viernes, 22 de julio de 2016

EL GRAN VUELO (ESPAÑA-CHILE, 2014)

* Crítica de 'El gran vuelo' (España-Chile, 2014), de Carolina Astudillo.-







No es la muerte, es el olvido. Es el olvido el que borra el rastro de la presencia de las personas en el mundo, y es ése, el olvido, el destino al que, muy probablemente, estaba abocada la figura de Clara Pueyo Jornet: mujer, activista, escritora, amante, cuyo rastro se pierde en 1943, tras su huida de la prisión en la que esperaba el cumplimiento de su condena a muerte. Es el destino del que la rescata 'El gran vuelo', documental de Carolina Astudillo que se centra en una semblanza del personaje elaborada con un primor formal digno de elogio.

En 'El gran vuelo' contemplamos un retrato que podríamos denominar indirecto, trazado a base de imágenes en las que, paradójicamente, apenas tendremos ocasión de ver a la protagonista de la cinta, y en el que la elaboración de su perfil se erige sobre los testimonios extraídos de sus cartas y de las declaraciones de algunas (pocas) personas cercanas. Son imágenes que configuran un cuadro disperso, difuso, que casa particularmente bien con una memoria personal en la que abundan más las sombras y las omisiones que las certezas y claridades; imágenes que se despliegan sobre un fondo musical desasosegante, totalmente alejado de las composiciones asépticas con que se suelen 'cubrir' musicalmente las piezas de este género, y que eluden el recurso tan socorrido del testimonio personal a cámara (no hay uno solo en toda la cinta), dando lugar con ello a una composición que estilísticamente resulta original, magnética e incitante.

¿Y qué terminamos sabiendo de Clara Pueyo Jornet al final del visionado? Algunas certezas, muchas dudas. Carolina Astudillo huye de lo hagiográfico, y, lejos de trazar un retrato con cabida solo para los aspectos luminosos de la biografía conocida de su personaje, también apunta a las cuestiones más espinosas, o vidriosas; en suma, la trata como al ser humano que es, en el cual, ineludiblemente, confluyen elementos ambivalentes y, además, procura abarcar las distintas facetas de una figura poliédrica. Predomina, en función de la linea central del relato, su vertiente de activista política, pero hay también cabida para sus veleidades amorosas y sus impulsos literarios. En cualquier caso, la visión que el caleidoscopio de la autora nos termina ofreciendo sí que hace especial incidencia en una condición básica del personaje, y es la de su condición de 'doble derrotada'.

Derrotada en la medida en que su tendencia ideológica la situó en el bando de los perdedores de la contienda civil española, abocándola a los avatares (exilio, clandestinidad, prisión...) que tan comunes y conocidos fueron para esas víctimas de una represión feroz, inhumana. Pero perdedora también, y sobre todo, por su condición de mujer, que la colocó siempre, pese a su posición de vanguardia en lo moral y lo político, en un lugar subordinado respecto a unos hombres que, más allá de banderas, ideas y colores, compartían los códigos mentales y conductuales de un machismo primitivo, inculto y despiadado. En esa doble condición ahonda Carolina Astudillo y ésa es, quizá, su conclusión más lúcida y dolorosa, desde el punto y hora en que extrae un retrato universalizable y, en buena medida y para nuestra vergüenza, aún vigente a día de hoy.

Clara Pueyo ya no habitará en el olvido. Y el mérito de ello le corresponderá a una autora que ha demostrado valentía tanto en formas como en fondos a la hora de abordar esa operación de rescate. Incluso para quienes pensamos que todo arte es contingente, si se ha de mirar, es conveniente que las miradas sean como ésa; porque hay derrotas que ya no tienen arreglo, pero hay otras en las que todavía está abierta la batalla. Adelante.

CALIFICACIÓN: 8 / 10.- 

jueves, 16 de junio de 2016

BONE TOMAHAWK (U.S.A., 2015)

* Crítica de 'Bone Tomahawk' (U.S.A., 2015), de S. Craig Zahler, con Lili Simmons, Kurt Russell y Patrick Wilson.-


Camuflaje. Una operación de camuflaje en toda regla es la que despliega, en su ópera prima, 'Bone Tomahawk', su director, S. Craig Zahler, que consigue revestir con todos los elementos identificativos (y no sólo formales) del western, una propuesta que se inscribe, básicamente, en otro campo, que es el del cine de suspense y terror. Apuesta, por tanto, de riesgo y demostrativa de un arrojo creativo que cada vez es más difícil encontrar en el cine comercial que llega a las salas de proyección.


Ciertamente, a 'Bone Tomahawk' no le faltan, ni muchísimos menos, aspectos que la sitúan en el ámbito del western: fundamentalmente, la ubicación temporal y geográfica de su historia así lo determina, pero aún podrían pesar más a la hora de establecer esa calificación el hecho de que sus personajes (por haber, además de un shériff o su ayudante, un capataz de ganado o forajidos sanguinarios, hay hasta indios, aunque éstos sean ciertamente 'peculiares'...) y, sobre todo, su trama (cuyo eje central viene constituido por un episodio de rescate que nos podría remitir de manera algo más que vaga a la de la mítica 'The searchers', una de las obras canónicas del maestro Ford) son identificables sin esfuerzo alguno dentro de los márgenes del género. Si a ello le añadimos un tempo y un 
tono narrativos cuya contención encaja a la perfección con la atmósfera en que se desenvuelve la historia, así como el respeto de determinadas convenciones atinentes a la caracterización de los personajes (sus particulares códigos de honor, violentos, misóginos, cripticos), cabría concluir que la cinta de Craig Zahler podría ser calificada, sin mayores problemas, como un western convencional.

Pero no es ese el terreno de juego en el que desarrolla su estrategia 'Bone Tomahawk': más allá de esos aditamentos formales y esos materiales temáticos, esta película se trata de un ejercicio de suspense terrorífico que articula, a través de ese viaje a un horror que, aún incierto, cabe adivinar con un nivel de espanto tremendo (de ello se van obteniendo referencias a través de una introducción sabiamente elaborada, de manera que nos da pistas suficientes, pero no tantas como para eliminar incertidumbres), una propuesta enmarcable en el terreno del cine gore de violencia extrema que ha hecho fortuna en estos últimos años, aún cuando la cinta no se cebe (más allá de alguna secuencia concreta que, realmente, alcanza niveles de una brutalidad cercana a lo vomitivo) en la explicitud visual de dicha violencia. 

Combinación explosiva, pues, la articulada por un film no apto para todos los estómagos y sensibilidades, pero que, una vez aceptadas sus premisas, consigue enganchar al espectador en su telaraña ominosa, la de un particular viaje a ciertos infiernos (más cercana, ahí, a la ruta mórbida de un 'Apocalipsis now' que a cualquier otro camino iniciático) en los que hay poca cabida para símbolos y metáforas: si se admite la existencia del mal en estado puro, sin conservantes ni colorantes, aquí se nos muestra sin anestesia ni medias tintas. Súfrase, si así place.

CALIFICACIÓN: 6 / 10

* En la imagen: Kurt Russell, protagonista de 'Bone Tomahawk'; fotografía de Gage Skidmore, publicada en Wikimedia Commons bajo una licencia Creative Commons 3.0.-

sábado, 23 de abril de 2016

INCIDENCIAS (ESPAÑA, 2016)

* Crítica de 'Incidencias' (España, 2016), de José Corbacho y Juan Cruz, con Lola Dueñas, Roberto Álamo y Carlos Areces.-

Aunque sospecho que más por reacción (ante la extendidísima postura de negativa sistemática a verlo) que por convicción (lo entiendo como una incongruencia para alguien que abomina de cualquier nacionalismo, incluso el cultural), siempre he sido un firme defensor del cine español. He procurado que esa postura no me cegara, y aun asumiendo que el prejuicio marca una predisposición positiva a la valoración de sus cintas, siempre he tenido claro, también, que en el cine español —como en el estadounidense, el coreano o el alemán, por cierto—. hay obras maestras (algunas), pelis de nivel medio (a espuertas) y experimentos fallidos (alguno que otro). Y gozo con las primeras (lógicamente), veo sin más las segundas (con grado de disfrute variable, conforme a su nivel) y sufro con estos últimos (qué remedio...). Muy a mi pesar, a la última propuesta de Corbacho y Cruz, 'Incidencias', me toca incluirla en el último rubro: sus 'noventa minuti', como los del Bernabeu de las remontadas ochenteras del Madrid, se hacen, también, 'molto longos'...

Una pena, porque su premisa argumental (la de un grupo heterogéneo de personas unidas a la fuerza en un entorno cerrado y limitado debido a una circunstancia accidental sobrevenida) y su estructura narrativa (a base de alternar el desarrollo lineal de la trama con los testimonios, tiempo después, de sus protagonistas acerca de los hechos objeto de la misma), si bien sobradamente manidas, no dejan de resultar buenos anclajes para un desarrollo cómico potente. Pero en el cine, en general, y en la comedia más aún, en particular, ni un buen enfoque ni un buen arranque son garantía de un producto final convincente: hace falta un guión sólido, bien construido, con personajes atractivos y diálogos divertidos; y hace falta dar con el ritmo adecuado a cada situación, a cada momento de la historia. 'Incidencias' carece de ambos elementos, o, si los tiene, no en el grado suficiente como para levantar el vuelo y despertar el interés por una cinta en la que ni siquiera la deslumbrante nómina de intérpretes (tod@s ell@s con credenciales más que contrastadas en el género) consigue algo más que incrementar el nivel de los lamentos por lo que pudo haber sido y no fue.

En conclusión, la dupla Corbacho-Cruz (cuyo debut, la costumbrista y divertida 'Tapas', sin ser cine grande, sí que aportaba una mirada fresca y desprejuiciada que hacía presagiar una carrera fílmica estimulante) se ha pegado un batacazo considerable con sus 'Incidencias', y pocos paliativos ni cataplasmas cabe aplicar a los 'hechos consumados'. Si esto supondrá el cierre de su periplo cinematográfico y su retorno definitivo a los 'cuarteles de invierno' televisivos, de donde provienen y en el cual han obtenido éxitos rotundos (y más que merecidos; Cobacho, particularmente, es un animal teatral y televisivo de primera magnitud) tanto en el terreno de la ficción como en el del entretenimiento estándar, solo el tiempo y las circunstancias nos lo dirán. Pero espero que no sea mera benevolencia el estimar que, en una hipotética próxima entrega, los resultados hayan de ser más halagüeños que los de ésta: el listón, por desgracia, está lo suficientemente bajo como para poder barruntarlo sin demasiado riesgo.

CALIFICACIÓN: 3 / 10.-

miércoles, 10 de febrero de 2016

Películas gancho

No sería capaz de concretar, sin recurrir a anotaciones, cuántas veces he visto una película como ‘Frenesí’, de Alfred Hitchcock, con la que me topaba —en su enésimo pase por un canal especializado— la pasada noche, consiguiendo que el libro que ya tenía entre mis manos y abierto por la página en que había abandonado su último momento de lectura, volviera a su punto de origen. En cualquier caso, tengan la completa seguridad, amigos lectores, de que se trata de una cifra considerable.

Pero no les voy a hablar hoy de ‘Frenesí’ (de la que pueden encontrar amplia y detallada reseña en este mismo blog); ni siquiera de las pelis de Hitchcock, cualquiera de las cuales podría hacerme incurrir, sin género alguno de duda, en la misma forma de proceder descrita en el párrafo anterior. Hoy hablaremos de las ‘películas-gancho’.

Película-gancho. Dícese de aquella peli con la que te tropiezas en una emisión televisiva y que, misteriosa e insidiosamente, te hace abandonar cualquier actividad que estés desarrollando en ese momento (o que tengas previsto desarrollar) para, trincando al efecto el sillón más a mano, entregarte, una vez más —ansioso y derrotado—, a su visionado, pese a que haga tiempo que perdiste la cuenta de las muchísimas veces que la has visto. Todo el mundo, por poco aficionado que sea al rollo este de las películas, tiene una, o varias, películas-gancho, que podría enumerar sin dificultad alguna, y yo, naturalmente, no soy ninguna excepción: al título arriba apuntado, podría sumar un buen puñadito más, ése que integra mi devocionario particular y del que, ya a estas alturas, va a ser difícil que desaparezcan.

¿Y por qué sucede esto? ¿Cuál es el mecanismo ‘engatusador’ en virtud del cual te vuelves a dejar atrapar por una cinta que ya has visto en numerosas ocasiones y de la que, por tanto, conoces más que sobradamente detalles argumentales, desenlace de la historia y todo aquello que puede suscitar mayor  interés en el común de los espectadores? Lo ignoro con certeza, pero cabe suponer que juegan ahí con fuerza mecanismos de afinidad afectiva que escapan a criterios racionales claros, con lo cual casi resulta preferible no darle más vueltas a la vaina y limitarse a disfrutar de la circunstancia cuando se produce.


En cualquier caso, lo que sí tengo perfectamente claro es que estos episodios obedecen a un impulso tan irrefrenable como ineludible. Como (dicen…) el mismísimo amor. O algún impulso atávico difícilmente explicable. ¿Se tratará de eso? Quién sabe: habría que investigarlo con detenimiento. 


viernes, 8 de enero de 2016

CHARLIE NEWTON (LA SOMBRA DE UNA DUDA —THE SHADOW OF A DOUBT—; U.S.A., 1943)


 De la fascinación adolescente al desengaño adulto: ése es el tránsito al que asistiremos, y es el que vivirá la muy joven y muy hermosa Charlotte Newton por mor de otro tránsito, el que va de la duda razonada —generada a través de un proceso progresivo de asimilación de pequeños detalles reveladores, con los que Charlie va armando un puzzle trágicamente preciso— a la certeza incontrovertible sobre la catadura, condición (y responsabilidad sobre hechos concretos) de su otrora admirado tío homónimo, ese hombre en quien ella había depositado (posiblemente con algo indefinible, pero que iba más allá del mero afecto familiar) sus esperanzas de salir del marasmo placentero en que su vida se veía envuelta, en un entorno de Arcadia urbana como el que constituye esa Santa Rosa californiana donde todo fluye con un (mortalmente aburrido) ritmo suave y tranquilo.

Charlotte Newton, hija mayor de una modélica familia de clase media usamericana, aparece en escena con una declaración de principios e intenciones que define a la perfección qué es de su vida: la rutina, la desilusión, el vacío. Nada que le divierta, nada que le estimule. Su entorno es inane y no le ofrece motivación alguna. Y solo parece haber un referente que despierta en ella la ilusión de un posible cambio: la hipotética llegada de su tío Charlie, ese tipo de persona que ilumina los días y rompe con lo previsible, a base de combinar provocación e insolencia con elegancia, buen porte y mejores modos. El perfecto canalla encantador, capaz de seducir y deslumbrar sin descomponer tono ni figura y de manera asombrosamente natural. Y que, curiosa y casualmente, aparece en ese preciso momento, como invocado por un supuesto llamado telepático que no es tal, sino el fruto de su necesidad perentoria de huida y refugio.

Charlie, al igual que el resto de la familia, acoge a su tío con enorme ilusión, arrebatada por el entusiasmo y la perspectiva de días mágicos y repletos de encanto. Pero las cosas empiezan a torcerse tan pronto como el tío Charles comienza a mostrar un humor cambiante y huidizo, sometido a arranques repentinos de acritud, rayana en la violencia, que siempre van asociados a episodios nimios y sin aparente importancia, pero que la perspicaz inteligencia de su sobrina (auxiliada, eso sí, por las sugerencias que le aporta un joven detective, Jack Graham, que va persiguiendo a tío Charlie —y que se enamora perdidamente de ella—, y luchando contra el sentimiento amoroso que le empuja a negar la evidencia) irá desentrañando hasta llegar a una terrible conclusión: su tío no es ese gentleman sobrado y desenvuelto que aparenta ser, sino un ser mucho más abyecto y abominable de lo que cualquiera en su cercanía pudiera imaginar.

Y de ahí, al abismo: Charlie Newton no sólo será víctima de un total desencanto, confrontadas sus expectativas vitales al dominio de lo peor de la condición humana, sino que se verá expuesta a un peligro cierto y letal. A las andanzas de tío Charlie no les resulta garantía suficiente  un silencio cómplice y permanente, sino que requieren de la desaparición de cualquier posibilidad de revelación futura, y esa exigencia solo es cumplible con la eliminación de la única depositaria del ominoso secreto. Una pirueta afortunada terminará salvando a Charlie de un final terrible. Pero lo que se ha quebrado en su interior ya es absolutamente irrecuperable: no se puede dejar de haber sabido lo que ya se ha sabido. Y esta joven tierna y dispuesta a amar la vida ya ha visto su lado más oscuro. Solo queda la incógnita de saber si hay, para ella, camino de retorno desde allí...

Hablar de obras cumbres, o maestras, en el contexto de una filmografia, como la de Hitchcock, cuajada de ellas, puede resultar un ejercicio complicado; pero caben pocas dudas cuando se trata de aplicar el epíteto a una cinta como ‘La sombra de una duda’, en la que, curiosamente, abandona su exploración, recurrente, de la figura del falso culpable, para centrarse en la del ‘falso inocente’, personificada en la mefistofélica encarnación del mal que representa (en un ejercicio majestuoso de interpretación a cargo de Joseph Cotten) Charles Oakley, confrontado a la bondad ilusionada, pero no ilusa (será su lucidez la que quiebre la máscara tras la que se oculta la maldad radical del tío Charlie), de su sobrina Charlotte (una arrebatadora Theresa Wright). Una disección ambivalente de la condición humana desarrollada bajo el envoltorio de una trama tan absorbente como desasosegante, y en la que, una vez más, el juego de contrastes y el detallismo delicioso del mago Hitch sitúan al espectador en el asombro permanente (y angustioso). Para degustar una y otra vez...

* En la imagen: Captura de fotograma del trailer de 'La sombra de una duda' (imagen extraida de Wikipedia; libre de derechos de autor).-

* Las buenas buenosas XIX

lunes, 23 de noviembre de 2015

A PROPÓSITO DE LLEWYN DAVIS (INSIDE LLEWYN DAVIS; U.S.A., 2013)

* Crítica de 'A propósito de Llewyn Davis' ('Inside Llewyn Davis'; U.S.A., 2013), de Joel y Ethan Coen, con Oscar Isaac.-

 

A buen seguro que la fiel legión de seguidores de los hermanos Coen —esa pareja traviesa y socarrona que, a la chita callando, ya exhibe una filmografía más que consistente, erigida a lo largo de un par de décadas—, podría poner sobre el tapete un buen puñado de argumentos cinéfilos para justificar su devoción por el cine de esta fraternal pareja; a mí, como integrante de dicha legión, el que me parece más convicente radica en el hecho de que estén confeccionando una de las galerías de perdedores más variada, estrambótica y atractiva que quepa encontrar en el cine de todos los tiempos. Una galería a la que viene a sumarse, como último de sus integrantes, Llewyn Davis, ese músico aspirante al éxito en la efervescente escena folk del Nueva York de los primeros 60 que, después de unos inicios prometedores, ve como su carrera se estanca en el marasmo de la irrelevancia, engullida por el frenesí de nuevos intérpretes que surgen sin parar, haciendo del triunfo algo tan efímero como volátil, pese a lo cual él insiste en intentarlo, inasequible a todo contratiempo.

Llewyn Davis podría ser cualquiera de esos innumerables artistas anónimos que, en ese tiempo y lugar, desarrollaron un periplo similar al suyo; y, en tal sentido, representa el arquetipo de manera fiel y convincente. Pero los Coen dotan a este iluso y pertinaz muchacho, incapaz de desprenderse de un punto de arrogancia adolescente, de empaque y personalidad propios, y consiguen convertirlo en algo más que ese arquetipo, gracias a una acertada combinación de elementos: una peripecia personal comprimida, coherente y bien trazada, en la que prima la contumacia de Davis en no ceder a su empeño (un tanto suicida) como músico; una encarnación a través de un actor (Oscar Isaac), que resulta creíble en su gesto y su expresión, teñidos siempre de la melancolía del luchador que se sabe de antemano derrotado por un entorno hostil; y, sobre todo, una luz, pálida, gris y mortecina (tanto en exteriores como en interiores) que no solo da tono ambiental a la historia, sino que dibuja a su personaje protagonista con más hondura que cualquier otro elemento específico, incluida esa música, que, a través de piezas de encanto folk indiscutible, va trufando el metraje.

No por ello la cinta llega a convertirse en una propuesta de alto nivel: pesan en su debe aspectos como la escasa consistencia de su trama, más urdida a base de pequeños apuntes que hubieran podido dar más juego bajo una estructura narrativa más ‘impresonista’, pero no lo hacen tanto en un relato de desarrollo lineal, o la poca enjundia de sus personajes secundarios, que orbitan alrededor del protagonista sin añadirle poco más que pinceladas definitorias a través de un juego de relaciones en las que jamás se profundiza (ni siquiera la presencia de un habitual como John Goodman, histriónico y atrabiliario según acostumbra en sus trabajos con los Coen, resulta especialmente destacable). Termina, pues, resultando evidente que es ‘A propósito de Llewyn Davis’ una película más de personaje que de historia, lo cual no tendría por qué resultar ningún hándicap a priori, pero se echa en falta un cierto cuidado en los detalles accesorios que otras películas de esta dupla sí que muestran sobradamente: ésas que integran lo más granado de su filmografia, y entre las cuales, me temo, no alcanzará un hueco este retrato de glorioso perdedor. Pero eso es algo que sólo el tiempo dirá. Toca esperar...

CALIFICACIÓN: 6 / 10.-

* En la imagen: Oscar Isaac, protagonista de la película.- Imagen proveniente del fondo de Wikimedia Commons (autora: Katrin Neuhaus).-

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