (salvo en el hipotético y poco usual caso de que se le conozca personalmente), en la imagen que del mismo obtenemos a través de fuentes externas (básicamente, medios de comunicación). Partiendo de esa premisa, nos encontraríamos con dos cuestiones, a cual más controvertida -y fascinante-(hay más cuestiones, pero es verano, hace mucho calor...): la primera, hasta qué punto esa imagen personal que nos forjamos acerca del personaje es certera, fidedigna, fiable; y la segunda, hasta qué punto la valoración que en tal imagen personal forjada sustentamos, habría de influir (o no) sobre la valoración que de la obra artística del sujeto podamos hacer.

En el caso de la primera, habrán de permitirme, amigos lectores, que exprese mis razonables sospechas de que, por lo general, y salvo casos muy extremos, pecamos de excesiva ligereza, tendemos al prejuicio acelerado y, en consecuencia, la idea que nos hacemos de los personajes públicos -no sólo de los artistas, por supuesto- suele tener bastante poca relación con su auténtica y genuina condición; condición que, como humana que es, ya es suficientemente compleja como para reducirla a los clichés y etiquetas que, en su proceso de generación de producto, tienden a generar los medios masivos -y que es con lo que, finalmente, nos quedamos-. Hacemos del episodio concreto una muestra de un itinerario vital íntegro (algo absurdo, teniendo en cuenta las vueltas y revueltas que la vida le da a todo el mundo...); tomamos el último acontecimiento como paradigma de la condición permanente del personaje (aquello del “vales lo que vale tu última acción”, trasladado al terreno personal), cuando todos (ellos, también...) cambiamos y pasamos por etapas y sucesos altamente variables (ya se sabe, nada es eterno...); y, lo que es más importante, no sabemos absolutamente nada de lo que esas personas son y hacen fuera del foco de atención de los medios, y, aún así, los enjuiciamos y valoramos tan ricamente. Y nos quedamos así de anchos. Ah, y por cierto, el que esté libre de pecado (no es mi caso, desde luego), que lance el primer misil (no tiene por qué ser, necesariamente, sobre Irán ni Corea del Norte...).

Así funcionan las cosas, a grandes rasgos, cuando nos enfrentamos a personajes vivos y/o en activo. Pero, contrariamente a lo que se pudiera pensar inicialmente, tampoco marchan de manera muy distinta en lo que afecta a personajes históricos, o ya retirados: la perspectiva que da el paso del tiempo y que, en pura lógica, debería contribuir a mejorar o paliar esa situación, raramente lo hace; más bien al contrario, a todas las deficiencias antes apuntadas, vienen a sumarse otras consideraciones que también redundan en la distorsión de la imagen del personaje. El olvido, tan selectivo a veces, al que la desmemoria somete aquellos puntos de la biografía del personaje que, en función de un nuevo contexto, pueden perder interés para el público general (y que también forman parte de su íter vital); la acumulación de testimonios contradictorios -y, comúnmente, interesados, desde la parcialidad- sobre algunas cuestiones que suscitan controversia y sobre las que hechos y opiniones suelen terminar mezclándose para arrojar más oscuridad sobre la poca luz ya existente; en suma, motivos más que sobrados para que, como dijera aquel, abandonemos toda esperanza. Pero no por ello nos retraemos a la hora de destripar a personajes históricos: cual si hubiéramos departido con ellos diariamente, echando la cervecita en el bar de la esquina, también a ellos los valoramos y enjuiciamos, sobre la pretendida base de un cúmulo de testimonios históricos que, en el mejor de los casos, y salvo supuestos muy excepcionales, no aguantarán los embates de la siguiente “oleada investigadora”, ésa que arrojará la “luz definitiva” sobre el ilustre en cuestión. Y así, hasta la próxima, claro...

Supongo que el cúmulo argumental de los dos párrafos precedentes ya debe orientar bastante acerca de lo que opino sobre la segunda de las cuestiones planteadas: dado lo poco fiable que me resulta cualquier juicio de valor elaborado respecto a la catadura moral y la condición personal de un artista, poco me ha de entusiasmar que dicho juicio se proyecte, con toda su carga distorsionante, sobre la valoración de su obra. Pero me consta que no es sencillo, y aquí llegaría el momento de apelar al segundo misil: quien jamás lo haya hecho, que vaya preparando la rampa de lanzamiento. ¿Cómo disfrutar pacífica y armoniosamente de las maravillosas palabras, pinceladas o notas musicales de un fulanito al que consideramos un absoluto impresentable, desde el punto de vista personal? O, a la inversa, ¿cómo no ser indulgente con el resbalón estético de un artista que nos resulta especialmente simpático por su bonhomía y buen rollito -aunque éstos sean tan presuntos como el valor aquel de la mili aquella...-? Así suele funcionar, pero, ¿es eso lógico, justo? Probablemente, no; de forma que, salvo en aquellas contadas ocasiones (y serán contadas, fundamentalmente, porque la interferencia mediática en nuestra vida actual es de dimensiones espantosas...) en que nuestra apreciación artística esté plenamente incontaminada por el más absoluto desconocimiento del autor de la obra, lo más normal será que nuestro juicio supuestamente “artístico”, esté fuertemente condicionado por algo tan impreciso y aleatorio como la simpatía o antipatía que el autor nos causa. Y así, claro, nos pintará el pelo...

Quedan en el cibertintero muchas otras cuestiones más o menos conexas con las anteriores: los prejuicios ideológicos, y su proyección sobre obra y/o persona; las intoxicaciones deliberadas, desde posiciones de interés económico, a la hora de erigir y/o derribar (y volver a erigir, y volver a derribar) mitos y figuras (y miren que me había propuesto no hablar, ni siquiera implicítamente, del ínclito Michael Jackson, pero, ya ven, no ha habido forma...); las diferencias entre soportes artísticos en cuanto a su capacidad “receptora” de los elementos idiosincráticos del autor (varía mucho lo que de sí puede proyectar un novelista en su novela respecto a lo que un pintor puede plasmar de sí en en el lienzo...). Pero, ya saben, amigos lectores, es verano. Y, además, ahora es su turno. ¿Serían tan amables...?