miércoles, 3 de diciembre de 2014

CRÓNICA DE UNA MENTIRA (A L'ORIGINE; FRANCIA, 2009)

* Crítica de 'Crónica de una mentira' ('A l'origine'; Francia, 2009), de Xavier Giannoli, con François Cluzet y Emmanuelle Devos).-

¿Qué tiene la mentira para dar siempre tan buen juego cinematográfico? ¿Es su condición universal? ¿Es la fascinación que generan las habilidades que hace falta desplegar para hacerla pasar por verdad? Sea por el motivo que fuere, las cintas que cuentan con un mentiroso (o mentirosa) en su papel protagónico, o con una mentira como eje de su argumento, suelen desplegar un especial encanto, especialmente si su trama está bien desarrollada. Y tal es el caso de 'Crónica de una mentira', el film del francés Xavier Giannoli que, con François Cluzet en su papel principal, despliega el relato cinematográfico de un caso real en el que una mentira circunstancial y utilitaria (una más en una extensa trayectoria montada sobre una interminable sucesión de ellas) terminó convirtiéndose en algo más, o en algo diferente, y que, sin llegar a ser verdad,  quizá terminó pareciéndolo más de lo deseable.

Paul (Cluzet) es un vulgar chorizo cuyo modus operandi se nos presenta en una introducción breve, ágil y suficientemente didáctica: localiza obras públicas en marcha, y, haciéndose pasar por representante de una empresa suministradora para la misma, 'levanta' materiales y objetos diversos que coloca al receptador de turno; desaparición y vuelta a empezar en el siguiente punto al que su mapa le encamine, en un suma y sigue continuo. Fácil, rápido y rentable. En ese itinerario en fuga permanente, Paul recala en un pequeño pueblo de interior, hundido en la miseria a raíz de la paralización de las obras de una autopista que había llegado a ser vista como el maná salvador. Y lo ve claro, cristalino: se hará pasar por un técnico de una gran empresa constructora enviado por esta para estudiar la posibilidad de reiniciar la obra. Bingo.

A partir de tal premisa argumental, ciertamente atractiva y jugosa, la cinta de Giannoli desarrolla, con ritmo vivo y ágil, una historia en crescendo continuo, en la que una confabulación de necesidades sobrevenidas (la de mantener a toda costa el engaño, por parte del protagonista —le va en ello libertad, vida y hacienda...—; y la de creerle de cualquier manera, por más inverosímil que parezca la situación, por parte de todos los que le rodean —que han apostado su futuro a esa única carta—) engatusa a un espectador que termina rendido y descolocado, incapaz de formular un juicio moral contundente acerca de posicionamientos que van girando sutilmente a medida que certezas y falsedades se van reubicando, además de absorto en una intriga acerca de la evolución de los acontecimientos que hace a la propuesta especialmente entretenida.

Quizá quien mejor parado resulta en el dibujo de esa evolución moral a la que todos se van viendo sometidos, es el propio personaje central, ese ahora supuesto Philippe Miller que, atrapado en su propio artificio (así como en avatares afectivos de otro tipo, una subtrama que llega a cobrar un peso específico considerable), va ganando altura de miras al tiempo que ve cómo sus convicciones de amoralidad se van resquebrajando por la influencia de un entorno en el que se ha sumergido hasta diluir su identidad. Una evolución servida por un muy solvente trabajo de François Cluzet, dueño y señor de la función, al que da réplica adecuada un elenco de buen nivel, con especial mención para su partenaire, una sugestiva Emmanuelle Devos, y un punto de cierta debilidad en lo poco aprovechado que resulta un Gérard Depardieu con una presencia poco más que testimonial (aunque quizá la construcción dramática de su personaje, y su inserción en la trama, hacen que esa opción sea la más adecuada).

'Crónica de una mentira', que transita por una senda (la de historias basadas en una mentira sostenida como sustento argumental) por la que ya lo han hecho magníficos precedentes (valga, como ejemplo significativo, la excelente 'El empleo del tiempo', de Laurent Cantet), constituye una propuesta capaz de aunar capacidad de entretenimiento (el que cabe esperar de una cinta de corte comercial inequívoco) con inducción a reflexiones de mayor calado (todas las que derivan de ese sutil juego de equívocos consentidos y falsedades compartidas sobre las cuales se edifica un despropósito monumental, como es el que retrata la cinta), invitándonos a cuestionarnos principios supuestamente inconmovibles acerca de la moral individual y el fundamento de nuestras acciones. Puede sonar exagerado, pero les puedo asegurar que no les miento, ¿O sí? Vean y comprueben.

* CALIFICACIÓN; 7 / 10.-

domingo, 5 de octubre de 2014

LA ISLA MÍNIMA (ESPAÑA, 2014)

* Crítica de 'La isla mínima' (España, 2014), de Alberto Rodríguez, con Raúl Arévalo y Javier Gutiérrez.- 


Aún queda algún tiempo para que finalice el año, pero, a estas alturas, no hace falta ser un genio de las finanzas cinematográficas para augurar que las cifras de taquilla del cine español del 2014 van a ser estratosféricas (especialmente, si se las compara con las de años precedentes): la confluencia de varios títulos con unas recaudaciones muy por encima de los parámetros a que estamos acostumbrados (8 apellidos vascos, El niño y, con su estreno recién llegado, Torrente 5) van a terminar derivando en un total muy elevado. Buena noticia, pues, para la industria de nuestro cine, algo de lo cual todos/as aquellos/as que somos fieles seguidores y defensores del mismo nos deberíamos alegrar.

Pero es que, además, a eso hay que sumar la llegada a la cartelera de títulos que, amén de buenos resultados comerciales (que, sin llegar a las tremendas cifras de los arriba citados, arrojan saldos más que respetables), ofrecen un nivel de calidad digno de productos del mayor fuste y unas posibilidades competitivas (frente al aluvión de producciones foráneas respaldadas por campañas promocionales acordes al potencial de la industria que las respalda) totalmente solventes. Es el caso de 'La isla mínima', la propuesta con la que Alberto Rodríguez viene a reincidir en la línea temática y tonal con la que ya triunfara en su film precedente ('Grupo 7'), si bien situándolo en una coordenadas espaciales y temporales bien distintas, y, por lo demás, tremendamente atractivas. 

'La isla mínima' nos sitúa, tras unas espectaculares vistas cenitales que ilustran los créditos iniciales (y que podrían ser merecedoras de integrar cualquier documental del National Geographic), en pleno meollo de la acción, sin ningún atisbo de introducción o presentación: un comienzo francamente peculiar, y un tanto a contracorriente de lo que sería una estructura narrativa convencional. Pero, pasado el desconcierto que, en un principio, puede provocar tan abrupto arranque, la cinta no tarda en empezar a desplegar, con brío y sin desmayo, una trama policial turbia y densa, situada en una Andalucía profunda, pobre y en pleno proceso de despertar democrático (ahi están las reivindicaciones jornaleras como telón de fondo de la acción), en la que una pareja policial compuesta por dos miembros de caracteres e ideologías contrapuestas tendrán que desarrollar una investigación criminal cuyos meandros y derivaciones (que tan bien simbolizan los brazos de las marismas por las que han de moverse constantemente) se van enredando inexorablemente hasta el desenlace final.

Al servicio de ese relato (que en algún momento se introduce en recovecos que quizá no terminan de quedar demasiado claros, aunque sin que por ello se pierda el seguimiento básico de la acción), se sitúan dos elementos de relieve, y que destacan sobremanera, dotando a la cinta de dos polos de interés innegable: uno es el trabajo de dirección artística, que consigue una ambientación admirable, en la que se hace difícil detectar algún punto que no se ajuste fielmente al momento y lugar históricos en que la trama se sitúa (finales de 1980), tanto da si hablamos de vestuario o peinados como de cualquier otro elemento de recreación física (vehículos, edificios, objetos...); el otro es el trabajo interpretativo de los dos actores protagonistas, Raúl Arévalo y Javier Gutiérrez, que cuajan dos personajes que, bajo la apariencia básica de su contraposición, tienen que desplegar una serie de  comportamientos y actitudes en las que se van produciendo oscilaciones, al hilo del desarrollo de los acontecimientos, que los alejan y acercan sutilmente, a veces de manera casi imperceptible.Un trabajo a la altura del empeño que se le encomienda, que no es otro que el de soportar todo el peso de una trama en el que, si bien no faltan personajes secundarios de relieve (y bien servidos por intérpretes que no desmerecen de los dos principales), todo gira alrededor de los movimientos de esta peculiar pareja. 

No son mimbres pobres, pues, aquellos con los que cuenta Alberto Rodríguez para sacar adelante con todas las garantías, una película que, sin dejar de ser lo que es (es decir, una cinta de suspense policial con las dosis adecuadas de incertidumbre, brutalidad, morbo y giros de acontecimientos que cabe esperar en una propuesta de ese corte y género), termina siendo algo más, en la medida en que es capaz de trascender tal condición, gracias al cuidado formal de su puesta en escena y el hábil desarrollo de un subtexto de contenido político que, sin necesidad de extenderse en cuanto a contenido, es más que suficiente para ilustrar tal componente e insertarla sólidamente en la trama. ¿El resultado final? Una cinta capaz de entretener, como debe hacer un buen thriller, sin por ello dejar de constituir el fiel retrato de un tiempo y un lugar que no nos puede resultar ni ajeno ni lejano.

Y es que quizá ya va siendo hora de que, tras largos años de colonización cinematográfica (por parte de una industria cuyo origen no creo que sea necesario nombrar), y bajo los auspicios de propuestas solventes, como la que aquí se glosa, empecemos a ver con más familiaridad  en la pantalla, un puesto de la Guardia Civil de Coria del Río que una comisaría del Bronx. O que, cuando hablamos del profundo sur, no tengamos que pensar, necesariamente, en Luisiana o el Mississipi, sino en territorios mucho más cercanos. En ello andamos...

CALIFICACIÓN: 8 / 10.-

jueves, 14 de agosto de 2014

SENDEROS DE GLORIA (PATHS OF GLORY; U.S.A., 1957)

* Crítica de 'Senderos de gloria' (Paths of glory; U.S.A., 1959), de Stanley Kubrick, con Kirk Douglas.-


Desde sus orígenes, y conforme al mismo proceso lógico por el que ha dado acogida a todo fenómeno humano de calado, el cine ha volcado su mirada sobre la guerra, y lo ha hecho con multiplicidad de enfoques y perspectivas, tantos como el perfil de los creadores que han proyectado dicha mirada. Pero si hay un elemento que marca una línea divisoria de cierta claridad es el del posicionamiento moral del relato en cuanto a su consideración del fenómeno bélico, y que, con independencia de piezas asépticas o ambivalentes, dejaría a un lado de la misma a un grueso de producción de lo que podríamos calificar como cine bélico clásico, o convencional, que reivindica y ensalza el conflicto militar y la panoplia de valores a él asociables, y al otro lado un corpus de películas cuya contemplación de la guerra comporta, con mayor o menor explicitud, una denuncia de la misma en tanto manifestación de lo más horrendo y cruel de la condición humana (violencia, muerte, destrucción).

Dentro de este segundo rubro, y ostentando una posición señera dentro del mismo, podemos situar 'Senderos de gloria', una de las primeras producciones del que llegaría a ser considerado uno de los más grandes maestros de la historia del cine, Stanley Kubrick, con la cual no sólo demostraría su inmensa maestría formal, probada en cualquier terreno genérico o tonal, sino que pondría sobre el tapete uno de los más poderosos y contundentes alegatos contra la estulticia y la barbarie humanas que jamás haya podido hacer no sólo el cine bélico, en particular, sino el cine sin más, a secas: todo un puñetazo en la boca del estómago de una sociedad a la que los años transcurridos desde la finalización del último gran conflicto de ámbito mundial y el progresivo incremento del bienestar material en el mundo occidental comenzaban, quizá, a anestesiar en demasía.

'Senderos de gloria' es una propuesta que, en cuanto a adscripción genérica, y dada la naturaleza de su relato, centrado en un episodio (trágico hasta lo grotesco) acaecido en el curso de la primera gran guerra, se inserta claramente -y aun con su 'incursión puntual' en el cine judicial, vía consejo de guerra- en el cine bélico, y lo hace exhibiendo una caligrafía exquisita, tanto cuando se sitúa en el campo de batalla (bien en espacios abiertos, donde muestra un brío narrativo capaz de transmitir intensidad en alto grado, como en esa trinchera, recorrida en travellings canónicos y convertida en auténtico icono y símbolo del acogotamiento a que el hombre se puede ver sometido por una violencia desmedida) como en los espacios cerrados (palaciegos o carcelarios) en los que se desarrolla el componente paralelo y de fondo a la acción militar, que, paradójicamente, abriga siempre la componente más sucia e inmoral de la actuación humana en el contexto del conflicto. Kubrick explota el contraste entre unos escenarios y otros, y no se limita a utilizarlos como emplazamientos de secuencias específicas, sino que les dota de una 'caracterización moral' (por denominarla de alguna manera) que constituye una de las bazas más interesantes de la cinta.

Pero no son (aún resultando tan poderosa y exquisita en su despliegue de imágenes) los aspectos formales los únicos que brillan en el film de Kubrick; es más, cabría decir que todavía adquiere más altura la propuesta a la hora de trazar el dibujo de unos personajes, tanto los protagónicos como los secundarios, a través de los cuales establece un despliegue sutil, pero no por ello menos enérgico, de todo un abanico de miserias y mezquindades a las cuales da el contrapunto más significativo, si bien con los matices que corresponden a un personaje de calado humano profundo, el gran protagonista de la película, un coronel Dax al que da vida con una rotundidad y poderío encomiables, un deslumbrante Kirk Douglas, que encarna, en su trabajo interpretativo, un referente moral de dignidad e integridad cuya mera presencia ya denuncia y desenmascara todo el sucio juego de estrategias interesadas y cálculos de intereses que el alto mando pone en juego para, con el más absoluto desprecio por la vida de sus soldados y una manipulación burda y prepotente de mecanismos formales de justicia, servir exclusivamente a sus intereses particulares.

Aunar intensidad dramática de gran calibre con una denuncia moral contundente sin subrayados ni trazos gruesos no es empeño de fácil obtención. No es infrecuente, por ello, encontrar a 'Senderos de gloria' en las listas que pretenden recopilar los títulos más importantes del séptimo arte, y, desde luego, ostenta méritos más que sobrados (todos los expuestos en el texto precedente, y muchos otros más que estudios de más enjundia han señalado con detalle y acierto) para ello: no en balde, condensa en sus poco menos de noventa minutos un auténtico arsenal (dicho sea sin segundas intenciones...) de logros y exquisiteces formales y narrativas, lo cual viene a demostrar, una vez más, que no hacen falta metrajes desmedidos para cuajar obras maestras. Después de ésta, Kubrick entregó películas grandiosas en los más diversos géneros, y terminó erigiéndose, con justicia, en uno de los grandes de la dirección cinematográfica. ¿Más grandes? Sí, sin duda alguna. ¿Mejores? Ya no me atrevería yo a decirlo...

CALIFICACIÓN: 9 / 10.-

jueves, 12 de junio de 2014

Carnicerías

Aunque nunca fue esa su intención manifiesta, he de reconocer que este blog, dadas las querencias personales de su 'facedor', tiene una acusada tendencia hacia el tratamiento de temas relacionados con cierto cine 'gafapasteril', que, en consecuencia, se prestan poco a frivolidades y ligerezas; lo cual me lleva a concluir que no está de más el que, de vez en cuando, y sin abusar, se le dediquen unas líneas a algún tema de calado más lúdico y liviano. Vayamos, pues, a ello...

Una conocida revista especializada (Fotogramas) publica, en su número de este mes de junio, una pequeña nota dando cuenta de la celebración del 25º aniversario del estreno de 'Cuando Harry encontró a Sally', que dio pie a que se reuniera de nuevo, mucho tiempo después del descomunal éxito de la peli, su pareja protagonista, Meg Ryan y Billy Crystal. Y lo ilustra con una fotografía que, aunque de un formato minúsculo, permite vislumbrar el rostro de ambos. ¿Qué es lo que vemos? El espanto, el horror, una imagen más cercana al universo de 'The Walking Dead' que a lo que debiera ser (como suele en el caso en el común de los mortales...) el espejo de lo madurado y vivido (y si creen que exagero, busquen la imagen y juzguen ustedes mismos).

Debe ser duro desenvolverse en una industria de altísimo nivel de exigencia en lo relativo a la apariencia física, y que, en consonancia con tales requerimientos, tiende a arrinconar, sin misericordia alguna, y muy especialmente en el caso de las mujeres, a todo espécimen que supere la barrera de la cuarentena. Partiendo de tal premisa, puedo entender que, en el intento por no caer del tren, las estrellas 'jolibudienses' se sometan a las salvajadas quirúrgicas más descabelladas, en una lucha a cuchillo por ganarle la partida a ese jugador implacable que es el paso del tiempo (y, si no por ganársela, sí al menos por no verse arrollados al perderla...). Pero, a la vista de los resultados, no entiendo esa insistencia en una práctica que, por lo general, acaba dejando a sus acólitos bastante peor de lo que estaban antes de someterse a ella (yo, al menos, soy incapaz de recordar un solo caso en que la cirugía facial haya obrado el milagro de mejorar el rostro del personaje sometido a ella).

Carnicerías. A eso es a lo que se ha sometido gente como Nicole Kidman, una actriz con un rostro bastante hermoso y a la que el bótox (a cuyas generosas dosis ya empezó a someterse sin siquiera haber alcanzado la fatídica cifra de los 40...) ha privado de la mínima expresividad facial exigible a una actriz. O Robert Redford, otrora uno de los hombres más guapos del cine usamericano, al que su (vano, por lo demás) empeño en neutralizar los efectos que, en forma de intensas y numerosas arrugas, el tiempo había ejercido sobre su cara, ha convertido en un patético ejemplo de cómo es más fácil perder el sentido común (y la simetría del óvalo...) que recuperar la juventud perdida. O los ya mencionados al principio de esta reseña, y tantos y tantos más, cuya relación en detalle podría emborronar páginas en cantidades industriales, tal es la extensión de un fenómeno que, cómo no, ya empieza a manifestarse en otros ámbitos, profesionales y territoriales (y omito nombres, para que sean ustedes, amigos lectores, los que se diviertan con el socorrido juego de hacer sus propias listas).

¿Se ven ellos y ellas mejor así? ¿Los ve alguien mejor así? ¿O debería pedir cita urgentemente a mi oculista de cabecera? Que nunca se sabe...

miércoles, 7 de mayo de 2014

TODAS LAS MUJERES (ESPAÑA, 2013)

* Crítica de 'Todas las mujeres' (España, 2013), de Mariano Barroso, con Eduard Fernández, Michelle Jenner y Nathalie Poza.-


A estas alturas de su carrera, Eduard Fernández ya ha demostrado que sus dotes actorales le permiten moverse en una variedad de registros bastante amplia. Pero, como es lógico, cuando se trabajo se desarrolla al servicio de un personaje que se ajusta cual mono de lycra al cuerpo a sus perfiles más incisivos, los resultados alcanzados llegan a un nivel espectacular. Es el caso del Nacho que Mariano Barroso le brinda en 'Todas las mujeres': un Peter Pan de 43 años, depredador sexual y mentiroso compulsivo, que, bajo un manto externo de inseguridad, desvalimiento y candidez, pretende hacerse pasar por la víctima de una existencia en la que su condición de verdugo no deja de sembrar cadáveres (particularmente femeninos) a su paso. Una joya...

En cualquier caso, y más allá de la majestuosa exhibición de dotes actorales de Fernández, el artefacto dramático que erige Barroso en esta cinta no deja de tener otros puntos de interés: la réplica, de excelente nivel, que dan al protagonista masculino sus cinco antagonistas del otro género, todas ellas encarnadas por actrices que, desde la diversidad de perfiles, encarnan a sus personajes con una convicción y verismo que hacen que sus diálogos se conviertan en pugilatos verbales espectaculares (cruces de reproches convertidos en fuego artillado, sin piedad, sin tregua...); la construcción de la trama de fondo a través de un mecanismo indirecto, como es el relato, disperso y fragmentario, que, a través de sus conversaciones con las mujeres del título, va trazando Nacho (un relato que, trufado de incertezas y retruécanos, no llega a hacerse laberíntico); o la importancia de un personaje, fundamental en la composición de la historia, del que no llegamos a conocer ni su aspecto físico ni su voz porque ninguno de ambos elementos llega a aparecer nunca en pantalla.

Ahora que la comedia parece estar proporcionando al cine español un oxígeno siempre necesario (y, como tal, bienvenido), a través de unos generosísimos resultados en la taquilla, quizá sea buen momento para posar la mirada sobre piezas que, como ésta, se sitúan en un registro genérico y tonal bastante alejado de ése, y no por ello menos atractivo para el gran público. Porque 'Todas las mujeres' poco tiene que ver con propuestas que trazan retratos humanos complejos desde lo abstruso o lo hierático, efectuando su particular disección de las miserias de la madurez a través de mecanismos mucho más elementales (y eficaces): personas que se aman, que se odian, que se buscan, que se ignoran; gente que habla, que fuma, que folla, que miente. Como tú. Como yo. Así de simple...

viernes, 2 de mayo de 2014

Mis pelis de... abril

Ya sé que no invento nada con esto (tampoco es tan fácil eso de inventar, qué quieren que les diga...). Entre otras referencias, y sin ir más lejos (de hecho, las pueden localizar en el menú de enlaces de la columna derecha de este blog), en las 'cibercasas' de Adrián Esbilla (la Esbilla Cinematográfica Popular) y Hildy Johnson (el blog de ídem) pueden disfrutar de reseñas recopilatorias en esta misma línea. Pero me ha parecido una buena opción la de secundarles (bueno, seamos francos: copiarles, imitarles...) en una iniciativa de ese tipo. Vamos, pues, con una serie de críticas cortas correspondientes a pelis que he visto durante el pasado mes de abril. No todo es bueno ni bonito, pero no me cabe duda ninguna duda de que no se puede negar que es variado. Espero que les guste el invento (ajeno, pero invento, al fin y al cabo...).


ODD THOMAS, CAZADOR DE FANTASMAS (ODD THOMAS; U.S.A., 2013).-

* Crítica de 'Odd Thomas, cazador de fantasmas' (Odd Thomas; U.S.A., 2013), de Stephen Sommers, con Anton Yelchin, Addison Tomlin y Willem Dafoe.-

NADA NUEVO BAJO EL SOL.- En la estela de la saga que le otorgó un lugar señero en el escenario de los blockbusters hollywoodienses (la de 'La momia'), Stephen Sommers escribe, dirige y produce esta cinta, en la que cobran especial relieve (cómo no...) unos efectos especiales que muestran un aire de familia más que evidente con los de la mentada saga (la figura de los 'acechones', con sus descomposiciones y recomposiciones corporales, nos remite, de forma clara, a la de los diferentes villanos 'mummies'), y que terminan constituyendo el principal atractivo de una propuesta que, trufada de ligeros apuntes de humor y amor, difícilmente eludibles en una producción con aspiraciones obvias de llegar a un público amplio, no ostenta mayor originalidad que la de cualquiera otra de las mil y una ya vistas urdidas sobre idéntico trazado argumental: el de la historia del héroe destinado a luchar contra la materialización inminente, en la pequeña y plácida población en la que vive, de una profecía, conocida a través de un personaje cercano, de tintes apocalípticos y satánicos, lucha que se desenvuelve en un marco temporal limitado, que genera el suspense que siempre va asociado al desarrollo de una cuenta atrás inexorable. Aunque la novia del héroe (una tierna y encantadora Addison Timlin, que derrocha atractivo y encanto) luce mucho más hermosa que Terele Pávez, Álex de la Iglesia ya hizo, en 'El día de la bestia', algo parecido a esto con un ritmo mucho más vivo y un desparpajo más estimulante. Que conste...

EL ÚLTIMO DE LOS INJUSTOS (LE DERNIÈR DES INJUSTES; FRANCIA, 2013).-

* Crítica de 'El último de los injustos' (Le dernièr des injustes; Francia, 2013), de Claude Lanzmann.-

HISTORIA, CINE....- No tengo la más mínima objeción moral que hacerle a cualquier persona que se acerca al cine con el único y exclusivo objetivo de entretenerse —objetivo tan noble y legítimo como cualquier otro que no cause daño o perjuicio a nadie—. Pero es evidente que no es a este público al que va dirigido un film como 'El último de los injustos'. Extenso (con un metraje cercano a las cuatro horas), denso (la acumulación de datos, informaciones, opiniones y episodios llega a hacerse abrumadora), y, por momentos (por qué no decirlo...), plúmbeo: no debe ser fácil, por muy interesado que el espectador pueda estar en todo lo relacionado con el Holocausto y el nazismo, sostener el interés de un audiovisual centrado en una larguísima entrevista al último presidente del Comité Judío, montada en alternancia con la lectura, ilustrada con imágenes actuales, de un libro que narra los mismos hechos sobre los que versa el testimonio del protagonista. Un protagonista, Benjamin Murmelstein, en cuyo relato, arco de pivote del documental, se da una curiosa mezcla de megalomanía, autojustificación y cierto punto de aceptación de una responsabilidad culpable que jamás llega a imponerse a los dos primeros aspectos, pero que, al menos, los atempera y matiza. Como pieza cinematográfica, aceptable. Como herramienta histórica, valiosísima. Apreciela cada cual en su justa medida en cada una de las dimensiones...

SERIE B (ESPAÑA, 2012).-

* Crítica de 'Serie B' (España, 2012), de Ricard Reguant, con Manuel Zarzo, Sonia Monroy y Nuria de Córdoba.-

¿NOS ECHAMOS UNAS RISILLAS?.- No es lo diabólicamente simple de su trama, una historia con los retruécanos justos y necesarios para no perderse en los vericuetos por los que no le corresponde caminar; ni lo ajustado de su metraje, que pasa en un suspiro e impide cualquier atisbo de impaciencia; ni lo majestuoso, desde la más absoluta falta de pretenciosidad, del trabajo de un Manolo Zarzo que demuestra —con un protagónico a su mayor gloria y celebración— que los grandes no son tales por el calibre de sus papeles, sino por la sencilla eficacia con que son capaces de despacharlos. Lo que hace de 'Serie B' un perfecto homenaje a esa etiqueta que su título rememora es su atmósfera, insana hasta/desde lo hilarante y capaz de situar al espectador en ese terreno en el que éste no sabe si se le está pidiendo una risa o se están riendo de él. Personajes ridículamente siniestros, sangre y vísceras en dosis generosas (mas no abusivas) y carnes recauchutadas y exhibidas con tanta alegría como innecesariedad. ¿No era eso? Pues eso es...

PHANTOM (EL NUEVO FANTOMAS) (PHANTOM; ALEMANIA, 1922).-

* Crítica de 'Phantom (El nuevo Fantomas)' (Phantom; Alemania, 1922), de F.W. Murnau, con Alfred Abel, Grete Berger y Lya de Putti.-

DEL ÁCIDO CORROSIVO DEL AMOR.- Condenado por amor, el amor lo redime. Lorenz Lubota, el fantasma a que hace referencia el título de la cinta —encarnado por un Alfred Abel que ya atempera la exageración en el gesto que hasta entonces había caracterizado el trabajo de los intérpretes en el cine silente—, es el hombre sin determinación ni carácter, incapaz de imponerse a un estado de lasitud existencial en el que solo parece haber lugar para sentimientos volátiles y exaltaciones espirituales alejadas de cualquier (pre)ocupación vulgarmente terrena. La víctima propiciatoria, pues, de personajes con escrúpulos morales bastante más rebajados que los suyos, y el objeto perfecto para convertirse en el vértice de un enredo criminal en el que otros medran a costa de su sufrimiento, y el de aquellos que, de entre los que le rodean, le profesan un afecto sincero. Murnau lo sitúa en el epicentro de su trama, y lo sigue y lo persigue hasta la extenuación, en un recorrido de imágenes, a caballo entre lo mágico y lo doliente, que denotan una maestría formal y un manejo de elementos expresivos (¿quién dijo que Welles 'inventó' la profundidad de campo...?) absolutamente admirables, si nos sitúamos en el contexto temporal de la obra. No suele ser citada entre las cumbres del cineasta alemán, pero no carece de méritos para ocupar su lugar en dicha cúspide. Excelente.

SPELLBOUND (AL PIE DE LA LETRA) (SPELLBOUND; U.S.A., 2002).-

* Crítica de 'Spellbound (Al pie de la letra)' (Spellbound; U.S.A., 2002), de Jeffrey Blitz.-

C-U-R-I-O-S-O.- Situado en las antípodas tonales del 'documental de guerrilla' que encumbrara a una figura como la de Michael Moore, se trata 'Spellbound' de una pieza amable y simpática, que proyecta una mirada de blancura casi celestial sobre el ultracompetitivo (y peculiarísimo) mundo de los concursos de deletreo en los Estados Unidos, a través de un retrato múltiple de un grupo de participantes, que nos permite contemplar tanto sus puntos en común (un cociente intelectual elevado, un espíritu y capacidad de trabajo brutales y un apoyo 'logístico' y moral familiar importante) como las peculiaridades de la personalidad de cada uno/a de ellos/as. De esa forma, lo que hubiera podido ser (de haber sido ésa la voluntad de sus creadores) un retrato ácido y tenebroso de un mundillo en el que no falta elementos del 'lado oscuro' (la sobre presión del entorno; el fomento de una competitividad desmedida), se convierte en un relato de grato visionado, en el que empatizas y te encariñas con los protagonistas (de los que traza un dibujo cordial, pero no edulcorado) , y que, además, despliega, como mérito adicional —y muestra del talento cinematográfico de su autor—, una agilidad narrativa y una medida del ritmo (con un crescendo emocional que, de manera inadvertida, te envuelve y te introduce en la trama como si estuvieras ante el más frenético de los suspenses), que convierten su visión en un entretenimiento de primer orden (y hacen que sus 97 minutos transcurran en un suspiro). Con las oportunas prevenciones, muy recomendable.
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