jueves, 20 de marzo de 2014

¡Olvídate de mí! (Eternal Sunshine of the Spotless Mind; U.S.A., 2004)


* Audiocrítica de la película '¡Olvídate de mí!' (Eternal Sunshine of the Spotless Mind; U.S.A., 2004), de Michel Gondry, con Kate Winslet y Jim Carrey.-


Aquejado de una astenia escritora que poco tiene que ver, me temo, con la primavera (dado que arranca de bastante antes de que, hace unas horas, diera inicio la susodicha), he optado por actualizar el blog con una audiocrítica de una peli que revisé recientemente, y que me sigue pareciendo una propuesta de lo más interesante.

El audio es, desde un punto de vista técnico, bastante rústico (y ya me estoy aplicando una indulgencia excesiva y, por supuesto, inmerecida), amén de que, habiendo sido realizado sin ningún tipo de borrador ni guión previo, resulta un tanto deslavazado. Pero, a día de hoy, es lo que hay.

Eso sí, son solo seis minutitos. En la insoportable 'le-web-dad' del Internet, igual pueden suponer casi una eternidad, pero ya les aseguro, amigos/as oyentes, que no, que se pasan en un suspiro. De veras...

Ah, el enlace, aquí

jueves, 13 de febrero de 2014

Las viudas de los jueves (Argentina, 2009)

* Crítica de Las viudas de los jueves (Argentina, 2009), de Marcelo Piñeyro, con Pablo Echarri, Juan Diego Botto, Leonardo Sbaraglia y Ernesto Alterio.-

DE QUÉ VA (SINOPSIS ARGUMENTAL): Altos de la Cañada, urbanización de altísimo standing a las afueras de Buenos Aires. 21 de diciembre de 2001. En la piscina privada del Tano Scaglia (Pablo Echarri),aparecen los cadáveres de éste y sus dos amigos, Martín Urovich y Gustavo Masotta. Ronnie, el cuarto de los maridos de las viudas de los jueves, no se encuentra con ellos ¿Qué ha sucedido? Retornamos a setiembre de ese año para asistir, a partir de ese momento, al proceso que, inserto en un contexto global de crisis económica salvaje, en una Argentina en estampida, va moviendo la tierra bajo los pies de cuatro familias acomodadas que, por encima de los fantasmas particulares de cada una de ellas, comparten posición social y códigos de conducta condicionados por la presión de un entorno donde la ostentación emulatoria lo es todo y la necesidad de ella derivada de no rebajar el status termina desembocando en  un resultado trágico.

EN UN PÁRRAFO (O DOS...).- Adaptación de la exitosa novela homónima de Claudia Piñeyro, 'Las viudas del jueves', en línea con el retrato que de ese mundo traza un texto al que, en líneas generales y con las concesiones de rigor, guarda bastante fidelidad, nos muestra sin cargar las tintas ni exacerbar el morbo, un microcosmos, el de los privilegiados por la ruleta de la fortuna, capaz de albergar miseria y podredumbre en altas dosis, eso si, debidamente camufladas bajo las capas precisas de hipocresía y mentira. No es una cinta brillante (su realización no excede de lo discreto), pero sí ofrece una historia bien trabada y sostenida, que se deja ver con interés. Aceptable.

EN SU HABER: el trabajo de Pablo Echarri, que dota a su personaje, el Tano Scaglia, del carisma del triunfador, ese hombre incapaz de asumir un rol secundario bajo ninguna circunstancia, con una interpretación que plasma una agresividad latente muy lograda.

EN SU DEBE: 1, la recurrencia a secuencias de contenido sexual como mero señuelo comercial, un añadido en relación con el contenido de la novela que poco aporta desde el punto de vista narrativo; y 2, la actuación un tanto crispada de Juan Diego Botto, al que, quizá, le toca en el reparto el 'caramelo' más envenenado, el personaje de cariz más negativo, pero sin que ello le excuse de unos excesos gestuales nada habituales en su repertorio.

UNA SECUENCIA: la fiesta del cumpleaños del Tano Scaglia, un trasunto de lo que podría ser, perfectamente, un spot publicitario de una conocidísima marca de bombones de qualité, y que refleja, a través de una panorámica morosa y prototípica, la viva imagen del pijerío que constituye el soporte humano de la trama. Como resumen de treinta segundos, irreprochable...

CALIFICACIÓN: 6 / 10.-




miércoles, 22 de enero de 2014

Cirugías cinematográficas

* Reflexiones sobre el montaje cinematográfico, al hilo del visionado de 'Avaricia', de Erich von Stroheim.-


Alentado por referencias que la sitúan como una de esas obras de visionado imprescindible (etiqueta que, ya saben, no me parece de recibo: toda peli, incluso la más grande, es de visionado prescindible...), me enfrasqué hace unos días en el de 'Avaricia', de Erich von Stroheim. Me pertreché, para ello, de la única edición que de la misma pude localizar en DVD, quedando avisado, de inmediato, de que me podría encontrar con cualquier cosa (ya saben, ese típico aviso de 'esta copia ha sido elaborada con el mejor material disponible por la distribuidora'), si bien dicha cosa, finalmente, no llegó a materializarse en nada catastrófico (la peli se veía decentemente, en las casi dos horas que alcanzaba su metraje).

Mi sorpresa llegó a posteriori, cuando, contrastando datos con la IMDB, me encuentro con que el film tiene una duración de 239 minutos (o sea, que la copia que había visto me escamoteaba unas nada desdeñables dos horitas...), y alcanzó el pasmo absoluto cuando, a través de otras referencias, leo que la duración de la cinta, en la concepción originaria del autor, ascendía a casi... ¡¡¡nueve horas!!! Circunstancia ante la cual me surgía una pregunta, o más bien dos, de muy difícil respuesta: ¿yo había visto, de verdad 'Avaricia'...? ¿Qué leches había visto yo...?

A nadie se escapa que en cualquier rodaje cinematográfico se genera cierta cantidad de material filmado (a veces menor, a veces mayor, en función de muy diversas variables) que, posteriormente, y al igual que las cuartillas que arroja a la papelera el escritor, es descartado en la mesa de montaje y, por tanto, jamás llega a ser exhibido públicamente, cuando no directamente destruido. En cualquier caso, y en la medida en que dicho material no llega a incorporarse a la versión final de la obra, no puede o no debe,ser considerado como parte de la misma, y, por tanto, no cabe hablar de mutilación de una cinta por hecho de que no aparezca en la misma todo el celuloide a ella inicialmente destinado.

Pero esa última afirmación viene a toparse con una circunstancia determinante, y es la que atañe a la autoría  colectiva de la obra fílmica, y al choque de voluntades que, en muchas ocasiones (la historia del cine está plagada de episodios en ese sentido,  y el de 'Avaricia' no deja de ser uno más de ellos), se produce entre productores y directores a la hora de concretar ese metraje final que, en última instancia, termina constituyendo la 'obra cerrada', o versión definitiva de un film. De ahí la proliferación, en estos últimos años (posibilitada, obviamente, por los avances técnicos en materia de registro y reproducción de imagen; antaño, de tales episodios solo se llegaba a conocer por testimonios de los implicados...), de eso que se viene en llamar 'versiones del director', o similares, y que nos permite acceder a lo que, en suma, no vienen a ser sino auténticas revisiones de la cinta primigeniamente exhibida, a veces para mejorarla, a veces (vistos los resultados) para poco más que dar satisfacción a ese ego vanidosillo que todo creador suele llevar dentro.

Cuestión espinosa, sin duda alguna, generadora de polémicas, trifulcas e injusticias varias. Y, por supuesto, de una distorsión severa de la apreciación de la obra cinematográfica. Porque, en definitiva, ¿qué estamos viendo cuando estamos viendo una peli? ¿Un proyecto, una propuesta, un esbozo, una opción, una componenda? Pues eso...

lunes, 6 de enero de 2014

12 años de esclavitud (Twelve years a slave; U.S.A.-Gran Bretaña, 2013)

* Apuntes sobre 12 años de esclavitud (Twelve years a slave; U.S.A.-Gran Bretaña, 2013), de Steve McQueen, con Chiwetel Ejiofor y Michael Fassbender.-

NOTA PREVIA.- La presente reseña, sin constituir estrictamente una crítica, contiene alusiones a aspectos fundamentales de la trama de la película, lo cual se advierte expresamente en interés de quién aún no la haya visto y prefiera ignorar los mismos.

Los últimos estertores de la cartelera del recién finiquitado año 2013 nos han regalado una de las entregas más impactantes y valiosas del año, la que constituye el estreno de la última cinta de Steve McQueen, '12 años de esclavitud' (Twelve years a slave; U.S.A.-Gran Bretaña, 2013), todo un alegato vibrante e intenso contra el racismo en Estados Unidos en el siglo XIX en formato de drama capaz de combinar el lirismo y la brutalidad a través de un repertorio de imágenes brillantemente trazadas, capaces de suscitar una inusual coincidencia (a la que me sumo sin la más mínima objeción) en una crítica cinematográfica que no ha tenido reparo alguno en caer rendida ante los méritos de la propuesta.


Como toda obra de calado, cabe encontrar en el entramado y desarrollo narrativos de '12 años de esclavitud' un sinfín de líneas temáticas de interés, en todas las cuales han venido a incidir las innumerables reseñas que se han ocupado de ella: desde las más obvias, por su peso argumental, que son las que giran en torno a su eje central (el ya mentado de la esclavitud), hasta muchas otras que orbitan alrededor de ésta: la capacidad de resistencia de los humanos ante la adversidad; la necesidad de adaptación a un entorno hostil como mecanismo de supervivencia; el encaje de la violencia como una vivencia cotidiana; la incongruencia de compatibilizar la profesión de una fe religiosa supuestamente piadosa con prácticas inhumanas; el miedo al conocimiento como fuente de peligro; o la desesperanza como amenaza latente ante una prolongación inesperada de una situación a priori inimaginable; por citar algunas de ellas, especialmente significativas.


Pero hay una que a mí me ha llamado particularmente la atención (y en la que quizá no se ha incidido tanto como en las arriba citadas), y que es la que atañe a la influencia del azar en los devenires vitales, un elemento que siempre ha tenido un peso importantísimo en un cine tan alejado estílistica y tonalmente de esta cinta como es el de Woody Allen, y que, en este caso, constituye un punto de arranque que se erige en premisa a partir de la cual se desarrolla toda una peripecia posterior, trágica y ominosa, erigida en tronco central del relato. McQueen pone especial cuidado en retratar, al principio de su película, a un Solomon Northup instalado en una posición económica, social y familiar firmemente asentada y acomodada: profesionalmente reconocido por sus buenas dotes como violinista, tenido en buena estima por sus honorables vecinos, rodeado de mujer y dos hijos e instalado en una vivienda de categoría estimable, todos sus signos externos de vida (vestimenta, solvencia monetaria, trato de sus cercanos) lo sitúan más cerca del status de aquellos que, posteriomente, serán sus dueños y torturadores que de esa triste y penosa condición a que un penoso y casual episodio criminal lo terminará abocando.



Un episodio que, adaptado al contexto actual, y en la medida en que todo puede llegar a convertirse en efímero y circunstancial, le puede ocurrir, en último extremo, a cualquiera. A tí, a mí, a los nuestros, a los demás. A cualquiera revestido de la frágil y quebradiza condición humana, una esencia sin blindaje ni defensa ante el papirotazo con que la vida nos quiera abatir. Algo que esta extraordinaria película, '12 años de esclavitud', a través de la historia que cuenta, nos ayuda a recordar: nada desdeñable aprendizaje...

* Con motivo de su reapertura en este nuevo año, este establecimiento quiere desear a su distinguida clientela un muy feliz 2014...


miércoles, 11 de diciembre de 2013

Don Jon (U.S.A., 2013)

* Crítica de Don Jon (U.S.A., 2013), de Joseph Gordon-Levitt, con Joseph Gordon-Levitt, Scarlett Johansson y Julianne Moore.-

* Ésta va dedicada a mi amigo Miguel Ángel (lo prometido es deuda...)

SINOPSIS ARGUMENTAL.- Jon (Joseph Gordon-Levitt) es un chico metódico y ordenado: su familia, su trabajo, su gimnasio, su iglesia, sus amigos,  sus ligues y... sus pelis porno. Su ordenador portátil le procura un suministro continuo de 'material', que consume compulsiva y sistemáticamente, pese a tratarse de un 'matador' por cuya pulcra cama desfila un sinfín de chicas despampanantes. Hasta que aparece Barbara (Scarlett Johannson), estricta y entregada, que va a intentar hacerle sacrificar su más querido hábito en el altar de lo que Jon parece haber descubierto por primera vez, eso que se suele llamar amor. En ese mismo altar, Jon adquiere con su novia el compromiso de estudiar para labrarse un porvenir algo más venturoso que el que parece augurarle su trabajo de camarero, y será en esas clases donde conozca a Esther (Julianne Moore), la antítesis de su novia, una mujer cuyo perfil se sitúa muy lejos de las coordenadas bajo las cuales Jon ha valorado siempre a las mujeres. Encuentros y desencuentros marcan, a partir de ese momento, los avatares afectivos de nuestro protagonista.

EN UN PÁRRAFO (O DOS).- Jugando con un dibujo de personaje protagonista basado en un esquema de narración ágil e ingenioso, si bien repetitivo hasta lo machacón, y su sometimiento a contraste con dos antagonistas femeninas situadas en las antípodas una de la otra, Joseph Gordon-Levitt entrega una ópera prima en la cual asume todo el peso del proyecto (no sólo actoral: también es responsable del guión) y está a punto de lograr que su formulación del eterno leit-motiv del triángulo amoroso se salga de los cauces trillados, gracias a las peculiaridades de su personaje, una creación bien perfilada inicialmente gracias a sus detalles accesorios, pero cuya 'redención' definitiva casa poco con su perfil previo. ¿No hubiera sido preferible mantener la audacia hasta el punto final...?

EN SU HABER.- 1, la frescura y liviandad del humor con que Gordon-Levitt, tanto a través de la estructura escrita como de su trabajo de interpretación, construye a su Don Jon, un personaje cuyas neuras y rutinas, sin hacérsenos entrañables, sí que llegan a resultarnos simpáticas; y 2, la familia del protagonista, uno de sus 'anclajes emocionales', y que se convierte en un elemento humorístico muy logrado: atrabiliarios y excesivos, cada cual a su manera, su aparición en la trama siempre genera la expectativa de que algo inesperado va a suceder. Y sucede.

EN SU DEBE.- La manera en que su resolución traiciona el espíritu de su protagonista: entra dentro de una lógica de crecimiento y maduración personales el que éste evolucione, cambie y se adapte a sus circunstancias y vivencias, pero algunos, sin ninguna duda, hubiéramos preferido que ese arco de evolución hubiera sido menos amplio (y, por que no decirlo, más coherente). Opciones, al fin y a la postre.

UNA SECUENCIA.- Cualquiera de las reuniones familiares (todas iguales, todas diferentes) ofrece un punto de humor perturbado suficiente para generar expectativa. Lo mejor de la cinta.

CALIFICACIÓN: 6 / 10.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Agenda oculta (Hidden agenda; Gran Bretaña, 1990) vs. Salvador (Salvador; U.S.A., 1986)

* Apuntes sobre las películas Agenda oculta (Hidden agenda; Gran Bretaña, 1990), de Ken Loach, con Frances McDormand y Brian Cox; y Salvador (Salvador; U.S.A., 1986), de Oliver Stone, con James Woods y James Belushi

Si hay una ventaja de la que el cinéfago goza en relación con el cinéfilo, es la de contar con muchas más posibilidades —es lo que tiene ser poco selectivo…— de poder apreciar la diversidad y riqueza del hecho cinematográfico; cuán enormemente diferentes pueden ser los acercamientos fílmicos a un tema o una historia concretas en función del estilo y querencias visuales de aquellos que los acometen, aun cuando éstos partan de planteamientos ideológicos bastante cercanos.

Es éste el supuesto, y de ahí el comentario precedente, con el que me encontraba en días pasados, en una de esas (poco frecuentes, para mi desgracia…) sesiones dobles de cine doméstico con que, de vez en cuando, me regalo. ¿Las piezas en cuestión? ‘Agenda oculta’, del británico Ken Loach, y ‘Salvador’, del estadounidense Oliver Stone. Sus directores pasan por ser, no sin fundamento, dos de los máximos adalidades (junto a Costa Gavras integrarían una trilogía de manual) de un cine de corte político y/o social de sesgo ideológicamente inequívoco —rojo que te quiero, rojo…—, sin concesiones (sobre todo, en el caso de Loach). Pues bien, amigos lectores, pese a tal coincidencia ideológica y política, les puedo asegurar que no debe ser fácil encontrar dos propuestas en celuloide tan lejanas en forma y tono como las que conforman los dos títulos apuntados.

Lejos de la tosquedad con que la mayor parte de sus críticos tacha el grueso de su producción, Loach se entrega en ‘Agenda oculta’ a un ejercicio de cine de intriga política preciso y contundente, servido por un cuadro de intérpretes de la máxima solvencia (con especial mención a un Brian Cox soberbio en su contención interpretativa…) y bien arropado por un ambiente visual opresivo (predominio de los tonos marrones, claroscuros marcados) que pone al espectador en perfecta sintonía con la tesis que esgrime el relato —tan cara a la izquierda más conspicua—, la de la connivencia de los grandes poderes oligárquicos económicos, bien respaldados por servicios secretos de toda laya, con el poder político, al servicio del mantenimiento de ese estado de cosas que tan pingüemente les beneficia (a los unos y a los otros). Más allá de la exactitud y/o vigencia de la tesis del autor (basta con abrir los periódicos de hoy mismo para constatarlo…), con la que, faltaría más, se puede discrepar en mayor o menor profundidad, a su relato no le falta ni intensidad ni verosimilitud, de manera que, más allá de algún exceso ‘marca de la casa’, aún sigue siendo, a día de hoy, una de las mejores propuestas del director británico.

Por el contrario, lo de Stone con ‘Salvador’ es eso que podríamos calificar de un absoluto disparate; sin el más mínimo sentido del comedimiento o la contención, Oliver Stone nos ‘deleita’ con una extraña mescolanza de drama, intriga, comedia y romance con connotaciones políticas fuertemente señaladas, y en la que todo resulta excesivo, exagerado, y, manejándose siempre al borde del ridículo, termina pasando más parte del metraje dentro que fuera de él. Un dibujo de personajes atrabiliario y grotesco y un retrato de la realidad social y política centroamericana que, más allá de su pretensión caricaturesca (evidente, y, en algunos momentos, incluso graciosa…), rebasa continuamente el esperpento y el caos, terminan haciendo del film de Stone, además de un rotundo alegato de denuncia contra la política exterior de la superpotencia yanqui (en la que no falta alguna escena de combate guerrillero brillantemente coreografiada…), un pastiche absolutamente imposible. Cabe pensar que el director se viera permanentemente sometido, durante el proceso creativo de la cinta, a estados de alteración de conciencia cercanos a los que su pareja protagonista (interpretada por James Woods y John Belushi) exhibe generosa y profusamente a lo largo de la historia, dado que, de lo contrario, cuesta trabajo asimilarlo, por más dado al exceso que, a lo largo de su carrera, haya demostrado ser el amigo Oliver.


No debe ser fácil, no, encontrarse con propuestas en celuloide tan diametralmente dispares: la seriedad, rayana en lo solemne, de Loach versus la comicidad estrambótica de Stone; la linealidad dramática y narrativa del británico frente al tobogán estilístico del estadounidense. Eso sí, cine el uno, cine el otro. Por eso, créanme, es tan grande este invento…  
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